sábado, 1 de octubre de 2016

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - Final"


Bartolomé no supo mantener por más  tiempo aquel silencio. Estaba profundamente entusiasmado pues, por unos momentos, él mismo se identificó con la apatía de aquel pobre e infeliz ser. Recordó que en más de una ocasión había deseado dar su propia vida, a cambio de obtener unos minutos el sentido de la vista, pero ahora comprendía que el precio era muy alto. No podía ocultar su interés y de un modo casi exaltado, interrumpió a su nuevo amigo, el pastor.
  • Dígame, señor pastor, ¿acaso el pobre borracho no muere en el incendio? ¿cómo es que ahora ve, pero ha perdido la vida? -preguntó muy intrigado Bartolomé-.
  • Ocurre, mi buen amigo, en la leyenda, al igual que en nuestras vidas. Si todo nuestro amor se centra en un sólo deseo y para conseguirlo no nos importa el precio a pagar, cuando lo hemos conseguido toda la fuerza de nuestro amor se desvanece y muere. Cuando nuestros deseos son vanos y egoístas, nuestro amor morirá para siempre y nos resultará difícil poder sentirnos vivo sin él. En cambio, cuando nuestros deseos son desinteresados y los compartimos con los demás, olvidándonos de nosotros mismos, entonces una vez conseguidos, nuestro amor se funde con el de otros y forma una gran familia, que como tal tendrá una descendencia y nos alimentará. A nuestro personaje su amor por si mismo le había cegado aún más de lo que ya se encontraba y dado que tan solo sembraba odio, en respuesta de sus actos cosechó su propio odio. La aparición del diablo, le ofrece la oportunidad de ver, pero en su mundo, en la morada de perdición donde tendrá que pagar sus deudas. A cambio se cobra lo que es suyo y lo que el desgraciado borracho le ofreció, nada menos que la vida.
Bartolomé escuchaba boquiabierto aquella narración tan curiosa. Apenas si respiraba para no interrumpir al pastor, aunque no podía ocultar su impaciencia por conocer el final de la leyenda.
  • Nuestro infeliz personaje - continuó narrando el pastor, al percibir la impaciencia del joven - lleno de terror, lloró amargamente durante horas y horas. Podía ver, pero de qué le valía, si cuanto alcanzaba a contemplar era dolor y sufrimiento. Había comprendido que se encontraba en el infierno. Allí, junto a él, una larga cola de desdichados, esperaban su turno para ser interrogados por sus actos. Ante su desdicha, se decía, que hubiese preferido no mencionar nunca aquellas fatídicas palabras y quizás aún podría seguir con vida.
Cuando más sumido se encontraba en aquellas reflexiones, una voz desagradable y áspera le hizo volver a la indeseada realidad.
  • ¿Eres el número nueve? Vamos, levántate y date prisa que ya vamos con retraso. 
Tuvo que mirarse bien sus ropajes, hasta que descubrió que alguien le había colocado una inscripción donde se podía leer el número nueve. Miró al demonio que le había dirigido la palabra y sintió miedo y resignación.
  • Vamos, pasa al salón número tres - exclamó de nuevo aquella misma voz–. 
No tardó en llegar a un salón muy oscuro, donde tan sólo se podía ver una gran pantalla blanca, la cual se iluminó de repente, al tiempo que una voz potente ordenó.
  • Ahora presta atención, debes saber que cuanto verás y sentirás no es más que el daño que tú has generado en los demás. Algún día nos agradecerás el sufrimiento que vas a experimentar ahora. Quizás cuando nazcas de nuevo no te veas en la necesidad de ser ciego una vez más, y ahora aprende y calla. 
Muchas imágenes se sucedieron unas tras otras, pero de todas ellas una le produjo una intensa emoción. Se vio en una gran sala. A un extremo y a otro varios personajes discutían agitadamente; a un lado de la sala, un hombre ocultaba su rostro entre sus manos, estaba lloroso y desolado, y en el centro de todo aquello se encontraba él, presidiendo la reunión. Era el juez, y aquella escena correspondía a un juicio. En esos momentos uno de los letrados se levantó y dirigiéndose al juez, dijo:
  • Señoría, admito que las pruebas que presenta el señor fiscal son agravantes, pero no existe ninguna prueba decisiva que permita reconocer, que mi defendido es culpable del cargo que se le acusa.
  • Le recuerdo señor abogado defensor, que ese cargo es de asesinato y que por lo tanto debemos sopesar cualquier hecho.
La fama de aquel juez era muy conocida en aquellos tiempos; su dureza y rigor le hacía despiadado e injusto. Todos decían que desde la muerte de su esposa el juez había olvidado lo que era la piedad y el amor.

El reo levantó su rostro y temió encontrarse con la cruel mirada del juez. Tan solo Dios y él sabían que no era culpable. No tenía cuartada para defenderse de las acusaciones y, sin embargo, supo leer en la mirada de aquel injusto juez, que la sentencia sería la pena de muerte.

Y tenía razón aquella pobre victima, pues cuando todos esperaban el veredicto decisivo, aquella voz dijo:
  • Por la autoridad que el estado me concede, declaro al acusado, CULPABLE de asesinato. Por lo que es condenado a la pena máxima. La ejecución se llevará a cabo mañana mismo. 
Al tiempo que aquellas palabras eran pronunciadas, muy lejos de allí en otras circunstancias, aquel hombre que consiguió ver a costa de su vida sentía cómo se le desgarraba el alma. Todo el dolor de aquel desgraciado reo, se apoderó de él y por unos momentos creyó perder la vista.
  • Aquel suplicio acabó, y dice la leyenda que a veces parece como si del cielo proviniese una lejana voz, la cual suplica el perdón de Dios al tiempo que agradece al diablo la ayuda que le ofreció, y es que a veces, tan sólo aprendemos a través del dolor. Nuestro desgraciado amigo comprendió el daño que había hecho juzgando injustamente a los demás. No supo ver, la verdad, y también comprendió que la soledad no es buena consejera cuando llegamos a ella a través del odio.

Bartolomé no podía hablar, ni tan siquiera lo deseaba. Aquella leyenda le había dado tantos motivos para pensar.
El pastor no quiso poner fin a aquella meditación, y con mucha cautela se fue deslizando entre las rocas, y poco a poco se alejó hasta desaparecer.
Lamentaba en el fondo no despedirse de aquel buen muchacho, pero sabía que su misión había finalizado. Ahora confiaba en que Dios ayudase a nuestro amigo en su ilusión de ver.

Fueron las constantes llamadas de sus padres preocupados por la tardanza de Bartolomé, las que le hicieron volver en sí.
Se notó extraño,  como si algo hubiese cambiado en su interior. No sabría explicarlo, pero se sentía lleno de vida, y feliz por ese descubrimiento quiso agradecer al pastor la narración de aquella historia, pero no pudo evitar la sorpresa cuando comprobó que su nuevo amigo no le contestaba.

Fue entonces cuando decidió volver con sus padres, que empezaban a sentirse inquietos.

El viaje hasta la ciudad ya no encontraría más retrasos, la verdad era que Bartolomé sentía verdaderas ganas por llegar. A pesar de estar informados por el médico sobre la dificultad de la operación, los padres de Bartolomé, difícilmente, podían ocultar su nerviosismo e intranquilidad.

Habían transcurrido ya cinco horas desde que nuestro joven protagonista entrara en el quirófano. Cinco horas que para aquellos padres fueron toda una eternidad. No era la primera vez que pasaban por aquel trance, pero sabían que a aquella prueba nadie podía acostumbrarse.
Tuvo que pasar aún media hora más; fue al final de esa espera, cuando las puertas del quirófano se abrieron y tras ellas apareció el doctor encargado de la intervención.
Fueron segundos de gran tensión. Nadie se atrevía a preguntar el resultado, pues en el fondo temían que la respuesta fuese la que ninguno querían oír.

Pero sería el propio doctor, el que comprendiendo lo delicado de la situación, se apresuró a dar noticias de los resultados de la intervención.
  • Acérquense por favor, debo darles la enhorabuena, pues tienen un hijo muy valiente. Si no hubiese sido por su colaboración nunca lo hubiésemos conseguido. No ha puesto resistencia y es muy raro en niños de su edad. Deben estar muy orgullosos de él, se lo aseguro.
  • Pero doctor, ¿cómo ha salido la operación? ¿Cabe la posibilidad de…? 
Su frase quedó entrecortada, pero en su rostro se podía leer perfectamente el resto de la pregunta.
  • No deben preocuparse lo más mínimo. Aunque todavía es pronto para adelantar unos resultados fiables, si puedo decirles que hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora todo dependerá del niño. La operación ha sido todo un éxito.
  • Doctor, ¿cuándo podremos saber si nuestro hijo, podrá ver…?
  • Deben tener paciencia y no transmitir vuestros temores al niño. En ningún momento, Bartolomé, debe perder la esperanza con la que entró en el quirófano. Dentro de tres semanas le quitaremos los vendajes. Hasta entonces no sabremos nada más.

Fueron tres semanas muy largas. El tiempo, a pesar de transcurrir siempre igual, a veces cuando más necesidad tenemos de que pase, parece que se pone en contra de nuestros deseos y los minutos se nos hacen horas y las horas días, y los días semanas, es por ello que aquellas tres semanas se le antojaron a los padres de Bartolomé tres meses.

Gracias a Dios, para nuestro amigo el tiempo parecía carecer de importancia pues, gozaba en su silencio, pensando día a día en su encuentro con el pastor y aquella extraña narración.

Pero aunque parecía que nunca iban a pasar, las tres semanas tocaron a su fin, y el día esperado al fin llegó.
Nuestro amigo no aparentaba estar nervioso, cosa que no se podía decir de sus padres, incluso del propio médico.

Todos los allí presentes deseaban intensamente ver curado a Bartolomé; pero en muchas ocasiones se habían preguntado, cuál sería la reacción del niño al descubrir de golpe un mundo, al que hasta ahora, no había podido ver.

Las vendas que cubrían sus ojos fueron deslizándose hasta dejar tan sólo dos gasas protectoras.
Cada acto se desarrollaba con suma destreza y delicadeza. Nadie tenía prisa, y el silencio, un profundo silencio, acompasado tan sólo con el ritmo acelerado de algunos corazones, era la única compañía que hasta entonces apreciaba los sentidos de nuestro amigo Bartolomé.
  • Bartolomé - le dijo el médico-, ahora quiero que prestes mucha atención. 
El doctor necesitaba dar las últimas instrucciones al niño pues, desconocía el resultado de la operación y de no ser éste positivo, pensaba en un posible shock.
  • Voy a quitarte las dos gasas que aún cubren tus ojos. No debes temer nada, ¿me oyes? No debes intentar abrir los ojos bruscamente, sino que debes relajarlos y dejar que ellos por si mismo se abran. Vamos, adelante, sé que lo conseguirás.
El doctor acercó las manos con mucha suavidad hasta las gasas, y las retiró lentamente de los ojos del niño.
Ya ni el latir descompasado de los corazones alteraba aquel silencio. Todos esperaban que sucediera y así fue.

Bartolomé, siguiendo los consejos del médico no tuvo miedo y se relajó profundamente, y cuando hizo esto, a su memoria acudieron las escenas de aquel reo que suplicaba el perdón por su vida, y la pena de muerte sentenciada por el juez.

Un picor intenso acudió a sus ojos. Había sido como una chispa vibrante y ese fue el momento en el que nuestro amigo sintió la necesidad de abrir los ojos. Cuando así lo hizo, sus ojos por primera vez vieron.

Todos esperaban alguna señal de Bartolomé, que les indicara su estado, pero no sería una señal, sino una exclamación la que sacaría de dudas a todos cuantos prestaban su atención.
  • ¡Gracias, Dios mío –exclamó nuestro agradecido amigo-, gracias por tu misericordia y perdón! 
Nadie pudo hablar… si lo hubiesen querido hacer, no habrían podido. Era tan grande la emoción, que un nudo se adueñó de sus gargantas, impidiéndoles emitir palabra alguna.

Pero lo que nadie podía impedir es que las lágrimas brotaran de sus ojos, unas lágrimas nacidas de la felicidad y que ahora acompañaban la alegría que todos compartían por aquel milagro de la naturaleza.

Se  podía decir que nuestro amigo acababa de nacer. Ahora todo su tiempo debía ocuparlo en conocer aquellas cosas que durante nueve años, habían permanecido ocultas para él.

Nacía de la soledad de la noche y penetraba en un mundo de infinitas oportunidades, como era el día. Para él la luz era la vida y quería aprovechar cada minuto de ese día en aprender y recuperar el tiempo perdido.

En las semanas que aún tuvo que permanecer en el hospital, nuestro amigo descubrió, afortunadamente, algo que durante mucho tiempo le había preocupado. Había descubierto de pronto un sentido a la vida, y todo se lo debía a una sóla persona, a un pastor que sin necesidad de operación médica,  le dio la oportunidad de ver, con extraordinaria lucidez.

Bartolomé -nuestro amigo -, en su estancia en el hospital pudo contemplar que había males peores al suyo. Hizo amistad con chicos de su edad, los cuales eran incapacitados y deformes. No podían jugar, correr, ni competir con sus compañeros, pero sí podían compartir sus ilusiones, sus esperanzas y lo que era más importante, su amor.

Bartolomé aprendió una singular lección de aquellos niños, y gracias a ellos, nuestro amigo tomó una importante decisión:
  • Me prepararé. Estudiaré cuanto sea necesario y buscaré donde sea preciso hasta encontrar el modo de poder llevar el equilibrio, la justicia, la paz y la armonía a los corazones y vidas de los demás, y no desfalleceré en ese empeño. 
Nuestro amigo hacía grandes progresos. Sus ojos estaban curados. Las heridas de la operación habían cicatrizado. Ya nada lo retenía por más tiempo en aquella ciudad, una ciudad a la que no olvidaría.

Pero debía cumplir una promesa. Alguien muy importante para él le esperaba, y debía acudir a su encuentro.
Pocos días restaban ya para que el nostálgico otoño cediera su lugar al adormecido invierno. Ya se hacía notar el frio al atardecer, pero aquello poco importaba a nuestro amigo. Para él, nada podía impedir su ansiado encuentro con el hermoso mar.
Bartolomé se sentía inseguro; todas aquellas cosas confundían su orientación. Por unos momentos se sintió perdido y, de un modo instintivo cerró los ojos pues, pensó que tal vez así, encontraría mejor el camino que habría de llevarle hasta el mar. 

Pero cuando se disponía a andar, algo apenas imperceptible hizo que frenara sus pasos. Quedó inmóvil unos segundos y entonces gritó:
  • Eres tú, gran amiga. Has reconocido mi presencia y aliándote con el viento me das la bienvenida. Ya no necesito cerrar más los ojos. En adelante siempre permanecerán abiertos, incluso cuando duerma, pues he descubierto que se puede ver a veces más claro con los ojos cerrados, que cuando se tienen abiertos. En cambio existe un ojo más importante, y es con él, con el que ahora yo te veo y siempre te he visto. Es con el corazón, con el amor, ese amor con el que siempre debemos mirarnos el uno a otro.
Nuestro amigo se acercó sin prisa al encuentro con el mar, su fiel compañera. 

No tardaría en alcanzar la orilla de aquella playa que en época otoñal se sentía abandonada y desierta. 

Allí estaba. Era inmenso, casi infinito, luciendo su mejor azul. Aquellas olas se sentían alborotadamente felices, y en su ir y venir acariciaban una y otra vez los pies de Bartolomé, su buen y leal amigo.



FIN

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