miércoles, 8 de febrero de 2017

Los Viajes de Psique (5)

Cruzó parajes muy distintos unos de otros y, al final, aquel cauce desembocó en un ancho brazo de tierra que recibía con agrado el desenfrenado torrente de unas aguas. Se trataba de un magnífico y poderoso río, donde el caudal, el líquido elemento, adquiría un brillo especial y donde el cálido susurro del estanque se convirtió en un estruendo embravecido por el choque continuo del agua contra las rocas interpuestas en su curso. Psique admiró tanta belleza y buscó el modo de bajar hasta las lindes del río, no tardando en conseguirlo.


El joven no quería perderse ni un sólo detalle de aquel espectáculo y, sin darse cuenta, poco a poco se fue contagiando de aquel ensordecedor ruido, el cual agitaba agresivamente el paisaje poniendo fin al espíritu de paz que reinaba momentos antes.
A Psique no pareció importarle aquel hecho y poco a poco fue quedando presa de la magia y del magnetismo del paisaje. Sin saber cómo, se encontró en el borde de una gran roca plana que le permitía acceder al borde del torrencial río.
Allí, su rostro se mostraba desfigurado, pues las aguas encrespadas no permitían reflejarlo con nitidez. Aquello le preocupaba y, al descubrirse tan deforme, se sintió interiormente herido. No comprendía lo que estaba sucediendo, pero aquella experiencia le atormentaba hasta el punto que buscó alejarse de aquel oscuro lugar. Pero cuando así lo quiso hacer, algo muy extraño se lo impidió.

  • ¿A dónde crees que vas? Muy lejos has llegado con tu ansiedad. Pero ahora pagarás con la muerte tu vanidad, pues probarás el poder de mi veneno.
Aquel ser, muy parecido al Cangrejo, se interponía en su camino y lo amenazaba con el afilado cuerno que poseía en su cola.

  • ¿Ansiedad, muerte, vanidad, veneno?, cuantas cosas dices que no comprendo. Pero ahora no tengo tiempo para tratar de comprender tu lenguaje. Debo buscar al Escorpión y no puedo perder más tiempo -le dijo un tanto inquieto, Psique-.
  • Alto, alto, no corras tanto y dime, ¿quién te ha mandado buscar al Escorpión?
  • Soy Psique, hijo de Mentor, Rey de la Ciudad Sagrada, y debo reunir las Doce Sentencias para ocupar el trono de mi Padre. Si conoces al Escorpión, por favor dime dónde puedo encontrarle.
  • ¿Es verdad que no conoces el significado de la ansiedad? Pues debes saber que te comportas ansiosamente. Sí, no te extrañes. Tu afán es semejante a los potentes remolinos que agitan las aguas de este mágico río. Ninguno de los dos os preocupáis si hacéis daño a los demás a vuestro paso. Pero también es cierto que gracias a ese brío, las aguas fecundan la tierra arrastrando la suciedad que en ella pueda habitar. Espero que tu ansiedad tenga un objetivo positivo. Dime, ¿qué harías si te nombrase rey de estas fértiles tierras? -le preguntó astutamente el Escorpión-.
  • Bueno, sin duda, Yo..., lo primero que haría sería un mundo que tuviera corazón y poder, además de amor. Eso es, que tenga amor..., y donde todos puedan desear.
  • ¡Desear, dices! -gritó el Escorpión sorprendiendo a Psique. ¿Has pensado en mis aguas? Si todos quisieran adueñarse de ellas. Dime, ¿has pensado en ellas?
  • Pues, verás, ahora que lo dices -titubeó el joven Psique-.
  • ¡Ajá!, ya veo que dudas. Debes tener determinación y cuando desees algo, lucha por conseguirlo con todas tus fuerzas. Hazlo con las mismas fuerzas como lo hacen las aguas del río. Ven, mírate en el agua y di qué ves en ellas -le invitó el misterioso Escorpión-.
  • Veo un rostro que ha perdido su resplandor. Es horrendo y tenebroso. ¿Acaso soy yo ese rostro? -expresó preocupado Psique-.
  • No temas, amigo mío, pues tu corazón aún es puro. Pero debes saber que si inyectara en la sangre de tus venas el poderoso veneno de mi cola, quedarías atrapado en uno de los más peligrosos sueños, el querer ser eternamente hermoso y bello. Te creerás un Dios omnipotente y perfecto, y todo cuanto siembres a tu alrededor llevará el germen de la discordia y la destrucción. Considérate afortunado, pues hoy me siento generoso y un poco cansado y no tengo ganas de pinchar a nadie, pero recibe un consejo, ansioso joven. No permanezcas por mucho tiempo perplejo en tu imagen, pues si te enamoras de ti mismo, tal vez pierdas tu hora y no llegues a tu meta a tiempo.
  • Pero, dime, ¿quién eres tú que posees tanto conocimiento?.
  • Soy Escorpio, el Escorpión, el mismo a quién buscas ansiosamente.
  • Y, ¿cuál es tu Sentencia, fiel consejero?. Dime, ¿cuál es la virtud que tú representas? -le preguntó amistosamente Psique-.
  • Mi Sentencia, ¿para qué saberla? Nadie me considera bueno -le contestó lamentándose el Escorpión-.
  • ¿Por qué dices eso? ¿Acaso no te has mirado al estanque?. Tu rostro es hermoso -le dijo afectuosamente el joven-.
  • Vamos, no te burles de mí. Tú sí eres un joven apuesto. Pero Yo tan sólo sirvo para atemorizar a los extranjeros que se acercan a estas tierras en busca de ocultos tesoros. A mi todos me temen, porque no soporto aquello que no sea perfecto, y castigo a quien hiere mi amor propio. Vete de aquí, muchacho, antes de que me arrepienta de no haberte castigado por la osadía de haber penetrado en mis tierras sin permiso.
  • No puedo irme amigo Escorpión. Algo muy grande y valioso me ha traído hasta aquí, y como tú mismo me has enseñado hace tan sólo unos momentos, debo luchar sin dudar por lo que más deseo. Así que no me iré hasta que me hayas ofrecido tu Sentencia.
En esta ocasión, Psique habló con decisión y determinación. Sabía lo que quería y lucharía por ello con todas sus fuerzas, y así lo entendió el Escorpión, el cual sintió simpatía por la poderosa fuerza que demostraba Psique, y en respuesta a ello, le dijo:

  • Ten cuidado muchacho, no te excedas en tu vanidad. jJa, ja, ja!. Aprendes rápido. Sí, muy rápido. Ven junto a mí y no temas. Ya no te pincharé. Escucha mi Sentencia. Yo soy muerte y vida. A través de mí veneno, pongo fin a las vidas que han de ser regeneradas y purificadas, pues es tanta la maldad que genera que es preciso poner fin a su existencia. Pero también soy la vida y, a través de mí, ésta se perpetúa a imagen y semejanza de su creador. Esa es mi Sentencia, amigo. Si has sido llamado a ser Rey de la Ciudad Sagrada, necesitarás de mi ayuda. Cuando así sea, clama mi nombre, soy Escorpio, el Escorpión Sagrado, y entonces tus poderes creadores fertilizarán tu obra. Y ahora debes dejarme pues ha llegado la hora de mi reposo.
  • iGracias!, gracias sabio Escorpio. Nunca te olvidaré.
Y diciendo esto, Psique se alejaba de aquel misterioso lugar, profundamente emocionado y recordando la Sentencia del Escorpión, muerte y vida, muerte y vida. Por primera vez, la muerte se cruzaba en su camino, pero aún no alcanzaba a comprender el significado de aquella experiencia, pues él sentía fluir en su pecho una grata sensación de vida.

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