martes, 1 de noviembre de 2016

Cuento para Escorpio: "El Secreto del Amor - Final"


Fue un suave silbido, el que en un principio llamó la atención de la joven Virginia. No alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo. Pero aquella inquietud se desvanecería rápidamente pues, ante sus ojos aparecieron dos gigantescas serpientes. Una totalmente negra, que se deslizaba torpemente en el camino de la izquierda. La otra, mayor aún y de colores brillantes y vivos, se acercaba por el sendero de la derecha. 
En poco tiempo ambas serpientes llegaron hasta el lugar donde se encontraba la valerosa Joven, y fue la serpiente negra la que puso fin a aquel frío silencio.
  • Seas bienvenida, joven princesa, dime ¿tienes miedo?
  • ¿Por qué debo tener miedo?, ¿acaso he violado alguna de las leyes de la naturaleza. ¿No he respetado la ley de los Cuatro Ciclos o tal vez no he contemplado las normas de Binah? No tengo nada que temer -le contestó la Joven Virginia-. 
Sin duda, conocía muy bien que el miedo nacía de la propia inseguridad y de la ignorancia del Hombre. Cuando no deseamos cumplir nuestras obligaciones, dejamos en la sombra parte de nuestros deberes con la vida, y será la voz de esos trabajos pendientes los que alimentarán nuestro miedo.

Virginia había vencido a la tentación del miedo y ahora podía enfrentarse cara a cara con él.
  • ¡Ja, Ja, Ja…!, veo que en verdad haces honor a tu fama –le replicó la serpiente negra, mientras reía-.
  • ¿A qué fama os referís? -preguntó con cierta ansiedad la joven-.
  • ¿A qué fama os referís…? -vociferó remedando la serpiente, un poco contrariada-. ¿Acaso piensas que en la Morada Secreta del Vav puede entrar cualquiera?  Tú has sido elegida por los Doce Sabios Solares para que lleves a cabo una importante misión. ¡Pero bueno!, ¿es que vas a permanecer todo el tiempo en silencio? - le dijo a su compañera, la serpiente reluciente-. Vamos cuéntale a esta hermosa joven en qué consiste su trabajo.
  • Está bien, está bien, pero no grites tanto -le respondió con melodiosa voz aquella otra serpiente, que a pesar de tener cuerpo de reptil, su cabeza resplandeciente como un Sol, la asemejaba a una hermosa flor-.
  • Es verdad lo que te ha contado mi compañera… Has sido elegida entre los habitantes de tu pueblo para que pongas fin a la crueldad del malvado Mun. Tan sólo tú podrás hacerlo.
  • Pero... ¿cómo podré vencer a tan poderoso mago? Su poder es inmenso y yo no tengo armas para vencerlo.
  • Es cierto, y dices bien cuando refiriéndote a su poder lo valoras como inmenso. Él recibió ese poder de nosotros, pero se engañó a si mismo, cuando pensó que podía ser el único dueño. No te resultará fácil vencerlo, ni nosotros sabríamos decirte cómo debes hacerlo, tan sólo tú sabrás conseguirlo en su momento.
  • Pero quizás -interrumpió la serpiente negra no llegues ni a intentarlo pues, para hacerlo deberás superar una prueba, una prueba que otros intentaron y que muy pocos consiguieron vencer con éxito.
  • Dime, ¿de que prueba se trata? -le preguntó desafiante la joven Virginia a la serpiente del sendero de la izquierda-.
  • Deberás decidir, ¿cuál de estos dos caminos tendrás que tomar, el de la izquierda o el de la derecha?, pero cuidado, pues si tomas uno y no el otro, te perderás, y ya jamás nadie te encontrará. Cuando tengas la solución, llámanos. Ahora déjanos descansar, el mundo necesita de nuestro canto…, necesita de nuestro calor. 
Tres dlas transcurrieron y la confusión seguía acompañando a la hermosa joven. No alcanzaba a ver qué sendero tomar, para evitar perderse. Si tomaba el de la izquierda y no el de la derecha, se perdería y si actuaba de modo inverso, tomando el de la derecha y no el de la izquierda, igualmente se perdería. La única solución -­pensó-, era unirlos a los dos, pero, ¿cómo hacerlo?

Intentó buscar otras entradas, pero todo fue inútil. Comenzaba a desesperar, y entristeció al pensar que la suerte de su pueblo estaba en sus manos y ella no sabía cómo salir airosa de aquella prueba. Recordó cómo su padre en aquellas ocasiones de turbulencia y confusión la aconsejaba ya, desde muy pequeña, levantar el rostro y mirar hacia el cielo donde reinaba el Gran Sol. Siempre le decía, que la generosidad del Sol era tan grande que en respuesta a la cortesia de dirigirle nuestra mirada, Él nos concedía siempre nuestros deseos.

Pensaba la joven Virginia, sino sería un cuento de tantos como le narraba su padre, pero se dijo que no perdería nada intentándolo.
Suavemente, sin ninguna prisa, Virginia elevó su rostro a pesar de que sabía que le sería imposible poder ver el cielo.

Casi quedó de piedra al contemplar aquella extraña visión. Allí estaba, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Era tan fácil que ni tan siquiera pudo verlo. Jamás se lo hubiese imaginado.

Pletórica de entusiasmo, se dirigió con rapidez a comunicar su visión a las serpientes, y así lo hizo.
  • Despertad, os lo ruego. He encontrado la solución a vuestra prueba.
  • ¡Ah sí! Espero que así sea…, pues has interrumpido mis horas de sueño -le decía burlo namemte la serpiente negra-. ¡Vamos y dinos!, ¿qué camino tomarás para no perderte jamás, el de la izquierda o el de la derecha?
  • Ninguno de los dos caminos he de tomar, sino que construiré un nuevo sendero, en el que ambos caminos puedan estar…
  • Y… ¿cómo lo harás…? -le interrogó la serpiente reluciente-.
  • Muy fácil, ya lo veréis, pues es con vuestra ayuda que lo conseguiré.
  • ¿Con nuestra ayuda, dices? -preguntó asombrada la serpiente negra-.
  • Así es. Ya no os arrastraréis más, sino que debéis erguir vuestros cuerpos y dirigiros hacia el cielo. Si así lo hacéis, vuestros cuerpos se cruzarán y vuestros caminos se encontrarán. Allí, donde esto ocurra, se establecerá un nuevo sendero al que llamaremos el sendero del centro. 
Y las dos serpientes al unísono, siguiendo sus consejos al pie de la letra, se elevaron y dirigieron sus pasos hacia el cielo y cuando así lo hicieron, sus cuerpos se cruzaron y sus caminos se encontraron dejando abierta una nueva ruta. Cuando llegaron al final de ésta, la serpiente negra seguía dominando el sendero de la izquierda y la serpiente reluciente gobernaba el sendero de la derecha, pero en el centro se había creado un nuevo trono, que iluminaba con luz propia todos los senderos. De aquel trono surgió una Estrella, una Estrella de cinco puntas, la cual le fue obsequiada a la joven Virginia como recompensa de sus esfuerzos.

Aquella Estrella le daría el poder necesario para vencer al poderoso Mun, el mago negro.

Fueron aquellos gritos los que hicieron retornar la conciencia a aquellos cuerpos abandonados al reconfortador descanso.

Sin duda había una razón muy importante para que aquel feliz hombre gritase de aquella manera. La bruma de la noche que parecía eterna, había desaparecido.
Había dejado de llover y en el cielo, lucía un Sol pletórico de fuerza y poder.

No pudieron evitar, que sus ojos al abrirse a aquel nuevo día, se sintieran heridos. Habían pasado tres largos días sumergidos en la penumbra y ahora debían adaptarse de nuevo a la luz.

Todos agradecían al cielo aquellos momentos y cuando el júbilo se fue adormeciendo, muchos se preguntaron qué había podido suceder para que aquel cambio se hubiera producido.

La joven Virginia se dio cuenta de aquel desconcierto y quiso poner fin a toda confusión, explicándoles el sueño que había tenido, y al mostrarles cómo de su cuello luciía una estrella de cinco puntas dotada de un poderoso poder, todos creyeron en ella.
  • Ahora podrás vencer al malvado Mun -le dijo una voz entre la multitud-, podrás devolvernos nuestra libertad! 
Pero la expresión del rostro de la joven Virginia no parecía compartir aquella eufórica alegría. En lo más profundo de su alma, había descubierto un sentimiento muy especial por aquel desdichado ser que tanto daño le había causado a todos.

Por su mente se sucedieron unos a otros, los recuerdos de las escenas de dolor propiciado por el mago Mun, y todo –pensó-, por un desdichado amor.

Las voces, de nuevo, la hicieron volver a la triste realidad, comprobando que dificilmente podría rehuir la misión que se le había encomendado, vencer al terrible Mun.

Había llegado la hora de hacer frente al poder del mago… No podía demorar por más tiempo la prueba, y menos aún ahora que Mun sabía de su poder y ansiaba demostrar a todo el mundo, una vez más, que él era el más poderoso de cuantos seres habitaban en la tierra.

La joven y valiente Virginia se preguntaba ¿cómo podría vencer la maldad de Mun, sin enfrentarse a él, con una nueva maldad.

Virginia sabía que la violencla generaba violencia y por ello decidió encontrar otro modo de solucionar aquella situación.

Fue entonces, cuando hizo un pacto con el Sol. Le rogó que le ayudase a detener la crueldad del mal, y para conseguirlo debía, por una sola vez, destronar a la oscuridad. El Sol accedió con la condición de que en adelante se restableciese para siempre el equilibrio en la Naturaleza y se respetasen sus ciclos.
Y así seria, pues en aquel día, el Sol luciría permanentemente y a pesar de los muchos intentos que llevó a cabo el mago Mun, no conseguiría que la penumbra ocupara su puesto.
  • No importa, no le temo a la Luz, pues mi victoria será mayor venciendo en tu propio terreno -exclamaba con tono triunfante el cruel Mun-. 
La verdad no era esa y bien lo sabía el terrible Mago. Su poder se alimentaba de las tinieblas y en la Luz se desvanecía parte de su fuerza.

Pero la vanidad no le permitía sentirse derrotado y prefirió enfrentarse y retar a la Joven Virginia.
  • Vamos, niña valiente, ¿dónde está tu valor y tu poder? ¿Rehusas mi invitación? Estoy seguro que te venceré, te aplastaré como a una minúscula hormiga y después te arrojaré a las alimañas para que le sirvas de alimento. ¡Ja, Ja, Ja…! -reia con rabia el malvado mago-. 
Todos en el pueblo esperaban que, de un momento a otro, la batalla diera comienzo. Todas las miradas se posaban sobre la joven que una vez más sintió la necesidad de huir de todo aquello, pero la responsabilidad era tan grande, que decidió definitivamente ir al encuentro del mago Mun.
No tardó en llegar al lugar convenido para la lucha. Se sentía observada, pero no sintió miedo. Su corazón estaba angustiado y apenado porque no había logrado rehuir aquel enfrentamiento.

De repente el paisaje empezó a transfigurarse y de un modo inexplicable, se encontró en el interior de una mansión, donde todo era de oro y piedras preciosas. En la habitación donde se encontraba la joven, todas las paredes eran de espejos y en cada uno de ellos su hermosura se multiplicaba, hasta el punto que la seducía y halagaba tantos encantos.

Todo era un ensueño, un ensueño maravilloso. A veces la joven Virginia había soñado con poseer toda aquella riqueza y ahora tenía la ocasión de gozar de ellas. ¡Qué feliz se sentía, era toda una reina entre tanto esplendor!
Hermosas y jóvenes doncellas la servían y la obsequiaban con maravillosos y fantásticos vestidos. Todo estaba a su disposición, todo cuanto deseaba le era concedido. Debía encontrarse en el cielo, pensó la joven, pero cuando más entusiasmada se encontraba, sintió como algo hería su pecho. Un fuego intenso salía de él. De pronto y de un modo brusco gritó con desesperación. Comprendió que había sido víctima de una alucinación, de un engaño provocado por el poder del malvado Mun, que había penetrado en su inconsciente y desde él, proyectaba los deseos ocultos de su ser.
Tomando entre sus manos la Estrella que colgaba en su pecho, deseó intensamente salir de aquel hechizo. Y así fue. Del mismo modo que llegó hasta aquel lugar, desapereció de él. Pero un nuevo peligro le hacia frente. Allí estaba ante ella, una arrogante figura de expresión fría y desafiante, con el rostro desfigurado por la maldad. Era Mun, el poderoso mago, que con su mirada, pretendía hipnotizar a su rival.
Pero fue en vano. Los ojos profundos y la mirada limpia y humilde de Virginia, puso fin a cualquier intento de poder del mago.
  • Al fin nos encontramos. Eres hermosa de veras. Hoy es un día de suerte para mi, al fin he encontrado a alguien con valor que esté dispuesto a enfrentarse a  mi poder.
  • Te equivocas, poderoso Mun. No he venido a enfrentarme a tu poder, con ello tan sólo conseguiría generar daño y dolor. He venidoa rogarte que no siembres más el terror entre mi pueblo, que dejes en libertad a las doncellas que tienes en tu poder.
  • No sigas, inmundo reptil. Tú eres escoria, y todo tu pueblo será basura, nada más que basura, cuando acabe con él - vociferó muy enfadado el mago Mun-.
  • Hubo un tiempo en el que tú formaste parte de mi pueblo, ¿dónde está aquel joven apuesto que un día fue amado y deseado?
  • Cállate, cállate de una vez. Aquel joven murió. Lo matasteis vosotros. Tu pueblo lo mató, al igual que mató a la única persona que me amó de verdad –el rostro de Mun se había entristecido y expresaba un profundo sufrimiento-.
  • El amor es una fuerza eterna y siempre que queramos podemos acceder a ella. Ese joven pudo encontrar a alguien que compartiera de nuevo su amor con él -le dijo la valiente joven, con la intención de despertar la parte buena de aquel corazón afligido-.
  • No, jamás nadie podrá ocupar aquel vacío que un maldito día dejara en mi corazón. Ahora todo en mí es odio y podrás comprobar que el odio no muere.
  • Te equivocas de nuevo.
  • ¡Cállate! He dicho que te calles -el mago no pudo ccmtener su furia y se apodero de la joven Virginia-.

En aquel forcejeo, el Cáliz del Poder, forjado por Mun, cayó al suelo y en ese justo instante los ojos entristecidos de la joven Virginia se elevaron una vez más al cielo. No pudo evitar que las lágrimas descendieran por su rostro, deslizándose hasta caer en el Cáliz del Poder.

La joven comprendía que amaba a aquel cruel ser. Hasta ese momento no supo interpretar con claridad sus sentimientos y en esos momentos críticos, cuando su vida apenas tenía valor, todo tomó sentido.
  • Ja, Ja, Ja…-reía embriagado por el sabor de la victoria, el mago Mun. ¿Dónde está tu poder? Yo te enseñaré el mío.
Diciendo estas palabras no se percató de que el Cáliz contenía las lágrimas de la bella joven. Vertiendo un brevaje mágico en el Cáliz, el malvado mago bebió su contenido de un sólo sorbo, y entonces, de su garganta pareció salir fuego, sus ojos amenazaban con salir de sus órbitas y todo su cuerpo se estremeció, sin que tuviera control sobre él.

Mientras todo aquello sucedia, la humillada joven permanecía paralizada sin comprender qué sucedia. Al cabo de unos minutos aquel cuerpo dejó de convulsionar. De su garganta ya no salia fuego y sus ojos se encontraban apagados. Todo parecía indicar que aquel poderoso mago había muerto.

Así lo temió la joven Virginia, quien conmovida por su recién descubierto amor, se acercó hasta aquel cuerpo vencido por su propio odio. Lloró, lloró desolada al comprobar los resultados generados por tanta maldad. Lloró porque sintió el dolor que debió sentir aquel desdichado ser, al perder a la persona amada.

Acariciando el rostro entre sus manos, la valerosa joven acercó sus labios hasta posarlos en los labios de aquel infeliz. Y sucedió, sucedió el milagro tan deseado. Fue una sensación viva, intensa. Una sensación nueva. Una sensación de inmensa felicidad. Ahora lloraba de nuevo, pero en esta ocasión no era de dolor, ni de tristeza, era de felicidad.

Aquel rostro que antes expresaba odio y maldad, ahora se le antojaba angelical. Aquellos ojos inyectados en sangre por la maldad, ahora expresaban bondad.

No estaba muerto. Al principio se resistía a creerlo, pero allí estaba, vivía, no podía negarlo, y ahora sí era aquel joven apuesto, al que un día, todos tuvieron ocasión de amar.

No necesitaban expresar con palabras aquel sentimiento que cautivaba sus corazones. Cuantos testigos asistieron a aquel extraño suceso no olvidarían jamás aquel feliz momento.
Fundidos en un deseado abrazo, el mago Mun y la joven Virginia, parecían formar un sólo cuerpo. De sus corazones surgió una intensa luz que fue a proyectarse en el cielo, dibujando en el éter celeste, las imágenes de dos serpientes enroscadas en un mismo centro, donde coronaba una Estrella de infinito Poder, el Poder Eterno.

Y aquella visión fue interpretada como el anuncio del esplendor que debería reinar en los tiempos venideros. 

Una vez más y felizmente, el Amor supo fundir en su seno el poder negativo del odio, y es que, el único modo de vencer al mal no es combatiéndolo, sino dejando que agote su poderío, y cuando así lo haya hecho, derramar sobre él nuestro perdón, para dejarle un vivo ejemplo.



FIN

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