lunes, 9 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 40

LECCIÓN 40

Soy bendito por ser un Hijo de Dios.

1. Comenzamos hoy a afirmar algunas de las bienaventuranzas a las que tienes derecho por ser quien eres. 2Hoy no se requieren largas sesiones de práctica, sino muchas cortas y frecuentes. 3Lo ideal sería una cada diez minutos, y se te exhorta a que trates de mantener este horario y a adherirte a él siempre que puedas. 4Si te olvidas, trata de nuevo. 5Si hay largas interrupciones, trata de nuevo. 6Siempre que te acuerdes, trata de nuevo.

2. No es preciso que cierres los ojos durante los ejercicios, aunque probablemente te resultará beneficioso hacerlo. 2Mas puede que durante el día te encuentres en situaciones en las que no puedas cerrar los ojos. 3No obstante, no dejes de hacer la sesión por eso. 4Puedes practicar muy bien en cualquier circunstancia, si realmente deseas hacerlo.

3. Los ejercicios de hoy no requieren ningún esfuerzo ni mucho tiempo. 2Repite la idea de hoy y luego añade varios de los atributos que asocias con ser un Hijo de Dios, aplicándotelos a ti mismo. 3Una sesión de práctica, por ejemplo, podría consistir en lo siguiente:

4Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
5Soy feliz y estoy en paz; soy amoroso y estoy contento.

6Otra podría ser, por ejemplo:

7Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
8Estoy calmado y sereno; me siento seguro y confiado.

9Si sólo dispones de un momento, basta con que simplemente te digas a ti mismo que eres bendito por ser un Hijo de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, mientras me identifique con el sistema de valores del ego, permanezco dormido a la verdad de lo que soy. El ego se sostiene mediante hábitos mentales aprendidos que refuerzan respuestas automáticas. Estos hábitos se han formado a partir de la experiencia en el mundo de la percepción y se basan en la creencia en la división, la competencia, la posesión, el sacrificio y el miedo.

Desde esa identificación, dar se interpreta como perder. El servicio se vive como desgaste y no como extensión natural del amor. Las relaciones quedan condicionadas por recuerdos de heridas pasadas, que se convierten en obstáculos para experimentar el amor sin reservas. Así, la libertad de expresar la verdad del Ser queda velada por capas de creencias que limitan la percepción.

El Curso no propone luchar contra esas capas, sino despertar de la identificación con ellas. Ese despertar comienza cuando acepto que soy bendito, no como un logro personal, sino como un hecho que procede de mi creación. Ser bendito es mi condición natural por ser el Hijo de Dios.

La lección utiliza el término bendito para señalar un estado que no pertenece al ego. Bendito no significa débil ni ingenuo; no es azar ni placer pasajero. Bendito es reconocer la inocencia, la dicha y la plenitud que no dependen de circunstancias externas. Estos estados no pueden ser producidos por el ego, porque no proceden del mundo, sino de la Identidad que comparto con mi Fuente.

Esta lección es especialmente sencilla porque no me pide que cambie nada, sino que recuerde lo que ya soy. Su práctica consiste en permitir que ese recuerdo se haga presente una y otra vez a lo largo del día. No se trata de convencerme ni de repetirme una idea para fabricar un estado, sino de dejar que la verdad sustituya a la creencia falsa.

La repetición no crea la verdad; la mantiene disponible en la conciencia. Del mismo modo que los hábitos del ego se reforzaron por repetición, esta práctica utiliza el mismo mecanismo para deshacerlos, pero sin esfuerzo ni imposición. El valor real de la lección no está en la técnica, sino en la elección previa: haber decidido ver de otra manera.

Al aceptar que soy bendito por ser el Hijo de Dios, dejo de buscar valor, felicidad o seguridad en el mundo. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Me gustaría compartir una reflexión nacida de una experiencia que, aunque muchos podamos comprender intelectualmente, en mi caso se reveló hace unos días con una profundidad distinta, en lo que reconocí claramente como un instante santo.

La reflexión es sencilla: ¿Qué podría aportarnos mayor dicha que la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Esta verdad había estado presente en mi entendimiento durante mucho tiempo. La conocía, la aceptaba conceptualmente, pero hasta ese momento no la había experimentado de forma plena. Ese día dejó de ser una idea y se convirtió en una vivencia interior.

Cuando esa certeza se hace presente, no es una emoción intensa lo que surge, sino una profunda calma. Es como si el peso que sostenía la mente se disolviera. Allí donde antes quedaban restos de miedo o inquietud, apareció una serenidad suave y estable. No hubo necesidad de explicaciones ni de esfuerzo alguno.

La dicha que acompaña a ese reconocimiento no procede de nada externo. Nace de saber, sin dudas, que nada en nuestra experiencia está fuera de Dios, que no hay circunstancias abandonadas a la casualidad ni espacios donde el Amor no esté presente.

En ese instante, no se gana nada nuevo, ni se alcanza algo extraordinario. Simplemente se recuerda lo que siempre ha sido verdad. Y ese recuerdo basta para que la mente descanse.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 40 introduce explícitamente el lenguaje de bienaventuranza, término cargado de sentido en el Texto del Curso. No se refiere a recompensas futuras ni a estados especiales, sino a condiciones inherentes al Hijo de Dios.

La frase clave: “por el mero hecho de ser quien eres” sitúa la bendición antes de toda conducta, pensamiento o logro. Esta lección consolida lo afirmado en la 39: si la santidad es tu salvación, entonces la bendición no puede ser algo que se gane, sino algo que se reconoce.

Aquí el Curso empieza a sustituir la lógica de la culpa por la lógica del merecimiento natural, no basado en obras, sino en identidad.

Instrucciones prácticas:

A diferencia de las lecciones inmediatamente anteriores, esta no enfatiza sesiones largas, sino: aplicaciones breves, muy frecuentes, en cualquier contexto.

Esto es coherente con su contenido: la bendición no requiere introspección profunda, sino recordatorio constante.

La instrucción de cerrar los ojos y luego abrirlos tiene un sentido claro en el Curso: primero se afirma la verdad internamente, y luego se extiende a la percepción.

Además, la lección introduce un cambio importante: “no se te pide que resuelvas el problema”.

Esto refuerza la enseñanza central del Texto: los problemas no se resuelven; se disuelven cuando se corrige la causa.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la creencia profundamente arraigada de que:

  • hay que merecer la paz,
  • hay que corregirse para ser bendecido,
  • hay que entender para estar en paz.

La afirmación: Soy bendecido como Hijo de Dios” actúa como antídoto directo contra la autoacusación.

Además, la instrucción de aceptar que “no es un problema” no es negación, sino desidentificación. El ego define al yo a través de los problemas; esta lección enseña a no tomarlos como propios.

Espiritualmente, esta lección se apoya en un principio central del Texto: Dios no crea sin bendecir.

Ser Hijo de Dios implica estar bendecido ahora, no después de un proceso de purificación. La bendición no depende del tiempo, porque la creación no ocurrió en el tiempo.

La referencia explícita al Espíritu Santo refuerza el carácter no personal de la corrección: “El Espíritu Santo se encargará de ello sin esfuerzo alguno de tu parte”.

Esto afirma que la salvación no es una empresa humana, sino una aceptación.

Relación con el Curso:

La progresión doctrinal continúa con total coherencia:

  • 35: Identidad santa.
  • 36: Santidad que envuelve.
  • 37: Santidad que bendice.
  • 38: Santidad como poder.
  • 39: Santidad como salvación.
  • 40: Santidad como bendición recibida.

Aquí el Curso equilibra la expansión anterior: después de bendecir, sanar y salvar, ahora se afirma el derecho a recibir.

Esto previene una lectura sacrificial o heroica de la función espiritual.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para “sentirse mejor”.
  • No forzar la sensación de bendición.
  • Aplicarla especialmente cuando el ego declare que “hay un problema”.

El Curso no pide comprensión, solo disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 40 sella una verdad esencial del Curso: No estás intentando convertirte en algo mejor, sino recordar que ya estás bendecido.

La bendición no elimina problemas porque nunca los toma como reales.
No exige esfuerzo porque no compite con nada.

Aquí el Curso comienza a entrenar una confianza radical: en la identidad, en la guía, y en la ausencia de culpa como estado natural.


Ejemplo-Guía: ¿A qué le tienes miedo?

Este ejemplo nos invita a situarnos en el origen de nuestras emociones, allí donde parecen surgir la escasez, la culpa, el dolor y la infelicidad. Desde la enseñanza del Curso, el miedo no procede de las circunstancias ni del mundo, sino de haber olvidado a Dios y, con ello, haber olvidado quiénes somos.

El miedo es el fundamento del sistema de pensamiento del ego. No es una fuerza real ni una creación verdadera, sino el resultado de una creencia: la creencia en la separación. Cuando la mente aceptó la idea de verse a sí misma como independiente de su Fuente, pareció surgir una forma distinta de experiencia. No se perdió el Conocimiento, pero se dejó de reconocer, y fue sustituido por la percepción.

Así, la comunicación directa —el Conocimiento— fue reemplazada por una interpretación fragmentada de la realidad. La unidad dio paso a la multiplicidad, no como un hecho real, sino como una manera de ver. Desde ese momento, la mente comenzó a interpretar desde la diferencia, y el miedo apareció como consecuencia inevitable de creerse separado.

Desde entonces, la conciencia parece velada. No porque la verdad haya desaparecido, sino porque la atención se ha desplazado. El miedo no cubre la verdad; simplemente la oculta a la percepción mientras la mente elige escuchar al ego.

Esta lección nos invita a reconocer que el miedo no tiene causa real ni poder propio. Al observarlo sin juzgar y al recordar su origen ilusorio, abrimos el espacio para que sea reinterpretado. Y en esa reinterpretación, la mente comienza a recordar que nunca dejó de estar en Dios, aunque haya creído lo contrario.

Ahí es donde el miedo empieza a perder sentido.

En el mundo que la mente ha inventado y donde el ego parece gobernar, el miedo se convierte en la moneda de cambio. Este sistema se mantiene mientras el soñador no reconoce que él no es víctima del sueño, sino quien lo está interpretando. Cuando esta toma de conciencia comienza, no se trata de fabricar un sueño mejor desde el ego, sino de cuestionar el valor que se le ha dado al sueño mismo.

Tal como hemos aprendido en lecciones anteriores, la mente es la causa y la experiencia perceptiva es el efecto. No porque la mente cree acontecimientos concretos, sino porque les da significado. Al reconocer esto, empezamos a asumir la responsabilidad de cómo interpretamos lo que vivimos.

Responder con honestidad a la pregunta del ejemplo-guía —¿a qué le tengo miedo?— nos ayuda a observar el contenido de nuestra mente sin juzgarlo. La forma que adopte el miedo es irrelevante: puede expresarse como temor a un insecto, a una enfermedad o a cualquier pérdida imaginable. La causa es siempre la misma: la creencia en la separación.

El miedo no procede del objeto al que parece dirigirse, sino de la identificación con el cuerpo y con sus aparentes limitaciones. Mientras me crea un ser vulnerable, sujeto al tiempo y al espacio, el miedo parecerá razonable e inevitable.

Muchos estudios coinciden en señalar que el miedo más profundo y extendido es el miedo a la muerte. Desde la perspectiva del Curso, esto tiene una explicación clara: el ego necesita creer en la muerte para sostener su propia existencia. Si la muerte no fuera real, la identidad basada en el cuerpo tampoco lo sería, y con ello el ego quedaría sin fundamento.

Por eso, el ego defiende la realidad del miedo y de la muerte con tanta insistencia. Sin embargo, el Curso nos invita a recordar que la muerte no es la verdad, sino una creencia dentro del sueño. Al cuestionarla, no negamos la experiencia humana, sino que dejamos de otorgarle poder sobre nuestra identidad real.

Así, esta lección no nos pide que dejemos de sentir miedo por la fuerza, sino que reconozcamos su origen ilusorio. Y en ese reconocimiento, el miedo comienza a perder sentido, abriendo paso al recuerdo de lo que siempre hemos sido.

Reflexión: ¿Qué puede aportarnos más felicidad que tener la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (7ª parte).

VII. La roca de la salvación (7ª parte).

7. Tu función especial es aquella forma en particular que a ti te parece más significativa y sensata para demostrar el hecho de que Dios no es demente. 2El contenido es el mismo. 3La forma se adapta a tus necesidades particulares, y al tiempo y lugar concre­tos en los que crees encontrarte, y donde puedes ser liberado de dichos conceptos, así como de todo lo que crees que te limita. 4El Hijo de Dios no puede estar limitado por el tiempo, por el espa­cio ni por ninguna cosa que la Voluntad de Dios no haya dis­puesto. 5No obstante, si se cree que lo que Su Voluntad dispone es una locura, entonces la forma de cordura que la hace más aceptable para los que son dementes requiere una decisión espe­cial. 6Esta decisión no la pueden tomar los que son dementes, cuyo problema es que sus decisiones no son libres, ni las toman guiados por la razón a la luz del sentido común.

Este párrafo redefine por completo el significado de la función especial, liberándola de cualquier connotación de superioridad, misión personal o destino exclusivo. La función especial no tiene que ver con lo que haces, sino con lo que demuestras, que Dios no es demente.

El Curso establece una distinción esencial entre contenido y forma.
El contenido es único, universal e invariable: la cordura de Dios y la realidad del Amor.
La forma, en cambio, es flexible, adaptativa y profundamente personal.

Cada uno recibe una forma que le resulta significativa y sensata dentro de su propio marco perceptivo, porque es ahí —en el tiempo, el lugar y las limitaciones aparentes— donde cree estar y donde necesita ser liberado. La función especial utiliza exactamente esos mismos elementos (tiempo, espacio, circunstancias, historia personal) como puente hacia la liberación, no como prueba de limitación.

El texto afirma con claridad que el Hijo de Dios no puede estar limitado por nada que la Voluntad de Dios no haya dispuesto. Sin embargo, cuando se cree que la Voluntad de Dios es locura, la cordura debe presentarse de una forma especialmente aceptable para una mente que se cree demente.

Aquí aparece una idea clave: la decisión especial.

Esta decisión no consiste en elegir contenidos distintos, sino en aceptar una forma de cordura que todavía pueda ser recibida por una mente que no se reconoce cuerda. Los que se consideran dementes no pueden tomar esta decisión por sí mismos, porque sus elecciones no son verdaderamente libres ni están guiadas por la razón. Por eso, la función especial no se elige desde el ego, sino que se acepta como una mediación amorosa del Espíritu Santo.

Mensaje central del punto:

  • La función especial demuestra que Dios no es demente.
  • El contenido de la función es siempre el mismo.
  • La forma es personal y se adapta a tiempo, lugar y necesidades.
  • La función libera de las aparentes limitaciones.
  • El Hijo de Dios no está limitado por tiempo ni espacio.
  • La cordura debe presentarse de forma aceptable para una mente que se cree demente.
  • Esta aceptación requiere una decisión especial que no puede surgir del ego.

Claves de comprensión:

  • La función especial no define quién eres; refleja lo que ya eres.
  • No hay jerarquías de funciones, solo diversidad de formas.
  • La adaptación de la forma es un acto de misericordia, no de concesión a la ilusión.
  • La verdadera decisión no la toma la mente confundida, sino la voluntad que se abre a ser guiada.
  • La función especial es un puente, no un destino.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Deja de comparar tu función con la de otros.
  • Observa qué formas de expresar la cordura te resultan naturales y significativas.
  • Confía en que tu contexto actual es el aula perfecta para la liberación.
  • Permite que el Espíritu Santo utilice lo que crees que te limita.
  • Practica aceptar la guía en lugar de diseñar tu misión.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué forma adopta para mí demostrar que Dios no es demente?
  • ¿En qué situaciones cotidianas se me invita a expresar cordura?
  • ¿Confundo mi función con una identidad personal?
  • ¿Puedo aceptar que mi contexto actual no es un obstáculo, sino el medio?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que la guía decida la forma?

Conclusión:

Este párrafo restituye la función especial a su verdadero lugar: no como una misión separada, sino como una adaptación amorosa de la verdad a una mente que aún necesita símbolos. La verdad no cambia; cambia la forma en que se presenta.

La función especial no la inventas tú. La recibes cuando estás dispuesto a aceptar una forma de cordura que aún puedes entender. Así, lo que parecía una limitación se convierte en el medio exacto de liberación.

Frase inspiradora:

“Mi función especial es la forma que adopta la cordura para llegar a mí”.

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier situación ordinaria, repite:

“Espíritu Santo, muéstrame la forma en que aquí puedo demostrar la cordura”.

Y permite que la función se exprese sin esfuerzo.

domingo, 8 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 39

LECCIÓN 39

Mi santidad es mi salvación.

1. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Al igual que el texto para el que este libro de ejercicios fue escrito, las ideas que se usan en los ejercicios son muy simples, muy claras y están totalmente exentas de ambigüedad. 3No estamos interesados en proezas intelectuales ni en juegos de lógica. 4Estamos interesados únicamente en lo que es muy obvio, lo cual has pasado por alto en las nubes de complejidad en las que piensas que piensas.

2. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Ésta, sin duda, no es una pregunta difícil. 3La vacilación que tal vez sientas al contestarla no se debe a la ambigüedad de la pregunta. 4Pero ¿crees acaso que la culpabilidad es el infierno? 5Si lo creyeses, verías de inmediato cuán directo y simple es el texto, y no necesitarías un libro de ejercicios en absoluto. 6Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo.

3. Hemos dicho ya que tu santidad es la salvación del mundo. 2¿Y qué hay de tu propia salvación? 3No puedes dar lo que no tienes. 4Un salvador tiene que haberse salvado. 5¿De qué otro modo, si no, podría enseñar lo que es la salvación? 6Los ejercicios de hoy van dirigidos a ti, en reconocimiento de que tu salvación es crucial para la salvación del mundo. 7A medida que apliques los ejercicios a tu mundo, el mundo entero se beneficiará.

4. Tu santidad es la respuesta a toda pregunta que jamás se haya hecho, se esté haciendo ahora o se haga en el futuro. 2Tu santidad significa el fin de la culpabilidad y, por ende, el fin del infierno. 3Tu santidad es la salvación del mundo, así como la tuya. 4¿Cómo podrías tú -a quien le pertenece tu santidad- ser excluido de ella? 5Dios no conoce lo profano. 6¿Sería posible que Él no conociese a Su Hijo?

5. Se te exhorta a que dediques cinco minutos completos a cada una de las cuatro sesiones de práctica más largas de hoy, y a que esas sesiones sean más frecuentes y de mayor duración. 2Si quieres exceder los requisitos mínimos, se recomienda que lleves a cabo más sesiones en vez de sesiones más largas, aunque sugerimos ambas cosas.

6. Empieza las sesiones de práctica como de costumbre, repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 2Luego, con los ojos cerrados  explora tu mente en busca de pensamientos que no sean amorosos en cualquiera de las formas en que puedan presentarse: desasosiego, depresión, ira, miedo, preocupación, ataque, inseguridad, etc. 3No importa en qué forma se presenten, no son amorosos  y, por lo tanto, son temibles. 4De ellos, pues, es de los que necesitas salvarte.

7. Todas las situaciones, personalidades o acontecimientos específicos que asocies con pensamientos no amorosos de cualquier clase constituyen sujetos apropiados para los ejercicios de hoy. 2Es imperativo para tu salvación que los veas de otra manera. 3Impartirles tu bendición es lo que te salvará y lo que te dará la visión.

8Lentamente, sin hacer una selección consciente y sin poner un énfasis indebido en ninguno en particular, escudriña tu mente en busca de todos aquellos pensamientos que se interponen entre tu salvación y tú. 2Aplica la idea de hoy a cada uno de ellos de esta manera:

3Mis pensamientos no amorosos acerca de _____ me mantienen en el infierno.
4Mi santidad es mi salvación.

9. Quizá estas sesiones de práctica te resulten más fáciles si las intercalas con varias sesiones cortas en las que simplemente repites muy despacio la idea de hoy varias veces en silencio. 2Te puede resultar útil asimismo incluir unos cuantos intervalos cor­tos en los que sencillamente te relajas y no pareces estar pensando en nada. 3Mantener la concentración es muy difícil al principio. 4Sin embargo, se irá haciendo cada vez más fácil a medida que tu mente se vuelva más disciplinada y menos propensa a distraerse.

10Entretanto, debes sentirte en libertad de introducir variedad en las sesiones de práctica en cualquier forma que te atraiga hacerlo. 2Mas no debes cambiar la idea en sí al variar el método de aplicación. 3Sea cual sea la forma en que elijas usarla, la idea debe expresarse de tal manera que su significado sea el hecho de que tu santidad es tu salvación. 4Finaliza cada sesión de práctica repitiendo una vez más la idea en su forma original y añadiendo:

5Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?

11. En las aplicaciones más cortas, que deben llevarse a cabo unas tres o cuatro veces por hora o incluso más si es posible, puedes hacerte a ti mismo esa pregunta o repetir la idea de hoy, pero preferiblemente ambas cosas. 2Si te asaltan tentaciones, una varia­ción especialmente útil de la idea es:

3Mi santidad es mi salvación de esto.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda un principio esencial: no puedo extender lo que no reconozco en mí. Lo que doy es siempre reflejo de lo que creo ser. Mientras me identifique con una imagen limitada y culpable, eso será lo que proyecte y experimente. No porque el mundo me castigue, sino porque estoy viendo desde una creencia errónea acerca de mí mismo.

Cuando en mi experiencia aparecen dolor, sufrimiento o enfermedad, el Curso no me invita a buscar culpables ni a juzgarme, sino a mirar con honestidad el sistema de pensamiento desde el que estoy interpretando. El origen del sufrimiento no está en los hechos, sino en la creencia profundamente arraigada en la culpa y en el pecado, es decir, en la idea de haber perdido mi inocencia y merecer castigo.

Desde esa creencia, la mente interpreta el dolor como inevitable y lo proyecta de múltiples formas. Pero el Curso es claro: la culpa no redime, no corrige y no sana. Solo mantiene vivo el error. Al creer en ella, compartimos miedo, justificamos el ataque y percibimos un mundo que parece confirmar esa creencia.

La salvación no consiste en corregir el mundo, sino en aceptar la corrección de la mente. “Salvar el mundo” significa permitir que mi percepción sea sanada, comenzando por mí mismo. Y la vía para ello no es el sacrificio, sino la santidad: el reconocimiento de que nunca he perdido mi pureza ni mi impecabilidad tal como Dios me creó.

Despertar del sueño de la separación implica abandonar la identificación con la culpa y permitir que la Visión del Espíritu Santo reemplace la interpretación del ego. Desde esa Visión Verdadera, ya no veo ataque ni pecado, sino una llamada al amor y a la corrección.

En la medida en que acepto mi santidad, dejo de castigarme y, con ello, dejo de ver castigo fuera. Al extender mi santidad sobre lo que percibo, estoy perdonando la creencia en el ataque y el miedo a la unidad que el ego sostiene.

Aplicar la santidad no es hacer algo nuevo, sino dejar de negar lo que ya es verdad. Y al aceptarla en mí, se vuelve natural reconocerla en mis hermanos, pues no puede haber santidad separada. Así, mi santidad se convierte en mi salvación y en la de todos.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 39 marca un punto de inflexión doctrinal: aquí el Curso une de forma explícita santidad, salvación y ausencia de culpa.

Desde el Texto, el infierno nunca es un lugar, sino un estado mental producido por la culpa. Por eso la lección comienza con una pregunta que parece simple, pero es radical:

“Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?”

El propósito no es responder intelectualmente, sino exponer una incoherencia interna: si la culpa es real, entonces el infierno también lo es; si no lo es, entonces la culpa debe ser falsa.

La lección conduce a una conclusión implícita pero inevitable: la santidad no es un ideal moral, sino el estado natural libre de culpa, y por eso es salvación.

Instrucciones prácticas:

Esta lección es notable porque no introduce una práctica compleja nueva, sino que redefine el sentido de la práctica misma.

La frase: “Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo” resume una enseñanza central del Texto: los ejercicios no crean la verdad, solo eliminan los obstáculos que impiden reconocerla.

La práctica aquí tiene un objetivo muy concreto: aplicar la idea a la experiencia personal, y reconocer que la salvación no es algo que venga después, sino algo que ya está presente como santidad.

Los ejercicios se dirigen “a ti” porque el Curso enseña que la salvación del mundo no puede preceder a la propia, sin caer en sacrificio.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la resistencia más profunda del ego: la inversión emocional en la culpa.

El ego no cree realmente que la culpa sea el infierno, porque la usa como: identidad, protección, justificación, falsa seguridad.

Por eso el texto dice: “La vacilación no se debe a la ambigüedad de la pregunta.”

El problema no es intelectual, sino emocional y defensivo. Aceptar que la santidad es la salvación implica renunciar a la autoimagen culpable, que el ego cree necesaria para existir.

Espiritualmente, la lección afirma un principio que atraviesa todo el Curso: No puedes dar lo que no tienes.

Esto elimina de raíz cualquier noción de sacrificio espiritual. El salvador no se salva sacrificándose, sino recordando su santidad.

Por eso: “Un salvador tiene que haberse salvado”.

La salvación no se enseña con palabras ni actos heroicos, sino con presencia libre de culpa, lo que el Texto llama el ejemplo.

Relación con el Curso:

La progresión es ahora completa:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace ilusiones.
  • 39 – Resultado: Mi santidad es mi salvación.

A partir de aquí, el Curso girará progresivamente hacia función, perdón, decisión, y aceptación plena de la Expiación.

Consejos para la práctica:

  • No intentes sentirte “salvo”.
  • No busques señales externas de salvación.
  • No esperes resultados dramáticos.

El Curso no pide convencimiento, sino honestidad: ¿sigo creyendo que la culpa me define o me protege?

Cada vez que la culpa se cuestione, la salvación se reconoce.

Conclusión final:

La Lección 39 declara algo definitivo: La salvación no es una meta futura. No es un proceso de purificación. No es una recompensa. Es el reconocimiento de la santidad presente.

Cuando la culpa se abandona, el infierno desaparece porque nunca fue real. Y lo que queda no es esfuerzo, sino paz natural.

Aquí el Curso deja claro que: salvarte a ti mismo y salvar al mundo son el mismo acto, porque ambos dependen únicamente de recordar lo que eres.


Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

Retomo el ejemplo usado en la lección de ayer, ya que nos ayudará a profundizar en la idea presentada en su contenido.  

Querer ver las cosas solo con los ojos del cuerpo físico y los argumentos del ego nos lleva al juicio condenatorio y a no comprender lo que percibimos. Al identificarse completamente con los efectos, se descarta que la causa de lo ocurrido tenga relación con uno mismo. El mecanismo habitual para percibir el mundo, la proyección, permite mantener ese error al señalar culpables de las matanzas, poniéndoles nombres y apellidos.

La lección de hoy nos anima a enfocar toda nuestra atención en nuestro mundo interior, por una razón muy simple: nadie puede dar lo que no tiene. No podemos expandir nuestra santidad ni ayudar al mundo si no somos conscientes de que somos santos, de que somos Hijos de Dios. Por eso, con sinceridad y desde el corazón, os invito a explorar vuestra mente. Observa tus pensamientos e identifica aquellos que estén marcados por la ira, el odio, el rencor, el resentimiento, el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa, la envidia, entre otros.

Puede que relaciones ese sentimiento con alguien en particular o con una situación concreta. La verdadera pregunta es: ¿el odio está en la persona que lo despierta o en tu propia mente? Vivir una experiencia de relación violenta, donde se percibe el odio, no debería nublar tu juicio al punto de justificarlo por la culpa del otro.

Cuando el odio se vuelve colectivo y no nos sentimos directamente implicados, tendemos a olvidar que, en cierta forma, todos contribuimos a que esa experiencia ocurra. El pensamiento busca afinidad en otros pensamientos, y llega un momento en que se materializa mostrándonos el rostro de nuestra propia creación, a la que negaremos ser responsables.

Es importante aplicar el antídoto del perdón a nuestras heridas personales. Si no nos perdonamos ni limpiamos nuestro odio, rencor o resentimientos, no podremos salvarnos ni ayudar a otros en su propio camino.

Ya vimos en la lección anterior el sendero que debemos recorrer para llegar a esa puerta maravillosa que nos conduce a la salvación. Entreguemos al Espíritu Santo nuestra mente, para que su Luz la guíe hacia la rectitud y nos permita ver el mundo correctamente, recordándonos que somos los únicos soñadores del sueño.

Reflexión: No se puede dar lo que no se tiene.

sábado, 7 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 38

LECCIÓN 38

No hay nada que mi santidad no pueda hacer.

1. Tu santidad invierte todas las leyes del mundo. 2Está más allá de cualquier restricción de tiempo, espacio, distancia, así como de cualquier clase de límite. 3El poder de tu santidad es ilimitado porque te establece a ti como Hijo de Dios, en unión con la Mente de su Creador.

2. Mediante tu santidad el poder de Dios se pone de manifiesto. 2Mediante tu santidad el poder de Dios se vuelve accesible. 3Y no hay nada que el poder de Dios no pueda hacer. 4Tu santidad, por lo tanto, puede eliminar todo dolor, acabar con todo pesar y resolver todo problema. 5Puede hacer eso en conexión contigo o con cualquier otra persona. 6Tiene el mismo poder para ayudar a cualquiera porque su poder para salvar a cualquiera es el mismo.

3. Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó. 2Tú eres santo porque todas las cosas que Él creó son santas. 3todas las cosas que Él creó son santas porque tú eres santo. 4En los ejercicios de hoy vamos a aplicar el poder de tu santidad a cualquier clase de problema, dificultad o sufrimiento que te venga a la mente tanto si tiene que ver contigo como con otro. 5No haremos distinciones porque no hay distinciones.

4. En las cuatro sesiones de práctica más largas, que preferiblemente han de tener una duración de cinco minutos completos cada una, repite la idea de hoy, cierra los ojos, y luego escudriña tu mente en busca de cualquier sensación de pérdida o de cualquier clase de infelicidad tal como la percibas. 2Trata, en la medida de lo posible, de no hacer distinciones entre las situaciones que son difíciles para ti y las que son difíciles para otro. 3Identifica la situación específicamente, así como el nombre de la persona en cuestión. 4Usa el siguiente modelo al aplicar la idea de hoy:

5En esta situación con respecto a _____ en la que me veo envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.
6En esta situación con respecto a _____ en la que se ve envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.

5. De vez en cuando puedes variar este procedimiento si así lo deseas y añadir algunos de tus propios pensamientos que vengan al caso. 2Podrías, por ejemplo, incluir pensamientos tales como:

3No hay nada que mi santidad no pueda hacer porque el poder de Dios reside en ella.

4Introduce cualquier variación que quieras, pero mantén los ejercicios centrados en el tema: "No hay nada que mi santidad no pueda hacer”. 5El propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres.

6. En las aplicaciones cortas y más frecuentes, aplica la idea en su forma original, a no ser que surja o te venga a la mente algún problema en particular que tenga que ver contigo o con otra persona2En ese caso, usa la forma más específica.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda que la santidad es mi verdadera condición, porque es la condición con la que Dios creó a Su Hijo. No es un logro ni un estado que deba alcanzar, sino un hecho que debo aceptar. Mi santidad no procede de mis acciones ni de mis méritos; procede de Dios, y por eso no puede perderse ni alterarse.

Reconocer mi santidad no me convierte en alguien especial ni me otorga un poder personal. Lo que hace es corregir la percepción que tengo de mí mismo. Al aceptar mi Identidad santa, dejo de identificarme con el ego y con sus limitaciones, y permito que la mente sea utilizada para un solo propósito: el recuerdo de la verdad.

El Curso no enseña que utilicemos la santidad para intervenir en el mundo de las formas, sino que nos muestra que la corrección ocurre en la mente. Cuando la mente acepta la santidad, el miedo, la culpa y la sensación de separación comienzan a deshacerse. Y al deshacerse en la mente, dejan de proyectarse como enfermedad, conflicto o dolor en la percepción.

A diferencia del ego, que ve intereses separados y amenazas constantes, la conciencia de la santidad permite reconocer la misma verdad en todos los hermanos. Desde esa visión, el juicio pierde sentido y con él se disuelven las bases del miedo y de la culpa. No porque el mundo cambie, sino porque la interpretación ha sido corregida.

La santidad es la expresión de la Unidad. No actúa como una fuerza que combate la oscuridad, sino como la luz que la hace innecesaria. Donde la santidad es aceptada, el error no puede sostenerse.

El Curso nos llama Maestros de Dios, no porque enseñemos desde el cuerpo o desde el esfuerzo personal, sino porque hemos aceptado aprender primero. Enseñamos únicamente lo que aceptamos para nosotros mismos. Cuando ponemos la mente al servicio del Espíritu Santo, la enseñanza se vuelve silenciosa y natural: es el testimonio de la paz.

La identificación con el cuerpo limita la conciencia a la percepción y refuerza la creencia en la supervivencia como meta principal. Desde ahí, la vida se experimenta como lucha, competencia y defensa. Este es el sistema de pensamiento del ego, que busca poseer, proteger y acumular, y que nunca encuentra descanso porque la carencia nunca se satisface.

La santidad, en cambio, no busca sobrevivir, sino recordar la Vida. No conoce escasez ni pérdida porque no se apoya en lo temporal. Mientras la supervivencia pertenece al tiempo y al miedo, la santidad es eterna y no está sujeta a las leyes del mundo.

Cada vez que acepto mi santidad, permito que ocurra un milagro. El milagro no cambia el mundo; deshace el error en la mente que daba lugar al sufrimiento. Cuando el error se corrige, el dolor deja de tener causa, y con ello se desvanece su efecto.

Dios conoce a Su Hijo como completamente inocente, incapaz de sufrir y pleno de dicha. El sufrimiento, la culpa y la tristeza no son verdades, sino interpretaciones erróneas que niegan la creación tal como es. Aprender a ver al Hijo de Dios como Dios lo ve —en mí y en mis hermanos— es aceptar la Expiación.

Esta lección me enseña, en definitiva, que no hay nada que mi santidad no pueda hacer, porque al aceptarla dejo de interferir en la corrección que ya ha sido dada. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Cuán lejos están estas palabras de la realidad que percibimos. El mundo, ante la experiencia del sufrimiento, llega a pensar que Dios es cruel con Su Hijo.

UCDM nos revela sobre este particular:

“El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido. Contempla detenidamente este mundo y te darás cuenta de que así es. Pues este mundo es el símbolo del castigo, y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte. Los niños vienen al mundo con dolor y a través del dolor. Su crecimiento va acompañado de sufrimiento y muy pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte. Sus mentes parecen estar atrapadas en sus cerebros, y sus fuerzas parecen decaer cuando sus cuerpos se lastiman. Parecen amar, sin embargo, abandonan y son abandonados. Parecen perder aquello que aman, la cual es quizá la más descabellada de todas las creencias. Y sus cuerpos se marchitan, exhalan el último suspiro, se les da sepultura y dejan de existir. Ni uno solo de ellos ha podido dejar de creer que Dios es cruel” (T-13.In.2:2-11).

“Si éste fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel. Pues ningún Padre podría someter a Sus hijos a eso como pago por la salvación y al mismo tiempo ser amoroso. El amor no mata para salvar. Si lo hiciese, el ataque sería la salvación, y ésta es la interpretación del ego, no la de Dios. Sólo el mundo de la culpabilidad podría exigir eso, pues sólo los que se sienten culpables podrían concebirlo. El "pecado" de Adán no habría podido afectar a nadie, si él no hubiese creído que fue el Padre Quien le expulsó del paraíso. Pues a raíz de esa creencia se perdió el conocimiento del Padre, ya que sólo los que no le comprenden podían haber creído tal cosa” (T-13.In.3:1-7).

Cuánto dolor cargamos debido a nuestro sistema de creencias. Creo que es urgente acelerar el despertar de la conciencia, aunque este siempre debe darse dentro de uno mismo. Por más que queramos despertar a otros, debemos respetar su libre albedrío. Lo esencial es encender la llama de nuestra propia cerilla y mantenerla viva, para que quienes busquen encender la suya encuentren un lugar donde hacerlo.

Entonces, ¿cómo debemos actuar frente al sufrimiento del mundo? Es una pregunta que muchos nos hacemos al pensar en ayudar a los demás.

Quiero recurrir una vez más al Curso para extraer información que nos ayudará a dar respuesta a la cuestión planteada. En el Capítulo 16, punto I, nos habla del significado de la "verdadera empatía":

“Sentir empatía no significa que debas unirte al sufrimiento, pues el sufrimiento es precisamente lo que debes negarte a comprender. Unirse al sufrimiento de otro es la interpretación que el ego hace de la empatía, de la cual siempre se vale para entablar relaciones especiales en las que el sufrimiento se comparte. La capacidad de sentir empatía le es muy útil al Espíritu Santo, siempre que permitas que Él la use a Su manera. La manera en que Él la usa es muy diferente. Él no comprende el sufrimiento, y Su deseo es que enseñes que no es comprensible. Cuando se relaciona a través de ti, Él no se relaciona con otro ego a través del tuyo. No se une en el dolor, pues comprende que curar el dolor no se logra con intentos ilusorios de unirte a él y de aliviarlo compartiendo el desvarío” (T-16.I.1:1-7).

“La prueba más clara de que la empatía, tal como el ego la usa, es destructiva, reside en el hecho de que sólo se aplica a un determinado tipo de problemas y a ciertos individuos. Él mismo los selecciona y se une a ellos. Pero nunca se une a nada, excepto para fortalecerse a sí mismo. Al haberse identificado con lo que cree entender, el ego se ve a sí mismo y procura expandirse compartiendo lo que es como él. No dejes que esta maniobra te engañe, El ego siempre utiliza la empatía para debilitar, y debilitar es atacar. Tú no sabes lo que es la empatía. Pero de esto puedes estar seguro: sólo con que te sentases calmadamente y permitieses que el Espíritu Santo se relacionase a través de ti, sentirías empatía por la fortaleza, y, de este modo, tu fortaleza aumentaría, y no tu debilidad” (T-16.I.2:1-7).

Propósito y sentido de la lección:

Esta lección no introduce poder personal, sino que corrige radicalmente el concepto de poder.

En el Texto, el poder del ego siempre es descrito como: limitado, competitivo, dependiente del sacrificio, basado en la pérdida de otro.

Por eso la lección comienza con una afirmación fuerte y desestabilizadora: “Tu santidad invierte todas las leyes del mundo.”

Las “leyes del mundo” a las que se refiere el Curso son las leyes del ego:  tiempo, espacio, esfuerzo, mérito, causalidad lineal. La santidad no opera dentro de ese sistema, porque procede de la Mente de Dios.

El propósito central de la lección es desplazar la causa del cambio, del esfuerzo personal, a la identidad recordada. No se trata de “hacer más”, sino de reconocer lo que ya es.

Instrucciones prácticas:

El Curso insiste en que el entrenamiento mental debe aplicarse allí donde el ego cree que hay diferencia.

Por eso esta lección pide explícitamente: aplicar la idea a problemas propios y ajenos, usar nombres, no distinguir entre “lo mío” y “lo del otro”.

Esto se alinea con el principio del Texto: “No hay problemas privados.”

La forma de la práctica no busca resolver problemas concretos, sino deshacer la creencia de que el problema tiene una causa real.

La frase clave: “no hay nada que mi santidad no pueda hacer” no es una afirmación mágica, sino una corrección ontológica: la santidad no actúa sobre los problemas, sino que los deja sin fundamento.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta directamente la creencia de impotencia.

El ego se define por vulnerabilidad, dependencia, miedo a perder, creencia en fuerzas externas.

La santidad, tal como la presenta el Curso, no es una cualidad moral, sino la ausencia total de culpa. Y donde no hay culpa, no hay impotencia.

Cuando la lección dice: “el propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres” no está reforzando el yo, sino desmantelando la autoimagen de víctima.

Espiritualmente, esta lección afirma algo clave del Texto: la santidad es compartida, no individual.

Por eso dice: “Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó.”

No hay jerarquía de santidad. No hay grados de poder. No hay diferencias reales.

La santidad no es algo que tienes, sino lo que eres junto con todo lo creado. Por eso: “no haremos distinciones porque no hay distinciones.”

Relación con el Curso:

La progresión es muy clara:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace.

Esta lección prepara directamente:

  • 39: Mi santidad es mi salvación.
  • 61–66: Mi función y mi felicidad son una.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para controlar resultados.
  • No medir si “funciona”.
  • No seleccionar problemas “razonables”.

El Curso no pide creer en el poder, sino retirar la fe en la limitación.

Conclusión final:

La Lección 38 enseña que la santidad no es pasiva. Pero tampoco es acción del ego. Es presencia que deshace la ilusión.

No hay nada que la santidad tenga que hacer, porque no hay nada real que oponerse a ella.

Aquí el Curso da un paso decisivo: el poder que salva no se aprende, se recuerda.


Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

No he creído necesario ponerles “nombre y apellidos” a los atentados. Lo importante aquí es reflexionar sobre sus efectos, es decir, sobre el dolor que provocan como consecuencia de un ataque o de una guerra.  

Desde la perspectiva del ego, nuestra reacción ante estos hechos puede abarcar un amplio rango de matices, desde la condena hasta el deseo de venganza. En realidad, el matiz importa poco, ya que todos parten del mismo error: mirarlo desde la separación. Con esa mirada, jamás encontraremos el sentido profundo de la experiencia; si estamos atrapados en emociones cargadas de ira y sufrimiento, no podremos ver la única realidad. 

No es el efecto lo que debemos sanar, sino la causa, y para ello debemos mirar hacia nuestro interior y descubrir dónde habitan en nosotros la ira, el odio y el miedo, esos mismos sentimientos que llevaron a otros a provocar esa experiencia.  

Desde la visión del Espíritu, la única respuesta posible ante estos hechos es ponerlos en manos del Espíritu Santo.  

“El secreto de la salvación no es sino éste: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo. No importa cuál sea la forma del ataque, eso sigue siendo verdad. No importa quién desempeñe el papel de enemigo y quién el de agresor, eso sigue siendo verdad. No importa cuál parezca ser la causa de cualquier dolor o sufrimiento que sientas, eso sigue siendo verdad. Pues no reaccionarías en absoluto ante las figuras de un sueño si supieses que eres tú el que lo está soñando. No importa cuán odiosas y cuán depravadas sean, no podrían tener efectos sobre ti a no ser que no te dieses cuenta de que se trata tan sólo de tu propio sueño” (T-27.VIII.10:1-6).

“Basta con que aprendas esta lección para que te libres de todo sufrimiento, no importa la forma en que éste se manifieste. El Espíritu Santo repetirá esta lección inclusiva de liberación hasta que la aprendas, independientemente de la forma de sufrimiento que te esté ocasionando dolor. Esta simple verdad será Su respuesta, sea cual sea el dolor que lleves ante Él. Pues esta respuesta elimina la causa de cualquier forma de pesar o dolor. La forma no afecta Su respuesta en absoluto, pues Él quiere mostrarte la única causa de todo sufrimiento, no importa cuál sea su forma. Y comprenderás que los milagros reflejan esta simple afirmación: "Yo mismo fabriqué esto, y es esto lo que quiero deshacer" (T-27.VIII.11:1-6).

“Lleva, pues, toda forma de sufrimiento ante Aquel que sabe que cada una de ellas es como las demás. Él no ve diferencias donde no las hay, y te enseñará cuál es la causa de todas ellas. Ninguna tiene una causa diferente de las demás, y todas se deshacen fácilmente con una sola lección que realmente se haya aprendido. La salvación es un secreto que sólo tú has ocultado de ti mismo. Así lo proclama el universo. Pero haces caso omiso de sus testigos porque de lo que ellos dan testimonio es algo que prefieres no saber. Parecen mantenerla oculta de ti. Sin embargo, no necesitas sino darte cuenta de que fuiste tú quien eligió no escuchar ni ver” (T-27.VIII.12:1-9).

“¡Qué diferente te parecerá el mundo cuando reconozcas esto! Cuando le perdones al mundo tu culpabilidad, te liberarás de ella. Su inocencia no exige que tú seas culpable, ni tu inocencia se basa en sus pecados. Esto es obvio, y es un secreto que no le has ocultado a nadie salvo a ti mismo. Y es esto lo que te ha mantenido separado del mundo y lo que ha mantenido a tu hermano separado de ti. Ahora sólo necesitas reconocer que los dos sois o inocentes o culpables. Lo que es imposible es que seáis diferentes el uno del otro; o que seáis ambas cosas. Este es el único secreto que aún te queda por aprender. Mas no será un secreto que has sanado” (T.27.VIII.13:1-9).

A lo largo de esta lección hemos comentado que la santidad nos coloca más allá del espacio y el tiempo. Vivir la santidad en medio del sufrimiento y el dolor se convierte en una oportunidad para adelantar el final de los tiempos. La santidad se manifiesta en el perdón, la única puerta que nos lleva a la salvación.

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el "sacrificio" que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Reflexión: Soy el Santo Hijo de Dios y mi Santidad me hace un Ser Ilimitado.