lunes, 29 de agosto de 2016

Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - Final"


Pasaron varios días más. Ya se encontraba muy cerca de completar las dos primeras semanas desde que se encontrara con el poderoso mago. 

No dejaba de preguntarse, ¿dónde se encontraría aquella espiga misteriosa? Cierto día, momentos antes de atardecer, la Reina caminaba sin apenas ilusión, cuando de pronto algo ocurriría que de nuevo le llamaría su atención.

Se trataba de unos lamentos que haciendo eco entre las rocas,  llegaban hasta el lugar donde ella se encontraba.

Llamada un poco por la curiosidad y otro tanto por una necesidad de su corazón, se dirigió hacia el lugar de donde provenía el lamento.

No tardó mucho en llegar, encontrando rápidamente la razón de lo que ocurría. Se trataba de un hermoso animal, un caballo de color Blanco, que hallándose perdido no supo hallar a tiempo el agua con la cual saciar la sed que le consumía.


La Reina se acercó lentamente hasta el animal, no quería asustarle. Cuando llegó junto a él, comprobó que se encontraba verdaderamente mal.

Comprendió que debía darle de beber o de lo contrario moriría.  Pero, ¿cómo lo haría? En su cantimplora apenas si ya quedaba agua. Pero, pensó que aquel pobre animal la necesitaba más que ella. Fue entonces cuando ocurrió algo sorprendente. Ella había comprobado que la cantimplora estaba casi vacía, sin embargo estaba dando de beber al caballo y no dejaba de emanar agua de su interior.

Se sintió muy contenta y emocionada. Comprendió que Dios había respondido a sus sinceros deseos de que aquel animal se salvase y por ello aquella cantimplora siempre estaba llena.

Gracias al amor que le había inspirado su corazón, ahora aquel hermoso animal se podría recuperar y con su ayuda tendría la oportunidad de ganar tiempo en su empresa.

Durante varios días, la Reina Ayna se sintió feliz. Aquella última experiencia, le había permitido descubrir que su corazón aún no estaba muerto. Qué era capaz de sentir bondad y compasión por los demás. Se sentía feliz porque ahora no se encontraba tan vacía ni tan sola. Aquel estupendo animal se habla convertido en su fiel acompañante, y en gratitud a la Reina trotaba sin descanso deseoso de llevar a su nuevo dueño hasta su destino.

Pero el tiempo fue transcurriendo y ya en los últimos días de aquella tercera semana, de nuevo la pena y la tristeza hicieron aparición en el rostro de la Reina. Cada vez dudaba más sobre el éxito de la empresa y desfallecían sus ánimos. Trataba de recordar su conversación con el poderoso mago. Debía de buscar algún indicio que le ayudara a encontrar la Espiga Sagrada. Pero, ¿qué sería?

Cuando estaba anocheciendo y a una distancia no muy lejana, le pareció ver un continuo resplandor.
Una vez más, guiada por la curiosidad se acercó hasta aquel lugar, que cada vez se iluminaba con más intensidad.

Comprendió que aquella luz tan sólo podía proceder de un fuego y dedujo rápidamente que algo estaba a punto de arder, por lo que no muy lejos de allí, tal vez hubiese alguien que quizás pudiera facilitarle alguna información sobre la Sagrada Espiga.

Hallándose tan cerca, hasta el punto de poder comprobar de qué se trataba, no pudo evitar quedar  aterrorizada por lo que acababa de presenciar.

Un niño, totalmente desnudo, estaba a punto de ser abrazado por el fuego. ¿Quién podía desear tal crimen para un niño? – pensó la Reina-. 

Pero no tardó en encontrar respuesta para aquella pregunta. Una voz ronca y amenazadora gritaba a aquella indefensa criatura.
  • Vas a morir, mala víbora, y ya nunca más volverás a robar.  A la gente como tú hay que exterminarlas, Sois una plaga que infectáis la vida de los demás y no permitiré que os salgáis con la vuestra. 
El joven muchacho, de cuerpo demacrado y pálido, apenas si podía respirar. Resultaba difícil pensar que aquella criatura fuese el culpable del delito que se le imputaba.

La Reina Ayna, que todo lo estaba presenciado, no pudo contener por más tiempo su rabia. No podía permitir que aquel niño muriese  quemado en una hoguera, sin al menos tener la oportunidad de ser juzgado.

Fue justamente cuando se disponía  a arrojar al muchacho al fuego, que la Reina intercedió por él.
  • Esperad, esperad en nombre de Dios. No lo arrojéis. Este joven no es culpable, y por lo tanto no podéis quitarle la vida. Sería un asesinato. 
Aquel atrevimiento paralizó y confundió por unos momentos a aquel gigantesco y cruel hombre, pero gracias a esta oportuna intervención demoró al menos por unos instantes, aquella trágica sentencia. 
  • ¿Quién sois? Decidme, ¿de dónde venís y cómo os atrevéis a interponeros en el camino de la justicia? - le preguntó muy enfadado el insensible ejecutor-.
  • Soy Ayna, Reina de una lejana región. Mi trono es extranjero y mi atrevimiento responde a una causa justa. ¿Con qué autoridad juzgáis a este joven? ¿ Es que esta tierra está abandonada de la mano del Creador?
  • Yo no necesito ningún juez para aplicar justicia. Este  miserable - señaló al muchacho-, me ha robado y debe pagar su culpa.
La Reina dirigiéndose a la pobre víctima quiso saber su opinión. 
  • ¿Es verdad que has robado a este señor? - le preguntó al asustado joven-.
El infeliz muchacho apenas si podía hablar, pero haciendo un esfuerzo, le contestó: 
  • Sí, es verdad. Le he robado. Pero, ¿qué otra cosa puedo  hacer para poder comer? Mis padres han muerto y estoy sólo. No tengo dinero, ni tierras. Todo me lo han robado y para poder vivir debo alimentarme - le argumentó el muchacho muy avergonzado-. 
La Reina sintió una profunda compasión por él. Le recordó durante unos segundos a las familias, que en su mismo reino pasaban  hambre y quizás se vieran obligados a robar para poder vivir. 
  • Este niño no es culpable del mal que se le acusa.
Encarándose con valor a aquel hombretón, la Reina siguió defendiendo al muchacho.
  • Cuando no se tiene nada ni nadie, robar para alimentarse no es atentar contra ninguna ley. ¿Qué hubieseis hecho si os hubiera pedido comida y un techo donde recibir calor, acaso le hubierais sentado en vuestra mesa y arropado en vuestro lecho?
  • Bueno, Yo… -balbuceaba aquel confundido señor-. La verdad es que no. Pero eso tampoco le da derecho a robarme. Él es un ladrón.
  • Es cierto, no le da ningún derecho. Pero vos en cambio si os encontráis con el derecho para quitarle la vida.
  • Está bien, está bien -respondió malhumorado-. Me estáis volviendo loco con tanta palabrería. ¿Qué queréis que haga con este bribón? No tengo tanta paciencia y la noche es ya avanzada.
  • Casi le debéis la vida -respondió la Reina-, pero como no habéis consumado el acto, tal vez la cuenta quede saldada si le ofrecéis al muchacho trabajo en vuestras tierras a cambio de comida y de un buen camastro.
En el fondo, aquella ira que a punto estuvo de acabar con la vida de aquel joven se fue apagando, como el fuego, que había quedado en espera de consumir el cuerpo inocente del muchacho. 
  • De acuerdo -vociferó fuertemente-, de acuerdo, me habéis convencido. Pero sabed una cosa, si alguna vez me encuentro con vos, tomaré otro sendero. Vamos muchacho y ya puedes dar gracias a Dios que ha puesto a esta gran mujer en tu camino. 
El joven se dirigió hasta la Reina y como no sabía como agradecerle lo que había hecho por él, la besó en  la mejilla. Y aquel beso la estremeció profundamente.

Tan sólo dos días faltaban, nada más, para que la conjunción de planetas se encontrase en la Morada de Sameck. Pero aquel hecho parecía no preocupar ya a la Reina Ayna. Una extraña fe la acompañaba y guiaba sus pasos.

Era incansable. Cabalgaba horas tras horas, con la sola preocupación de saber reconocer la Espiga Sagrada cuando la encontrase. 

En aquel último día cabalgó apenas si parar. Tan sólo lo hacia para refrescar de rato en rato a su fiel amigo, el caballo, el cual se lo  agradecía con expresivos relinchos.

En uno de aquellos descansos, la Reina pudo saber que se encontraba muy cerca de un pequeño pueblo e ilusionada con la idea de poder interrogar a alguien sobre el paradero de la Espiga,  montó de nuevo y se dirigió hasta aquel lugar. 

No hubo recorrido, apenas unos metros cuando detrás de un pequeño montículo, apareció dibujado en el horizonte el perfil de un humilde pueblo.
La alegría se apoderó de la Reina y acariciando a su caballo se dirigió al trote hasta la entrada. Una vez que se encontraba cerca, su instinto le avisó de que allí estaba ocurriendo algo extraño. 

De repente, alguien llamó su atención. 
  • Debéis alejaros de aquí cuanto antes. No continuéis vuestro camino, este pueblo está maldito. Moriréis como los demás si seguís hacia delante.
Girando sobre su caballo quiso descubrir quién era el que le hablaba, pero se dio cuenta de que lo habían hecho desde detrás de una puerta. 

¿Por qué no querría que continuase su camino? - pensó la Reina Ayna -. ¿Por qué este pueblo está maldito? Debía saberlo y, guiada por ese sólo deseo, se dirigió hasta la entrada de aquella casa  desde donde procedía aquella voz. 

Llamó una y otra vez, pero nadie le contestaba. La Reina era muy curiosa y no podía abandonar aquel pueblo sin saber lo que allí estaba ocurriendo. 

Decidida a encontrar las respuestas que tanto la inquietaban, se apoderó de un trozo de madera y con él quiso abrir la puerta, hasta que tras varios intentos, aquella cedió.

Quizás para muchos, aquella escena le resultaría aterradora, para otros incluso repugnante, pero para la Reina Ayna, tan sólo le inspiraba compasión, bondad y amor.

No menos de diez personas, entre hombres, mujeres y niños, se encontraban moribundos. Un fuerte olor nauseabundo casi asfixia a la joven, pero en ningún momento retrocedió sus pasos ni dio muestra de debilidad. 
Eran leprosos. Dios mio que terrible enfermedad asolaba aquel pueblo –pensaba la Reina-. Debía hacer algo por ellos. Debía ayudarles. Al menos, estar a su lado y dar sepultura a sus cuerpos. 

Sabía que ella misma podría enfermar, pero aquello ya no le importaba. Tan solo había algo que debía hacer en esos momentos, oír la voz de su corazón y éste le pedía a gritos que debía quedar allí junto a esa pobre gente. 

Llegó la noche de aquel amargo día. La Reina Ayna se encontraba rendida por los esfuerzos que había realizado. A penas si quería descansar, pero fue obligada a hacerlo, ya que de lo contrario ella también desfallecería. 

No tardaría en quedar dormida. Su cuerpo físico necesitaba ser  repuesto, y para ello la mejor medicina era el sueño.

Pero una vez más la Reina sería sorprendida por un extraño  misterio.

Hubiese jurado que estaba dormida, pero entonces no se explicaba cómo había llegado hasta aquel hermoso lugar. 

Mirando a su alrededor comprobó que se encontraba en un jardín precioso. Todo era verde y las flores exhalaban embriagadores perfúmeles.

El cielo era de un celeste intenso y los cánticos de los pájaros, al confundirse con el viento, componían bellas canciones que todo lo cautivaba en aquellos momentos.

Aún sin salir de su asombro, la Reina descubrió un extraño estanque de donde emanaba un agua tan cristalina, que al contacto con los rayos del Sol, hacían la competencia al oro.

Quiso acercarse hasta él y beber de aquellas aguas, pues sintió sed.

Acercando sus manos al estanque, las introdujo en él. Su intención era beber entre ellas. Llevándose el agua a sus labios, pudo beber pero cuando quiso abrir los ojos… 

¡Dios mio, allá estaba! Era ella…, la Espiga Sagrada. 

El agua del estanque había reflejado el cuerpo de la Reina, y en aquella imagen supo ver, que ella misma se había convertido en la Espiga sagrada. 

No pudo evitar que aquellas lágrimas mojaran su rostro. Había comprendido que la Espiga Sagrada no era material. La Espiga Sagrada tan sólo se consigue cuando somos capaces de cerrar los ojos al egoísmo de nuestros deseos y en cambio, nos esforzamos en amar el bien a través de nuestros hermanos los Hombres.


Lo había conseguido, estaba satisfecha y quiso dar gracias a Dios por haberla perdonado y haberle ofrecido aquella oportunidad.

Miró hacia el cielo, levantando el rostro, y en ese momento una estrella de 5 puntas se configuró en el firmamento.

Era la conjunción de los planetas que acababan de entrar en la Tierra de Sameck.


Aquellas lágrimas sorprendieron a la Reina, la cual, de un salto se incorporó en el lecho.

Aún podía recordar nítidamente aquellos momentos. Para ella no se trataba de un sueño. Había encontrado en su corazón la Espiga Sagrada y sintió la necesidad de volver a su reino, pues recordando las palabras del poderoso mago, debía sembrar la Espiga en sus Tierras.

Había vencido todas sus penas y la tristeza se había desvanecido de su corazón. Tenía en sus manos la oportunidad de salvar a su reino y con aquel propósito la Reina Ayna preparó su regreso.

Seis meses necesitó la Reina para retornar a su reino y a estos seis meses le siguieron nueve meses más. Nueve meses que fueron necesarios para que aquella región tuviese un nuevo heredero.

Sí, en efecto, la Reina Ayna  había dejado de ser estéril. Buena muestra de ello era aquel hermoso infante, quien muy pronto demostraría a su pueblo que era el fruto de la labor de una gran Reina y de un sacrificado esfuerzo.


FIN

2 comentarios: