lunes, 1 de agosto de 2016

Cuento para Leo: "Un día muy Especial - Final"

Los padres de todos sus amigos se preocupaban por sus hijos, les hacían regalos en sus cumpleaños y celebraban fiestas a las que invitaban a todos sus conocidos, y él, ¿qué podría decir ahora a sus compañeros de juego? Tal vez ya nunca más lo invitarían… 

La verdad era que ninguno de sus amigos, tenían toda una habitación llena de juguetes. Y apenas podía recordar, la última vez, que uno de ellos celebrara su cumpleaños dando una gran fiesta, todo a lo más, compartían sus regalos y así lo pasaban en grande.

Para él, aquel modo de celebrar tan especial día, le parecía absurdo y ridículo.

No encontraba satisfacción, si no se sentía el más importante y más venerado. Eso sí era pasarlo bien. De este modo jamás podría olvidarlo.

Aún podía recordar su último cumpleaños, y cuando lo comparó con aquel día sintió mucha tristeza. Aquel pasado año todo fue muy diferente.

Todavía recordaba, cómo en la mañana de aquel precioso Julio, acompañó a su madre a la pastelería con la intención de encargar la tarta con la que festejaría aquel día tan esperado.
Estando sumido en aquellos pensamientos, niño Alberto se sorprendió con un sentimiento de enfado, hasta el punto de que gritaba a su madre por no estar de acuerdo en la elección que había hecho de la tarta.
  • Yo no quiero esa ridícula tarta, es muy pequeña. ¿Acaso crees que puedo celebrar mi cumpleaños para que todos se rían de mí?
Con aquellas palabras irritantes, consiguió que su madre haciendo un esfuerzo, le encargase la tarta más hermosa de cuantas había en la pastelería.

A la vuelta de la tienda niño Alberto se encontró con unos amigos, que jugaban a la pelota entre ellos, y con aquel juego parecían divertirse de lo lindo. Cuando le vieron, éstos le propusieron que jugase con ellos.
  • Jugaré con vosotros si me dejáis que sea el capitán del equipo. De lo contrario no contéis conmigo - aquellas palabras sonaron a soberbia-.
Ya era habitual en él, ese espíritu arrogante, y como lo conocían sus amigos, llegaban a  aceptar sus condiciones. Pero no siempre sucedía así, y en aquella mañana, cuando llegando el último, quería mandar a los demás, éstos le contestaron rechazando su propuesta.
  • Te equivocas si crees que llegando el último serás el capitán del equipo.
Aquella respuesta, a la que no estaba acostumbrado recibir, le provocó tan gran enfado que llegó a ponerse muy colérico, hasta llegar incluso a pelearse con el dueño de la pelota. Suerte que en esos momentos, la presencia de los vecinos impidió que aquella situación fuera aún más lamentable.

Pero para niño Alberto, aquella situación no podía quedar así. Él estaba acostumbrado a conseguir cuanto quería y nadie podía humillarlo, ni avergonzarlo. En cambio, sí se sentía con derecho para ridiculizar a los demás. Por ello, amenazó a sus compañeros de juego con no invitarles a su cumpleaños, y les dijo:
  • Tú, gordinflón, no te creas que esta tarde en mi banquete vas a probar mi tarta, y tú, enano, la próxima vez que quieras bañarte en mi piscina no lo harás. ¿Entendido?
Aquella soberbia era un derecho y un poder que formaba parte de su  personalidad. Le gustaba mandar y hacer lo que le viniera en gana, y si daba algo con generosidad, no tardaría mucho tiempo en utilizarlo para su beneficio propio, ya que en el fondo siempre quería que los demás supieran que él era muy importante.
Con aquellos recuerdos que se iban sucediendo unos tras otros en su mente, niño Alberto disfrutaba, ya que se sentida muy feliz, cuando los demás  dependían de él.


No se daba cuenta del gran error que cometía con aquel orgullo desmedido, y pensaba que lo que era bueno para él, debía serlo para los demás también.

Sumergido aún en los recuerdos de su último cumpleaños, se encontró de nuevo acompañado de su madre. Apenas si faltaban dos horas para que diera comienzo aquella fiesta que presagiaba mucha felicidad y alegría. Había refrescos, bocadillos, golosinas, helados y también muchos juegos.

Apenas sabía lo que hacer hasta que llegase la hora del festejo, y se le ocurrió buscar a sus amigos para hacerles participes de una idea que se le acababa de ocurrir. Pero había un problema para poder llevar a cabo su plan. Necesitaba dinero y él no lo tenía. Bueno, la verdad es que aquello no le supuso mucha dificultad. Haría como otras veces había hecho. Sabía perfectamente dónde hallar la cartera de su madre y allí siempre encontraba lo que necesitaba.

No tardó mucho en llevar a cabo su plan. Dirigiéndose a la cocina, niño Alberto tomó del monedero de su madre algún dinero.  Estaba seguro que ella se lo negaría como otras veces y él necesitaba jugar hasta la hora de la fiesta.

Con gran entusiasmo y sin dar importancia a lo que había hecho fue a contárselo a sus amigos, con la intención de que ellos lo imitaran. Pero no todos eran como él, y ninguno estuvo de acuerdo en quitarles dinero a sus padres.

Ante la negativa de sus amigos, niño Alberto se enfadó. Pero pensó, que si se molestaba con ellos tal vez no quisieran acompañarles en su fiesta, y entonces temió no poder ser el centro de atención de todo el festejo. No habría nadie que le cantase cumpleaños feliz, y menos aún que le felicitasen y aplaudiesen.

Por lo tanto imaginó una estrategia. Si los invitaba a jugar a las máquinas tragaperras seguro que todos irían a la fiesta. Y tal como lo pensó, lo hizo. Y acertó, pues todos sus amigos demostraban su alegría, ya que, no todos los días tenían la oportunidad de jugar a las máquinas de recreo.

El tiempo iba transcurriendo y el día avanzaba rápidamente. Para niño Alberto, todo  aquello que parecía increíble, fue tomando sentido. Tardó mucho en comprender, que en verdad su comportamiento no estaba bien, y que debido a ello sus amigos le respetaban por miedo y  le huían cuando pretendía imponer siempre su voluntad.

Él, que se creía generoso, descubrió con profundo dolor y pena, que su único deseo era tener cerca a alguien a quien poder mandar

Él, que siempre se demostraba ser ejemplo de virtudes, había caído en acciones muy bajas y no había respetado ni tan siquiera a sus seres más queridos.

Él, que exigía el respeto de su honor, ridiculizaba con su arrogancia a sus compañeros y amigos.

En verdad, que aquel día sería muy especial para él. De pronto había descubierto que, muchas cosas, de las que hacía pocos momentos le eran muy importantes, habían perdido todo su interés. Sin embargo, un temor muy profundo y una pena muy sincera lo estremecían. Él sabía que no podía vivir si sus amigos lo rechazaban. Su vida no tendría sentido si sus seres queridos no lo atendían.

Él necesitaba decirles a todos que no lo abandonasen,  que cambiaría. Estaba dispuesto a mejorar su comportamiento…

“Ya nunca más faltaría el respeto a sus padres”.
“Ya nunca más ridiculizaría a sus amigos”.
“Ya nunca más pretendería mandar y humillar a los demás”.
“Él estaba dispuesto a ser un buen amigo, a ser un hijo ejemplar. Sólo él y Dios lo sabían”.
“Su corazón se estremecía y amenazaba con estallarle”.
“Su único deseo en ese momento era ir en busca de sus padres y abrazarles con fuerza, y decirles que más importante que todos los cumpleaños, era el amor que sentía por ellos y salir corriendo en busca de sus amigos y pedirles que le perdonasen por lo cruel que había sido con ellos”.

Y lleno de esa nueva felicidad y alegría, puso alas a sus pies, dirigiéndose en busca de sus padres.


Fue bajando la escalera que comunicaba su habitación con el salón, cuando de repente frenó sus pasos. Una vez más la sorpresa le acompañaba en aquel singular día.
  • ¿Dónde estarían todos? -se preguntaba-. ¿Por qué estaba todo tan oscuro?
Preocupado en encontrar una respuesta, recordó que él mismo había visto la luz del día.
¿Cuánto tiempo había estado en su habitación? Debió ser mucho. Más de lo que él, en aquel momento, pudiese imaginar, aunque en aquel día tan especial habían ocurrido cosas tan  extrañas que para niño Alberto, le acompañarían durante toda la vida, como un hermoso misterio.

De repente y de un modo inesperado, que incluso asustó a nuestro protagonista, se encendieron un gran número de velas, todas al unísono, dando a aquel lugar un aspecto mágico. Y Justo en ese momento, un conocido cántico llenó de inmensa felicidad su corazón.
  • ¡Cumpleaños feliz... Cumpleaños feliz…!
No cabía duda, allí estaban todos. Sus padres, sus amigos y muchos vecinos. Todos juntos felicitaban con agrado al anfitrión.
Niño Alberto, no pudo evitar el dejar escapar unas sinceras lágrimas, que conmovieron su corazón.

Sin duda alguna, aquel fue un día muy especial y niño Alberto, con cuanto orgullo lo recordaría.

FIN

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