martes, 25 de abril de 2017

Cuento para Tauro: "Un bello despertar - 4ª Parte"

El Fiscal parecía contento con su exposición, y dirigiéndose al jurado, les dijo:
  • He aquí a un hombre, víctima de uno de los más extendido de lo errores, su ignorancia. Conociendo estos detalles y dada su demostrada entereza y su flaqueza en el amor, pido que se le ofrezca una nueva oportunidad en la que pueda demostrar su arrepentimiento. 
El Juez tomó el mallete y asintiendo en aquella petición buscó la opinión del abogado defensor.
  • ¿Tiene algo que objetar o que añadir a la petición formulada por el Sr Fiscal?
  • Nada tengo que añadir, excepto conocer la opinión de mi defendido. 
Pero cuando se iba dirigir al acusado, el Fiscal se le adelantó, interviniendo con cierta brusquedad en la sala.
  • Perdone, Sr Juez…, perdónenme todos los presentes, pero debo pedir que se demore la sentencia, pues acaba de comunicarme mi ayudante que hemos olvidado algunas acusaciones, que a nuestro entender deben ser sopesadas. Pido disculpas, pero debemos ser exhaustivos en nuestros deberes. 
Cuando todo parecía haber terminado, de nuevo aquella pesadilla parecía renacer, y en aquellos momentos el Sr Don…, se estaba preguntando si podría soportar por mucho tiempo aquella situación que se le hacía cada minuto más asfixiante. 
El Fiscal se dirigió en voz baja al abogado defensor y, tras un breve intercambio de palabras, fue la defensa la que tomó la iniciativa. 
  • Sr Juez, una vez tomada referencia de las pruebas que presenta el Sr Fiscal quisiera comenzar el interrogatorio de mi defendido…
  • Tiene usted a palabra, Sr abogado.
Desde el fondo de la sala partió un ruido sordo. Todos dirigieron sus miradas hacia aquel lugar y pudieron conocer la razón de tanto alboroto. Se trataba de una pantalla gigante que se deslizaba de una pared a otra.
Cuando todos habían satisfecho aquella curiosidad, no pudieron evitar quedarse de nuevo sorprendidos. En esta ocasión, las luces se apagaron quedando toda la habitación a oscuras, pero no por mucho tiempo, ya que de repente un haz de luz se centró magistralmente en la pantalla, tomando vida. 
La voz de la defensa sacó a todos los presentes de aquel estupor. 
  • Sr Don…, fíjese bien en la pantalla y ponga atención. Díganos, si su actuación es correcta, o por el contrario no lo es. 
Inmediatamente la pantalla se transformó y el acusado se vio paseando. Se dirigía al centro de la ciudad. Como en tantas ocasiones solía hacer, gustaba de ir deleitando un buen cigarro puro y pudo comprobar cómo muchos a su paso le saludaban y felicitaban. Eran aquellos que algún día esperaban recibir favores de él. 
En aquella ocasión le salieron al paso varios mendigos, pidiéndole y rogándole que les ayudase o al menos, les entregase el aromático cigarro que ya casi consumía entre sus labios.
Pudo ver cómo despedía de un puntapiés a aquellos personajes, al tiempo que escupía a su lado despectivamente. 
Cuando hubo andado varios metros se encontró a un pobre hombre que le saludó afectivamente. A éste le faltaba una pierna y vendía papeletas de rifa. Se acercó a él -como siempre hacía-, y le devolvió el saludo dando un suave golpe en su hombro. Tuvo la oportunidad de comprar varias participaciones de rifa y entregó, a petición de aquel infeliz, una suntuosa propina. Él sabía que aquel desdichado había perdido la pierna debido al abuso de la bebida y que su dinero le proporcionaría la posibilidad de que le amputasen la otra. Pero ello no parecía importarle al distinguido Sr Don…
Se paró de nuevo, sometiendo al escaparate de una lujosa pastelería a un minucioso análisis; al cabo de un tiempo se decidió por un par de aquellos dulces de crema con nata de chocolate, y un par de aquellos otros de piñones; aún le cabrían unos tocinitos de cielo, aunque con la torrija no podría. 
Volvió el rostro y pudo encontrar de nuevo la imagen de los vagabundos que le observaban fijamente, con expresión de extrañeza e incomprensión.


Fue en ese momento de tensión cuando, de repente, la imagen desapareció y, en su lugar, se dejó oirá la voz, de la defensa.
  • Y bien… ¿qué le ha parecido su actuación?
  • Creo que estoy un poco confundido -explicó el acusado sin comprender lo que sucedía-. Tenía entendido que es usted mi abogado defensor, ¿no es cierto?
  • Está usted en lo cierto, Sr Don…, gracias a mi actuación su alma quedará limpia de escoria. Y ahora si le parece podemos continuar…
  • Prefiero no contestar su pregunta! -contestó indignado el acusado-.
  • Sepa usted, Sr Don…, que su acción no fue de indiferencia y, por lo tanto no será arrojado al Valle de la Nada, pero también es cierto que tampoco fue la más adecuada. Tan sólo demostró usted ser una persona de grandes instintos y deseos humanos, pero está muy lejos aún del verdadero sentimiento, de lo que es Amor.  
Viendo que el acusado no contestaba, hizo un ademán, indicando al Juez que daba por finalizada su intervención.
  • Tiene usted la oportunidad de presentar su testigo Sr Fiscal. Por favor sea breve, nuestro tiempo se agota. 
De nuevo el proyector se puso en funcionamiento, y en esta ocasión pudo ver la imagen de un señor de avanzada edad, su pelo era blanco y poco cuidado, su delgadez le daba una presencia lastimosa, pero no por ello parecía estar descontento. Su rostro permanecía aún oculto, pero su vida era reconocida para el acusado. Le conocía como así mismo, y su mayor asombro fue cuando aquel anciano descubrió su arrugado rostro.

No pudo controlar su sorpresa y admiración. Aquel hombre era el mismo. Aquel cuerpo esquelético y deforme era él. Parecía estar arruinado físicamente pero, sin embargo, emanaba una gran vitalidad moral. Aquella persona estaba entregada a la contemplación , mientras daba de comer a los pájaros.

Las personas que paseaban, le miraban extrañados, pero una gran parte de ellos conocían la historia de un gran magnate, rico y agraciado, que abandonó todas sus riquezas por una vida mediocre y pasiva en los negocios, pero pletórica de paz interna.

Sr Don…, se preguntaba como podía estar allí, en aquella pobre situación, y sus deseos parecieron haber sido oídos por el viento y transmitidos al proyector.

Pudo ver, cómo a causa de su egoísmo e impetuosidad, llevó a la ruina a todos aquellos que le rodeaban.
Acabó con la vida de su esposa, la cual en sus últimos días de vida lamentó haberse unido a aquel monstruo humano. Su hija abandonó el hogar y desde ese día fue desheredada, pero cualquier situación era mejor que estar conviviendo con aquel ser sin amor.

El resultado de sus viles actuaciones hizo que todos se pusieran en su contra y quedara solo y arruinado.
Aquel golpe no pudo soportarlo y su mente quedó turbada, para ya nunca más volver a dirigir ninguna empresa, por insignificante que esta fuese.

Habla salido del centro psiquiátrico hacia pocos años. Ya era un indefenso anciano que acabaría sus últimos días en unos de aquellos fríos bancos del parque, con la única distracción y amistad que la que encontraba en los pájaros.
  • ¿Le ocurre algo Sr Don…? Parece que está usted afectado en grado extremo. ¿Qué le ha parecido su propia vida Sr Don... ?  
Las palabras del Fiscal coincidieron con el final de aquellas escenas, y de nuevo se dirigían al acusado.

Pero éste, no podía hablar, estaba mudo y sediento de vida, pero no por ello le impidió que en un último esfuerzo y, vencido en aquella cruel batalla, musitase:
  • Por favor, sáquenme de aquí. Por favor, sáquenme de aquí. -repetía una y otra vez el acusado-.
  • Señores del jurado, pueden dar ustedes el veredicto. ¿Creen que el acusado es culpable o inocente? -las palabras del Juez fueron inflexibles-. 
De entre el jurado, una persona se levantó. El veredicto estaba a punto de convertirse en una sentencia. Todos estaban pendiente de aquella decisión, todos menos uno, el acusado, el Sr Don…
  • Declaramos al acusado, ¡CULPABLE!. 
El Juez alcanzó rápidamente el mallete y levantando su diestra golpeó tres veces seguida en su mesa, al tiempo que dijo:
  • Sr Don..., póngase de pie. Debe conocer que en la causa que le ha sido promovida se le juzga a usted culpable de los cargos ya expuestos en esta sala, y por lo tanto, deberá usted decidir entre el futuro que se le abre con un horizonte pobre y sin placeres, o un pasado, donde usted encontrará un vacío sin límites. 
Viendo que no recibía respuesta, el Juez insistió una y otra vez, hasta que...
  • Sr Don…, Sr Don…, conteste a nuestra pregunta.
  • Sr Don…, Sr Don…, despierte, lo llaman por teléfono…
  • ¡Qué…! ¿Qué ocurre?. No, no, yo no puedo… Sí prometo…
  • Perdone Sr Don… creo que ha tenido usted una pesadilla. Quedó usted profundamente dormido y no quise molestarle. Su llamada Señor.
  • Gracias, gracias, muchas gracias. Espere, tenga usted, por sus servicios.
  • Le estoy, muy agradecido. 
El camarero quedó sorprendido por aquel gesto de generosidad y fue rápidamente a dar cuenta de ello a su jefe, ya que suponía algo excepcional, que la propina la hubiese entregado el rey de las finanzas, y vaya propina.
  • Señorita, por favor, póngame con el Sr... 
Aún no se podía creer que estuviese despierto. Buscó en el bolsillo del chaleco el reloj, y cual fue su sorpresa al comprobar que no eran las tres aún.
Le era imposible creerlo. Había estado dormido tan sólo 15 minutos y la pesadilla, aquel sueño, pareció durar toda una vida. 

  • Señor..., por favor mándeme urgentemente al chófer, estoy en el restaurante. Tengo que presentarme sin falta ante de las tres en el comité. Gracias!
Continuará...

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