viernes, 4 de abril de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 94

LECCIÓN 94

Soy tal como Dios me creó.



1. Hoy continuamos con la idea que nos brinda total salvación; la afirmación que hace que toda forma de tentación sea impotente; el pensamiento que silencia al ego y lo desarma por completo. 2Eres tal como Dios te creó. 3Esta idea acalla todos los sonidos de este mundo, hace que sus vistas desaparezcan y borra para siempre todos los pensamientos que él jamás haya tenido. 4Con esta idea se alcanza la salvación. 5Con esta idea se restaura la cordura.


2. La verdadera luz es fortaleza, y la fortaleza es impecabilidad. 2Si sigues siendo ta
l como Dios te creó, tienes que ser fuerte, y la luz tiene que encontrarse en ti. 3Aquel que se aseguró de que fueses impecable, tiene que ser necesariamente la garantía de tu fortaleza y tu luz. 4Eres tal como Dios te creó. 5Las tinieblas no pueden ensombrecer la gloria del Hijo de Dios. 6Te encuentras en la luz, firme en la impecabilidad en la que fuiste creado y en la que permanecerás por toda la eternidad.

3. Hoy volveremos a dedicar los primeros cinco minutos de cada hora de vigilia a intentar sentir la verdad que se encuentra en ti. 2Comienza estos períodos de búsqueda con estas palabras:

3Soy tal como Dios me creó.
4Soy Su Hijo eternamente.

5Trata ahora de llegar hasta el Hijo de Dios en ti. 6Éste es el Ser que jamás pecó ni forjó una imagen para reemplazar a la reali­dad. 7Éste es el Ser que jamás abandonó Su morada en el seno de Dios para irse a deambular por el mundo. 8Éste es el Ser que no conoce el miedo, ni puede concebir lo que es la pérdida, el sufri­miento o la muerte.

4. Para alcanzar este objetivo no se requiere nada de ti, excepto que dejes a un lado todos los ídolos e imágenes de ti mismo, que vayas más allá de todos los atributos tanto buenos como malos que te hayas adjudicado a ti mismo y que aguardes la verdad con queda expectación. 2Dios Mismo ha prometido que ésta le será revelada a todo aquel que la pida. 3Tú la estás pidiendo ahora. 4No puedes fracasar porque Él no puede fracasar.

5. Si no cumples con el requisito de practicar durante los primeros cinco minutos de cada hora, por lo menos recuerda decirte a ti mismo una vez por hora:

2Soy tal como Dios me creó.
3Soy Su Hijo eternamente.

4Repite hoy frecuentemente para tus adentros que eres tal como Dios te creó. 5asegúrate de responder a cualquier persona que parezca irritarte con estas palabras:

6Eres tal como Dios te creó.
7Eres Su Hijo eternamente.

8Haz todo lo posible hoy por llevar a cabo los ejercicios que se deben hacer cada hora. 9Cada sesión de práctica será un paso gigantesco hacia tu liberación, y un hito en el proceso de apren­der el sistema de pensamiento que este curso postula.

¿Qué me enseña esta lección?

El cuerpo físico es el ropaje que da identidad al ego. Dicho envoltorio es su fabricación y representa todos sus falsos valores de temporalidad y de precariedad. Se convierte en el máximo exponente de la separación y la función más elevada dentro del mundo del sueño y de la ilusión en el que cree existir, es la de ser un canal de comunicación por el cual expresar los pensamientos emanados de la mente verdadera, la que nos llevará, finalmente, a comprender que somos, realmente, los soñadores, y que todo a lo que damos valor material forma parte de nuestro sueño.

Tener la certeza de que el cuerpo con el que se identifica el ego es temporal e irreal significa ser consciente de nuestra verdadera identidad. Somos eternos; somos perfectos; somos puros; somos inocentes; somos seres con capacidad creadora y somos seres de luz y amor.

No podemos ser otra cosa, pues somos tal y como Dios nos ha creado, a Su imagen y semejanza. ¿Cómo podemos pensar que somos diferentes de Aquel que nos ha creado? ¿Cómo podemos pensar que Aquel que nos ha creado desea nuestro mal? ¿Qué padre, que esté cuerdo, desea el mal para sus hijos?

Si, verdaderamente, soy Hijo de la Luz, mi mente y la de mis hermanos debe ser portadora de esa luz.


Ejemplo-Guía: "Para llegar a ser algo, en esta vida, hay que ser muy competitivo".

Muchos somos los que hemos recibido, de nuestros padres, esa afirmación, como una herencia, como un postulado de la máxima verdad y a la que hemos de dedicarnos en cuerpo y alma, si en verdad queremos triunfar en la vida, si en verdad queremos llegar a ser alguien de provecho.

Estas "verdades" van pasando de padres a hijos y son "verdades" muy respetadas, pues están basadas en la experiencia de nuestros ancestros. Tanto es así que, permitiéndome cierta licencia, he creído encontrar cierto parecido con el malinterpretado mandato recogido en la Biblia, en el pasaje en el que Jehová expulsa a Adam y Eva del Paraíso y los sentencia a "ganarse el pan con el sudor de su frente".

Si desde pequeños se nos anima a ser competitivos, lo que se nos está pidiendo es que veamos a los demás como oponentes, como rivales, a los que debemos vencer. No tardaremos mucho en elevarlos a la condición de enemigos, pues ellos son los que ponen en peligro el logro de nuestras ambiciones.

Por otro lado, la expulsión alegórica que se describe en el pasaje bíblico y que se personaliza con la expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal, lo que está marcando en el inconsciente colectivo de la humanidad, es el recuerdo de que nos encontramos "separados" de nuestro Creador.

Entonces, ¿no es cierto que para llegar a ser algo en esta vida tengamos que ser competitivos? No, no es cierto. Es más, siendo competitivos, lo único que estamos haciendo es asegurarnos un pasaje para viajar al "país del desencanto", pues si sembramos "ataque", ¿qué vamos a cosechar? ¿Dónde se encuentran los límites de la competitividad? Si los marcamos fuera de nosotros, jamás seremos capaces de establecerlos. Siempre querremos más. Si esos límites los establecemos dentro de nosotros mismos, estaremos hablando del eterno buscador de la perfección. Pero, cuando se utiliza el espíritu competitivo para alcanzar la perfección, en verdad, estamos queriendo demostrar algo, pues esa llamada procede desde la necesidad y la escasez, precisamente, los argumentos del ego.

Como bien determina el título de la lección que estamos analizando, "Somos tal y como Dios nos ha creado". Siguiendo esa verdad, podemos asegurar que ya somos perfectos, como Dios es perfecto. ¿Para qué entonces buscar lo que ya somos?

A veces, los defensores de la enseñanza basada en la competitividad nos hablan de una competitividad sana. Creo que lo que quieren decir con ello es que todos debemos manifestar un impulso motivador por alcanzar metas y ese impulso debe tener en cuenta aspectos como el respeto y la libertad de los demás.

Sinceramente, y con todo el respeto hacia cualquier creencia, ya no me resuena, como antes, ese mensaje de competitividad sana. Ya no me resuena ninguna creencia que me invite a establecer metas en este mundo. Ese paradigma lo conozco, lo he experimentado, y no puedo decir que me haya aportado la dicha, la felicidad, la alegría, la salud que mi alma añora. No digo que haya sido un camino erróneo ni equivocado. Pero sí digo que, tras recorrerlo durante mucho tiempo, intuyo que he de probar con otros senderos, con otras rutas. Es más, pienso que la cuestión no es el camino, sino la actitud con la que lo andas.

El camino es lo de menos. Lo verdaderamente importante es cómo lo andamos. Si nuestra mirada está ávida de conquistas, de metas, de planes. Adelante, es tu estado conciencial.
Si nuestra mirada tan solo desea vivir la vida, siendo plenamente conscientes de que somos los co-creadores de nuestras circunstancias, de que somos los únicos soñadores de nuestros sueños, de que somos los conductores de nuestros vehículos, entonces, adelante, ese es tu estado conciencial.

La primera elección, todos la estamos experimentando. La segunda elección tan solo requiere de nosotros que recordemos nuestra verdadera identidad: Somos tal como Dios nos ha creado. ¿Qué meta vamos a buscar, cuando ya lo somos todo y lo único que podemos hacer es experimentar?

Reflexión: ¿Qué te hace sentir la afirmación "soy tal como Dios me creó"?

Capítulo 19. B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (3ª parte).

B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (3ª parte).


6. Deja que yo sea para ti el símbolo del fin de la culpabilidad, y contempla a tu hermano como me contemplarías a mí. 2Perdó­name por todos los pecados que crees que el Hijo de Dios come­tió. 3Y a la luz de tu perdón él recordará quién es y se olvidará de lo que nunca fue. 4Te pido perdón, pues si tú eres culpable, tam­bién lo tengo que ser yo. 5Mas si yo superé la culpabilidad y vencí al mundo, tú estabas conmigo. 6¿Qué quieres ver en mí, el sím­bolo de la culpabilidad o el del fin de ésta? 7Pues recuerda que lo que yo signifique para ti es lo que verás dentro de ti mismo.

Una vez más, las enseñanzas que nos comparte Jesús me contagian de su luz y elevan mi consciencia a un nivel en el que me fundo con la paz y con el amor.  El mensaje que nos regala en este punto es sumamente profundo. Nos resultaría difícil utilizar menos palabras para definir el camino que debemos recorrer y la única función que nos encomienda nuestro Padre. Esta función no es otra que la de amar por encima de todas las cosas. Ese amor nos inspirará en el mundo de la percepción a perdonarnos aquellas falsas creencias por las que nos hemos regido, para poder perdonar a los demás, a los cuales hemos juzgado y condenado como a nosotros mismos. 

7. Desde tu relación santa la verdad proclama la verdad y el amor se contempla a sí mismo. 2La salvación fluye desde lo más pro­fundo del hogar que nos ofrecisteis a mi Padre y a mí. 3Y allí estamos juntos, en la serena comunión en la que el Padre y el Hijo están unidos. 4¡Venid, oh fieles, a la santa unión del Padre y del Hijo en vosotros! 5Y no os mantengáis aparte de lo que se os ofrece como muestra de agradecimiento por haberle dado a la paz su hogar en el Cielo. 6Llevad a todo el mundo el jubiloso mensaje del fin de la culpabilidad, y todo el mundo contestará. 7Piensa en lo feliz que te sentirás cuando todos den testimonio del fin del pecado y te muestren que el poder de éste ha desapa­recido para siempre. 8¿Dónde puede seguir habiendo culpabili­dad una vez que la creencia en el pecado ha desaparecido? 9¿Y dónde está la muerte, una vez que se ha dejado de oír para siem­pre a su gran defensor?

Tan solo el autoperdón nos permite percibir un mundo perdonado, donde los seres humanos se sienten liberados de los grilletes del miedo, del pecado y de la culpa.

La salvación nos viene dada por el tipo de relación que establezcamos con nosotros mismos, pues si nos juzgamos y nos condenamos, daremos al mundo esa visión, lo que nos llevará a juzgar y condenar a los demás. El otro será percibido como nuestro enemigo, al que hay que derrotar y vencer, cuando en realidad ese enemigo es nuestro mejor maestro, pues actúa como el espejo donde proyectamos nuestro mundo interior, nuestras creencias, nuestros miedos y nuestras culpas.

La salvación no es posible venciendo al que juzgamos como el enemigo, sino amándolo e integrándolo en respuesta a la visión de que nuestras mentes forman parte una con la de nuestro Creador.

8. Perdóname por tus ilusiones, y libérame del castigo que me quieres imponer por lo que no hice. 2Y al enseñarle a tu hermano a ser libre, aprenderás lo que es la libertad que yo enseñé, y, por lo tanto, me liberarás a mí. 3Formo parte de tu relación santa, sin embargo, preferirías aprisionarme tras los obstáculos que inter­pones a la libertad e impedirme llegar hasta ti. 4Mas no es posible mantener alejado a Uno que ya está ahí. 5Y en Él se hace posible que nuestra comunión, en la que ya estamos unidos, sea el foco de la nueva percepción que derramará la luz que reside en ti por todo el mundo. 

Como decía en el punto anterior, la salvación nos viene dada por el tipo de relación que nos apliquemos a nosotros mismos. Si en nuestro interior hay culpa, el tipo de relación será especial y el otro se convierte en el sparring con el que proyectamos nuestros miedos y nuestros odios.

En cambio, cuando en nuestro interior prevalecen los pensamientos amorosos, nuestra relación será santa y se caracterizará por compartir nuestra bendición con todos y cada uno de los Hijos de Dios. 

jueves, 3 de abril de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 93

LECCIÓN 93

La luz, la dicha y la paz moran en mí.


1. Crees ser la morada del mal, de las tinieblas y del pecado. 2Piensas que si alguien pudiese ver la verdad acerca de ti sentiría tal repulsión que se alejaría de ti como si de una serpiente vene­nosa se tratase. 3Piensas que si la verdad acerca de ti te fuese revelada, te sobrecogería un horror tan grande que te apresura­rías de inmediato a quitarte la vida, pues sería imposible seguir viviendo después de haber contemplado semejante atrocidad.

2. Estas creencias están tan firmemente arraigadas en ti que resulta difícil hacerte entender que no tienen fundamento alguno. 2Que has cometido errores es obvio. 3Cierto es también, teniendo en cuenta lo que ahora crees, que has buscado la salvación por extra­ños caminos; que te has dejado engañar y que a tu vez has enga­ñado; que has tenido miedo de fantasías pueriles y de sueños crueles y que te has postrado ante ídolos de polvo.

3. Hoy vamos a poner en tela de juicio todo esto, no desde el punto de vista de lo que piensas, sino desde un punto de referen­cia muy distinto, desde el cual tales pensamientos vanos carecen de sentido. 2Esos pensamientos no concuerdan con la Voluntad de Dios. 3Él no comparte contigo estas extrañas creencias. 4Esto es suficiente para probarte que son erróneas, pero tú no te das cuenta de ello.

4. ¿Por qué no habrías de dar saltos de alegría cuando se te ase­gura que todo el mal que crees haber hecho nunca ocurrió; que todos tus pecados no son nada; que sigues siendo tan puro y santo como fuiste creado, y que la luz, la dicha y la paz moran en ti? 2La imagen que tienes de ti mismo no puede resistir la Volun­tad de Dios. 3Tú piensas que eso es la muerte, sin embargo, es la vida. 4Tú piensas que se te está destruyendo, sin embargo, se te está salvando.

5. El ser que tú fabricaste no es el Hijo de Dios. 2Por lo tanto, no existe en absoluto. 3todo lo que aparentemente hace o piensa carece de significado. 4No es bueno ni malo. 5Es simplemente irreal; nada más. 6No batalla con el Hijo de Dios. 7No le hace daño ni ataca su paz. 8No ha alterado la creación en absoluto, ni ha convertido la eterna impecabilidad en pecado, o el amor en odio. 9¿Qué poder puede poseer ese ser que tú fabricaste, cuando lo que hace es contradecir la Voluntad de Dios?

6. Tu impecabilidad está garantizada por Dios. 2Esto tiene que repetirse una y otra vez, hasta que se acepte. 3Es la verdad. 4Tu impecabilidad está garantizada por Dios. 5Nada puede afectarla, y nada puede cambiar lo que Dios creó eterno. 6El ser que tú fabri­caste, lleno de maldad y de pecado, no es nada. 7Tu impecabilidad está garantizada por Dios, y la luz, la dicha y la paz moran en ti.

7. La salvación requiere que aceptes un solo pensamiento: que eres tal como Dios te creó, y no lo que has hecho de ti mismo. 2Sea cual sea el mal que creas haber hecho, eres tal como Dios te creó. 3Sean cuales sean los errores que hayas cometido, la verdad con respecto a ti permanece inalterada. 4La creación es eterna e inalterable. 5Tu impecabilidad está garantizada por Dios. 6Eres, y siempre serás, exactamente como fuiste creado. 7La luz, la dicha y la paz moran en ti porque ahí las puso Dios.

8. En nuestras sesiones de práctica más largas de hoy, las cuales serían más provechosas si las llevases a cabo durante los prime­ros cinco minutos de cada hora de vigilia, comienza afirmando la verdad acerca de tu creación:

2La luz, la dicha y la paz moran en mí.
3Mi impecabilidad está garantizada por Dios.

4Luego deja a un lado las disparatadas imágenes que tienes de ti mismo, y pasa el resto de la sesión de práctica tratando de experi­mentar lo que Dios te ha dado, en lugar de lo que tú has decre­tado para ti mismo.

9. Pues o bien eres lo que Dios creó, o bien lo que tú mismo has hecho de ti. 2Un Ser es real; el otro no existe. 3Trata de experimen­tar la unidad de tu único Ser. 4Trata de apreciar Su santidad y el Amor del que fue creado. 5Trata de no ser un obstáculo para el Ser que Dios creó como lo que tú eres, ocultando Su majestad tras los insignificantes ídolos de maldad y de pecado que has inven­tado para reemplazarlo. 6Permítele venir ahí donde le corres­ponde estar. 7Ahí estás tú; Eso es lo que eres. 8Y la luz, la dicha y la paz moran en ti porque esto es así.

10. Tal vez no estés dispuesto o no puedas dedicar los primeros cinco minutos de cada hora a hacer estos ejercicios. 2Trata, no obstante, de hacerlos cuando puedas. 3Acuérdate por lo menos de repetir estos pensamientos cada hora:

4La luz, la dicha y la paz moran en mí.
5Mi impecabilidad está garantizada por Dios.

6Trata luego de dedicar un minuto más o menos, con los ojos cerrados, a cobrar conciencia de que se trata de una afirmación de la verdad acerca de ti.

11. Si surge alguna situación que parezca perturbarte, desvanece la ilusión de miedo de inmediato, repitiendo de nuevo estos pen­samientos. 2Si te sientes tentado de enfadarte con alguien, dile silenciosamente:

3La luz, la dicha y la paz moran en ti.
4Tu impecabilidad está garantizada por Dios.

5Hoy puedes hacer mucho por la salvación del mundo. 6Hoy pue­des hacer mucho por desempeñar más fielmente el papel que Dios te ha asignado en la salvación. 7Y hoy puedes asimismo hacer mucho por convencer a tu mente de que la idea de hoy es en efecto la verdad.

¿Qué me enseña esta lección?

Creer en el "pecado" o tener la certeza de que somos inocentes. Percibir el mundo material, el cuerpo, o tener la certeza de que somos un Ser Espiritual, esa es la cuestión principal que condicionará nuestro estado interno. Creer vivir en la permanente oscuridad de la ilusión o vivir plenamente en la luz, en la dicha y en la paz.

Creer es una función del ego, y mientras nuestro origen siga sujeto a interpretaciones, lo seguiremos viendo desde el punto de vista del ego.  Cuando el aprendizaje deje de ser necesario, simplemente conoceremos a Dios.  La creencia de que hay otra forma de percibir es la idea más sublime de que es capaz el pensamiento del ego.  Ello se debe a que dicha idea reconoce, aunque sea mínimamente, que el ego no es el Ser.  El ego es un intento erróneo de la mente de percibirnos tal como deseamos ser, en vez de como realmente somos.

El conocimiento de lo que somos nos llevará a la evidencia de que el ego no existe. Pero si no existe, ¿cómo es posible que la voz de algo que no existe pueda ser tan insistente?  

Un Curso de Milagros nos contesta lo siguiente: “¿Has pensado alguna vez en el poder de distorsión que tiene lo que deseas, aun cuando no es real? Son muchos los casos que demuestran cómo lo que deseas distorsiona tu percepción” (T-8.VIII.8:2). 

“La capacidad de percibir hizo que el cuerpo fuese posible, ya que tenemos que percibir algo y percibirlo con algo.  La función interpretativa de la percepción, que es una forma de creación distorsionada, nos permitió entonces llegar a la conclusión de que éramos un cuerpo. Sin embargo, el espíritu, que goza de absoluto conocimiento, no pudo avenirse a esta pérdida de poder, ya que es incapaz de albergar oscuridad.  Esto hizo que el espíritu fuese casi inaccesible a la mente y completamente inaccesible al cuerpo” (T-3.IV.6:1-5). 

“La mente elige dividirse a sí misma cuando elige inventar sus propios niveles” (T-3.IV.5:8).  Como consecuencia de ello, el ego considera al cuerpo como su hogar, y trata de satisfacerse a sí mismo a través de él. Pero la idea de que eso es posible es una decisión de la mente, que está completamente confundida acerca de lo que realmente es posible.


Ejemplo-Guía: ¿Tiene algún significado la enfermedad?

“Las enfermedades son inconcebibles para la mente sana, ya que no puede concebir atacar a nada ni a nadie” (T-5.V.5:3). Pero para el ego tiene un especial significado, ya que el ego cree que castigándose a sí mismo mitigará el castigo de Dios.

“El ego tiene un marcado interés por la enfermedad.  Su argumento es el siguiente:  Si estás enfermo, ¿cómo podrías refutar su firme creencia de que no eres invulnerable?  Este es un razonamiento atractivo desde el punto de vista del ego porque encubre el ataque obvio que sub­yace a la enfermedad.  Si reconociésemos esto y además nos opusiéramos al ataque, no podríamos utilizar la enfermedad como un falso testigo para defender la postura del ego” (T-8.VIII.3:2-5). 

“El cuerpo es el hogar que el ego ha elegido para sí.  Esta es la única identificación con la que se siente seguro, ya que la vulnerabilidad del cuerpo es su mejor argumento de que no podemos proceder de Dios.  Esta es la creencia que el ego apoya fervientemente.  Sin embargo, odia al cuerpo porque no lo considera lo suficientemente bueno como para ser su hogar.  En este punto es donde la mente queda definitivamente aturdida.  Habiéndole dicho el ego que ella es realmente parte del cuerpo y que el cuerpo es su protector, también le dice que el cuerpo no puede protegerla.  Por consiguiente, la mente se plantea: ¿Dónde puedo encontrar protección?, a lo que el ego responde: En mí" (T-4.V.4:1-7).

Esta es la pregunta que debemos hacernos: "¿Adónde debemos acudir en busca de protección?"

“El ego se vale del cuerpo para conspirar contra la mente, y puesto que el ego se da cuenta de que su "enemigo" puede acabar con él y con el cuerpo reconociendo simplemente que no for­man parte de él, él y el cuerpo se unen para llevar a cabo un ataque conjunto. Tal vez sea ésta la más extraña de todas las percepciones, si nos detenemos a considerar lo que ello realmente implica. El ego, que no es real, trata de persuadir a la mente, que sí es real, de que ella es su recurso de aprendizaje, y, lo que, es más, de que el cuerpo es más real que ella.  Nadie que esté en su mente recta podría creer semejante cosa, y nadie que está en su mente recta lo cree” (T-6.IV.5:1-4).

¿Dónde encontraremos protección? En la respuesta que nos ofrece el Espíritu Santo: "Eres una criatura de Dios, una parte de Su Reino de inestimable valor que Él creó como parte de Sí Mismo. Eso es lo único que existe y lo único que es real" T-6.IV.6:1-2).

“Cuando nuestro cuerpo, nuestro ego y nuestros sueños hayan desaparecido, sabremos que somos eternos. Tal vez pensemos que esto se logra con la muerte, pero con la muerte no se logra nada porque la muerte no es nada. Todo se logra con la vida, y la vida forma parte del ámbito de la mente y se encuentra en la mente. El cuerpo ni vive ni muere porque no puede contener al Ser que es la vida” (T-6.V.A.1:3-4). 

“Dios no creó el cuerpo porque el cuerpo es destructible, y, por consiguiente, no forma parte del Reino. El cuerpo es el símbolo de lo que creemos ser. Es a todas luces un mecanismo de separación y, por lo tanto, no existe. El Espíritu Santo, como siempre, se vale de lo que hemos hecho y lo transforma en un recurso de aprendizaje. Una vez más, y como siempre, reinterpreta lo que el ego utiliza como un razonamiento en favor de la separación, y lo convierte en una demostración contra ésta. Si la mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, entonces la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Todo milagro es una demostración de esto” (T-6.V.A.2:1-7).

Reflexión: ¿Qué parte oscura de ti mismo ocultas a los demás?

Capítulo 19. B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (2ª parte).

B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (2ª parte).

4. La paz se extiende desde ti únicamente hasta lo eterno, y lo hace desde lo eterno en ti. 2Fluye a través de todo lo demás. 3El segundo obstáculo no es más impenetrable que el primero. 4Tú no quieres ni deshacerte de la paz ni limitarla. 5¿Qué otra cosa pue­den ser esos obstáculos que quieres interponer entre la paz y su avance, sino barreras que sitúas entre tu voluntad y sus logros? 6Deseas la comunión, no el festín del miedo. 7Deseas la salvación, no el dolor de la culpabilidad. 8Y deseas tener por morada a tu Padre y no a una mísera choza de barro. 9En tu relación santa se encuentra el Hijo de tu Padre, 10el cual nunca ha dejado de estar en comunión con Él ni consigo mismo. 11Cuando acordaste unirte a tu hermano reconociste esto. 12Reconocer eso no te cuesta nada, sino que te libera de tener que hacer cualquier clase de pago.

Estamos tan identificados con nuestro sistema de pensamiento, el cual está basado en el miedo, que seríamos incapaces de reconocer un mundo donde no experimentásemos el dolor y el sufrimiento. La razón de que esto sea así es muy obvia. Tan obvia como que si sembramos patatas, no cosecharemos zanahorias. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente, que si el miedo ha sustituido en nuestra mente al amor, todo cuanto sembremos en este mundo llevará su identidad y lo que cosechemos serán los frutos del miedo: dolor, sufrimiento, enfermedad, escasez, guerras, muertes, etc.

Imaginar un mundo donde los "hijos del miedo" no existiesen, es decir, vivir en paz, en unidad, sin dolor, sin sacrificios, sin escasez, sin enfermedades, sin luchas, sin violaciones, sin carencias de ningún tipo, vivir en amor, sería inimaginable. Para ello, tendríamos que haber cambiado nuestra manera de ver y percibir la vida. Y esta es la propuesta que nos hacen las enseñanzas de Un Curso de Milagros y nos toca a cada uno de nosotros hacerlo real.

5. Has pagado un precio exorbitante por tus ilusiones, y nada de eso por lo que tanto has pagado te ha brindado paz. 2¿No te alegra saber que el Cielo no puede ser sacrificado y que no se te puede pedir ningún sacrificio? 3No puedes interponer ningún obstáculo en nuestra unión, pues yo ya formo parte de tu relación santa. 4Juntos superaremos cualquier obstáculo, pues nos encontramos ya dentro del portal, no afuera. 5¡Cuán fácilmente se abren las puertas desde adentro, dando paso a la paz para que bendiga a un mundo agotado! 6¿Cómo iba a sernos difícil pasar de largo las barreras cuando te has unido a lo ilimitado? 7En tus manos está poner fin a la culpabilidad. 8¿Te detendrías ahora a buscar culpa­bilidad en tu hermano?

Aún creemos en el tiempo. Cada amanecer y cada anochecer, así nos lo recuerda. Pero he de reconocer que algo ha cambiado en mi interior que me lleva a ver ese transitar de otra manera. Antaño, cuando reflexionaba sobre el ir y venir de los días, no podía evitar sentir una profunda tristeza, pues mi aprendizaje, hasta ahora, me había enseñado a interpretar ese proceso del tiempo con cierto temor, pues significaba que me acercaba a lo que más miedo me daba, a la muerte, a dejar de existir y a admitir el sinsentido de la vida tal y como la estaba percibiendo.

Ahora, con cada amanecer y con cada anochecer, mi reflexión me lleva a realizar una retrospección sobre mis creencias, con el único propósito de detectar los momentos en los que he sido capaz de sustituir mis pensamientos de miedo por pensamientos de amor. Es un ejercicio que aporta mucha lucidez a mi mente y que me acerca cada vez más a la percepción del mundo desde una visión más cerca de la verdad.

miércoles, 2 de abril de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 92

LECCIÓN 92

Los milagros se ven en la luz, y la luz y la fortaleza son una.


1. La idea de hoy es una ampliación de la anterior. 2No asocias la luz con la fortaleza ni la oscuridad con la debilidad. 3Ello se debe a que tu idea de lo que significa ver está vinculada al cuerpo, a sus ojos y a su cerebro. 4De ahí que creas que puedes cambiar lo que ves poniendo trocitos de vidrio delante de tus ojos. 5Ésta es una de las muchas creencias mágicas que proceden de tu convicción de que eres un cuerpo y de que los ojos del cuerpo pueden ver.

2. Crees también que el cerebro puede pensar. 2Si comprendieses la naturaleza del pensamiento, no podrías por menos que reírte de esta idea tan descabellada. 3Es como si creyeses que eres tú el que sostiene el fósforo que le da al sol toda su luz y todo su calor; o quien sujeta al mundo firmemente en sus manos hasta que deci­das soltarlo. 4Esto, sin embargo, no es más disparatado que creer que los ojos del cuerpo pueden ver o que el cerebro puede pensar.

3. La fortaleza de Dios que mora en ti es la luz en la que ves, de la misma manera como es Su Mente con la que piensas. 2Su forta­leza niega tu debilidad. 3Y es ésta la que ve a través de los ojos del cuerpo, escudriñando la oscuridad para contemplar lo que es semejante a ella misma: los mezquinos y los débiles, los enfer­mizos y los moribundos; los necesitados, los desvalidos y los amedrentados; los afligidos y los pobres, los hambrientos y los melancólicos. 4Esto es lo que se ve a través de los ojos que no pueden ver ni bendecir.

4. La fortaleza pasa por alto todas estas cosas al mirar más allá de las apariencias. 2Mantiene su mirada fija en la luz que se encuen­tra más allá de ellas. 3Se une a la luz de la que forma parte. 4Se ve a sí misma. 5Te brinda la luz en la que tu Ser aparece. 6En la oscuridad percibes un ser que no existe. 7La fortaleza es lo que es verdad con respecto a ti, mas la debilidad es un ídolo al que se honra y se venera falsamente a fin de disipar la fortaleza y permi­tir que la oscuridad reine allí donde Dios dispuso que hubiese luz.

5. La fortaleza procede de la verdad, y brilla con la luz que su Fuente le ha otorgado; la debilidad refleja la oscuridad de su hacedor. 2Está enferma, y lo que ve es la enfermedad, que es como ella misma. 3La verdad es un salvador, y su voluntad es que todo el mundo goce de paz y felicidad. 4La verdad le da el caudal ilimi­tado de su fortaleza a todo aquel que la pide. 5Reconoce que si a alguien le faltase algo, les faltaría a todos. 6por eso imparte su luz, para que todos puedan ver y beneficiarse cual uno solo. 7Todos comparten su fortaleza, de manera que ésta pueda brin­darles a todos el milagro en el que ellos se unirán en propósito, perdón y amor.

6. La debilidad, que mira desde la oscuridad, no puede ver pro­pósito alguno en el perdón o en el amor. 2Ve todo lo demás como diferente de ella misma, y no ve nada en el mundo que quisiera compartir. 3Juzga y condena, pero no ama. 4Permanece en la os­curidad para ocultarse, y sueña que es fuerte y victoriosa, vence­dora de limitaciones que no hacen sino crecer descomunalmente en la oscuridad.

7. La debilidad se teme, se ataca y se odia a sí misma, y la oscuri­dad cubre todo lo que ve, dejándole sus sueños que son tan temi­bles como ella misma. 2Ahí no encontrarás milagros sino odio. 3La debilidad se separa de lo que ve, mientras que la luz y la fortaleza se perciben a sí mismas cual una sola. 4La luz de la fortaleza no es la luz que tú ves. 5No cambia, ni titila hasta finalmente extin­guirse. 6No cambia cuando la noche se convierte en día, ni se con­vierte en oscuridad hasta que se hace de día otra vez.

8. La luz de la fortaleza es constante, tan segura como el amor y eternamente feliz de darse a sí misma, ya que no puede sino darse a lo que es ella misma. 2Nadie que pida compartir su visión lo hace en vano, y nadie que entre en su morada puede partir sin un milagro ante sus ojos y sin que la fortaleza y la luz moren en su corazón.

9. La fortaleza que mora en ti te ofrecerá luz y guiará tu visión para que no habites en las vanas sombras que los ojos del cuerpo te proveen a fin de que te engañes a ti mismo. 2La fortaleza y la luz se unen en ti, y ahí donde se unen, tu Ser se alza presto a recibirte como Suyo. 3Tal es el lugar de encuentro que hoy trata­remos de hallar para descansar en él, pues la paz de Dios está ahí donde tu Ser, Su Hijo, aguarda ahora para encontrarse Consigo Mismo otra vez y volver a ser uno.

10. Dediquemos veinte minutos en dos ocasiones hoy a estar pre­sentes en ese encuentro. 2Déjate conducir ante tu Ser. 3Su fortaleza será la luz en la que se te concederá el don de la visión. 4Deja atrás hoy la oscuridad por un rato, y practica ver en la luz, cerrando los ojos del cuerpo y pidiéndole a la verdad que te muestre cómo hallar el lugar de encuentro entre el ser y el Ser, en el que la luz y la fortaleza son una.

11. Así es como practicaremos mañana y noche. 2Después de la reunión de por la mañana, usaremos el día para prepararnos para la de por la noche, cuando nuevamente nos volveremos a reunir en confianza. 3Repitamos la idea de hoy tan a menudo como sea posible, y reconozcamos que es un preludio a la visión y que se nos está llevando de las tinieblas a la luz donde única­mente pueden percibirse milagros.


¿Qué me enseña esta lección?

El ego no tiene conciencia de la luz. Su realidad es la oscuridad, pues se identifica tan sólo con la densidad del cuerpo. Si tuviese conciencia de la luz, reconocería que la única verdad es la que proviene del Espíritu que es eterno. 

Al darle valor a la oscuridad, a la expresión del cuerpo como único vehículo que le aporta una percepción tangible de la vida, atribuye la función de ver a los ojos físicos y la función de pensar al cerebro. Sin embargo, esa verdad es errónea, pues está basada en la dualidad y en la temporalidad. 

Un invidente puede ver más claro que un vidente, a pesar de carecer de los órganos de percepción, los ojos. Cuando permanecemos dormidos, nuestro ser está viendo y percibiendo experiencias, con la misma nitidez e intensidad que si estuviera en vigilia. 

La verdadera visión se encuentra en la luz y esa luz es nuestra fortaleza, nuestra verdadera identidad. La capacidad para conocer la verdad no se encuentra en nuestro cerebro, pero sí en nuestra mente. En la medida en que seamos capaces de expresarnos en la unidad, estaremos reconociendo la verdad de la luz y estaremos dando expresión a nuestra fortaleza. 

Dentro de los múltiples significados que podemos encontrar en el Diccionario de la Real Academia Española sobre el término "fortaleza", voy a quedarme con las dos que considero más interesantes para el desarrollo de esta lección:

  • Fuerza y vigor.

  • En la doctrina cristiana, virtud cardinal que consiste en vencer el temor y huir de la temeridad.

El Curso nos dice que tenemos demasiada fe en el cuerpo como fuente de fortaleza y lo argumenta, planteándose la siguiente cuestión:  “¿Qué planes haces que de algún modo no sean para su comodidad, protección o disfrute?” (T-18.VII.1:2). 

Es evidente que, mientras pongamos nuestra fuerza y vigor en manos de la creencia de que somos un cuerpo, no estaremos viendo la fortaleza como la virtud cardinal que nos lleva a vencer el miedo. 

La verdadera fortaleza es una con la luz, y, en este sentido, el Curso nos enseña que el Amor del Espíritu Santo es nuestra fortaleza, pues el nuestro está dividido y, por lo tanto, no es real.  El Espíritu Santo es nuestra fortaleza porque sólo nos conoce como espíritu. Él es perfectamente consciente de que no nos conocemos y perfectamente consciente de cómo enseñarnos a recordar lo que somos. 

Ejemplo-Guía: "Me siento triste, porque percibo la enfermedad en mi cuerpo". 

"Hay algo que nunca has hecho: jamás te has olvidado completamente del cuerpo. Quizá alguna que otra vez lo hayas perdido de vista, pero nunca ha desaparecido del todo. No se te pide que dejes que eso ocurra por más de un instante; sin embargo, en ese instante es cuando se produce el milagro de la Expiación. Después verás el cuerpo de nuevo, pero nunca como lo veías antes. Y cada instante que pases sin ser consciente de tu cuerpo te proporcionará una perspectiva diferente de él cuando regreses" (T-18.VII.2:1-5). 

He pensado que merece la pena continuar con el ejemplo guía de la enfermedad, pues sin duda, cuando nos encontramos en la experiencia, nos preguntamos cómo debemos actuar, qué debemos hacer para recuperar la salud. 

Es verdad que resulta muy difícil olvidarnos completamente del cuerpo. Tan solo se nos pide un solo instante en el que la Expiación pueda revelar a nuestra mente cuál es la percepción correcta.  

Un ejemplo: Llamaremos "M" al protagonista de esta experiencia.   Lleva varios años estudiando el Curso de Milagros. Recientemente, su cuerpo presentó síntomas de gripe. Esta situación le contrariaba mucho, pues llevaba mucho tiempo sin ponerse enfermo, situación que relacionaba mentalmente con la condición de su nueva consciencia. 

Su primer pensamiento le lleva a buscar cuál ha podido ser la causa que ha podido originar esa situación. Sin hacer muchos esfuerzos, identifica que la causa la ha originado un sentimiento de culpabilidad como consecuencia de haber expresado juicios faltos de amor sobre un compañero. Toma consciencia de que en verdad no se había dado cuenta de la culpa, y ello, según cree, fue la causa que ha dado lugar a la enfermedad.

Seguidamente, pide Expiación al Espíritu Santo y pone la enfermedad en sus manos, para que lo sanase.

En su interior, "M" espera que se produzca un milagro. Que la enfermedad desapareciese instantáneamente. Pero al comprobar que no fue así, nuestro protagonista entra en un estado de tristeza. No se siente feliz. Aunque no lo dice, piensa que algo no está funcionando, se siente debilitado, una sombra de duda asoma en su mente. Está buscando la luz y en su lugar vive en la oscuridad. Se pregunta: "¿Qué puede hacer?" 

Un Curso de Milagros nos deja una de sus joyas: 

"Hacer algo siempre involucra al cuerpo. Y si reconoces que no tienes que hacer nada, habrás dejado de otorgarle valor al cuerpo en tu mente. He aquí la puerta abierta que te ahorra siglos de esfuerzos, pues a través de ella puedes escaparte de inmediato, liberándote así del tiempo. Ésta es la forma en que el pecado deja de ser atractivo en este mismo momento. Pues con ello se niega el tiempo, y, así, el pasado y el futuro desaparecen. El que no tiene que hacer nada no tiene necesidad de tiempo. No hacer nada es descansar, y crear un lugar dentro de ti donde la actividad del cuerpo cesa de exigir tu atención. A ese lugar llega el Espíritu Santo, y ahí mora. Él permanecerá ahí cuando tú te olvides y las actividades del cuerpo vuelvan a abarrotar tu mente consciente” (T-18.VII.7:1-9). 

“Mas este lugar de reposo al que siempre puedes volver siempre estará ahí. Y serás más consciente de este tranquilo centro de la tormenta, que de toda su rugiente actividad. Este tranquilo centro, en el que no haces nada, permanecerá contigo, brindán­dote descanso en medio del ajetreo de cualquier actividad a la que se te envíe. Pues desde este centro se te enseñará a utilizar el cuerpo impecablemente. Este centro, del que el cuerpo está ausente, es lo que hará que también esté ausente de tu conciencia" (T-18.VII.8:1-5). 

Nuestro protagonista, "M", toma consciencia de que estaba percibiendo erróneamente la experiencia. Toma consciencia de que, desde la luz, la oscuridad se disipa y no se percibe. Toma consciencia de que el Espíritu Santo no puede sanar lo que no es real. Toma consciencia de que buscar el significado de la enfermedad nos lleva a hacer real lo ilusorio y nos lleva a activar la culpa, antes del perdón. Toma consciencia de que estaba poniendo la felicidad en manos del cuerpo.

Reflexión: ¿Recuerdas alguna situación en tu vida en la que hayas experimentado la fortaleza del Espíritu?

Capítulo 19. B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (1ª parte).

B. El segundo obstáculo: La creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece (1ª parte).


1. Dijimos que el primer obstáculo que la paz tiene que superar es tu deseo de deshacerte de ella. 2Allí donde la atracción de la culpabilidad impera, no se desea la paz. 3El segundo obstáculo que la paz tiene que superar, el cual está estrechamente vincu­lado al primero, es la creencia de que el cuerpo es valioso por razón de lo que ofrece. 4Pues aquí la atracción de la culpabilidad se pone de manifiesto en el cuerpo y se ve en él.

Existe una estrecha relación entre la culpabilidad y el cuerpo, pues ambos comparten una misma causa, la creencia en la separación, la creencia en el pecado. Sin dicha creencia no existiría la culpabilidad, pues no encontraríamos en nuestros pensamientos algo contrario a lo que realmente somos, es decir, no tendríamos la visión de necesitar algo diferente a lo que somos, lo cual nos llevó a querer completarlo con la satisfacción del deseo de crear sin que el amor participase en dicho deseo. El amor es la fuerza que nos lleva a gozar de la unidad. El deseo es la fuerza que nos lleva a imaginar que un mundo separado es posible, es real.

El cuerpo es la manifestación densa de ese deseo. Dicho cuerpo tiene la propiedad de percibir lo que los deseos nos muestran y que, por su naturaleza ilusoria, carecen del poder de lo eterno, lo que los hace efímeros y temporales. Lo que el cuerpo percibe no es real precisamente porque no es fruto de la verdad, pues la verdad, lo real, no cambia, es eterna.

2. Este es el tesoro que crees que la paz te arrebataría. 2De esto es de lo que crees que te despojaría, dejándote sin hogar. 3Y esta es la razón por la que le negarías a la paz un hogar. 4Consideras que ello supone un "sacrificio" excesivamente grande, y que se te está pidiendo demasiado. 5Mas ¿se trata realmente de un sacrificio o de una liberación? 6¿Qué te ha dado realmente el cuerpo que justifique tu extraña creencia de que la salvación radica en él? 7¿No te das cuenta de que eso es la creencia en la muerte? 8En esto es en lo que se centra la percepción según la cual la Expia­ción es un asesinato. 9He aquí la fuente de la idea de que el amor es miedo.

La identificación con el cuerpo ha facilitado el olvido de nuestra verdadera realidad. La propiedad inherente al cuerpo, la percepción, nos lleva a negar todo aquello que no nos muestre su significado, el cual se lo atribuye el propio sistema que lo gobierna, el fabricado por la personalidad egoica. La verdad es sustituida por la fuerza de la razón práctica y se le arrebata su verdadero significado, pasando de ser eterna a transitoria. Como consecuencia de ello, a lo largo de la historia, la verdad adquiere diferentes rostros y lo que es verdad para unos, no lo es para otros. Luego, la verdad deja de serlo. 

Atrapados en el sistema de pensamiento del ego-cuerpo, no resulta fácil reconocer lo que es o no es verdad, pues al atribuirle una cualidad cambiante, se pierde su esencia real. No ver o percibir el ser que somos nos lleva a negarlo, y ese olvido es una de las fortalezas que más valor tiene para el ego, pues reconocer la verdad le llevaría a su propia autonegación.

3. A los mensajeros del Espíritu Santo se les envía mucho más allá del cuerpo, para que exhorten a la mente a unirse en santa comunión y a estar en paz. 2Tal es el mensaje que yo les di para ti. 3Sólo los mensajeros del miedo ven el cuerpo, pues van en busca de lo que puede sufrir. 4¿Es acaso un sacrificio que se le aparte a uno de lo que puede sufrir? 5El Espíritu Santo no te exige que sacrifiques la esperanza de obtener placer a través del cuerpo, pues no hay esperanza alguna de que el cuerpo te pueda proporcionar placer. 6Pero tampoco puede hacer que tengas miedo del dolor. 7El dolor es el único "sacrificio" que el Espíritu Santo te pide y lo que quiere eliminar.

El dolor, al igual que la muerte y el miedo, es un pensamiento erróneo con el cual nos encontramos identificados al darle el poder de nuestra identidad al ego y al cuerpo.

El dolor es real para el ego, como real es la muerte y el miedo. No pueden negarlo, pues son percibidos y, por tanto, son reales para él. Si realmente nuestra verdadera identidad fuese el cuerpo, no podríamos negar la percepción del dolor, ni de la muerte, y negaríamos la afirmación de que son pensamientos erróneos, pues su evidencia así nos lo mostraría.

Pero el error radica en el origen de sí mismo, esto es, radica en la creencia que nos lleva a verlo como real. Si la vida verdadera no fuese el tránsito temporal por el mundo físico, sino que nuestra existencia se extiende más allá del tiempo y la muerte, manifestándose en su expresión etérea, en su esencia espiritual, en su manifestación divina, entonces el dolor, la muerte y el miedo deben ser vistos como lo que son realmente, pensamientos, ideas que hemos aceptado como parte de nuestras creencias y a las que hemos rendido pleitesía.

Dejar de ver el dolor tal y como lo percibe el ego es el único sacrificio que el Espíritu Santo no pide eliminar. Es una elección nuestra el aportarle el significado que le ha aportado el sistema de pensamiento del ego. El dolor acompaña siempre al miedo y el miedo es ausencia de amor, por lo que el dolor se convierte en un pensamiento donde el amor brilla por su ausencia.

Tal vez el ego nos argumente: "Amar no nos evita el dolor". El dolor va de la mano del sufrimiento, y cuando se ama realmente, nada nos puede hacer sufrir, pues, como ya hemos dicho, tanto el dolor como el sufrimiento son pensamientos, son creencias que se pueden cambiar si son erróneas. 

martes, 1 de abril de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 91

LECCIÓN 91

Los milagros se ven en la luz.


1. Es importante recordar que los milagros y la visión van nece­sariamente de la mano. 2Esto necesita repetirse una y otra vez. 3Es una de las ideas centrales de tu nuevo sistema de pensa­miento, y de la percepción a la que da lugar. 4El milagro está siempre aquí. 5Tu visión no causa su presencia, ni su ausencia es el resultado de que no veas. 6Es únicamente tu conciencia de los milagros la que se ve afectada. 7Los verás en la luz, mas no los verás en la oscuridad.

2. Para ti, pues, la luz es crucial. 2Mientras sigas en la oscuridad no podrás ver el milagro. 3Por lo tanto, estarás convencido de que no está ahí. 4Esto se deriva de las mismas premisas de las que procede la oscuridad. 5Negar la luz hace que te resulte imposi­ble percibirla. 6No percibir la luz es percibir la oscuridad. 7La luz entonces no te sirve de nada, a pesar de que está ahí. 8No la puedes usar porque su presencia te es desconocida. 9Y la apa­rente realidad de la oscuridad hace que la idea de la luz no tenga sentido.

3. Si se te dijera que lo que no ves se encuentra ahí, ello te parece­ría una locura. 2Es muy difícil llegar a convencerse de que lo que en verdad es una locura es no ver lo que se encuentra ahí, y, en su lugar, ver lo que no está ahí. 3Tú no dudas de que los ojos del cuerpo puedan ver. 4No dudas de la realidad de las imágenes que te muestran. 5Tienes absoluta fe en la oscuridad, no en la luz. 6¿Cómo se puede invertir esto? 7Tú no lo podrías hacer solo, pero no estás solo en esto.

4. Tus esfuerzos, por insignificantes que sean, están fuertemente respaldados. 2Sólo con que te percatases de cuán grande es esa fortaleza, tus dudas desaparecerían. 3Hoy dedicaremos el día a tratar de que sientas esa fortaleza. 4Cuando hayas sentido la for­taleza que mora en ti, la cual pone fácilmente a tu alcance todos los milagros, dejarás de dudar. 5Los milagros que tu sensación de debilidad ocultan se harán patentes de inmediato en tu concien­cia una vez que sientas la fortaleza que mora en ti.

5. Reserva diez minutos en tres ocasiones hoy para tener un rato de quietud en el que trates de dejar atrás tu debilidad. 2Esto se puede lograr fácilmente si te das instrucciones a ti mismo de que no eres un cuerpo. 3La fe se canaliza hacia lo que deseas, y tú diriges la mente en conformidad con ello. 4Tu voluntad sigue siendo tu maestro, y dispone de toda la fortaleza necesaria para hacer lo que desea. 5Puedes escaparte del cuerpo si así lo decides. 6Puedes experimentar la fortaleza que mora en ti.

6. Comienza las sesiones de práctica más largas con esta declara­ción que entraña una auténtica relación de causa y efecto:

2Los milagros se ven en la luz.
3Los ojos del cuerpo no perciben la luz.
4Mas yo no soy un cuerpo. 5¿Qué soy entonces?

6La pregunta con la que finaliza esta declaración es crucial para los ejercicios de hoy. 7Lo que piensas que eres es una creencia que debe ser erradicada. 8Pero lo que realmente eres es algo que tiene que serte revelado. 9La creencia de que eres un cuerpo necesita ser corregida, ya que es un error. 10La verdad de lo que eres apela a la fortaleza que mora en ti para que lleve a tu conciencia lo que el error oculta.

7. Si no eres un cuerpo, ¿qué eres entonces? 2Necesitas hacerte consciente de lo que el Espíritu Santo utiliza para reemplazar en tu mente la imagen de que eres un cuerpo. 3Necesitas sentir algo en lo que depositar tu fe a medida que la retiras del cuerpo. 4Nece­sitas tener una experiencia real de otra cosa, algo más sólido y seguro; algo más digno de tu fe y que realmente esté ahí.

8. Si no eres un cuerpo, ¿qué eres entonces? 2Hazte esta pregunta honestamente, y dedica después varios minutos a dejar que los pensamientos erróneos que tienes acerca de tus atributos sean corregidos y a que sus opuestos ocupen su lugar. 3Puedes decir, por ejemplo:

4No soy débil, sino fuerte.
5No soy un inútil, sino alguien todopoderoso.
6No estoy limitado, sino que soy ilimitado.
7No tengo dudas, sino seguridad.
8No soy una ilusión, sino algo real.
9No puedo ver en la oscuridad, sino en la luz.

9. En la segunda parte de tu sesión de práctica, trata de experi­mentar estas verdades acerca de ti mismo. 2Concéntrate en espe­cial en la experiencia de fortaleza. 3Recuerda que toda sensación de debilidad está asociada con la creencia de que eres un cuerpo, la cual es una creencia errónea y no merece que se tenga fe en ella. 4Deja de tener fe en ella, aunque sólo sea por un instante. 5medida que avancemos te irás acostumbrando a tener fe en lo que es más valioso en ti.

10. Relájate durante el resto de la sesión de práctica, confiando en que tus esfuerzos, por insignificantes que sean, tienen todo el res­paldo de la fortaleza de Dios y de todos Sus Pensamientos. 2De Ellos es de donde procederá tu fortaleza. 3A través de Su fuerte respaldo es como sentirás la fortaleza que mora en ti. 4Dios y todos Sus Pensamientos se unen a ti en esta sesión de práctica, en la que compartes un propósito semejante al de Ellos. 5De Ellos es la luz en la que verás milagros porque Su fortaleza es tuya. 6Su fortaleza se convierte en tus ojos para que puedas ver.

11. Cinco o seis veces por hora, a intervalos razonablemente regu­lares, recuérdate a ti mismo que los milagros se ven en la luz. 2Asegúrate también de hacerle frente a cualquier tentación con la idea de hoy. 3La siguiente variación podría resultarte útil para este propósito especial:

4Los milagros se ven en la luz.
5No voy a cerrar los ojos por causa de esto.


¿Qué me enseña esta lección?

La función del milagro es poner fin al error de percepción con el que se identifica el ego. Dicho error le lleva a concebir una conciencia dual, basada en la separación con su creador y con lo creado; una conciencia que da lugar a la culpa como vía de redención de lo que interpreta "su acto pecaminoso"; una conciencia que cree en el miedo y que responde con violencia para protegerse de aquello que interpreta como un ataque; una conciencia que cree en la enfermedad como una respuesta de su cuerpo, un vehículo separado e independiente de su mente.

El milagro no se puede ver con los ojos del ego, pues su visión le mantiene en la oscuridad, en el desamor.

El milagro es la expresión del perdón, como viva expresión del amor. Cuando el milagro se produce, se alcanza un estado de coherencia en la conciencia que nos lleva a la visión correcta del ser. El milagro se ve en la luz, pues la luz es la condición natural del espíritu.

La creencia de que somos un cuerpo necesita ser corregida, ya que es un error.

Lo primero que tenemos que saber es que “Dios no creó el cuerpo porque el cuerpo es destructible y, por consiguiente, no forma parte del Reino. El cuerpo es el símbolo de lo que crees ser. Es a todas luces un mecanismo de separación y, por lo tanto, no existe. El Espíritu Santo, como siempre, se vale de lo que tú has hecho y lo transforma en un recurso de aprendizaje. Una vez más, y como siempre, reinterpreta lo que el ego utiliza como un razonamiento en favor de la separación, y lo con­vierte en una demostración contra ésta. Si la mente puede curar al cuerpo, pero el cuerpo no puede curar a la mente, entonces la mente tiene que ser más fuerte que el cuerpo. Todo milagro es una demostración de esto” (T-6.V.A.2:1-7).

¿Qué uso debemos dar al cuerpo, a pesar de conocer que no es real, mientras permanezcamos en el sueño?

“El mejor uso que podemos hacer del cuerpo es utilizarlo para que nos ayude a ampliar nuestra percepción, de forma que podamos alcanzar la verdadera visión de la que el ojo físico es incapaz. Aprender a hacer esto es la única utilidad real del cuerpo” (T-1.VII.2:4-5).

Es preciso que el cuerpo deje de atraernos y dejemos de prestarle ningún valor como medio de obtener algo, si queremos que nuestros pensamientos sean tan libres como los de Dios.

Debemos poner en manos del Espíritu Santo nuestra enseñanza en el uso del cuerpo. Debemos dejar de utilizar el cuerpo para fomentar la separación y el ataque y usarlo solo como un medio de comunicación.


Ejemplo-Guía: "Mi cuerpo está enfermo".

No es preciso decir que el ejemplo de hoy nos invita al análisis de uno de los temas que cuenta con más "seguidores". Entre estos seguidores, es frecuente compartir una misma pregunta: Si he puesto mi visión al servicio del Espíritu Santo, ¿por qué mi cuerpo no sana?

Se trata de una pregunta basada en una premisa errónea de las enseñanzas del curso. Si planteamos que nuestro cuerpo está enfermo, es evidente que lo estamos viendo y, si lo vemos, lo estamos haciendo real. Le estamos pidiendo al Espíritu Santo que sane algo que no es real, cuando en verdad, nuestra propuesta debe ser pedir que corrija nuestra percepción errónea.

Aprovecharé este ejemplo para profundizar un poco más en el tema de la enfermedad, desde el punto de vista que nos aporta Un Curso de Milagros. Para ello, compartiré las aportaciones realizadas por Kenneth Wapnick.

“La enfermedad es un conflicto en la mente que se desplaza sobre el cuerpo: el conflicto entre el ego y Dios.  En verdad, no existe tal conflicto, pues Dios ni siquiera reconoce la existencia de lo que es inherentemente ilusorio. Para el ego, no obstante, la guerra en contra de Dios es muy real y mientras más nos identifiquemos con su sistema de pensamiento, más nos identificaremos con la creencia de que nuestra mente es un campo de batalla. Este conflicto básico descansa sobre la creencia en la separación, la cual nuestra culpa nos recuerda continuamente. La enfermedad, por lo tanto, es la proyección de esta culpa”.

“Esta proyección de la culpa se puede entender de tres maneras. Primero, al atacarnos a nosotros mismos, el ego procura expiar nuestra naturaleza pecaminosa y expresa nuestra negociación inconsciente con Dios de castigarnos a nosotros mismos, en vez de permitir que Dios nos castigue.   El ego cree que castigándose a sí mismo mitigará el castigo de Dios”.

“Segundo, no es suficiente que nos ataquemos, pues el ego continuará su progresiva búsqueda de chivos expiatorios. UCDM nos dice sobre este particular: "Siempre que consientes sufrir, sentir privación, ser tratado injustamente o tener cualquier tipo de necesidad, no haces sino acusar a tu hermano de haber atacado al Hijo de Dios-" (T-7.I.3:1).  

La necesidad del ego de proyectar la culpa es doblemente servida: primero proyecta la culpa sobre nuestro propio cuerpo y nos enferma como castigo por nuestros “pecados”. Luego trata de proyectar la responsabilidad de nuestro sufrimiento sobre otras personas.  Generalmente, la acusación es inconsciente, pero en ocasiones estamos conscientes de un placer secreto que se deriva de acusar a alguien más por nuestra enfermedad: “Debido a lo que me has hecho, ahora estoy enfermo".

“El tercer uso que el ego tiene para la enfermedad es como una defensa en contra de la verdad.  Como afirma el libro de ejercicios":

“La enfermedad es una decisión. No es algo que te suceda sin tú mismo haberlo pedido, y que te debilita y te hace sufrir. Es una decisión que tú mismo tomas, un plan que trazas, cuando por un instante la verdad alborea en tu mente engañada y todo tu mundo parece dar tumbos y estar a punto de derrumbarse. Ahora enfermas, para que la verdad se marche y deje de ser una amenaza para tus falsos castillos" (L-pI.136.7).

La verdad es espíritu, nuestra identidad y única realidad. A medida que avanzamos en nuestro camino espiritual y progresivamente reconocemos que el único significado de este mundo radica en ayudarnos a recordar nuestro verdadero Hogar, el ego atacará esta verdad por medio de reforzar nuestra identidad física. Uno de los medios más poderosos para lograr esto es enfermarnos. Si sentimos dolor, hacemos el cuerpo real; si el cuerpo es real, el espíritu no puede serlo. De este modo, el ego se pone a salvo del “ataque” de la verdad.

¿Has dudado de la verdad, cuando compruebas que, a pesar de que crees estar sirviendo a la luz, tu cuerpo enferma? ¿Por qué no sanamos cuando conocemos el significado de la enfermedad?

Kenneth nos dice a este respecto: “Si uno procurase descubrir el significado de cualquier síntoma específico, encontraría que su forma refleja el tipo específico de falta de perdón que yace sepultado en la mente del ego. Tal discernimiento, sin embargo, no sana, pues el perdón debe elegirse primero en lugar de la culpa. Desperdiciar horas interminables en la búsqueda de tal discernimiento puede muy bien servir a la astuta estrategia del ego de “buscar y no hallar”. Es el contenido detrás de la forma lo que es esencial”.

“Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivocadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso” (T-2.IV.2:4-5), pues “la enfermedad, no obstante, no es algo que se origine en el cuerpo, sino en la mente. Toda forma de enfermedad es un signo de que la mente está dividida” (T-8.IX.8:6-7).

Es únicamente cuando elegimos el milagro y podemos decir y verdaderamente creer que “no me gobiernan otras leyes que las de Dios” (L-pl.76), que los efectos de las leyes del ego desaparecen: “Los milagros despiertan nuevamente la conciencia de que el espíritu, no el cuerpo, es el altar de la verdad. Este reconocimiento es lo que le confiere al milagro su poder curativo” (T-1.I.20).


Reflexión: ¿Crees que lo que ves es real? ¿Por qué?