viernes, 30 de septiembre de 2016

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - 1ª Parte"



Tan solo el constante y paciente ir y venir de las olas del mar enturbiaban, con su acompasada nota, aquel acostumbrado silencio que, desde un tiempo acá, venia haciéndose habitual en aquellos atardeceres otoñales.

Bartolomé se había convertido en un asiduo espectador. Sin duda, aquella brisa refrescante, y al mismo tiempo cautivadora y nostálgica, atraía profundamente los sentimientos de nuestro amigo, el cual cada tarde y siempre a la misma hora  -en el ocaso del día-, se apresuraba hacia aquellos parajes con la intención de fundirse en un esperado encuentro con aquel hermoso momento.

Para quienes conocían a Bartolomé, la iniciativa de nuestro amigo les había sorprendido felizmente, puesto que apenas si le habían visto bajar a la playa durante todo el verano. No obstante, no podían evitar el sentirse contrariados cuando en respuesta a su sorpresa, no encontraban razonable el que un niño ciego se interesase por contemplar la belleza indescriptible que siempre acompaña a una puesta de Sol.

Quizás tuvieran razón al pensar que de nada le valdría bajar a la playa si su intención era gozar del esplendor de la naturaleza cuando llega la hora del ocaso. Pero los que así pensaban, no alcanzaban a comprender la profunda necesidad que motivaba a nuestro protagonista a llevar a cabo aquella acción.

Bartolomé aún no había cumplido los diez años de edad y ya, desde su nacimiento, sufrió un accidente que lo dejó ciego, por lo que durante todos esos años había crecido con un hermoso sueño, la esperanza de que algún día pudiera recuperar la vista.

Pero a medida de que los años habían ido pasando, el mismo tiempo ha ido poniendo límites y recortándole la ilusión de poder llegar a ver, a la vez que había ido alimentando sentimientos de apatía y desinterés por seguir viviendo.

Cada tarde, cuando acercándose a la orilla del mar recibía su cautivador rumor y las caricias de su brisa, nuestro amigo no podía evitar el sentir que su vida se consumía y estaba dispuesto a dar gran parte de ella, si a cambio conseguía el don de la vista.

Aquel sentimiento atormentaba cada vez con más fuerza a Bartolomé y ello lo motivaba cada día para que a la hora del atardecer, cuando ya nadie solía bajar a la playa, se dirigiera al encuentro con el mar, desconociendo que al mismo tiempo presidia la acostumbrada despedida del Sol y el fiel regreso de las estrellas del  firmamento.

En aquella tarde, aquel silencio acompasado por el rítmico canturreo del mar, fue interrumpido por el rumor de unos pasos que se acercaban con expresiva torpeza, y al tiempo con especial  cautela.

En efecto, se trataba de Bartolomé que con su habitual puntualidad y acompañado de un artilugio metálico que le hacía las veces de bastón, se acercaba pausada y cuidadosamente hacia la orilla de la playa.

Difícilmente podríamos saber cómo podría imaginarse nuestro amigo aquella belleza majestuosa que abría sus brazos en un horizonte que invitaba a pensar en el infinito.

¿Cómo seria el mar para Bartolomé?

La verdad era que él no podía tener una visión exacta de ello, pero sí tenía algo que los demás no poseían, sabia dialogar con el mar.
Para las demás personas, el ir y venir de las olas, cada brisa, cada gemido del agua al chocar estrepitosamente con las rocas, carecía de importancia. En cambio, para nuestro amigo todo tenía matices diferentes, sabía responder al lenguaje del mar, y en este interesante intercambio había quedado absorto.

Transcurrieron los minutos, y las horas, y un nuevo día se despedía con tono cansado,  pero siempre dispuesto a renacer con nueva vitalidad.

Cierta tarde, y de un modo misterioso, el mar se encrespó sin que se previera ningún fenómeno que justificase aquel hecho. Las olas alcanzaron elevadas alturas y rugían con tanta furia que, incluso por unos momentos reinó el pánico en los pueblos cercanos.

La sorpresa aumentó cuando de repente todo volvió a la calma. Sin embargo, algo llamó la atención de cuantos espectadores asistieron a aquel suceso.

El joven Bartolomé se encontraba allí, sentado junto al mar y las olas, con un profundo respeto, apenas si acariciaban sus pies.
  • ¿Por qué te has enfadado? No debes estarlo, a veces debo cuidar de mi familia, debes comprenderlo. 
Bartolomé hablaba en voz alta y se dirigía al mar, un mar que había pasado de la tempestad más brusca a la más profunda calma.
  • Hoy tengo algo muy importante que contarte, aunque me entristece pensar que no te va a gustar - nuestro amigo hablaba pausadamente, y entre frase y frase, esperaba, como si el mar fuese a contestarle-. Pero antes de contártelo, quiero que me prometas una cosa. 
Un fuerte rugido que hubiese estremecido al mismo diablo, sacudió aquel misterioso silencio…
  • No, no puedes enfadarte, y debes prometerme que respetarás y comprenderás mi deseo - en esta última palabra nuestro amigo titubeó y balbuceando continuó diciendo-. Hoy me ha visto un nuevo médico. A mi no me importa, ¿sabes?, son tantos los que he visitado ya, que todo es una pérdida de tiempo. Mis padres no desfallecen en su empeño de que mi ceguera, algún día, deje de serlo. Para mí, en cambio, toda esperanza murió hace mucho tiempo. Me han operado dos veces, y ¿para qué?, para aumentar mi sufrimiento. Tú eres mi único amigo, tan sólo tú me comprendes. A pesar de no poder verte, formas parte de mi vida y gracias a ti, aún sigo viviendo. Soy un inútil. Sí, ya sé, puedo andar, oír, y mis manos son ágiles y fuertes, pero. ¿acaso puedo correr y competir con los demás niños?, ¿acaso puedo expresar con palabras aquello que nunca he visto?, ó ¿acaso pueden mis manos moldear o pintar lo que mis ojos no han percibido? 
Era evidente que Bartolomé sufría intensamente con sus circunstancias. Nadie daba respuestas a sus emociones confusas. Su familia se preocupaba de su vista, pero no se habían dado cuenta de que no era esa la única aflicción que Bartolomé padecía. Igual de importante era para él su fracasada integración con el resto de los niños.
  • Vengo a despedirme de ti. Por un tiempo he de trasladarme a otro lugar. El médico ha sugerido a mis padres que me opere en la ciudad. Allí tienen mejores medios y los riesgos son menores. ¿Sabes una cosa amigo?, Si fuera posible que mis ojos al abrirse vieran, lo primero que haré será venir a contemplarte, aunque no podré verte más hermoso de lo ya te contemplo. 
Ninguno de los dos amigos, ni el joven Bartolomé, ni el hermoso mar, sabían en aquel momento, si tendrían la oportunidad, más adelante de volverse a encontrar, pero ambos sabían que compartían algo en común, algo de muy preciado valor que hacía poderoso a quienes lo poseían, ese algo para ellos era el Amor. 


El día de la partida no se hizo esperar. Todo sucedía muy deprisa. La verdad era que los padres de Bartolomé deseaban, intensamente, que su hijo recobrase la vista, y para conseguirlo estaban dispuestos a aprontar cualquier sacrificio.

Coincidiendo con el amanecer, un coche recogió a nuestro amigo y a sus padres; mientras que éstos se despedían de su hogar, volviendo sus miradas, Bartolomé ocupaba su atención con un profundo sentimiento de aflicción, al mismo tiempo que de esperanza. Decía adiós a su amigo el mar, pero la ilusión de poderlo ver algún día alegró por unos instantes su corazón.

El viaje era largo y por este motivo, los padres de nuestro protagonista decidieron parar unos minutos en el camino.

Bartolomé apenas si sabía que hacer. Lo cierto era que no podía hacer muchas cosas. Al no conocer el terreno difícilmente se atrevía a dirigirse a algún lugar. No obstante, algo llamó fugazmente su atención. Hubiera jurado que muy cerca de allí debla de encontrarse pastando un rebaño de ovejas.

Él siempre había querido acariciar la suave piel de la oveja. Mucho había oído hablar de la lana, más nunca había tenido ocasión de poder palparla. Fue ese el motivo que incitó a nuestro amigo a lanzarse tras el balido de las mismas. No le seria difícil orientarse en el espacio. Sin duda era ciego pero el sentido auditivo lo tenía supedesarrollado, dando buena muestra de ello, ya que a los pocos minutos, Bartolomé llegó al lugar donde, si hubiese tenido la oportunidad de contemplarlo, habría sido testigo de la existencia de un gran rebaño de hermosas ovejas.

Su presencia en un principio llamó la atención de algunas de ellas, pero estas  no tardaron en continuar sus quehaceres habituales y apenas si le prestaron más atención.
  • Venid, venid bonitas, no debéis temer nada, quiero ser vuestro amigo, no os haré ningún daño. ¿Es verdad que vuestro pelo es muy suave? 
Mientras que esto decía, nuestro amigo intentaba acariciar a alguna oveja, pero estas no se dejaban y, en el momento en que él se acercaba, se alejaban tímidamente.
  • Creo que no os soy muy simpático, aunque os comprendo. Sin duda debéis defenderos de vuestros posibles enemigos y la desconfianza es  vuestra mejor defensa. Bien, al menos lo he intentado. 
Ya se disponía a retirarse de nuevo hacia el lugar donde se encontraba el coche, abandonando su empeño, cuando una voz suave y armoniosa llamó su atención.
  • Espera, no te vayas, quizás yo pueda satisfacer tu deseo. Si no me equivoco, nunca has visto una oveja, ni tan siquiera has tocado su suave pelo. 
Bartolomé, dirigió instintivamente su mirada hacia el lugar de donde partió aquella voz. No esperaba verle, pero él sabía distinguir por el tono de la voz cuándo una persona es verdaderamente amable y cuando no lo es.

En esta ocasión se trataba de una voz agradable, suave y melodiosa. Intentaba imaginar la edad de aquel desconocido y llegó a pensar que debía tener unos treinta años aproximadamente. Pero aquello no le importaba mucho, la verdad es que tan sólo le preocupaba si su presencia allí resultaba hostil.
  • ¿Quién es usted? -preguntó el joven sin expresar miedo, aunque sí reflejaba un gran interés.-
  • Soy el pastor, el encargado de custodiar cuantas ovejas están delante de ti, pero, dime, ¿tú no eres de estos lugares? ¿no te habrás perdido?
  • Oh no, mis padres se encuentran al otro lado del camino. Me dirijo a la ciudad con ellos, pero hemos parado un momento para descansar un poco. Tal vez estén buscándome - le contestó el joven Bartolomé con cierto nerviosismo - hizo un gesto de querer despedirse, pero el pastor,  una vez más le invitó.
  • Espera, no tengas prisa. No debes preocuparte por tu familia pues, acabo de verles descender la ladera del rio. ¿Acaso no quieres acariciar la lana de una de mis oveja? Vamos acércate, no tengas miedo. Ven y dame tu mano, te presentaré a la más pequeña del rebaño, se llama Blanquita, es muy cariñosa. 
Bartolomé se acercó hasta el Pastor y mucho más confiado, le tendió la mano. Tal vez no hubiese sabido traducir con palabras la sensación que se apoderó de él en aquellos momentos. Era una mezcla de alegría y triunfo. Al fin había logrado cumplir un sueño pero, a pesar de aquel sentimiento, su rostro se entristeció profundamente y no pudo evitar dar muestra de dolor.
  • ¿Qué te pasa amiguito? - le preguntó dulcemente el pastor, al ver que sufría-.
  • Es la primera vez en mi vida, que uno de mis sueños se hacen realidad. Soy tan inútil…, y a los inútiles nadie le ofrece oportunidades.
  • No debes decir eso, y menos aún sentirlo. Sabes, hace muchos años, cuando yo aún era un mozalbete, como tú ahora, recuerdo que mi abuelo, que también era pastor, me contaba hermosas fábulas y fantásticos cuentos, y uno de ellos, que aún no he olvidado, se refería a alguien como tú. Quizás te pueda interesar oírlo; es más, aún tenemos tiempo, tus padres pasean tranquilamente entre los almendros. 
De este modo, aquel misterioso pastor ganó la simpatía del desdichado joven.
  • Sí, como te decía, querido amigo, nuestro protagonista también es ciego como tú, pero era mucho más ambicioso, él no se conformaba con su condición y era tanta la rebeldía que alimentaba su corazón que, con su actitud consiguió que nadie conviviera con él, pues el único sentimiento que albergaba era el odio y el rencor. Cierto día, nuestro personaje se embriagó. Solía hacerlo con frecuencia, pues decía que el alcohol ahogaba sus penas. Pero en aquella ocasión la situación se agravó, ya que no encontrándose en sus cabales, cuando se dirigía a su habitación tropezó violentamente, con la mala suerte de que la lámpara se estrelló en el suelo y al contacto con éste, estalló en llamas prendiendo fuego. Muy difícil lo tenía nuestro amigo, gritó como un loco hasta desesperar, pero los vecinos estaban acostumbrados a esos griteríos y no le prestaron mayor atención; además, era ya muy tarde y nadie estaba dispuesto a ayudarle. Fue entonces - según cuenta la leyenda-, cuando viéndose tan cerca de la muerte, aquel desgraciado deseó con toda sus fuerzas ver. 
  • Necesito ver, quiero ver, no puedo morir –gritaba aquel enloquecido hombre-. 
  • Con la rabia de la muerte en los labios, lloraba irritado. Y en aquella desesperación pronunció un último deseo.
  • Daría mi vida por poder ver en estos momentos. 
  • El nunca sabría cómo, ni de dónde procedía aquel elegante señor, pero la verdad fue, que en respuesta a aquella súplica, aquel hombre, que era ciego recobró la vista. No obstante, a partir de ese momento su único deseo sería volver a perderla para siempre.
  • ¿Quién eres y qué haces en mi casa? 
Ante nuestro personaje se erguía una tétrica figura, pálida y fría, como recordando a la muerte.
  • No seas ingrato, en verdad deberías agradecer mi presencia, pues gracias a mí, ahora ya puedes ver. No recuerdas, ¿acaso te falla la memoria? Fuiste tú, hace unos instantes, el que entregaba su vida a cambio de obtener la vista. Pues aquí me tienes, soy el diablo. Pero no temas, tan solo vengo por algo que ya no tienes y que me pertenece, tu vida.
...continuará

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