domingo, 1 de enero de 2017

Cuento para Capricornio: "Pedro, el Maestro Constructor-1ª parte"

  • ¡Dan…, Dan…, Dan…! 
Con aquellas tres últimas campanadas, sumaban ya doce, y un nuevo día emergía, silenciosamente, de la misma nada, al tiempo que se despedía de su antecesor, pero no sin antes heredar todas sus riquezas.
Pero, lamentablemente, poca gratificación  iba a recibir de ese legado, de poca alegría y felicidad iba a gozar, pues desde hacia ya mucho tiempo, en aquella región apenas si se recordada el mágico sabor de la ilusión o el confortable y esperado hábito de la esperanza. 

En Capri, tierra de reyes y altos dignatarios, los días nacían tristes, apagados, nostálgicos de amor, y en su atmósfera el miedo era tan denso, que casi se podía moldear dando vida a horrorosas  formas.  

Vivir en Capri había sido una viva ilusión que se anidaba ocultamente en el fondo de cada corazón. Cuantos allí vivieron y vivían, podían contar historias fabulosas que allí sucedieron. No les importó nunca trabajar duro si, como recompensa, recibían respeto, estima, justicia y la mayor de las riquezas, la sabia experiencia. 


Pero ninguna dicha es eterna, y sucedió, lo que todos temían que sucediera. 


Cierto día y coincidiendo con el banquete que todos los años se celebraba en honor al Espíritu del Invierno, llegaron al palacio real viajeros de otras tierras. Unos dijeron que de tierras extranjeras, en cambio otros sostenían que se trataban de parientes lejanos del rey que habían sido invitados por éste para celebrar aquel evento lo cierto y verdadero es que desde aquel encuentro todo cambió en Capri. 

Nadie sabría explicar lo que en aquel día hablaron aquellos recién llegados, pero todos coincidían en que la razón de que el Rey de Capri cambiara como lo había hecho, estaba en la llegada de aquellos extraños. 

Desde entonces, Saturno -así se llamaba el Rey-, transfiguró su carácter y se convirtió en un ser taciturno, frío y severo, perdiendo su honradez, credibilidad y respeto. 

Fue un día de luto para Capri y muchos lloraron aquella pérdida, pues para ellos había muerto la honorabilidad del Rey. 
  • Lo haces muy bien, querido primo. Ya veo que todos te obedecen fielmente -dirigiéndose al rey, aquella misteriosa dama parecía pertenecer a la familia real y no quería perder ni un momento para felicitar a su primo, el Rey, por el dominio demostrado sobre sus hombres.
  • Gracias, prima, pero no temáis, pronto, muy pronto verás levantado un hermoso palacio y será todo para ti. Tú te mereces todo cuanto poseo.
  • El Rey parecía estar bajo los efectos de una droga, pues su voz y su mirada no eran del todo normales. Pero aquella apreciación no fue captada por sus hombres, pues era tanto el miedo que tenían, que nadie pudo pensar una cosa semejante.
  • Señor, ya vienen -dijo uno de sus consejeros, al tiempo que la voz le temblaba de miedo-.
  • Así espero que sea, pues de lo contrario pagarás vida las consecuencias. 
En efecto, aquel asustado mensajero estaba en lo cierto. Con paso firme y ligero no tardaron en llegar los constructores de palacio. Eran tres en total y ninguno de ellos podía imaginarse lo que se les venía encima. 
  • Señor, los tres maestros constructores ruegan su audiencia.
  • Qué pasen, idiota, ¿acaso no ves mi impaciencia? Hazlos pasar sin más demoras.
Sin perder más tiempo, los tres maestros penetraron en el salón real, y los tres al unísono fueron a saludar al Rey, pero antes de que ello fuera posible… 
  • ¿Cómo conscientes, querido primo, que la servidumbre irrumpa de este modo en el salón real? Hazlos arrodillarse, pues de lo contrario me sentiré humillada -el Rey vio con buenos ojos la sugerencia de su prima y quiso hacer firme aquella idea-.
  • Arrodillados, insolentes. Estáis frente al Rey. En adelante vuestro saludo será arrodillarse. Aquel que no me obedezca perderá sus dos piernas, así ya nunca más tendrá que arrodillarse, pues siempre estará inclinado. ¿Qué te parece la idea, bella prima?
  • Sin duda digna de un inteligente y sabio Rey -le respondió Mala, la cruel Consejera-.
Los tres Maestros no podían creer lo que estaban viendo, pero el instinto de la prudencia,  les aconsejó que obedecieran, y así fue como los tres se arrodillaron ante el Rey. 
  • Perdonarnos Rey Saturno, perdonar nuestra ignorancia. No hemos querido ofenderte -dijo uno de los maestros, dirigiéndose al Rey-.
  • Está bien, está bien, ya lo sabéis para otra ocasión, ahora levantaos y atended sin perder detalle, pues vuestras vidas depende de ello. Quiero que construyáis un nuevo palacio, pero quiero el mejor y más hermoso de los palacios, pues será un regalo que he de hacer, y no quiero quedar mal ¿habéis entendido? Pues, ¿qué esperáis?, a trabajar.
Los tres Maestros salieron de aquel lugar, pero antes de hacerlo se despidieron del Rey arrodillándose de nuevo. 


Y así fue como aquellos humillados constructores se pusieron a trabajar. 


Estudiaron durante meses los más bellos palacios hasta entonces construidos, hasta que decidieron cuál sería la estructura que daría forma a aquella gran obra. 


Pero no siempre todo sale como se piensa. El palacio era hermoso de veras. El más hermoso de cuantos se habían construido, pero lo era en el papel, y digo esto, porque ocurrió lo que nadie se esperaba.  Cuando todo parecía estar perfecto, cuando todo el mundo se sentía orgulloso de aquella obra, la más bella hasta entonces, ocurrió algo terrible. Vino un fuerte viento y ante las miradas de asombro de todos, el palacio se derrumbó. 


Todos quedaron boquiabiertos. Nadie se atrevía a hablar y menos aún, nadie se atrevía a dar una explicación a lo que había sucedido. 


La labor de muchos meses, allí estaba, tirada por los suelos porque un viento de nada había soplado con un poco de mayor furia que de costumbre. 


Pero si el viento sopló con furia, no era esa la cólera que más tenían en aquella tierra de Capri. 


Todos estaban en espera de la respuesta del Rey, el cual, al enterarse de la noticia no supo dar crédito a lo que oía y corrió desesperadamente hasta el lugar donde se encontraba, hasta hacía poco, su hermoso palacio, el más hermoso de los palacios. 


Poco a poco su rostro se fue endureciendo.  Al principio expresaba tristeza, pero pasado unos segundos empezó a expresar rabia y odio, pensando que alguien debía ser víctima de su sentimiento contrariado, alguien debía ser culpable de todo aquello y no pensó en nadie más, que los tres Maestros constructores. 
  • Deprisa, haced venid a los Maestros. Los quiero ver inmediatamente -diciendo esto a sus siervos, se dirigió de nuevo hasta su palacio donde quedó en paciente espera-.
No tardaron en llegar los tres Maestros constructores, los cuales tras arrodillarse, dijeron:
  • ¿Nos habéis llamado, señor? -dijo uno de ellos, sin poder contener el miedo que sentía-.
  • Sí, os he llamado -gritó furiosamente el Rey- ¿Qué explicación me vais a dar de lo ocurrido? ¿Cómo es que ni una sola casa de mi reino ha sufrido el más ligero daño, y en cambio el nuevo palacio ha sido destruido? Decidme, ¿por qué?
Los tres angustiados Maestros negaban con la cabeza, con la mirada siempre fija en el suelo. 
  • ¿Qué queréis decir con esa negación? Responderme o me obligaréis a cortaros la lengua para siempre -les dijo el cruel Rey-.
  • Señor, no debéis culparnos a nosotros, pues el palacio estaba construido a la perfección. Nosotros también ignoramos lo que ha podido ocurrir.
En estos momentos, Mala se acercó lentamente hasta su primo el Rey y le susurró al oído.
  • Querido primo, yo creo tener la respuesta a tu pregunta.
  • ¿Cómo, qué quieres decir, Mala?
  • Lo que has oído. Yo tengo la respuesta a tu pregunta.  Yo sé que ese palacio era una trama hecha a conciencia para destruirme a mí con él, cuando me encontrase en su interior. Por fortuna, eso no ha sido posible. ¿No es cierto, traidores? -le dijo a los tres constructores, dirigiéndose a ellos en tono amenazante-.
  • Es verdad, no lo he pensado antes. Tienes razón prima, pero estos traidores pagarán cara su osadía. ¡Guardias, guardias! Cogerles y matarles, así limpiaremos esta tierra de inútiles y farsantes.
  • ¡Piedad, piedad! -vociferaban muertos de miedo los sentenciados a la máxima pena-. Ten piedad de nosotros. Te equivocas. Nosotros lo hemos hecho lo mejor que hemos sabido. Sin duda vuestra prima sepa más de lo que dice, tal vez haya sido ella la causante de todo y nos culpa para cubrirse.
  • Matarles, he dicho. No quiero verles más -ordenó secamente el Rey, al tiempo que desplomaba su cuerpo sobre un sillón-.
Y ahora, ¿qué haría? -pensó -. Pero fue, una vez más, Mala, su prima, como si le leyera el pensamiento, la que le sugeriría una respuesta. 
  • No desfallezcas, querido primo. Quizás si promulgases un edicto que llegase a todos los rincones de la tierra, y en el que digas... “Colmaré de riquezas a quien consiga construirme el más hermoso de los palacios”-, tal vez entonces, tus preocupaciones desaparezcan. ¿No crees?
  • ¿Qué habra yo sin ti, bella prima? -dijo entusiasmado el Rey Saturno, y tras reflexionar breves segundos, replicó- Así lo haré. ¡Escribanos! -grito con voz de mando-, ¡escribanos, acudid pronto! 
No tardó en llevar a cabo la idea que le transmitió Mala, y en un abrir y cerrar de ojos, movilizó a un gran número de mensajeros, a los cuales les encargó la misión de hacer llegar aquel edicto a todos los lugares de la tierra. Y aquellos mensajeros, con aquel solo propósito, partieron. 


Pasó el tiempo, no tan deprisa como le hubiese gustado a Saturno, Rey de Capri, y la paciencia -cosa que le recordaban constantemente sus consejeros-, ya la estaba perdiendo...


Pero cierto día, cuando todas las esperanzas flanqueaban, las trompetas del palacio interrumpieron aquella larga espera, anunciando la llegada de una comitiva de extranjeros.  


El rey se apresuró a recibirlos, pues supo por sus sirvientes que se trataban de sabios constructores que de lejanas tierras hacia ya meses partieron. 
  • Sed bienvenidos a la tierra real de Capri. Yo soy Saturno, Rey de todo este reino. Decidme ¿es verdad que sois prestigiosos constructores? -Saturno no quería perder ni un momento y es por ello, que no se andaba con rodeos y fue directamente al asunto que le preocupaba-.
  • Gracias por vuestra generosa hospitalidad Rey Saturno. Es cierto que somos constructores, y de tierras muy lejanas venimos para hacer realidad vuestro proyecto -le contestó uno de los sabios recién llegados-.
  • Pues pedid cuanto necesitéis y se os entregará al instante. Si el palacio que edifiquéis es el más bello, yo os colmaré de riquezas.
Durante seis largos meses fueron llegando día tras día hasta las puertas de Capri, comitivas de sabios constructores. Todos fueron recibidos por el rey y puestos a trabajar en la construcción del palacio. Eran tantos, que ya apenas si se podían contar. Hasta que llegó el día esperado por todos, el palacio estaba terminado y en verdad era el más hermoso de cuantos palacios existían. 


Cada uno de los sabios había aportado sus conocimientos, y la obra terminada era casi perfecta. 


El Rey se sentía feliz y contento, y en respuesta a ello ofreció una gran fiesta para celebrar aquel esperado momento. Pero de nuevo, no todo era tan perfecto, pues a la mañana siguiente y tras una noche de incesante lluvia, el pavor y el miedo de nuevo conmoverían aquel reino. 
  • Señor, señor,  despertad, algo horrible ha ocurrido durante la noche. El palacio se ha derrumbado y tan sólo queda de él, sus ruinas.
  • ¡Cómo!, ¿acaso aún duermo y estoy siendo víctima de una cruel pesadilla? -dijo el Rey confundido entre el asombro y la ira-.
  • No soñáis, señor, es cierto, el palacio se ha desvanecido entre la lluvia.
  • Te mataré, acabaré contigo si mientes. Vamos ayúdame a vestirme, he de verlo con mis propios ojos o no lo creeré.
Pero tendría que creerlo. Allí tan solo había escombros y barro. Toda la labor de meses, todos los esfuerzos sucumbieron en un abrir y cerrar de ojos.  
  • ¿Quién ha sido? ¡Decidme!, ¿quién ha sido el culpable de lo sucedido? Quién me dé esa información lo haré rico para toda su vida -pero la cólera de Saturno no consiguió que nada de aquello cambiase. Nadie sabría darle información porque nadie la tenía. Pero tal vez hubiese alguien que sí supiese algo, y ese alguien no le atemorizaba Saturno.
  • Rey Saturno, ¿os acordáis de mí? Sí, soy una pobre anciana, pero un día fui joven y te cuidé y arrope entre mis faldas. ¿Recuerdas?, Soy la vieja Imago -nadie se acordaba ya de aquella pobre anciana, pero muchos recordaron que hubo, hacía ya muchos años, una joven doncella que ayudaba en el palacio, en las labores del hogar-.
  • No te conozco, vieja, pero dime, ¿qué deseas de mí...? -le contestó despectivamente Saturno-.
  • Vengo a ayudarte por última vez. Debes ir a ver a Hércules, su morada está en la cima de la montaña Mem, la montaña de piedra. Ve tú sólo y consúltale tu propósito, él te escuchará y ayudará.
Del mismo modo como apareció, sigilosamente, así desapareció. Nadie sabría decir donde había ido, y el Rey, absorto en sus pensamientos, apenas si prestó atención a la anciana. 
  • Rápido, mi caballo. Iré cuanto antes a ver a Hércules.
Y así lo hizo. Cabalgó durante todo el día. Al atardecer, ya había alcanzado su meta. Tan sólo le quedaba coronar aquella cima y allí encontraría a Hércules. 


A pesar de sus años, Saturno se mostraba ágil, parecía una cabra montesa, entre aquellos peñascos.


...continuará

2 comentarios: