lunes, 24 de abril de 2017

Cuento para Tauro: "Un bello despertar - 3ª Parte"

  • Sí, sí…, tengo esposa y una hija… -contestó nerviosamente, comprobando que incluso el tono de aquella voz era idéntico al suyo-.
  • ¿Es usted feliz en su matrimonio, Sr Don…?
  • Siempre lo he sido.
  • ¿Lo es ahora, Sr Don…?
  • Sí…, lo soy…
  • Sr Don…, preste mucha atención a esta pregunta y piense la respuesta antes de contestar, ¿ha amado usted a otra mujer que no haya sido su esposa?
La respuesta se demoraba y en vista de ello, el abogado defensor repitió la pregunta.
  • Insisto nuevamente Sr Don… ¿ha amado usted en alguna ocasión a otra mujer que no fuera su esposa?
Antes de que pudiera contestar, el Juez tomó la palabra y le observó en voz alta, para que el jurado allí presente pudiese oírlo:
  • Sr Don…, como ha podido observar no ha tenido usted que tomar juramento en la Biblia. Ello ha sido debido a que en nuestros archivos, contamos con un historial donde se encuentra escrita toda su vida. Por lo tanto, le invito cortésmente a dar una respuesta.
No sabia que hacer. Para él, aquello pasó a ser como un juego del que desconocía las reglas y que poco a poco se la iban haciendo ver. No sabía quién ganaría, ni como terminaría todo aquello, pero algo le empujaba a seguir el juego.
Armándose de valor y de coraje, el Sr Don… se enfrentó ante el jurado y contestó:

  • No…, jamás he amado a otra mujer que no fuese mi propia esposa.
  • Gracias, Sr Don…, -exclamó la defensa, muy satisfecha, al tiempo que se dirigía al Juez para indicarle su decisión-. La defensa ha terminado. No haré más preguntas.
  • Es su turno Sr Fiscal, tiene usted la palabra.
  • Su nombre completo es Sr Don… ¿no es cierto? –así comenzó su interrogatorio el Fiscal-.
  • Sí…, lo es.
  • ¿Qué edad tiene actualmente Sr Don...?
  • 57 años…
  • ¿Con qué edad se casó Sr Don...?.
  • Con 30 años…
  • ¿Tiene usted hijos…?
  • Sí tengo una hija, pero eso ya consta en el sumario, - contestó Sr Don… un poco contrariado por aquella pregunta, pues no comprendía qué tendría que ver su hija con toda aquella confabulación odiosa.
  • ¿Qué edad tiene su hija Sr Don...?
  • Si mal no recuerdo cumplirá 22 años en el mes de octubre, pero ¿puede decirme por qué razón mezcla a mi hija en este asunto?. Ella, nada tiene que ver con todo este teatro. ¿A dónde quieren llegar?
  • ¿Es cierto que es hermosa, pero que por causa de una enfermedad se siente muy infeliz?
El rostro desfigurado del acusado sufrió una nueva alteración. En esta ocasión sus ojos se inyectaron con la agonía de la impotencia y su voluntad no pudo evitar, que de ellos fluyeran lágrimas de dolor y de decepción...
Haciendo un gran esfuerzo el Sr Don… elevó su rostro y, dirigiéndose al Sr Fiscal, le dijo:
  • Sí, es hermosa, como usted muy bien dice. Pero sus sufrimientos han atormentado tanto su vida que, difícilmente sabrá encontrar la felicidad, a pesar de estar ya curada de su mal.
  • ¿Puede usted decirnos que mal padecía su hija?
  • Padecía una atrofia en ambos riñones que hacia necesario un tratamiento por diálisis. Pero, era tan penoso y amargo el contemplar aquel sufrimiento diario... -tras una breve pausa, siguió comentándole a todos-, el médico que la trataba nos comunicó en cierta ocasión, que había una posibilidad de que la niña pudiera poner fin al tratamiento por diálisis, pero que la oportunidad era muy remota dado que estaba supeditada a una posible donación de órganos, y había varios casos que se encontraban en la misma situación que mi hija. La lista de espera era larga. Era tortuoso, no podía resistirlo. Muchas veces pensé en que hubiese sido mucho mejor el no haberme enterado de aquella esperanza.
  • ¿Qué le ocurre Sr Don...? ¿por qué le atormenta tanto que su hija pudiese curarse? No lo entiendo, y tal vez el jurado tampoco lo entienda. ¿Podría explicárnoslo?

Una vez más, el silencio se apoderó del acusado, y una vez más el Juez tuvo que intervenir de un modo inflexible.
  • Sr Don… le recuerdo de nuevo que debe contestar a las preguntas. No olvide que su historial está en nuestras manos, pero exigimos que sea el acusado el que por si mismo reconozca sus errores. ¿Me ha entendido?
Con un ademán, el acusado asintió y se dispuso a declarar sobre la pregunta efectuada por el Sr Fiscal.
  • No pueden imaginarse cuánto hubiese dado por salvar la vida de mi hija de aquel suplicio. Cuando veía a las hijas de mis compañeros, que son de su misma edad, jugar y divertirse con toda normalidad, sin tener que ajustarse a normas, ni dietas, casi me volvía loco. Hacía cuanto estaba en mis manos para que mi hija tuviese lo mejor, pero nada de cuanto hacía llevaba hasta ella la felicidad. Cuando el doctor nos comunicó aquella posibilidad, aunque remota, hizo renacer en mí una tempestuosa esperanza. Inmediatamente, aquella ilusión que casi se había extinguido, ganó de nuevo vida, de la noche a la mañana; comprendí que la felicidad de mi hija estaba en mis manos. Había obstáculos que vencer y uno de ellos, era la espera, esperar a que alguien muriese para que mí pequeña pudiera recibir sus órganos, sus riñones. Es duro, casi siniestro, pero llegué a desear la muerte ajena. Ya sé que todos pensareis que soy un criminal, tal vez tengáis razón, pero no pude evitarlo, quiero tanto a mi hija que...
De repente aquella declaración cesó, y Sr Don cayó prisionero de sus atormentadas emociones, dejándose llevar por el desgarro de unas lágrimas que llevaban la marca de la desesperación.

  • Ama tanto a su hija que...  ¿qué nos iba a decir Sr Don…? -insistió despiadadamente el Fiscal-.
Sin poder contener sus sentimientos, Sr Don… exclamó con toda su ira…
  • Sí, amo tanto a mi hija que volvería a hacer lo mismo que hice por ella.
En la sala se podía oír perceptiblemente el jadeo nervioso de la respiración del acusado. Los demás permanecían inmóviles observando al Fiscal, que poco a poco caminaba hacia el lugar donde se encontraba el infeliz y atormentado Sr Don…
  • ¿Qué hizo usted por su hija, Sr Don...?
Aquellas palabras fueron susurradas lentamente muy cerca del rostro del acusado, lo que le llevó a reprimir el deseo de agredir al Fiscal, pero no lo hizo y si, en cambio, se enfrentó con entereza hacia todos.
  • Sí, no me avergüenza decirlo. Compré los órganos que iban a salvar a mi hija. Compré los riñones que devolverían la felicidad a mi pequeña. ¿Qué mal hay en ello? ¿Acaso podía devolverle la vida a la persona que donó voluntariamente sus órganos? Mi único mal fue el adelantar la felicidad a mi hija. Tengo dinero, mucho dinero, y aunque muchos piensan que el dinero no da la felicidad, puedo decir que a mi hija sí se la dio…
  • Bien, muy bien. Al fin ha confesado su crimen. Claro que para usted ese crimen no existe dado que no podía evitar que aquella víctima volviese a la vida. Usted, en cambio, ofreció dinero a sus padres para que le concedieran sus órganos. Pero se ha puesto a pensar, Sr Don..., si realmente la víctima no iba a sufrir después de su muerte, cuando le extirparan sus riñones. ¿Acaso desconoce usted, Sr Don... , que la muerte no existe, que el cuerpo no es más que un vehículo utilizado por una inteligencia superior, que es verdaderamente la vida, que esa inteligencia sufre una gran interferencia, cuando después de la muerte de su vehículo físico alguien experimenta con él? Usted que todo parece saberlo, ¿acaso se ha puesto a pensar, por qué su hija ha nacido para enfrentarse a esa experiencia? ¿Por qué precisamente ella, y no sus amigas? Todo cuanto le digo, está escrito en el Gran Libro de la Vida. Es por ello que usted ha sido llamado a Juicio, para que conozca sus errores y pueda rectificarlos.

...continuará

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