miércoles, 30 de noviembre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 335

LECCIÓN 335

Elijo ver la impecabilidad de mi hermano.


1. Perdonar es una elección. 2Nunca veo a mi hermano tal como es, pues eso está mucho más allá de la percepción. 3Lo que veo en él es simplemente lo que deseo ver, pues eso es lo que quiero que sea verdad. 4A eso es a lo único que respondo, por mucho que parezca que es a los acontecimientos externos. 5Elijo lo que deseo contemplar, y eso, y sólo eso, es lo que veo. 6La impecabilidad de mi hermano me muestra que quiero contemplar la mía propia. 7Y la veré, puesto que he decidido ver a mi hermano en la santa luz de su inocencia.

2. ¿De qué otro modo podría restituírseme Tu recuerdo, sino viendo la inocencia de mi hermano? 2Su santidad me recuerda que él fue creado uno conmigo y semejante a mí. 3En él encuentro mi Ser, y en Tu Hijo encuentro asimismo el recuerdo de Ti.

¿Qué me enseña esta lección? 

¿Hay algo más hermoso, puro y elevado que el perdón? 

Aquellos que hemos sentido el pesado fardo de la culpa sobre nuestras frágiles espaldas, sabemos el alivio que compensa el sincero perdón. 

He creído notar una cierta diferencia entre perdonar y perdonarse. Hubiera apostado, que perdonar a otros, resulta más fácil que perdonarse a uno mismo. Tal vez, esa ilusión se debiera a que es más fácil ver fuera lo que no vemos dentro. 

Hoy tengo la certeza, de que no hay diferencias, pues en la medida en que perdonamos a otros, estamos realmente afirmando que nos hemos perdonado, pues nadie puede dar lo que no tiene.

Cuando vemos la impecabilidad en nuestros hermanos, estamos manifestando al mundo nuestra condición de perdonar. Estamos compartiendo la fuerza del Amor y el gesto más elevado que podemos expresar es no ver el pecado en nosotros, ni en los demás. De este modo, no tendremos ni tan siquiera que perdonar, pues no hay nada que perdonar.

La siguiente cita, define maravillosamente el contenido de esta lección: “lo que el corazón desea, la mente nos lo muestra”, o dicho de otro modo, “lo que veo es lo que deseo ver”.

Realmente somos afortunados. Ser Hijos de Dios, nos aporta la condición de la Plenitud, de la Gracia, de la Abundancia, pero, lo hemos olvidado. Hasta tal punto ha sido así, que nuestra visión separada, característica del sistema de pensamiento del ego, nos lleva a perseguir como máximos objetivos, la compensación de nuestra escasez, de nuestras necesidades y conflictos, de nuestras preocupaciones y miedos.

El logro de la Paz ha de llevarnos a tener la total Certeza de que Somos Seres Espirituales Plenos y Uno, con Dios y con Todo lo Creado. Cuando esta visión forme parte de nuestras creencias, sabremos lo que es la Salvación.

Ejemplo-Guía: "Lo que el corazón desea, la mente nos lo muestra"

Sí, con esta afirmación, quedamos totalmente desarmados. Si lo que veo es lo que deseo ver, ya no puedo seguir ocultándome a mi mismo, que soy el único soñador de mis sueños, el único fabricante de mis experiencias, del mundo que, ilusoriamente, creo ver.

Todo el Curso, con sus enseñanzas, nos llevan a un punto, que el ego considera muy crítico: desaprender lo aprendido, para volver aprender.

Tenemos la creencia de que hemos andado un largo camino, y durante ese trayecto, a pesar de haber andado el camino junto a nuestros hermanos, en ningún momento hemos percibido que entre ellos y nosotros haya podido existir unidad. La percepción del otro, ha despertado nuestros miedos. Ese miedo no requiere de manifestación externa para experimentarlo. Ya se encuentra en nuestra mente, pues ese miedo es ausencia de amor, ausencia de consciencia de unidad. El miedo que proyectamos en el otro, es un miedo inventado por nosotros mismos. Vivir con miedo, ser consciente de que somos los hacedores del miedo, nos hace débiles y por esta razón, preferimos un agente externo que nos incite a su justificación para poder condenarlo fuera.

La afirmación que da título a este ejemplo-guía, debe conducirnos hacia la verdad. Tal vez, podamos sentir la necesidad de no darle credibilidad, pues hacerlo significa que no podemos continuar culpando a los demás de nuestras acciones. Pero si conseguimos trascender ese temor interior a vernos tal y como somos, recordaremos nuestra verdadera identidad, la cual no es otra que ser el Hijo de Dios. ¿Acaso el hijo no es igual que el padre? ¿Acaso no cuenta con su mismo poder creador?

La Lección de hoy, sin duda alguna, nos invita a despojarnos de nuestra falsa identidad. De manos de la creencia en el pecado, dimos credibilidad a la culpa y con ello, a la falsa creencia de que Dios nos expulsó del "Paraíso" y nos "castiga" por nuestros pecados.

Cuando reflexionamos sobre la supuesta sentencia condenatoria de Dios sobre su descendencia, y lo hacemos con una Visión de Impecabilidad, de Amor, nos resulta muy difícil creer que el Ser de donde emana la Esencia Creadora del Amor, se muestre insensible y juzgue a su creación con rigor. Si eres padre, no te resultará difícil llegar a esa evidencia. Yo soy padre de tres hijos y mi limitado corazón es incapaz de juzgar tal condena.

Esta Lección es una invitación a percibir de manera correcta. A sustituir la errónea creencia en que es en el ataque donde encontraremos la salvación. Ver la Impecabilidad en nuestros hermanos, es el reconocimiento de que somos Uno en la Filiación de Dios.

Ver la Impecabilidad en nosotros mismos y por ende, en los demás, es la evidencia de que nuestra mente sirve al Espíritu y de que nuestros pensamientos se encuentran en paz.

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