sábado, 27 de agosto de 2016

Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - 2ª Parte"


A la muerte del sabio Rey, siguieron tres años de penosos trabajos, y día a día fueron naciendo nuevos sentimientos de rencor y odio, los cuales se iban extendiendo entre los propios habitantes del reino.

La situación había llegado a ser alarmante, el amor había perdido su valor y para muchos era ya una palabra extraña. En  cambio, otros sentimientos crecieron como la mala hierba. El afán de placeres, la avaricia, la mentira, el robo, la tacañería, se habían apoderado del corazón de aquel reino y, como una infernal atmósfera, mantenía a todos cuantos allí vivían en una trágica pesadilla.

Muchos de cuantos presenciaban como víctimas el decaimiento de aquel reino, creían saber la razón de aquella tragedia.

Comentaban entre sí, con profunda tristeza, que la causa de aquella situación debía encontrarse en la desolación que había poseído a la Reina.

Ellos que habían pasado, en sus días de niños, tantos momentos de juego con la Princesa, no podían aceptar tanto odio y soberbia en la misma persona, a no ser que una misteriosa pena se hubiese apoderado de su corazón y le hubiese robado la bondad que siempre anidaba en él. Y la verdad era esa, una trágica realidad.
La Reina era esclava de una poderosa obsesión. Un sentimiento muy profundo que anulaba su razón y que enfriaba su corazón. No podía soportar la idea de ser estéril y aquel sentimiento la destrozaba, hasta el punto de pensar que si ella no era feliz nadie tendría la dicha de serlo.

Desde que se desposara, la Reina Ayna -y después de tres años aún no había conseguido quedar embarazada y lo deseaba tanto que llegó a ocupar aquel deseo toda su vida.

Viendo que el tiempo pasaba y que no lograba sus deseos, pensó que Dios la había abandonado y, en respuesta a ello, decidió luchar contra la felicidad de los hombres.

La maldad se adueñó de su corazón y desde entonces sus pensamientos quedaron cautivos, al servicio del mal.

Cierto día de espesa niebla, hasta las puertas del palacio real llegó el murmullo  de un numeroso gentío, que alborotaban y vociferaban tan jubilosamente que llamó la atención de los Consejeros Reales.

Cuando éstos fueron al encuentro de la muchedumbre que allí asistía, comprobaron que el motivo de aquel revuelo no era otro que la presencia de una anciana, que yacía en el suelo, al parecer en mal estado físico.

Todos quedaron paralizados y nadie sabía que hacer, hasta que uno de los Consejeros más viejos en el reino, aprovechando aquella confusión, dio instrucciones para que llevasen a la desconocida anciana ante la presencia de la Reina y que la sabiduría de ésta, decidiera qué hacer con ella.

Sus instrucciones fueron cumplidas de inmediato, pues nadie se atrevía a prestar asistencia a la pobre anciana por temor a las represalias de la propia Reina.

No tardaron en trasladar el cuerpo desfallecido de aquella ruinosa mujer al salón principal, donde la Reina la recibiría y decidiría por su vida.

Algunos temían que cuando la Reina llegase ya sería demasiado tarde para ayudar a aquella agonizante mujer, de la que nadie sabía nada, ni tan siquiera cómo había podido llegar hasta allí.

Pero en aquella ocasión los Consejeros se equivocarían, ya que sorprendiéndoles a todos, la Reina apareció como una sombra, muy cerca de donde ellos estaban.

A pesar de todo la Reina no era ni el reflejo de lo que había sido. Aquella belleza física, que tanta fama le había reportado, había desaparecido y, en su lugar se podía apreciar las secuelas dejadas por el frío y riguroso paso del dolor. Sus ojos dulces y cálidos se habían transformados, siendo ahora hirientes y duros como la roca. Su pelo, suave y brillante como los rayos del Sol, ya apenas lucían algún brillo que despertara de nuevo la ilusión del amor.

Allí se encontraba, en sepulcral  silencio, esperando que alguno de sus Consejeros le pusiera al corriente de lo sucedido.
En pocas palabras, la temida Reina fue informada de todo cuanto sabían, que no era mucho por cierto. Y no pudiendo contener su  enfado, al no poder conocer todos los detalles, se levantó enérgicamente y dirigió su mirada hacia el suelo buscando el cuerpo casi sin vida de aquella extranjera.
Muchos gritaron de asombro, y otros casi corrieron de miedo, cuando, en el justo momento en que la Reina se dirigía a la anciana, ésta erguía su cuerpo.

Fueron breves los segundos que pasaron en el tiempo, pero el misterio de lo que allí ocurrió, jamás nadie pudo interpretarlo.

La palidez de la muerte, que minutos antes cubría el rostro de aquella moribunda mujer, había desaparecido y en su rostro apareció una belleza sobrenatural. De sus ojos surgió un extraño brillo y su mirada se encontró con la mirada de la Reina Ayna.

Con la velocidad del rayo, en la mente de la Reina se  sucedieron  imágenes tras imágenes, hasta que, su pensamiento quedó impregnado de un lejano recuerdo. Aquella mirada le era conocida. Aquella mujer le era familiar, pero, ¿quién era? No podía recordarlo, pero lo que si sabía, era que le pedía ayuda y que debía ayudarle.

En ese momento se sintió caer, pero la verdad era que el cuerpo que se había desplomado era el de aquella extraña anciana.

De todos cuantos allí asistían, ninguno supo reaccionar ante aquella situación. Todos estaban demasiado impresionados como para prestar atención a la infeliz anciana. Pero de nuevo no saldrían de su asombro, cuando oyeron el mandato de la Reina.
  • Aprisa, llevadla a mi lecho. Avisad al médico y, ¡Ay de vosotros si esta mujer muere por vuestra culpa!
Todos corrían de un lado para otro. Nadie se atrevía a replicar las palabras de la Reina pero tampoco, nadie comprendía la actitud con aquella vieja. ¿Cómo podía preocuparse de una anciana, medio moribunda a la que nadie conoce y en cambio permite que todo su reino se muera de hambre?

Mientras que sus doce Consejeros comentaban estas extrañezas entre si, el médico hacia todo cuanto estaba en sus manos para salvar a la anciana.

La Reina mientras tanto, intentaba recordar la expresión de aquellos ojos. Luchaba por dar respuestas a muchas interrogantes que en esos momentos ahogaban con inquietudes su corazón. Sabía que debla salvarla, algo le decía que si conseguía librar a la anciana de la muerte, ella misma viviría.

Cuando el médico acabó su labor, la Reina se interesó por el estado de la anciana.
  • Decidme honorable sabio, ¿se salvará?
  • Es posible. Su enfermedad es muy extraña ya que tanto el ritmo cardiaco, el pulso y la tensión son normales. Carece de fiebre y respira estupendamente. En cambio, debido a su estado todo parece indicar que le queda poco tiempo de vida. Es como si necesitase morir. Es extraño, si muy extraño.
El médico se alejó sin dejar de repetir que aquello le parecía todo muy extraño. Pero para la Reina todo aquello le era conocido. No sabía cómo explicarlo,  pero lo único que deseaba en ese momento era cuidar a aquella anciana y ofrecerle calor y amor en sus últimos momentos.

Habían pasado ya dos días y la Reina se preguntaba si aquella anciana se podría recuperar. No quería perder la única esperanza de vida que le quedaba, sin entender por qué sería así. La Reina no abandonaba en ningún momento a la moribunda.

Pero aún tendría que transcurrir un día más en aquella situación pues, sería después del tercer día que ocurriría lo que la Reina tanto esperaba.
La mano de la anciana acarició suavemente el rostro envejecido de la Reina Ayna, la cual rendida por tantas horas de vigilia, había sucumbido al cansancio. No pudiendo evitar un sobresalto, la Reina fue rápidamente tranquilizada por una voz que la invitaba a reposar.
  • No os alarméis. Soy yo, ¿acaso no me reconocéis?
La anciana parecía recobrada de sus dolencias y se dirigía a la Reina con una familiaridad asombrosa.

La Reina Ayna en cambio, no acababa de comprender. Seguía luchando por recordar. Aquel rostro le era conocido y muy familiar.
  • Decidme, noble anciana. ¿Por qué he de reconoceros? ¿Cuándo nos hemos encontrado anteriormente? ¿Podrías ser algún familiar, a quien conocí en un lejano pasado? Os lo ruego señora, decidme, ¿quiénes sois?
  • Todo cuanto eres, está en mí. Yo soy tus pasos. Yo he nacido de tu aliento y me alimento de tus deseos, de tus pensamientos y de tus  actos…
La anciana enmudeció de nuevo. Sus últimas palabras quedaron flotando en el aire y revoleteaban cerca, muy cerca de Ayna, quien no acababa de salir de su asombro.

Su rostro se había iluminado con una viva expresión de satisdación y triunfo. Sin duda alguna había comprendido. Por fin había reconocido a aquella misteriosa mujer.
  • Entonces, tú eres…, la imagen de mi Alma. ¡Oh Dios!, ¿cómo no me había dado cuenta antes? ¡Mi corazón me había avisado. Algo muy extraño me decía que tú formabas una parte muy importante de mi vida, y ahora, estás ahí, enferma y apenas puedo hacer nada por ti. Pero, ¿por qué?, decidme, ¿por qué has de morir?, ¿qué propósito te ha hecho venir hasta mí? Nuestro encuentro no era en este mundo. ¿Por qué has venido entonces?
  • He venido porque necesito tu ayuda. Mi muerte es necesaria. Yo ya estoy vieja y todo lo viejo debe morir para ser renovado. Soy como un fruto maduro que debe caer del árbol para poder aportar así una nueva semilla que contribuya a la evolución de la vida. Pero para poder ser de nuevo semilla, necesito renovarme y el único modo de conseguirlo es pidiéndote que me liberes de las ataduras que me mantienen apegada al mundo material.
  • Pero, ¿cómo puedo conseguir tal cosa? Mirad a mí alrededor. El hambre se apodera de mi reino. Ya nadie cultiva y trabaja las tierras. Para poder alimentarse se roban los unos a los otros. He implantado leyes, impuestos y normas que permitan asegurarme la existencia, aunque a veces pienso, para qué vivir si lo que más deseo en este mundo me ha sido negado.
La tristeza de la Reina Ayna se hizo visible. Aquella pena desgarraba aún su pecho, obligándola a sufrir en silencio, al tiempo que le daba razones para llevar a los demás ese mismo sufrimiento.
  • ¿Qué puedo hacer alma hermana, para poder salvarte, y poder salvar a mi pueblo?
  • Si es verdad que lo deseáis, escuchad bien, pues si hacéis lo que os voy a proponer, podréis salvad a vuestro reino. Deberéis hacer un largo viaje. Cruzaréis el mar y siguiendo siempre hacia el Norte encontraréis una extraña región a la que llaman Tierra de los Lamentos. Una vez allí, tendréis que buscar a un poderoso mago, el cuál habita en las entrañas de aquel lugar. No tengáis miedo, él os ayudará. A partir de ese momento todo quedará en tus manos. De ti todo dependerá, y recuerda, si vences la prueba, habrás conseguido liberar a tu pueblo y a tu propia alma, a la que muy pronto, de nuevo verás.
...continuará

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