lunes, 2 de enero de 2017

Cuento para Capricornio: "Pedro, el Maestro Constructor-2ª parte"


El Rey comprendió la razón por la que le llamaban a aquella montaña, de piedra. Todo era roca dura y fría, sin embargo, su arquitectura parecía tener un sentido especial y misterioso.
Con un habilidoso salto, Saturno, alcanzó la cumbre de Mem, la montaña de piedra; allí mismo se erguía una vieja aldea labrada en la misma roca, con una maestría extraordinaria. 

El Rey llamó repetidas veces a la puerta, pero viendo que no recibía respuesta, decidió penetrar en ella.

  • ¡Adelante, adelante! -invitó una voz amablemente-. Podéis pasar, estáis en vuestro hogar, aunque no es un palacio, claro, pero tal vez os ayude a resguardaros del frío del poniente. 
Aquellas palabras procedían de un titánico y corpulento hombretón, que sin duda debía ser Hércules.
  • ¿Eres Hércules? -preguntó sin más preámbulo, Saturno-. 
  • En efecto, soy quien buscáis, pero no os quedéis ahí, Rey Saturno. 
  • Veo que ya me conocéis -dijo un poco asombrado el sorprendido Rey-. Permitidme que os diga, que pocas cosas hay en esta tierra que yo no conozca, pues soy el encargado de administrar los ciclos y estaciones, y para ello debo conocer el material con el que trabajo, ¿nos os parece? 
  • Alguien me habló de ti, dijo que me podrías ayudar ¿es cierto? -preguntó Saturno-. 
  • Dime, ¿qué deseas?, y te diré, si puedo o no ayudarte. 
  • Mi propósito es construir un palacio, el trono más hermoso entre todos los tonos. Hasta ahora por dos veces lo he intentado y dos veces he fracasado, ¿qué debo hacer para que mi deseo se cumpla? 
  • Antes de contestaros a lo que queréis saber, debo deciros que vuestra tierra está maldita. Los elementales que en ella habitan, se combaten, endiablados, por conseguir el poder absoluto. El Fuego trata de consumir al Agua y ésta, a su vez, intenta apagar el Fuego, matando así la vida. El Aire enfurecido impide que la flor dé sus frutos, y la Tierra se endurece poniendo barreras a la brisa del Aire, y todo porque un hechizo se ha apoderado de tu reino, y de su Rey. 
  • No he venido aquí, para escuchar tonterías. Ya veo que he perdido el tiempo, que todo ha sido una burla -dijo enfadado Saturno, su fe estaba cegada y no se daba cuenta de toda la trama-. 
  • ¡Esperad, esperad! -sin duda, Hércules, aún tenía una última carta y sabía que con ella se lo jugaba todo-. Hay una persona que os construirá el palacio. 
  • Decidme quién es y os recompensaré con creces. Su nombre es Pedro. Es un humilde constructor. Lo podréis encontrar en una aldea solitaria, a un día de camino al Norte. 
  • ¿Cómo sabré que es él? -preguntó el Rey-. 
  • No os preocupéis, pues Pedro es la Piedra Angular de la Obra. 
  • Ya empezáis de nuevo. No os entiendo, pero estoy seguro que lo encontraré -y diciendo esto se apresuró a ir en busca de Pedro. No estaba lejos desde donde se encontraba y ya la noche estaba haciendo su aparición-.

Fue el sonido rítmico de aquellos golpes, lo que llamó la atención del Rey Saturno. Supo reconocer en aquel eco la labor de un campesino cortando leña para el hogar. Se dijo que no debía estar lejos de una aldea y que allí podría preguntar por el paradero de Pedro.

Con ese deseo se dirigió hasta el lugar de donde procedían aquellos golpes, no tardando en alcanzar su objetivo.

Ante su mirada apareció una aldea labrada en piedra y madera, a pesar de no ser muy grande estaba estratégicamente bien construida y distribuida.

Los golpes procedían de la zona trasera de la aldea y quiso Saturno llamar la atención de la persona que estaba enfrascada en aquella labor.
  • ¿Quién vive? -por varias veces consecutivas tuvo que elevar su voz, al fin aquel esfuerzo encontró su recompensa. De la parte posterior de la aldea apareció un hombre de mediana edad, no muy alto y delgado. Su rostro estaba curtido por la brisa de la montaña y su mirada se posó firmemente en el Rey Saturno-. 
  • ¿Qué deseáis buen hombre, acaso os habéis perdido? -preguntó, cortésmente, aquel hombre-. 
  • Tal vez puedas ayudarme. Vengo buscando a Pedro, el constructor. Me han dicho que vive por estos lugares. 
  • Bien os han informado, pues yo soy Pedro, el que buscáis. 
  • Al fin os encuentro -dijo entusiasmado, Saturno-, vengo desde muy lejos buscando a la persona que sea capaz de cristalizar mis sueños, y el destino me ha traído hasta aquí. 
  • ¿Y que sueño es ese, que ni todas las riquezas de un reino puede hacer cumplir? -preguntó preocupado Pedro-. 
  • Muchos lo intentaron, pero todos fracasaron -contestó el Rey-. 
  • ¿Qué os hace pensar que yo lo conseguiré? 
  • Dime qué es lo que deseas y te lo daré, ¿deseas renombre, fortuna, quisieras ser jefe de mis ejércitos? Pídeme cuanto quieras y será tuyo, a cambio constrúyeme un palacio donde pueda morar sin que corra peligro. 
  • Tan sólo una cosa os pediré, pero debéis darme vuestra palabra soberana de que así lo haréis. 
El Rey Saturno estaba tan cegado por la sola idea de hacer posible su sueño, que asintió en conceder a Pedro aquello que le pidiera.
  • Pues si estáis dispuesto a hacerlo, os pido que a cambio del palacio, pongáis fin a vuestra avaricia. Haced que la justicia renazca en vuestro reino y poned fin a la tiranía a la que hacéis objeto. Si así lo hacéis, tendréis vuestro palacio os lo aseguro.
Saturno, no lo pensó ni un momento y así lo selló en el Libro del Tiempo.
  • Vamos, preparaos, pues salimos para Capri, sin perder ni un momento.
Pasaron 40 días y 40 noches, y al finalizar la última de estas jornadas, Pedro había culminado su obra.

Todos festejaban aquella gran proeza. Lo que nadie había conseguido en largos meses de trabajo, Pedro lo había hecho realidad en 40 días. No lo hizo, pero lo cierto era que todos quedaron admirados al contemplar su singular belleza.

Pero el Rey Saturno, escarmentado por las experiencias pasadas, no quiso consagrar su victoria sin antes dar un plazo de tiempo.

Sin embargo,en esta ocasión de nada valdría esperar, pues ni el Fuego, ni el Agua, ni el Aire, pudieron afectar lo más mínimo, aquella hermosa obra.

En vista de los hechos, Saturno quiso recompensar, como había prometido, a Pedro y para ello reunió todo su reino.
  • Ya todos -les dijo-, conocéis a Pedro, el Artesano. Su fama se extenderá y viajará veloz como el viento hasta llegar a todos los confines de la tierra. Todos sabrán de su destreza, y muchos querrán comprar su arte. Es por ello que he pensado que debe ser nombrado primer ministro de nuestro reino. 
Un murmullo de júbilo, se confundió entre aplausos y vítores de alegría, los cuales sin duda asentían y compartían la decisión del Rey.

Pedro, a pesar de estar asombrado, también se encontraba alegre pues, así tendría la oportunidad de llevar a cabo muchas ideas que le rondaban por la cabeza.

Pero entre toda aquella multitud, no todos compartían aquella alegría, pues había unos ojos penetrantes, fríos y, en esos momentos, rabiosos por la ira, que deseaban ver destruido a Pedro y a todo el reino de Capri.

Mala, no lo daba todo por perdido. Ahora era su momento, le tocaba a ella jugar sus cartas. Hasta ahora había esperado confiada en que le resultaría fácil poner fin al reino de Saturno, pues su deseo secreto era acabar y destronar a su primo, puesto que pensaba que aquel trono le pertenecía por herencia, pues antes, había pertenecido a su abuelo y de éste pasó injustamente -según ella -, a su tío, el padre de Saturno.

El sabor amargo de la venganza y de la envidia, la había alimentado durante largos años y ahora había conseguido hechizar a su primo Saturno, al que estaba dispuesta a destronar.

Siguiendo una estratagema, Mala, quiso influir astutamente en el Rey, y una vez más le susurró al oído.
  • Mi querido primo, llevad cuidado y no confiéis en Pedro. Cuando sea primer ministro, encontraréis en él un duro rival y además cuenta con el fiel apoyo del pueblo, ¿no creéis que sería mejor darle algún dinero y dejar que se marche? 
Por unos instantes el Rey dudó, estaba profundamente confundido.

Por un lado su corazón le dictaba que actuara como el deseaba, pero aquella voz susurrando en su oído, ejercía un extraño poder sobre su voluntad. Era terrible la lucha que se debatía en su interior.

Para Pedro, aquella situación no le pasó desapercibida y decidió intervenir antes de que fuese demasiado tarde.
  • Señor, perdonadme si interrumpo vuestra atención, pero hemos visto cómo Mala, vuestra prima, se ha acercado hasta vos, y hemos supuesto que tal vez tenga algo que deciros, ¿no es cierto, Mala? le dijo inteligentemente a la malvada prima-. 
  • Bueno, quizás no os interese -titubeó alarmada Mala -, son cosas de familia. 
  • Vamos, no seas tan cortés, ahora todos vamos a formar una verdadera familia -le dijo Pedro-. 
  • Mucho temo que os aburráis..., pero si tanto lo deseáis. -contestó Mala, saliendo del paso como pudo-. Le decía a mi primo que deberíamos extender nuestras fronteras, nuestros límites y conquistar nuevas tierras. Hace ya algún tiempo que nuestros vecinos del Este y Oeste, nos amenazan con la fuerza. Ahora que tú eres el primer ministro, seguro que conseguiremos vencerles.

...continuará

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