miércoles, 1 de junio de 2016

Cuento para Géminis: "Un Sendero hacia la Luz - 1ª Parte"

  • … Tan,… Tan,…Tan,… Tan,…
Nueve veces repicaron rítmicamente las campanas de la iglesia, y como era habitual en las frescas mañanas de Junio, aquel estruendo melodioso hizo que las palomas de la Plaza Mayor elevaran estrepitosamente el vuelo, dibujando en el cielo, una espesa nube blanca que se deslizaba nerviosamente de un lado a otro buscando de nuevo la paz.


No muy lejos de allí, Don Javier o el señor maestro, como le llaman sus alumnos, aprovechaba para comprobar con orgullo la exactitud de su flamante reloj.
Era bien conocido en los corrillos y en las tertulias, la especial dedicación que Don Javier prestaba a todas sus cosas, y entre éstas, se encontraba su reloj de oro, que para su estima no atrasaba, ni adelantaba un solo segundo.
Con una mueca de  satisfacción, aquel rostro envejecido por el paso rápido de los años y que, sin embargo, no podía ocultar la presencia de un espíritu sabio, anunciaba a todos cuantos le observaban, que una vez más el reloj de la Plaza Mayor y su prestigioso tesoro, coincidían con total sincronismo.
Don Javier, no necesitaba más para sentirse feliz. Para él, aquel hecho le indicaba que el día que acababa de afrontar sería, como otros tantos, un día que por su ritmo natural debería continuar su camino sin que en su trayecto ocurriera nada singular que contar.
Pensaba Don Javier, al tiempo que reanudaba sus pasos hacia las cercanías del colegio, que tal vez debería hacer algo diferente en sus monótonas clases de Geografía, de Historia y de Lengua.
A mi edad…, -se dijo-, ¿qué puedo ofrecer que no sea seguir la lectura de los textos? Pero que monótonas y aburridas se hacen las horas de clase…

Y así, de este modo, el señor maestro, apenas sin darse cuenta de ello, guiado tan sólo por su instinto, educado a lo largo de los años,  alcanzó la puerta principal de la escuela.

Sus preocupaciones le habían sumido en un profundo estado de reflexión y, sin percatarse de este hecho, Don Javier seguía su camino olvidando por completo prestar sus saludos habituales a la portera, la cual casi se ofende ante tan insospechada reacción. Pero eran muchos los años que conocía a Dos Javier, lo que la llevó a pensar que algo grave debía ocurrirle.

Pero no sería ella la única sorprendida, de forma espontanea se fue formando un corrillo, donde se dieron cita profesores, limpiadoras, incluso el joven encargado del mantenimiento. Todos deseaban participar en aquella tertulia, en la que el único tema de conversación era ¿qué le pasaba a Don Javier?.

Pero Don Javier estaba ausente de todo lo que pasaba a su alrededor. Era cierto que no había saludado a nadie desde su llegada, pero esta actitud respondía a una razón muy sencilla de explicar. Don Javier no se encontraba en esos momentos en situación de ganar la admiración de sus  compañeros por sus saludos, lo que más le importaba en aquellos instantes era dar un sentido a la labor que estaba impartiendo.

Realmente contaba con un historial inmejorable. Durante 40 años había estado entregado a la educación, pero durante todo ese tiempo jamás había conseguido sentirse plenamente satisfecho con lo que enseñaba. Sí, era cierto que todos lo consideraban un buen maestro, porque cuanto enseñaba, difícilmente lo olvidaban. Pero en ese día en el que tanto valor había dado a la exactitud de su reloj, se había dado cuenta de que el tiempo se le acababa, que no era eterno, y ese pensamiento que en un principio le había producido miedo, había -sin embargo- despertado en él una nueva visión de la vida.

Se sentía como un niño profundamente entusiasmado. Para Don Javier, la vida había adquirido un nuevo sentido. No podía dejar escapar el tiempo, debía vivir cada minuto, intensamente, y debía comunicar a todos su reciente descubrimiento.

Y fue de este modo que, guiado por su intuición y su pensamiento, llegó hasta la puerta del aula donde solía impartir sus clases.
Elevó su rostro y leyó -como si de algo nuevo se tratara, cuando aquel rotulo llevaba allí años-…
  • Don Javier Moncada…, profesor….
Aquellas últimas palabras… profesor, le hicieron sonreír levemente.

Buenos días señor maestro, -al unísono, como si hubiese sido ensayado durante años, aquel recibimiento consiguió despertar a Don Javier de su profundo estado-.
  • ¡Qué…! ¡Ah...!, buenos días..., buenos días…
Diciendo esto, quedó por unos segundos inmóvil. Su mirada fija en la nada, se fue posando  en cada uno de sus alumnos. Aquella actitud extraña casi les llegó a preocupar pero, de repente, Don Javier les sorprendió de tal modo,  que ninguno de ellos se atrevió a murmurar.
  • Rápido, coged vuestras maletas y macutos, nos vamos de excursión.
Ahora los paralizados eran sus alumnos. Se habían quedado de piedra, sin habla. Sabían que jamás ningún profesor se había atrevido a salir con sus alumnos de excursión, desde que diez años atrás, ocurriera un desagradable accidente, en el que se puso en peligro las vidas de setenta y dos niños. Desde aquellos días la dirección del centro había dado una implacable orden, ¡no a las excursiones!

Aquellos alumnos no entendían a Dos Javier, pues siempre había respetado las normas y ahora...
Pero sin que nadie lo esperara, una voz puso fin a aquel silencio.
  • Bien,  -gritó con entusiasmo Mario, el más pequeño de los hermanos García, que por ser gemelos resultaba muy difícil distinguirlos.
Pero esta dificultad no sería tal para Don Javier, pues conocía perfectamente los temperamentos de ambos hermanos, lo que le permitía saber, que si externamente apenas si se distinguían sus diferencias, no era así internamente, y dirigiéndose a Mario le dijo:
  • Gracias Mario te agradezco tu apoyo, ¿supongo que tu hermano Martin no estará de acuerdo? –le preguntó Don Javier amablemente-
  •  No, no estoy de acuerdo, -exclamó una nueva voz, procedente en esta ocasión del otro extremo de la sala-.  ¿Cómo podemos desobedecer las órdenes impuestas por la dirección?
Era Martín, el hermano mayor, que con su espíritu de líder y su alta estima, ganada a pulso entre sus compañeros, quería imponerse una vez más para dejar muy claro quién era el que tomaba las decisiones en la clase.

Su reputación era elogiada por todos en la escuela. De algún modo había implantado sus normas en los  demás, y lo había hecho siempre respaldando a los más fuertes y dando la espalda a los más débiles.

Martin era alto y atlético, su cuerpo se movía con nerviosismo. Su agilidad y habilidades, le habían llevado a conseguir triunfos en el más valorado de los deportes de la escuela, el atletismo.

Don Javier conocía la fama de Martin. Sabía, igualmente, que si convencía a los demás compañeros le resultaría muy difícil llevar a cabo su plan. Quería dejar de ser el profesor que tan sólo enseñaba lo que ya viene descrito en los libros. Quería educar, cosa que hasta ahora había interpretado mal. Tenía que advertir a aquellos niños y niñas que el mundo es algo más que una fórmula donde se inscriben tan sólo normas, leyes, reglamentos. Quería contagiarlos con una visión más sencilla de la vida, donde el hombre se sintiera libre y pudiera hacer uso de su poder creador. Y en ese propósito no podía perder más tiempo, pues sabía que le quedaba mucho camino por recorrer.
  • Está bien Martin. Ya veo que ere fiel a tu obediencia y eso está muy bien. Pero, ¿qué te parece un trato?
Don Javier conocía las debilidades de sus alumnos, así como sus cualidades. Sabía que Martin, detrás de su arrogancia, ocultaba una profunda inestabilidad que lo llevaba a veces a traicionar sus propias palabras. Estaba seguro de que si lograba ganar el interés y la curiosidad del muchacho, éste no podría evitar el caer seducido ante la tentación de decir lo que pensaba.


De este modo, fue como tendría lugar un inesperado juego donde los acontecimientos se sucederían unos tras otros sin que se supiese cuál de ellos era el más sorprendente.
  • ¿Qué clase de trato? -le contestó Martin tras unos segundos de reflexión, que indicaron a  Don Javier la desconfianza que se había ganado entre sus alumnos, excepto en uno, Mario, que continuaba respaldando su propuesta-.
  • Se trata de un acertijo.
  • ¿De una adivinanza? -exclamó, replicante Martin-. Venga Señor maestro, que ya somos mayorcitos.
  • Creo que no me has oído bien. No he dicho una adivinanza, he dicho un acertijo, y sabes lo que   pienso, pues te lo diré. Creo que tienes miedo de no saber encontrar la respuesta tienes miedo de dejar de ser el preferido entre tus compañeros.
Eran muchos los años que Don Javier había dedicado a la enseñanza y ello le permitía conocer bien a sus  alumnos. Es por ello, que pensó en el modo de ayuda a Martin, un chico acostumbrado a salirse con la suya, a imponer sus ideas a los demás.
  • No crea que va a asustarnos con tanta palabrería. Durante muchos años nos ha enseñado a respetar las normas del colegio. Hoy nos pide que no las respetemos. Pero, ¿qué clase de maestro es usted?
En verdad, Martin era astuto e inteligente. Él también conocía las debilidades de Don Javier y no sintió piedad por él. Estaba dispuesto a defender la verdad, lo justo, y ningún profesor, por viejo que fuese, lo convencería de lo contrario.
  • Tienes razón, Martin. Yo siempre he respetado las normas. He sido el primero en exigir su  cumplimiento,  pero hoy, mientras me dirigía a la escuela, me ha sucedido algo maravilloso. Por primera vez en mi vida he sentido, cómo una venda se desprendía de mis ojos permitiéndome ver con mayor claridad. He presenciado el vuelo de las palomas que libremente, revoleteaban en el cielo. He contemplado cómo mi reloj de oro sigue siendo fiel, perfecto en su empeño de dar la hora con exactitud, y me he visto a mi mismo haciendo las mismas cosas de siempre. Y me he preguntado, ¿dónde está la verdad de la vida? ¿Qué hace que las palomas vuelen con libertad? ¿Qué fuerza invisible da vida al tiempo? ¿Qué misterio mueve mis pasos para hacer esto o aquello? Todo es extraño, y es por este motivo que quiero invitaros a compartir este día en contacto con la naturaleza, pues estoy seguro de que ella nos enseñará a respetar las verdaderas leyes de la vida. Nos hará un poco más libre cuando conozcamos que esas leyes han sido hechas para el hombre y no el hombre para las leyes.
  • No siga, Señor Maestro, no nos convencerá.
Fríamente, Martin puso fin a aquellas palabras llenas de entusiasmo y que, sin embargo, no acababan de ganar las simpatías de sus alumnos.
  • Está bien, como queráis. He hecho cuanto he podido. Es una lástima pero, qué vamos a hacerle. Bien, podéis abrir el libro de Lengua por la página…

... continuará

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