sábado, 7 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 38

LECCIÓN 38

No hay nada que mi santidad no pueda hacer.

1. Tu santidad invierte todas las leyes del mundo. 2Está más allá de cualquier restricción de tiempo, espacio, distancia, así como de cualquier clase de límite. 3El poder de tu santidad es ilimitado porque te establece a ti como Hijo de Dios, en unión con la Mente de su Creador.

2. Mediante tu santidad el poder de Dios se pone de manifiesto. 2Mediante tu santidad el poder de Dios se vuelve accesible. 3Y no hay nada que el poder de Dios no pueda hacer. 4Tu santidad, por lo tanto, puede eliminar todo dolor, acabar con todo pesar y resolver todo problema. 5Puede hacer eso en conexión contigo o con cualquier otra persona. 6Tiene el mismo poder para ayudar a cualquiera porque su poder para salvar a cualquiera es el mismo.

3. Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó. 2Tú eres santo porque todas las cosas que Él creó son santas. 3todas las cosas que Él creó son santas porque tú eres santo. 4En los ejercicios de hoy vamos a aplicar el poder de tu santidad a cualquier clase de problema, dificultad o sufrimiento que te venga a la mente tanto si tiene que ver contigo como con otro. 5No haremos distinciones porque no hay distinciones.

4. En las cuatro sesiones de práctica más largas, que preferiblemente han de tener una duración de cinco minutos completos cada una, repite la idea de hoy, cierra los ojos, y luego escudriña tu mente en busca de cualquier sensación de pérdida o de cualquier clase de infelicidad tal como la percibas. 2Trata, en la medida de lo posible, de no hacer distinciones entre las situaciones que son difíciles para ti y las que son difíciles para otro. 3Identifica la situación específicamente, así como el nombre de la persona en cuestión. 4Usa el siguiente modelo al aplicar la idea de hoy:

5En esta situación con respecto a _____ en la que me veo envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.
6En esta situación con respecto a _____ en la que se ve envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.

5. De vez en cuando puedes variar este procedimiento si así lo deseas y añadir algunos de tus propios pensamientos que vengan al caso. 2Podrías, por ejemplo, incluir pensamientos tales como:

3No hay nada que mi santidad no pueda hacer porque el poder de Dios reside en ella.

4Introduce cualquier variación que quieras, pero mantén los ejercicios centrados en el tema: "No hay nada que mi santidad no pueda hacer”. 5El propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres.

6. En las aplicaciones cortas y más frecuentes, aplica la idea en su forma original, a no ser que surja o te venga a la mente algún problema en particular que tenga que ver contigo o con otra persona2En ese caso, usa la forma más específica.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda que la santidad es mi verdadera condición, porque es la condición con la que Dios creó a Su Hijo. No es un logro ni un estado que deba alcanzar, sino un hecho que debo aceptar. Mi santidad no procede de mis acciones ni de mis méritos; procede de Dios, y por eso no puede perderse ni alterarse.

Reconocer mi santidad no me convierte en alguien especial ni me otorga un poder personal. Lo que hace es corregir la percepción que tengo de mí mismo. Al aceptar mi Identidad santa, dejo de identificarme con el ego y con sus limitaciones, y permito que la mente sea utilizada para un solo propósito: el recuerdo de la verdad.

El Curso no enseña que utilicemos la santidad para intervenir en el mundo de las formas, sino que nos muestra que la corrección ocurre en la mente. Cuando la mente acepta la santidad, el miedo, la culpa y la sensación de separación comienzan a deshacerse. Y al deshacerse en la mente, dejan de proyectarse como enfermedad, conflicto o dolor en la percepción.

A diferencia del ego, que ve intereses separados y amenazas constantes, la conciencia de la santidad permite reconocer la misma verdad en todos los hermanos. Desde esa visión, el juicio pierde sentido y con él se disuelven las bases del miedo y de la culpa. No porque el mundo cambie, sino porque la interpretación ha sido corregida.

La santidad es la expresión de la Unidad. No actúa como una fuerza que combate la oscuridad, sino como la luz que la hace innecesaria. Donde la santidad es aceptada, el error no puede sostenerse.

El Curso nos llama Maestros de Dios, no porque enseñemos desde el cuerpo o desde el esfuerzo personal, sino porque hemos aceptado aprender primero. Enseñamos únicamente lo que aceptamos para nosotros mismos. Cuando ponemos la mente al servicio del Espíritu Santo, la enseñanza se vuelve silenciosa y natural: es el testimonio de la paz.

La identificación con el cuerpo limita la conciencia a la percepción y refuerza la creencia en la supervivencia como meta principal. Desde ahí, la vida se experimenta como lucha, competencia y defensa. Este es el sistema de pensamiento del ego, que busca poseer, proteger y acumular, y que nunca encuentra descanso porque la carencia nunca se satisface.

La santidad, en cambio, no busca sobrevivir, sino recordar la Vida. No conoce escasez ni pérdida porque no se apoya en lo temporal. Mientras la supervivencia pertenece al tiempo y al miedo, la santidad es eterna y no está sujeta a las leyes del mundo.

Cada vez que acepto mi santidad, permito que ocurra un milagro. El milagro no cambia el mundo; deshace el error en la mente que daba lugar al sufrimiento. Cuando el error se corrige, el dolor deja de tener causa, y con ello se desvanece su efecto.

Dios conoce a Su Hijo como completamente inocente, incapaz de sufrir y pleno de dicha. El sufrimiento, la culpa y la tristeza no son verdades, sino interpretaciones erróneas que niegan la creación tal como es. Aprender a ver al Hijo de Dios como Dios lo ve —en mí y en mis hermanos— es aceptar la Expiación.

Esta lección me enseña, en definitiva, que no hay nada que mi santidad no pueda hacer, porque al aceptarla dejo de interferir en la corrección que ya ha sido dada. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Cuán lejos están estas palabras de la realidad que percibimos. El mundo, ante la experiencia del sufrimiento, llega a pensar que Dios es cruel con Su Hijo.

UCDM nos revela sobre este particular:

“El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido. Contempla detenidamente este mundo y te darás cuenta de que así es. Pues este mundo es el símbolo del castigo, y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte. Los niños vienen al mundo con dolor y a través del dolor. Su crecimiento va acompañado de sufrimiento y muy pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte. Sus mentes parecen estar atrapadas en sus cerebros, y sus fuerzas parecen decaer cuando sus cuerpos se lastiman. Parecen amar, sin embargo, abandonan y son abandonados. Parecen perder aquello que aman, la cual es quizá la más descabellada de todas las creencias. Y sus cuerpos se marchitan, exhalan el último suspiro, se les da sepultura y dejan de existir. Ni uno solo de ellos ha podido dejar de creer que Dios es cruel” (T-13.In.2:2-11).

“Si éste fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel. Pues ningún Padre podría someter a Sus hijos a eso como pago por la salvación y al mismo tiempo ser amoroso. El amor no mata para salvar. Si lo hiciese, el ataque sería la salvación, y ésta es la interpretación del ego, no la de Dios. Sólo el mundo de la culpabilidad podría exigir eso, pues sólo los que se sienten culpables podrían concebirlo. El "pecado" de Adán no habría podido afectar a nadie, si él no hubiese creído que fue el Padre Quien le expulsó del paraíso. Pues a raíz de esa creencia se perdió el conocimiento del Padre, ya que sólo los que no le comprenden podían haber creído tal cosa” (T-13.In.3:1-7).

Cuánto dolor cargamos debido a nuestro sistema de creencias. Creo que es urgente acelerar el despertar de la conciencia, aunque este siempre debe darse dentro de uno mismo. Por más que queramos despertar a otros, debemos respetar su libre albedrío. Lo esencial es encender la llama de nuestra propia cerilla y mantenerla viva, para que quienes busquen encender la suya encuentren un lugar donde hacerlo.

Entonces, ¿cómo debemos actuar frente al sufrimiento del mundo? Es una pregunta que muchos nos hacemos al pensar en ayudar a los demás.

Quiero recurrir una vez más al Curso para extraer información que nos ayudará a dar respuesta a la cuestión planteada. En el Capítulo 16, punto I, nos habla del significado de la "verdadera empatía":

“Sentir empatía no significa que debas unirte al sufrimiento, pues el sufrimiento es precisamente lo que debes negarte a comprender. Unirse al sufrimiento de otro es la interpretación que el ego hace de la empatía, de la cual siempre se vale para entablar relaciones especiales en las que el sufrimiento se comparte. La capacidad de sentir empatía le es muy útil al Espíritu Santo, siempre que permitas que Él la use a Su manera. La manera en que Él la usa es muy diferente. Él no comprende el sufrimiento, y Su deseo es que enseñes que no es comprensible. Cuando se relaciona a través de ti, Él no se relaciona con otro ego a través del tuyo. No se une en el dolor, pues comprende que curar el dolor no se logra con intentos ilusorios de unirte a él y de aliviarlo compartiendo el desvarío” (T-16.I.1:1-7).

“La prueba más clara de que la empatía, tal como el ego la usa, es destructiva, reside en el hecho de que sólo se aplica a un determinado tipo de problemas y a ciertos individuos. Él mismo los selecciona y se une a ellos. Pero nunca se une a nada, excepto para fortalecerse a sí mismo. Al haberse identificado con lo que cree entender, el ego se ve a sí mismo y procura expandirse compartiendo lo que es como él. No dejes que esta maniobra te engañe, El ego siempre utiliza la empatía para debilitar, y debilitar es atacar. Tú no sabes lo que es la empatía. Pero de esto puedes estar seguro: sólo con que te sentases calmadamente y permitieses que el Espíritu Santo se relacionase a través de ti, sentirías empatía por la fortaleza, y, de este modo, tu fortaleza aumentaría, y no tu debilidad” (T-16.I.2:1-7).

Propósito y sentido de la lección:

Esta lección no introduce poder personal, sino que corrige radicalmente el concepto de poder.

En el Texto, el poder del ego siempre es descrito como: limitado, competitivo, dependiente del sacrificio, basado en la pérdida de otro.

Por eso la lección comienza con una afirmación fuerte y desestabilizadora: “Tu santidad invierte todas las leyes del mundo.”

Las “leyes del mundo” a las que se refiere el Curso son las leyes del ego:  tiempo, espacio, esfuerzo, mérito, causalidad lineal. La santidad no opera dentro de ese sistema, porque procede de la Mente de Dios.

El propósito central de la lección es desplazar la causa del cambio, del esfuerzo personal, a la identidad recordada. No se trata de “hacer más”, sino de reconocer lo que ya es.

Instrucciones prácticas:

El Curso insiste en que el entrenamiento mental debe aplicarse allí donde el ego cree que hay diferencia.

Por eso esta lección pide explícitamente: aplicar la idea a problemas propios y ajenos, usar nombres, no distinguir entre “lo mío” y “lo del otro”.

Esto se alinea con el principio del Texto: “No hay problemas privados.”

La forma de la práctica no busca resolver problemas concretos, sino deshacer la creencia de que el problema tiene una causa real.

La frase clave: “no hay nada que mi santidad no pueda hacer” no es una afirmación mágica, sino una corrección ontológica: la santidad no actúa sobre los problemas, sino que los deja sin fundamento.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta directamente la creencia de impotencia.

El ego se define por vulnerabilidad, dependencia, miedo a perder, creencia en fuerzas externas.

La santidad, tal como la presenta el Curso, no es una cualidad moral, sino la ausencia total de culpa. Y donde no hay culpa, no hay impotencia.

Cuando la lección dice: “el propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres” no está reforzando el yo, sino desmantelando la autoimagen de víctima.

Espiritualmente, esta lección afirma algo clave del Texto: la santidad es compartida, no individual.

Por eso dice: “Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó.”

No hay jerarquía de santidad. No hay grados de poder. No hay diferencias reales.

La santidad no es algo que tienes, sino lo que eres junto con todo lo creado. Por eso: “no haremos distinciones porque no hay distinciones.”

Relación con el Curso:

La progresión es muy clara:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace.

Esta lección prepara directamente:

  • 39: Mi santidad es mi salvación.
  • 61–66: Mi función y mi felicidad son una.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para controlar resultados.
  • No medir si “funciona”.
  • No seleccionar problemas “razonables”.

El Curso no pide creer en el poder, sino retirar la fe en la limitación.

Conclusión final:

La Lección 38 enseña que la santidad no es pasiva. Pero tampoco es acción del ego. Es presencia que deshace la ilusión.

No hay nada que la santidad tenga que hacer, porque no hay nada real que oponerse a ella.

Aquí el Curso da un paso decisivo: el poder que salva no se aprende, se recuerda.


Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

No he creído necesario ponerles “nombre y apellidos” a los atentados. Lo importante aquí es reflexionar sobre sus efectos, es decir, sobre el dolor que provocan como consecuencia de un ataque o de una guerra.  

Desde la perspectiva del ego, nuestra reacción ante estos hechos puede abarcar un amplio rango de matices, desde la condena hasta el deseo de venganza. En realidad, el matiz importa poco, ya que todos parten del mismo error: mirarlo desde la separación. Con esa mirada, jamás encontraremos el sentido profundo de la experiencia; si estamos atrapados en emociones cargadas de ira y sufrimiento, no podremos ver la única realidad. 

No es el efecto lo que debemos sanar, sino la causa, y para ello debemos mirar hacia nuestro interior y descubrir dónde habitan en nosotros la ira, el odio y el miedo, esos mismos sentimientos que llevaron a otros a provocar esa experiencia.  

Desde la visión del Espíritu, la única respuesta posible ante estos hechos es ponerlos en manos del Espíritu Santo.  

“El secreto de la salvación no es sino éste: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo. No importa cuál sea la forma del ataque, eso sigue siendo verdad. No importa quién desempeñe el papel de enemigo y quién el de agresor, eso sigue siendo verdad. No importa cuál parezca ser la causa de cualquier dolor o sufrimiento que sientas, eso sigue siendo verdad. Pues no reaccionarías en absoluto ante las figuras de un sueño si supieses que eres tú el que lo está soñando. No importa cuán odiosas y cuán depravadas sean, no podrían tener efectos sobre ti a no ser que no te dieses cuenta de que se trata tan sólo de tu propio sueño” (T-27.VIII.10:1-6).

“Basta con que aprendas esta lección para que te libres de todo sufrimiento, no importa la forma en que éste se manifieste. El Espíritu Santo repetirá esta lección inclusiva de liberación hasta que la aprendas, independientemente de la forma de sufrimiento que te esté ocasionando dolor. Esta simple verdad será Su respuesta, sea cual sea el dolor que lleves ante Él. Pues esta respuesta elimina la causa de cualquier forma de pesar o dolor. La forma no afecta Su respuesta en absoluto, pues Él quiere mostrarte la única causa de todo sufrimiento, no importa cuál sea su forma. Y comprenderás que los milagros reflejan esta simple afirmación: "Yo mismo fabriqué esto, y es esto lo que quiero deshacer" (T-27.VIII.11:1-6).

“Lleva, pues, toda forma de sufrimiento ante Aquel que sabe que cada una de ellas es como las demás. Él no ve diferencias donde no las hay, y te enseñará cuál es la causa de todas ellas. Ninguna tiene una causa diferente de las demás, y todas se deshacen fácilmente con una sola lección que realmente se haya aprendido. La salvación es un secreto que sólo tú has ocultado de ti mismo. Así lo proclama el universo. Pero haces caso omiso de sus testigos porque de lo que ellos dan testimonio es algo que prefieres no saber. Parecen mantenerla oculta de ti. Sin embargo, no necesitas sino darte cuenta de que fuiste tú quien eligió no escuchar ni ver” (T-27.VIII.12:1-9).

“¡Qué diferente te parecerá el mundo cuando reconozcas esto! Cuando le perdones al mundo tu culpabilidad, te liberarás de ella. Su inocencia no exige que tú seas culpable, ni tu inocencia se basa en sus pecados. Esto es obvio, y es un secreto que no le has ocultado a nadie salvo a ti mismo. Y es esto lo que te ha mantenido separado del mundo y lo que ha mantenido a tu hermano separado de ti. Ahora sólo necesitas reconocer que los dos sois o inocentes o culpables. Lo que es imposible es que seáis diferentes el uno del otro; o que seáis ambas cosas. Este es el único secreto que aún te queda por aprender. Mas no será un secreto que has sanado” (T.27.VIII.13:1-9).

A lo largo de esta lección hemos comentado que la santidad nos coloca más allá del espacio y el tiempo. Vivir la santidad en medio del sufrimiento y el dolor se convierte en una oportunidad para adelantar el final de los tiempos. La santidad se manifiesta en el perdón, la única puerta que nos lleva a la salvación.

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el "sacrificio" que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Reflexión: Soy el Santo Hijo de Dios y mi Santidad me hace un Ser Ilimitado.

viernes, 6 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 37

LECCIÓN 37

Mi santidad bendice al mundo.

1. Esta idea contiene los primeros destellos de tu verdadera función en el mundo, o en otras palabras, la razón por la que estás aquí. 2Tu propósito es ver el mundo a través de tu propia santi­dad. 3De este modo, tú y el mundo sois bendecidos juntos. 4Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada; todo el mundo se beneficia a través de tu santa visión. 5Tu santa visión significa el fin del sacrificio porque les ofrece a todos su justo merecido. 6él tiene derecho a todo, ya que ése es su sagrado derecho como Hijo de Dios.

2. No hay ninguna otra manera de poder eliminar la idea de sacrificio del pensamiento del mundo. 2Cualquier otra manera de ver inevitablemente exige el que algo o alguien pague. 3Como resultado de ello, el que percibe sale perdiendo. 4Y no tiene ni idea de por qué está perdiendo. 5Su plenitud, sin embargo, le es restaurada a su conciencia a través de tu visión. 6Tu santidad le bendice al no exigir nada de él. 7Los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada.

3. Tu santidad es la salvación del mundo. 2Te permite enseñarle al mundo que es uno contigo, sin predicarle ni decirle nada, sino simplemente mediante tu sereno reconocimiento de que en tu santidad todas las cosas son bendecidas junto contigo.

4. Hoy debes dar comienzo a las cuatro sesiones de práctica más largas -las cuales han de tener una duración de tres a cinco minutos cada una- repitiendo la idea de hoy, a lo cual ha de seguir un minuto más o menos en el que debes mirar a tu alrededor a medida que aplicas la idea a cualquier cosa que veas:

2Mi santidad bendice esta silla.
3Mi santidad bendice esa ventana.
4Mi santidad bendice este cuerpo.

5Luego cierra los ojos y aplica la idea a cualquier persona que te venga a la mente, usando su nombre y diciendo:

6Mi santidad te bendice, [nombre].

5. Puedes continuar la sesión de práctica con los ojos cerrados, o bien abrirlos de nuevo y aplicar la idea a tu mundo exterior si así lo deseas; puedes alternar entre aplicar la idea a cualquier cosa que veas a tu alrededor o a aquellas personas que aparezcan en tus pensamientos, o bien puedes usar cualquier combinación que prefieras de estas dos clases de aplicación. 2La sesión de práctica debe concluir con una repetición de la idea con los ojos cerrados, seguida inmediatamente por otra repetición con los ojos abiertos.

6. Los ejercicios más cortos consisten en repetir la idea tan a menudo como puedas. 2Resulta particularmente útil aplicarla en silencio a todas las personas con las que te encuentres, usando su nombre al hacerlo. 3Es esencial que uses la idea si alguien parece causar una reacción adversa en ti. 4Ofrécele la bendición de tu santidad de inmediato, para que así puedas aprender a conservarla en tu conciencia.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, al aceptar la verdad de lo que soy, mi percepción se transforma de manera natural. No es una acción que deba forzar, sino una consecuencia inevitable del reconocimiento del Ser. Al recordar mi santidad, comienzo a reconocer la misma santidad en todos aquellos que percibo.

Bendecir no es un acto ritual ni una intención añadida desde la mente personal. En Un Curso de Milagros, bendecir es reconocer la verdad. Es ver más allá de las apariencias y aceptar que no hay intereses separados ni identidades aisladas. Bendecir es afirmar, sin palabras, la unidad que compartimos.

Cuando bendigo, no doy algo que no tenga; simplemente extiendo lo que ya soy. Al reconocer la santidad en otro, estoy reconociendo la mía propia, pues no pueden estar separadas. Esta es la base de la hermandad: no una relación especial, sino el recuerdo compartido de una misma Identidad.

La bendición es, por tanto, la expresión del conocimiento verdadero. No nace del esfuerzo, sino de la certeza interior de que solo hay un Yo. Desde esa certeza, el juicio pierde sentido y la percepción se suaviza. El mundo deja de ser un lugar de conflicto y se convierte en el escenario donde la santidad se reconoce a sí misma.

Así, esta lección me enseña que mi santidad no es privada ni personal. Al aceptarla, bendice todo lo que veo. Y al bendecirlo, recuerdo quién soy.

UCDM, en el Capítulo 14, titulado "Las Enseñanzas en favor de la verdad", nos enseña lo siguiente:

“Sí, en verdad eres bendito. Mas en este mundo no te das cuenta de ello. No obstante, tienes los medios para aprender que lo eres y verlo claramente. El Espíritu Santo usa la lógica con tanta facilidad y eficacia como lo hace el ego, salvo que Sus conclusiones no son dementes. Éstas toman una dirección diametralmente opuesta y apuntan tan claramente hacia el Cielo como el ego apunta hacia las tinieblas y la muerte. Hemos examinado gran parte de la lógica del ego y hemos visto sus conclusiones lógicas. Y habiéndolas visto, nos hemos dado cuenta de que tales conclusiones no se pueden ver excepto en ilusiones, pues sólo ahí parece verse claramente su aparente claridad. Démosles la espalda ahora y sigamos la simple lógica que el Espíritu Santo utiliza para enseñar las sencillas conclusiones que hablan en favor de la verdad y sólo de la verdad” (T-14.In.1:1-8).

“Si eres bendito y no lo sabes, necesitas aprender que ciertamente lo eres. El conocimiento no es algo que se pueda enseñar, pero sus condiciones se tienen que adquirir, pues eso fue lo que desechaste. Puedes aprender a bendecir, pero no puedes dar lo que no tienes. Por lo tanto, si ofreces una bendición, primero te tiene que haber llegado a ti. Y tienes también que haberla aceptado como tuya, pues, de lo contrario, ¿cómo podrías darla? Por eso es por lo que los milagros dan testimonio de que eres bendito. Si perdonas completamente es porque has abandonado la culpabilidad, al haber aceptado la Expiación y haberte dado cuenta de que eres inocente. ¿Cómo ibas a percatarte de lo que se ha hecho por ti, sin tú saberlo, a menos que hicieses lo que no podrías sino hacer si se hubiese hecho por ti?” (T-14.I.1:1-8).

No podemos extender lo que no reconocemos en nosotros mismos. No bendecimos al mundo desde un esfuerzo personal, sino desde el recuerdo de nuestra unión con Dios. Al aceptar esa unión, recibimos el reconocimiento de nuestra propia santidad, que no es algo que ganemos, sino algo que compartimos con Dios como Su Hijo.

Somos benditos porque Dios comparte Su Bendición con toda la Filiación. En este reconocimiento, cualquier pensamiento amoroso que surge en la mente de uno de nuestros hermanos bendice a todos, pues las mentes no están separadas. Al aceptar esa bendición, surge de manera natural el deseo de extenderla, no como obligación, sino como gratitud.

No es necesario conocer personalmente a aquellos a quienes bendecimos. La bendición no opera a través del cuerpo ni de la cercanía física, sino en la mente, donde la Filiación es una sola. El amor no necesita intermediarios para extenderse.

Bendecir es simplemente reconocer lo que ya es verdad. Es la expresión de la santidad aceptada, no creada. Y la santidad no es otra cosa que el recuerdo de nuestra Identidad tal como Dios la creó. Cuando recordamos nuestra Esencia, dejamos de ver carencia y reconocemos la plenitud que somos.

Al bendecir, no damos algo que se pierde; conservamos en nuestra mente lo que reconocemos como real. Así permanecemos en la conciencia de unidad y en la certeza de que nuestra verdadera abundancia es inseparable de la Mente de Dios.

¿Acaso ves alguna debilidad en el acto de bendecir a tu hermano? En respuesta a esta cuestión, UCDM no indica:

"No tengas miedo de bendecir, pues Aquel que te bendice ama al mundo y no deja nada en él que pueda ser motivo de miedo. Pero si te niegas a dar tu bendición, el mundo te parecerá ciertamente temible, pues le habrás negado su paz y su consuelo, y lo habrás condenado a la muerte" (T-27.V.4:5-6).

Propósito y sentido de la lección

Cuando la Lección 37 habla de “los primeros destellos de tu verdadera función”, está enlazando directamente con una enseñanza central del Texto:  el Hijo de Dios no fue creado sin función, y su función no es corregir el mundo, sino recordar la verdad y extenderla.

En el Texto se afirma repetidamente que la percepción precede a la acción, y que el mundo es el resultado de una interpretación.

Por eso, cuando la lección define el propósito como: “ver el mundo a través de tu propia santidad” está aplicando la enseñanza del Texto según la cual la causa siempre está en la mente y el efecto en la percepción. La función no es “bendecir activamente”, sino ver sin culpa, porque en el Curso la culpa es siempre la causa del ataque, el sacrificio y la separación.

La bendición del mundo no es una misión añadida al yo, sino la consecuencia inevitable de aceptar la Expiación para uno mismo, tema central del Texto.

Instrucciones prácticas:

El nivel de detalle de esta lección no es casual. En el Texto se explica que la mente necesita entrenamiento perceptivo sistemático para deshacer hábitos profundamente arraigados.

La aplicación a objetos, cuerpos, personas concretas y especialmente a quienes provocan reacción adversa, refleja exactamente lo que el Texto enseña sobre el perdón:  no se perdona lo abstracto, sino lo específico, allí donde la culpa parece real.

El uso del nombre propio no es psicológico, sino doctrinal. El Curso enseña que no hay diferencias reales entre los Hijos de Dios, y por eso aplicar la santidad a uno por nombre es una forma de corregir la percepción de separación.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección se apoya en una tesis central del Curso: el sistema de pensamiento del ego está basado íntegramente en el sacrificio.

El Texto define el sacrificio como la creencia de que alguien debe perder para que otro gane,  de que algo debe ser pagado, y de que la culpa es real y exige compensación.

Por eso la lección insiste: “Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada.”

Desde el punto de vista psicológico, esto desmonta la raíz del miedo: la expectativa inconsciente de castigo.

Cuando la lección afirma que: “los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada” está aplicando literalmente la enseñanza del Texto según la cual la exigencia siempre procede de la culpa, y la plenitud percibida elimina automáticamente la necesidad de ataque o defensa.

Espiritualmente, la afirmación: “Tu santidad es la salvación del mundo” solo puede entenderse a la luz del principio fundamental del Curso: una sola Mente, una sola Filiación, una sola Voluntad.

El Texto deja claro que el mundo no se salva como entidad independiente, sino que desaparece como interpretación falsa cuando la mente se corrige. Por eso la santidad salva no por intervención, sino por reconocimiento.

La frase: “sin predicarle ni decirle nada” conecta directamente con la enseñanza del Texto de que el ejemplo es el único maestro, y que la verdad no necesita defensa ni explicación, solo ser reconocida.

Relación con el Curso:

La Lección 37 anticipa varias afirmaciones posteriores del Texto y del Libro de Ejercicios:

  • “Perdonar es mi función”
  • “Mi función y mi felicidad son una”
  • “La salvación del mundo depende de mí”

Pero lo hace todavía en un lenguaje suave, perceptivo, no moral. Aquí la función no se vive como responsabilidad pesada, sino como resultado natural de ver sin culpa.

También conecta directamente con el capítulo del Texto sobre la relación santa, donde se enseña que la sanación ocurre cuando uno no exige nada del otro.

Consejos para la práctica:

El Curso insiste en que no se debe forzar la experiencia, no se debe evaluar el progreso y no se debe buscar resultados visibles.

Esta lección sigue exactamente esa pedagogía: la bendición no se mide, se practica.

El énfasis en usar la idea cuando surge reacción adversa es coherente con el Texto, que enseña que toda perturbación es una oportunidad de perdón.

Conclusión final:

La Lección 37 es el primer momento en el Libro de Ejercicios donde la identidad corregida comienza a manifestarse como función consciente en el mundo.

No se trata de hacer algo por los demás, sino de no exigir nada de ellos.
No se trata de cambiar el mundo, sino de retirar la culpa de la percepción.

Desde la perspectiva del Curso, esta lección enseña que: la santidad no se posee, se extiende, y al extenderse, deshace el mundo del sacrificio.

Aquí empieza a vislumbrarse una idea clave que el Curso desarrollará plenamente: salvar y ser salvo son el mismo acto.


Ejemplo-Guía: "Todos los políticos son unos ladrones y unos mentirosos".

¿Estaríamos dispuestos a bendecir a los políticos que consideramos ladrones y mentirosos?  

Para muchos, esta pregunta puede sonar a broma de mal gusto y llevarlos a pensar que quien la plantea no está en sus cabales. Sus argumentos son fuertes, pues cuentan con pruebas más que claras que les dan la razón. “El que la hace, la paga” es una idea compartida por ese grupo que prefiere proyectar en el comportamiento ajeno su propio mundo interior.  

Y pensarán: ¡Vaya!, esa afirmación es la gota que colma el vaso de la paciencia. Después de ser víctimas de las injusticias de los políticos, también tenemos que aceptar que nuestra crítica nos obliga a reconocer que somos tan culpables como ellos.  

No pretendo acusar a nadie. Hacerlo sería adoptar la visión de la mente dual, que nos hace creer en la separación entre los seres.

Yo practico la visión de la unidad y, por decisión propia, elijo ver a mis hermanos como partes de una misma Unidad que conforma la Filiación. Respeto todos los comportamientos, así como no condeno mis propios actos. Soy plenamente consciente de que cada uno de nosotros está en una etapa distinta dentro del proceso de conciencia, pero en esencia, todos somos perfectos Hijos de Dios.

Esa visión me hace ver el juego de la mente dual, que nos impulsa a proyectar en el mundo exterior el contenido de nuestros pensamientos. Estos, a su vez, encuentran su misma frecuencia vibratoria en los espejos que representan nuestros hermanos, quienes, con su forma de actuar, nos ayudan a reconocer la calidad de nuestros propios pensamientos y sentimientos.

Como bien expresa UCDM: “O bien vemos la carne, o bien reconocemos el espíritu. En esto no hay términos medios. Si uno de ellos es real, el otro no puede sino ser falso, pues lo que es real niega a su opuesto. La visión no ofrece otra opción que ésta. Lo que decidimos al respecto determina todo lo que vemos y creemos real, así como todo lo que consideramos que es verdad. De esta elección depende todo nuestro mundo, pues mediante ella establecemos en nuestro propio sistema de creencias lo que somos: carne o espíritu. Si elegimos ser carne, jamás podremos escaparnos del cuerpo al verlo como nuestra realidad, pues nuestra decisión reflejará que eso es lo que queremos. Pero si elegimos el espíritu, el Cielo mismo se inclinará para tocar nuestros ojos y bendecir nuestra santa visión a fin de que no veamos más el mundo de la carne, salvo para sanar, consolar y bendecir” (T-31.VI.1:1-8).

Cuando condenamos a los políticos que consideramos culpables, en realidad estamos proyectando nuestra propia condena y, más aún, reforzando la creencia de que solo somos materia y de que existe separación. En cambio, si decidimos bendecirlos, lo que hacemos es reconocer nuestra gratitud hacia ellos por servirnos de espejo, permitiéndonos ver reflejadas nuestras propias proyecciones.

Reflexión: ¿Mi manera de amar al mundo, es exigente?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (6ª parte).

VII. La roca de la salvación (6ª parte).

6. Pon a prueba todas tus creencias a la luz de este único requisi­to, y entiende que todo lo que satisface esta única petición es digno de tu fe. 2Nada más lo es. 3Lo que no es amor es pecado, y cada uno de ellos percibe al otro como demente y sin sentido. 4El amor es la base de un mundo que los pecadores perciben como completamente demente, ya que creen que el camino que ellos siguen es el que conduce a la cordura. 5Mas el pecado es igual­mente demente a los ojos del amor, que dulcemente prefieren mirar más allá de la locura y descansar serenamente en la ver­dad. 6Tanto el amor como el pecado ven un mundo inmutable, de acuerdo a como cada uno define la inalterable y eterna verdad de lo que eres. 7Y cada uno refleja un punto de vista de lo que el Padre y el Hijo deben ser para que ese punto de vista sea signifi­cativo y cuerdo.

Este párrafo introduce el criterio definitivo de discernimiento que corona todo el desarrollo de La roca de la salvación. Tras desmontar la locura del mundo y afirmar la posibilidad de una nueva percepción, el Curso ofrece ahora una prueba única, simple y absoluta para evaluar cualquier creencia.

Ese criterio es el amor.

No se trata de un amor sentimental, moral o humano, sino del principio ontológico que define la realidad. Todo lo que satisface este único requisito —ser amor— es digno de fe. Todo lo demás no lo es. No hay grados ni excepciones.

El texto establece una equivalencia contundente: “Lo que no es amor es pecado.”

Aquí el pecado no se define como acción, sino como ausencia de amor, es decir, como un sistema de pensamiento. Amor y pecado son incompatibles y se perciben mutuamente como dementes y sin sentido, porque cada uno parte de una definición opuesta de la realidad.

Desde la perspectiva del pecado, el mundo basado en el amor parece completamente demente, ya que el pecado cree que su camino —basado en separación, juicio y pérdida— es el que conduce a la cordura.
Desde la perspectiva del amor, ocurre exactamente lo contrario: el pecado es visto como locura, pero sin ataque. El amor no combate la locura; mira más allá de ella y descansa serenamente en la verdad.

El punto más profundo del párrafo aparece cuando afirma que tanto el amor como el pecado perciben un mundo inmutable. La diferencia no está en la experiencia de estabilidad, sino en cómo se define lo que eres. Cada sistema proyecta un mundo fijo que refleja su definición del Padre y del Hijo. La percepción del mundo revela, en realidad, la idea que se tiene de Dios y de uno mismo.

Mensaje central del punto:

  • El amor es el único criterio válido para evaluar cualquier creencia.
  • Solo lo que es amor es digno de fe.
  • Todo lo que no es amor es pecado.
  • Amor y pecado se perciben mutuamente como locura.
  • El amor no ataca la locura; la trasciende.
  • Ambos sistemas perciben un mundo “inmutable”, según su definición de la verdad.
  • La percepción del mundo refleja la idea que se tiene del Padre y del Hijo.

Claves de comprensión:

  • El discernimiento espiritual se reduce a una sola prueba.
  • El pecado no es un acto, sino una interpretación sin amor.
  • La locura no se corrige con ataque, sino con trascendencia.
  • El mundo que parece estable refleja la definición que se tiene del Ser.
  • Cambiar la percepción del mundo implica cambiar la definición de quién eres.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Examina cada pensamiento, juicio o decisión preguntando:
    “¿Esto es amor?”
  • Si no lo es, no lo ataques; simplemente retira tu fe de él.
  • Observa cuándo percibes el amor como ingenuo o irreal: ahí habla el pecado.
  • Practica mirar más allá del error en lugar de corregirlo.
  • Permite que el descanso sustituya al esfuerzo por tener razón.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué creencias sigo sosteniendo que no proceden del amor?
  • ¿Confundo firmeza con verdad?
  • ¿En qué momentos percibo el amor como poco real o poco práctico?
  • ¿Qué idea de Dios y de mí mismo se refleja en el mundo que veo?
  • ¿Estoy dispuesto a confiar solo en lo que es amor?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo ofrece la herramienta final de la salvación: un criterio único, claro y universal. No se te pide analizar todas las creencias, sino ponerlas a prueba. Si son amor, permanecen. Si no lo son, carecen de valor real.

El amor no necesita defenderse ni justificarse. Simplemente descansa en la verdad, mientras la locura se disuelve por falta de fe. Así, el mundo cambia no porque sea atacado, sino porque ya no es creído.

Frase inspiradora:

“Solo el amor es digno de mi fe.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier pensamiento que reclame tu adhesión, repite:

“Si no es amor, no lo necesito.”

Y permite que esa simple prueba te devuelva al descanso.

jueves, 5 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 36

LECCIÓN 36

Mi santidad envuelve todo lo que veo.

1. La idea de hoy extiende la idea de ayer del que percibe a lo percibido. 2Eres santo porque tu mente es parte de la de Dios. 3puesto que eres santo, tu visión no puede sino ser santa también. 4"Impecabilidad" quiere decir libre de pecado. 5No se puede estar libre de pecado sólo un poco. 6O bien eres impecable o bien no lo eres. 7Si tu mente es parte de la de Dios tienes que ser impecable, pues de otra forma parte de Su Mente sería pecaminosa. 8Tu visión está vinculada a Su santidad, no a tu ego, y, por lo tanto, no tiene nada que ver con tu cuerpo.

2. Hoy se requieren cuatro sesiones de práctica de tres a cinco minutos cada una. 2Trata de distribuirlas equitativamente y de hacer las aplicaciones más cortas a menudo para así asegurar tu protección durante todo el día. 3Las sesiones de práctica más largas deben hacerse de la siguiente forma:

3. Cierra primero los ojos y repite la idea de hoy varias veces lentamente. 2Luego ábrelos y mira a tu alrededor con bastante lentitud, aplicando la idea de manera específica a cualquier cosa que notes en tu ligera inspección. 3Di, por ejemplo:

4Mi santidad envuelve esa alfombra.
5Mi santidad envuelve esa pared.
6Mi santidad envuelve estos dedos.
7Mi santidad envuelve esa silla.
8Mi santidad envuelve ese cuerpo.
9Mi santidad envuelve esta pluma.

10Cierra los ojos varias veces durante estas sesiones de práctica y repite la idea para tus adentros. 11Luego ábrelos y continúa como antes.

4. Para las sesiones de práctica más cortas, cierra los ojos y repite la idea; mira a tu alrededor mientras la repites de nuevo y finaliza con una repetición adicional con los ojos cerrados. 2Todas las aplicaciones, por supuesto, deben llevarse a cabo con bastante lentitud y con el menor esfuerzo y prisa posibles.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda que, si mi mente forma parte de la Mente de Dios, mi santidad no puede ser parcial ni condicional. No es algo que deba alcanzar, demostrar o merecer. Es un hecho. Por eso, todo lo que veo queda envuelto por ella, no porque yo lo haga santo, sino porque mi verdadera Identidad es santa.

Este ejercicio es fundamental porque me invita a expresar lo que soy en verdad, dejando de dar protagonismo al ego. Cuando permito que el ego interprete mi vida, lo hace desde sus creencias de separación, culpa y miedo. Pero cuando acepto mi santidad, esas interpretaciones pierden autoridad. No lucho contra el ego; simplemente dejo de creerle.

Ser santo, según el Curso, no significa comportarse de una determinada manera ni cumplir un ideal moral. Significa ser Uno, sin opuestos ni jerarquías, con toda la Filiación. La santidad no es un logro personal, sino la condición natural de lo que Dios crea. Y la única forma de expresarla es a través del Amor, que no juzga ni excluye.

La pregunta no es cómo convertirme en santo, sino cómo hacer consciente mi santidad.

Un Curso de Milagros ofrece una referencia clara cuando habla de la Regla de Oro. No como una norma ética externa, sino como una consecuencia directa de la percepción correcta. Solo puedo tratar al otro con amor si lo percibo tal como es, y solo puedo percibirlo correctamente si me reconozco a mí mismo como santo. Tal como me perciba, así percibiré a los demás; y tal como perciba, así actuaré.

“La Regla de Oro te pide que te comportes con los demás como tú quisieras que ellos se comportasen contigo. Esto significa que tanto la percepción que tienes de ti como la que tienes de ellos debe ser fidedigna. La Regla de Oro es la norma del comportamiento apropiado. Tú no puedes comportarte de manera apropiada a menos que percibas correctamente. Dado que tú y tu prójimo sois miembros de una misma familia en la que gozáis de igual rango, tal como te percibas a ti mismo y tal como lo percibas a él, así te comportarás contigo mismo y con él. Debes mirar desde la percepción de tu propia santidad a la santidad de los demás” (T-1.III.6:2-7).

Desde la perspectiva del ego, la santidad se asocia a comportamientos excepcionales, sacrificio, pureza moral o vidas ejemplares. Bajo esta visión, unos son santos y otros no; unos merecen y otros fallan. Este planteamiento pertenece al pensamiento dual del ego, que necesita opuestos para sostenerse: santo/pecador, bueno/malo, digno/indigno.

Asignar la santidad en función del comportamiento es, en sí mismo, un juicio. Y todo juicio refuerza la separación, la culpa y el miedo. No es casual que esta lógica haya impregnado los sistemas religiosos: el ego proyecta su sistema de pensamiento y fabrica estructuras que lo validan.

El Curso es radicalmente claro: “Los Hijos de Dios son santos, y los milagros honran su santidad.” (T-1.I.31:3)No hay excepciones.

La Expiación no nos hace santos, porque nunca dejamos de serlo. Su función es simplemente llevar lo que hemos inventado —la imagen falsa, la culpa, la identidad separada— ante la verdad de lo que somos. La luz no crea la santidad; solo disuelve la ilusión que parecía ocultarla.

Esta lección me enseña, por tanto, que no necesito cambiar nada en el mundo para experimentar la paz. Necesito aceptar mi santidad y, desde ella, permitir que todo lo que veo sea reinterpretado. Al hacerlo, no solo reconozco mi verdad, sino que la extiendo, y eso es lo que el Curso llama un milagro.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 36 declara su propósito de forma explícita en su primera frase: extender la idea de ayer desde el perceptor a lo percibido.

En la Lección 35 se aceptó una verdad acerca de la mente: que es parte de la Mente de Dios. En esta lección, el Curso da el paso lógico siguiente: si la mente es una extensión de la Santidad de Dios, la percepción que procede de ella no puede quedar fuera de esa santidad.

El propósito central no es santificar el mundo como entidad objetiva, sino corregir la relación que la mente establece con lo que percibe. El texto es muy preciso: la santidad no está en las cosas, sino en la relación mental que se mantiene con ellas.

Así, esta lección desmantela la creencia de que el mundo tiene un significado independiente del perceptor.


Instrucciones prácticas:

La práctica de la lección es deliberadamente simple y sin variaciones:

  • Aplicar la idea a todo lo que se ve, sin excepción.
  • Incluir tanto lo agradable como lo desagradable.
  • No hacer distinciones ni jerarquías.

La fórmula es única y literal: “Mi santidad envuelve esto.”

Durante el día, la idea debe usarse especialmente cuando algo perturbe la paz, lo que indica que la práctica no es contemplativa en abstracto, sino correctiva.

No se pide análisis, reflexión ni cambio emocional previo. Solo aplicación.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Desde el punto de vista psicológico, la lección confronta una creencia fundamental del sistema de pensamiento del ego: la idea de que hay cosas “fuera” que poseen por sí mismas un valor positivo o negativo.

El texto la niega directamente al afirmar que la santidad no se encuentra en ninguna cosa por sí misma. Esto implica que la reacción emocional no está causada por el objeto, sino por la relación mental que se establece con él.

La instrucción de no distinguir entre lo agradable y lo desagradable apunta directamente a la raíz del conflicto psicológico: la tendencia a fragmentar la experiencia en opuestos.

Espiritualmente, la afirmación central es la siguiente: Mientras no veas la santidad en todo, no conocerás tu propia santidad.

Aquí el Curso establece una condición clara: el autoconocimiento depende de la percepción no selectiva. La santidad es descrita como una sola, indivisible y sin opuestos, lo que excluye toda posibilidad de santidad parcial.

Esto significa que no puede reservarse para uno mismo, no puede excluir personas, objetos o situaciones, no puede coexistir con juicios selectivos.

Ver santidad solo en uno mismo sería aún una forma de separación.

Relación con el resto del Curso:

La Lección 36 encaja de forma exacta en la progresión del Libro de Ejercicios:

  • Tras reconocer que Dios está en todo lo que veo (29),
  • y que Dios está en mi mente (30), se afirma ahora que la santidad de esa mente envuelve la percepción.

Esta lección prepara directamente las siguientes:

  • Mi santidad bendice al mundo (37),
  • No hay nada que mi santidad no pueda hacer (38),
  • Mi santidad es mi salvación (39).

Es el paso que convierte la corrección interior en extensión perceptiva.

Consejos para la práctica:

El propio texto sugiere cómo practicar correctamente:

  • No intentar sentir santidad.
  • No buscar experiencias especiales.
  • No excluir nada deliberadamente.
  • Usar la idea cuando la paz se vea perturbada.

La práctica no exige fe previa. Exige uso constante.

Conclusión final:

La Lección 36 afirma que la percepción no es un proceso neutro ni pasivo, sino una extensión directa de la identidad aceptada en la mente.

Mientras se excluya algo de la santidad, la mente no puede reconocerse a sí misma. Ver santidad en todo no es un gesto hacia el mundo, sino un acto de autorreconocimiento.

Nada cambia fuera. Cambia la relación. Y en ese cambio, la paz comienza a ser posible.

Frase síntesis:

“No puedo conocer mi santidad mientras la niegue en algo.”

Ejemplo-Guía: "La relación con mi pareja no me hace sentir en paz".

He elegido este ejemplo con el propósito de profundizar en el verdadero significado que encierra la experiencia de la relación de pareja. Un Curso de Milagros se refiere a este tipo de vínculos como relaciones especiales, señalando que constituyen uno de los escenarios más potentes para el aprendizaje, precisamente porque en ellas el ego despliega con mayor sutileza sus mecanismos.

Es inevitable hablar del amor cuando abordamos una relación. Sin embargo, el Curso nos invita a cuestionarnos qué entendemos realmente por amor. Nos recuerda que:

“El instante santo es el recurso de aprendizaje más útil de que dispone el Espíritu Santo para enseñarnos el significado del amor. Pues su propósito es la suspensión total de todo juicio. Los juicios se basan siempre en el pasado, pues las experiencias pasadas constituyen su base. Es imposible juzgar sin el pasado” (T-15.V.1:1-4).

Desde esta perspectiva, comprendemos que gran parte del conflicto en la relación surge porque amamos desde el pasado, desde expectativas, heridas y recuerdos que condicionan nuestra percepción presente.

El Curso es claro al respecto:

“Limitar el amor a una parte de la Filiación produce culpabilidad en nuestras relaciones y, por lo tanto, hace que éstas sean irreales” (T-15.V.2:2).

Cuando creemos que alguien especial debe colmar nuestras necesidades, lo separamos del resto de la Filiación y, sin darnos cuenta, convertimos el amor en una fuente de culpa y miedo.

Más aún, el Curso profundiza:

“No puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Si amas de manera distinta de como ama Dios —Quien no sabe lo que es el amor especial—, ¿cómo podrías entender lo que es el amor?” (T-15.V.3:1-3).

Creer que una relación especial puede salvarnos es creer que la separación es la salvación. Pero la salvación no se encuentra en la preferencia, sino en la perfecta igualdad que establece la Expiación.

El Capítulo 15, sección V, nos revela una enseñanza clave:

“Todas las relaciones especiales contienen elementos de miedo debido a la culpabilidad. Por eso están sujetas a tantos cambios y variaciones. No se basan exclusivamente en el amor inmutable” (T-15.V.4:1-3).

Sin embargo, lejos de condenarlas, el Espíritu Santo las utiliza como aulas de aprendizaje:

“Se vale de las relaciones especiales, que tú usas para apoyar al ego, para convertirlas en experiencias educativas que apunten hacia la verdad” (T-15.V.4:4-6).

El Espíritu Santo no niega nuestras relaciones; las purifica. Él sabe que nadie es especial, pero comprende que creemos serlo. Por eso:

“Puedes poner bajo Su cuidado cualquier relación y estar seguro de que no será una fuente de dolor, si estás dispuesto a ofrecérsela a Él” (T-15.V.5:3-4).

Toda la culpa en la relación procede del uso que hacemos de ella para satisfacer necesidades ilusorias. Todo el amor surge del uso que el Espíritu Santo hace de ella como medio de sanación.

El Curso también nos advierte:

“Si deseas sustituir una relación por otra, es que no se la has ofrecido al Espíritu Santo. El amor no tiene sustitutos” (T-15.V.6:1-2).

La necesidad de reemplazar al otro revela una creencia más profunda: la idea de que nos falta amor. Desde esa creencia, exigimos al otro que sea distinto de lo que es.

Finalmente, el Curso nos ofrece una visión liberadora:

“En el instante santo nadie es especial, pues no le imponemos a nadie nuestras necesidades personales. Sin los valores del pasado, veríamos que todos son iguales y semejantes a nosotros” (T-15.V.8:1-4).

Cuando la relación se vive en el instante santo, deja de ser un campo de batalla para convertirse en un espacio de comunión. Ya no se utiliza para llenar vacíos, sino para recordar la unidad.

Que cada relación sea entregada al Espíritu Santo, que cada vínculo se convierta en una lección de amor, y que el instante santo revele la paz que siempre ha estado ahí.

¡Feliz instante santo!

Reflexión: ¿Cómo te sientes al saber que eres santo?