domingo, 23 de abril de 2017

Cuento para Tauro: "Un bello despertar - 2ª Parte"

Allí estaba su hombre de confianza, quien podía ver en su mente translucida las claves de sus cajas fuerte, donde atesoraba todos sus bienes, y aquella sonrisa diabólica…

El sudor hizo aparición por primera vez en el rostro pálido del director general. Veía como todos le habían abandonado, no tenía a nadie a quien recurrir. La situación se le hacía cada vez más embarazosa.
Todos brindaban,  con el mejor champán,  -curado año tras año en sus mejores bodegas-, la esplendorosa derrota del buitre de las finanzas.
Saboreaban aquella victoria, que todos habían deseado tanto.
  • ¡No, no podéis hacerme esto a mí! Tendré que comenzar de nuevo y me siento cansado para ello. 
Nadie pareció oírle, todos le ignoraban y seguían bebiendo y riendo. Se estaban saciando para el asalto final y ello, produjo en el director una mayor sensación de agobio, que le llevó a exclamar con todas sus fuerzas.
  • ¡Dadme tan sólo una oportunidad, os lo suplico. Dejad que me defienda…! 
Todos callaron. Aquellas palabras, musitadas en un momento de desesperación sin límites, parecían tener un significado especial…
Imperó el silencio por unos segundos, que al director se le antojaron  horas.
Todos, al unísono, al igual que si hubieran sido lanzados desde una catapulta, abandonaron, sincrónicamente sus copas y dirigieron sus afiladas miradas hacia el gran magnate del imperio de las finanzas.
Su rostro balbuceaba y sollozaba, presa de un miedo atroz. Sus ojos desencajados, intentaron encontrar una mirada de complicidad, pero no lo lograría… tan sólo alcanzó a comprobar, cómo avanzaron hacia sus respectivos lugares y ocupaban sus asientos.
El director sintió que el calor de la sangre recorría de nuevo su cuerpo y, casi pudo emitir una mueca de alegría que fue interrumpida bruscamente cuando notó que era desgarrado de su sillón y  trasladado hacia una silla, carcomida por las polillas.
Fue sentado y amarrado para impedir sus innumerables pretensiones de querer escapar de aquella opresión. El lugar del director fue ocupado por su hombre de confianza, que con mirada helada miró a su alrededor, al tiempo que empuñando un mallete golpeó la mesa por tres veces consecutivas, expresando con voz ronca:
  • ¡Se da comienzo a la causa del tan ya conocido por todos ustedes, el Sr Don...! Como todos sabemos, se nos ha encomendado la particular misión de juzgar las acciones pérfidas y malolientes de la personalidad profana del aquí presente. Como es habitual en estos casos, debemos comportarnos sin desfallecimientos emotivos, procurando ser justos y hacer uso de la razón y la ley que impera en nuestra jerarquía. 
Haciendo una pausa, paseó su mirada fría, como si de acero se tratara, hasta posarse en la figura de un personaje realmente tenebroso y misterioso.
  • Por favor, Sr. Fiscal, ¿de qué se acusa el propio individuo? 
El acusado no pudo ocultar su sorpresa y su rostro se crispó ante aquella confusión, pues no podía tener otra explicación. Debía tratarse de un error. No podía comprender aquellas últimas palabras, que fueron pronunciadas sin que en ellas se percibiese un tono especial. Se preguntaba, atormentado por la angustia, cómo  podía haber pedido él, vivir aquella situación tan embarazosa y terrible.
  • ¡Jamás –se dijo-,  aquello era una locura. Quieren volverme loco y apoderarse de todos mis bienes de una manera que pareciese a los ojos de todos legal. 
La voz de fiscal hizo que volviera de nuevo la atención a las palabras que refería.
  • Se acusa de haber nacido tan solo para gozar indebidamente de una vida llena de placeres e igualmente utilizar sus bienes en grandes bacanales, donde los ríos de buen vino francés, hermosos y suculentos manjares, daban buena fama de una glotonería sin límites.
  • ¿Se acusa de algo más Sr. fiscal?
  • Pues sí, Sr Juez. El mismo subraya y ruega que se de especial atención a una singular falta, que sin duda atormenta su conciencia. Es por ello, repito, que el acusado solicita sea estudiado con delicadeza por el jurado. El que comparece ante nosotros se declara una persona sensual, altamente sensual.
  • Está bien, Sr. Fiscal. Gracias por su colaboración.  
Dirigiéndose al acusado, al que  encontró derrumbado en aquella silla mugrienta, le dijo:
  • Sr Don…, le han sido leídas sus peticiones, ¿tiene algo que añadir a lo ya dicho? 
Sin levantar el rostro, decaído y sin muestra ya de arrebatos, como si hubiese aceptado lo que acababa de oír, respondió con un ademán negativo. 
  • Pues siendo así, tiene la palabra la defensa.
  • Gracias, Sr. Juez.
Aquella nueva intervención era tan inesperada para el Sr. Don…, que, contagiado por aquella curiosidad, elevó rápidamente su rostro buscando la imagen del supuesto encargado de su defensa. 
Fue entonces, cuando no pudo evitar, que de su reseca garganta partiese una ronca exclamación de sorpresa y admiración. Estaba allí, delante de él, y lo más terrible de todo, era Él mismo… con el mismo traje y el mismo rostro, aunque mucho más tranquilo y sereno. 
Se le acercaba despacio, sonriéndole. En su expresión se podía leer, que tenía intención de inspirarle esperanza y confianza, pues la verdad era que se dirigía a su cliente.
Aún el Sr. Don…, no podía creerlo. Le miraba fijamente, sin perder un solo detalle, pero al final tuvo que darse por vencido, pues nadie podía conocer a aquella persona mejor que el mismo. Sin  duda alguna, estaba frente a frente con su propio Yo como aliado. 
  • ¡Sr... , por favor!, ¿querría decirnos si está usted casado? -preguntó la defensa al acusado-.
Continuará...

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