2. Hoy se requieren cuatro sesiones de práctica de tres a cinco minutos cada una. 2Trata de distribuirlas equitativamente y de hacer las aplicaciones más cortas a menudo para así asegurar tu protección durante todo el día. 3Las sesiones de práctica más largas deben hacerse de la siguiente forma:¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección me recuerda que, si mi mente forma parte de la Mente de Dios, mi santidad no puede ser parcial ni condicional. No es algo que deba alcanzar, demostrar o merecer. Es un hecho. Por eso, todo lo que veo queda envuelto por ella, no porque yo lo haga santo, sino porque mi verdadera Identidad es santa.
Este ejercicio es fundamental porque me invita a expresar lo que soy en verdad, dejando de dar protagonismo al ego. Cuando permito que el ego interprete mi vida, lo hace desde sus creencias de separación, culpa y miedo. Pero cuando acepto mi santidad, esas interpretaciones pierden autoridad. No lucho contra el ego; simplemente dejo de creerle.
Ser santo, según el Curso, no significa comportarse de una determinada manera ni cumplir un ideal moral. Significa ser Uno, sin opuestos ni jerarquías, con toda la Filiación. La santidad no es un logro personal, sino la condición natural de lo que Dios crea. Y la única forma de expresarla es a través del Amor, que no juzga ni excluye.
La pregunta no es cómo convertirme en santo, sino cómo hacer consciente mi santidad.
Un Curso de Milagros ofrece una referencia clara cuando habla de la Regla de Oro. No como una norma ética externa, sino como una consecuencia directa de la percepción correcta. Solo puedo tratar al otro con amor si lo percibo tal como es, y solo puedo percibirlo correctamente si me reconozco a mí mismo como santo. Tal como me perciba, así percibiré a los demás; y tal como perciba, así actuaré.
“La Regla de Oro te pide que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo. Esto significa que tanto la percepción que tienes de ti como la que tienes de ellos debe ser fidedigna. La Regla de Oro es la norma del comportamiento apropiado. Tú no puedes comportarte de manera apropiada a menos que percibas correctamente. Dado que tú y tu prójimo sois miembros de una misma familia en la que gozáis de igual rango, tal como te percibas a ti mismo y tal como lo percibas a él, así te comportarás contigo mismo y con él. Debes mirar desde la percepción de tu propia santidad a la santidad de los demás” (T-1.III.6:2-7).
Desde la perspectiva del ego, la santidad se asocia a comportamientos excepcionales, sacrificio, pureza moral o vidas ejemplares. Bajo esta visión, unos son santos y otros no; unos merecen y otros fallan. Este planteamiento pertenece al pensamiento dual del ego, que necesita opuestos para sostenerse: santo/pecador, bueno/malo, digno/indigno.
Asignar la santidad en función del comportamiento es, en sí mismo, un juicio. Y todo juicio refuerza la separación, la culpa y el miedo. No es casual que esta lógica haya impregnado los sistemas religiosos: el ego proyecta su sistema de pensamiento y fabrica estructuras que lo validan.
El Curso es radicalmente claro: “Los Hijos de Dios son santos, y los milagros honran su santidad.” (T-1.I.31:3). No hay excepciones.
La Expiación no nos hace santos, porque nunca dejamos de serlo. Su función es simplemente llevar lo que hemos inventado —la imagen falsa, la culpa, la identidad separada— ante la verdad de lo que somos. La luz no crea la santidad; solo disuelve la ilusión que parecía ocultarla.
Esta lección me enseña, por tanto, que no necesito cambiar nada en el mundo para experimentar la paz. Necesito aceptar mi santidad y, desde ella, permitir que todo lo que veo sea reinterpretado. Al hacerlo, no solo reconozco mi verdad, sino que la extiendo, y eso es lo que el Curso llama un milagro.
Propósito y sentido de la lección:
La Lección 36 declara su propósito de forma explícita en su primera frase: extender la idea de ayer desde el perceptor a lo percibido.
En la Lección 35 se aceptó una verdad acerca de la mente: que es parte de la Mente de Dios. En esta lección, el Curso da el paso lógico siguiente: si la mente es una extensión de la Santidad de Dios, la percepción que procede de ella no puede quedar fuera de esa santidad.
El propósito central no es santificar el mundo como entidad objetiva, sino corregir la relación que la mente establece con lo que percibe. El texto es muy preciso: la santidad no está en las cosas, sino en la relación mental que se mantiene con ellas.
Así, esta lección desmantela la creencia de que el mundo tiene un significado independiente del perceptor.
Instrucciones prácticas:
La práctica de la lección es deliberadamente simple y sin variaciones:
- Aplicar la idea a todo lo que se ve, sin excepción.
- Incluir tanto lo agradable como lo desagradable.
- No hacer distinciones ni jerarquías.
La fórmula es única y literal: “Mi santidad envuelve esto.”
Durante el día, la idea debe usarse especialmente cuando algo perturbe la paz, lo que indica que la práctica no es contemplativa en abstracto, sino correctiva.
No se pide análisis, reflexión ni cambio emocional previo. Solo aplicación.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Desde el punto de vista psicológico, la lección confronta una creencia fundamental del sistema de pensamiento del ego: la idea de que hay cosas “fuera” que poseen por sí mismas un valor positivo o negativo.
El texto la niega directamente al afirmar que la santidad no se encuentra en ninguna cosa por sí misma. Esto implica que la reacción emocional no está causada por el objeto, sino por la relación mental que se establece con él.
La instrucción de no distinguir entre lo agradable y lo desagradable apunta directamente a la raíz del conflicto psicológico: la tendencia a fragmentar la experiencia en opuestos.
Espiritualmente, la afirmación central es la siguiente: Mientras no veas la santidad en todo, no conocerás tu propia santidad.
Aquí el Curso establece una condición clara: el autoconocimiento depende de la percepción no selectiva. La santidad es descrita como una sola, indivisible y sin opuestos, lo que excluye toda posibilidad de santidad parcial.
Esto significa que no puede reservarse para uno mismo, no puede excluir personas, objetos o situaciones, no puede coexistir con juicios selectivos.
Ver santidad solo en uno mismo sería aún una forma de separación.
Relación con el resto del Curso:
La Lección 36 encaja de forma exacta en la progresión del Libro de Ejercicios:
- Tras reconocer que Dios está en todo lo que veo (29),
- y que Dios está en mi mente (30), se afirma ahora que la santidad de esa mente envuelve la percepción.
Esta lección prepara directamente las siguientes:
- Mi santidad bendice al mundo (37),
- No hay nada que mi santidad no pueda hacer (38),
- Mi santidad es mi salvación (39).
Es el paso que convierte la corrección interior en extensión perceptiva.
Consejos para la práctica:
El propio texto sugiere cómo practicar correctamente:
- No intentar sentir santidad.
- No buscar experiencias especiales.
- No excluir nada deliberadamente.
- Usar la idea cuando la paz se vea perturbada.
La práctica no exige fe previa. Exige uso constante.
Conclusión final:
La Lección 36 afirma que la percepción no es un proceso neutro ni pasivo, sino una extensión directa de la identidad aceptada en la mente.
Mientras se excluya algo de la santidad, la mente no puede reconocerse a sí misma. Ver santidad en todo no es un gesto hacia el mundo, sino un acto de autorreconocimiento.
Nada cambia fuera. Cambia la relación. Y en ese cambio, la paz comienza a ser posible.
Frase síntesis:
“No puedo conocer mi santidad mientras la niegue en algo.”
Ejemplo-Guía: "La relación con mi pareja no me hace sentir en paz".
He elegido este ejemplo con el propósito de profundizar en el verdadero significado que encierra la experiencia de la relación de pareja. Un Curso de Milagros se refiere a este tipo de vínculos como relaciones especiales, señalando que constituyen uno de los escenarios más potentes para el aprendizaje, precisamente porque en ellas el ego despliega con mayor sutileza sus mecanismos.
Es inevitable hablar del amor cuando abordamos una relación. Sin embargo, el Curso nos invita a cuestionarnos qué entendemos realmente por amor. Nos recuerda que:
“El instante santo es el recurso de aprendizaje más útil de que dispone el Espíritu Santo para enseñarnos el significado del amor. Pues su propósito es la suspensión total de todo juicio. Los juicios se basan siempre en el pasado, pues las experiencias pasadas constituyen su base. Es imposible juzgar sin el pasado” (T-15.V.1:1-4).
Desde esta perspectiva, comprendemos que gran parte del conflicto en la relación surge porque amamos desde el pasado, desde expectativas, heridas y recuerdos que condicionan nuestra percepción presente.
El Curso es claro al respecto:
“Limitar el amor a una parte de la Filiación produce culpabilidad en nuestras relaciones y, por lo tanto, hace que éstas sean irreales” (T-15.V.2:2).
Cuando creemos que alguien especial debe colmar nuestras necesidades, lo separamos del resto de la Filiación y, sin darnos cuenta, convertimos el amor en una fuente de culpa y miedo.
Más aún, el Curso profundiza:
“No puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Si amas de manera distinta de como ama Dios —Quien no sabe lo que es el amor especial—, ¿cómo podrías entender lo que es el amor?” (T-15.V.3:1-3).
Creer que una relación especial puede salvarnos es creer que la separación es la salvación. Pero la salvación no se encuentra en la preferencia, sino en la perfecta igualdad que establece la Expiación.
El Capítulo 15, sección V, nos revela una enseñanza clave:
“Todas las relaciones especiales contienen elementos de miedo debido a la culpabilidad. Por eso están sujetas a tantos cambios y variaciones. No se basan exclusivamente en el amor inmutable” (T-15.V.4:1-3).
Sin embargo, lejos de condenarlas, el Espíritu Santo las utiliza como aulas de aprendizaje:
“Se vale de las relaciones especiales, que tú usas para apoyar al ego, para convertirlas en experiencias educativas que apunten hacia la verdad” (T-15.V.4:4-6).
El Espíritu Santo no niega nuestras relaciones; las purifica. Él sabe que nadie es especial, pero comprende que creemos serlo. Por eso:
“Puedes poner bajo Su cuidado cualquier relación y estar seguro de que no será una fuente de dolor, si estás dispuesto a ofrecérsela a Él” (T-15.V.5:3-4).
Toda la culpa en la relación procede del uso que hacemos de ella para satisfacer necesidades ilusorias. Todo el amor surge del uso que el Espíritu Santo hace de ella como medio de sanación.
El Curso también nos advierte:
“Si deseas sustituir una relación por otra, es que no se la has ofrecido al Espíritu Santo. El amor no tiene sustitutos” (T-15.V.6:1-2).
La necesidad de reemplazar al otro revela una creencia más profunda: la idea de que nos falta amor. Desde esa creencia, exigimos al otro que sea distinto de lo que es.
Finalmente, el Curso nos ofrece una visión liberadora:
“En el instante santo nadie es especial, pues no le imponemos a nadie nuestras necesidades personales. Sin los valores del pasado, veríamos que todos son iguales y semejantes a nosotros” (T-15.V.8:1-4).
Cuando la relación se vive en el instante santo, deja de ser un campo de batalla para convertirse en un espacio de comunión. Ya no se utiliza para llenar vacíos, sino para recordar la unidad.
Que cada relación sea entregada al Espíritu Santo, que cada vínculo se convierta en una lección de amor, y que el instante santo revele la paz que siempre ha estado ahí.
¡Feliz instante santo!
Reflexión: ¿Cómo te sientes al saber que eres santo?


..jpeg)



..jpeg)