jueves, 14 de julio de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 196

LECCIÓN 196

Es únicamente a mí mismo a quien crucifico.

1. Cuando realmente hayas entendido esto, y lo mantengas fir­memente en tu conciencia, ya no intentarás hacerte daño ni hacer de tu cuerpo  un esclavo de la venganza. 2No te atacarás a ti mismo, y te darás cuenta de que atacar a otro es atacarte a ti mismo. 3Te liberarás de la demente creencia de que atacando a tu hermano te salvas tú. 4Y comprenderás que su seguridad es la tuya, y que al sanar él, tú quedas sanado.

2. Tal vez no entiendas en un principio cómo es posible que la misericordia, que es ilimitada y envuelve todas las cosas en su segura protección, pueda hallarse en la idea que hoy practica­mos. 2De hecho, esta idea puede parecerte como una señal de que es imposible eludir el castigo, ya que el ego, ante lo que considera una amenaza, no vacila en citar la verdad para salvaguardar sus mentiras. 3Es incapaz, no obstante, de entender la verdad que usa de tal manera. 4Mas tú puedes aprender a detectar estas necias maniobras y negar el significado que parecen tener.

3. De esta manera le enseñas también a tu mente que no eres un ego. 2Pues las formas con las que el ego procura distorsionar la verdad ya no te seguirán engañando. 3No creerás que eres un cuerpo que tiene que ser crucificado. 4Y verás en la idea de hoy la luz de la resurrección, refulgiendo más allá de todos los pensa­mientos de crucifixión y muerte hasta los de liberación y vida.

4. La idea de hoy es un paso que nos conduce desde el cautiverio al estado de perfecta libertad. 2Demos este paso hoy, para poder recorrer rápidamente el camino que nos muestra la salvación, dando cada paso en la secuencia señalada, a medida que la mente se va desprendiendo de sus lastres uno por uno. 3No necesitamos tiempo para esto, 4sino únicamente estar dispuestos. 5Pues lo que parece requerir cientos de años puede lograrse fácilmente -por la gracia de Dios- en un solo instante.

5. El pensamiento desesperante y deprimente de que puedes ata­car a otros sin que ello te afecte te ha clavado a la cruz. 2Tal vez pensaste que era tu salvación. 3Mas sólo representaba la creencia de que el temor a Dios era real. 4¿Y qué es esto sino el infierno? 5¿Quién que en su corazón no tuviese miedo del infierno podría creer que su Padre es su enemigo mortal, que se encuentra sepa­rado de él y a la espera de destruir su vida y obliterarlo del uni­verso?

6. Tal es la forma de locura en la que crees, si aceptas el temible pensamiento de que puedes atacar a otro y quedar tú libre. 2Hasta que esta forma de locura no cambie, no habrá esperanzas. 3Hasta que no te des cuenta de que, al menos esto, tiene que ser comple­tamente imposible, ¿cómo podría haber escapatoria? 4El temor a Dios es real para todo aquel que piensa que ese pensamiento es verdad. 5Y no percibirá su insensatez, y ni siquiera se dará cuenta de que lo abriga, lo cual le permitiría cuestionarlo.

7. Pero incluso para cuestionarlo, su forma tiene primero que cambiar lo suficiente como para que el miedo a las represalias disminuya y la responsabilidad vuelva en cierta medida a recaer sobre ti. 2Desde ahí podrás cuando menos considerar si quieres o no seguir adelante por ese doloroso sendero, mientras este cam­bio no tenga lugar, no podrás percibir que son únicamente tus pensamientos los que te hacen caer, presa del miedo, y que tu liberación depende de ti.

8. Si das este paso hoy, los que siguen te resultarán más fáciles. 2A partir de aquí avanzaremos rápidamente, 3pues una vez que entiendas que nada, salvo tus propios pensamientos, te puede hacer daño, el temor a Dios no podrá sino desaparecer. 4No podrás seguir creyendo entonces que la causa del miedo se encuentra fuera de ti. 5Y a Dios, a Quien habías pensado deste­rrar, se le podrá acoger de nuevo en la santa mente que Él nunca abandonó.

9. El himno de la salvación puede ciertamente oírse en la idea que hoy practicamos. 2Si es únicamente a ti mismo a quien crucificas, no le has hecho nada al mundo y no tienes que temer su venganza ni su persecución. 3Tampoco es necesario que te escondas lleno de terror del miedo mortal a Dios que la proyección oculta tras de sí. 4Lo que más pavor te da es la salvación. 5Eres fuerte, y es fortaleza lo que deseas. 6Eres libre, y te regocijas de ello. 7Has procurado ser débil y estar cautivo porque tenías miedo de tu fortaleza y de tu libertad. 8Sin embargo, tu salvación radica en ellas.

10. Hay un instante en que el terror parece apoderarse de tu mente de tal manera que no parece haber la más mínima espe­ranza de escape. 2Cuando te das cuenta, de una vez por todas, de que es a ti mismo a quien temes, la mente se percibe a sí misma dividida. 3Esto se había mantenido oculto mientras creías que el ataque podía lanzarse fuera de ti y que éste podía devolvérsete desde afuera. 4Parecía ser un enemigo externo al que tenías que temer. 5Y de esta manera, un dios externo a ti se convirtió en tu enemigo mortal y en la fuente del miedo.

11. Y ahora, por un instante, percibes dentro de ti a un asesino que ansía tu muerte y que está comprometido a maquinar castigos contra ti hasta el momento en que por fin pueda acabar contigo. 2No obstante, en ese mismo instante es el momento en que llega la salvación. 3Pues el temor a Dios ha desaparecido. 4Y puedes apelar a Él para que te salve de las ilusiones por medio de Su Amor, llamándolo Padre y, a ti mismo, Su Hijo. 5Reza para que este instante llegue pronto, hoy mismo. 6Aléjate del miedo y dirí­gete al amor.

12. No hay un solo Pensamiento de Dios que no vaya contigo para ayudarte a alcanzar ese instante e ir más allá de él prontamente, con certeza y para siempre. 2Cuando el temor a Dios desaparece, no queda obstáculo alguno entre la santa paz de Dios y tú. 3¡Cuán benévola y misericordiosa es la idea que hoy practicamos! 4Acó­gela gustosamente, como debieras, pues es tu liberación. 5Es a ti a quien tu mente trata de crucificar. 6Mas tu redención también pro­cederá de ti.


¿Qué me enseña esta lección?

Si tu mente te lleva a creer que ere un pecador, que es posible pecar, entonces creerás, igualmente, en que la crucifixión es la única vía que te redimirá de la culpabilidad, y aceptarás el castigo como la moneda de cambio que te liberará del miedo que te inspira el caminar en la soledad, sin la protección de tu Dador, de tu Creador.

Hemos interpretado la crucifixión como un acto de redención protagonizado por el Hijo de Dios, que viene a confirmarnos que Dios está muy enfadado con la humanidad. Esta interpretación condiciona el sentimiento de Temor que albergamos hacia una Divinidad vengativa que nos juzga por nuestros pecados.

Sin embargo, la crucifixión es el mensaje de la verdadera resurrección. Determina la única verdad del Espíritu ante la falsedad del cuerpo.

La culpabilidad nos limita al error. Nos lleva a percibir en el otro la causa de nuestros propios temores; de nuestras falsedades; de nuestros errores. Proyectamos sobre los demás, el peso de nuestra culpa. Esa visión la combatimos en los demás, y el castigo se convierte en el arma que utilizamos para liberarnos de nuestros miedos.

Cuando recibimos dolor, odio, traición, engaños, violencia, etc., por parte de los demás, estamos encontrándonos con el espejo que nos habla de nuestro propio trato.

Al recuperar la consciencia de la Unidad, y vemos a los demás como parte de nosotros mismos, entonces, dejamos de sentirnos víctimas de los agravios que recibimos y en su lugar disfrutamos del aprendizaje que nos dispensan.


Ejemplo-Guía: "Llevamos toda la vida crucificándonos y pensamos que nuestros agresores son otros"


Un Curso de Milagros nos presenta un nuevo reto para nuestra mente. Aceptar que no existe un mundo ahí fuera; que lo que percibimos es una proyección de nuestro interior; que nadie, externo a nosotros, tiene la potestad de atacarnos y hacernos daño; que nuestra felicidad no nos llegará desde el mundo exterior, aceptar todas estas afirmaciones y algunas otras de igual calado, sin duda alguna, es toda una invitación a ver las cosas de otra manera.

Llevamos toda nuestra vida, buscando a un Dios externo, cuando en verdad, Dios se encuentra en nuestro interior, o lo que es lo mismo, somos el Hijo de Dios. Somos "dioses" en formación.

Llevamos toda la vida, dando credibilidad a un mundo que no es real, que es una ilusión, experimentando un sueño demencial, en el que nos sentimos víctimas de las circunstancias que creemos vivir. Incluso, dentro del sueño que llamamos vida, en la fase de descanso, creemos soñar y damos un valor real a las pesadillas que soñamos. A pesar de ello, no aceptamos la idea de que nuestra vida pueda ser un sueño.

Llevamos toda nuestra vida, protegiéndonos de nuestros miedos. El miedo no es real, lo hacemos real con nuestra mente. Pero no nos damos cuenta de que será nuestra mente la que nos ofrezca los recursos necesarios para negar la realidad de nuestros miedos.

Llevamos toda la vida, protegiéndonos de los ataques externos; de los inclemencias de tiempo; de los sinsabores de la vida; de las enfermedades; de las pérdidas, etc. Pero no alcanzamos a ver, que el único enemigo real, es el que damos cobijo en nuestra mente; que lo que llamamos bienestar es un sentimiento efímero y perecedero; que los momentos de tristeza, amargura, depresión, etc, son estados de nuestra mente que elegimos proyectar al exterior para percibir nuestra propia soledad.

Cada vez que nuestra mente se identifica con el ego, pone en circulación de forma automática, la visión del miedo. Desde esta visión, es imposible gozar de la felicidad y de la paz. Estamos protegiéndonos de nuestros temores, culpando el mundo que percibimos, pues dirigir ese ataque hacia nosotros pondría fin a la existencia del ego. Elegimos vernos proyectado en el mundo exterior, pero no lo hacemos conscientemente, sino de forma automática. De este modo, buscamos aliados que nos indicarán si nuestra ruta es la correcta o no. Pero elegir ese camino, de miedo, nos lleva directamente a enfrentarnos a la culpa. Estamos dispuestos a matar, para calmar el peso de nuestra propia culpa. Matar, se convierte en un acto externo inspirado por el odio y el temor que sentimos hacia nosotros mismos.

Cuando vemos reflejado en el otro, aquello que no somos capaces de aceptar conscientemente en nosotros mismos, nos lleva a despertar nuestros sentimientos ocultos de culpabilidad, el cual puede alcanzar niveles que nos llevan a ponerle un fin definitivo. Esta son las ocasiones en las que vemos como los hermanos atentan unos contra otro, en un intento de dar muerte a su debilidad interna.

Nuestro interior es la única dirección donde debemos prestar nuestra atención. En él, descubriremos el universo en su totalidad, con sus aspectos luminosos y oscuros. Es nuestra consciencia la que debe estar despierta para elegir crear-amar o fabricar-separar.

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