viernes, 1 de septiembre de 2017

Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - 1ª Parte"


Ciento cincuenta años habían pasado desde que aquellas inhóspitas tierras fueran por primera vez habitadas. Ciento cincuenta años de pasado, en los que aún el recuerdo evocaba, generosamente, momentos de intrépidas  aventuras, a veces llenas de riesgos y a veces de profundo valor. 

En la memoria de muchos, aún perdura aquellos críticos momentos donde la fuerza de la pasión fue cediendo poco a poco su trono a la humilde bondad y al sincero amor. 

Sí, sin lugar a duda, fueron hermosos aquellos tiempos, donde reinó la verdad y la comprensión. La paz vencía a la violencia y al terror. La sinceridad abría los corazones de cada hombre, impulsándoles a vivir en fraternal unión, y al final, aquellos días dieron paso a una época de esplendorosa fecundidad. Las tierras fueron sembradas y los campos gozaban jubilosos, por ser portadores de frutos y riquezas llamados a ser compartidos por cada uno de los que habitaban aquella afortunada región. 

Pero nada en la vida se consigue sin esfuerzos, y es por ello que todo cuanto en aquellas tierras acontecía se lo debían a la sabia justicia y a la inteligente administración de un humilde Rey, el cual, gobernaba aquellas tierras como mensajero de un Orden Superior. Su  triunfo y fama era debida a que su única voluntad no fue otra que llevar a los hombres los elevados principios del Amor. 

Fueron ciento cincuenta años que difícilmente se borrarían en el recuerdo y para evitar que esto sucediese, decidieron unánimemente que aquellos días de grandes hazañas fuesen transmitidos de padres a hijos y de éstos a sus descendientes. Y, de este modo, las generaciones futuras podrán recordar y conocer cada una de las experiencias que acontecieron en aquellos días de esplendor, para así poder iluminar sus conciencias con la sabiduría de sus antepasados. 

Pero el tiempo no pasa en balde, y ciento cincuenta años eran ya muchos años para aquel sabio Rey. Y fue por ello que cierto día, sintiéndose morir, quiso ultimar su gran obra dejando en su trono a su único heredero. Su última voluntad no era otra que comprobar que su reino seguiría gozando de aquellos días de máximo esplendor para cuando él faltase. 

Cautivado por aquel pensamiento mandó llamar a Ayna, su hija y única heredera. 
  • Ayna, hija mía, qué hermosa estás. Hasta las más bellas flores, que crecen en nuestro jardín envidiarían tu suerte.
En nada exageraba aquel sabio Rey, pues la belleza de Ayna era conocida incluso en tierras lejanas, siendo muchos los extranjeros que, arriesgándose venturosamente, se dirigían hasta aquella región, con el sólo deseo de poder gozar de una sola de sus miradas. 

Pero la fama de Ayna no se debía tan sólo a su hermosura física, también en su aprendizaje había cultivado grandes cualidades que la hacían sobresalir especialmente en el dominio de la inteligencia. 

Ya desde muy pequeña, los oráculos y magos habían augurado que con la descendencia del sabio Rey, una profunda transformación surgiría en aquella tierra y no podemos olvidar que si al principio esta profecía fue motivo de preocupación, aquel sentimiento se desvanecería cuando a finales de aquel verano, del vientre de la Reina Madre, naciera una hermosa princesa. 

Hasta aquellos días, tan sólo el varón había ostentado el Poder Real, pero a partir de aquel acontecimiento, y dado que la Reina quedaba imposibilitada para tener más descendencia, el sabio Rey promulgó, con el consentimiento de todo el pueblo, una ley que permitiera reinar a la mujer en plena igualdad con el hombre. 

Para los magos, el temor desapareció, ya que entendieron que el cambio que presagiaban se debería a que el trono sería gobernado por una Reina. 

Mientras tanto, el sabio Rey se sentía inquieto y no queriendo demorar por más tiempo la inevitable despedida, sintiéndose cansado, pidió a su hija, la princesa, que se acercara junto a su lecho.

  • Hija mía, acércate. Como verás,  apenas me queda aliento. Pronto, muy pronto, te dejaré, pues mi tiempo en la tierra ya toca a su fin; pero, antes de retornar a la Patria Celeste, de donde todos procedemos, quisiera bendecir tu próxima unión, deseándote toda la felicidad del Mundo, pero también quiero hacerte un último ruego...
Su voz cada vez sonaba más apagada, y el sabio Rey luchaba por poder  mantener su vida unos segundos más. Era todo lo que necesitaba para culminar su trabajo humano, y haciendo un gran esfuerzo le dijo:

  • ¿Recuerdas la profecía de los magos? -Ayna asintió con un gesto, pues su corazón ahogado en lágrimas, impedía que pudiera hablar en esos momentos-. Aquella profecía se cumplirá, y es ahora, que ha llegado mi marcha, que el cambio y la transformación vendrán. Pero no será como ellos han dicho. La hora ha llegado en que la tierra de este reino quedará estéril y el sufrimiento visitará cada comarca, cada aldea, cada habitante. y serás tú...
Sus últimas palabras sonaron como muy lejanas, como dichas desde un más allá no físico, desde otra dimensión.  Apenas si se distinguía lo que quería decir. Era un eco que poco a poco enmudeció, dejando al Rey en brazos de la Princesa Ayna, cuyo rostro se ensombrecía por segundo, crispado por el llanto y el dolor. 

Transcurrieron tres largos años, desde que el sabio Rey abandonara su cuerpo material para pasar a habitar otros mundos más sutiles que el físico. Tras su muerte, un profundo silencio se había adueñado de todo el reino. Su muerte había dejado un gran vacío, en los corazones de cuantos habitaban aquella frondosa región. 

Echaban en falta el espíritu sabio de su Rey, en el cual habían puesto durante tantos años todas sus riquezas internas, su confianza,  sus  esperanzas, sus proyectos, sus sufrimientos y sus alegrías. Había existido siempre un diálogo vitalizador entre el pueblo y su Rey, pero con su pérdida aquellos lazos habían desaparecido, dejando una huella muy profunda; todos sabían que su ausencia sería muy difícil de cubrir. 

Estos pensamientos eran bien conocidos por la Reina Ayna y a pesar de su estirpe real no alcanzaba a controlar el dolor que día a día iba apoderándose de su corazón, un corazón profundamente herido por sentimientos de ira y de odio, en respuesta al comportamiento de cuantos habitaban su reino. 

En su soledad, la Reina Ayna alimentaba pensamientos de venganza. No había encontrado la felicidad tan prometida y deseada por su padre. Él, que durante tantos años había conseguido vencer todas las adversidades, ahora se sentiría fracasado, al comprobar como parte de su sangre ponía fin a su mundo de felicidad y de amor. 

La Reina Ayna siempre había respetado la voluntad de su padre. El último deseo complacido fue contraer matrimonio como bien se había resuelto desde muchos años atrás. Pero la Reina Ayna no complacería en nada más a su padre, y desde el primer día de su reinado, estableció una serie de impuestos y pagos acompañados de leyes opresoras e injustas que limitaban la libertad, de la que hasta ahora habían gozado. 

Aquellas medidas contribuyeron a resignadas protestas, que por respeto al recuerdo del Rey, no terminaron en actos violentos. Pero lo que no podía evitar la Reina, era que todo el pueblo le retirase su confianza, su apoyo y su entrega.

...continuará

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