martes, 12 de julio de 2016

Cuento para Cáncer: "La Sentencia de Yesod - Final"


Y llegó el día por todos esperados. 


Allí estaba la princesa, engalanada y reluciente como era digno de una futura reina. Altiva y orgullosa, cuando su mirada se posaba en el Reino de Tiphereth. Maternal y servicial, cuando su horizonte no era otro que Malkuth. 

Alcanzando el punto de encuentro pactado, levantó de su trono y exclamó:


  • Oíd lo que tengo que decir. He sido informada por los seis embajadores de vuestras respuestas, y he de dar fiel testimonio que cuanto he podido leer, da viva muestra de vuestros Reino. Así pues, mi sentencia es esta:

Viviré 49 años como esposa del Reino de Malkuth y durante estos sagrados años, la verdad se fundirá en la tierra y será en ella que cada espíritu viviente la encontrará. Pero cuando haya agotado mi capacidad gestadora, volveré al Reino de Tiphereth para servir a sus habitantes. Desde entonces, el espíritu viviente no tendrá que bajar a las tierras oscuras de Malkuth, para conocer la verdad. Yo misma se la ofreceré reflejada en mi seno. 
Sigue contando la leyenda, que ambos Reyes quedaron conforme con aquel acuerdo, y así lo pactaron en el gran libro de la naturaleza. Y así fue como Yesod, la princesa Luna, se puso al servicio de Malkuth, gestando proyectos, sentimientos e ideas.

De este modo el Reino de Malkuth gozó de un gran esplendor, el número de habitantes se multiplicó y todo el Reino gozaba de prosperidad, a pesar de que a veces las criaturas que Yesod gestaba, eran deformes y hacían peligrar las relaciones de Malkuth con su esposa la Luna. 

Pero los días pasaban sigilosa, pero pacientemente y Malkuth, al cabo de unos años, parecía haber olvidado su pacto y no se daba cuenta de que el tiempo se agotaba, hasta que el día poco esperado, llegó.
  • Rey Malkuth, debo deciros que hoy es el último día que permaneceré en este Reino. A lo largo de estos 49 años te he ofrecido mis servicios y tu Reino se ha multiplicado y enriquecido con el fruto de la experiencia. Ha llegado la hora de dirigirme hasta el Reino de Tiphereth, pues he de cumplir mi promesa.

Malkuth que habla casi olvidado todo el pasado, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejar escapar su furia y contradicción.
  • ¿Acaso no estás bien en mi Reino? ¿Acaso deseas mejores joyas, mejores perfumees? ¿Quieres acaso más criados? ¿Te he ofendido en algo? ¡Dime! , ¿qué más deseas? Malkuth parecía enloquecer ante la idea de perder para siempre la compañía y los servicios de Yesod.
  • Deseo cumplir mi promesa. Y deseo también, que tú cumplas la tuya - contestó un tanto enfadada la Luna-.

Pero el Rey lleno de cólera no pudo contestar a la princesa Yesod y salió malhumorado del recinto donde se encontraban. Pero ya en su mente, un cruel plan estaba gestando. No podía dejar marchar a su esposa, ahora que tanta felicidad le rodeaba. Y envenenado por los celos y la rabia, elaboró un ardid para apoderarse de Yesod para siempre. 

Esperó el amanecer y mientras que la princesa dormía, se las ingenió para apoderarse de su poder gestador y dejarla embarazada. 

Malkuth sabía que había infringido lo acordado, pues según el pacto, la princesa Yesod a partir de los 49 años, no debería gestar ninguna criatura viviente. Pero este acuerdo quedó roto pues, cuando despertó, Yesod descubrió que su vientre gestaba a una criatura varón. 

Yesod quedó de este modo prisionera de Malkuth durante 9 meses más, y como había roto el pacto ya nada le impedía apoderarse de ella para siempre. 

Pero la Vida continuó y los días pasaron.


Tiphereth quedó esperanzado en que se haría justicia con Malkuth, pero éste, mientras tanto, veía los días pasar y, con ello, seguía muy de cerca el crecimiento de su hijo que ya contaba con la edad de siete años. 

Un día -cuenta la leyenda-, de tantos cuantos pasaban juntos el Rey y su hijo Malkuth, observó con asombro que mientras su heredero jugaba, como era costumbre en él, su cuerpo se tambaleaba, hasta tal punto que sus piernas no pudieron sostenerle e impedir que su cuerpo cayera inerte al suelo. 

Malkuth se asustó, pues nunca le había sucedido una cosa semejante. Se acercó a él y comprobó que su cuerpo ardía de fiebre. Sin perder un solo instante llamó a los médicos del Reino y les pidió que examinaran su cuerpo.

Y así lo hicieron. Los mejores sabios del Reino estuvieron horas tras horas investigando sobre el mal que afectaba al heredero del Rey, pero a pesar de sus muchos esfuerzos, no lograron descubrir la causa de aquel padecimiento.
  • ¿Cómo está mi hijo? -preguntó Malkuth angustiado-. 
  • No sabemos realmente lo que tiene majestad. Pensamos que su muerte será inevitable - informó el más sabio de los maestros, muy apenado-.
Aquella noticia desesperó a Malkuth, el cual quedó sumido en un profundo silencio.

La princesa Yesod no tardó en enterarse de la noticia y quiso estar junto al lecho de su hijo, en los que parecían sus últimos minutos de vida. 

Pero mientras aquella desgracia asolaba el Reino de Malkuth, en la otra cara del Reino, donde Tiphereth gobernaba magnánimamente su pueblo, acababa de conocerse la noticia. 

Tiphereth tenía el don de la vida y sabía que su presencia en el Reino de Malkuth llevaría la salud al heredero enfermo y sin pensárselo por más tiempo, tomó el más veloz de sus corceles, con el que cruzó como el viento la montaña que separaba ambos Reino. 

Sin perder un sólo instante, Tiphereth se presentó en las habitaciones del enfermo y tomando al niño entre sus brazos, lo llevó presuroso hasta un lugar misterioso, donde se encontraba un sereno lago regado por el nacimiento de cinco hermosos ríos.

Tiphereth se acercó hasta el borde de aquellas aguas vivas y transparentes y sumergió el cuerpo dormido del niño.

Cuando aquel cuerpo salió del agua, con la ayuda de Tiphereth, de nuevo adquirió vida y sus ojos descubrieron un mundo nuevo. 

Malkuth, que permanecía enmudecido, en el más profundo de los silencios, fue informado de la hazaña de Tiphereth y se le comunicó que su hijo había recobrado su salud y con ello la Vida. 


Malkuth, comprendió de repente, como si un rayo hubiese iluminado su mente, que había obrado mal, y ahora debía remediarlo.


Arrepentido de su error mandó llamar a Tiphereth, al que sentó en su trono y agasajó con sus mejores regalos. Pero el mejor de cuantos pudo ofrecerle fue la libertad de Yesod, la princesa Luna, la que desde entonces se vestiría tan sólo como la Reina de Tiphereth, y en su rostro se dibujaría para siempre la imagen de la grandeza. 

Desde aquel día -y así finaliza la leyenda-, los Hombres pueden aprender por dos caminos diferentes, con la ayuda de la experiencia, o sin necesidad de ella.

FIN

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