jueves, 17 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 260

LECCIÓN 260

Que recuerde que Dios me creó.

1. Padre, yo no me creé a mí mismo, aunque en mi demencia creí que así había sido. 2No obstante, en cuanto que Pensamiento Tuyo, no he aban­donado mi Fuente y sigo siendo parte de Aquel que me creó. 3Tu Hijo, Padre mío, Te llama hoy. 4Que recuerde que Tú me creaste. 5Que recuerde mi Identidad. 6Y que deje que mi impecabilidad vuelva a alzarse ante la visión de Cristo, a través de la cual deseo hoy contemplar a mis hermanos y contemplarme a mí mismo.

2. Ahora recordamos nuestra Fuente, y en Ella encontramos por fin nuestra verdadera Identidad. 2Somos en verdad santos porque nuestra Fuente no conoce el pecado. 3Y nosotros, que somos Sus Hijos, somos semejantes los unos a los otros y semejantes a Él.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 260 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que Dios me creó», me enseña que la verdad sólo puede ser recordada cuando creemos en ella y la aceptamos con certeza. Recordar a Dios es recordar nuestra verdadera Identidad. Esta lección nos invita a reconocer que no somos un cuerpo, sino espíritu, y que nuestra esencia permanece eternamente unida a la Fuente que nos creó.

No puedo recordar aquello en lo que no creo. Vemos aquello en lo que depositamos nuestra fe, y esa es la razón por la que nos encontramos plenamente identificados con el cuerpo. El ego sostiene la creencia de que somos tan sólo un vehículo material, y mientras aceptemos esa idea, nuestra percepción continuará limitada por la ilusión. Sin embargo, el Curso nos recuerda la verdad con absoluta claridad: «No soy un cuerpo. Soy libre» (L-pI.199.8:7-8). Esta afirmación nos libera de la identificación con lo transitorio y nos conduce al reconocimiento de nuestra naturaleza divina.

Tener certeza en lo que somos nos llevará a recordar que Dios nos creó. Este acto de recordar no es un simple ejercicio intelectual, sino un estado de toma de conciencia profunda. En él, la mente despierta y reconoce su origen eterno. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94.3:3). Esta verdad debe reflejarse en nuestra vida y traducirse en una forma de vivir coherente con la condición divina que hemos hecho consciente.

No podemos conformarnos con un mero acto mental en el que repetimos: «Soy Hijo de Dios». Esta afirmación puede quedar vacía si no va acompañada de la firme decisión de poner nuestra voluntad al servicio del Amor y de la verdad. Recordar a Dios implica actuar como Su Hijo, permitiendo que cada pensamiento, palabra y acción reflejen Su Presencia en nosotros.

¿Esto qué significa en la práctica? Significa que todos nuestros actos deben ser la manifestación de pensamientos amorosos. En nuestras relaciones, dejaremos de juzgar y condenar, y en su lugar reconoceremos la inocencia en nuestros hermanos. Como enseña el Curso: «Cuando te encuentras con alguien, recuerda que se trata de un encuentro santo… pues en tus semejantes o bien te encuentras a ti mismo o bien te pierdes a ti mismo» (T-8.III.4:1,5). Ver en sus rostros el Sagrado Rostro de la Divinidad es reconocer la unidad que nos vincula a todos.

Hoy elijo recordar que Dios me creó. Permito que esta verdad ilumine mi mente y guíe mis acciones. Al vivir de acuerdo con ella, experimento la paz, la alegría y la certeza de mi unión eterna con el Amor. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 260 enseña que:

  • No eres tu propio creador.
  • Tu origen es Dios.
  • Nunca te has separado de tu Fuente.
  • Tu identidad es impecable e intacta.
  • Ver correctamente es ver desde esa identidad.

No es reconstrucción. Es retorno al origen reconocido.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que Dios me creó”.

Cada repetición debilita la identidad del ego, disuelve la autoimagen construida, fortalece la conexión con la Fuente y abre la percepción a la unidad.

No es afirmación conceptual, es recordatorio esencial.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la identidad construida y la sensación de auto-definición.

Cuando crees que te creaste a ti mismo, sientes presión por sostener una imagen, temes fallar o perder valor, te defines por logros o errores y vives en comparación.

Cuando reconoces tu origen, disminuye la autoexigencia, aparece estabilidad interna, se suaviza la identidad y surge una sensación de descanso.

No porque “mejores tu imagen”, sino porque dejas de sostenerla.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que eres creación de Dios, que compartes Su naturaleza, que tu santidad es inherente y que la separación no ocurrió.

Y revela algo profundamente sanador: No tienes que convertirte en digno, ya fuiste creado en dignidad.

Tu identidad no se gana, se recuerda.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa cualquier pensamiento de autojuicio.
  • Detecta cualquier idea de “esto soy yo” basada en historia.

Y entonces, “que recuerde que Dios me creó”.

Puedes acompañarlo con:

  • “No soy lo que hice de mí”.
  • “Soy como fui creado”.

Y permitir que la mente se aquiete.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea como evasión de responsabilidades.
No negar la experiencia humana.
No convertirlo en concepto abstracto.

Usarlo como recordatorio de identidad profunda.
Permitir que suavice la autoimagen.
Integrarlo sin esfuerzo.

El Curso no niega lo que experimentas, corrige lo que crees que eres.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí se cierra con una claridad total:

  • 258 → Dios es mi objetivo.
  • 259 → El pecado no existe.
  • 260 → Dios es mi origen.

Ahora todo encaja, no hay distancia, no hay culpa y no hay pérdida.

Sólo, olvido y recuerdo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 260 es profundamente tranquilizadora:

No tienes que inventarte.
No tienes que reconstruirte.
No tienes que corregirte en esencia.

Porque lo que eres, ya fue creado y no por ti, sino por algo que no falla, no cambia y no juzga.

Y cuando esto empieza a sentirse, aunque sea levemente, algo en ti descansa.

Porque ya no necesitas sostener una identidad, sólo recordar la que nunca perdiste.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de definirme, recuerdo que fui creado en la verdad y no necesito ser otra cosa”.


Ejemplo-Guía: "Creados a Su imagen y semejanza".

Cuando elegí este tema de debate y reflexión, me surgió una pregunta que deseo compartir contigo: ¿qué imagen tengo de Dios?

Permíteme reflexionar en voz alta. Si nunca he visto a Dios, ¿cómo puedo tener una imagen suya? Sin embargo, si la cita bíblica afirma que hemos sido creados a Su imagen y semejanza, y yo tengo conciencia de mi propia imagen, podría deducir que Dios posee una forma corporal. Esta reflexión no es ninguna trivialidad. A lo largo de la historia, la cultura, especialmente la pintura y la escultura, nos ha transmitido la representación de un Dios poderoso, musculoso, con larga melena, barba blanca y rodeado de una aureola de luz, símbolo de su divinidad. ¿Cómo no pensar que Dios se asemeja a esa imagen tan profundamente arraigada en nuestra mente colectiva?

Todos sabemos que este lenguaje pertenece al ámbito de lo simbólico. No obstante, lo verdaderamente relevante de esa visión es que sitúa a Dios fuera de nosotros, en una dimensión superior y distante. Nos dirigimos a Él como si habitara en un lugar externo, separado de nuestra propia esencia.

Entonces, ¿hemos sido creados a Su imagen y semejanza? Sí, sin duda. Pero esta afirmación nos conduce a una comprensión más profunda. Si hemos sido creados a Su imagen, la imagen que tenemos de nosotros mismos no puede ser real. En otras palabras, si Dios no posee forma corporal, Su Hijo tampoco debe poseerla. Este razonamiento confirma uno de los principales mensajes de Un Curso de Milagros: el mundo que percibimos no es real.

El Curso arroja luz sobre este tema con una reinterpretación reveladora: «La afirmación “Dios creó al hombre a imagen y semejanza propia” necesita ser reinterpretada. “Imagen” puede entenderse como “pensamiento”, y “semejanza” como “de una calidad semejante”. Dios efectivamente creó al espíritu en Su Propio Pensamiento y de una calidad semejante a la Suya Propia» (T-3.V.7:1-3).

Esta aclaración es fundamental, pues redefine el significado de la palabra “imagen” y evita interpretaciones erróneas. No se refiere a una forma física, sino a la naturaleza espiritual y eterna del Ser. El espíritu no puede ser representado mediante símbolos materiales, ya que trasciende toda percepción.

El Curso también nos recuerda: «No tienes una imagen que puedas percibir. La palabra “imagen” está siempre vinculada a la percepción y no forma parte del conocimiento. Las imágenes son simbólicas y representan algo diferente de ellas mismas» (T-3.V.4:5-7).

Al no ser un cuerpo, no podemos percibir nuestra verdadera identidad con los sentidos físicos. El espíritu no es visible en el mundo de la forma; sólo puede ser reconocido mediante la visión interior y el conocimiento. Por ello, cuando nos identificamos con el cuerpo, atribuimos a nuestros padres físicos la autoría de nuestra creación. Sin embargo, a medida que despertamos, esta visión se transforma, y la figura del padre terrenal es trascendida por la Presencia del Padre verdadero: el Padre Espiritual.

Este reconocimiento no implica distanciamiento ni rechazo hacia nuestros progenitores. Por el contrario, fortalece el amor que sentimos por ellos, al comprender que no sólo son nuestros padres en el mundo, sino también nuestros hermanos en la Filiación divina. La comprensión espiritual no rompe vínculos; los purifica y los eleva.

Basta con hacernos una pregunta para saber si estamos recorriendo el camino de manera natural: ¿cómo podría dejar de amar a mi padre físico alegando que no es mi verdadero Padre, cuando en realidad es mi hermano?

Recordar que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios es reconocer que somos espíritu, eternos e inmutables. No somos cuerpos limitados, sino pensamientos divinos, extensiones del Amor de Dios.

Al aceptar esta verdad, nuestra percepción se transforma. Nos vemos a nosotros mismos y a los demás con una nueva mirada, libre de juicio y llena de amor. Y en ese reconocimiento, comprendemos que la verdadera imagen de Dios no se contempla con los ojos del cuerpo, sino con la visión del alma.

Porque, en esencia, somos tal como Él nos creó.


Reflexión: Recuerda que eres invulnerable: ¿cómo te sientes?

¿Cómo saber qué decisión tomar?

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo saber qué decisión tomar?

Hay momentos en los que una decisión parece ocupar toda nuestra mente. No sabemos si aceptar un trabajo o rechazarlo, continuar una relación o terminarla, mudarnos o quedarnos, hablar o guardar silencio, ayudar o poner un límite. Pensamos una opción, después la contraria, hacemos listas de ventajas e inconvenientes, preguntamos a otras personas y, aun así, seguimos sin estar seguros. Cuanto más importante nos parece la decisión, más deseamos una garantía: “Quiero saber que no me voy a equivocar.” Desde Un Curso de Milagros, quizá el primer paso sea reconocer precisamente eso: muchas veces no sufrimos únicamente porque no sabemos qué elegir, sino porque queremos conocer de antemano el resultado de nuestra elección.

Nuestra mente suele plantear la decisión de esta manera: “¿Cuál es la opción correcta?” Pero a menudo detrás de esa pregunta hay otra: “¿Cuál de estas opciones me garantiza que no sufriré, que nada saldrá mal y que nunca me arrepentiré?” Y probablemente ninguna decisión humana pueda ofrecernos esa seguridad. Podemos estudiar los datos, valorar las consecuencias y actuar responsablemente, pero seguimos sin controlar completamente el futuro. Por eso una práctica importante puede ser sustituir la necesidad de certeza por una pregunta más sencilla: “¿Desde qué estado mental estoy intentando decidir?”

No es lo mismo decidir desde el miedo que desde una cierta serenidad. El miedo suele tener prisa. Dice: “Decide ya.” “Si te equivocas, será terrible.” “Tienes que controlar todas las consecuencias.” También puede presentarnos escenarios extremos: “Si dejo este trabajo, no encontraré otro.” “Si termino esta relación, me quedaré solo.” “Si digo que no, esa persona dejará de quererme.” Entonces creemos estar evaluando opciones, pero en realidad estamos reaccionando a las historias que nuestra propia mente está fabricando.

Podemos empezar separando tres cosas: lo que sé, lo que temo y lo que imagino. Quizá sé que tengo una oferta de trabajo. Temo perder estabilidad. Imagino que si rechazo la oferta nunca volverá a aparecer otra. Quizá sé que una relación me está haciendo sufrir. Temo estar solo. Imagino que no volveré a encontrar a nadie. Esta distinción puede aportar mucha claridad porque deja de colocar al miedo en el mismo nivel que los hechos.

Desde UCDM podemos preguntarnos también: “¿Qué estoy intentando conseguir con esta decisión?” Tal vez buscamos paz, pero estamos utilizando como criterio aquello que creemos que nos dará seguridad externa. Queremos más dinero para no tener miedo. Queremos que una relación continúe para no sentir soledad. Queremos que alguien nos apruebe para no sentir culpa. No significa que esas cosas sean equivocadas. Significa observar si estamos pidiendo a la decisión que resuelva algo más profundo dentro de nosotros.

Otra pregunta muy útil puede ser: “¿Qué elegiría si no estuviera intentando evitar el miedo?” No siempre tendremos inmediatamente la respuesta, pero esta pregunta puede mostrar cuánto pesa el temor en nuestra elección. Tal vez descubramos que queremos aceptar una oportunidad, pero nos paraliza la incertidumbre. O que queremos decir “no”, pero tememos decepcionar. O que sabemos que necesitamos poner un límite, pero no queremos sentir culpa.

El Curso habla de pedir orientación. En la práctica, esto no significa necesariamente escuchar una voz interior que nos diga exactamente qué hacer. A veces esperamos algo demasiado espectacular: una señal inequívoca, una frase, una coincidencia perfecta. Y si no llega, pensamos que no hemos recibido respuesta. Pero la guía puede aparecer de una manera mucho más sencilla: una idea que se aclara, una conversación que vemos de otra manera, una resistencia que reconocemos, una sensación de que podemos esperar antes de actuar. Podemos pedir interiormente: “Ayúdame a ver esta decisión sin el miedo con el que la estoy mirando. Muéstrame lo que ahora no estoy viendo.”

Después necesitamos permitir espacio. Si hacemos la pregunta y, dos segundos más tarde, empezamos otra vez a analizar compulsivamente, quizá no estemos dejando lugar para nada nuevo. A veces, lo mejor que podemos hacer es detenernos durante un tiempo. Dar un paseo. Dormir. Hacer otra cosa. No porque estemos evitando decidir, sino porque una mente agotada por el análisis no siempre ve con más claridad por pensar más.

También puede ayudarnos observar cuántas opiniones externas estamos acumulando. Preguntamos a la pareja, a los hijos, a los amigos, a compañeros de trabajo. Cada persona responde desde su propia historia, sus miedos y sus preferencias. Escuchar puede ser útil, especialmente cuando necesitamos información, pero llega un momento en que tantas voces aumentan la confusión. Podemos preguntarnos: “¿Estoy buscando información o estoy buscando a alguien que decida por mí?”

Hay decisiones en las que necesitamos asesoramiento especializado. Una cuestión médica, económica, jurídica o profesional puede requerir datos que no tenemos. Buscar esa ayuda no contradice la práctica espiritual. Podemos pedir información, estudiar las opciones y después decidir. UCDM no nos invita a abandonar el sentido común. Nos invita a observar la mente desde la que utilizamos toda esa información.

Otra dificultad frecuente es creer que existe una decisión perfecta que, si conseguimos descubrirla, evitará cualquier consecuencia incómoda. Pero quizá ambas opciones incluyan algo que tendremos que aceptar. Si dejamos un trabajo, puede aparecer incertidumbre. Si nos quedamos, quizá renunciemos a una oportunidad. Si terminamos una relación, habrá tristeza. Si continuamos, tendremos que afrontar determinados problemas. Entonces la pregunta deja de ser “¿Qué opción no me hará sufrir nada?” y puede convertirse en: “¿Qué opción puedo asumir con mayor honestidad y responsabilidad?”

También podemos recordar que equivocarnos no significa que nuestra vida quede arruinada. A veces la dificultad para decidir nace del perfeccionismo: “Tengo que acertar.” Pero nuestra vida está llena de decisiones tomadas con información incompleta. Algunas funcionaron como esperábamos y otras no. Y de muchas aprendimos. Podemos decirnos: “Quiero tomar la mejor decisión que pueda con la claridad que tengo ahora. No necesito conocer todo el futuro.”

Esto puede liberarnos muchísimo. Porque una decisión deja de convertirse en una prueba de nuestra capacidad espiritual o personal. Elegimos, observamos y, si es necesario, corregimos. Un Curso de Milagros nos recuerda constantemente la posibilidad de elegir de nuevo. Eso también puede aplicarse a nuestra vida cotidiana. No todas las decisiones son irreversibles. A veces podemos probar, revisar, ajustar y cambiar.

Cuando llevamos mucho tiempo dando vueltas a una decisión, puede ser útil escribir cuatro preguntas: ¿Qué sé realmente? ¿Qué temo? ¿Qué depende de mí? ¿Qué no puedo controlar? Después, una quinta: “¿Cuál es el siguiente paso concreto?” Quizá todavía no necesitemos decidir toda la cuestión. Tal vez el siguiente paso sea pedir información, tener una conversación, visitar un lugar, revisar unas cuentas o esperar dos días.

El ego quiere resolver el camino entero. La práctica puede consistir en mirar solo el próximo paso.

También podemos observar nuestro cuerpo, sin convertir sus sensaciones en un oráculo infalible. Hay decisiones ante las que sentimos tensión porque son equivocadas para nosotros, pero otras veces sentimos tensión simplemente porque implican cambio. Por eso no todo miedo significa “no lo hagas”. Podemos preguntarnos: “¿Este miedo me está advirtiendo de algo concreto o aparece porque estoy saliendo de lo conocido?”

Cuando por fin decidamos, quizá siga existiendo duda. Esto es importante. A veces pensamos que una decisión correcta debería producir inmediatamente una paz absoluta. No siempre ocurre. Podemos haber tomado una decisión razonable y seguir sintiendo miedo por sus consecuencias. La presencia de miedo después de decidir no demuestra automáticamente que nos hayamos equivocado.

Podemos decir interiormente: “Ésta es la decisión que puedo tomar ahora con la claridad que tengo. No necesito seguir juzgándola cada cinco minutos.” Después podremos observar cómo se desarrolla y corregir si fuera necesario.

Quizá algunas preguntas puedan acompañarnos cuando no sabemos qué hacer: ¿Estoy buscando una decisión o una garantía? ¿Qué sé y qué estoy imaginando? ¿Qué parte de esta elección nace del miedo? ¿Estoy intentando complacer a alguien? ¿Estoy buscando que otro decida por mí? ¿Qué opción puedo asumir con mayor honestidad? ¿Cuál es el siguiente paso concreto? ¿Puedo aceptar que no conozco todas las consecuencias?

Porque desde la perspectiva de Un Curso de Milagros, quizá aprender a decidir no consista en conseguir que el futuro nos revele de antemano cuál es el camino perfecto, sino en aprender a elegir con la mayor claridad posible en el presente y confiar en que, si volvemos a necesitar elegir, podremos hacerlo de nuevo.

Práctica final: cinco minutos para decidir con más claridad:

Cuando te sientas atrapado entre dos opciones, toma una hoja y escribe, sin extenderte demasiado:

1. ¿Qué sé realmente?
Escribe solo los hechos, sin interpretaciones.

2. ¿Qué estoy temiendo?
Anota aquello que imaginas que podría salir mal.

3. ¿Qué estoy intentando evitar?
Quizá sentir culpa, decepcionar a alguien, perder seguridad, quedarte solo o equivocarte.

4. ¿Qué depende de mí hoy?
Una llamada. Pedir información. Tener una conversación. Esperar. Decir que no. Dar un paso.

5. ¿Qué no puedo controlar?
La reacción de los demás, el resultado final, lo que ocurrirá dentro de seis meses o todas las consecuencias de la decisión.

Después deja la hoja unos instantes, respira y pregúntate: “Si durante un momento no necesitara garantizar el resultado, ¿qué paso me parecería más honesto dar ahora?”

No preguntes todavía qué decisión te asegura que todo saldrá bien. Pregunta cuál es el siguiente paso que puedes dar con mayor claridad.

Y termina con una petición sencilla: “Espíritu Santo, no quiero decidir únicamente desde mi miedo. Ayúdame a distinguir los hechos de mis temores, a reconocer lo que me corresponde hacer y a soltar el resultado que no puedo controlar. Muéstrame el siguiente paso.”

Después haz algo muy importante: deja de analizar durante un rato. Sal a caminar, continúa con tu día o duerme antes de decidir si puedes hacerlo. Si aparece una nueva información, la incorporarás. Si no aparece, vuelve a tu hoja y observa qué opción sigue pareciéndote más honesta y responsable.

La práctica no pretende garantizar que nunca te equivocarás. Pretende ayudarte a que el miedo no decida solo por ti.

Capítulo 27. V. El ejemplo de la curación (3ª parte)

V. El ejemplo de la curación (3ª parte).

3. El instante santo es la morada de los milagros. 2Desde allí, cada uno de ellos viene a este mundo como testigo de un estado men­tal que ha transcendido el conflicto y ha alcanzado la paz. 3El instante santo lleva el consuelo de la paz al campo de batalla, demostrando así que la guerra no tiene efectos. 4Pues todo el dolor que la guerra ha tratado de ocasionar, los cuerpos despeda­zados y los miembros mutilados, los moribundos gimientes y los muertos silenciosos, son dulcemente elevados y consolados.

Este punto nos muestra con una imagen muy poderosa lo que hace el milagro: no nace del conflicto, sino de un estado mental que ya lo ha trascendido.

El Curso dice que el instante santo es la morada de los milagros. Esto significa que el milagro no surge de la mente que lucha, argumenta, teme o se defiende, sino de la mente que, aunque sólo sea por un instante, ha entrado en la paz. El milagro pertenece a ese espacio interior en el que el conflicto ya no gobierna la percepción.

Desde ahí, el milagro viene al mundo como testigo. ¿Testigo de qué? De que existe una manera de mirar que ya no está sometida a la guerra. De que la mente puede alcanzar una paz que no depende del resultado de la batalla. De que el conflicto no tiene el poder de definir la realidad.

Por eso el texto dice que el instante santo lleva el consuelo de la paz al campo de batalla. Ésta es una imagen bellísima. No dice que primero el campo de batalla desaparece y luego llega la paz. Dice que la paz entra precisamente allí donde el ego veía destrucción, daño, sufrimiento y muerte. Y al entrar, demuestra que la guerra no tiene efectos reales sobre la verdad del Hijo de Dios.

Mensaje central del punto:

  • El instante santo es el lugar interior donde nacen los milagros.
  • El milagro procede de una mente que ha trascendido el conflicto.
  • Cada milagro da testimonio de la paz alcanzada.
  • La paz no espera a que el campo de batalla desaparezca para entrar.
  • El instante santo lleva consuelo justamente al lugar del sufrimiento.
  • El milagro demuestra que la guerra no tiene efectos reales sobre la verdad.
  • El dolor que el conflicto parecía causar puede ser elevado y consolado.
  • La curación no niega el sufrimiento percibido, sino que lo envuelve en una paz que lo deshace.
  • El milagro no se une a la guerra; la trasciende.
  • Allí donde el ego veía ruina, el Espíritu Santo lleva restauración y consuelo.

Claves de comprensión:

  • El ego siempre piensa que primero debe terminar el conflicto para que llegue la paz.
  • El Curso enseña lo contrario: la paz es la que pone fin al conflicto.
  • El milagro no nace del análisis del sufrimiento, sino del acceso al instante santo.
  • No viene a discutir con la guerra.
  • No viene a justificar heridas.
  • No viene a repartir culpas.
  • Viene a recordar que la guerra no puede alterar la realidad de lo que somos.
  • Cuando el texto habla de cuerpos despedazados, moribundos y muertos silenciosos, está utilizando imágenes extremas del sufrimiento humano. Con ello nos muestra hasta qué punto el ego cree en los efectos del conflicto. Pero el milagro no se horroriza ante esas imágenes ni las hace más reales. Las eleva y consuela. Es decir, lleva una percepción nueva allí donde antes sólo había testimonio de destrucción.
  • Esto no significa insensibilidad ni negación. No significa mirar el dolor humano con frialdad. Significa que la paz del Espíritu Santo toca incluso lo que parecía más irreparable y demuestra que el amor de Dios no ha sido destruido por nada de lo que el mundo muestra.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo sientes que estás en un “campo de batalla” interior o relacional:

  • “Esto ya no tiene arreglo.”
  • “Hay demasiado dolor aquí.”
  • “Lo que pasó ha dejado heridas imposibles de sanar.”
  • “Esta relación está demasiado dañada.”
  • “Mi mente está llena de conflicto.”
  • “No puedo encontrar paz mientras siga existiendo este problema.”
  • “El sufrimiento que veo es demasiado grande.”

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy esperando que la guerra termine para abrirme a la paz?”
→ “¿Puedo permitir que el instante santo lleve consuelo aquí, ahora?”
→ “¿Creo que el conflicto tiene efectos irreversibles?”
→ “¿Estoy dispuesto a dejar que el milagro sea testigo de otra realidad?”
→ “¿Puedo aceptar que la paz no niega el dolor, pero sí lo trasciende?”
→ “¿Hay un instante en el que pueda dejar de luchar y permitir ser consolado?”

Este punto puede aplicarse a conflictos personales, familiares, emocionales o incluso a recuerdos dolorosos del pasado. A veces creemos que ciertas heridas son demasiado profundas para ser alcanzadas por la paz. El Curso, en cambio, nos dice que el milagro entra precisamente ahí. No para hacer verdadero el sufrimiento, sino para demostrar que no tiene el poder de destruir la verdad.

Una práctica interior podría ser: “Espíritu Santo, llevo este campo de batalla al instante santo. No quiero seguir viendo sólo destrucción. Lleva el consuelo de la paz allí donde mi mente cree que hubo daño. Que el milagro me muestre que la guerra no tiene efectos sobre la verdad.”

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Dónde percibo hoy un campo de batalla en mi vida?
  • ¿Qué conflicto me parece demasiado grande para la paz?
  • ¿Creo que la guerra ha tenido efectos permanentes sobre mí o sobre otro?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que el instante santo entre en ese lugar?
  • ¿Puedo aceptar consuelo sin exigir primero una reparación completa en la forma?
  • ¿Qué cambiaría si creyera que el milagro puede elevar incluso lo que ahora juzgo irreparable?
  • ¿Hay alguna memoria de dolor que necesite ser dulcemente consolada?
  • ¿Estoy dispuesto a recibir la paz como testigo de una realidad más profunda que el conflicto?

Conclusión:

El instante santo es la morada de los milagros porque sólo la paz puede dar origen a una verdadera curación.

La mente en guerra sólo sabe interpretar desde la guerra. Ve efectos, daños, pérdidas, heridas y muerte. Y todo ello parece confirmar que el conflicto es poderoso. Pero el milagro viene desde otro lugar. Viene desde una mente que ha trascendido el conflicto, aunque sea por un instante. Y desde ahí entra en el mundo como testigo de que la paz es más real que la guerra.

El milagro no espera un escenario perfecto.
No espera que el dolor desaparezca por sí solo.
No espera que el campo de batalla se vacíe.

Entra justamente allí. Lleva consuelo allí. Eleva allí. Sana allí. Y al hacerlo, demuestra que la guerra no tiene efectos sobre la verdad del Hijo de Dios.

Ésta es una enseñanza profundamente esperanzadora: ninguna imagen de destrucción, ningún sufrimiento pasado, ninguna sensación de ruina puede impedir que la paz del instante santo se haga presente. Allí donde el ego juraba que sólo quedaban restos, el Espíritu Santo sigue viendo algo que puede ser consolado, elevado y restaurado.

La guerra grita. El milagro consuela.
La guerra hiere. El milagro eleva.
La guerra parece dejar efectos. El milagro demuestra que la paz sigue intacta.

Frase inspiradora: “Llevaré al instante santo todo campo de batalla de mi mente, para que el milagro demuestre que la paz de Dios permanece intacta.”

¿Y si recordar quién te creó fuera también recordar que no tienes que seguir inventándote a ti mismo? Aplicando la Lección 260.

¿Y si recordar quién te creó fuera también recordar que no tienes que seguir inventándote a ti mismo? Aplicando la Lección 260.

La Lección 260 nos lleva a una afirmación profundamente sencilla y, al mismo tiempo, capaz de desmontar gran parte de la identidad que hemos construido: 👉 “Que recuerde que Dios me creó.” Durante mucho tiempo hemos vivido como si fuéramos autores de nosotros mismos. Nos definimos por nuestro cuerpo, nuestra historia, nuestras decisiones, nuestros éxitos, nuestros fracasos, aquello que otros piensan de nosotros y la imagen que tratamos de sostener ante el mundo. Pero la lección nos recuerda que nuestra verdadera Identidad no nació de ninguna de esas cosas. No nos creamos a nosotros mismos y tampoco pudimos separarnos realmente de nuestra Fuente. Seguimos siendo Pensamiento de Dios, unidos a Aquel que nos creó, y precisamente por eso nuestra verdadera naturaleza permanece intacta. Recordar a Dios como nuestro Creador es recordar también quiénes somos y empezar a contemplarnos, junto con nuestros hermanos, desde una inocencia que nunca desapareció.

🌿 Gran parte de mi cansancio procede de intentar construir una identidad.

Desde muy temprano aprendemos que tenemos que convertirnos en alguien. Debemos demostrar capacidades, encontrar nuestro lugar, conseguir reconocimiento, formar una imagen de nosotros mismos y protegerla. Poco a poco acumulamos definiciones: soy así, no sirvo para esto, tengo este defecto, siempre he sido de esta manera, aquello que ocurrió me convirtió en quien soy. Cada definición parece ofrecernos cierta seguridad porque nos dice quiénes creemos ser, pero también nos encierra dentro de límites que después sentimos la obligación de defender. Si mi valor depende de ser competente, temeré equivocarme. Si depende de que me quieran, viviré pendiente del rechazo. Si pienso que soy mis logros, cualquier fracaso parecerá amenazar mi identidad. La Lección 260 introduce una posibilidad diferente: quizá no tenga que seguir fabricándome. Si Dios me creó, aquello que verdaderamente soy ya existe y no depende de la imagen que consiga sostener.

👉 Cuando dejo de intentar demostrar quién soy, comienzo a dejar espacio para recordar la Identidad que nunca necesitó ser construida.

Mi historia explica muchas cosas, pero no determina mi Ser.

Nuestra historia personal tiene importancia dentro de la experiencia humana. Lo vivido influye en nuestras emociones, hábitos y maneras de relacionarnos. Pero existe una diferencia enorme entre reconocer esa influencia y convertir el pasado en nuestra identidad definitiva. Podemos decir: atravesé una experiencia dolorosa, sin concluir: soy una persona dañada para siempre. Podemos reconocer: cometí errores, sin transformar esa frase en: soy culpable. Podemos recordar aquello que aprendimos en nuestra familia, nuestra educación o nuestras relaciones sin pensar que esas experiencias poseen autoridad absoluta para definir lo que somos. La lección nos devuelve a un origen anterior a todas ellas. Antes de todas nuestras historias, Dios nos creó. Y si nuestra Fuente permanece intacta, entonces existe en nosotros algo que ninguna experiencia temporal ha conseguido modificar.

👉 Mi pasado puede describir parte de mi recorrido, pero no puede reescribir aquello que Dios estableció como mi verdadera Identidad.

🕊️ Recordar que Dios me creó no significa negar mi experiencia humana.

Podríamos utilizar mal esta enseñanza y pensar que, si somos espíritu, el cuerpo, las emociones o nuestras dificultades no tienen importancia. Pero recordar nuestra identidad profunda no significa despreciar aquello que estamos viviendo. Podemos cuidar el cuerpo, atender nuestras necesidades, aprender de nuestra historia y asumir responsabilidades. El Curso no necesita que neguemos la experiencia para corregir la interpretación que hacemos de ella. Si cometo un error, puedo repararlo. Si necesito ayuda, puedo pedirla. Si algo me duele, puedo atenderlo. La diferencia está en no concluir que esa experiencia contiene toda la verdad sobre mí. Puedo vivir plenamente la condición humana sin olvidar que mi realidad más profunda no comienza ni termina en ella.

👉 Recordar que Dios me creó no me aparta de mi experiencia; me ayuda a vivirla sin confundirla con la totalidad de lo que soy.

🌞 Si Dios es mi Creador, mi valor no necesita ser ganado.

Gran parte de nuestra vida gira alrededor de la necesidad de merecer. Queremos demostrar que somos buenos, útiles, valiosos, dignos de amor o suficientemente espirituales. Incluso el camino interior puede convertirse en una nueva competición: tengo que perdonar mejor, meditar más, reaccionar menos, comprender antes. Y cuando no alcanzamos esa imagen ideal, aparece nuevamente la sensación de fracaso. La Lección 260 nos invita a soltar esa lógica. Nuestra dignidad no es una recompensa por un comportamiento perfecto; pertenece a nuestra creación. Eso no significa que nuestras decisiones carezcan de importancia, sino que los errores no destruyen aquello que Dios creó. Podemos aprender sin tener que ganarnos nuevamente el derecho a ser amados.

👉 No necesito convertirme en digno de Dios; necesito dejar de creer que alguna vez pude perder la dignidad con la que fui creado.

🤍 Recordar mi Fuente transforma también la manera en que miro a mis hermanos.

La lección no termina en una afirmación individual. Si Dios me creó, también creó a mi hermano. Si mi verdadera Identidad no puede quedar reducida a mis errores, tampoco la suya puede quedar reducida a los suyos. Esto cambia profundamente el significado del perdón. Ya no miro desde una posición de superioridad para decidir si alguien merece que lo perdone. Intento recordar que ambos compartimos una misma Fuente y que aquello que veo en el otro también influirá en la manera en que me veo a mí mismo. Puedo reconocer conductas equivocadas, establecer límites y decidir que determinadas relaciones necesitan cambiar, pero no necesito utilizar nada de ello para negar la verdadera Identidad del otro.

👉 Cuando recuerdo quién creó a mi hermano, se vuelve más difícil convertir su error en toda la verdad acerca de él.

🌿 La autoimagen necesita ser constantemente defendida; el Ser no.

Una imagen personal es frágil porque depende de condiciones. Necesitamos que determinadas personas la confirmen, que nuestros proyectos salgan bien, que sigamos cumpliendo ciertos papeles y que nuestra vida se corresponda con aquello que hemos decidido que debería ser. Por eso cualquier crítica, cambio o fracaso puede sentirse como una amenaza. Pero aquello que Dios creó no necesita ser defendido. No depende de la opinión de nadie ni cambia cuando alguien nos rechaza. Esto no significa que dejemos de sentirnos afectados por las experiencias humanas; significa que podemos comenzar a distinguir entre la herida de nuestra autoimagen y la realidad de nuestro Ser. Tal vez alguien critique algo que hice y yo pueda escuchar si existe algo útil en esa crítica sin convertirla en una sentencia sobre mi valor. Quizá un papel termine y pueda atravesar el duelo sin pensar que mi identidad ha terminado con él.

👉 Cuanto menos necesito proteger la imagen que fabriqué, más espacio encuentro para descansar en aquello que no puede ser amenazado.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Que recuerde que Dios me creó.” No intentes producir una experiencia especial. Observa simplemente las ideas que aparecen acerca de ti. Quizá pienses en tu edad, tu cuerpo, una preocupación, un error o alguna característica que utilizas frecuentemente para definirte. No tienes que rechazarla. Puedes decir: esto forma parte de mi experiencia, pero no es mi Creador y, por tanto, no puede decirme completamente quién soy. Cuando aparezca autojuicio, pregúntate: ¿estoy describiendo algo que hice o estoy convirtiéndolo en mi identidad? Cuando necesites aprobación, recuerda: puedo valorar la opinión de otros sin convertirla en la fuente de mi valor. Y cuando juzgues a un hermano, prueba a recordar: él tampoco se creó a sí mismo; detrás de la imagen que veo existe la misma Fuente que me dio mi Ser.

👉 La práctica de hoy consiste en dejar de utilizar cada experiencia para redefinirme y permitir que mi mente vuelva suavemente al recuerdo de mi Origen.

🌟 Comprensión esencial.

Las últimas lecciones han ido conduciéndonos hacia una comprensión cada vez más simple. Primero recordamos que Dios es nuestro objetivo, después reconocimos que el pecado no existe y ahora la Lección 260 nos devuelve directamente a nuestra Fuente: Dios nos creó. Si Dios es nuestro origen y el pecado nunca pudo alterar Su creación, entonces aquello que somos continúa siendo tal como fue creado. Ya no necesitamos imaginar un camino en el que debemos reconstruir una identidad perdida. Lo que necesitamos es retirar las imágenes falsas que hemos colocado delante de ella. El ego dice: tú eres lo que hiciste, lo que consigues, lo que otros piensan, lo que tu cuerpo muestra y lo que tu historia cuenta. El recuerdo responde: antes de todo eso, Dios me creó, y Su creación no puede convertirse en algo diferente de lo que Él quiso que fuera.

👉 Cuando recuerdo mi Fuente, dejo de preguntarme obsesivamente quién debería llegar a ser y comienzo a descansar en la verdad de lo que nunca dejé de ser.

🌟 Frase central: “Recordar que Dios me creó es dejar de definir mi Ser por aquello que cambia y descansar en una Identidad que nunca tuvo que ganarse, repararse ni inventarse.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero recordar que Tú me creaste.

He pasado mucho tiempo intentando decirme quién soy. He utilizado mi cuerpo, mi historia, mis relaciones, mis errores y mis logros para fabricar una imagen y después he vivido tratando de protegerla.

Hoy quiero descansar de ese esfuerzo. No quiero negar mi historia ni despreciar aquello que estoy aprendiendo en el mundo. Quiero simplemente dejar de pedirle a lo temporal que defina lo eterno.

Cuando me juzgue por un error, recuérdame mi Origen. Cuando crea que una dificultad demuestra algo definitivo acerca de mí, recuérdame mi Origen. Cuando necesite demostrar mi valor, ayúdame a recordar que aquello que Tú creaste no necesita pruebas para ser digno.

Y cuando mire a mis hermanos, enséñame a recordar también quién los creó.

Si alguien se equivoca, que pueda distinguir la conducta de su Identidad. Si debo poner un límite, que no necesite convertirlo en condena. Si aparece resentimiento, recuérdame que detrás de nuestras historias seguimos compartiendo una misma Fuente.

Padre, no quiero seguir inventándome. No necesito ser más para ser Tu Hijo. No necesito corregir mi esencia. No necesito recuperar una santidad que nunca se perdió.

Sólo necesito recordar. Recordar que fui creado por Amor. Recordar que sigo unido a Ti. Recordar que mi hermano comparte conmigo la misma Vida. Y cada vez que el mundo intente decirme quién soy, quiero regresar suavemente a esta certeza: Tú me creaste. Y aquello que Tú creaste permanece intacto.

“Padre, hoy quiero recordar que Tú eres mi Fuente y que mi verdadera Identidad procede únicamente de Ti. Ayúdame a dejar de definirme por mis errores, mis papeles y mis circunstancias, y a contemplar también a mis hermanos más allá de las imágenes que he construido acerca de ellos. Que pueda descansar en la certeza de que Tu creación permanece intacta y recordar, cada vez con mayor claridad, que sigo siendo tal como Tú me creaste.”

miércoles, 16 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 259

LECCIÓN 259

Que recuerde que el pecado no existe.

1. El pecado es el único pensamiento que hace que el objetivo de alcanzar a Dios parezca irrealizable. 2¿Qué otra cosa podría impe­dirnos ver lo obvio, o hacer que lo que es extraño y distorsionado parezca más claro? 3¿Qué otra cosa, sino el pecado, nos incita al ataque? 4¿Qué otra cosa, sino el pecado, podría ser la fuente de la culpabilidad y exigir castigo y sufrimiento? 5¿Y qué otra cosa sino el pecado podría ser la fuente del miedo, al eclipsar la creación de Dios y conferirle al amor los atributos del miedo y del ataque?

2. Padre, hoy no quiero ser presa de la locura. 2No tendré miedo del amor ni buscaré refugio en su opuesto. 3Pues el amor no puede tener opuestos. 4Tú eres la Fuente de todo lo que existe. 5Y todo lo que existe sigue estando Contigo, así como Tú con ello.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 259 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que el pecado no existe», me enseña que la culpa es una ilusión nacida de la creencia en la separación y que sólo el Amor es real. Esta lección me invita a liberarme del miedo y a reconocer la inocencia eterna que Dios otorgó a Su Hijo. Al aceptar esta verdad, deshago la fe en el pecado y restauro la paz en mi mente.

La creencia en el pecado está profundamente arraigada en el inconsciente individual y colectivo. A partir de ella hemos desarrollado una inclinación hacia el castigo, creyendo que el sufrimiento y el sacrificio pueden redimir nuestras culpas. Sin embargo, el Curso nos recuerda que la culpa no es más que una invención del ego. «El pecado es la gran ilusión que subyace a toda la grandiosidad del ego» (T-19.II.2:6). Esta afirmación desmantela la noción de que somos indignos o merecedores de dolor, devolviéndonos la certeza de nuestra inocencia.

El pecado es el origen del miedo, y el miedo es la ausencia del Amor. Por ello, el pecado adquiere protagonismo cuando creemos haber renunciado al Amor y habernos separado de la Unidad con nuestro Padre. Esta falsa percepción dio lugar a la fabricación de un mundo ilusorio basado en la separación de la Fuente primordial. La mente interpretó esta experiencia a través de símbolos como el del Árbol del Bien y del Mal, generando la imagen de un Dios vengativo al que debía apaciguarse mediante el sufrimiento. Sin embargo, tal visión contradice la naturaleza amorosa de Dios, quien jamás castiga a Su Hijo.

Nuestras desgracias han sido atribuidas erróneamente al pecado y a la supuesta ruptura entre el Hijo y su Padre. Creímos que Dios nos imponía pruebas para castigarnos y corregirnos. Pero el Curso corrige esta creencia al afirmar: «Pues el Hijo de Dios es inocente ahora, y el fulgor de su pureza resplandece incólume para siempre en la Mente de Dios» (T-13.I.5:6). Dios no castiga, sino que ama eternamente; Su Voluntad es nuestra perfecta felicidad.

Hoy declaro que me deshago de la fe en el pecado. Reconozco que, en el mundo onírico donde soy el soñador, lo que denomino error es simplemente una percepción equivocada susceptible de corrección. El Espíritu Santo transforma el error en aprendizaje y lo disuelve mediante la Expiación. Como enseña el Curso: «Es esencial que no se confunda el error con el pecado, ya que esta distinción es lo que hace que la salvación sea posible. Pues el error puede ser corregido, y lo torcido enderezado» (T-19.II.1:1-2).

Al aceptar esta verdad, libero mi mente del miedo y de la culpa, y regreso a la paz que Dios dispuso para mí desde la eternidad. Hoy elijo recordar mi inocencia y descansar en el Amor que me creó. Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 259 enseña que:

  • El pecado es una idea, no una realidad.
  • Es la base del miedo, la culpa y el ataque.
  • Distorsiona la percepción del amor.
  • Hace que Dios parezca inaccesible.
  • Al reconocer su irrealidad, la mente se libera.

No es corrección moral. Es el desmantelamiento de una creencia fundamental.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que el pecado no existe”.

Cada repetición debilita la culpa, reduce el miedo, disuelve la autoacusación y abre la mente al amor.

No es negación, es reconocimiento de la verdad.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la culpa profunda y la autoimagen defectuosa.

Cuando crees en el pecado, te juzgas constantemente, te sientes insuficiente, anticipas castigo o rechazo y te defiendes o atacas.

Cuando esta creencia se afloja, disminuye la autoacusación, aparece mayor aceptación, se reduce la defensividad y surge una sensación de alivio.

No porque “te perdones mejor”, sino porque dejas de creer que hay algo que perdonar en esencia.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que la creación de Dios es intacta, el amor no tiene opuesto, no hay nada que corrompa lo eterno y Dios permanece unido a todo lo que creó.

Y revela algo profundamente sanador: No hay nada en ti que necesite castigo.

Sólo hay una confusión que puede corregirse, una ilusión que puede disolverse.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa pensamientos de culpa, juicio o miedo.
  • Detecta cualquier sensación de “algo está mal”.

Y entonces, “que recuerde que el pecado no existe”.

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no define lo que soy”.
  • “El amor no puede ser amenazado”.

No luches contra el pensamiento, simplemente no lo confirmes.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES: 

No usar la idea para negar responsabilidades en el mundo.
No justificar comportamientos dañinos.
No confundir forma con esencia.

Diferenciar error de identidad.
Corregir sin culpar.
Usar la idea para liberar, no para evitar.

El Curso no dice que nada ocurre, dice que lo que eres no puede corromperse.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí toca el núcleo:

  • 256–258 → Unificas el objetivo en Dios.
  • 259 → Eliminas la creencia que lo hacía parecer inalcanzable.

Ahora se ve con claridad: lo que impedía recordar no era real.

CONCLUSIÓN FINAL

La Lección 259 es profundamente liberadora:

No hay una falla en tu origen.
No hay una culpa en tu esencia.
No hay una marca que deba ser borrada.

Lo que parecía separarte, nunca fue real.

Y cuando esto empieza a reconocerse, el miedo pierde fuerza, la culpa se disuelve y el amor deja de parecer peligroso.

Porque comprendes, aunque sea por un instante, que nunca hubo nada que temer de lo que eres.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de creer en la culpa, el amor deja de parecerme peligroso y vuelve a ser mi hogar”.



Ejemplo-Guía: "Ataco cuando me creo separado".

El ataque encuentra su causa en la creencia en la separación, y la visión de la separación da lugar a la creencia en el pecado. Todo ello es una ilusión. Carece de significado. Al carecer de significado, fabricamos un mundo donde impera la demencia, pues damos credibilidad a lo irreal y convertimos en verdad aquello que no es más que una proyección de la mente.

Trasladar estas afirmaciones a nuestra vida cotidiana nos lleva a reflexionar sobre la causa oculta que se esconde en cada relación y de la cual, en muchas ocasiones, somos inconscientes. Quizás comprendamos ahora la razón por la que el miedo prevalece sobre el amor en nuestras relaciones. Si al ver al otro estamos viendo un cuerpo separado del nuestro, en esa percepción va implícito el temor oculto de ser atacados.

La creencia en la separación da lugar a la idea de escasez. Bajo esta premisa, interpretamos que el otro desea lo que nosotros poseemos. Este pensamiento, lejos de ser carente de sentido, responde a la proyección de nuestro mundo interno. Así, lo que creemos desear, lo atribuimos también a los demás. Este enfoque nos conduce inevitablemente al enfrentamiento. Cuando esto ocurre, tenemos dos opciones: defendernos por miedo a perder o trascender el temor mediante una nueva elección.

Esa elección se llama perdón. El perdón es la manifestación más cercana al amor en este mundo y, por lo tanto, el antídoto más eficaz contra el pecado y el miedo. A través del perdón, corregimos la percepción errónea y recordamos la inocencia que siempre ha permanecido intacta en nuestra mente.

La visión interna proyectada sobre el otro nos lleva a percibir fuera aquello que ocultamos en nuestro interior. Si nos sentimos pecadores, esa visión resulta tan dolorosa que tratamos de negarla. Sin embargo, en lugar de sanarla en nuestra mente, la proyectamos en el exterior. Este es el motivo por el cual condenamos en los demás aquello que, en realidad, estamos condenando en nosotros mismos.

La lección de hoy nos aporta la clave que pondría fin a las luchas, guerras, oposiciones, rivalidades y acusaciones que experimentamos en el mundo. El ataque no es más que el reflejo del miedo nacido de la creencia en la separación. Allí donde hay ataque, hay una petición de amor. Reconocer esta verdad transforma nuestra percepción y nos libera del conflicto.

Una vez más, debemos hacer énfasis en la importancia de la elección, o mejor dicho, de volver a elegir. Ser conscientes de que podemos elegir de manera diferente es el primer paso hacia la paz. Cada encuentro con nuestros hermanos se convierte así en una oportunidad para recordar quiénes somos realmente.

Cuando nos encontremos frente al otro, no veamos a un desconocido ni a alguien separado de nosotros. Veamos la verdad. Veamos lo real. Ese “otro” no es “otro”; es nuestro hermano, y junto a él formamos la Filiación del Hijo de Dios. Nuestras mentes son una con la Mente de nuestro Creador.

Recordemos que no somos pecadores, sino inocentes Hijos de Dios. Ningún “otro” puede hacernos daño si no le otorgamos ese poder. No somos cuerpos vulnerables, sino Espíritu, y el Espíritu es invulnerable, eterno e inmutable.

Dejemos, pues, de relacionarnos con el “otro” desde la visión del cuerpo, pues esa percepción favorece el ataque y perpetúa la ilusión del pecado. Elijamos ver con los ojos del amor. Veámonos como realmente somos: Uno en Dios, unidos en la paz y en la inocencia eterna.



Reflexión: ¿Pensamos que el correctivo del pecado debe ser el castigo?