martes, 30 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 243

LECCIÓN 243

Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.

1. Hoy seré honesto conmigo mismo. 2No pensaré que ya sé lo que no puede sino estar más allá de mi presente entendimiento. 3No pensaré que entiendo la totalidad basándome en unos cuan­tos fragmentos de mi percepción, que es lo único que puedo ver. 4Hoy reconozco esto. 5Y así quedo eximido de tener que emitir juicios que en realidad no puedo hacer. 6De esta manera, me libero a mí mismo y a todo lo que veo, de modo que pueda estar en paz tal como Dios nos creó.

2. Padre, hoy dejo que la creación sea lo que es. 2Honro todos sus aspec­tos, entre los que me cuento. 3Somos uno porque cada aspecto alberga Tu recuerdo, y la verdad sólo puede derramar su luz sobre todos nosotros cual uno solo.

¿Qué me enseña esta lección?


Me zambullí en el agua. El contacto con mi cuerpo, me hizo sentir sensaciones contradictorias. Un tramo del agua me hizo apreciar su frescor y mi piel reaccionó de una manera especial; identifiqué en mi mente esa sensación con el concepto de frío. Sin embargo, al bracear unos metros, ese mismo cuerpo, despertó a otra sensación bien distinta. La calidez del agua me llevó a sentir un intenso placer; identifiqué en mi mente esa nueva sensación con el concepto de calor.

Me pregunté en ese instante, cómo hubiese reaccionado mi mente al no conocer los conceptos frío y calor. Sin darme cuenta, tenía asociado el frío con el malestar, mientras que el calor lo asociaba al placer. Me dije, que si tuviese la mente pura como la de un niño recién nacido, qué juicio extraería de aquella experiencia. Cómo reaccionaría ese niño al contacto con el frescor o calidez del agua. ¿Se sentiría molesto con el frío? ¿Se sentiría feliz con el calor?

Tomé consciencia del valor que tiene el juicio. Juzgamos, cuando nos dejamos llevar por la percepción. Es la percepción la que nos lleva a interpretar lo que experimentamos. Lo hace basándose en su fuente cognitiva, la dualidad. Es entonces, cuando valoramos lo agradable como bueno y lo desagradable como malo. Sin embargo, la percepción es unilateral y muy particular. Lo que es bueno para unos o malo para otros, puede ser valorado de manera diferente. Hemos ido más lejos, y hemos establecido costumbres y hábitos, en nuestra cultura, basadas en la percepción. A veces son tan firmes, que estamos dispuestos a defenderlas pese a quien pese.

El sesgo del juicio, nos lleva a ser arbitrarios, pues en verdad carecemos de la visión integral de aquello que estamos juzgando. Es más, el juicio que hacemos sobre lo externo es la proyección de lo que vemos en nuestro interior. Juzgamos lo que vemos externamente ante la negatividad de verlo internamente. Esta dinámica nos lleva a condenar en la medida que nos condenamos a nosotros mismos.

El despertar de la consciencia de la Unidad nos libera del hábito del juicio. Esa consciencia nos llevará a implantar la verdad más allá de la percepción y dará lugar a la mente recta.

Ejemplo-Guía: "Juzgar o no juzgar"

37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. (Lucas, 6:37)

1 No juzguéis para que no seáis juzgados. (Mateos, 7:1)

He rescatado estas dos citas del Nuevo Testamento, para introducir el tema que vamos a tratar con motivo de la Lección de hoy. Ambas citas, confirman uno de los mensajes que se repiten a lo largo de las enseñanzas de Un Curso de Milagros: dar es recibir. En la medida que hacemos uso del juicio, seremos juzgados, es decir, en la medida que sembramos, cosechamos.

Un Curso de Milagros, nos arroja mucha luz sobre el tema del juicio, y me gustaría extraer algunas referencias para ampliar nuestra visión sobre este interesante debate.

3Juzgar no es un atributo de Dios. (T.2.VIII.2:3)

Si aceptamos esta afirmación como verdadera, la cuestión que nos hemos planteado como ejemplo-guía, queda contestada de manera definitiva, pues si hemos sido creados a Imagen y Semejanza de Dios, no podemos ser diferentes a Él, lo que viene a significar, que juzgar no es un atributo que hayamos podido heredar.

Si Dios no juzga, el Hijo de Dios, tampoco. Entonces, ¿por qué juzgamos? Por la misma razón de que hemos olvidado lo que realmente somos y por haber elegido identificarnos con una imagen irreal de nosotros.

El juicio tiene su origen en el pensamiento que nos ha llevado a la percepción, a la separación. Como bien nos define el Texto, "la percepción, no puede tener lugar sin la creencia en "más" y en "menos". La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de substitución y cam­bio. Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar.
¿Qué le ocurre a la percepción en ausencia de juicios, o de nada que no sea perfecta igualdad? Percibir se vuelve imposible". 

Cuando la Biblia dice "No juzguéis y no seréis juzgados" lo que quiere decir es que si juzgamos la realidad de otros no podremos evitar juzgar la nuestra propia. 


La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percep­ción, pero no el conocimiento. 

Los juicios siempre entrañan rechazo. Nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan, ya sea en nosotros o en otros. Lo que se ha percibido y se ha rechazado, o lo que se ha juzgado y se ha determinado que es imperfecto permanece en nuestra mente porque ha sido percibido. 

¿Has experimentado lo agotador que resulta estar permanentemente emitiendo juicios?

Un Curso de Milagros, nos dice a este respecto: "No tienes idea del tremendo alivio y de la profunda paz que resultan de estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase. Cuando reconozcas lo que eres y lo que tus hermanos son, te darás cuenta de que juzgarlos de cualquier forma que sea no tiene sentido. De hecho, pierdes el significado de lo que ellos son precisamente porque los juzgas. Toda incertidumbre procede de la creencia de que es imprescindible juzgar".

Tal vez te estés preguntando, cómo podemos sobrevivir en este mundo sin hacer juicios, sin valorar lo que es bueno o malo. La cuestión radica en que aún sabiendo que este mundo no es real, necesitamos saber lo que es falso o verdadero. 


En este sentido, hay que añadir un nuevo elemento al debate, me estoy refiriendo a la condenación. "La condenación es un juicio que emitimos acerca de nosotros mismo, y eso es lo que proyectamos sobre el mundo. Si lo vemos como algo condenado, lo único que veremos es lo que hemos hecho para herir al Hijo de Dios. Si contemplamos desastres y catástrofes, es que hemos tratado de crucificarlo. Si vemos santidad y esperanza, es que nos hemos unido a la Voluntad de Dios para liberarlo. Estas son las únicas alternativas que tenemos. Y lo que veamos dará testimonio de nuestra elección y nos permitirá reconocer cuál de ellas elegimos. El mundo que vemos tan sólo nos muestra cuánta dicha nos hemos permitido ver en nosotros y  aceptar como nuestra". 

Tal vez nos ayude saber, que los juicios, al igual que cualquier otra defensa, se pueden utilizar para atacar o para proteger, para herir o para sanar. Al ego se le debe llevar a juicio y allí declararlo inexistente. Sin nuestra lealtad, protección y amor, el ego no puede existir. 

He llegado a la conclusión, que mientras nos encontremos viviendo en el "sueño", el único juicio que debemos hacer, sin valor condenatorio, es negar la realidad del ego.


Un Curso de Milagros nos advierte, que "el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir. El único propó­sito del tiempo es "darte tiempo" para alcanzar ese juicio, el cual no es otra cosa que el juicio perfecto con respecto a tus propias creaciones perfectas. Cuando todo lo que retengas en la memo­ria sea digno de amor, no habrá ninguna razón para que sigas teniendo miedo. Ése es tu papel en la Expiación".

Ya sabemos cuál es nuestra función en este mundo, perdonar. El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas.

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