lunes, 15 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 228

LECCIÓN 228

Dios no me ha condenado. Por lo tanto, yo tampoco me he de condenar.

1. Mi Padre conoce mi santidad. 2¿Debo acaso negar Su conoci­miento y creer en lo que Su conocimiento hace que sea imposi­ble? 3¿Y debo aceptar como verdadero lo que Él proclama que es falso? 4¿O debo más bien aceptar Su Palabra de lo que soy, toda vez que Él es mi Creador y el que conoce la verdadera condición de Su Hijo?,

2. Padre, estaba equivocado con respecto a mí mismo porque no recono­cía la Fuente de mi procedencia. 2No me he separado de ella para aden­trarme en un cuerpo y morir. 3Mi santidad sigue siendo parte de mí, tal como yo soy parte de Ti. 4Mis errores acerca de mí mismo son sueños. 5Hoy los abandono. 6Y ahora estoy listo para recibir únicamente Tu Palabra acerca de lo que realmente soy.


¿Qué me enseña esta lección?

¡Despierta! Deja de castigarte. Deja de sentir temor por el castigo divino. Deja de sentirte merecedor del dolor y del castigo. No eres culpable de nada. No has pecado. Has querido emular a tu Creador, dando vida a una voluntad que te ha llevado a creer que has traicionado a Tu Hacedor.

Eso no es posible. Eso nunca ocurrió. Pon en manos del Espíritu Santo tus asuntos y pídele Expiación para corregir esos errores.

Has olvidado tu santidad, pero Dios, nuestro Padre, te lo recuerda. Él está permanentemente a nuestro lado, en espera de que su Hijo, despierte del sueño de la ilusión.

Si nos condenamos; si nos juzgamos, estaremos privándonos de amor. Toda condena es una invitación al miedo y un rechazo del amor. Si nos condenamos, veremos la condena en el otro y para protegernos de lo que interpretaremos como una ataque, atacaremos, en señal de venganza.


Ejemplo-Guía: ¿Es necesario creer en Dios, para tomar consciencia de nuestra inocencia y de nuestra impecabilidad? 


¿Eres creyente? ¿Dios, existe?

Tal vez pienses que esta pregunta está fuera de lugar y des por hecho de que todos los estudiantes de Un Curso de Milagros, son creyentes y participan de la existencia de Dios.

Bueno, nos vamos a entretener un poco y para hacerlo más interesante, haré una declaración con tintes polémicos: yo no "creo" en Dios y tampoco "creo" en que Dios exista tal y como solemos utilizar esos términos. Os anticipo, antes de que aporte más información sobre este debate, que las creencias sobre la existencia de Dios ha dado, a lo largo de la historia, más de un guión sangriento como consecuencia de las guerras basadas en creencias religiosas. "Yo creo en Dios-Yo no creo en Dios: pues nos peleamos a ver quién tiene la razón".

Las creencias, estoy seguro de que te sonará, pertenecen al modo de pensar del ego. Tanto es así, que el pensamiento original que dio lugar a la creencia en la separación, es la causa-madre que ha parido el resto de creencias que nos llevan a identificarnos con un mundo separado y dividido, a un mundo basado en el miedo y en la culpa.

No hace mucho, me encontré con unos escritos que hablan sobre el tema de la creencia y la existencia en Dios. Su autor es Emilio Carrillo y el título del libro es Dios. Os dejo unas líneas muy interesantes:

“Creencia” y “existencia” de Dios

Hola, Emilio… ¿Podemos comenzar esta conversación con una cuestión muy directa y que requiere una respuesta franca y, hasta cierto punto, comprometida?

¡Claro! ¿Para qué, si no, ha querido la Providencia que mantengamos este encuentro…?

¿Eres “creyente”?

No.

¿Existe Dios?

No.

Te agradezco tu sinceridad y que no te andes por las ramas. Pero, entonces, ¿por qué hablas tanto de Dios en tus charlas y textos?

¡Cómo no voy a hacerlo cuando Dios es Todo y se manifiesta y acontece a cada instante!

Si esto es así, no comprendo tus contestaciones previas.

Me has preguntado si soy “creyente”, que deriva del verbo “creer”, y si Dios “existe”, conjugación del verbo “existir”. ¿Me permites que acudamos al Diccionario de la Academia de la Lengua para verificar el significado de “creer” y “existir”?

¡Tú mismo…!

En lo relativo a “creer”, el Diccionario señala siete acepciones. La primera es “Tener por cierto algo que el entendimiento no alcanza o que no está comprobado o demostrado”. La segunda, “Dar firme asenso a las verdades reveladas por Dios”. Y la sexta acepción se refiere, sin ambages, a “creer en Dios”. En cuanto a “existir”, la Academia ofrece tres posibles usos: “Dicho de una cosa, ser real y verdadera”; “tener vida”; y “haber, estar o hallarse”.

Aplicado al caso, lo que el Corazón y mi experiencia consciencial y espiritual me indican es que ninguna de estas definiciones o determinaciones tienen nada que ver con Dios. ¡Absolutamente nada!

Porque el entendimiento humano sí puede “alcanzar” a Dios, ya que Dios es, íntima y primordialmente, cada uno de nosotros. Y Dios no puede “revelarnos” nada, pues no es ajeno o distinto a nosotros mismos y la “revelación” exige una diferenciación y una separación entre quien la da y quien la recibe. Por ello, con relación a Dios, de nada valen ni el verbo “creer” ni la expresión “creyente”.

Y porque Dios no es una “cosa”, ni “tiene” vida, ni “está” ni se “halla” en parte alguna, tampoco en el célebre Cielo. Por lo que a Dios tampoco le es de asignación el verbo “existir”, ni cabe, por tanto, afirmar que “Dios existe”.


Más adelante, formando parte del contenido de otra pregunta, Emilio concluye con una reflexión con la cual me siento totalmente identificado:

"En este escenario y atendiendo a tu pregunta, es indudable que son numerosas las personas que, en el lenguaje cotidiano, se declaran “creyentes” o hablan de “creer” en Dios o de que Dios “existe”. Y es perfecto, no pasa nada. Simplemente, en su proceso evolutivo, aún no han tomado consciencia de que así, desde sus pensamientos, ideas y esquemas mentales, están marcando una división y una distancia y fabricando una frontera entre Dios y ellas, lo que conduce a la visión de Dios como algo o alguien “exterior”. Pero esa escisión y esa barrera son sólo una ficción mental; no son reales".

En efecto, creer en un Dios externo, es una declaración propia de los juicios del ego. Si somos Hijos de Dios y hemos sido emanados de Su Mente como una Expansión Creadora, no podemos Ser diferentes a como Dios nos ha creado, es decir, no podemos ser un cuerpo separado de su Fuente, sino, la esencia misma de la Fuente.

Concluyo con una reflexión: Si Dios hubiese condenado a su Hijo, en realidad, se habría condenado a si Mismo. De igual manera, cada vez que condenamos a un hermano, lo que estamos haciendo es condenándonos a nosotros mismos.

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