domingo, 3 de septiembre de 2017

Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - 3ª Parte"

Durante seis meses, la Reina Ayna había esperado con ansiedad que llegase aquel día. Desde el palo mayor, el vigía acababa de divisar tierra firme.

Cuando todas las esperanzas empezaban a desvanecerse, de nuevo tomaron vida, y la ilusión de alcanzar pronto la orilla parecía haber afectado la capacidad física de los remeros, los cuales bogaban a un ritmo titánico. Las velas se izaron y muy pronto, gracias a la ayuda del viento se encontrarían en tierra, una tierra a la que llamaban la Tierra de los Lamentos.

Habían sido seis meses muy difíciles, en los que tuvieron que afrontar duras jornadas. A mitad de la travesía, una endiablada tormenta, casi estuvo a punto de hacerles  naufragar, pero gracias a la buena destreza de aquellos hombres y también gracias a la bondad del cielo, en esos momentos pudieron contar con sus vidas y, en respuestas a ello, no tardaron en festejar con buen vino y sabrosa comida, la feliz empresa.

Fue una noche muy grata, de las que hacía tiempo no recordaban. En el fondo, nadie sabía lo que allí les había llevado. Todos respondían fielmente a los deseos de su Reina, y la verdad es que, tampoco les importaba. 

En aquella noche, y antes de retirarse a sus aposentos, la Reina dio algunas órdenes a sus compañeros.
  • Escuchadme os lo ruego. Mañana muy temprano iré en busca de un poderoso mago. Iré sola, pues lo que he de hacer es en la soledad que debo realizarlo. No os preocupéis por mí y esperad mi regreso. Si dentro de seis meses no he vuelto debéis regresar a casa. 
Estas últimas palabras provocaron un gran desconcierto. Nadie comprendía lo que estaba ocurriendo y, a pesar de no importarle, tampoco podían abandonar a su Reina en aquel desierto.
  • ¿Como podéis decir eso Reina Ayna?  Os hemos seguido hasta estas tierras y os seremos fieles hasta el último momento. No nos pidáis que os abandonemos. 
Aquellas palabras, aunque dichas por uno de aquellos miembros, sin duda era la decisión de todos ellos.
  • Me complace vuestro ofrecimiento, pero si dentro de seis meses no he vuelto debéis emprender vuestro regreso, os lo ruego - insistió la Reina-. 
El alba no tardó en acariciar el rostro tenso y preocupado de la Reina Ayna. La había sorprendido en el lecho, pues apenas si pudo descansar en toda la noche, ya que era tanta la inquietud que sentía por lo incierto, que difícilmente hubiera conciliado el sueño.

Dirigiéndose siempre hacia el Norte, la Reina marchó sola con la única compañía de una alforja y de algunos alimentos. 

Anduvo durante horas y horas, bajo un Sol que amenazaba con derretirle el cerebro.
Extenuada por el esfuerzo, dirigió sus pasos hacia el encuentro de unas rocas, con la intención de cobijarse entre ellas.

Se preguntaba, mientras descansaba, cuánto debería de andar más para encontrar la morada del poderoso mago.

Pero, cuando sumergida se encontraba en aquellos pensamientos, algo sorprendente vino a su encuentro. 
  • ¿Acaso no os gusta mi hogar? Siempre pensé que era muy refrescante en verano y bastante cálido en invierno, y además no tiene goteras, como otros que bien conozco. 
Fue tan brusco el salto que dio cuando aquella voz le sorprendió, que a punto estuvo la Reina de abrirse la cabeza con un picacho afilado que sobresalía entre las rocas. Su corazón latía vertiginosamente y su garganta se quedó engarrotada, impidiendo que pudiese hablar.
  • Ja, Ja, Ja, no os asustéis bella Reina, no debéis preocuparos más por encontrar a ese poderoso mago al que buscáis, pues aquí me tenéis. Como veréis me habéis hallado antes de lo que os imaginabais. Bueno, la verdad es que hacía días que os esperaba. Pero, no tembléis y pasad, pues el tiempo apremia y cada cosa a su momento. 
Aquella amabilidad, aquel carácter casi burlón, había dado confianza a la Reina, la cual consiguió controlarse, pero permaneciendo en silencio, siguió el consejo de aquel extraño hombre y le acompañó hasta el interior de una cueva oculta entre las rocas.

Tenía razón aquel personaje - pensó la Reina -, en el interior de aquella cueva se gozaba de un ambiente muy refrescante y vitalizador. Seguía sus pasos con la mirada fija en todo cuanto le rodeaba.

No tardaron en llegar junto a la entrada de un gigantesco salón. Era precioso. Cada saliente de roca imitaba figuras geométricas con una fabulosa precisión.

Misteriosos jeroglíficos y extraños dibujos, adornaban las paredes de los  laterales y una gran mesa se encontraba en el centro, invitándoles a descansar en ella.
  • Sentaos, Reina Ayna y escuchad, no tenemos mucho tiempo. Los astros están a punto de concluir en un aspecto que os ofrecerá la oportunidad de encontrar lo que necesitáis para conseguir vuestro propósito. Cuando los planetas se asienten en la Morada de Sameck, habrá llegado el momento en que deberéis tener en vuestro poder la Espiga Sagrada. Para conseguirla debéis hacer algo muy sencillo, seguid la voz de vuestro corazón, él os guiará hasta su encuentro. Si conseguís haceros con ella, volved a vuestra tierra y sembradla. El resto lo hará el Gran Hacedor, que vela por los justos desde su celestial morada. 
Una vez más la Reina Ayna se encontraba sola en aquel desierto, pero en esta ocasión tenia una importante misión. 

Cuatro semanas tenía de tiempo para encontrar la Espiga Sagrada. Cuatro semanas, y apenas sabía dónde dirigir sus pasos en aquel interminable infierno. 

Todo dependía de su corazón –recordaba las palabras del poderoso mago-, pero ¿acaso le quedaba aún aliento a su enmudecido corazón? - se preguntó angustiada por aquella duda. 

Anduvo, anduvo, anduvo día y noche, siempre con rumbo al Norte. 
Un nuevo amanecer y un nuevo futuro incierto.

La Reina tomando algunos alimentos cerró sus alforjas y al hacerlo, comprobó que aún estaban allí algunas de las joyas que siempre habían formado parte de su tesoro particular.
Casi no pudo levantar la cabeza,  cuando en su cuello sintió el frío acero de un cuchillo.
  • Vamos preciosa, ponte de rodillas. Estás ante el Rey de estas tierras y tú rata inmunda, has penetrado sin permiso en ellas. Y sabes una cosa, nadie que hace esto sale con vida de aquí. ¿Has entendido, rata vagabunda? 
La Reina Ayna apenas podía moverse pues, aquel cuchillo cada vez amenazaba más con cortarle el cuello, pero en ese momento sintió que su corazón le hablaba. 
  • Ofrécele tus joyas, ellas te salvarán -le aconsejaba una voz interna-.
Sí, era una buena idea! - pensó la Reina-. 
  • Esperad, majestad..., no me matéis, tengo algo muy valioso que ofreceros a cambio de mi vida! - dijo con astucia la Reina Ayna-.
  • Ja, Ja, Ja. ¿Qué podéis tener? ¿Acaso un vagabundo puede dar algo? - se burlaba irónicamente el arrogante Rey-.
  • Mirad señor, poseo joyas y piedras preciosas. Son para vos. 
El cruel Rey no salía de su asombro. El brillo de aquellas joyas  había cautivado toda su atención. Se encontraba hipnotizado por aquella belleza. Este fue el momento que la Reina aprovechó para huir de las amenazas de aquel Rey infeliz, dejándole prisionero en su propia agonía de riquezas.

La Reina siguió su camino. Había salido airosa de aquella difícil situación, y todo se lo debía a su corazón. Comprendió que debió desprenderse hacía ya mucho tiempo de aquellas joyas. Eran un peso que le impedía seguir su camino.

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