domingo, 26 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-1ª parte"


Coincidiendo con el ocaso del Sol, Zaim, la tierra de la alegría, resucitaba de su letargo abriendo sus puertas al espíritu ardiente y a los corazones deseosos de saciar sus apetencias y sus sentidos, con el dulce sabor del placer.

El jubiloso compás de la música, acompañaba melodiosamente a los cantos y risas que se confundían -sin que ello pareciera preocupar a nadie-, entre el alboroto de la gran multitud.
Todo un derroche de energía dibujaba el paisaje de aquella tierra. A cada atardecer y como sonámbulos de un sueño, cada uno hacía lo que le venía en gana, sin que, entre toda aquella confusión y caos, alguien pusiera orden.

El alcohol amenazaba con inundar las calles, y aquello parecía ser la mayor de las delicias de cuantos allí se encontraban.
Apenas si se podía respirar sin dificultad, el aire, enrarecido por el hedor nauseabundo de la basura y desechos, contaminaba con pesadez toda la atmósfera.
Pero aquello no impedía que los habitantes de Zaim continuaran con sus desmanes. Satisfacer sus deseos, era su única preocupación y por ello se encontraban entregados, en cuerpo y alma, en la conquista de la gratificación de sus placeres.
Nada les importaba, querían ignorar si cuanto hacían, estaba bien o mal. La única verdad que entendían, era conseguir cuantas cosas deseasen.
Zaim, la tierra de la alegría, protegida por la diosa de la belleza, Venus, había dejado de serlo. La alegría hacía ya tiempo que fue confundida, su trono fue ocupado por el espíritu del goce, y desde entonces la gran mayoría de cuantos habitaban en aquellas tierras, vivían tan sólo para gratificar sus apetencias de placer.
Aquella tierra, fecunda de miel y leche, se convirtió en una tierra estéril, donde su único alimento era la soledad.
Todos tenían un profundo y secreto pánico a la soledad, y es por ello, que uno uno se fueron cobijando en un mundo de ilusión, irreal, pero que, a cambio de vivir en él, les permitía olvidar su temor ante la soledad.
De este modo, ocupaban todo su tiempo en celebrar grandes fiestas y seductores bacanales, y todo ello se convirtió en su único afán de conquista.
Muchos pensaron que el alcohol, las drogas y una vida entregada al placer, era la solución que les permitiría alejarse de esa sombra de tinieblas.
Pero aquel error no podía perdurar y perpetuarse por más tiempo, ya que Zaim se había convertido en una tierra de basura y desperdicio, donde los únicos que se sentían a gusto eran las alimañas y los depredadores.
Viendo la Diosa Venus, que la tierra que un día bendijo se había adulterado y corrompido, decidió mandar a un enviado.
Se trataba de un ángel mensajero, cuya misión era comunicar a aquel pueblo el mensaje de la Diosa.
Y así ocurrió, que cierto día, cuando aún muchos dormían, aquel ángel descendió a la tierra de Zaim y no pudo evitar el sentir una profunda pena.
De muchos rincones a la vez, le llegaba el desgarrador llanto del sufrimiento.
En su pecho sintió un profundo dolor, y la compasión le llevó hasta aquellos seres afligidos.
Haciendo uso de su poder, aquel ángel tomó su trompeta y elevándola hasta la inmensidad del cielo, la hizo coronar, y de ese quejido celestial nació una extraña melodía, que sin duda era digna de una presencia angelical.
Fueron sorprendentes los resultados y efectividad de aquella llamada. De inmediato, el ángel se encontró rodeado de una gran multitud y mirándolos compasivamente, se dirigió a ellos diciéndoles:
·     Mi nombre es Jabamiah, Verbo que produce todas las cosas. He sido enviado por Venus, la Diosa que bendice desde su trono esta tierra de belleza y alegría. La tristeza ha penetrado en su corazón, al ver que la dicha con la que os rodeó ha sido motivo de desgracia, y ahora debéis reconocer vuestro error.
Habéis caído en las más bajas de las acciones. Habéis adulterado el alimento que se os entregó y vuestra irresponsabilidad a envenenado esta tierra. Es por ello que permanecerá estéril hasta que la basura que habéis sembrado desaparezca.
En mi habéis encontrado siempre a un aliado, y sin que lo hayáis sabido, os he ofrecido el aliento de la regeneración y he estado a vuestro lado inspirando el espíritu de la resurrección.
Mi trompeta ha sonado y su tono ha sido siempre elevado, pero ahora os digo que vagaréis en la confusión y un pesado mal caerá sobre esta tierra.
No penséis que esa maldición es obra mía. Sabed que es la sombra que habéis tejido y que ahora retorna a su dueño.
Muchos deberéis gritar para hacer que vuestro verbo llegué hasta mi, pues espesa es la red que cubrirá.
Y diciendo estas últimas palabras, el ángel Jabamiah desapareció entre los átomos del éter.
Todos parecían haber enmudecido. Tan sólo se atrevió a interrumpir aquel frío silencio, el acostumbrado rumor de las ratas devorando su festín diario.
Alguien gritó desesperado...
  • Matad a estas ratas, os lo ruego matadlas...
Pero todos estaban muy ocupados, pensando en lo que acababan de conocer por el ángel.
A pesar de que muchos dudaron, otros más prudentes, sintieron una sincera fe en las palabras de aquel enviado.
Pasaron tres días desde que aquel incidente tuviera lugar. Muchos dicen que el tiempo lo hace olvidar todo, y esta apreciación fue una gran verdad para la gran mayoría de cuantos habitaban en Zaim.
Tan sólo tres días bastaron para alejar aquel miedo, que en un principio atemorizó todos. Estaban convencidos de que nada ocurriría, y la certeza de sus apreciaciones era palpable, nada había ocurrido.
Autoconvencidos de que nada iba a pasar, volvieron a las andadas, y una vez más, coincidiendo con el atardecer, las bebidas, las drogas y el placer, violaron de nuevo la paz de aquella tierra.
Pero no lo harían por mucho tiempo más, pues en ese mismo instante, todos pudieron oír un grito escalofriante.
  • Acudid, acudid todos, es el espíritu de la muerte que se acerca a nosotros. Venid, salid de vuestras infernales cuevas, la maldición de Jabamiah, se ciñe sobre esta tierra.
El pánico no tardó en apoderarse de aquel gentío. Todos corrían despavoridos y asustados. En aquella confusión, muchos perecieron pisoteados por sus propios compañeros, pero la verdad es que nadie se quería perder aquel espectáculo.
Entre las montañas, una sombra oscura y pesada parecía dibujarse. Poco a poco, como una sombra con vida, se iba extendiendo cada vez más. No tardaría en ganar el espacio que la separaba de aquella tierra, y este pensamiento obsesionó las mentes de todos cuantos allí se encontraban expectantes.
No tardó en hacer su aparición de nuevo el pánico. Todos querían huir de aquel lugar, pues temían que aquella sombra, pondría fin a sus vidas.
Lo cierto era, que en la más profunda confusión, muchos quisieron abandonar aquellas tierras, pero no pudieron ni tan siquiera llegar hasta sus casas, pues aquella sombra cubrió, con un manto de espesa niebla, todo el lugar.
Zaim se encontraba totalmente cubierta y la noche se ciñó en su contorno, y cuando esto ocurría, una voz llegada del cielo exclamó:
  • Así permanecerás Zaim, sin luz, hasta que tu pueblo abra de nuevo las puertas de la verdadera vida.
Y muchos quedaron paralizados por el miedo, y el llanto acompañó al lamento,  y juntos visitarían casa por casa, hogar por hogar.
Pero entre tantos, no todos se sentían culpables de aquella maldición. Sí se lamentaban, pero no era por la situación actual, sino porque debieron haber abandonado aquellas tierras hacía ya mucho tiempo.
En uno de los hogares, situado más al norte de Zaim, vivía una familia respetable y humilde.
Muchos decían que se distinguían de las demás familias, porque el más pequeño de los hijos de aquel matrimonio, Juan, jamás nadie lo había visto gratificando las ansias del placer, lo que sí en cambio, era algo común en el resto de las familias.
Juan, gracias a sus sentimientos de haber de abnegación, había adquirido un corazón sincero, y sus deseos no eran otros hacer de servir a cuantos necesitaban de su ayuda.
Por esta razón era odiado por sus siete hermanos, los cuales en el fondo lo que querían era ser igual que él, imitarle, pero estaban tan influenciados por los demás, que no dejaban tiempo para actuar, al igual que su hermano menor.
En aquella trágica situación, Juan trataba de tranquilizar a sus hermanos y padres, pues sintiéndose víctimas de aquella maldición, lloraban desesperadamente sin saber qué hacer.
Aquella situación de tanta aflicción le parecía irresistible. No podía ver sufrir a los demás y menos aún a su familia.
  • Por favor padre, hermanos, no lloréis, debéis tener fe. La Diosa Venus, no nos abandonará -le dijo Juan a su familia, intentando fortalecerles-.
Pero sus hermanos no estaban dispuestos a aceptar su aire de compasión y por ello, el mayor le contestó:
  • Cállate, infeliz, ¿acaso no tienes ojos en la cara para ver que todos vamos a morir?
El miedo les impedía razonar. Todos creían que iban a perecer, pero Juan quiso ayudarles a comprender aquella situación.
  • Estás en un error, hermano. Nadie va a morir por esta espesa niebla. Recordad lo que dijo el ángel Jabamiah. Todo desaparecerá cuando seamos capaces de poner fin a esta tierra de basura que hemos generado.
  • Ya que todo lo sabes, dinos, ¿quién es capaz de limpiar tanta miseria y desolación? Nadie se aventurará en esa empresa.
  • Te equivocas de nuevo, hermano. Yo mismo, si quisiereis, me atrevería.
Inspirado por una fe inalterable, Juan quería demostrar a sus hermanos que todo aquello no era más que una ilusión, un espejismo, y armado con la única fuerza que conociera, el amor, estaba dispuesto a poner fin a esta situación.
En cambio, el ofrecimiento de Juan sería utilizado por sus hermanos, que desde hacía ya tiempo venían tramando deshacerse de él.
Ahora veían que la oportunidad les favorecería para llevar a cabo su traición y fue por ello, por lo que todos cambiaron de actitud, pensando que si convencían a Juan para que emprendiera aquella empresa, ya no lo volverían a ver nunca más.
  • Quizás tengas razón, hermano -le dijo el mayor de ellos-, tu siempre has demostrado un especial interés por el necesitado. Ahora puedes ayudarnos a todos, necesitamos de tu ayuda, pues ya ves cómo sufrimos. Es una buena idea. Debes ir y encontrar la solución. No dejes que el tiempo transcurra. Cada momento que pasa, nos sentimos más angustiado.
Aquella cruel estrategia, no serviría para convencer a Juan, el pequeño de los hermanos. Él no necesitaba el estímulo de ellos, pues nunca lo había encontrado, pero a pesar de esto, la compasión que sentía por tanto sufrimiento, fue motivo suficiente para que decidiera emprender el camino hacia un lugar que le era aún desconocido.
La fe era su única guía y sabía que le llevaría hasta el lugar adecuado. Y así, de este modo, Juan, se despidió de su familia, a la que antes de irse prometió que volvería.

...continuará

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