martes, 28 de febrero de 2017

Cuento para Piscis: "Una hazaña de Amor-Final"

Desde que un día se despidiera de su familia, habían pasado tres largos duros años. Durante todo este largo tiempo, Juan había recorrido muchos valles y montañas, pero aún no había encontrado nada que le ayudase a superar la maldición de su tierra.

A pesar de no haber perdido nunca la fe, la verdad era que el sueño de aquella noche le había traído un nuevo entusiasmo. No podía dejar de pensar en su padre, en aquella imagen de tristeza y en las lamentaciones de su pueblo, que sufría como víctima de su ignorancia.
Sumido en esos pensamientos, Juan había coronado una montaña alcanzando su cima. Desde allí, posó su mirada en el horizonte y no supo encontrar lo que buscaba. ¿Dónde debía dirigir sus pasos? En verdad, ¿sabía lo que quería?
Buscaba una solución para poner fin a la basura de su tierra. Necesitaba limpiarla de impurezas, pero era tan inmensa la cantidad, que él sólo no podría, y sintió una profunda decepción. Hasta ahora no se había dado cuenta de que la única posibilidad de que aquella basura desaparecida no estaba únicamente en sus manos. Todo dependía de su pueblo. Él estaba limpio. Aquella suciedad no le había afectado lo más mínimo, sin embargo, su familia y hermanos, sí eran víctimas de aquella tragedia.
Todo dependía del esfuerzo que cada uno pusiera en esa tarea. Enfrentarse a su propia suciedad, a sus errores, a sus temores y debilidades, no les resultaría fácil pero, al menos debían intentarlo.
Una singular alegría, se apoderó de él. Había conseguido comprender dónde se encontraba la solución.
Durante tres años había caminado mucho, buscando en el exterior la solución, pero no supo encontrarla, pues tan sólo podría descubrirla si miraba el interior de cada hombre.
Comprendió que cada hombre debe hacer frente a las circunstancias que haya generado a lo largo de sus vidas y que nunca debe sentir miedo ante aquello que ha creado.
No pudo evitar Juan, el más pequeño de los hermanos de una humilde familia, que su corazón sintiese una extraña compasión, y fue tan intenso el dolor que sintió todo su cuerpo, que no pudo evitar doblegarse y gemir suplicante al cielo, que le otorgarse su perdón.
El amor de Juan era tan sincero y puro, que había ganado como recompensa a su labor, recibir todo el sufrimiento de su pueblo, para que de este modo poder abnegadamente solicitar su redención.
Si alguien hubiese sido testigo de lo que allí ocurrió, hubiera podido contar, como una sombra densa y poderosa se apoderó del cuerpo de Juan, y cuando esto ocurrió, el generoso Juan no pudo evitar expresar su dolor, dolor que casi pone fin a su vida.
Doblegando el cuerpo, apoyó ambas rodillas en el suelo. Apenas si podía respirar, se asfixiaba. Aquellas impurezas, habían obstruido sus pulmones y a duras penas conseguía tomar un poco de aire. Su corazón estaba destrozado. Un profundo vacío luchaba con el ardor que habitualmente anidaba en él.
Todo parecía que iba a acabar este modo, y sin embargo, no se sentía disgustado, ni arrepentido. Ahora sabía que su fe, su esperanza, se realizaría. Nunca pensó que el precio a  pagar fuese su propia vida, pero el único modo de ganar el arrepentimiento de su pueblo, era integrando sus debilidades y errores en si mismo.
Aceptando aquella prueba, Juan recibió todo el mal generado por Zaim, su pueblo, y ese mal le ahogaba y estaba punto de destrozarle. Sintió cómo llegaba la última hora, ya apenas podía respirar y su corazón latía con mucha dificultad. Era humano, tan humano como sus hermanos y por ello no pudo evitar, que sus ojos se inundaran de lágrimas.
En verdad sentía abandonar la vida. No temía a la muerte, pero su obra culminada con aquel sacrificio.
Su rostro fue a golpear el suelo con dureza y ello permitió que las lágrimas de sus ojos se vertieran libremente la tierra, y cuando esto ocurrió, nunca nadie podría imaginar, lo que allí sucedió.
De repente, la tierra se agitó y aquella enorme montaña se movió, como si de un ser vivo se tratase, dejando paso al brote de dos fluidos manantiales, que se convirtieron en hermosos ríos.
El cauce de aquellas aguas, llegó al lugar donde se encontraba Juan, acariciándole plácidamente en el rostro, y aquel encuentro tuvo un resultado mágico.
Los ojos de Juan se abrieron de nuevo y su corazón comenzó a latir de un modo especial.
Ya nada le impedía respirar y la presión de aquella sombra había desaparecido por completo.
Juan no pudo evitar manifestar su alegría y su entusiasmo. No sabría explicar lo que allí había ocurrido, pero la verdad es que tampoco le importaba mucho, lo único que le preocupaba en estos momentos era volver a su tierra, y guiado por ese deseo, siguió el cauce de aquellos ríos.
Sin saber cuántos días anduvo, apenas si descansada y, sin embargo, no parecía desfallecer. Aquel esfuerzo tuvo su recompensa, ya que al final de aquella jornada, cuando el ocaso del sol se dejaba despuntar, alcanzó la cima de una de tantas montañas y desde allí, pudo contemplar una escena que jamás podría olvidar.
A la altura de una profunda garganta aquellos ríos se juntaron en un amistoso encuentro, formando un solo brazo.  Continuaron con más brío el camino, hasta que de repente penetró en Zaim, la tierra de la alegría, y como llamado por una sabia misión, las aguas de aquel río arrastraron la basura y arrancaron la suciedad de cuantos rincones existían en aquellas tierras.
Fue una ardua tarea, pero al final, cuando la furia de aquellas aguas se calmaron y su caudal se apaciguó, Juan pudo dar gracias a la providencial ayuda de aquel río, pues Zaim volvía a ser la tierra que en un pasado conoció.
Pero Juan tendría que hacer frente a mayores sorpresas, pues serían muchas las leyendas que se contarían desde aquellos días, que asombrarían a cuantos viajeros visitasen Zaim, mas todas ellas tenían fundamento, pues cuentan, después de muchos años, que aquellos que habían perecidos víctimas de la enfermedad, del hambre, de la tristeza, incluso cuantos se quitaron la vida, volvieron a ella, y de esto, el propio Juan fue testigo, ya que cuando llegó a su hogar, encontró a su familia vistiendo ropas de luto, pero no tuvo que preguntar el motivo pues, a su espalda una voz le llamó por su nombre..., y aquella voz le recordó cierto sueño.
Era su padre que le llamaba, pues había vuelto. Le llamaba, como lo había hecho en aquel extraño sueño.
Juan y sus padres, al igual que otras muchas familias, se encontraron en un fuerte abrazo, y cuando las lágrimas se confundieron con la alegría del corazón, el tronar de una trompeta abrazó el cielo.
Pero ya nadie tendría miedo, pues sabían que se trataba de Jabamiah, el verbo que produce todas las cosas, que daba las gracias a su pueblo.

Fin

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