domingo, 10 de julio de 2016

Cuento para Cáncer: "La Sentencia de Yesod - 1ª Parte"


La historia que a continuación vamos a narrar, no es una historia cualquiera. Tiene algo de particular, que sin pretenderlo se hace notar. 


Trata sobre una leyenda tan real como la vida misma, y sin embargo sus personajes, su contenido y colorido, nos trasladará a lo más alejado y profundo de nuestro ser, resucitando misteriosamente sentimientos y recuerdos que todos y cada uno de nosotros custodiamos celosamente en nuestras almas. 


Pero ahora,  preparémonos para viajar a ese mundo mágico de fantasía, donde la imaginación, en esta ocasión, dibujará una eterna y viva verdad. 


Cuenta la secreta leyenda de los tiempos que existió un pasado, tan remoto, que apenas si la memoria de la naturaleza guarda recuerdo de ello, en el que, el Espíritu vivía en profunda armonía y la paz gobernaba en todo el reino terrenal. Pero con el paso del tiempo, ese mismo Espíritu sentía que los días pasaban y nada parecía cambiar. Fue entonces, cuando decidió aventurarse y descubrir horizontes que le estaban prohibidos. 


Pudo más su afán incontrolado de conocimientos, y esta actitud provocó la furia del Guardián del Reino, siendo tal su indignación que decidió castigarle, despojándolo de la paz, de su armonía y de su unidad. 


A partir de aquellos días, una inmensa montaña emergió de las profundidades de la tierra y dividió el Reino en dos mitades. Desde entonces  habría día y noche. Los árboles y las plantas se cubrirían de flores en primavera, y perderían sus hojas en otoño. Y así, de este modo y con el paso de los años, se levantaron dos grandes pueblos. 


Uno de ellos, glorioso y magnánimo, gobernado por un rey joven y bondadoso, cuyo poder era semejante al de los Espíritus del Sol. 


Este apuesto rey gobernaba el reino de Tiphereth, centro de vida, y eran muchos los que caminaban hasta estas tierras en busca de la suprema eternidad. Aunque no todos conseguían recorrer airosos este sendero. 


Al otro lado de la gran montaña, se dibujaba el perfil de otro gran reino. Eran las tierras frías y duras de Malkuth, gobernadas por el Anciano de los días, un rey sabio y rico pues, era dueño de grandes tesoros y, entre todos ellos, custodiaba con especial interés, el más valioso de todos, el Arcano de la Experiencia. 


Dos grandes reinos eran sin duda, y en ellos se elaboraba la vida, no tan sólo la humana, sino también la de los animales, plantas y minerales. 


Pero sucedió -según cuenta la leyenda -, que ambos reyes se enamoraron de la más bella de las princesas y ambos quisieron desposarse con ella para convertirla, de este modo, en su Reina. 


Yesod, la princesa Luna, no sabia que decisión tomar, pues ambos pretendientes eran de su agrado. Así que pensó, que si pasaba una temporada en cada reino, tal vez al final podría tomar una decisión. 


Así lo dispusieron y ambos reyes, tanto Tiphereth como Malkuth, sellaron con su honor ese pacto, respetando en todo momento la estancia de la princesa en las tierras del reino vecino. 


Quiso Tiphereth ganar la admiración y simpatía de la princesa, mandando para ello un majestuoso séquito, a fin de recibir y  proteger a la princesa durante el viaje hasta su Reino. 


Doce jinetes en corceles blancos, custodiaron durante tres días a la princesa, la cual pareció muy complacida por la inocencia y pureza de aquellos hombres. 


Así, de este modo, el rey Tiphereth ocupó todo el tiempo en seducir y agasajar a Yesod, la princesa Luna, la cual era realmente difícil de complacer, dando muestras de poseer una personalidad muy cambiante y caprichosa. 


Pero el poder seductor que ejercía sobre el rey Tiphereth era tan grande que este no reparaba en gastos, ni detalles. 


Mientras tanto, más allá de la montaña, Malkuth enfermó, quedando sumido en una profunda angustia. 


Los obreros de su Reino apenas si tenían materiales para poder trabajar. Ellos conocían sus trabajos a la perfección, pero carecían de los elementos con los que poder edificar. 


Poco a poco, Malkuth y todo su Reino fue perdiendo poder, y sus habitantes fueron quejando petrificados y sedientos de experiencias. 


Aquella situación no podía continuar, y así  lo entendió Malkuth. Fue ese sentimiento de rebeldía, lo que le llevó a tomar aquella decisión. 


  • Declararé la guerra a Tiphereth, y pobre de él si no acepta mis condiciones - sentenció enfurecido el viejo constructor-.
Y de este modo, Malkuth envió a un mensajero hasta las tierras del majestuoso Tiphereth, y cuando éste leyó el mensaje y lo hizo público, todos comprendieron que tampoco ellos estaban dispuestos a ceder a las amenazas del Anciano de los días, por lo que su decisión sería quedarse con la princesa Yesod, a la que protegería y engendraría vida para ellos. 


Pero antes deberían cumplir su parte del pacto, y en respeto a ello, la princesa Yesod se aventuró durante una larga temporada en las tierras de Malkuth, donde sería recibida tan magnánimamente, que no pudo evitar la princesa quedar prendada de tanta riqueza y opulencia. 


Mientras esto ocurría en Malkuth, allá en las tierras de luz de Tiphereth, los Espíritus de la vida veían cómo su poder, la luz, disminuía, se reducía cada vez que la princesa cedía a los encantos de Malkuth. 


Aquella situación se hacia insostenible y así lo entendió Tiphereth, el cual viendo que los habitantes de su reino, demoraban su crecimiento, presentó batalla a su Reino rival. 


Un mensajero llevó hasta Malkuth noticias de Tiphereth y, cuando fueron éstas conocidas y hechas públicas, ningún habitante de Malkuth, incluido su Rey, estaban dispuestos a complacer al rey vecino, al que, desde ese momento consideraron un rey enemigo. 


La desgracia parecía ceñirse sobre aquellos dos Reinos. 


Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder su primacía sobre Yesod, la princesa Luna. 


Tiphereth pretendía, que gracias al reflejo que proyectaba el bello rostro de Yesod, su espíritu pudiera reconocer la Verdad sin necesidad de tener que penetrar en la fría y solida atmósfera de Malkuth, donde la verdad se hace piedra para poder reconocerla. 


En cambio, Malkuth pretendía adueñarse y ganar la simpatía de Yesod, Luna pues, así conseguiría, que el poder gestador de la princesa Luna, alimentase su tierra con nuevas vidas, con nuevas experiencias. 


Ambos tenían algo por lo que luchar, pero no acababan de comprender, que de nada les valdría entrar en discordia sin contar con la aprobación de Yesod. 


Así fue, como la princesa tomó partido en el asunto y tras unos días de reflexión, convocó a  los dos reyes a los que comunicó su decisión. 
  • Los dos me amáis profundamente, y vuestro amor es compartido por mí. Ahora bien, no podré permanecer eternamente en un Reino y dejar al otro sin mi amor. Mi deseo es que cada uno de vosotros deis muestra de vuestro valor, así podré conoceros y hacer una justa elección.
  • Y ¿qué debemos hace para demostrar nuestro valor? –preguntó inquieto Malkuth-.
  • Nada que no esté a vuestro alcance. Recibiréis a los Seis Magnos embajadores y escucharéis lo que tienen que deciros. Deberéis dar respuestas a cada uno de ellos. De vuestras respuestas dependerá mi decisión final.
Y todos quedaron conforme con aquella propuesta. 


No tardó en llegar el día, en el que el primer embajador se presentó en el punto convenido. 


·         Soy Hochmah, embajador de la Sabiduría y del Amor. Dejadme que os cuente mi mensaje. 


“Hubo una mujer joven que no podía tener descendencia y por esta causa era desgraciada, hasta tal punto que perdió las ganas de vivir. Aún hoy es presa de su dolor. ¿Qué me recomendáis que haga para liberar a esta desgraciada mujer?”. 


Tras una breve pausa, en la que ambos reyes reflexionaron, tuvo lugar la intervención de Tiphereth. 
  • Sin duda, esta mujer ha olvidado su verdadero origen y no comprende que detrás de la forma física, yace oculta una fuerza verdadera, la del espíritu. Desde mi trono, donde la luz ilumina a los desamparados, acercaría hasta ella un estímulo nuevo y renovador. Le hablaría de la fecundidad del espíritu. La invitaría a abrir su corazón al amor compartido con los demás. Tener un hijo no es el único bien que puede ofrecer a la vida. Ella puede sentirse viva y útil, dando y entregando cuanto es, desinteresadamente, a los que necesiten ayuda. Es la única manera de encontrar consuelo en esos momentos de aflicción.
El embajador de Hochmah tomó nota de cuanto Tiphereth le dijo y, dirigiendo su mirada hasta Malkuth, le invitó a tomar la palabra. 
  • Ser estéril es una dura prueba para una mujer, pero en mis archivos de experiencia he podido encontrar, que si en verdad hay amor en esta mujer, bien pudiera realizar su afán de maternidad. Hay muchos niños sin padres que son abandonados. Ella podría ocupar y cubrir el desespero de esos niños, y así compartir su alegría con ellos. Es un modo de ser fecunda. Es una solución inteligente y comprensiva.
  • He sido muy complacido en mi pregunta. En vuestro nombre haré llegar el mensaje que habéis dado al embajador de Hochmah. Quedad en armonía –de este modo se despedía aquel supremo maestro-.
Inmediatamente, un nuevo embajador anunciaba su llegada y no taró en presentarse ante ambos reyes, los que quedaron en espera de recibir la presentación del nuevo emisario. 

  • Soy Binah, embajador de la Inteligencia y de la Ley. Recibid ahora mi mensaje. 

“Hubo una vez un hombre celoso y temeroso de Dios, y un buen día se desposó con una bella joven. Pero era tanta su fidelidad a la creencia que abrigaba de las leyes de Dios, que guardó castidad en sus relaciones. Al poco tiempo su esposa le abandonó y él perdió su fe. ¿Quién desea comenzar? -preguntó amablemente el embajador de Binah-“. 

  • Lo haré Yo - contestó Tiphereth-. A veces el hombre se ciega al contemplar desde muy cerca los divinos rostros de Dios. Este hombre comete un error por exceso de amor a Dios, pero su alma, su esposa, no le acompaña en ese ideal de pureza. Por lo que habría que inspirarle que el amor por su esposa debe prevalecer, al amor que siente por su propio Dios. De este modo, algún día, con la fuerza de su fe, ganará la atención de su esposa, la cual andará ese camino de pureza junto a él.
  • Bien, Malkuth, ¿cuál es tu opinión? -interrogaba el embajador de la ley-.
  • No es difícil reconocer en mi Reino la verdad, puesto que ésta aparece muy visible para todos. Las acciones nos llevan a demostrar, lo acertado de nuestras ideas. Así, observamos que si nuestros ideales no encuentran una tierra fecunda, en este caso la esposa, debemos hacer lo posible por bajar a esa tierra y trabajarla, pues de este modo se hará fértil con nuestros esfuerzos. Este hombre debe sacrificar su temor a Dios, y no permitir que su esposa le abandone. 


Y Binah tomó nota de cuanto fue expuesto, cuando ya se anunciaba la llegada del nuevo embajador. 

  • Soy Hesed, embajador del Poder. 

Y así, sucesivamente, fueron llegando los embajadores, unos tras otros hasta completar un total de seis, como anunciara Yesod, la princesa Luna.


Tras Hesed, llegó Gueburah, embajador de la Justicia, y más tarde lo hicieron Netzah, embajador de la Belleza y por último Hod, embajador de la Verdad. 


Todos ellos expusieron sus mensajes y dialogaron con los dos reyes recogiendo fielmente sus respuestas. 


Ya todo estaba preparado y en manos de Yesod. Sin duda Tiphereth y Malkuth habían puesto de manifiesto lo mejor de si mismos. 


Tiphereth esperaba ganar la contienda, aquel duelo ideado por la princesa Luna. 


El joven Tiphereth, majestuoso y magnánimo, había heredado de su padre el poder de la luz y con este poder alimentaba la vida de  cada ser viviente. 


Su presencia era necesaria pues, de lo contrario nada tendría vida, nada podría existir. En las moradas de su Reino se albergaban numerosas tropas de espíritus que esperaban recibir el alimento necesario para convertirse ellos mismos en Reyes. Aquel Reino era como una gran escuela donde cualquier aspirante al Trono Superior podía recibir el conocimiento necesario. 


Por su parte, el Anciano de los Días, sabio y dotado de una brillante inteligencia práctica, velaba por los intereses de su Reino, pues los habitantes que hasta él llegaban no habían logrado cubrir airosamente el sendero que les haría quedar libre de la experiencia.


En Malkuth, todos cuantos llegaban a su frontera, debían pagar un precio considerable por aprender la lección que de otro modo no aprendieron. Pero Malkuth sabía que sin Yesod, sin la ayuda de la princesa Luna, su tierra quedaría huérfana y solitaria. 


Ambos Reyes tenían importantes razones para luchar por obtener la victoria, y ahora todo estaba en manos de Yesod.


Continuará...

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