jueves, 13 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 287

LECCIÓN 287

Tú eres mi única meta, Padre mío, sólo Tú.

1. ¿Adónde querría ir sino al Cielo? 2¿Qué podría sustituir a la felicidad? 3¿Qué regalo podría preferir a la paz de Dios? 4¿Qué tesoro querría buscar, hallar y conservar que pudiera compararse con mi Identidad? 5¿Cómo iba a preferir vivir con miedo que con amor?

2. Tú eres mi meta, Padre mío. 2¿Qué otra cosa aparte de Ti podría desear? 3¿Qué otro camino iba a desear recorrer sino el que conduce a Ti? 4¿Y qué otra cosa sino Tu recuerdo podría significar para mí el final de los sueños y de las sustituciones fútiles de la verdad? 5Tú eres mi única meta. 6Tu Hijo desea ser como Tú lo creaste. 7¿De qué otra manera, sino, podría esperar reconocer a mi Ser y volverme uno con mi Identidad?

¿Qué me enseña esta lección?


¿Quién no se ha preguntado en alguna ocasión, cuál es la meta para la que ha sido creado?

Desde pequeño, se nos enseña y se nos prepara para abordar metas enfocadas, únicamente, en logros de tipo material: estudios, profesión, familia y éxitos. Y todo ello, en la dimensión temporal de una vida.

Cualquiera de nosotros, podremos poner de manifiesto, que el logro de esas metas, no nos aporta la felicidad, sino todo lo contrario, se trata de un camino donde se nos exige ser competitivo y donde la victoria va acompañada del pago de un elevado precio: la falta de paz.

Lo anterior forma parte del entorno fabricado por el ego y, por lo tanto, no podremos esperar encontrar la verdad en dicho escenario.

Tendremos que cambiar nuestra visión y ver con los ojos del Espíritu. De este modo, la única meta a la que debemos encomendarnos es alcanzar la condición de la que somos portadores potencialmente: Ser Dios.

Sí, esa es nuestra meta. Somos como Dios nos creó. A su Imagen y Semejanza. Crecemos orientados hacia esa meta, la única que es real; la única que nos ha de aportar la Paz, la Felicidad.

Tan sólo existe un camino que ha de llevarnos hacia el logro de esa meta. Es el camino del Amor, de la Unidad. Podremos demorar nuestra partida, pero tarde o temprano, lo andaremos, pues, es el verdadero camino.

Ejemplo-Guía: "¿Cuál es nuestra meta?

Es evidente que este tema da para mucho debate, pero trataremos de simplificarlo agrupando las posibles respuestas. En este sentido, podríamos hablar de metas materiales y metas espirituales.

Un ejemplo de meta material sería, ser rico y tener muchas posesiones.
Un ejemplo de meta espiritual sería, ayudar al tercer mundo.

Según tu visión personal, te identificarás con una corriente u otra, pero la cuestión que quiero plantear es, si este mundo no es real, por qué tenemos la necesidad de hacer cosas y de poseer cosas. Ya hemos tenido ocasión de reflexionar en una Lección anterior, sobre el hecho de no tener que hacer nada, salvo visionar la verdad que somos, una unidad con todo lo creado.

Un Curso de Milagros lo expresa de este modo:
"La única meta del que se ha decidido por el camino de los milagros es restaurar completamente la Filiación."
No importa lo que haces, sino la "visión" con la que orientas tus pensamientos, los cuales pueden ver un mundo donde la separación sustenta nuestro sistema de creencias o pueden ver un mundo donde impera la unidad, lo que favorece la vivencia de la Filiación.

Recordemos lo que nos dice el Curso sobre la meta final perseguida por el ego:
"La pena de muerte es la meta final del ego porque está convencido de que eres un crimi­nal que merece la muerte, tal como Dios sabe que eres merecedor de la vida. La pena de muerte nunca abandona la mente del ego, pues eso es lo que siempre tiene reservado para ti al final. De­seando destruirte como expresión final de sus sentimientos hacia ti, te deja vivir solo para que esperes la muerte. Te atormentará mientras vivas, pero su odio no quedará saciado hasta que mue­ras, pues tu destrucción es el único fin que anhela, y el único fin que le dejará satisfecho."
Debo reconocer que me impactó esta afirmación, la primera vez que la leí, sobre todo porque tuve dificultad para comprendedla. Lo interpreté como un "suicidio". Pero dicha interpretación es errónea. El ego necesita argumentos para justificar su "realidad", y qué mejor argumento que demostrar que nos somos eternos, haciendo real la temporalidad. El ego tiene asumido que la vida es un tránsito temporal entre el nacimiento y la muerte, y esa creencia es su prueba más evidente de que no somos el Hijo de Dios.

En un entorno más optimista, nos conviene tener presente que la salvación es nuestra meta. Como bien nos advierte el Curso, aparte de eso no hay nada más que elegir. No tenemos ninguna otra meta aparte de la de unirnos a nuestros hermanos, ni ninguna aparte de aquella que le hayamos pedido al Espíritu Santo que compartiese con nosotros.

Tal vez nos suene todo esto a cánticos de sirena y tengamos dificultades a la hora de orientar nuestros pasos, de definir con claridad cuál debe ser nuestra meta, siendo conscientes de que estamos soñando.

A continuación voy a dejaros el contenido de un apartado recogido en el Curso de Milagros, que lo considero una verdadera joya, pues nos aporta una reflexión que nos invita a ponerla en práctica en nuestras vidas y nos revela las razones por la que el sistema de pensamiento utilizado por el ego, nos lleva a sentirnos víctimas, cuando en verdad somo los únicos fabricantes de nuestros sueños.

Cómo fijar la meta
La aplicación práctica del propósito del Espíritu Santo es extremadamente simple, aunque inequívoca. De hecho, para poder ser simple tiene que ser inequívoca. Lo simple es sólo lo que se entiende fácilmente, y para ello, es evidente que debe ser claro. El objetivo del Espíritu Santo opera dentro de un marco general, pero Él te ayudará a hacerlo específico, porque la aplicación práctica es específica. El Espíritu Santo provee ciertas directrices muy concretas que se pueden aplicar en cualquier situación, pero recuerda que tú aún no te has dado cuenta de que su aplicación es universal. A estas alturas, por lo tanto, es esencial utilizarlas en toda situación separadamente, hasta que puedas ver más allá de cada situación con mayor seguridad, y con un entendimiento mucho más amplio del que ahora posees.
En cualquier situación en que no sepas qué hacer, lo primero que tienes que considerar es sencillamente esto: "¿Qué es lo que quiero que resulte de esta situación? ¿Qué propósito tiene?" El objetivo debe definirse al principio, pues eso es lo que determinará el resultado. El ego procede a la inversa. La situación se convierte en lo que determina el resultado, que puede ser cualquier cosa. La razón de este enfoque desorganizado es evidente. El ego no sabe qué es lo que quiere que resulte de la situación. Es consciente de lo que no quiere, pero sólo de eso. No tiene ningún objetivo constructivo en absoluto.
Sin un objetivo constructivo, establecido de antemano y claramente definido, la situación simplemente parece ocurrir al azar y no tiene ningún sentido hasta que ya ha ocurrido. Entonces miras en retrospectiva, y tratas de reconstruirla para ver qué sentido tuvo. Y no podrás sino equivocarte. No sólo porque tus juicios están vinculados al pasado, sino porque tampoco tienes idea de lo que debió haber ocurrido. No se estableció ningún objetivo con el que armonizar los medios. Y ahora el único dictamen que puede hacerse es si al ego le gusta lo que pasó o no, si es aceptable para él o si clama por venganza. La ausencia de un criterio establecido de antemano que determine el resultado final, hace que sea dudoso el que se pueda entender y que sea imposible evaluarlo.
El valor de decidir de antemano lo que quieres que ocurra es simplemente que ello te permite percibir la situación como un medio para hacer que tu objetivo se logre. Haces, por lo tanto, todo lo posible por pasar por alto todo lo que interferiría en su logro, y te concentras sólo en lo que te ayuda a conseguirlo. Es obvio que este enfoque ha hecho que la manera en que distingues lo verdadero de lo falso sea más parecida a la del Espíritu Santo. Lo verdadero viene a ser lo que se puede utilizar para lograr el objetivo, y lo falso, lo inútil desde ese punto de vista. La situa­ción tiene ahora sentido, pero sólo porque el objetivo ha hecho que lo tenga.
Tener a la verdad por objetivo tiene otras ventajas prácticas. Si la situación se usa en favor de la verdad y la cordura, su desenlace no puede ser otro que la paz. Y esto es así independiente de cuál sea el desenlace. Si la paz es la condición de la verdad y la cordura, y no puede existir sin ellas, allí donde hay paz tienen que estar también la verdad y la cordura. La verdad viene por su propia iniciativa. Si experimentas paz, es porque la verdad ha venido a ti, y así, no podrás sino ver el desenlace correctamente, pues el engaño no puede prevalecer contra ti. Podrás reconocer el desenlace precisamente porque estás en paz. En esto se puede ver una vez más lo opuesto a la manera de ver del ego, pues el ego cree que es la situación la que da lugar a la experiencia. El Espíritu Santo sabe que la situación es tal como el objetivo la determina, y que se experimenta de acuerdo con ese objetivo.
Tener a la verdad por objetivo requiere fe. La fe está implícita en la aceptación del propósito del Espíritu Santo, y esta fe lo abarca todo. Allí donde se ha establecido el objetivo de la verdad, allí tiene que estar la fe. El Espíritu Santo ve la situación como un todo. El objetivo establece el hecho de que todo aquel que esté involucrado en la situación desempeñará el papel que le corresponde en la consecución del mismo. Esto es inevitable. Nadie fracasará en su cometido. Esto parece requerir mucha más fe de la que tú tienes ahora, y mucha más de la que tú puedes dar. Esto es así, no obstante, sólo desde el punto de vista del ego, pues el ego cree que la manera de "resolver" los conflictos es fragmentán­dolos, y, así, no percibe la situación como un todo. El ego, por consiguiente, intenta dividir la situación en segmentos y lidiar con cada uno de ellos por separado, pues tiene fe en la separación y no en la unidad.
Cuando el ego se enfrenta a un aspecto de la situación que parece ser difícil, trata de trasladarlo a otro lugar y resolverlo allí. Y parecerá tener éxito, salvo que ese intento entra en conflicto con la unidad, y no puede por menos que enturbiar el objetivo de la verdad. Y no se podrá experimentar paz, salvo en fantasías. La verdad no ha venido porque la fe ha sido negada, al no haberse depositado donde por derecho propio le corresponde estar. De este modo pierdes el entendimiento de la situación que el objetivo de la verdad te brindaría. Pues las soluciones que proceden de fantasías no aportan sino una experiencia ilusoria, y una paz ilusoria no es la condición que le permite la entrada a la verdad. (T.17.VI 1:7)

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