sábado, 9 de noviembre de 2019

Cuento para Escorpio: "El Secreto del Amor - Final"

Fue un suave silbido, lo que en un principio llamó la atención de la joven Virginia. No alcanzaba a comprender lo que estaba ocurriendo. Pero aquella inquietud se desvanecería rápidamente pues, ante sus ojos aparecieron dos gigantescas serpientes. Una totalmente negra, que se deslizaba torpemente en el camino de la izquierda. La otra, mayor aún y de colores brillantes y vivos, se acercaba por el sendero de la derecha. 
En poco tiempo ambas serpientes llegaron hasta el lugar donde se encontraba la valerosa Joven, y fue la serpiente negra la que puso fin a aquel frío silencio.
  • Seas bienvenida, joven princesa, dime ¿tienes miedo?
  • ¿Por qué debo tener miedo?, ¿acaso he violado alguna de las leyes de la naturaleza. ¿No he respetado la ley de los Cuatro Ciclos o tal vez no he contemplado las normas de Binah? No tengo nada que temer -le contestó la Joven Virginia-. 
Sin duda, conocía muy bien que el miedo nacía de la propia inseguridad y de la ignorancia del Hombre. Cuando no deseamos cumplir nuestras obligaciones, dejamos en la sombra parte de nuestros deberes con la vida, y será la voz de esos trabajos pendientes los que alimentarán nuestro miedo.

Virginia había vencido a la tentación del miedo y ahora podía enfrentarse cara a cara con él.
  • ¡Ja, Ja, Ja…!, veo que en verdad haces honor a tu fama –le replicó la serpiente negra, mientras reía-.
  • ¿A qué fama os referís? -preguntó con cierta ansiedad la joven-.
  • ¿A qué fama os referís…? -vociferó remedando la serpiente, un poco contrariada-. ¿Acaso piensas que en la Morada Secreta del Vav puede entrar cualquiera?  Tú has sido elegida por los Doce Sabios Solares para que lleves a cabo una importante misión. ¡Pero bueno!, ¿es que vas a permanecer todo el tiempo en silencio? - le dijo a su compañera, la serpiente reluciente-. Vamos cuéntale a esta hermosa joven en qué consiste su trabajo.
  • Está bien, está bien, pero no grites tanto -le respondió con melodiosa voz aquella otra serpiente, que a pesar de tener cuerpo de reptil, su cabeza resplandeciente como un Sol, la asemejaba a una hermosa flor-.
  • Es verdad lo que te ha contado mi compañera… Has sido elegida entre los habitantes de tu pueblo para que pongas fin a la crueldad del malvado Mun. Tan sólo tú podrás hacerlo.
  • Pero... ¿cómo podré vencer a tan poderoso mago? Su poder es inmenso y yo no tengo armas para vencerlo.
  • Es cierto, y dices bien cuando refiriéndote a su poder lo valoras como inmenso. Él recibió ese poder de nosotros, pero se engañó a si mismo, cuando pensó que podía ser el único dueño. No te resultará fácil vencerlo, ni nosotros sabríamos decirte cómo debes hacerlo, tan sólo tú sabrás conseguirlo en su momento.
  • Pero quizás -interrumpió la serpiente negra no llegues ni a intentarlo pues, para hacerlo deberás superar una prueba, una prueba que otros intentaron y que muy pocos consiguieron vencer con éxito.
  • Dime, ¿de que prueba se trata? -le preguntó desafiante la joven Virginia a la serpiente del sendero de la izquierda-.
  • Deberás decidir, ¿cuál de estos dos caminos tendrás que tomar, el de la izquierda o el de la derecha?, pero cuidado, pues si tomas uno y no el otro, te perderás, y ya jamás nadie te encontrará. Cuando tengas la solución, llámanos. Ahora déjanos descansar, el mundo necesita de nuestro canto…, necesita de nuestro calor. 
Tres dlas transcurrieron y la confusión seguía acompañando a la hermosa joven. No alcanzaba a ver qué sendero tomar, para evitar perderse. Si tomaba el de la izquierda y no el de la derecha, se perdería y si actuaba de modo inverso, tomando el de la derecha y no el de la izquierda, igualmente se perdería. La única solución -­pensó-, era unirlos a los dos, pero, ¿cómo hacerlo?

Intentó buscar otras entradas, pero todo fue inútil. Comenzaba a desesperar, y entristeció al pensar que la suerte de su pueblo estaba en sus manos y ella no sabía cómo salir airosa de aquella prueba. Recordó cómo su padre en aquellas ocasiones de turbulencia y confusión la aconsejaba ya, desde muy pequeña, levantar el rostro y mirar hacia el cielo donde reinaba el Gran Sol. Siempre le decía, que la generosidad del Sol era tan grande que en respuesta a la cortesia de dirigirle nuestra mirada, Él nos concedía siempre nuestros deseos.

Pensaba la joven Virginia, sino sería un cuento de tantos como le narraba su padre, pero se dijo que no perdería nada intentándolo.
Suavemente, sin ninguna prisa, Virginia elevó su rostro a pesar de que sabía que le sería imposible poder ver el cielo.

Casi quedó de piedra al contemplar aquella extraña visión. Allí estaba, ¿cómo no se había dado cuenta antes? Era tan fácil que ni tan siquiera pudo verlo. Jamás se lo hubiese imaginado.

Pletórica de entusiasmo, se dirigió con rapidez a comunicar su visión a las serpientes, y así lo hizo.
  • Despertad, os lo ruego. He encontrado la solución a vuestra prueba.
  • ¡Ah sí! Espero que así sea…, pues has interrumpido mis horas de sueño -le decía burlo namemte la serpiente negra-. ¡Vamos y dinos!, ¿qué camino tomarás para no perderte jamás, el de la izquierda o el de la derecha?
  • Ninguno de los dos caminos he de tomar, sino que construiré un nuevo sendero, en el que ambos caminos puedan estar…
  • Y… ¿cómo lo harás…? -le interrogó la serpiente reluciente-.
  • Muy fácil, ya lo veréis, pues es con vuestra ayuda que lo conseguiré.
  • ¿Con nuestra ayuda, dices? -preguntó asombrada la serpiente negra-.
  • Así es. Ya no os arrastraréis más, sino que debéis erguir vuestros cuerpos y dirigiros hacia el cielo. Si así lo hacéis, vuestros cuerpos se cruzarán y vuestros caminos se encontrarán. Allí, donde esto ocurra, se establecerá un nuevo sendero al que llamaremos el sendero del centro. 
Y las dos serpientes al unísono, siguiendo sus consejos al pie de la letra, se elevaron y dirigieron sus pasos hacia el cielo y cuando así lo hicieron, sus cuerpos se cruzaron y sus caminos se encontraron dejando abierta una nueva ruta. Cuando llegaron al final de ésta, la serpiente negra seguía dominando el sendero de la izquierda y la serpiente reluciente gobernaba el sendero de la derecha, pero en el centro se había creado un nuevo trono, que iluminaba con luz propia todos los senderos. De aquel trono surgió una Estrella, una Estrella de cinco puntas, la cual le fue obsequiada a la joven Virginia como recompensa de sus esfuerzos.

Aquella Estrella le daría el poder necesario para vencer al poderoso Mun, el mago negro.

Fueron aquellos gritos los que hicieron retornar la conciencia a aquellos cuerpos abandonados al reconfortador descanso.

Sin duda había una razón muy importante para que aquel feliz hombre gritase de aquella manera. La bruma de la noche que parecía eterna, había desaparecido.
Había dejado de llover y en el cielo, lucía un Sol pletórico de fuerza y poder.

No pudieron evitar, que sus ojos al abrirse a aquel nuevo día, se sintieran heridos. Habían pasado tres largos días sumergidos en la penumbra y ahora debían adaptarse de nuevo a la luz.

Todos agradecían al cielo aquellos momentos y cuando el júbilo se fue adormeciendo, muchos se preguntaron qué había podido suceder para que aquel cambio se hubiera producido.

La joven Virginia se dio cuenta de aquel desconcierto y quiso poner fin a toda confusión, explicándoles el sueño que había tenido, y al mostrarles cómo de su cuello luciía una estrella de cinco puntas dotada de un poderoso poder, todos creyeron en ella.
  • Ahora podrás vencer al malvado Mun -le dijo una voz entre la multitud-, podrás devolvernos nuestra libertad! 
Pero la expresión del rostro de la joven Virginia no parecía compartir aquella eufórica alegría. En lo más profundo de su alma, había descubierto un sentimiento muy especial por aquel desdichado ser que tanto daño le había causado a todos.

Por su mente se sucedieron unos a otros, los recuerdos de las escenas de dolor propiciado por el mago Mun, y todo –pensó-, por un desdichado amor.

Las voces, de nuevo, la hicieron volver a la triste realidad, comprobando que dificilmente podría rehuir la misión que se le había encomendado, vencer al terrible Mun.

Había llegado la hora de hacer frente al poder del mago… No podía demorar por más tiempo la prueba, y menos aún ahora que Mun sabía de su poder y ansiaba demostrar a todo el mundo, una vez más, que él era el más poderoso de cuantos seres habitaban en la tierra.

La joven y valiente Virginia se preguntaba ¿cómo podría vencer la maldad de Mun, sin enfrentarse a él, con una nueva maldad.

Virginia sabía que la violencla generaba violencia y por ello decidió encontrar otro modo de solucionar aquella situación.

Fue entonces, cuando hizo un pacto con el Sol. Le rogó que le ayudase a detener la crueldad del mal, y para conseguirlo debía, por una sola vez, destronar a la oscuridad. El Sol accedió con la condición de que en adelante se restableciese para siempre el equilibrio en la Naturaleza y se respetasen sus ciclos.
Y así seria, pues en aquel día, el Sol luciría permanentemente y a pesar de los muchos intentos que llevó a cabo el mago Mun, no conseguiría que la penumbra ocupara su puesto.
  • No importa, no le temo a la Luz, pues mi victoria será mayor venciendo en tu propio terreno -exclamaba con tono triunfante el cruel Mun-. 
La verdad no era esa y bien lo sabía el terrible Mago. Su poder se alimentaba de las tinieblas y en la Luz se desvanecía parte de su fuerza.

Pero la vanidad no le permitía sentirse derrotado y prefirió enfrentarse y retar a la Joven Virginia.
  • Vamos, niña valiente, ¿dónde está tu valor y tu poder? ¿Rehusas mi invitación? Estoy seguro que te venceré, te aplastaré como a una minúscula hormiga y después te arrojaré a las alimañas para que le sirvas de alimento. ¡Ja, Ja, Ja…! -reia con rabia el malvado mago-. 
Todos en el pueblo esperaban que, de un momento a otro, la batalla diera comienzo. Todas las miradas se posaban sobre la joven que una vez más sintió la necesidad de huir de todo aquello, pero la responsabilidad era tan grande, que decidió definitivamente ir al encuentro del mago Mun.
No tardó en llegar al lugar convenido para la lucha. Se sentía observada, pero no sintió miedo. Su corazón estaba angustiado y apenado porque no había logrado rehuir aquel enfrentamiento.

De repente el paisaje empezó a transfigurarse y de un modo inexplicable, se encontró en el interior de una mansión, donde todo era de oro y piedras preciosas. En la habitación donde se encontraba la joven, todas las paredes eran de espejos y en cada uno de ellos su hermosura se multiplicaba, hasta el punto que la seducía y halagaba tantos encantos.

Todo era un ensueño, un ensueño maravilloso. A veces la joven Virginia había soñado con poseer toda aquella riqueza y ahora tenía la ocasión de gozar de ellas. ¡Qué feliz se sentía, era toda una reina entre tanto esplendor!
Hermosas y jóvenes doncellas la servían y la obsequiaban con maravillosos y fantásticos vestidos. Todo estaba a su disposición, todo cuanto deseaba le era concedido. Debía encontrarse en el cielo, pensó la joven, pero cuando más entusiasmada se encontraba, sintió como algo hería su pecho. Un fuego intenso salía de él. De pronto y de un modo brusco gritó con desesperación. Comprendió que había sido víctima de una alucinación, de un engaño provocado por el poder del malvado Mun, que había penetrado en su inconsciente y desde él, proyectaba los deseos ocultos de su ser.
Tomando entre sus manos la Estrella que colgaba en su pecho, deseó intensamente salir de aquel hechizo. Y así fue. Del mismo modo que llegó hasta aquel lugar, desapereció de él. Pero un nuevo peligro le hacia frente. Allí estaba ante ella, una arrogante figura de expresión fría y desafiante, con el rostro desfigurado por la maldad. Era Mun, el poderoso mago, que con su mirada, pretendía hipnotizar a su rival.
Pero fue en vano. Los ojos profundos y la mirada limpia y humilde de Virginia, puso fin a cualquier intento de poder del mago.
  • Al fin nos encontramos. Eres hermosa de veras. Hoy es un día de suerte para mi, al fin he encontrado a alguien con valor que esté dispuesto a enfrentarse a  mi poder.
  • Te equivocas, poderoso Mun. No he venido a enfrentarme a tu poder, con ello tan sólo conseguiría generar daño y dolor. He venidoa rogarte que no siembres más el terror entre mi pueblo, que dejes en libertad a las doncellas que tienes en tu poder.
  • No sigas, inmundo reptil. Tú eres escoria, y todo tu pueblo será basura, nada más que basura, cuando acabe con él - vociferó muy enfadado el mago Mun-.
  • Hubo un tiempo en el que tú formaste parte de mi pueblo, ¿dónde está aquel joven apuesto que un día fue amado y deseado?
  • Cállate, cállate de una vez. Aquel joven murió. Lo matasteis vosotros. Tu pueblo lo mató, al igual que mató a la única persona que me amó de verdad –el rostro de Mun se había entristecido y expresaba un profundo sufrimiento-.
  • El amor es una fuerza eterna y siempre que queramos podemos acceder a ella. Ese joven pudo encontrar a alguien que compartiera de nuevo su amor con él -le dijo la valiente joven, con la intención de despertar la parte buena de aquel corazón afligido-.
  • No, jamás nadie podrá ocupar aquel vacío que un maldito día dejara en mi corazón. Ahora todo en mí es odio y podrás comprobar que el odio no muere.
  • Te equivocas de nuevo.
  • ¡Cállate! He dicho que te calles -el mago no pudo ccmtener su furia y se apodero de la joven Virginia-.

En aquel forcejeo, el Cáliz del Poder, forjado por Mun, cayó al suelo y en ese justo instante los ojos entristecidos de la joven Virginia se elevaron una vez más al cielo. No pudo evitar que las lágrimas descendieran por su rostro, deslizándose hasta caer en el Cáliz del Poder.

La joven comprendía que amaba a aquel cruel ser. Hasta ese momento no supo interpretar con claridad sus sentimientos y en esos momentos críticos, cuando su vida apenas tenía valor, todo tomó sentido.
  • Ja, Ja, Ja…-reía embriagado por el sabor de la victoria, el mago Mun. ¿Dónde está tu poder? Yo te enseñaré el mío.
Diciendo estas palabras no se percató de que el Cáliz contenía las lágrimas de la bella joven. Vertiendo un brevaje mágico en el Cáliz, el malvado mago bebió su contenido de un sólo sorbo, y entonces, de su garganta pareció salir fuego, sus ojos amenazaban con salir de sus órbitas y todo su cuerpo se estremeció, sin que tuviera control sobre él.

Mientras todo aquello sucedia, la humillada joven permanecía paralizada sin comprender qué sucedia. Al cabo de unos minutos aquel cuerpo dejó de convulsionar. De su garganta ya no salia fuego y sus ojos se encontraban apagados. Todo parecía indicar que aquel poderoso mago había muerto.

Así lo temió la joven Virginia, quien conmovida por su recién descubierto amor, se acercó hasta aquel cuerpo vencido por su propio odio. Lloró, lloró desolada al comprobar los resultados generados por tanta maldad. Lloró porque sintió el dolor que debió sentir aquel desdichado ser, al perder a la persona amada.

Acariciando el rostro entre sus manos, la valerosa joven acercó sus labios hasta posarlos en los labios de aquel infeliz. Y sucedió, sucedió el milagro tan deseado. Fue una sensación viva, intensa. Una sensación nueva. Una sensación de inmensa felicidad. Ahora lloraba de nuevo, pero en esta ocasión no era de dolor, ni de tristeza, era de felicidad.

Aquel rostro que antes expresaba odio y maldad, ahora se le antojaba angelical. Aquellos ojos inyectados en sangre por la maldad, ahora expresaban bondad.

No estaba muerto. Al principio se resistía a creerlo, pero allí estaba, vivía, no podía negarlo, y ahora sí era aquel joven apuesto, al que un día, todos tuvieron ocasión de amar.

No necesitaban expresar con palabras aquel sentimiento que cautivaba sus corazones. Cuantos testigos asistieron a aquel extraño suceso no olvidarían jamás aquel feliz momento.
Fundidos en un deseado abrazo, el mago Mun y la joven Virginia, parecían formar un sólo cuerpo. De sus corazones surgió una intensa luz que fue a proyectarse en el cielo, dibujando en el éter celeste, las imágenes de dos serpientes enroscadas en un mismo centro, donde coronaba una Estrella de infinito Poder, el Poder Eterno.

Y aquella visión fue interpretada como el anuncio del esplendor que debería reinar en los tiempos venideros. 

Una vez más y felizmente, el Amor supo fundir en su seno el poder negativo del odio, y es que, el único modo de vencer al mal no es combatiéndolo, sino dejando que agote su poderío, y cuando así lo haya hecho, derramar sobre él nuestro perdón, para dejarle un vivo ejemplo.



FIN

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 313


LECCIÓN 313

Que venga a mí ahora una nueva percepción.

1. Padre, hay una visión que ve todas las cosas sin mancha alguna de pecado, lo cual indica que el miedo ha desaparecido, y que en su lugar se ha invitado al amor. 2y éste vendrá dondequiera que se le invite. 3Esta visión es Tu regalo. 4Los ojos de Cristo contemplan un mundo perdonado. 5Ante Su vista todos los pecados del mundo quedan perdonados, pues Él no ve pecado alguno en nada de lo que contempla. 6Permite que Su verdadera percepción venga a mí ahora, para poder despertarme del sueño de pecado y ver mi impecabilidad en mi interior, la cual Tú has conservado completamente inmaculada en el altar a Tu santo Hijo, el Ser con Quien quiero identificarme.



2. Contemplémonos hoy los unos a los otros con los ojos de Cristo. 2¡Qué bellos somos! 3¡Cuán santos y amorosos! 4Hermano, ven y únete a mí hoy. 5Salvamos al mundo cuando nos unimos. 6Pues en nuestra visión el mundo se vuelve tan santo como la luz que mora en nosotros.


¿Qué me enseña esta lección? 


Padre, desde que elegí proyectarme desde mi mente, este acto volitivo propició la fabricación de un mundo cuyo efecto me hizo consciente de la percepción. 



Esta es la causa que originó la visión de la separación y la identificación con el cuerpo físico. Confundí mi verdadera realidad con la falsa realidad que me ofrece el mundo material. Elegí la ilusión a la verdad y sustituí el Amor por el miedo; la Paz por la culpa; la Gracia por el castigo; la Alegría por la tristeza; la Plenitud por la necesidad; la Abundancia por la escasez; la Dicha por el sufrimiento; la Vida por la muerte.

Hoy abandono la visión del cuerpo y elijo ver con los ojos del Alma. En ese Altar, Padre, se encuentra la verdadera visión, la visión de la Unidad. Elijo ver la Realidad, elijo ver a mi hermano libre de pecado, inocente y pleno. Ya no nos une la creencia en el miedo y en la culpa. El perdón ha allanado el camino que nos conduce a compartir el Amor en nuestro verdadero Hogar.

Nuestros cuerpos cumplen con su función, la de servir de vehículo de comunicación de los Atributos con los que nos ha creado nuestro Padre.

Ejemplo-Guía: "¡Qué bellos somos!"

¿No os resuena esta hermosa plegaria? 
Contemplémonos hoy los unos a los otros con los ojos de Cristo. 2¡Qué bellos somos! 3¡Cuán santos y amorosos! 4Hermano, ven y únete a mí hoy. 5Salvamos al mundo cuando nos unimos. 6Pues en nuestra visión el mundo se vuelve tan santo como la luz que mora en nosotros.
Cada vez que la emito, siento que la densidad de mi cuerpo pierde su poder de gravedad y me envuelve la sensación de elevarme por encima de este mundo. Me siento liberado e ilimitado. No sabría interpretarlo, pero es algo parecido a un renacer. El mundo que antes percibía, lo veo ahora más liviano. No me siento atrapado por sus ilusiones, por sus fantasías. Las miro. Las veo, pero ya no encuentro  significado en ellas.

Esa mirada limpia, me lleva a percibir la pureza, la inocencia, la invulnerabilidad, la impecabilidad, en cada ser, en cada hermano.

¡Cuánta paz emana esa nueva visión! El perdón, es la llave que nos abre las puertas de la salvación. Esa llave, nadie externo a nosotros nos la puede ofrecer. Podemos proyectar fuera de nosotros al mensajero que nos enseña dónde se encuentra la puerta, pero la llave se encuentra en nuestro corazón, en nuestra capacidad de compartir la esencia con la que hemos sido creados, el amor.

Ya no hay débito. Ya no hay culpa. Ya no hay necesidad de castigo. Tan sólo hay la verdadera Visión de Cristo, la que nos recuerda que somos el Hijo de Dios.

Veo tu belleza hermano, tu santidad y tu amor. Unámonos y salvaremos al mundo.

Reflexión: ¿Cómo te ves, reflejado en los demás?

viernes, 8 de noviembre de 2019

Cuento para Escorpio: "El Secreto del Amor - 1ª parte"

La desolación y el temor se habían apoderado despiadadamente de cuantas personas habitaban en aquella tierra de sufrimiento y dolor.

La desesperación se confundía entre aquella multitud que, poseídos por un pánico infernal, corrían despavoridos y frenéticos en busca de un milagro que les salvara de aquella trágica situación.

Durante tres largas jornadas en el tiempo, el cielo profundamente herido por la maldición de un malvado mago no dejaba de emanar con furia de sus heridas,  agua y más agua, hasta tal punto que provocó el desbordamiento de un río cercano.

Las ondinas y los silfos habían  enloquecido, emitiendo gemidos de dolor. Muchos interpretaron en aquel llanto, un llanto de amarga venganza, y no se trataba de ninguna promesa, sino de una realidad. El río se había desbordado y amenazaba con inundar toda la región.

La sabiduría de Mun, una vez más, se expresaba de un modo despótico y egoísta. Maltrataba con su poder a los más débiles y su única ambición era poner fin al amor que enriquecía a aquella tierra.

Nadie sabía verdaderamente dónde se encontraba la morada de Mum, aunque lo cierto era que, sobre su persona se había forjado una leyenda secreta, y era ésta tan temida que incluso se castigaba y penalizaba a quien se atreviera a contarla.

Pero muchos pensaban que aquella actitud respondía a temores infundados para aterrorizar a los niños y a los más débiles y que era tonto ocultar cuanta habladuría había sobre el mago Mun.

Nadie dudaba que Mun, fuese un poderoso mago y como la leyenda cuenta, no siempre había sido malo.

Hubo un tiempo, hace ya muchos años, que un joven inquieto y apuesto, llegó a aquel pueblo con espíritu soñador y buscando conocimientos secretos. Se dice que durante algún tiempo habitó en aquellas tierras, trabajó y se alimentó como ellos, incluso se enamoró de una bella doncella. Pero la suerte no le acompañó en esta aventura pues,al poco tiempo de su romance una extraña enfermedad se apoderó de su amada y llevó la muerte hasta su cuerpo.
Muchos coinciden y cuentan que, desde aquella tragedia nadie más volvió a ver a Mun en aquellas tierras.

El paso del tiempo poco a poco ayudó a borrar de la memoria de aquel pueblo aquella lamentable experiencia y nadie parecía echar de menos la presencia del joven Mun.

Pero cierto día, un viajero errante llegó al pueblo con la intención de reponer sus alforjas de alimentos, y como es costumbr­e en los hábitos de estos aventureros, supo ganar la atención de una gran multitud,  a la que contó los sucesos que acontecían en otros lejanos pueblos.

En sus narraciones habló de un joven apuesto que había forjado un cáliz con metales secretos cuyo contenido, al ser bebido le permitía alcanzar el Poder Eterno.
  • Pero -siguió contando aquel viajero-, sus acciones no hacen honor a su sabiduría y va sembrando la desolación por donde quiera que pasa. 
Aquel viajero ganó la admiración de cuantos le oyeron y una vez terminada su historia y profundamente satisfecho por su empresa, continuó su camino en busca de nuevas aventuras.

Muchos creyeron sus palabras, en cambio otros lo criticaban diciendo que se trataba de un charlatán embustero.

Pero tanto unos como otros, no tardarían en comprobar la certeza de sus opiniones, puesto que un inesperado día algo muy extraño aconteció en toda la región. El Sol había sido destronado y, en su lugar, la noche se coronó en el cielo como dueña y señora del tiempo.

No tardaron en conocer que aquello había sido obra de Mun, el joven inquieto y apuesto, que se había transformado en un poderoso mago negro.

La más profunda oscuridad se adueñó de la región. Con aquella actitud, había conseguido que toda la atención se dirigiera hacia él.
  • ¡Oídme!, se que muchos de vosotros me recordáis como un joven agradable y bondadoso, pues bien, quiero que desde ahora olvidéis esa imagen estúpida y comencéis a verme tal y como soy, cruel y malvado. Pero no os preocupéis, os ayudaré en esa empresa. Todos debéis serme fieles. Yo os gobernaré, y en adelante me rendiréis cuenta. Vuestra tierra es una tierra de muerte, en ella no puede crecer el amor. 
Por unos momentos, el rostro de Mun se transfiguró dejando entrever una expresión de profundo dolor. La tristeza que albergaba desde la muerte del ser que más amaba, lo consumió hasta el punto de caer víctima de la debilidad y, como muchos pensaban, de vender su alma al diablo.
  • Una vez -continuó con furia Mun-, ayudé a construir con mis propias manos este pueblo, y a cambio aquello que amaba me fue negado. Ahora vosotros vais a sentir lo que yo mismo sentí cuando me arrebatasteis lo que más quería. Vuestro primer sacrificio será entregarme a las jóvenes doncellas, pues vuestra tierra ha de quedar sin descendencia. 
Aquella sentencia consumió las vidas de aquel pueblo. Aldea por aldea, la sombra de la desesperación llamaba a sus puertas y las doncellas más jóvenes fueron cautivas y prisioneras, al servicio del malvado Mun.

Pero de cuantas aldeas visitó la cruel sentencia, hubo una en la que fue burlada gracias al valor demostrado por los padres de aquella hermosa flor, una joven de sangre principesca y de una belleza angelical de la que todos se sentían orgullosos de admirar.

No tardó el cruel Mun en percatarse de aquel engaño y  en respuesta a ello, invocó a los espíritus infernales que habitan en las regiones inferiores de la naturaleza. Excitó la furia de las Ondinas y la ira de los Silfos para que, unidos en una misma empresa hiriesen la plácida calma del cielo.

Desde entonces, el trueno rugió incesante y atemorizaba los corazones de cuantos oían su furor. La lluvia no cesaba y el caudal de aquel río vecino aumentó  y como consecuencia de ello, el pueblo se inundó.

Cuando todo parecía estar perdido, un rayo de esperanza se dibujó en el horizonte.

Como un fantasma entre las sombras y haciendo frente a la furia del viento y a los arrebatos de las aguas embravecidas, una nave desafiaba, temerariamente las dificultades de aquel temporal. 

Hacía falta tener mucho arrojo y valor para afrontar aquellos peligros. Pero si alguien había en aquel pueblo capaz de realizar tal hazaña, esa persona era conocida y amada por todos. Se trataba de la hermosa Virginia la que gracias a sus padres pudo burlar la sentencia del malvado Mun.


Con un valor admirable, digno de una singular proeza, Virginia gobernaba la nave con seguridad y destreza; no en vano había sido instruida desde muy pequeña en el arte de la navegación y gracias a ello, ahora daba sobrada cuenta de su habilidad.

Arriesgando hasta agotar los límites de la prudencia, Virginia acercó la nave hasta el lugar que daba cobijo a los supervivientes.

Su propósito era llegar hasta ellos antes que el nivel del agua les hiciera sucumbir a todos.

Luchó con brío y fe y, al final, su esfuerzo se vio recompensado, pues todos pudieron subir a bordo de la nave, desde donde serían conducidos a la otra orilla, en la cual se sentirían  más seguros y a salvo.

A pesar de estar exhaustos por el esfuerzo realizado y desolados por tanto dolor, muchos quisieron festejar aquella pequeña victoria y con ese propósito, pensaron en celebrar una humilde fiesta, aunque para ello se encontraron con una seria dificultad, no tenían nada con que alimentarse.

Pero una vez más la joven Virginia sorprendería a todos por sus determinaciones. Nadie supo cómo lo hizo, pero lo cierto es que allí estaba ofreciendo a todos panes y peces. Ya podían celebrar la fiesta.

Todos creían conocer a Virginia. Desde muy pequeña había sido siempre admirada por su peculiar belleza. Sus cabellos negros y rizados, destellaban rojizos al contacto con los rayos del Sol; sus ojos rasgados, miraban fija y penetrantes y junto a su nariz, de expresión inteligente, formaba un conjunto de envidiable hermosura.

Pero a pesar de que todos parecían conocer los rasgos físicos de la joven, todos se admiraban, pues nadie podría decir que conociera sus inquietudes, sus sentimientos, sus deseos y esperanzas. 

La verdad era que Virginia había sido una niña retraída y reservada, de difícil comprensión, aunque siempre había dado muestra de un admirable valor. 

Sus padres, humildes pescadores, se habían esforzados por educar a la pequeña con disciplina y bondad y el resultado de su labor permitió, que la bella joven expresara hermosas virtudes, como la honestidad y la justicia, la abnegación y la sinceridad, cualidades estas que habían ganado la propia estimación de la joven, la cual se sentía orgullosa de si misma. 

La fiesta se prolongó durante horas. A penas si se habían dado cuenta del tiempo transcurrido, su entusiasmo y júbilo fueron la causa de que olvidaran los peligros que encerraban aquellas noches que se hacían eternas. Todos sabían que las tinieblas reinaban entre las sombras de la oscuridad y detrás de ese velo se encontraban los seres incorpóreos del mal. 

Fue el aullido de un hambriento lobo, el que dio motivos suficientes a cuantos allí se encontraban para que se retirasen a dar descanso a sus cuerpos, unos cuerpos exhaustos y nerviosos, unos cuerpos inciertos y temerosos por no saber la suerte que les aguardaba. 

No tardaría la joven Virginia en improvisar un cómodo camastro entre la espesa naturaleza. Allí estaría al resguardo del relente de la noche y al mismo tiempo se cobijaba entre el calor de la maleza. 

Acababan de abandonar sus cuerpos al descanso del sueño cuando un profundo y oscuro túnel apareció ante ella. De su profundidad una extraña voz la invitaba a seguirla. 

La valerosa joven no sintió miedo, pero si una misteriosa inquietud. Sabía que debía bajar y también sabía que si lo hacía algo muy importante sucedería. 

Sin pensárselo más, caminó segura de si misma hacia el lugar desde donde procedía la voz. Con cautela se fue acercando al final de aquel túnel. No tardó en alcanzar su objetivo pero, inesperadamente aquel camino que parecía acabar allí, le ofrecía ahora dos nuevos senderos. Se bifurcaba en dos túneles, uno a la izquierda,  donde la oscuridad era espesa y otro a la derecha, donde se podía contemplar una cegadora luz. 
  • ¿Qué debía hacer ahora? -se preguntaba la joven-.  ¿Debía arriesgarse y penetrar en aquella espesa noche o en cambio debía dejarse llevar por la acariciadora luz?
La incertidumbre anidaba en su corazón y la duda atormentaba sus pensamientos. Aquel sendero que se abría a su izquierda tenía un fuerte poder sobre ella. Le inspiraba seguridad. Al igual como la noche reconfortaba el cuerpo, aquella oscuridad la invitaba al descanso y a la tranquilidad.

Por lo contrario, el sendero de la derecha, con aquel cautivador resplandor se la antojaba un camino inseguro, desconocido, totalmente nuevo. 
  • ¿Que hacer, qué hacer? -se preguntaba una y otra vez-.
Cuando ya todo parecía desvanecerse entre la incertidumbre, un nuevo hecho vino a cambiar todo aquel paisaje.

... continuará

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 312

LECCIÓN 312

Veo todas las cosas como quiero que sean.


1. La percepción se deriva de los juicios. 2Habiendo juzgado, vemos, por lo tanto, lo que queremos contemplar. 3Pues el único propósito de la vista es ofrecernos lo que queremos ver. 4Es imposible pasar por alto lo que queremos ver o no ver lo que hemos decidido contemplar. 5¡Cuán inevitablemente, pues, se alza el mundo real ante la santa visión de aquel que acepta el propósito del Espíritu Santo como aquello que desea ver! 6No puede dejar de contemplar lo que Cristo quiere que vea, ni de amar con el Amor de Cristo lo que contempla.



2. Mi único propósito hoy es contemplar un mundo liberado, libre de todos los juicios que he emitido. 2Padre, esto es lo que Tu Voluntad dispone para mí hoy, por lo tanto, no puede sino ser mi objetivo también.



¿Qué me enseña esta lección? 



Cuidado con el uso que damos al juicio. Lo que juzgamos es lo que vemos y lo que vemos es lo que queremos ver pues esa imagen forma parte de nosotros.



No hay juicio más dañino que aquel en el que condenamos a nuestros hermanos, pues en verdad, lo que estamos haciendo es condenándonos a nosotros mismos.


Todo juicio procede de la creencia de que estamos separados. Encuentra su origen en el miedo, pues si hubiese una sola pizca de amor en nuestros juicios estos no tendrían razón de ser, no haríamos uso de él de manera condenatoria.

Cuando nos amamos, estamos preparados para amar a los demás. Por lo tanto, cuando emitimos un juicio condenatorio hacia los demás o hacía nosotros mismos, de una manera consciente, lo que realmente estamos manifestando es nuestra ausencia de amor.

Es frecuente en el aspirante espiritual, el caer en manos de la culpabilidad, como reacción natural a un acto que hemos juzgado pecaminoso y que nos quema en nuestra consciencia exigiendo castigo y rectificación. El juicio riguroso y falto de amor y de perdón, nos hará mucho daño y nos mantendrá identificados con la creencia del miedo, del dolor, de la tristeza y del sufrimiento.

Lo que pasó, ya pasó. Haz consciente el nuevo instante. Es la única realidad. No hay otra. Decide qué hacer. Es tu eternidad presente. Ama, y el amor, te liberará.

Ejemplo-Guía: "¿Crees no poder cambiar lo que ves...?"

Nos resulta difícil creer que tenemos la potestad de poder cambiar aquello que percibimos, aquello que vemos, pero si le dedicamos el tiempo necesario a reflexionar sobre ello, tal vez, nos planteemos que es posible cambiar esa apreciación.

Si nos remontamos a los primeros días desde el nacimiento de una criatura, contemplaremos a un ser que expresa inocencia, pureza, sencillez y una falta total de juicio, en el sentido, de que su mente, en esa edad temprana, no está influenciada por pensamientos que determinen cómo deben interpretarse las cosas. Sus respuestas son instintivas, y la manifestación sensorial que manifiesta de manera inconsciente a través del llanto cuando recibe estímulos externos, son respuestas propias del medio hostil en el que acaba de nacer, el mundo de las formas, donde la necesidad y la escasez, se dan la mano para informarnos de que este nivel es el resultado del miedo, el resultado de haber elegido un nivel de conciencia separado de nuestro Creador.

Esa misma criatura, mientras ha permanecido en el vientre de su madre, no ha sentido esa necesidad, pues ha estado alimentada por vía directa y no ha necesitado ser arropada, pues el cuerpo de su creador lo ha protegido de inclemencias externas.

El contacto con el exterior, lo que supone la "separación" de su madre, lo ha situado en un escenario distinto donde, comenzará a adquirir información que le condicionará a la hora de adaptarse al medio. Las normas, la cultura, las creencias del mundo cercano a esa criatura, se convertirá en su aleccionador y en este sentido, ese personaje, que llegó puro e inocentes, se irá convirtiendo, en poco tiempo, en un ser con capacidad de juzgar y de elevar esa capacidad, a nivel de la condena, lo que significa, que su relación con el medio, se establecerá en función a las proyecciones que haga, de si mismo, sobre los demás.

Aquello que no forma parte de nuestras creencias, no lo veremos. Si el Hijo de Dios no hubiese deseado ver un mundo separado de su Creador, nunca hubiese visto el mundo que hemos hecho real. La creencia en que podemos ser nuestros propios "hacedores", nos ha llevado a juzgar que es posible y dicho juicio, de manera inevitable, nos ha llevado a percibir otro escenario distinto.

Si aplicamos esa capacidad que emana de nuestra condición divina, pues todos poseemos el principio activo de la voluntad heredado de nuestro Padre, a nuestras vidas, debemos ser conscientes de que somos el resultado de un conjunto de creencias que hemos ido adquiriendo en nuestro crecimiento y esas creencias son las que nos llevan a responder de una manera condicionada ante experiencias que hacemos comunes. Por ejemplo, vemos la enfermedad como un hecho negativo en nuestras vidas. Sin embargo, ya se oyen voces en otro sentido, es decir, hay quien defiende todo lo contrario, viendo la enfermedad como un "camino" que nos conduce al autoconocimiento. Por no hablar de la visión que nos aporta Un Curso de Milagros, que nos enseña que la enfermedad no es real. 

Nos han enseñado, nuestra cultura lo hace, a llorar ante la pérdida de un ser querido. Pero, podemos encontrar algunas culturas donde la muerte adquiera otro significado. Todo ello, debe hacernos reflexionar sobre el sentido de las cosas, sobre el valor de las cosas, sobre el significado de las cosas, en definitiva, sobre el juicio y percepción de las cosas.

La invitación que nos hace esta Lección es: ¿podemos ver las cosas de otra manera? Como siempre, es nuestra elección.

Reflexión: "El único propósito de la vista es ofrecernos lo que queremos ver"

jueves, 7 de noviembre de 2019

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 311

¿Qué es el juicio Final?

1. El Segundo Advenimiento de Cristo le confiere al Hijo de Dios este regalo: poder oír a la Voz que habla por Dios proclamar que lo falso es falso y que lo que es verdad jamás ha cambiado. 2Y éste es el juicio con el que a la percepción le llega su fin. 3Lo primero que verás será un mundo que ha aceptado que esto es verdad, al haber sido proyectado desde una mente que ya ha sido corregida. 4Y con este panorama santo, la percepción imparte una silenciosa bendición y luego desaparece, al haber alcanzado su objetivo y cumplido su misión.



2. El juicio Final sobre el mundo no encierra condena alguna. 2Pues ve a éste completamente perdonado, libre de pecado y sin propósito alguno. 3Y al no tener causa ni función ante los ojos de Cristo, simplemente se disuelve en la nada. 4Ahí nació y ahí ha de terminar. 5Y todas las figuras del sueño con el que el mundo comenzó desaparecen con él. 6Los cuerpos no tienen ahora nin­guna utilidad, por lo tanto, desaparecen también, pues el Hijo de Dios es ilimitado.

3. Tú que creías que el juicio Final de Dios condenaría al mundo al infierno junto contigo, acepta esta santa verdad: el juicio de Dios es el regalo de la Corrección que le concedió a todos tus errores. Dicha Corrección te libera de ellos y de todos los efectos que parecían tener. 2Tener miedo de la gracia redentora de Dios es tener miedo de liberarte totalmente del sufrimiento, del retorno a la paz, de la seguridad y la felicidad, así como de tu unión con tu propia Identidad.

4. El Juicio Final de Dios es tan misericordioso como cada uno de los pasos de Su plan para bendecir a Su Hijo y exhortarlo a regre­sar a la paz eterna que comparte con él. 2No tengas miedo del amor, 3pues sólo él puede sanar todo pesar, enjugar todas las lágri­mas, y despertar tiernamente de su sueño de dolor al Hijo que Dios reconoce como Suyo. 4No tengas miedo de eso. 5La salvación te pide que le des la bienvenida. 6Y el mundo espera tu grata aceptación de ella, gracias a lo cual él se liberará.

5. Este es el juicio Final de Dios: "Tú sigues siendo Mi santo Hijo, por siempre inocente, por siempre amoroso y por siempre amado, tan ilimitado como tu Creador, absolutamente inmutable y por siempre inmaculado. 2Despierta, pues, y regresa a Mí. 3Yo soy tu Padre y tú eres Mi Hijo"



LECCIÓN 311

Juzgo todas las cosas como quiero que sean.

1. Los juicios se inventaron para usarse como un arma contra la verdad. 2Separan aquello contra lo que se utilizan, y hacen que se vea como si fuese algo aparte y separado. 3Luego hacen de ello lo que tú quieres que sea. 4Juzgan lo que no pueden comprender, ya que no pueden ver la totalidad, y, por lo tanto, juzgan falsamente. 5No nos valgamos de ellos hoy, antes bien, ofrezcámoselos de regalo a Aquel que puede utilizarlos de manera diferente. 6Él nos salvará de la agonía de todos los juicios que hemos emitido con­tra nosotros mismos y re-establecerá nuestra paz mental al ofre­cernos el juicio de Dios con respecto a Su Hijo.



2. Padre, estamos esperando hoy con mentes receptivas a oír Tu juicio con respecto al Hijo que Tú amas. 2No lo conocemos, y así, no lo pode­mos juzgar. 3Por lo tanto, dejamos que Tu Amor decida qué es lo que no puede sino ser aquel a quien Tú creaste como Tu Hijo.


¿Qué me enseña esta lección? 


Cuando somos capaces de ver la verdad, estamos en condiciones de crear. En cambio, cuando nos identificamos con el error, a pesar de creer que es la verdad, lo que hacemos es proyectar.



Las proyecciones, nos lleva a fabricar un mundo acorde a lo que creemos que somos. Cuando aquello que somos, no lo aceptamos, elegimos no ser consciente de ello, pues de hacerlo nos haría daño. Es entonces, cuando la proyección se convierte en juicio condenatorio y criticamos fuera el comportamiento que no aceptamos de nosotros mismos.



El juicio es la confirmación de la separación. Una mente recta, que es capaz de percibir correctamente, ama la unidad y se aleja de la separación. 


Una mente recta, no juzga, pues su visión de la unidad le lleva a establecer un vínculo de hermandad con los demás. Conoce que cualquier juicio que emita sobre los demás se lo está dirigiendo a sí mismo.



Ejemplo-Guía: "Sobre el Juicio Final"


A lo largo de estos estudios, ya hemos tenido ocasión de acercarnos al tema del "juicio". Lo hicimos en la Lección 243, en el que dedicamos el ejemplo al análisis de "juzgar o no juzgar" y lo hicimos, igualmente, en la Lección 301, en el que enfocamos el tema "la dinámica del juicio". En esta ocasión, lo haremos con el propósito de profundizar en el concepto "Juicio Final".

Para ello, recurriremos al Texto del Curso, concretamente al Capítulo 2, pues en el apartado VIII, se nos explica el significado del juicio final.

El juicio Final es una de las ideas más atemorizantes de tu sis­tema de pensamiento. Eso se debe a que no entiendes lo que es. Juzgar no es un atributo de Dios. El Juicio Final se originó a raíz de la separación como uno de los muchos recursos de aprendizaje que se incluyeron en el plan general. Del mismo modo en que la separación abarcó un período de millones de años, así el juicio Final se extenderá por un período igualmente largo, o tal vez aún más largo. Su duración, no obstante, puede acortarse enorme­mente mediante los milagros, el recurso que acorta el tiempo, pero que no lo abole. Si un número suficiente de nosotros llega a alcanzar una mentalidad verdaderamente milagrosa, este proceso de acortar el tiempo puede llegar a ser virtualmente inconmensu­rable. Es esencial, no obstante, que te liberes a ti mismo del miedo cuanto antes, pues tienes que escapar del conflicto si es que has de llevar paz a otras mentes.

Por lo general, se considera al juicio Final como un proceso que Dios emprendió. Pero en realidad son mis hermanos quienes lo emprenderán con mi ayuda. El Juicio Final es la última curación, en vez de un reparto de castigos, por mucho que pienses que los castigos son merecidos. El castigo es un concepto completamente opuesto a la mentalidad recta, y el objetivo del juicio Final es restituirte tu mentalidad recta. Se podría decir que el juicio Final es un proceso de correcta evaluación. Significa simplemente que todos llegarán por fin a entender qué es lo que tiene valor y qué es lo que no lo tiene. Después de que esto ocurra, la capacidad para elegir podrá ser dirigida racionalmente. Pero hasta que no se haga esa distinción, las oscilaciones entre la voluntad libre y la aprisionada no podrán sino continuar.

El primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir.

El término "Juicio Final" asusta no sólo porque ha sido proyec­tado sobre Dios, sino también por la asociación de la palabra "final" con la muerte. Éste es un ejemplo sobresaliente de la per­cepción invertida. Si se examina objetivamente el significado del juicio Final, queda muy claro que en realidad es el umbral de la vida. Nadie que viva atemorizado puede estar realmente vivo. No te puedes someter a ti mismo a tu propio juicio final porque tú no te creaste a ti mismo. Puedes, no obstante, aplicarlo signifi­cativamente, y en cualquier momento, a todo lo que has fabri­cado, y retener en la memoria sólo lo creativo y lo bueno. Eso es lo que tu mentalidad recta no puede sino dictar. El único propó­sito del tiempo es "darte tiempo" para alcanzar ese juicio, el cual no es otra cosa que el juicio perfecto con respecto a tus propias creaciones perfectas. Cuando todo lo que retengas en la memo­ria sea digno de amor, no habrá ninguna razón para que sigas teniendo miedo. Ése es tu papel en la Expiación. (T.2.VIII.2:9)

El juicio Final, representa el final de los juicios:
Después del juicio Final no habrá ningún otro. Dicho juicio es simbólico porque más allá de la percepción no hay juicios.
Las enseñanzas trasladadas por la tradición católica, nos ha presentado un significado del juicio Final que favorece la aparición del miedo, pues se interpreta como el final de los tiempos donde seremos juzgados por nuestros actos.

Sin embargo, la visión que nos aporta el Curso es bien distinta y sobre este particular nos dice:

El ego vive literalmente de tiempo prestado, y sus días están contados. No tengas miedo del Juicio Final, sino que, por el contrario, dale la bienvenida sin más demora, pues el tiempo de que el ego dispone lo "toma prestado" de tu eternidad. Éste es el Segundo Advenimiento, el cual se concibió para ti de la misma manera en que el Primero fue creado. El Segundo Advenimiento es simplemente el retorno de la cordura. ¿Cómo iba a ser esto temible?
Reflexión: "Más allá de la percepción no hay juicios"