martes, 3 de enero de 2017

Cuento para Capricornio: "Pedro, el Maestro Constructor-Final"


La astucia de Mala supo ganar el apoyo del pueblo, el cual pidió a gritos que fuese Pedro quien guiara el ejército. 
  • Está bien, esperad -dijo el Rey Saturno-. Antes de emprender esa empresa prometí a Pedro algo pero, ahora no recuerdo que es. ¿Puedes recordármelo querido amigo? -dijo dirigiéndose a Pedro-.
  • En verdad me ofreciste renombre, riquezas y poder, pero yo todo eso lo rechacé. A cambio de ello solicité que pusieras fin a la avaricia y a la tiranía, ¿qué tenéis que decir a ello?
  • Noble es tu gesto al rechazar poder y riqueza. A cambio yo te concedo lo que pides y a partir de ahora, en este reino la avaricia dejará de florecer.
  • ¡Qué así sea! -al unísono, todo el pueblo gritaba jubiloso, asintiendo aquel decreto real. Y aquel deseo quedó sellado para siempre en el Libro Sagrado del Tiempo-. 
Pero, para Mala, aquello no era perder la guerra, tan sólo había perdido una batalla, y aquella misma noche tendría mucho que decir a su favor. 

Aprovechando un descuido de los encargados de servir las bebidas en la cena que estaban celebrando en honor al triunfo conseguido, Mala vertió un elixir mágico en la copa de Pedro y de Saturno. Si bebían de ellas, Mala habría conseguido su propósito, pues a partir de ese momento tendría plena autoridad sobre sus voluntades. 

Desgraciadamente, tanto Pedro como el Rey, sumidos en su ignorancia, elevaron sus copas al cielo y brindaron para que aquel momento de dicha se perpetuara. Pero no sabrían que aquel brindis pondría punto y final a unos momentos de felicidad.

De un sólo sorbo, ambos bebieron sus copas, y al unísono sintieron que algo de si mismo les abandonaba. Tuvieron la sensación de desfallecer pero, en ese instante, una voz poderosa les ordenó que permanecieran allí sentados, y en cumplimiento de ese deseo, ambos quedaron como sin vidas, en espera de ser liberados de aquella cruel prisión.
  • ¡Ja, Ja, Ja! -reía, saboreando la victoria, la enigmática Mala-. Ya nada me separa del trono. Al fin, podré gobernar el reino de Capri. 
En el reino no tardó en correr el rumor de que Pedro había caído en desgracia, que un mal de ojo recaía sobre él y que le habían robado el alma. Su alegría se había desvanecido de la noche a la mañana. Su espíritu, antes constructivo, se había convertido ahora en un carácter huraño, egoísta y ambicioso. 

Su único deseo, ahora, era conseguir mayores riquezas. No le importaba si el precio a pagar fuese la destrucción. 

Al frente de un gran ejército, Pedro, derrotaba uno tras otros, con crueldad y sin piedad a sus enemigos. Su riqueza y fama se fue extendiendo por todo el mundo y era temido por su gran odio y maldad. 

El éxito conseguido en la guerra, vino acompañado de una época de calamidad en el reino. Los campos se habían convertido en tierra estéril. Todo el dinero se invertía en la guerra y ya no quedaba nada para poder comer. La gente empezó a morir de hambre y sed. La miseria se apoderó de Capri y las epidemias asolaban todo el reino. 

Cierto día, y tras una larga batalla que acabó -como era habitual-, con la victoria de Pedro sobre sus enemigos, el héroe temido, se sintió profundamente cansado. Apenado por tanto horror, buscó el cobijo de una roca en la cual poder apoyar la cabeza y descansar de aquella trágica experiencia. 

Sin saber cuánto tiempo había permanecido dormido, se dijo que debía ser medianoche, pues a juzgar por la situación de la Luna, de seguro que el nuevo día estaría a punto de renacer.

Pedro sintió necesidad de mirar a la Luna. Le había parecido ver algo extraño en ella, algo que no era normal, pero sin duda, lo que le llamó su atención fue su especial belleza en aquella noche, ya que lucía ese ropaje de gala que tantas veces la hacia confundir con el sol. Estaba llena, repleta y pletórica de energía.

Deseó Pedro poder contar sus lamentaciones a la Luna, sus tristezas, sus penas del alma y, sin saber cómo sucedió, se encontró allí sólo, cara a cara, ante tan bella dama, hablándole, vaciándose en ella, y ésta a su vez le escuchaba atentamente y le contestaba sabiamente.

Cuando hubo terminado y tras largas horas de charla, Pedro pareció nacer de un pesado sueño. Se sentía libre, y descubrió que había rencontrado una parte de si mismo, que en el pasado le abandonó. 
  • Gracias, amiga, nunca olvidaré lo que has hecho por mí -le dijo agradecido Pedro a la Luna-.
  • Ha sido tu fe la que te ha salvado, Pedro. Si no la hubieses tenido, nunca me hubieras encontrado. Pero ahora ve y salva al rey Saturno y a su pueblo. No lo olvides, pon sal en la comida de Mala y mirra en sus aposentos, si así lo haces, ya nunca más tendrás que temer por su maldad.
Pedro ya no pudo oír aquellas últimas palabras, era tanto el tiempo que había estado ausente que ahora necesitaba aprovechar cada momento. 

Corrió, corrió sin desfallecer y pudo gracias a su esfuerzo llegar en buen momento, pues Mala se disponía a cenar junto a su hechizado primo el Rey Saturno. 

Aprovecho aquel momento en que nadie sabía de su presencia para poner en la cena un poco de sal como le había indicado su amiga la Luna. Una vez hecho esto, subió rápidamente hasta la habitación de Mala y muy cerca de su lecho dejó mirra. 

Ya tan sólo quedaba esperar, pero lo que no sabía Pedro, era qué efectos tendría la sal y la mirra sobre Mala. 

El esperaba que fuera a poner fin a su vida, pero nunca pensó en que aquella sal y aquella mirra conseguirían todo un milagro.

Mala tomó la cena y no pudo evitar el darse cuenta de que algo extraño sucedía en su plato.

Cegada por la desconfianza hizo cambiar los platos de todos, pero descubrió que sabían igual. Aquello la tranquilizó y no le dio mayor importancia. 

Aquella noche Mala se sentía incómoda y no tardó en irse a descansar. 

Tan sólo ella podría saber, qué había ocurrido en su vida mientras dormía, pero lo cierto fue que, cuando despertó, Mala no era la misma, se sentía extraña, pero al mismo tiempo liberada de un profundo y nefasto sueño, de una oscura ilusión que la había poseído y atrapado durante años y que ahora había perdido todo su poder de seducción. 

Mala se sintió rebosante de luz, de energía, como jamás antes se había sentido. Deseaba sonreír y comprobó que su rostro era reacio a ello, pero sus deseos fueron más intentos y lo consiguió. Su corazón, bombeaba sangre a un ritmo mucho más alegre y su faz adquirió un tono saludable. Sus ojos eran ahora vivos y su mirada sincera. 
  • ¡Soy libre, libre! Mis sentimientos y mis pensamientos no son prisioneros de la noche. ¿A quién debo este cambio, quién es el ser que me ha devuelto a la vida, a la luz? -preguntó a cuantos encontraba a su paso-.
  • Tal vez me estés buscando, Mala, pero debes saber que no he sido yo quién te ha liberado, sino la magia de una sabia señora que reina sobre los sueños de las personas -le dijo amablemente Pedro, al tiempo que se acercaba hasta ella -. Tú soñaste con ser poderosa y en cambio, olvidaste que para llevar a cabo tu sueño puedes herir a otras personas.  Cada uno ha de tener su propia morada y en ella tejer sus propios sueños, pero sí para conseguir estos, ha de violarse otras moradas y otros sueños, entonces quedaremos presos de nuestra propia avaricia y el daño que hagamos se inscribirá en el Sagrado Libro del Tiempo.
Soñar es bueno y hacer realidad lo que soñamos no deja de serlo.  Pero sí para conseguir lo que soñamos, olvidamos a los nuestros, será nuestra ruindad la que ponga fin a nuestros anhelos. 

Pero a Mala y Pedro, les uniría un común sueño, unir sus vidas y vivir felices en aquel reino. 

Sin duda, ellos no olvidarían la lección y su unión fue bendecida por el Cielo. En cambio lo de ser felices, dependería de su Rey, Saturno, pero dado que él fue su padrino, no tendrían por qué dudarlo, ¿no creéis?

  
Fin

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