sábado, 27 de mayo de 2017

Cuento para Géminis: "Un Sendero hacia la Luz - Final"

Pero no pudo seguir hablando pues, en esta ocasión fue interrumpido por sus alumnos. Alguien a quien apreciaba desde muy pequeño, pues ya desde entonces, su rostro, junto a sus actos, hablaba muy  satisfactoriamente a su favor. Era Mario, el hermano gemelo de Martin.


Qué extraña era la vida -pensaba Don Javier-, a pesar de haber nacido del mismo vientre, a pesar del asombroso parecido físico, y cuánta diferencia de carácter había entre ambos hermanos.


Mario era prudente, risueño, optimista, generoso, humilde y pacífico. Mientras que Martin era impaciente, irritable, nervioso, envidioso y vanidoso.
  • Perdóneme, Señor Maestro, pero quisiera que supiese usted algo, -expresó respetuosamente Mario-.
  • Dime, Mario, ¿qué deseas? -le contestó Don Javier dando viva muestra de preocupación-.
  • Quisiera decirle que yo estoy dispuesto a descifrar el acertijo. Me agradaría tanto acompañarle a la excursión. 
Los ojos de Don Javier sintieron un calor conocido. Estaban a punto de brotar, involuntariamente, de ellos lágrimas que no pudo reprimir. Aquellas palabras sinceras le habían llegado al corazón, conmoviéndole profundamente. Temió por unos segundos, que su garganta no le respondiese pues un nudo le impedía casi respirar, por lo que tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse llevar por aquel brote de alegría. Y así lo hizo. 

  • Gracias, Mario, si ese es tu deseo, te complaceré, -le contestó sin poder ocultar su satisfacción-. 
Pero Martin al ver que su hermano menor, al que no tenía en gran estima, pues lo juzgaba un mal estudiante, se interponía en su camino, casi estalló en cólera. Poseído por un nerviosismo que no conseguía controlar, se levantó como por impulso de su asiento, interrumpiendo aquel dialogo.
  • ¡Basta!, hermanito. No te conformas con las malas notas que sacas, que ahora quieres hacer el ridículo. Acertijos, estoy seguro que todos los aquí presentes piensan que el único que puede solucionarlo soy yo. 
En un arrebato de vanidad intelectual, Martin se dirigió a todos los presentes y les preguntó con voz efusiva y casi amenazante. 
  • ¿Estáis de acuerdo todos, de que soy el único que puede descifrar el enigma? 
Un profundo silencio se adueñó de toda el aula, pues nadie quiso hablar. Pero, sin embargo, muchos asintieron con un gesto, y los demás lo hicieron con su silencio, ya lo dice el refrán, el que caya otorga.

Aprovechando aquella confusión, Don Javier vio la oportunidad que esperaba y lo puso un poco más difícil. 
  • Martin, tú que tanto hablas de respetar las normas, ¿cómo te atreves a interrumpir un diálogo entre dos personas? ¿Acaso no sido enseñado, que cuando dos personas hablan, los demás deben callar? –expresó Don Javier con la intención de demostrar al joven que no se deben juzgar las acciones de los demás-.
  • Bueno, es que yo…, -balbuceó Martin, tartamudeando-. Está bien, perdone, pero debo decirle algo, yo participaré en la prueba.
  • De acuerdo, toma asiento y escuchad todos, pues el acertijo es este… 
Lo había conseguido. No le había resultado fácil, pero al final sus esfuerzos se veían recompensados por el interés que había despertado con aquella prueba.

Todos quedaron en silencio. Nadie se atrevían ni tan siquiera a alterar el ritmo respiratorio, que en aquellos minutos de tención, difícilmente, podía pasar desapercibido.
  • Existió una vez un Rey, que al ver que la muerte le rondaba, quiso hacer testamento. Era tan justo, que se encontró ante un dilema, pues a la hora de decidir cuál de sus dos hijos debería heredar su corona, no sabía qué decisión tomar, ya que eran gemelos. Así pues, pensó en consultar al sabio de palacio, y este le dijo...
  • Es muy fácil, mi queridísimo Rey, cededle a ambos un trozo de tierra y decidle que aquel que obtenga los mejores frutos en un año, de aquel será el reino.
  • La idea pareció ser del agrado del Rey, el cual hizo llamar inmediatamente a sus dos hijos, de los cuales uno era pastor –el más pequeño-, mientras que el mayor, dirigía los ejércitos. Una vez en presencia de su Padre, el Rey, fueron informados  por este de las condiciones de la prueba, y no tardaron en seguir el mandato real, dirigiéndose cada uno a sus respectivas tierras.
  • El tiempo pasó, y al tercer mes, fue el hijo mayor el que acudiendo a su padre, el Rey, le ofreció sus primero s frutos. Mientras tanto, su hermano aún se encontraba sembrando.
  • Trascurrieron tres meses más, y de nuevo fue el mayor de los hermanos, quién ofreció al Rey su cosecha. En cambio, el menor recibía con agrado las aguas que providencialmente caían del cielo.
  • Hallándose en el noveno mes, el Rey, recibió por tercera vez los frutos del mayor de sus hijos. Sin embargo, el más pequeño se preocupaba por separar la cizaña que dificultaba el crecimiento de la cosecha.
  • En los tres últimos meses, el Rey reunió de nuevo a sus dos hijos, recibiendo del mayor, nuevos frutos, pero en esta ocasión, también los recibió de su hijo menor.
Una larga pausa, indicó a los oyentes que la historia había terminado. No podían, ni encontraban palabras para explicar sus sentimientos. Era tan extraño toco aquello. Se preguntaban qué podría significar aquella narración. No sabían cuál sería el acertijo, y mirándose unos a otros se interrogaban con la Intención de aclarar su curiosidad.
  • ¿Quién de ustedes se atrevería a decirme, cuál debe ser la sentencia del Rey? ¿A cuál de los dos hijos, cederá su trono? ¿Al mayor, que ha ofrecido cuatro veces frutos o al más pequeño de los hermanos, que tan sólo ha ofrecido una cosecha? –en un tono enigmático, Don Javier, dejó flotar en el aire aquella misteriosa pregunta-. 
Un sentimiento de inquietud pareció apropiarse de la mayoría de los alumnos.

Con destreza y rapidez formaron pequeños grupos. Estaban acostumbrados a hacerlo. Fuera de clases se compinchaban para sentirse más seguros y fuertes. Sin embargo, habían dado la espalda una vez más a Mario, quien no pareció ofenderle aquel gesto de rechazo, sin pensárselo mucho, quedó sumergido en los detalles de la historia llegando a identificarse con los protagonistas del relato.

Para Martin, aquella historia no le planteaba ninguna duda. Veía la solución muy evidente y desde el principio quiso hacerlo saber. 
  • Estoy seguro, Señor Maestro, que no será necesario que dé mucho tiempo para contestar esta simple cuestión. La respuesta es bien sencilla, y hasta un niño pequeño la encontraría sin dificultad -dijo en voz alta el arrogante Martin-.
  • Me agrada pensar que no te resulte difícil responder  el acertijo, pero te advierto que no es tan fácil como aparenta. Si te parece… -Quiso Don Javier ayudarle, pero una vez más, Martin podría de manifiesto su vanidad intelectual anteponiendo su interés al del profesor-.
  • Estaréis todos de acuerdo en que el Rey debe ceder su trono al mayor de los hermanos, pues está claro que ha ofrecido tres veces más frutos que su hermano. 
Todos quedaron en silencio. Miraban fijamente los gestos de Dos Javier, el cual quedaba inmóvil, sin apenas dar señales de vida. Sus ojos, a pesar de estar entreabiertos, parecían mirar la nada.

Cuando todos esperaban una reacción del Maestro, no seria éste quien pusiera fin a aquel profundo y largo silencio, sino que fue, una vez más, Mario, el que sacó a todos de aquella tensión.
  • Yo tengo otra respuesta Señor Maestro –dijo Mario, dirigiéndose a Don Javier-.
  • Está bien, Mario, exponla, todos te oiremos.
  • Si yo fuera el Rey, llamaría al menor de mis hijos y le diría, tuyo es el reino.
  • ¡Cómo!, ¿estás loco hermanito?, ¿te has olvidado? El mayor le ofrece cuatro veces frutos, en cambio, el menor una sola vez ¿Cómo te explicas eso, dínoslo? –gritó Martin a su hermano-. 
Pero esta vez no seria Mario el que contentaría, sino que fue Don Javier, quien levantándose de su asiento, se colocó de modo que todos le pudieran ver y oír bien. 
  • Yo contestaré a tu pregunta Martin, si no te importa. Tienes razón, el mayor de los hermanos ofreció por cuatro veces frutos a su padre, pero, ¿te has preguntado cómo consiguió en tan corto plazo de tiempo, 3 meses, los mismos frutos que ofreció su hermano en un año. ¿Acaso ignoras que un árbol no da frutos de la noche a la mañana? Al mayor de los hermanos no le resultó difícil conseguir esos frutos, pues siendo capitán de los ejércitos, no dudó en diezmar, avasallar y robar en los campos vecinos. De este modo podía ofrecer cada tres meses frutos a su padre. En cambio se olvidó de sembrar, y cuando sembró se olvidó de regar. Y así cuando hubo regado, no supo cortar la cizaña, la cual puso fin a su cosecha. De este modo tuvo que seguir robando para poder alimentar a su padre. Sin embargo, el menor de los hermanos supo preparar la tierra,  escogió las mejores semillas, esperó las fértiles aguas del cielo y se esmeró en cortar la mala hierba. Así, tras un largo y paciente esfuerzo, pudo ofrecer a su padre los mejores frutos, quien dijo…
  • Durante cuatro veces consecutivas, he sido alimentado de los frutos del mayor de mis hijos, sin embargo mi apetito no ha sido saciado.  En cambio, una sola vez, he recibido el alimento del menor de mis hijos y ha sido tal mi satisfacción, que he quedado saciado para siempre. Tuyo es el reino, -dijo señalando al menor de los hermanos-, pues tus frutos han colmado mi hambre, mientras que los de tu hermano, han estimulado aún más mi apetito.
Como guiado por un impulso desenfrenado todos al unísono -excepto Martin-, vitorearon el nombre de Mario, quien no se había librado de la sorpresa, ni de las palabras que había pronunciado Don Javier.

Tuvo que hacer grandes esfuerzos Mario, para no caer al suelo cuando sus compañeros le felicitaban efusivamente. Todos querían felicitarle por el ingenio y la intuición demostrada, sin embargo, los pensamientos de Mario no participaban con aquella eufórica desbandada. Toda su preocupación se centraba en su hermano mayor, pues creía conocerle bien y sabía que aquella prueba supondría para él una dura derrota, de la que no estaba seguro, si podría superar. 

Buscó con su mirada la presencia de Martín, temiendo que se hubiese marchado, pero se alegró al comprobar que aún se encontraba allí, aunque con la cabeza cabizbaja y sin que pudiera mirar a nadie.

Mario comprendió el dolor que debía sentir su hermano y se sintió indefenso, pues no sabía cómo ayudarle.

A lo largo de todos aquellos años y  desde que juntos fueron inscritos en la escuela, Martin siempre buscó diferenciarse de Mario y si para ello, era necesario humillarle, no tendría en consideración tal hecho.

Martín era muy reconocido por sus compañeros, pero en el fondo sus relaciones superficiales. En cambio, Mario siempre frecuentaba reuniones donde se preocupaba por hacer compañía a aquellos que se sentían solos y marginados. Les contaba historias, leyendas, y de este modo nacía una sana y duradera  relación.

Pero jamás supo Mario ganar la confianza y el respeto de su hermano, a penas unos minutos mayor que él. 
  • Está bien, chicos -dijo en voz alta Don Javier intentando poner un poco de orden en aquella algarabía-. Como ya todos sabéis, Mario ha acertado el acertijo y por lo tanto iremos de excursión. Espero que tú, Martin, también irás -expresó Don Javier dirigiéndose al joven derrotado por su propio orgullo-. 
Nadie sabría explicar cómo ocurrió, pero lo cierto es que estaba ocurriendo. De repente, Don Javier sintió que sus ojos se nublaban y que sus rodillas se doblaban negándose a sostener su cuerpo desplomado y sin fuerza. Apenas pudo llegar a apoyar sus manos sobre la mesa, evitando un golpe que de haberse producido le hubiera destrozado la cabeza. 

A pesar del esfuerzo que seguía haciendo por mantener su cuerpo erguido, no pudo evitar que éste se deslizase hasta caer abatido en el suelo.
  • ¿Qué hacer? –se preguntaban todos sin que nadie se atreviese a reaccionar-. 
Mientras tanto, el rostro de Don Javier fue adoptando un color azulado. Sus labios fueron tiñéndose hasta adquirir un tono morado, y sus ojos parecían mirar sin vida. 

Fue entonces, cuando Martin, reaccionando ágilmente, salió veloz como una saeta en busca de ayuda.

Sus pies parecían volar, apenas si tocaban el suelo. Su corazón le bombeaba con fuerza, cada vez con mayor rapidez, y su rostro dibujaba una expresión de rabia, al tiempo que en su mente se repetía una y otra vez… 
  • No, no puede morir…, no, no puede morir. 
Habían pasado 15 segundos, cuando llegó sin aliento a la casa del doctor. Sin demoras, éste se puso en camino acompañado por el joven Martin, que apenas si podía respirar, pues sentía un profundo ahogo en su pecho que aclamaba salir al exterior. 

Pronto llegaron a la escuela  y con la misma rapidez, el doctor atendía al desafortunado Don Javier.

Al ver su rostro crispado y el colorido de su piel, el médico pidió que alguien llamase a una ambulancia urgentemente, al tiempo que le administraba masaje cardiaco al infeliz maestro.

Sin duda, su corazón, cansado por los años le había jugado una mala faena.

Todos los alumnos fueron desalojados, pero aún permanecía allí Mario y Martin. Miraban y observaban cada gesto del Doctor. Hacía tiempo que sus manos no se unían, sin embargo, en esos momentos se encontraban entrelazadas, pues ambos sentían que los últimos acontecimientos, les había unido de un modo especial. Pero lamentaban, angustiados,  que el precio de ello pudiera ser la muerte de Don Javier.


El médico luchaba enérgicamente por devolver la vida al moribundo Don Javier, pero sus esfuerzos parecieron nulos pues sus brazos dejaron de forcejear su pecho.

Había hecho cuanto estaba en sus manos, pero pensó que la ayuda le había llegado demasiado tarde.

Con un gesto de impotencia, el médico abandonó el cuerpo del maestro, que más que muerto, parecía dormido. 

Mario y Martin se sorprendieron al ver que el médico se alejaba de la sala y le preguntaron...
  • Doctor, ¿por qué abandona usted su cuerpo?
  • Niños, no deberíais estar aquí - contestó sorprendido el médico-, marcharos a casa, Don Javier ha pasado a mejor vida.
  • No lo entiende, doctor, Don Javier no ha podido morir. Hoy precisamente acababa de nacer. Hoy ha dejado atrás un lejano pasado. Nosotros, le debemos mucho y creemos en él. Hoy nos ha enseñado una gran lección. Nos ha enseñado que el Hombre posee un poder que es mágico. Dígaselo usted mismo Don Javier.
  • En efecto, tenéis razón -exclamó Don Javier con voz celestial-. 
No pudo evitar el doctor, que la pluma que sostenía en sus manos se deslizase entre sus dedos, cayendo al suelo. Había quedado de piedra, su sangre no circulaba y sus extremidades se negaban a obedecerle. Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo pudo dirigir su cabeza en la dirección donde había dejado sin vida el cuerpo de Dos Javier. Pero su sorpresa aumentó, pues en aquel lugar ya no se encontraba ningún cuerpo, ni tan siquiera, la señal de haberlo habido. 

Buscó, buscó hacia un lado y a otro, pero no pudo encontrar a Dos Javier, ni tampoco a los dos hermanos, Martin y Mario. Pero sí pudo oír el rumor de unas voces que se alejaban en dirección a las afueras del pueblo, donde la montaña parecía aguardarles con los brazos abiertos. 

Corrió veloz hacía una de las dos ventanas y pudo tranquilizar sus nervios, cuando sus ojos pudieron ver, cómo Don Javier caminaba como era habitual en él, con paso firme y seguro, rodeado de alumnos. A su izquierda le acompañaba Martin y a su derecha Mario. Ambos se miraron y se guiñaron el ojo, sonriendo felizmente. 

Mientras tanto, Don Javier, seguía narrando… 
  • Y el hijo menor compartió su reino con el mayor de los hermanos, y juntos formaron una gran nación, donde la paz y la armonía serían el anuncio de un nuevo mundo, de un Nuevo Universo.

FIN

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