sábado, 1 de octubre de 2016

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - Final"


Bartolomé no supo mantener por más  tiempo aquel silencio. Estaba profundamente entusiasmado pues, por unos momentos, él mismo se identificó con la apatía de aquel pobre e infeliz ser. Recordó que en más de una ocasión había deseado dar su propia vida, a cambio de obtener unos minutos el sentido de la vista, pero ahora comprendía que el precio era muy alto. No podía ocultar su interés y de un modo casi exaltado, interrumpió a su nuevo amigo, el pastor.
  • Dígame, señor pastor, ¿acaso el pobre borracho no muere en el incendio? ¿cómo es que ahora ve, pero ha perdido la vida? -preguntó muy intrigado Bartolomé-.
  • Ocurre, mi buen amigo, en la leyenda, al igual que en nuestras vidas. Si todo nuestro amor se centra en un sólo deseo y para conseguirlo no nos importa el precio a pagar, cuando lo hemos conseguido toda la fuerza de nuestro amor se desvanece y muere. Cuando nuestros deseos son vanos y egoístas, nuestro amor morirá para siempre y nos resultará difícil poder sentirnos vivo sin él. En cambio, cuando nuestros deseos son desinteresados y los compartimos con los demás, olvidándonos de nosotros mismos, entonces una vez conseguidos, nuestro amor se funde con el de otros y forma una gran familia, que como tal tendrá una descendencia y nos alimentará. A nuestro personaje su amor por si mismo le había cegado aún más de lo que ya se encontraba y dado que tan solo sembraba odio, en respuesta de sus actos cosechó su propio odio. La aparición del diablo, le ofrece la oportunidad de ver, pero en su mundo, en la morada de perdición donde tendrá que pagar sus deudas. A cambio se cobra lo que es suyo y lo que el desgraciado borracho le ofreció, nada menos que la vida.
Bartolomé escuchaba boquiabierto aquella narración tan curiosa. Apenas si respiraba para no interrumpir al pastor, aunque no podía ocultar su impaciencia por conocer el final de la leyenda.
  • Nuestro infeliz personaje - continuó narrando el pastor, al percibir la impaciencia del joven - lleno de terror, lloró amargamente durante horas y horas. Podía ver, pero de qué le valía, si cuanto alcanzaba a contemplar era dolor y sufrimiento. Había comprendido que se encontraba en el infierno. Allí, junto a él, una larga cola de desdichados, esperaban su turno para ser interrogados por sus actos. Ante su desdicha, se decía, que hubiese preferido no mencionar nunca aquellas fatídicas palabras y quizás aún podría seguir con vida.
Cuando más sumido se encontraba en aquellas reflexiones, una voz desagradable y áspera le hizo volver a la indeseada realidad.
  • ¿Eres el número nueve? Vamos, levántate y date prisa que ya vamos con retraso. 
Tuvo que mirarse bien sus ropajes, hasta que descubrió que alguien le había colocado una inscripción donde se podía leer el número nueve. Miró al demonio que le había dirigido la palabra y sintió miedo y resignación.
  • Vamos, pasa al salón número tres - exclamó de nuevo aquella misma voz–. 
No tardó en llegar a un salón muy oscuro, donde tan sólo se podía ver una gran pantalla blanca, la cual se iluminó de repente, al tiempo que una voz potente ordenó.
  • Ahora presta atención, debes saber que cuanto verás y sentirás no es más que el daño que tú has generado en los demás. Algún día nos agradecerás el sufrimiento que vas a experimentar ahora. Quizás cuando nazcas de nuevo no te veas en la necesidad de ser ciego una vez más, y ahora aprende y calla. 
Muchas imágenes se sucedieron unas tras otras, pero de todas ellas una le produjo una intensa emoción. Se vio en una gran sala. A un extremo y a otro varios personajes discutían agitadamente; a un lado de la sala, un hombre ocultaba su rostro entre sus manos, estaba lloroso y desolado, y en el centro de todo aquello se encontraba él, presidiendo la reunión. Era el juez, y aquella escena correspondía a un juicio. En esos momentos uno de los letrados se levantó y dirigiéndose al juez, dijo:
  • Señoría, admito que las pruebas que presenta el señor fiscal son agravantes, pero no existe ninguna prueba decisiva que permita reconocer, que mi defendido es culpable del cargo que se le acusa.
  • Le recuerdo señor abogado defensor, que ese cargo es de asesinato y que por lo tanto debemos sopesar cualquier hecho.
La fama de aquel juez era muy conocida en aquellos tiempos; su dureza y rigor le hacía despiadado e injusto. Todos decían que desde la muerte de su esposa el juez había olvidado lo que era la piedad y el amor.

El reo levantó su rostro y temió encontrarse con la cruel mirada del juez. Tan solo Dios y él sabían que no era culpable. No tenía cuartada para defenderse de las acusaciones y, sin embargo, supo leer en la mirada de aquel injusto juez, que la sentencia sería la pena de muerte.

Y tenía razón aquella pobre victima, pues cuando todos esperaban el veredicto decisivo, aquella voz dijo:
  • Por la autoridad que el estado me concede, declaro al acusado, CULPABLE de asesinato. Por lo que es condenado a la pena máxima. La ejecución se llevará a cabo mañana mismo. 
Al tiempo que aquellas palabras eran pronunciadas, muy lejos de allí en otras circunstancias, aquel hombre que consiguió ver a costa de su vida sentía cómo se le desgarraba el alma. Todo el dolor de aquel desgraciado reo, se apoderó de él y por unos momentos creyó perder la vista.
  • Aquel suplicio acabó, y dice la leyenda que a veces parece como si del cielo proviniese una lejana voz, la cual suplica el perdón de Dios al tiempo que agradece al diablo la ayuda que le ofreció, y es que a veces, tan sólo aprendemos a través del dolor. Nuestro desgraciado amigo comprendió el daño que había hecho juzgando injustamente a los demás. No supo ver, la verdad, y también comprendió que la soledad no es buena consejera cuando llegamos a ella a través del odio.

Bartolomé no podía hablar, ni tan siquiera lo deseaba. Aquella leyenda le había dado tantos motivos para pensar.
El pastor no quiso poner fin a aquella meditación, y con mucha cautela se fue deslizando entre las rocas, y poco a poco se alejó hasta desaparecer.
Lamentaba en el fondo no despedirse de aquel buen muchacho, pero sabía que su misión había finalizado. Ahora confiaba en que Dios ayudase a nuestro amigo en su ilusión de ver.

Fueron las constantes llamadas de sus padres preocupados por la tardanza de Bartolomé, las que le hicieron volver en sí.
Se notó extraño,  como si algo hubiese cambiado en su interior. No sabría explicarlo, pero se sentía lleno de vida, y feliz por ese descubrimiento quiso agradecer al pastor la narración de aquella historia, pero no pudo evitar la sorpresa cuando comprobó que su nuevo amigo no le contestaba.

Fue entonces cuando decidió volver con sus padres, que empezaban a sentirse inquietos.

El viaje hasta la ciudad ya no encontraría más retrasos, la verdad era que Bartolomé sentía verdaderas ganas por llegar. A pesar de estar informados por el médico sobre la dificultad de la operación, los padres de Bartolomé, difícilmente, podían ocultar su nerviosismo e intranquilidad.

Habían transcurrido ya cinco horas desde que nuestro joven protagonista entrara en el quirófano. Cinco horas que para aquellos padres fueron toda una eternidad. No era la primera vez que pasaban por aquel trance, pero sabían que a aquella prueba nadie podía acostumbrarse.
Tuvo que pasar aún media hora más; fue al final de esa espera, cuando las puertas del quirófano se abrieron y tras ellas apareció el doctor encargado de la intervención.
Fueron segundos de gran tensión. Nadie se atrevía a preguntar el resultado, pues en el fondo temían que la respuesta fuese la que ninguno querían oír.

Pero sería el propio doctor, el que comprendiendo lo delicado de la situación, se apresuró a dar noticias de los resultados de la intervención.
  • Acérquense por favor, debo darles la enhorabuena, pues tienen un hijo muy valiente. Si no hubiese sido por su colaboración nunca lo hubiésemos conseguido. No ha puesto resistencia y es muy raro en niños de su edad. Deben estar muy orgullosos de él, se lo aseguro.
  • Pero doctor, ¿cómo ha salido la operación? ¿Cabe la posibilidad de…? 
Su frase quedó entrecortada, pero en su rostro se podía leer perfectamente el resto de la pregunta.
  • No deben preocuparse lo más mínimo. Aunque todavía es pronto para adelantar unos resultados fiables, si puedo decirles que hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos. Ahora todo dependerá del niño. La operación ha sido todo un éxito.
  • Doctor, ¿cuándo podremos saber si nuestro hijo, podrá ver…?
  • Deben tener paciencia y no transmitir vuestros temores al niño. En ningún momento, Bartolomé, debe perder la esperanza con la que entró en el quirófano. Dentro de tres semanas le quitaremos los vendajes. Hasta entonces no sabremos nada más.

Fueron tres semanas muy largas. El tiempo, a pesar de transcurrir siempre igual, a veces cuando más necesidad tenemos de que pase, parece que se pone en contra de nuestros deseos y los minutos se nos hacen horas y las horas días, y los días semanas, es por ello que aquellas tres semanas se le antojaron a los padres de Bartolomé tres meses.

Gracias a Dios, para nuestro amigo el tiempo parecía carecer de importancia pues, gozaba en su silencio, pensando día a día en su encuentro con el pastor y aquella extraña narración.

Pero aunque parecía que nunca iban a pasar, las tres semanas tocaron a su fin, y el día esperado al fin llegó.
Nuestro amigo no aparentaba estar nervioso, cosa que no se podía decir de sus padres, incluso del propio médico.

Todos los allí presentes deseaban intensamente ver curado a Bartolomé; pero en muchas ocasiones se habían preguntado, cuál sería la reacción del niño al descubrir de golpe un mundo, al que hasta ahora, no había podido ver.

Las vendas que cubrían sus ojos fueron deslizándose hasta dejar tan sólo dos gasas protectoras.
Cada acto se desarrollaba con suma destreza y delicadeza. Nadie tenía prisa, y el silencio, un profundo silencio, acompasado tan sólo con el ritmo acelerado de algunos corazones, era la única compañía que hasta entonces apreciaba los sentidos de nuestro amigo Bartolomé.
  • Bartolomé - le dijo el médico-, ahora quiero que prestes mucha atención. 
El doctor necesitaba dar las últimas instrucciones al niño pues, desconocía el resultado de la operación y de no ser éste positivo, pensaba en un posible shock.
  • Voy a quitarte las dos gasas que aún cubren tus ojos. No debes temer nada, ¿me oyes? No debes intentar abrir los ojos bruscamente, sino que debes relajarlos y dejar que ellos por si mismo se abran. Vamos, adelante, sé que lo conseguirás.
El doctor acercó las manos con mucha suavidad hasta las gasas, y las retiró lentamente de los ojos del niño.
Ya ni el latir descompasado de los corazones alteraba aquel silencio. Todos esperaban que sucediera y así fue.

Bartolomé, siguiendo los consejos del médico no tuvo miedo y se relajó profundamente, y cuando hizo esto, a su memoria acudieron las escenas de aquel reo que suplicaba el perdón por su vida, y la pena de muerte sentenciada por el juez.

Un picor intenso acudió a sus ojos. Había sido como una chispa vibrante y ese fue el momento en el que nuestro amigo sintió la necesidad de abrir los ojos. Cuando así lo hizo, sus ojos por primera vez vieron.

Todos esperaban alguna señal de Bartolomé, que les indicara su estado, pero no sería una señal, sino una exclamación la que sacaría de dudas a todos cuantos prestaban su atención.
  • ¡Gracias, Dios mío –exclamó nuestro agradecido amigo-, gracias por tu misericordia y perdón! 
Nadie pudo hablar… si lo hubiesen querido hacer, no habrían podido. Era tan grande la emoción, que un nudo se adueñó de sus gargantas, impidiéndoles emitir palabra alguna.

Pero lo que nadie podía impedir es que las lágrimas brotaran de sus ojos, unas lágrimas nacidas de la felicidad y que ahora acompañaban la alegría que todos compartían por aquel milagro de la naturaleza.

Se  podía decir que nuestro amigo acababa de nacer. Ahora todo su tiempo debía ocuparlo en conocer aquellas cosas que durante nueve años, habían permanecido ocultas para él.

Nacía de la soledad de la noche y penetraba en un mundo de infinitas oportunidades, como era el día. Para él la luz era la vida y quería aprovechar cada minuto de ese día en aprender y recuperar el tiempo perdido.

En las semanas que aún tuvo que permanecer en el hospital, nuestro amigo descubrió, afortunadamente, algo que durante mucho tiempo le había preocupado. Había descubierto de pronto un sentido a la vida, y todo se lo debía a una sóla persona, a un pastor que sin necesidad de operación médica,  le dio la oportunidad de ver, con extraordinaria lucidez.

Bartolomé -nuestro amigo -, en su estancia en el hospital pudo contemplar que había males peores al suyo. Hizo amistad con chicos de su edad, los cuales eran incapacitados y deformes. No podían jugar, correr, ni competir con sus compañeros, pero sí podían compartir sus ilusiones, sus esperanzas y lo que era más importante, su amor.

Bartolomé aprendió una singular lección de aquellos niños, y gracias a ellos, nuestro amigo tomó una importante decisión:
  • Me prepararé. Estudiaré cuanto sea necesario y buscaré donde sea preciso hasta encontrar el modo de poder llevar el equilibrio, la justicia, la paz y la armonía a los corazones y vidas de los demás, y no desfalleceré en ese empeño. 
Nuestro amigo hacía grandes progresos. Sus ojos estaban curados. Las heridas de la operación habían cicatrizado. Ya nada lo retenía por más tiempo en aquella ciudad, una ciudad a la que no olvidaría.

Pero debía cumplir una promesa. Alguien muy importante para él le esperaba, y debía acudir a su encuentro.
Pocos días restaban ya para que el nostálgico otoño cediera su lugar al adormecido invierno. Ya se hacía notar el frio al atardecer, pero aquello poco importaba a nuestro amigo. Para él, nada podía impedir su ansiado encuentro con el hermoso mar.
Bartolomé se sentía inseguro; todas aquellas cosas confundían su orientación. Por unos momentos se sintió perdido y, de un modo instintivo cerró los ojos pues, pensó que tal vez así, encontraría mejor el camino que habría de llevarle hasta el mar. 

Pero cuando se disponía a andar, algo apenas imperceptible hizo que frenara sus pasos. Quedó inmóvil unos segundos y entonces gritó:
  • Eres tú, gran amiga. Has reconocido mi presencia y aliándote con el viento me das la bienvenida. Ya no necesito cerrar más los ojos. En adelante siempre permanecerán abiertos, incluso cuando duerma, pues he descubierto que se puede ver a veces más claro con los ojos cerrados, que cuando se tienen abiertos. En cambio existe un ojo más importante, y es con él, con el que ahora yo te veo y siempre te he visto. Es con el corazón, con el amor, ese amor con el que siempre debemos mirarnos el uno a otro.
Nuestro amigo se acercó sin prisa al encuentro con el mar, su fiel compañera. 

No tardaría en alcanzar la orilla de aquella playa que en época otoñal se sentía abandonada y desierta. 

Allí estaba. Era inmenso, casi infinito, luciendo su mejor azul. Aquellas olas se sentían alborotadamente felices, y en su ir y venir acariciaban una y otra vez los pies de Bartolomé, su buen y leal amigo.



FIN

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cuento para Libra: "Un Otoño Mágico - 1ª Parte"



Tan solo el constante y paciente ir y venir de las olas del mar enturbiaban, con su acompasada nota, aquel acostumbrado silencio que, desde un tiempo acá, venia haciéndose habitual en aquellos atardeceres otoñales.

Bartolomé se había convertido en un asiduo espectador. Sin duda, aquella brisa refrescante, y al mismo tiempo cautivadora y nostálgica, atraía profundamente los sentimientos de nuestro amigo, el cual cada tarde y siempre a la misma hora  -en el ocaso del día-, se apresuraba hacia aquellos parajes con la intención de fundirse en un esperado encuentro con aquel hermoso momento.

Para quienes conocían a Bartolomé, la iniciativa de nuestro amigo les había sorprendido felizmente, puesto que apenas si le habían visto bajar a la playa durante todo el verano. No obstante, no podían evitar el sentirse contrariados cuando en respuesta a su sorpresa, no encontraban razonable el que un niño ciego se interesase por contemplar la belleza indescriptible que siempre acompaña a una puesta de Sol.

Quizás tuvieran razón al pensar que de nada le valdría bajar a la playa si su intención era gozar del esplendor de la naturaleza cuando llega la hora del ocaso. Pero los que así pensaban, no alcanzaban a comprender la profunda necesidad que motivaba a nuestro protagonista a llevar a cabo aquella acción.

Bartolomé aún no había cumplido los diez años de edad y ya, desde su nacimiento, sufrió un accidente que lo dejó ciego, por lo que durante todos esos años había crecido con un hermoso sueño, la esperanza de que algún día pudiera recuperar la vista.

Pero a medida de que los años habían ido pasando, el mismo tiempo ha ido poniendo límites y recortándole la ilusión de poder llegar a ver, a la vez que había ido alimentando sentimientos de apatía y desinterés por seguir viviendo.

Cada tarde, cuando acercándose a la orilla del mar recibía su cautivador rumor y las caricias de su brisa, nuestro amigo no podía evitar el sentir que su vida se consumía y estaba dispuesto a dar gran parte de ella, si a cambio conseguía el don de la vista.

Aquel sentimiento atormentaba cada vez con más fuerza a Bartolomé y ello lo motivaba cada día para que a la hora del atardecer, cuando ya nadie solía bajar a la playa, se dirigiera al encuentro con el mar, desconociendo que al mismo tiempo presidia la acostumbrada despedida del Sol y el fiel regreso de las estrellas del  firmamento.

En aquella tarde, aquel silencio acompasado por el rítmico canturreo del mar, fue interrumpido por el rumor de unos pasos que se acercaban con expresiva torpeza, y al tiempo con especial  cautela.

En efecto, se trataba de Bartolomé que con su habitual puntualidad y acompañado de un artilugio metálico que le hacía las veces de bastón, se acercaba pausada y cuidadosamente hacia la orilla de la playa.

Difícilmente podríamos saber cómo podría imaginarse nuestro amigo aquella belleza majestuosa que abría sus brazos en un horizonte que invitaba a pensar en el infinito.

¿Cómo seria el mar para Bartolomé?

La verdad era que él no podía tener una visión exacta de ello, pero sí tenía algo que los demás no poseían, sabia dialogar con el mar.
Para las demás personas, el ir y venir de las olas, cada brisa, cada gemido del agua al chocar estrepitosamente con las rocas, carecía de importancia. En cambio, para nuestro amigo todo tenía matices diferentes, sabía responder al lenguaje del mar, y en este interesante intercambio había quedado absorto.

Transcurrieron los minutos, y las horas, y un nuevo día se despedía con tono cansado,  pero siempre dispuesto a renacer con nueva vitalidad.

Cierta tarde, y de un modo misterioso, el mar se encrespó sin que se previera ningún fenómeno que justificase aquel hecho. Las olas alcanzaron elevadas alturas y rugían con tanta furia que, incluso por unos momentos reinó el pánico en los pueblos cercanos.

La sorpresa aumentó cuando de repente todo volvió a la calma. Sin embargo, algo llamó la atención de cuantos espectadores asistieron a aquel suceso.

El joven Bartolomé se encontraba allí, sentado junto al mar y las olas, con un profundo respeto, apenas si acariciaban sus pies.
  • ¿Por qué te has enfadado? No debes estarlo, a veces debo cuidar de mi familia, debes comprenderlo. 
Bartolomé hablaba en voz alta y se dirigía al mar, un mar que había pasado de la tempestad más brusca a la más profunda calma.
  • Hoy tengo algo muy importante que contarte, aunque me entristece pensar que no te va a gustar - nuestro amigo hablaba pausadamente, y entre frase y frase, esperaba, como si el mar fuese a contestarle-. Pero antes de contártelo, quiero que me prometas una cosa. 
Un fuerte rugido que hubiese estremecido al mismo diablo, sacudió aquel misterioso silencio…
  • No, no puedes enfadarte, y debes prometerme que respetarás y comprenderás mi deseo - en esta última palabra nuestro amigo titubeó y balbuceando continuó diciendo-. Hoy me ha visto un nuevo médico. A mi no me importa, ¿sabes?, son tantos los que he visitado ya, que todo es una pérdida de tiempo. Mis padres no desfallecen en su empeño de que mi ceguera, algún día, deje de serlo. Para mí, en cambio, toda esperanza murió hace mucho tiempo. Me han operado dos veces, y ¿para qué?, para aumentar mi sufrimiento. Tú eres mi único amigo, tan sólo tú me comprendes. A pesar de no poder verte, formas parte de mi vida y gracias a ti, aún sigo viviendo. Soy un inútil. Sí, ya sé, puedo andar, oír, y mis manos son ágiles y fuertes, pero. ¿acaso puedo correr y competir con los demás niños?, ¿acaso puedo expresar con palabras aquello que nunca he visto?, ó ¿acaso pueden mis manos moldear o pintar lo que mis ojos no han percibido? 
Era evidente que Bartolomé sufría intensamente con sus circunstancias. Nadie daba respuestas a sus emociones confusas. Su familia se preocupaba de su vista, pero no se habían dado cuenta de que no era esa la única aflicción que Bartolomé padecía. Igual de importante era para él su fracasada integración con el resto de los niños.
  • Vengo a despedirme de ti. Por un tiempo he de trasladarme a otro lugar. El médico ha sugerido a mis padres que me opere en la ciudad. Allí tienen mejores medios y los riesgos son menores. ¿Sabes una cosa amigo?, Si fuera posible que mis ojos al abrirse vieran, lo primero que haré será venir a contemplarte, aunque no podré verte más hermoso de lo ya te contemplo. 
Ninguno de los dos amigos, ni el joven Bartolomé, ni el hermoso mar, sabían en aquel momento, si tendrían la oportunidad, más adelante de volverse a encontrar, pero ambos sabían que compartían algo en común, algo de muy preciado valor que hacía poderoso a quienes lo poseían, ese algo para ellos era el Amor. 


El día de la partida no se hizo esperar. Todo sucedía muy deprisa. La verdad era que los padres de Bartolomé deseaban, intensamente, que su hijo recobrase la vista, y para conseguirlo estaban dispuestos a aprontar cualquier sacrificio.

Coincidiendo con el amanecer, un coche recogió a nuestro amigo y a sus padres; mientras que éstos se despedían de su hogar, volviendo sus miradas, Bartolomé ocupaba su atención con un profundo sentimiento de aflicción, al mismo tiempo que de esperanza. Decía adiós a su amigo el mar, pero la ilusión de poderlo ver algún día alegró por unos instantes su corazón.

El viaje era largo y por este motivo, los padres de nuestro protagonista decidieron parar unos minutos en el camino.

Bartolomé apenas si sabía que hacer. Lo cierto era que no podía hacer muchas cosas. Al no conocer el terreno difícilmente se atrevía a dirigirse a algún lugar. No obstante, algo llamó fugazmente su atención. Hubiera jurado que muy cerca de allí debla de encontrarse pastando un rebaño de ovejas.

Él siempre había querido acariciar la suave piel de la oveja. Mucho había oído hablar de la lana, más nunca había tenido ocasión de poder palparla. Fue ese el motivo que incitó a nuestro amigo a lanzarse tras el balido de las mismas. No le seria difícil orientarse en el espacio. Sin duda era ciego pero el sentido auditivo lo tenía supedesarrollado, dando buena muestra de ello, ya que a los pocos minutos, Bartolomé llegó al lugar donde, si hubiese tenido la oportunidad de contemplarlo, habría sido testigo de la existencia de un gran rebaño de hermosas ovejas.

Su presencia en un principio llamó la atención de algunas de ellas, pero estas  no tardaron en continuar sus quehaceres habituales y apenas si le prestaron más atención.
  • Venid, venid bonitas, no debéis temer nada, quiero ser vuestro amigo, no os haré ningún daño. ¿Es verdad que vuestro pelo es muy suave? 
Mientras que esto decía, nuestro amigo intentaba acariciar a alguna oveja, pero estas no se dejaban y, en el momento en que él se acercaba, se alejaban tímidamente.
  • Creo que no os soy muy simpático, aunque os comprendo. Sin duda debéis defenderos de vuestros posibles enemigos y la desconfianza es  vuestra mejor defensa. Bien, al menos lo he intentado. 
Ya se disponía a retirarse de nuevo hacia el lugar donde se encontraba el coche, abandonando su empeño, cuando una voz suave y armoniosa llamó su atención.
  • Espera, no te vayas, quizás yo pueda satisfacer tu deseo. Si no me equivoco, nunca has visto una oveja, ni tan siquiera has tocado su suave pelo. 
Bartolomé, dirigió instintivamente su mirada hacia el lugar de donde partió aquella voz. No esperaba verle, pero él sabía distinguir por el tono de la voz cuándo una persona es verdaderamente amable y cuando no lo es.

En esta ocasión se trataba de una voz agradable, suave y melodiosa. Intentaba imaginar la edad de aquel desconocido y llegó a pensar que debía tener unos treinta años aproximadamente. Pero aquello no le importaba mucho, la verdad es que tan sólo le preocupaba si su presencia allí resultaba hostil.
  • ¿Quién es usted? -preguntó el joven sin expresar miedo, aunque sí reflejaba un gran interés.-
  • Soy el pastor, el encargado de custodiar cuantas ovejas están delante de ti, pero, dime, ¿tú no eres de estos lugares? ¿no te habrás perdido?
  • Oh no, mis padres se encuentran al otro lado del camino. Me dirijo a la ciudad con ellos, pero hemos parado un momento para descansar un poco. Tal vez estén buscándome - le contestó el joven Bartolomé con cierto nerviosismo - hizo un gesto de querer despedirse, pero el pastor,  una vez más le invitó.
  • Espera, no tengas prisa. No debes preocuparte por tu familia pues, acabo de verles descender la ladera del rio. ¿Acaso no quieres acariciar la lana de una de mis oveja? Vamos acércate, no tengas miedo. Ven y dame tu mano, te presentaré a la más pequeña del rebaño, se llama Blanquita, es muy cariñosa. 
Bartolomé se acercó hasta el Pastor y mucho más confiado, le tendió la mano. Tal vez no hubiese sabido traducir con palabras la sensación que se apoderó de él en aquellos momentos. Era una mezcla de alegría y triunfo. Al fin había logrado cumplir un sueño pero, a pesar de aquel sentimiento, su rostro se entristeció profundamente y no pudo evitar dar muestra de dolor.
  • ¿Qué te pasa amiguito? - le preguntó dulcemente el pastor, al ver que sufría-.
  • Es la primera vez en mi vida, que uno de mis sueños se hacen realidad. Soy tan inútil…, y a los inútiles nadie le ofrece oportunidades.
  • No debes decir eso, y menos aún sentirlo. Sabes, hace muchos años, cuando yo aún era un mozalbete, como tú ahora, recuerdo que mi abuelo, que también era pastor, me contaba hermosas fábulas y fantásticos cuentos, y uno de ellos, que aún no he olvidado, se refería a alguien como tú. Quizás te pueda interesar oírlo; es más, aún tenemos tiempo, tus padres pasean tranquilamente entre los almendros. 
De este modo, aquel misterioso pastor ganó la simpatía del desdichado joven.
  • Sí, como te decía, querido amigo, nuestro protagonista también es ciego como tú, pero era mucho más ambicioso, él no se conformaba con su condición y era tanta la rebeldía que alimentaba su corazón que, con su actitud consiguió que nadie conviviera con él, pues el único sentimiento que albergaba era el odio y el rencor. Cierto día, nuestro personaje se embriagó. Solía hacerlo con frecuencia, pues decía que el alcohol ahogaba sus penas. Pero en aquella ocasión la situación se agravó, ya que no encontrándose en sus cabales, cuando se dirigía a su habitación tropezó violentamente, con la mala suerte de que la lámpara se estrelló en el suelo y al contacto con éste, estalló en llamas prendiendo fuego. Muy difícil lo tenía nuestro amigo, gritó como un loco hasta desesperar, pero los vecinos estaban acostumbrados a esos griteríos y no le prestaron mayor atención; además, era ya muy tarde y nadie estaba dispuesto a ayudarle. Fue entonces - según cuenta la leyenda-, cuando viéndose tan cerca de la muerte, aquel desgraciado deseó con toda sus fuerzas ver. 
  • Necesito ver, quiero ver, no puedo morir –gritaba aquel enloquecido hombre-. 
  • Con la rabia de la muerte en los labios, lloraba irritado. Y en aquella desesperación pronunció un último deseo.
  • Daría mi vida por poder ver en estos momentos. 
  • El nunca sabría cómo, ni de dónde procedía aquel elegante señor, pero la verdad fue, que en respuesta a aquella súplica, aquel hombre, que era ciego recobró la vista. No obstante, a partir de ese momento su único deseo sería volver a perderla para siempre.
  • ¿Quién eres y qué haces en mi casa? 
Ante nuestro personaje se erguía una tétrica figura, pálida y fría, como recordando a la muerte.
  • No seas ingrato, en verdad deberías agradecer mi presencia, pues gracias a mí, ahora ya puedes ver. No recuerdas, ¿acaso te falla la memoria? Fuiste tú, hace unos instantes, el que entregaba su vida a cambio de obtener la vista. Pues aquí me tienes, soy el diablo. Pero no temas, tan solo vengo por algo que ya no tienes y que me pertenece, tu vida.
...continuará

domingo, 25 de septiembre de 2016

¿Cómo educar a un niño Libra?


Cuando la Astrología deje de ser incomprendida por los cánones oficiales y criticada de hechicería, brujería u otras endemoniadas artes, y por el contrario, sea aceptada e integrada al sistema social, entonces, la medicina, y muy en especial la Ginecología, tomando conciencia de lo importante que es crear de acuerdo a las Leyes Divinas, aconsejarán, gratuitamente, a los futuros padres, que "encarguen" a sus descendientes, de modo que al cumplirse los nueve meses de embarazo, sea el signo de Libra el que esté "bautizando" cósmicamente al recién nacido.

¡No!, no vayan a pensar que los demás signos son peores. Sería llevarles a un error, si así lo afirmáramos. Ocurre que cada signo tiene su "gracia" particular, y se puede decir que son expertos en algo, que los demás no lo son.

Esta aclaración nos lleva a plantearnos entonces, ¿por qué los ginecólogos aconsejarán la programación para Libra?. Muy sencillo, y es algo que deben saber los afortunados padres que reciben en su hogar la llegada de una criatura Libra. Este "divino" ser viene dotado con una codiciada virtud, la de sembrar la paz y la armonía donde se encuentre.

Quizás ahora comprendan las razones de esos especialistas en la programación de la especie humana. ¿Acaso, el mundo no tiene hambre y sed de paz?

Fíjense bien, padres y educadores, la responsabilidad que acabáis de asumir os lleva a conocer que vuestro hijo tiene en su destino una importante misión que cumplir, ser un portador de la UNIDAD. Por lo tanto, debe encontrar esa "materia prima" a su alrededor, en primer lugar en su familia más directa y más tarde en la sociedad.

El niño Libra desde que nace ya expresa su belleza interna. Sus rasgos físicos son armoniosos y denotan una delicada hermosura. Ese refinamiento externo, es una necesidad psicológica en él, por lo que, las maneras bruscas y ásperas que reciban en su educación, vendrán a oscurecer su conciencia, y le será más difícil encontrar argumentos lógicos para realizar su misión. Si crece en un ambiente de disputas, luchas y violencias, vuestro hijo sufrirá enormemente, ya que, los impulsos naturales que le animan, le llevará a "meterse por medio" cuando sea testigos de escenas de desarmonía. Si no cuidáis esos detalles, cuando sea mayor, buscará la armonía del único modo que lo ha aprendido, no creerá en ella, y si aún le quedan estímulos para seguir buscando la manera de llevar la paz, no le importará quien caiga en la lucha, si al final, la derrota del otro, le permite alcanzar su objetivo.

También puede ocurrir, y de hecho es muy común en los niños Libra, que la violencia y la agresividad externa, le lleve a inhibir sus energías, que ha de inducirle a "mediar" en defensa de lo que es justo. Ese complejo de su personalidad, le hará ceder, por miedo a que el otro le retire su amistad y confianza. Ese rasgo del niño Libra, le llevará a tener dificultad en aquellas ocasiones en las que debe decir "no". Nunca encuentra el momento de contrariar la voluntad de los demás Él sabe que está mal, que es un abuso lo que le propone el otro, pero no le dirá "no".

Tener a todos contentos, sin que la lucha, el problema, el conflicto aparezca. Ese será su mayor preocupación. Pero sabed, que cuando el niño Libra, que es súper sociable, reciba un ejemplo constructivo en su infancia en la que las diferencias de opiniones entres sus familiares se solucionen por la vía del dialogo, entonces, tener por seguro, que cuando sea mayor no se inhibirá y sabrá decir "no" cuando aquello a lo que se enfrenta sea "injusto".

Por lo tanto, no debéis esperar muchas dificultades en la educación del niño Libra. Os complacerá desde muy pequeños, pues compartirá sus pertenencias, se relacionará con facilidad con los demás, será amable, cariñoso, simpático y educado. Cae bien a todos, pues va reflejando el comportamiento que querrían para ellos.

Una cosa debéis saber, pues es importante. Hasta que adquiera el Cuerpo Mental, aproximadamente a los 21 años, vuestro hijo puede dar muestras de inestabilidad en su carácter. Hoy está eufórico, mañana está triste. Entre la alegría y la melancolía irá creciendo. Potenciadle siempre con estímulos positivos. Aconsejadle la actitud del optimismo. Que no preste atención a lo que representa en su vida el pasado. Aún siente nostalgia de la etapa vivida cuando fue "Agua-Sentimientos".

El equilibrio es fundamental en su vida, y el sentimiento de unidad, es vital. En el futuro será un gran diplomático, un conciliador nato, un restablecedor del orden alterado, o tal vez, un inspirado artista.

Como ya hemos visto, su virtud es crear armonía, pero también la armonía tiene niveles de evolución, y si queréis que vuestro hijo alcance la mayor expresión de ese arte, trabajad para que la paz reine en vuestro hogar. Pues qué mejor melodía o qué mejor lienzo o escultura puede ofrecernos, que el ser un PORTADOR DE PAZ.