lunes, 27 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-2ª parte"


Y pasó el tiempo desde aquel entonces. Los días habían transcurrido, pero lo había hecho con tanta lentitud -al menos así se lo parecería a los habitantes de Zaim-, que apenas había cambiado la situación.
El llanto aumentaba cada día que pasaba. Los lamentos se habían instituido como el único clamor inteligible. Ya nadie hablaba, tan sólo sufrían.
Los campos, diezmados por aquella tragedia, ya no daban alimentos. Los animales se alimentaban devorándose unos a otros y, muy pronto –temían-, se les acabaría su festín habitual, con lo cual harían peligrar la vida de ellos.
La enfermedad había penetrado en todos los hogares. Nadie estaba salvo ante aquella epidemia. La muerte se fue apoderando poco a poco de los más débiles y amenazaba con poner fin a aquella maldición.
Nadie enterraba a los muertos. No era necesario, pues, curiosamente, aquellos cuerpos sin vida no se descomponían.
Muchos aclamaban el perdón de Jabamiah, sin entender, que aquella dramática situación era el fruto de su obra, les pertenecía.
Ya nadie reía, ni sentían la necesidad de gratificar sus instintos de placer. Ahora la soledad era real, nadie la escondía con superfluos hábitos.
Era tanta la desesperación, que en muchos hogares, los padres de familia al ver cómo su hogar se desvanecía presa del dolor y de la muerte, decidieron acortar sus sufrimientos y abandonar la vida antes de tiempo, y la única solución que encontraron fue el suicidio.
Esto sucedió en el hogar de Juan. Muchos de sus hermanos habían perecido víctimas de la enfermedad, una enfermedad extraña que los sumía en un sueño profundo y letárgico.
El padre de Juan había sido siempre débil de espíritu y no supo soportar por más tiempo aquella situación, por lo que, en un momento de profunda soledad, puso fin a su vida, pensando que aquello era la mejor solución, lo que le permitiría no sufrir más.
Pero se equivocó de nuevo, pues una vez que se creyó muerto, descubrió con sorpresa, que lo que en verdad había muerto era su cuerpo físico, su atuendo material pero él, desdichadamente, aún estaba allí, vivo, consciente, y aunque su cuerpo yacía inerte y sin vida, continuaba sintiendo igual que antes, incluso percibía las mismas necesidades. Pero cuanto horror sintió al descubrir que ahora no podría satisfacerlas, pues ya no tenía cuerpo.
Aquella dolorosa impresión, junto al sufrimiento que veía reflejado en los corazones de su esposa e hijos, lamentando aquella muerte, hizo que aquel desdichado e infeliz hombre, descubriera la insensatez que había cometido.
Había querido escapar y evadirse de una situación opresiva, y lo único que había conseguido era perder la única arma disponible, su cuerpo, ya que sus sentimientos y pensamientos seguían vivos.
El padre de Juan observaba expectante, sin comprenderlo muy bien, cómo su familia cuidaba su cuerpo inerte.
El llanto de sus seres queridos desgarraba su corazón. Quiso hablarles con la intención de advertirles, de que no se preocupasen por él, pues no estaba muerto, todo lo contrario se sentía más vivo que nunca. Pero todo su afán resultó vano, pues nadie de los allí presentes podía oírle.
Casi cayó en el desespero cuando, hasta sus oídos llegó un rumor lejano, que se le antojó como familiar. Buscó con su mirada a su alrededor, pero en aquella inmensidad no pudo encontrar lo que buscaba. Sin embargo, aquel rumor parecía acercarse, sí, a cada momento que pasaba, se le hacía más conocido, pero nunca pudo imaginar que aquella experiencia le iba a producir tanto dolor.
Su rostro quedó crispado, apenas si podía salir de su asombro. Ante sus ojos se mostraba una escena aterradora. Cientos de espíritus, erraban sin rumbo alguno, sumidos en la más inimaginable soledad. Sus cuerpos, poco a poco se desvanecían y muchos aclamaban suplicantes para que les llegase su turno y aquel terrible tormento acabase.
El padre de Juan, confuso por aquella visión, se acercó hasta ellos y les preguntó:
  • ¿Podéis ayudarme?, Necesito saber dónde me encuentro, no comprendo...
Sin dejarle terminar, una voz apagada y vacía le dijo:
  • No te atormentes más. Acabas de integrarte a nuestro pelotón, y vagarás en este valle de lágrimas hasta que tu ciclo de vida llegue a su fin. Debes rezar para que esto sea pronto, puesto que padecerás mientras tanto, hambre y sed, calor y frío. Sufrirás y te contagiarás del dolor ajeno, y todo porque así, tú mismo lo decidiste. Podrás llorar, gritar, pero de nada te valdrá, y ahora incorpórate al grupo pues, otros como nosotros nos esperan en esta ruta endiablada.
  • Esperad, no podéis obligarme. Os lo suplico, esperad, aún no me he despedido de uno de mis hijos, es Juan, el más pequeño. Hace años que no se él. No sé, si habrá muerto. Partió un día de casa, en busca de una esperanza, pero aún no ha regresado.
  • Vamos, no insistas. Tiempo tuviste, cuando terrenalmente vivías para poder amar a tus hijos, ahora el tiempo es cruel con nosotros y cada segundo se nos hacen horas y las horas años.
  • Os prometo que me reuniré con vosotros. Siempre he sido un hombre de palabra, podéis creerme. Tan sólo quiero saber de mi hijo Juan -dijo suplicante aquel padre infeliz-.
  • Está bien, pero no olvides tu promesa. Acércate a la Morada de Eyael, él te revelará la verdad que buscas.
Y diciendo esto, aquel pelotón continuó lentamente su camino. No tenían prisa. Todos esperaban la liberación de aquella pesadilla que los mantenía cautivos de sus deseos, deseos que no podían satisfacer.
El padre de Juan buscó la morada de Eyael, y no tardó en llegar hasta sus puertas. Se acercó hasta la entrada y cuando aún no la había alcanzado, esta se abría ante él, invitándole una voz desde su interior a pasar.
  • Adelante, no tengas miedo. Te encuentras en la Morada de Eyael. Supongo, que querrás saber qué ha sido de tu hijo Juan, ¿no es cierto?
  • En efecto, así es. No tengo mucho tiempo, pues un largo recorrido me aguarda. He violado un principio capital atentando contra mi vida, pero antes quisiera despedirme de Juan. ¿Vive aún? -preguntó angustiadamente el desdichado espíritu, al que le aguardaba vagar errante por muchos años-.
  • Míralo por ti mismo.
Y diciendo esto, todo el paisaje se transfiguró, trasladándole a un lugar desconocido. Era un lugar diferente al que había conocido los últimos años. Le recordaba el pasado, cuando aún los preceptos de la Diosa Venus no habían sido violados.
Entre aquel hermoso paraje y confundiéndose con tanta belleza, pudo descubrir a Juan, su hijo pequeño. Estaba sumido en un profundo sueño. Le notó más envejecido y cansado, sus ropas hacían presumir que había caminado durante mucho tiempo y sufrido muchas penalidades. El padre de Juan se preguntó, cómo podría comunicarse con su hijo y fue Eyael, el que le dio la solución.
  • Puedes manifestarte aunque sea por una sola vez, en sus sueños, pero no lo olvides, tan sólo tienes una oportunidad.
Y siguiendo aquellas instrucciones, el padre de Juan penetró en los sueños de su hijo, y desde allí, le inspiró que tuviera fe, invitándole a no abandonar su empresa. Le habló de su familia y de su pueblo. Le explicó cuanto daño se había hecho así mismo acortando su vida, pero aún tenía la esperanza, de que algún día, todos volverían a encontrarse de nuevo en Zaim, la tierra de la alegría.
Con ese grato recuerdo, Juan saboreaba y recibía aquel nuevo día, y tuvo la sensación extraña, de que aquel sería un día muy especial.

...continuará

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada