sábado, 27 de agosto de 2016

Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - 2ª Parte"


A la muerte del sabio Rey, siguieron tres años de penosos trabajos, y día a día fueron naciendo nuevos sentimientos de rencor y odio, los cuales se iban extendiendo entre los propios habitantes del reino.

La situación había llegado a ser alarmante, el amor había perdido su valor y para muchos era ya una palabra extraña. En  cambio, otros sentimientos crecieron como la mala hierba. El afán de placeres, la avaricia, la mentira, el robo, la tacañería, se habían apoderado del corazón de aquel reino y, como una infernal atmósfera, mantenía a todos cuantos allí vivían en una trágica pesadilla.

Muchos de cuantos presenciaban como víctimas el decaimiento de aquel reino, creían saber la razón de aquella tragedia.

Comentaban entre sí, con profunda tristeza, que la causa de aquella situación debía encontrarse en la desolación que había poseído a la Reina.

Ellos que habían pasado, en sus días de niños, tantos momentos de juego con la Princesa, no podían aceptar tanto odio y soberbia en la misma persona, a no ser que una misteriosa pena se hubiese apoderado de su corazón y le hubiese robado la bondad que siempre anidaba en él. Y la verdad era esa, una trágica realidad.
La Reina era esclava de una poderosa obsesión. Un sentimiento muy profundo que anulaba su razón y que enfriaba su corazón. No podía soportar la idea de ser estéril y aquel sentimiento la destrozaba, hasta el punto de pensar que si ella no era feliz nadie tendría la dicha de serlo.

Desde que se desposara, la Reina Ayna -y después de tres años aún no había conseguido quedar embarazada y lo deseaba tanto que llegó a ocupar aquel deseo toda su vida.

Viendo que el tiempo pasaba y que no lograba sus deseos, pensó que Dios la había abandonado y, en respuesta a ello, decidió luchar contra la felicidad de los hombres.

La maldad se adueñó de su corazón y desde entonces sus pensamientos quedaron cautivos, al servicio del mal.

Cierto día de espesa niebla, hasta las puertas del palacio real llegó el murmullo  de un numeroso gentío, que alborotaban y vociferaban tan jubilosamente que llamó la atención de los Consejeros Reales.

Cuando éstos fueron al encuentro de la muchedumbre que allí asistía, comprobaron que el motivo de aquel revuelo no era otro que la presencia de una anciana, que yacía en el suelo, al parecer en mal estado físico.

Todos quedaron paralizados y nadie sabía que hacer, hasta que uno de los Consejeros más viejos en el reino, aprovechando aquella confusión, dio instrucciones para que llevasen a la desconocida anciana ante la presencia de la Reina y que la sabiduría de ésta, decidiera qué hacer con ella.

Sus instrucciones fueron cumplidas de inmediato, pues nadie se atrevía a prestar asistencia a la pobre anciana por temor a las represalias de la propia Reina.

No tardaron en trasladar el cuerpo desfallecido de aquella ruinosa mujer al salón principal, donde la Reina la recibiría y decidiría por su vida.

Algunos temían que cuando la Reina llegase ya sería demasiado tarde para ayudar a aquella agonizante mujer, de la que nadie sabía nada, ni tan siquiera cómo había podido llegar hasta allí.

Pero en aquella ocasión los Consejeros se equivocarían, ya que sorprendiéndoles a todos, la Reina apareció como una sombra, muy cerca de donde ellos estaban.

A pesar de todo la Reina no era ni el reflejo de lo que había sido. Aquella belleza física, que tanta fama le había reportado, había desaparecido y, en su lugar se podía apreciar las secuelas dejadas por el frío y riguroso paso del dolor. Sus ojos dulces y cálidos se habían transformados, siendo ahora hirientes y duros como la roca. Su pelo, suave y brillante como los rayos del Sol, ya apenas lucían algún brillo que despertara de nuevo la ilusión del amor.

Allí se encontraba, en sepulcral  silencio, esperando que alguno de sus Consejeros le pusiera al corriente de lo sucedido.
En pocas palabras, la temida Reina fue informada de todo cuanto sabían, que no era mucho por cierto. Y no pudiendo contener su  enfado, al no poder conocer todos los detalles, se levantó enérgicamente y dirigió su mirada hacia el suelo buscando el cuerpo casi sin vida de aquella extranjera.
Muchos gritaron de asombro, y otros casi corrieron de miedo, cuando, en el justo momento en que la Reina se dirigía a la anciana, ésta erguía su cuerpo.

Fueron breves los segundos que pasaron en el tiempo, pero el misterio de lo que allí ocurrió, jamás nadie pudo interpretarlo.

La palidez de la muerte, que minutos antes cubría el rostro de aquella moribunda mujer, había desaparecido y en su rostro apareció una belleza sobrenatural. De sus ojos surgió un extraño brillo y su mirada se encontró con la mirada de la Reina Ayna.

Con la velocidad del rayo, en la mente de la Reina se  sucedieron  imágenes tras imágenes, hasta que, su pensamiento quedó impregnado de un lejano recuerdo. Aquella mirada le era conocida. Aquella mujer le era familiar, pero, ¿quién era? No podía recordarlo, pero lo que si sabía, era que le pedía ayuda y que debía ayudarle.

En ese momento se sintió caer, pero la verdad era que el cuerpo que se había desplomado era el de aquella extraña anciana.

De todos cuantos allí asistían, ninguno supo reaccionar ante aquella situación. Todos estaban demasiado impresionados como para prestar atención a la infeliz anciana. Pero de nuevo no saldrían de su asombro, cuando oyeron el mandato de la Reina.
  • Aprisa, llevadla a mi lecho. Avisad al médico y, ¡Ay de vosotros si esta mujer muere por vuestra culpa!
Todos corrían de un lado para otro. Nadie se atrevía a replicar las palabras de la Reina pero tampoco, nadie comprendía la actitud con aquella vieja. ¿Cómo podía preocuparse de una anciana, medio moribunda a la que nadie conoce y en cambio permite que todo su reino se muera de hambre?

Mientras que sus doce Consejeros comentaban estas extrañezas entre si, el médico hacia todo cuanto estaba en sus manos para salvar a la anciana.

La Reina mientras tanto, intentaba recordar la expresión de aquellos ojos. Luchaba por dar respuestas a muchas interrogantes que en esos momentos ahogaban con inquietudes su corazón. Sabía que debla salvarla, algo le decía que si conseguía librar a la anciana de la muerte, ella misma viviría.

Cuando el médico acabó su labor, la Reina se interesó por el estado de la anciana.
  • Decidme honorable sabio, ¿se salvará?
  • Es posible. Su enfermedad es muy extraña ya que tanto el ritmo cardiaco, el pulso y la tensión son normales. Carece de fiebre y respira estupendamente. En cambio, debido a su estado todo parece indicar que le queda poco tiempo de vida. Es como si necesitase morir. Es extraño, si muy extraño.
El médico se alejó sin dejar de repetir que aquello le parecía todo muy extraño. Pero para la Reina todo aquello le era conocido. No sabía cómo explicarlo,  pero lo único que deseaba en ese momento era cuidar a aquella anciana y ofrecerle calor y amor en sus últimos momentos.

Habían pasado ya dos días y la Reina se preguntaba si aquella anciana se podría recuperar. No quería perder la única esperanza de vida que le quedaba, sin entender por qué sería así. La Reina no abandonaba en ningún momento a la moribunda.

Pero aún tendría que transcurrir un día más en aquella situación pues, sería después del tercer día que ocurriría lo que la Reina tanto esperaba.
La mano de la anciana acarició suavemente el rostro envejecido de la Reina Ayna, la cual rendida por tantas horas de vigilia, había sucumbido al cansancio. No pudiendo evitar un sobresalto, la Reina fue rápidamente tranquilizada por una voz que la invitaba a reposar.
  • No os alarméis. Soy yo, ¿acaso no me reconocéis?
La anciana parecía recobrada de sus dolencias y se dirigía a la Reina con una familiaridad asombrosa.

La Reina Ayna en cambio, no acababa de comprender. Seguía luchando por recordar. Aquel rostro le era conocido y muy familiar.
  • Decidme, noble anciana. ¿Por qué he de reconoceros? ¿Cuándo nos hemos encontrado anteriormente? ¿Podrías ser algún familiar, a quien conocí en un lejano pasado? Os lo ruego señora, decidme, ¿quiénes sois?
  • Todo cuanto eres, está en mí. Yo soy tus pasos. Yo he nacido de tu aliento y me alimento de tus deseos, de tus pensamientos y de tus  actos…
La anciana enmudeció de nuevo. Sus últimas palabras quedaron flotando en el aire y revoleteaban cerca, muy cerca de Ayna, quien no acababa de salir de su asombro.

Su rostro se había iluminado con una viva expresión de satisdación y triunfo. Sin duda alguna había comprendido. Por fin había reconocido a aquella misteriosa mujer.
  • Entonces, tú eres…, la imagen de mi Alma. ¡Oh Dios!, ¿cómo no me había dado cuenta antes? ¡Mi corazón me había avisado. Algo muy extraño me decía que tú formabas una parte muy importante de mi vida, y ahora, estás ahí, enferma y apenas puedo hacer nada por ti. Pero, ¿por qué?, decidme, ¿por qué has de morir?, ¿qué propósito te ha hecho venir hasta mí? Nuestro encuentro no era en este mundo. ¿Por qué has venido entonces?
  • He venido porque necesito tu ayuda. Mi muerte es necesaria. Yo ya estoy vieja y todo lo viejo debe morir para ser renovado. Soy como un fruto maduro que debe caer del árbol para poder aportar así una nueva semilla que contribuya a la evolución de la vida. Pero para poder ser de nuevo semilla, necesito renovarme y el único modo de conseguirlo es pidiéndote que me liberes de las ataduras que me mantienen apegada al mundo material.
  • Pero, ¿cómo puedo conseguir tal cosa? Mirad a mí alrededor. El hambre se apodera de mi reino. Ya nadie cultiva y trabaja las tierras. Para poder alimentarse se roban los unos a los otros. He implantado leyes, impuestos y normas que permitan asegurarme la existencia, aunque a veces pienso, para qué vivir si lo que más deseo en este mundo me ha sido negado.
La tristeza de la Reina Ayna se hizo visible. Aquella pena desgarraba aún su pecho, obligándola a sufrir en silencio, al tiempo que le daba razones para llevar a los demás ese mismo sufrimiento.
  • ¿Qué puedo hacer alma hermana, para poder salvarte, y poder salvar a mi pueblo?
  • Si es verdad que lo deseáis, escuchad bien, pues si hacéis lo que os voy a proponer, podréis salvad a vuestro reino. Deberéis hacer un largo viaje. Cruzaréis el mar y siguiendo siempre hacia el Norte encontraréis una extraña región a la que llaman Tierra de los Lamentos. Una vez allí, tendréis que buscar a un poderoso mago, el cuál habita en las entrañas de aquel lugar. No tengáis miedo, él os ayudará. A partir de ese momento todo quedará en tus manos. De ti todo dependerá, y recuerda, si vences la prueba, habrás conseguido liberar a tu pueblo y a tu propia alma, a la que muy pronto, de nuevo verás.
...continuará

    UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 240

    LECCIÓN 240

    El miedo, de la clase que sea, no está justificado.

    1. El miedo es un engaño. 2Da testimonio de que te has visto a ti mismo como nunca podrías ser y, por lo tanto, contemplas un mundo que no puede ser real. 3Ni una sola cosa en ese mundo es verdad. 4Sea cual sea la forma en que se manifieste, 5sólo da fe de tus ilusiones acerca de ti mismo. 6No nos dejemos engañar hoy. 7Somos los Hijos de Dios. 8El miedo no tiene cabida en nosotros, pues cada uno de nosotros es parte del Amor Mismo.

    2. ¡Cuán infundados son nuestros miedos! 2¿Ibas acaso a permitir que Tu Hijo sufriese? 3Danos fe hoy para reconocer a Tu Hijo y liberarlo. 4Perdonémosle hoy en Tu Nombre, para poder entender su santidad y sentir por él el amor que Tú también sientes por él.

    ¿Qué me enseña esta lección?

    8Había  plantado el Señor  Dios  desde  el principio un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado 9y en donde  el Señor  Dios  había hecho  nacer  de  la  tierra   misma   toda   suerte   de árboles  hermosos a la vista,  y de  frutos  suaves  al paladar:  y también  el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal...
    15Tomó, pues,  el Señor Dios  al hombre,   y púsole en el paraíso de delicias, para que la cultivase y guardase. 16Diole también este  precepto diciendo: Come si  quieres del fruto de  todos los  árboles  del paraíso:  17Más del fruto del árbol de la ciencia  del bien  y del  mal  no  comas, porque  en  cualquier día que  comieres de  él,  infaliblemente morirás..." (Génesis 2, 8-17).

    He recurrido a esta cita del Génesis, en un intento de buscar el origen del miedo. Comer del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, suponía, de manera infalible, la muerte.

    Hasta ese momento, la Humanidad, el Hijo de Dios, siguiendo fielmente las directrices de su Padre, no conocía la muerte. Su consciencia era la eternidad. El hecho de alimentarse de un fruto “prohibido” nos indica las recomendaciones de nuestro Padre de hacer un uso adecuado de la mente. Nuestra inexperiencia en el uso de la mente nos llevó a utilizarla erróneamente, lo que originó que fabricásemos un mundo separado de la Divinidad. Pasamos de la eternidad a la temporalidad; de la Vida a la muerte, y ese sentimiento de separación, nos produjo la creencia en la desvinculación de la Fuente del Amor y la adscripción  al sentimiento del miedo.

    El Temor a Dios, al que pensábamos habíamos traicionado, nos hizo partícipes de la creencia en que habíamos pecado y, como consecuencia de ello, éramos merecedores de los más dolorosos castigos y de los más trágicos sufrimientos.

    Hoy, esta lección me enseña cuan equivocados estamos. El miedo es el sustituto del Amor. Lo único que tenemos que hacer, es despertar al verdadero Ser que Somos y extender nuestra condición natural, amando a la humanidad, o lo que es lo mismo, amando nuestra divinidad.

    Ejemplo-Guía: "La Liberación del miedo"


    El Texto del Curso de Milagros, dentro de los 50 Principios de Milagros, dedica varios de ellos al tema del miedo. En esta ocasión os dejo las reflexiones que he recogido con relación al Principio 26:

    "Los milagros representan tu liberación del miedo. 2"Expiar" significa "des-hacer". 3Deshacer el miedo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros"



    Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación.

    Pasemos a desmenuzar el significado del miedo, lo que nos llevará a comprender su origen y los efectos a los que da lugar en nuestras vidas. El párrafo anterior nos aporta una primera pista, al indicarnos que el miedo es la consecuencia de una elección. Es muy importante tomar consciencia de este matiz, pues nos permite reconocer, que el miedo no es algo que nos viene de afuera, no es algo que nos ataca y del cual debamos defendernos, tan solo es una elección. Yo añadiría que es una libre elección.

    En la Introducción del Curso, podemos leer: Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”. Esta afirmación nos hace una primera presentación de lo que es el miedo, indicándonos que el miedo no puede pertenecer al Creador, pues Él no tiene opuestos, lo que nos lleva a pensar que el miedo es una fabricación de la mente del Hijo de Dios, surgiendo como una proyección de su mente dual, lo que dio lugar a los opuestos amor-miedo, o lo que es lo mismo, la materialización de la separación y el surgimiento del ego.

    Tenemos pues, que el miedo es la fabricación del Hijo de Dios, el cual cometió el error de creer que podía usurpar el poder de Dios. Todo miedo se reduce, en última instancia, a esa básica percep­ción errónea.

    Sólo nuestra mente puede producir miedo y sólo nuestra mente puede llevarnos a comprender que el miedo no es real, es una ilusión.

    Como hemos adelantado, Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo somos nosotros que hemos elegido crear en forma diferente a como crea Él. Esa elección, nos hace tener miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado la mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando creemos que no somos libres.

    En esa falsa creencia se encuentran los mayores conflictos que alberga la mente humana. Dichos conflictos, traducidos en miedos, se dan cita en el inconsciente, donde se ocultan celosamente y desde donde se proyectan dando lugar a todo tipo de comportamientos dementes y condenatorios.

    De hecho, los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. Creen en el ataque y en el rechazo, de modo que eso es lo que perciben, lo que enseñan y lo que apren­den. Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección.

    Podemos decir que el origen del miedo es una elección errónea y esta creencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo de la humanidad. Cada vez que tenemos miedo es porque hemos tomado una decisión equivo­cada y esa es la razón por la que nos sentimos responsable de ello.

    Si la causa del miedo es mental, es obvio que para superarlo tendremos que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estemos dispuestos a hacerlo. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de las formas en los que se manifiesta el miedo,  donde no puede producir resultados.

    El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseamos y lo que hacemos. Asimismo, la presencia del miedo indica que hemos elevado pensa­mientos corporales al nivel de la mente.

    Como hemos dicho, anteriormente, el uso incorrecto de la mente nos ha llevado a tener miedo de la Voluntad de Dios. Ese uso erróneo de la mente se ha traducido en los Textos Sagrados como un acto pecaminoso, el cual puso fin al estado de unicidad compartido por el Hijo de Dios y su Creador. Lo que se ha interpretado como “pecado”, como la violación de las Leyes de Dios, tuvo como consecuencia la creencia en la expulsión del Edén, de la Tierra Paradisiaca dispuesta por Dios para su Hijo, y lo que es lo más importante, nace el temor hacia el Creador, al creernos merecedores de su justicia vengativa.

    Tener miedo de la Voluntad de Dios es una de las creencias más extrañas que la mente humana jamás haya podido concebir. Esto no habría podido ocurrir no ser que la mente hubiese estado ya tan profundamente dividida que le hubiese sido posible tener miedo de lo que ella misma es. La realidad sólo puede ser una "amenaza" para lo ilusorio, ya que lo único que la realidad puede defender es la verdad. El hecho mismo de que percibas la Volun­tad de Dios -que es lo que tú eres- como algo temible, demues­tra que tienes miedo de lo que eres. Por lo tanto, no es de la Voluntad de Dios de lo que tienes miedo, sino de la tuya”. (T-9.I.1:5)

    Si advertimos la falsa creencia a la que dio lugar la elección del Hijo de Dios, descubriremos la identidad del ego, el representante de la mente dual, de la mente errónea. El ego pasó a ocupar el lugar de Dios y se erigió en  nuestra nueva identidad. Es del ego y no de Dios del que verdaderamente tenemos miedo.

    Debemos reconocer que lo que menos quiere el ego es que nos demos cuenta de que le tenemos miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría nuestra independencia y debilitaría nuestro poder. Sin embargo, su único argumento para que le seamos leales es que él puede darnos poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharíamos en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si nos diésemos cuenta de que al aceptarlo nos estamos empequeñeciendo y privándonos de poder?

    El ego puede permitirnos, y de hecho lo hace, que nos consideremos altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que nos demos cuenta de que realmente tenemos miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguiríamos escuchándole si reconociésemos que eso es lo que está haciendo?

    La más seria amenaza para el ego es, pues, que nos demos cuenta de que cualquier cosa que parezca separarnos de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentemos. Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobramos conciencia de esto. Pues si bien podemos tolerar una falsa idea de independencia, no aceptaríamos el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconociésemos. Pero ése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasamos por alto el amor estamos pasándonos por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado nosotros mismo. Al creer que nuestro ataque contra la verdad ha tenido éxito, creeremos que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, nos hemos vuelto temerosos de nosotros mismos. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.
    Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo podemos por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero.

    Sí, hemos mencionado que la elección del Hijo de Dios, fue interpretado, erróneamente, como un ataque contra la verdad. La cuestión que cabe plantearse es, ¿cómo corregir ese error?

    Como nos indica el Curso, reconocer el miedo no es suficiente para poder escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar.

    Desde la mente errónea no podremos conseguir esa corrección. Debemos recurrir a la Voz que habla por Dios, el Espíritu Santo para que transforme el miedo en verdad.

    “Si se te dejase con el miedo, una vez que lo hubieses reconocido, habrías dado un paso que te alejaría de la realidad en vez de acercarte a ella. No obstante, hemos señalado repetidamente la necesidad de reconocer el miedo y de confrontarlo cara a cara como un paso crucial en el proceso de desvanecer al ego. Considera entonces lo mucho que te va a servir la interpretación que hace el Espíritu Santo de los motivos de los demás. Al haberte enseñado a aceptar únicamente los pensamientos de amor de otros y a con­siderar todo lo demás como una petición de ayuda, te ha ense­ñado que el miedo en sí es una petición de ayuda. Esto es lo que realmente quiere decir reconocer el miedo. Si tú no lo proteges, el Espíritu Santo lo reinterpretará. En esto radica el valor prin­cipal de Aprender a percibir el ataque como una petición de amor. Ya hemos aprendido que el miedo y el ataque están inevitable­mente interrelacionados. Si el ataque es lo único que da miedo, y consideras al ataque como la petición de ayuda que real­mente es, te darás cuenta de la irrealidad del miedo. Pues el miedo, es una súplica de amor, en la que se reconoce inconsciente­mente lo que ha sido negado.

    El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida. Si al percibirlo en  otros aprendes a subsanar esa sensación de pérdida, se elimina la causa básica del miedo. De esa manera, te enseñas a ti mismo que no hay miedo en ti. Los medios para erradicarlo se encuentran en ti, y has demostrado esto al dárselos a otros. El miedo y el amor son las únicas emociones que eres capaz de experimentar. Una es falsa, pues procede de la nega­ción, y la negación depende, para poder existir, de que se crea en lo que se ha negado. Al interpretar correctamente el miedo como una afirmación categórica de la creencia subyacente que enmascara, estás socavando la utilidad que le has atribuido al hacer que sea inútil. Las defensas que son inservibles se abandonan auto­máticamente. Si haces que lo que el miedo oculta pase a ocupar una posición inequívocamente preeminente, el miedo deja de ser relevante. Habrás negado que puede ocultar al amor, lo cual era su único propósito. El velo que habías puesto sobre la faz del amor habrá desaparecido”. (T-12.I.8:9)

    Tenemos más miedo de Dios que del ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida. Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la nuestra.

    Hemos hecho referencia a una cuestión que no nos puede pasar inadvertida. Decíamos que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Sobre este particular, el Curso añade: Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
    Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues éste deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quie­res que ésta cese. Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que lo oculta el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subya­cente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
    Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero” que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Mas Su Voluntad no es ser excluido”. (T-13.III.1:3)

    El temor del ego a la Voluntad de Dios, viene acompañado de un sentimiento corrosivo para la mente recta, me estoy refiriendo a la culpabilidad.
    La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.

    El Curso dedica el Capítulo 28 al “Des-hacimiento del miedo” y nos refiere sobre este particular:

    Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuen­cias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? Recordar es un proceso tan selectivo como percibir, al ser su tiempo pasado. Es percibir el pasado como si estuviese ocurriendo ahora y aún se pudiese ver. La memoria, al igual que la percepción, es una facultad que tú inventaste para que ocupase el lugar de lo que Dios te dio en tu creación. Y al igual que todas las cosas que inventaste, se puede emplear para otros fines y como un medio para obtener algo distinto. Se puede utilizar para sanar y no para herir, si ése es tu deseo”.

    Tenerle miedo a Dios es tenerle miedo a la vida, no a la muerte.

    ¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? ¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? Simplemente recordarías a tu Padre. Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. Pues ahí acaba tu mundo. (T-19.IV.D)


    Con relación a la curación y el miedo, el Curso nos refiere: “Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, tú mismo debes estar libre de todo miedo. No entiendes lo que es la curación debido a tu propio miedo”.

    La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor.

    ¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

    Iniciamos este análisis describiendo que el miedo tiene como única causa la elección errónea de la mente. Bien, para poner punto y final, al mismo, diremos que el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo.  Debemos decirnos a nosotros mismo que de alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
    • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
    • El miedo procede de una falta de amor.
    • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
    • El amor perfecto es la Expiación.
    En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

    El amor perfecto expulsa el miedo.
    Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
    Mas:
    Sólo el amor perfecto existe.

    Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.

    viernes, 26 de agosto de 2016

    Cuento para Virgo: "La Espiga Sagrada - 1ª Parte"


    Ciento cincuenta años habían pasado desde que aquellas inhóspitas tierras fueran por primera vez habitadas. Ciento cincuenta años de pasado, en los que aún el recuerdo evocaba, generosamente, momentos de intrépidas  aventuras, a veces llenas de riesgos y a veces de profundo valor. 

    En la memoria de muchos, aún perdura aquellos críticos momentos donde la fuerza de la pasión fue cediendo poco a poco su trono a la humilde bondad y al sincero amor. 

    Sí, sin lugar a duda, fueron hermosos aquellos tiempos, donde reinó la verdad y la comprensión. La paz vencía a la violencia y al terror. La sinceridad abría los corazones de cada hombre, impulsándoles a vivir en fraternal unión, y al final, aquellos días dieron paso a una época de esplendorosa fecundidad. Las tierras fueron sembradas y los campos gozaban jubilosos, por ser portadores de frutos y riquezas llamados a ser compartidos por cada uno de los que habitaban aquella afortunada región. 

    Pero nada en la vida se consigue sin esfuerzos, y es por ello que todo cuanto en aquellas tierras acontecía se lo debían a la sabia justicia y a la inteligente administración de un humilde Rey, el cual, gobernaba aquellas tierras como mensajero de un Orden Superior. Su  triunfo y fama era debida a que su única voluntad no fue otra que llevar a los hombres los elevados principios del Amor. 

    Fueron ciento cincuenta años que difícilmente se borrarían en el recuerdo y para evitar que esto sucediese, decidieron unánimemente que aquellos días

    De grandes hazañas fuesen transmitidos de padres a hijos y de éstos a sus descendientes. Y, de este modo, las generaciones futuras podrán recordar y conocer cada una de las experiencias que acontecieron en aquellos días de esplendor, para así poder iluminar sus conciencias con la sabiduría de sus antepasados. 

    Pero el tiempo no pasa en balde, y ciento cincuenta años eran ya muchos años para aquel sabio Rey. Y fue por ello que cierto día, sintiéndose morir, quiso ultimar su gran obra dejando en su trono a su único heredero. Su última voluntad no era otra que comprobar que su reino seguiría gozando de aquellos días de máximo esplendor para cuando él faltase. 

    Cautivado por aquel pensamiento mandó llamar a Ayna, su hija y única heredera. 
    • Ayna, hija mía, qué hermosa estás. Hasta las más bellas flores, que crecen en nuestro jardín envidiarían tu suerte.
    En nada exageraba aquel sabio Rey, pues la belleza de Ayna era conocida incluso en tierras lejanas, siendo muchos los extranjeros que, arriesgándose venturosamente, se dirigían hasta aquella región, con el sólo deseo de poder gozar de una sola de sus miradas. 

    Pero la fama de Ayna no se debía tan sólo a su hermosura física, también en su aprendizaje había cultivado grandes cualidades que la hacían sobresalir especialmente en el dominio de la inteligencia. 

    Ya desde muy pequeña, los oráculos y magos habían augurado que con la descendencia del sabio Rey, una profunda transformación surgiría en aquella tierra y no podemos olvidar que si al principio esta profecía fue motivo de preocupación, aquel sentimiento se desvanecería cuando a finales de aquel verano, del vientre de la Reina Madre, naciera una hermosa princesa. 

    Hasta aquellos días, tan sólo el varón había ostentado el Poder Real, pero a partir de aquel acontecimiento, y dado que la Reina quedaba imposibilitada para tener más descendencia, el sabio Rey promulgó, con el consentimiento de todo el pueblo, una ley que permitiera reinar a la mujer en plena igualdad con el hombre. 

    Para los magos, el temor desapareció, ya que entendieron que el cambio que presagiaban se debería a que el trono sería gobernado por una Reina. 

    Mientras tanto, el sabio Rey se sentía inquieto y no queriendo demorar por más tiempo la inevitable despedida, sintiéndose cansado, pidió a su hija, la princesa, que se acercara junto a su lecho.

    • Hija mía, acércate. Como verás,  apenas me queda aliento. Pronto, muy pronto, te dejaré, pues mi tiempo en la tierra ya toca a su fin; pero, antes de retornar a la Patria Celeste, de donde todos procedemos, quisiera bendecir tu próxima unión, deseándote toda la felicidad del Mundo, pero también quiero hacerte un último ruego...
    Su voz cada vez sonaba más apagada, y el sabio Rey luchaba por poder  mantener su vida unos segundos más. Era todo lo que necesitaba para culminar su trabajo humano, y haciendo un gran esfuerzo le dijo:

    • ¿Recuerdas la profecía de los magos? -Ayna asintió con un gesto, pues su corazón ahogado en lágrimas, impedía que pudiera hablar en esos momentos-. Aquella profecía se cumplirá, y es ahora, que ha llegado mi marcha, que el cambio y la transformación vendrán. Pero no será como ellos han dicho. La hora ha llegado en que la tierra de este reino quedará estéril y el sufrimiento visitará cada comarca, cada aldea, cada habitante. y serás tú...
    Sus últimas palabras sonaron como muy lejanas, como dichas desde un más allá no físico, desde otra dimensión.  Apenas si se distinguía lo que quería decir. Era un eco que poco a poco enmudeció, dejando al Rey en brazos de la Princesa Ayna, cuyo rostro se ensombrecía por segundo, crispado por el llanto y el dolor. 

    Transcurrieron tres largos años, desde que el sabio Rey abandonara su cuerpo material para pasar a habitar otros mundos más sutiles que el físico. Tras su muerte, un profundo silencio se había adueñado de todo el reino. Su muerte había dejado un gran vacío, en los corazones de cuantos habitaban aquella frondosa región. 

    Echaban en falta el espíritu sabio de su Rey, en el cual habían puesto durante tantos años todas sus riquezas internas, su confianza,  sus  esperanzas, sus proyectos, sus sufrimientos y sus alegrías. Había existido siempre un diálogo vitalizador entre el pueblo y su Rey, pero con su pérdida aquellos lazos habían desaparecido, dejando una huella muy profunda; todos sabían que su ausencia sería muy difícil de cubrir. 

    Estos pensamientos eran bien conocidos por la Reina Ayna y a pesar de su estirpe real no alcanzaba a controlar el dolor que día a día iba apoderándose de su corazón, un corazón profundamente herido por sentimientos de ira y de odio, en respuesta al comportamiento de cuantos habitaban su reino. 

    En su soledad, la Reina Ayna alimentaba pensamientos de venganza. No había encontrado la felicidad tan prometida y deseada por su padre. Él, que durante tantos años había conseguido vencer todas las adversidades, ahora se sentiría fracasado, al comprobar como parte de su sangre ponía fin a su mundo de felicidad y de amor. 

    La Reina Ayna siempre había respetado la voluntad de su padre. El último deseo complacido fue contraer matrimonio como bien se había resuelto desde muchos años atrás. Pero la Reina Ayna no complacería en nada más a su padre, y desde el primer día de su reinado, estableció una serie de impuestos y pagos acompañados de leyes opresoras e injustas que limitaban la libertad, de la que hasta ahora habían gozado. 

    Aquellas medidas contribuyeron a resignadas protestas, que por respeto al recuerdo del Rey, no terminaron en actos violentos. Pero lo que no podía evitar la Reina, era que todo el pueblo le retirase su confianza, su apoyo y su entrega.

    ...continuará

    jueves, 25 de agosto de 2016

    ¿Cómo educar a un niño Virgo?


    El proceso evolutivo exige que todo lo que un día nace, debe crecer, madurar y morir, para volver nuevamente a nacer a un nivel siempre superior. En este proceso creativo, el papel de Virgo es ejemplar. Su dinámica consiste en poner el sello final a la Obra. Virgo trabaja en la fase terminal de cualquier empresa y esa labor le capacitará para dar muestra de una humilde sabiduría.

    Una frase muy utilizada por los nativos de este signo y que define genialmente su característica primordial, es esta:

    "Cuando tu vayas, yo ya he vuelto".

    En efecto, vuestro hijo, desde muy pequeño, ya notareis en él rasgos de intensa madurez. No debéis sentiros ofendidos, cuando alguien se acerque al niño y haga un comentario de este tipo:

    "Hay que ver la cara de viejo que tiene este niño".

    Verdad es, que no estará desvariando cuando alguien reconozca en el esos rasgos de “avanzada” edad, en realidad no está definiendo su aspecto físico, sino algo más profundo y que tan solo el niño virgo puede expresar, nos referimos a la experiencia conquistada a lo largo de las vidas pasadas y que se refleja con la huella de la sabiduría en el rostro del niño.

    Algo muy importante deben conocer los padres y educadores de los virgos. En ellos pesa un instinto de supervivencia que los llevará durante gran parte de su vida a luchar arduamente para que su estabilidad material no se resienta. Un temor inconsciente por quedar sin recursos económicos, o tal vez antes la precariedad del cuerpo físico, ante la enfermedad, le convertirá en individuos muy ahorrativos, hasta el punto de rallar la tacañearía y en verdaderos escrupulosos que con el tiempo degeneran en personalidades hipocondriacas.

    Ellos no adquieren por voluntad propia la actitud de renuncia y desprendimiento que exige la dinámica del signo. Pensando en voz alta, dirían: "si me ha costado tanto trabajo conseguir lo que tengo, cómo es que la vida me lo quita". Para evitar que esto suceda, se ponen a ahorrar y a ahorrar. Gastan poco y a veces prefieren vivir en la miseria antes de agotar los recursos que guardan celosamente en el banco.

    Esta actitud se hace extensible a todos los aspectos de la personalidad. La mente del niño virgo es muy analítica y meticulosa. Despiertan una gran capacidad de observación, y aunque en una primera fase de cualquier aprendizaje siempre encuentran dificultades de adaptación debido a sus temores de no saber hacerlo a la perfección, cuando han conseguido dominar la tarea, se convierten en los mejores técnicos, aunque también es verdad que no por ello son los mejores instructores, pues carecen de paciencia con los alumnos al exigirles un nivel excesivamente perfecto.

    Los pensamientos de vuestro hijo pueden ser sombríos y pesimistas, si no le hacéis comprender desde pequeños la ley fundamental de la vida: "lo que nace debe morir, nada permanece estacionado".

    Él se acostumbrará a observar esta ley en la naturaleza, y descubrirá pronto que es necesario seguir el ritmo de la evolución. Si conseguís esta meta, os podréis sentir satisfechos por vuestra labor. Habréis conseguido evitar muchos sufrimientos futuros a vuestro hijo.

    Es aconsejable que desarrolléis y potenciéis su capacidad innata, la observación, pero en este trabajo debéis cuidar que no se pierda en los detalles minuciosos que tan solo limitarían su visión, convirtiéndole en un ser demasiado materialista. Para contrarrestar esa tendencia, sería muy favorable que adquiriese conciencia de la totalidad del cosmos. La filosofía, así como narraciones sobre temas trascendentes que ocupen su primera infancia permitirá a vuestro hijo, que no sea tan solo un excelente científico, sino también, un sabio místico.

    En los estudios es inmejorable. Su capacidad intelectual es envidiable, sin necesidad de estudiar largas horas, ya sabe. Será el típico estudiante que con pocos minutos de estudios, aprueba todas las asignaturas.

    Será reflexivo y pensará las cosas mucho antes de hacerlas. A pesar de su temprana edad, deberíais solicitar sus consejos, y os sorprenderéis por la profundidad de sus respuestas.

    Algo que no deben olvidar los padres del niño virgo, es que nunca deben someterle a una excesiva carga de responsabilidad, y no es aconsejable, porque el niño no vaya a responder, nadie lo hará mejor que él, pero con ello tan solo conseguiríais alimentar su obsesivo temor de que la vida no merece la pena vivirla, si se viene tan solo para sufrir.

    En el terreno afectivo, vuestro hijo será poco demostrativo, pero no por ello deben pensar que no os ama. El tendrá un modo más significativo de demostrar sus afectos, lo hará a través de su servicio. Ningún otro signo es tan servicial como el virgo. Se entregará en cuerpo y alma cuando alguien le necesita, hasta tal punto, que descuida su propia atención en abnegada entrega por los demás.

    En cambio a la hora de recibir cariño el niño virgo suele comportarse tímidamente, su único fin es pasar desapercibido, aunque para mantener su equilibrio interno, su estabilidad física, depende del amor que reciba de los demás. Cuando percibe que tan solo es querido por lo que es capaz de ofrecer, se limitará a cobijarse en su mundo y se excluirá de cualquier relación.

    En definitiva, vuestro papel como padres debe centrarse especialmente en evitar que vuestro hijo crezca con un sentimiento y con una visión negativa y apesadumbrada de la vida. Con ello estaréis evitando que se despierten en él un sin fin de hábitos, manías y obsesiones, que al final harán de el un ser enfermizo.

    La humanidad está muy necesitada de su aportación a la vida, en la medida en que permanezcamos durante mucho tiempo estancado en la fase de los goces materiales. El vendrá a dar ese importante impulso que nada tiene que ver con esa popular canción que dice: "no, no nos moverán".