lunes, 31 de octubre de 2016

Cuento para Escorpio: "El Secreto del Amor - 1ª parte"

La desolación y el temor se habían apoderado despiadadamente de cuantas personas habitaban en aquella tierra de sufrimiento y dolor.

La desesperación se confundía entre aquella multitud, que poseídos por un pánico infernal, corrían despavoridos y frenéticos en busca de un milagro que les salvara de aquella trágica situación.

Durante tres largas jornadas en el tiempo, el cielo profundamente herido por la maldición de un malvado mago, no dejaba de emanar con furia de sus heridas,  agua y más agua, hasta tal punto que provocó el desbordamiento de un río cercano.

Las ondinas y los silfos habían  enloquecido, emitiendo gemidos de dolor. Muchos interpretaron en aquel llanto, un llanto de amarga venganza, y no se trataba de ninguna promesa, sino de una realidad. El río se había desbordado y amenazaba con inundar toda la región.

La sabiduría de Mun, una vez más, se expresaba de un modo despótico y egoísta. Maltrataba con su poder a los más débiles y su única ambición era poner fin al amor que enriquecía a aquella tierra.

Nadie sabía verdaderamente dónde se encontraba la morada de Mum, aunque lo cierto era que, sobre su persona se había forjado una leyenda secreta, y era ésta tan temida que incluso se castigaba y penalizaba a quien se atreviera a contarla.

Pero muchos pensaban que aquella actitud respondía a temores infundados para aterrorizar a los niños y a los más débiles y que era tonto ocultar cuanta habladuría había sobre el mago Mun.

Nadie dudaba que Mun, fuese un poderoso mago y como la leyenda cuenta, no siempre había sido malo.

Hubo un tiempo, hace ya muchos años, que un joven inquieto y apuesto, llegó a aquel pueblo con espíritu soñador y buscando conocimientos secretos. Se dice que durante algún tiempo habitó en aquellas tierras, trabajó y se alimentó como ellos, incluso se enamoró de una bella doncella. Pero la suerte no le acompañó en esta aventura pues,al poco tiempo de su romance una extraña enfermedad se apoderó de su amada y llevó la muerte hasta su cuerpo.
Muchos coinciden y cuentan que, desde aquella tragedia nadie más volvió a ver a Mun en aquellas tierras.

El paso del tiempo poco a poco ayudó a borrar de la memoria de aquel pueblo aquella lamentable experiencia y nadie parecía echar de menos la presencia del joven Mun.

Pero cierto día, un viajero errante llegó al pueblo con la intención de reponer sus alforjas de alimentos, y como es costumbr­e en los hábitos de estos aventureros, supo ganar la atención de una gran multitud,  a la que contó los sucesos que acontecían en otros lejanos pueblos.

En sus narraciones habló de un joven apuesto que había forjado un cáliz con metales secretos cuyo contenido, al ser bebido le permitía alcanzar el Poder Eterno.
  • Pero -siguió contando aquel viajero-, sus acciones no hacen honor a su sabiduría y va sembrando la desolación por donde quiera que pasa. 
Aquel viajero ganó la admiración de cuantos le oyeron y una vez terminada su historia y profundamente satisfecho por su empresa, continuó su camino en busca de nuevas aventuras.

Muchos creyeron sus palabras, en cambio otros lo criticaban diciendo que se trataba de un charlatán embustero.

Pero tanto unos como otros, no tardarían en comprobar la certeza de sus opiniones, puesto que un inesperado día algo muy extraño aconteció en toda la región. El Sol había sido destronado y, en su lugar, la noche se coronó en el cielo como dueña y señora del tiempo.

No tardaron en conocer que aquello había sido obra de Mun, el joven inquieto y apuesto, que se había transformado en un poderoso mago negro.

La más profunda oscuridad se adueñó de la región. Con aquella actitud, había conseguido que toda la atención se dirigiera hacia él.
  • ¡Oídme!, se que muchos de vosotros me recordáis como un joven agradable y bondadoso, pues bien, quiero que desde ahora olvidéis esa imagen estúpida y comencéis a verme tal y como soy, cruel y malvado. Pero no os preocupéis, os ayudaré en esa empresa. Todos debéis serme fieles. Yo os gobernaré, y en adelante me rendiréis cuenta. Vuestra tierra es una tierra de muerte, en ella no puede crecer el amor. 
Por unos momentos, el rostro de Mun se transfiguró dejando entrever una expresión de profundo dolor. La tristeza que albergaba desde la muerte del ser que más amaba, lo consumió hasta el punto de caer víctima de la debilidad y, como muchos pensaban, de vender su alma al diablo.
  • Una vez -continuó con furia Mun-, ayudé a construir con mis propias manos este pueblo, y a cambio aquello que amaba me fue negado. Ahora vosotros vais a sentir lo que yo mismo sentí cuando me arrebatasteis lo que más quería. Vuestro primer sacrificio será entregarme a las jóvenes doncellas, pues vuestra tierra ha de quedar sin descendencia. 
Aquella sentencia consumió las vidas de aquel pueblo. Aldea por aldea, la sombra de la desesperación llamaba a sus puertas y las doncellas más jóvenes fueron cautivas y prisioneras, al servicio del malvado Mun.

Pero de cuantas aldeas visitó la cruel sentencia, hubo una en la que fue burlada gracias al valor demostrado por los padres de aquella hermosa flor, una joven de sangre principesca y de una belleza angelical de la que todos se sentían orgullosos de admirar.

No tardó el cruel Mun en percatarse de aquel engaño y  en respuesta a ello, invocó a los espíritus infernales que habitan en las regiones inferiores de la naturaleza. Excitó la furia de las Ondinas y la ira de los Silfos para que, unidos en una misma empresa hiriesen la plácida calma del cielo.

Desde entonces, el trueno rugió incesante y atemorizaba los corazones de cuantos oían su furor. La lluvia no cesaba y el caudal de aquel río vecino aumentó  y como consecuencia de ello, el pueblo se inundó.

Cuando todo parecía estar perdido, un rayo de esperanza se dibujó en el horizonte.

Como un fantasma entre las sombras y haciendo frente a la furia del viento y a los arrebatos de las aguas embravecidas, una nave desafiaba, temerariamente las dificultades de aquel temporal. 

Hacía falta tener mucho arrojo y valor para afrontar aquellos peligros. Pero si alguien había en aquel pueblo capaz de realizar tal hazaña, esa persona era conocida y amada por todos. Se trataba de la hermosa Virginia la que gracias a sus padres pudo burlar la sentencia del malvado Mun.


Con un valor admirable, digno de una singular proeza, Virginia gobernaba la nave con seguridad y destreza; no en vano había sido instruida desde muy pequeña en el arte de la navegación y gracias a ello, ahora daba sobrada cuenta de su habilidad.

Arriesgando hasta agotar los límites de la prudencia, Virginia acercó la nave hasta el lugar que daba cobijo a los supervivientes.

Su propósito era llegar hasta ellos antes que el nivel del agua les hiciera sucumbir a todos.

Luchó con brío y fe y, al final, su esfuerzo se vio recompensado, pues todos pudieron subir a bordo de la nave, desde donde serían conducidos a la otra orilla, en la cual se sentirían  más seguros y a salvo.

A pesar de estar exhaustos por el esfuerzo realizado y desolados por tanto dolor, muchos quisieron festejar aquella pequeña victoria y con ese propósito, pensaron en celebrar una humilde fiesta, aunque para ello se encontraron con una seria dificultad, no tenían nada con que alimentarse.

Pero una vez más la joven Virginia sorprendería a todos por sus determinaciones. Nadie supo cómo lo hizo, pero lo cierto es que allí estaba ofreciendo a todos panes y peces. Ya podían celebrar la fiesta.

Todos creían conocer a Virginia. Desde muy pequeña había sido siempre admirada por su peculiar belleza. Sus cabellos negros y rizados, destellaban rojizos al contacto con los rayos del Sol; sus ojos rasgados, miraban fija y penetrantes y junto a su nariz, de expresión inteligente, formaba un conjunto de envidiable hermosura.

Pero a pesar de que todos parecían conocer los rasgos físicos de la joven, todos se admiraban, pues nadie podría decir que conociera sus inquietudes, sus sentimientos, sus deseos y esperanzas. 

La verdad era que Virginia había sido una niña retraída y reservada, de difícil comprensión, aunque siempre había dado muestra de un admirable valor. 

Sus padres, humildes pescadores, se habían esforzados por educar a la pequeña con disciplina y bondad y el resultado de su labor permitió, que la bella joven expresara hermosas virtudes, como la honestidad y la justicia, la abnegación y la sinceridad, cualidades estas que habían ganado la propia estimación de la joven, la cual se sentía orgullosa de si misma. 

La fiesta se prolongó durante horas. A penas si se habían dado cuenta del tiempo transcurrido, su entusiasmo y júbilo fueron la causa de que olvidaran los peligros que encerraban aquellas noches que se hacían eternas. Todos sabían que las tinieblas reinaban entre las sombras de la oscuridad y detrás de ese velo se encontraban los seres incorpóreos del mal. 

Fue el aullido de un hambriento lobo, el que dio motivos suficientes a cuantos allí se encontraban para que se retirasen a dar descanso a sus cuerpos, unos cuerpos exhaustos y nerviosos, unos cuerpos inciertos y temerosos por no saber la suerte que les aguardaba. 

No tardaría la joven Virginia en improvisar un cómodo camastro entre la espesa naturaleza. Allí estaría al resguardo del relente de la noche y al mismo tiempo se cobijaba entre el calor de la maleza. 

Acababan de abandonar sus cuerpos al descanso del sueño cuando un profundo y oscuro túnel apareció ante ella. De su profundidad una extraña voz la invitaba a seguirla. 

La valerosa joven no sintió miedo, pero si una misteriosa inquietud. Sabía que debía bajar y también sabía que si lo hacía algo muy importante sucedería. 

Sin pensárselo más, caminó segura de si misma hacia el lugar desde donde procedía la voz. Con cautela se fue acercando al final de aquel túnel. No tardó en alcanzar su objetivo pero, inesperadamente aquel camino que parecía acabar allí, le ofrecía ahora dos nuevos senderos. Se bifurcaba en dos túneles, uno a la izquierda,  donde la oscuridad era espesa y otro a la derecha, donde se podía contemplar una cegadora luz. 
  • ¿Qué debía hacer ahora? -se preguntaba la joven-.  ¿Debía arriesgarse y penetrar en aquella espesa noche o en cambio debía dejarse llevar por la acariciadora luz?
La incertidumbre anidaba en su corazón y la duda atormentaba sus pensamientos. Aquel sendero que se abría a su izquierda tenía un fuerte poder sobre ella. Le inspiraba seguridad. Al igual como la noche reconfortaba el cuerpo, aquella oscuridad la invitaba al descanso y a la tranquilidad.

Por lo contrario, el sendero de la derecha, con aquel cautivador resplandor se la antojaba un camino inseguro, desconocido, totalmente nuevo. 
  • ¿Que hacer, qué hacer? -se preguntaba una y otra vez-.
Cuando ya todo parecía desvanecerse entre la incertidumbre, un nuevo hecho vino a cambiar todo aquel paisaje.

... continuará

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