domingo, 16 de octubre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 290

LECCIÓN 290

Lo único que veo es mi actual felicidad.

1. A menos que contemple lo que no está ahí, lo único que veo es mi actual felicidad. 2Los ojos que comienzan a abrirse por fin pue­den ver. 3Y deseo que la visión de Cristo descienda sobre mí hoy mismo. 4Pues lo que percibo a través de mi propia vista sin la Corrección que Dios me dio para ella, es atemorizante y doloroso de contemplar. 5Mas no voy a permitir que mi mente se siga enga­ñando un solo instante más, creyendo que el sueño que inventé es real. 6Éste es el día en que voy en pos de mi actual felicidad y en el que no he de contemplar nada que no sea lo que busco.

2. Con esta resolución vengo a Ti, y te pido que me prestes tu fortaleza, mientras procuro únicamente hacer Tu Voluntad. 2No puedes dejar de oírme, Padre. 3Pues lo que pido ya me lo has dado. 4Y estoy seguro de que hoy veré mi felicidad.


¿Qué me enseña esta lección?


Hago realidad aquello que elijo ver. Si proyecto mi atención sobre el mundo material, hará que la energía creadora adquiera la configuración de partículas, las cuales conforman la dimensión material.

La proyección de la atención en el mundo físico, nos lleva a identificarnos con los ropajes del cuerpo material y a creer en la percepción de la individualidad y a la creencia en la separación.

La visión del ego se fundamenta en la falsa creencia del pecado y de la culpabilidad. Sus relaciones están basadas en el miedo, en el ataque y en la escasez. Siente temor al mundo que le rodea; para protegerse del mundo externo basa su defensa en el ataque, y tiene la percepción de que cuando da, pierde lo que da, para lo cual, decide atesorar y poseer.

Esa visión del mundo, es demente e ilusoria. Y aunque, el ego se entrega, de manera persistente, en la búsqueda de la felicidad, el resultado obtenido es el fracaso, pues, la felicidad no puede formar parte de lo que no es real, y el mundo material, no lo es.

La felicidad pertenece a la dimensión eterna. La felicidad es el Estado natural de Dios. Como Hijos de Dios somos portadores potenciales de ese Estado Anímico. Pero para vibrar a esa frecuencia, debemos elegir que nuestra mente preste atención, es decir, tome consciencia de la Verdadera Esencia Divina: El Amor. De esta manera, conoceremos que somos, realmente, el soñador del sueño que creemos estar teniendo y, ello, nos permitirá elegir entre fabricar sueños felices o por el contrario, experimentar oscuras pesadillas.

Gozaremos de felicidad, cuando abandonemos la creencia en el pecado, en la culpa, en el castigo, en la separación, y en cambio, hagamos consciente el perdón, la inocencia, la expiación (corrección de errores) y la Unidad.

Ejemplo-Guía: "¿A qué llamamos felicidad?

Para mi, esta es la cuestión que debemos tener clara. ¿Dónde ponemos nuestro corazón, en los tesoros de este mundo o en los tesoros que nos ofrece el Cielo?

Donde vivo se suele decir: "cada persona es un mundo". Sí, cada persona tiene su orden de prioridades. Para unos la felicidad puede suponer satisfacer las necesidades más básicas de la naturaleza, alimentarse y poder gozar de un descanso. Sin embargo, lo que para muchos es una experiencia cotidiana, un hábito del que afortunadamente gozan, para otros, alimentarse no se encuentra dentro del rango de sus prioridades y entonces, el nivel de exigencia se manifiesta en otro orden de cosas. Así, como si de una escalera de infinitos peldaños se tratase, la felicidad siempre se convierte en la satisfacción de aquello que no tengo, ni poseo. Es decir, la felicidad es el antídoto que nos cura de la enfermedad de la escasez, de la cual, todos los egos padecen. 

A pesar de los múltiples aspectos con los que se nos puede presentar la búsqueda de la felicidad, podemos agruparlos todos en un patrón. Se trata de un código establecido por las reglas de juego implantada por el ego, la visión de la separación. Desde el sistema de pensamiento característico del ego, donde dar es perder, la felicidad se nos muestra formando parte intrínseca del miedo. La dinámica es la siguiente: Me siento escaso y necesitado y demando, externamente, aquello que ha de saciar mi apetito. Una vez que consigo satisfacer mi necesidad, trato de acumular su bien preciado, pues debemos garantizar que el gozo sea permanente. Pero, de forma inmediata, en vez de permanecer en el gozo que esa satisfacción nos presta, decidimos despertar a la bestia devastadora que duerme en nuestro interior, el miedo. Acabamos de fastidiarlo todo. La felicidad es agridulce. Disfrutamos, pero tememos perder lo que tenemos.

El escenario del ego, el mundo de la percepción, no es el mundo dónde encontraremos la verdadera felicidad, por la sencilla razón, de que está sujeto a las leyes de la temporalidad, donde todo nace y muere. En lo más alto de la escalera que nos conduce a la felicidad, encontramos un deseo oculto que satisface profundamente al ego, el deseo de que el cuerpo sea eterno. Podríamos decir, que ese deseo, evocado en tantas historias a la que ha dado lugar la imaginación creadora de los novelistas, no es más que la manifestación de un recuerdo ancestral de lo que somos: ser eternos. 
El ego, no puede negar que desea imitar a Dios, y por eso fabrica un mundo donde imperan sus leyes. Para el ego, demostrar que su cuerpo puede competir con la eternidad del Ser, siendo igualmente eterno, sería la demostración final de que Dios no existe, pues mientras que el cuerpo puede ser percibido, juzgado y transformado, la imagen de Dios no goza de tal credibilidad.

Pero, para que el gozo del ego fuese completo, también tendría que trasladar el logro de la eternidad, de la perpetuidad, a la felicidad, y eso, aunque lo persigue constantemente yendo de una conquista a otra, no lo podrá lograr, mientras no venza al miedo y eso no lo hará, pues de hacerlo, desaparecería.

Es momento de tener claro cuál es nuestro orden de prioridades con respecto a la felicidad. Pero debemos tener presentes, que es un estado mental, independientemente del mundo exterior. Es una elección que está en manos de nuestra mente y por ello de nuestras creencias. Por todo ello, si en este mundo no vamos a alcanzar la felicidad, mientras que permanezcamos en él, tendremos que desaprender todas las creencias que nos han llevado a pensar que es el este mundo dónde la vamos a encontrar. 

La felicidad, al igual que el Plan de Salvación, no es una conquista individual. No podremos ser felices mientras que nuestro hermano no lo es. Es más, seremos felices, cuando decidamos que nuestra felicidad es hacer feliz a los demás. Estaremos dando, lo que tenemos y en vez de perder lo que damos, lo recibiremos en abundancia. Cuanto más felicidad das, más felices seremos.

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