lunes, 9 de marzo de 2026

El resentimiento es una forma de olvidar quién soy. Aplicando la lección 68.

El resentimiento es una forma de olvidar quién soy. Aplicando la lección 68.

Hay una enseñanza muy profunda escondida en la Lección 68 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros: el resentimiento no es simplemente una emoción negativa hacia otro. Es, sobre todo, una forma de olvidar quién soy.

Cuando la mente abriga resentimientos, cree estar defendiendo algo valioso, su dignidad, su historia, su sentido de justicia. El ego le dice que tiene derecho a conservar ese sentimiento, porque alguien la hirió, la traicionó o la decepcionó.

Pero el Curso nos invita a mirar más profundamente. Nos enseña que el resentimiento no protege la identidad, la distorsiona.

El resentimiento como afirmación de la separación.

Cada resentimiento afirma una idea muy concreta:  “El otro es distinto de mí.”

Cuando sostenemos un resentimiento, la mente se convence de que alguien nos ha atacado desde fuera. De esta manera, la separación parece real, el ataque parece justificado y la culpa parece tener un lugar donde proyectarse.

Sin embargo, el Curso afirma que la mente es una. Por eso, todo resentimiento que sostenemos contra un hermano se convierte inevitablemente en un resentimiento contra nosotros mismos. No porque el otro lo merezca o no, sino porque en la Unidad de la Filiación no existe un “otro” verdaderamente separado.

Así, cada resentimiento refuerza la ilusión de la separación y nos aleja de la experiencia de lo que somos.

El resentimiento como auto-negación.

La Lección 67 nos recuerda que el Amor nos creó a semejanza de Sí Mismo.

Si esto es verdad, entonces nuestra identidad es amorosa por naturaleza. Pero el resentimiento pertenece a un sistema de pensamiento completamente distinto: el del miedo. Por eso, resentimiento e identidad verdadera no pueden coexistir.

Cuando sostenemos resentimientos, no estamos protegiendo nuestra identidad; estamos negándola.

El resentimiento nos hace vernos como un cuerpo vulnerable, como una personalidad herida que necesita defenderse.

En otras palabras, nos convence de que somos algo distinto de lo que Dios creó.

El perdón como acto de coherencia con el Ser.

El Curso propone el perdón no como un acto moral, sino como un acto de coherencia con la verdad. Perdonar no significa justificar el comportamiento del otro. Significa dejar de usar ese comportamiento para definir quién soy.

Cuando soltamos el resentimiento, no estamos liberando al otro. Estamos liberando nuestra mente de una identidad basada en el ataque y la culpa. Y en ese instante algo cambia profundamente.

La mente se vuelve más silenciosa. La percepción se suaviza. La sensación de amenaza comienza a desaparecer.

Lo que emerge en ese espacio interior es una experiencia que el ego no puede producir: la paz.

Recordar a través de nuestros hermanos.

La lección propone una práctica muy reveladora: mirar a aquellos contra quienes creemos tener resentimientos y decirles interiormente: “Te consideraré mi amigo, para poder recordar que eres parte de mí y así poder llegar a conocerme a mí mismo.”

Esta frase contiene una de las claves del Curso. Nuestros hermanos no son obstáculos para nuestro despertar. Son el medio a través del cual recordamos lo que somos.

Cada vez que soltamos un resentimiento hacia otro, una parte de la mente reconoce algo que había olvidado: la unidad que nos une.

La liberación del resentimiento.

El resentimiento parece darnos poder, pero en realidad nos encierra en el pasado. Nos obliga a revivir una y otra vez aquello que creemos que ocurrió.

El perdón, en cambio, libera a la mente de esa repetición. No cambia lo que ocurrió en el tiempo, pero transforma completamente su significado. Y cuando el resentimiento desaparece, la mente empieza a recordar su origen.

Empieza a recordar que fue creada por el Amor.

Recordar quién soy.

Por eso el Curso afirma algo profundamente liberador: No soltamos el resentimiento porque el otro lo merezca. Lo soltamos porque nosotros merecemos recordar quiénes somos.

Cada resentimiento que dejamos ir es un paso hacia ese recuerdo.

Cada acto de perdón abre un espacio donde la mente puede reconocer su verdadera naturaleza.

Y en ese reconocimiento surge una certeza silenciosa: El Amor no abriga resentimientos. Y yo fui creado por el Amor. Por lo tanto, cuando suelto el resentimiento, no estoy perdiendo nada.

Estoy recordando mi Ser. ✨

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 68

LECCIÓN 68

El amor no abriga resentimientos.


1. 
Tú, que fuiste creado por el Amor a semejanza de Sí Mismo, no puedes abrigar resentimientos y conocer tu Ser. 2Abrigar resenti­mientos es olvidarte de quien eres. 3Abrigar resentimientos es verte a ti mismo como un cuerpo. 4Abrigar resentimientos es per­mitir que el ego gobierne tu mente y condenar el cuerpo a morir. 5Quizá aún no hayas comprendido del todo lo que abrigar resen­timientos le ocasiona a tu mente. 6Te hace sentir como si estuvie­ses enajenado de tu Fuente y fueses diferente de Él. 7Te hace creer que Él es como aquello en lo que tú piensas que te has conver­tido, pues nadie puede concebir que su Creador sea diferente de sí mismo.

2. 2. Escindido de tu Ser, el Cual sigue consciente de Su semejanza con Su Creador, tu Ser parece dormir, mientras que la parte de tu mente que teje ilusiones mientras duerme, parece estar despierta. 2¿Podría ser todo esto el resultado de abrigar resentimientos? 3¡Desde luego que sí! 4Pues aquel que abriga resentimientos niega haber sido creado por el Amor, y en su sueño de odio, su Creador se ha vuelto algo temible. 5¿Quién podría tener sueños de odio y no temer a Dios?

3. Es tan cierto que aquellos que abrigan resentimientos forjarán una nueva definición de Dios de acuerdo con su propia imagen, como que Dios los creó a Semejanza de Sí Mismo y los definió como parte de Él. 2Es tan cierto que aquellos que abrigan resenti­mientos sentirán culpabilidad, como que los que perdonan halla­rán la paz. 3es igualmente cierto que aquellos que abrigan resentimientos se olvidarán de quienes son, como que los que perdonan lo recordarán.

4. ¿No estarías dispuesto a abandonar tus resentimientos si cre­yeras que todo esto es cierto? 2Tal vez crees que no puedes des­prenderte de tus resentimientos. 3Esto, sin embargo, no es sino una cuestión de motivación. 4Hoy trataremos de ver cómo te sen­tirías sin ellos. 5Si lo logras, aunque sea brevemente, jamás volve­rás a tener problemas de motivación.

5. Comienza la sesión de práctica más larga de hoy escudriñando tu mente en busca de aquellas personas que son objeto de lo que según tú son tus mayores resentimientos. 2Algunas de ellas serán muy fáciles de identificar. 3Piensa luego en los resentimientos apa­rentemente insignificantes que abrigas en contra de aquellas per­sonas a quienes aprecias e incluso crees amar. 4Muy pronto te darás cuenta de que no hay nadie contra quien no abrigues alguna clase de resentimiento. 5Esto te ha dejado solo en medio de todo el universo tal como te percibes a ti mismo.

6. Resuélvete ahora a ver a todas esas personas como amigos. 2Diles a todas ellas, pensando en cada una por separado:

3Te consideraré mi amigo, para poder recordar que eres parte de mí y así poder llegar a conocerme a mí mismo.

4Pasa el resto de la sesión tratando de imaginarte a ti mismo com­pletamente en paz con todo el mundo y con todo, a salvo en un mundo que te protege y te ama, y al que tú, a tu vez, amas. 5Siente como la seguridad te rodea, te envuelve y te sustenta. 6Trata de creer, por muy brevemente que sea, que no hay nada que te pueda causar daño alguno. 7Al final de la sesión de práctica di para tus adentros:

8El amor no abriga resentimientos.
9Cuando me desprenda de mis resentimientos sabré que estoy perfectamente a salvo.

7. Las sesiones de práctica cortas deben incluir una rápida aplica­ción de la idea de hoy tal como se indica a continuación, la cual deberá hacerse siempre que surja un pensamiento de resenti­miento contra alguien, tanto si esa persona está físicamente pre­sente como si no:

2El amor no abriga resentimientos. 3No traicionaré a mi propio Ser.

4Además de eso, repite la idea varias veces por hora de la siguiente manera:

5El amor no abriga resentimientos. 6Quíero despertar a la verdad de mi Ser dejando a un lado todos mis resenti­mientos y despertando en Él.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que el Amor es la única fuerza que no abriga resentimientos, porque es la única que no cree en el pecado. El Amor no juzga, no condena, no ve separación ni reconoce el miedo. Allí donde el Amor está presente, el resentimiento no puede existir.

El ego, en cambio, se asocia con el miedo, la separación, el odio, el ataque y la venganza, con la culpa y el dolor, con la enfermedad y la destrucción. Todas estas percepciones son expresiones de un mismo estado mental: el resentimiento contra uno mismo, proyectado hacia fuera.

Cada vez que juzgamos o condenamos, nos separamos del Amor y damos lugar al resentimiento. Al hacerlo, levantamos barreras de separación entre nosotros y el mundo, atacamos a nuestros hermanos y demostramos que hemos olvidado el Sagrado Nombre de Dios, aquel que nos recuerda la Unidad.

Por ello, se hace necesario despertar a la fuerza del Amor. Solo el Amor puede liberarnos del sufrimiento, porque no entiende de culpa, ni de miedo, ni de separación. El Amor nos conduce a una conciencia plena, abundante y creadora. Es la fuerza que nos libera y nos permite el reencuentro con nuestro verdadero Ser.

El significado etimológico del término resentimiento nos ayuda a comprender su naturaleza. Procede del latín y surge de la unión de tres vocablos: el prefijo re-, que indica repetición; el verbo sentire, que significa sentir; y el sufijo -miento, entendido como medio o resultado.
Así, resentir es volver a sentir una y otra vez una emoción negativa.

El resentimiento es la acción y el efecto de resentirse: mantener un enojo o pesar por algo ocurrido. Se manifiesta a través de actitudes como la hostilidad hacia alguien, la ira no resuelta frente a un acontecimiento, el enfurecimiento o la incapacidad para perdonar. En este sentido, el resentimiento es una señal clara de que no estamos eligiendo cumplir nuestra función en este mundo: perdonar.

El resentimiento no es más que la prolongación de un sentimiento negativo en el tiempo. Una persona puede experimentar ira u odio durante un momento; pero si ese estado no se disuelve, se transforma en resentimiento. Y la única manera de que el resentimiento desaparezca es a través del perdón o de la aceptación.

Esta lección me recuerda, por tanto, que el Amor no abriga resentimientos, y que cada vez que elijo el Amor, libero mi mente del pasado y restauro la paz que siempre ha sido mi herencia.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es deshacer la incompatibilidad entre identidad y resentimiento.

Después de afirmar en la Lección 67 que el Amor me creó a semejanza de Sí Mismo, el Curso da el paso lógico inmediato:

Si fui creado por el Amor, no puedo sostener lo que el Amor no sostiene.

El ego intenta preservar la identidad falsa manteniendo resentimientos, porque el resentimiento refuerza la separación, valida la historia personal, justifica el ataque y sostiene la culpa proyectada.

La lección no condena el resentimiento; lo redefine como una forma de auto-negación.

Instrucciones prácticas:

La práctica es clara y honesta:

• Identificar resentimientos concretos.
• No jerarquizarlos (ni grandes ni pequeños).
• Repetir la idea dejando que corrija, no que juzgue.

Durante el día: Usar la idea cuando aparezca irritación, un recuerdo doloroso, un juicio persistente o la sensación de injusticia.

La práctica no consiste en “ser mejor persona”, sino en elegir coherencia con la identidad.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente arraigada: “Tengo derecho a este resentimiento.”

Desde ahí surgen la rigidez emocional, la rumiación, el victimismo y la dificultad para soltar el pasado.

Aceptar que el Amor no abriga resentimientos produce efectos claros, ya que reduce la carga emocional acumulada,  desactiva la narrativa de agravio, libera energía psíquica retenida, y suaviza la autoimagen corporal y defensiva.

El resentimiento deja de verse como defensa y se reconoce como autoataque.

Espiritualmente, esta lección afirma: el resentimiento y la visión verdadera no pueden coexistir.

No porque el resentimiento sea “malo”, sino porque niega el origen amoroso.

Abrigar resentimientos es insistir en una identidad corporal, vulnerable y atacable. Soltarlos es permitir que la mente recuerde su origen en el Amor.

Aquí el Curso muestra que el perdón no es moral, sino ontológico: afecta a lo que crees ser.

Relación con la progresión del Curso:

La secuencia se afina así:

• 67 → Origen: el Amor me creó como Él
• 68 → Coherencia con el origen: sin resentimientos

Después de establecer la causa (Amor), el Curso elimina el principal obstáculo experiencial a recordarla: el resentimiento.

Esta lección es el primer desmantelamiento directo del odio como identidad.

Consejos para la práctica:

• No negar que hay resentimiento.
• No justificarlo intelectualmente.
• No forzar sentimientos opuestos.

Aplicar la idea cuando surjan pensamientos como:

• “Esto no lo puedo olvidar.”
• “Con razón me siento así.”
• “Si suelto esto, pierdo algo.”
• “No fue justo.”

Y repetir suavemente: “El Amor no abriga resentimientos.”

Como recordatorio de naturaleza, no de exigencia.

Conclusión final:

La Lección 68 enseña que el resentimiento no protege la identidad: la oculta.

No es una defensa legítima, es una forma de olvidar el origen.

El Curso afirma aquí una verdad profundamente liberadora: No suelto el resentimiento porque el otro lo merezca. Lo suelto porque yo merezco recordar quién soy.

Frase inspiradora: “Cuando suelto el resentimiento, el Amor recuerda quién soy por mí.”


Ejemplo-Guía: "Siento resentimiento por..."
 

Esta lección es especialmente concreta y práctica, pues dirige nuestra atención hacia uno de los argumentos más habituales del ego: el resentimiento.

A lo largo del tiempo, la religión —en su noble propósito de guiarnos hacia la salvación— nos ha transmitido una visión que, lejos de liberarnos, ha favorecido la confusión y el resentimiento. ¿Por qué?
Porque nos ha llevado a juzgar a Dios, presentándonos un rostro de la divinidad que no es real ni amoroso: el del rigor y el castigo.

La lectura del Antiguo Testamento está repleta de escenas en las que Dios parece castigar los “pecados” de los hombres. Esta imagen de un Dios vengativo, castigador, de un Dios que expulsó a Su Hijo del Paraíso en lugar de perdonarlo, ha quedado grabada en el inconsciente colectivo de la humanidad. Como consecuencia, cuando creemos haber pecado, sentimos miedo.

¿Cómo vamos a amar a quien creemos que nos priva de la abundancia y de la felicidad?
¿Cómo vamos a amar a quien creemos que nos condenó a ganarnos el pan con el sudor de la frente?
¿Cómo vamos a perdonar a quien creemos que no nos ha perdonado y a quien identificamos como el causante de nuestras desgracias?

En realidad, nuestros resentimientos no son contra Dios, sino contra nosotros mismos, por creernos indignos del Amor de nuestro Padre. No son contra Dios, sino contra nosotros mismos, por creernos pecadores y culpables, por creer que hemos ofendido a nuestro Creador.

El mundo que hemos inventado siguiendo nuestra propia iniciativa se ha convertido, en nuestra percepción, en un mundo de perdición. El cuerpo —la manifestación visible de esa fabricación— ha pasado a ser visto como causa de dolor, de pecado y de resentimiento, cuando en verdad no es causa de nada, sino efecto de una mente errada. Una mente que cree en el pecado y que está infectada por el miedo, la culpa, el castigo, el rencor, la ira, la enfermedad y la muerte.

Así, el mundo de la percepción se nos presenta como un paisaje hostil, porque la moneda de cambio con la que nos relacionamos con él es el resentimiento: culpa no resuelta, no perdonada.

Llegados a este punto, se hace necesario realizar un ejercicio de autoanálisis que favorezca el autoconocimiento y la liberación del pasado. La pregunta es sencilla de formular, pero exige total honestidad en la respuesta:

¿Qué o quién te causa resentimiento?

La sanación del resentimiento nos brinda la oportunidad de ejercer conscientemente la función que se nos ha encomendado: perdonar.

Por ejemplo: Siento resentimiento hacia Dios.

Si soy el Hijo de Dios, este resentimiento es, en realidad, odio hacia mí mismo. En este instante santo hago consciente el perdón en mi mente y lo extiendo a toda la Filiación, pues en la Filiación reconozco el rostro de Dios y el mío propio.

Tal vez prefieras ser más concreto y nombrar a quienes, con nombres y apellidos, crees que son objeto de tu resentimiento:

  • Siento un profundo resentimiento hacia mi padre, porque me causó mucho daño.
  • No podré perdonar jamás a mi pareja; me abandonó y me engañó.
  • No podré perdonar a la vida; se llevó a mi hijo cuando apenas tenía cinco años.
  • Jamás podré perdonar a los responsables de los atentados que causaron la muerte de tantos inocentes.

Podríamos añadir muchos más ejemplos. Ese es el trabajo personal que cada uno debe realizar. Conviene recordar siempre que no existen distintos niveles de resentimiento. No hay resentimientos leves ni graves. Todos comparten una misma causa y residen en la mente errada, allí donde el miedo ha sustituido al Amor.

Esta lección nos invita a elegir de nuevo y a recordar una verdad fundamental: el Amor no abriga resentimientos, y cuando elegimos el Amor, la mente queda liberada y la paz es restaurada.


Reflexión: Recordar que el "otro" forma parte de mí me ayuda a conocerme.

VIII. La restitución de la justicia al amor (14ª parte).

VIII. La restitución de la justicia al amor (14ª parte).

14. Tú tienes derecho a todo el universo, a la paz perfecta, a la completa absolución de todas las consecuencias del pecado, y a la vida eterna, gozosa y completa desde cualquier punto de vista, tal como la Voluntad de Dios dispuso que Su santo Hijo la tuviese. 2Ésta es la única justicia que el Cielo conoce y lo único que el Espíritu Santo trae a la tierra. 3Tu función especial te muestra que sólo la justicia perfecta puede prevalecer sobre ti. 4Y así, estás a salvo de cualquier forma de venganza. 5El mundo engaña, pero no puede reemplazar la justicia de Dios con su propia versión. 6Pues sólo el amor es justo y sólo él puede percibir lo que la justi­cia no puede sino concederle al Hijo de Dios. 7Deja que el amor decida, y nunca temas que, por no ser justo, te vayas a privar a ti mismo de lo que la justicia de Dios ha reservado para ti.  

Este párrafo abandona por completo el lenguaje correctivo y entra en el lenguaje de los derechos inalienables. No propone una posibilidad futura ni una promesa condicional: afirma lo que ya es.

“Tienes derecho” no significa que debas reclamar, luchar o demostrar mérito. Significa que no puede serte negado. El universo, la paz perfecta, la absolución total y la vida eterna no son recompensas: son la herencia natural del Hijo de Dios, tal como la Voluntad de Dios la dispuso desde siempre.

El texto es categórico: ésta es la única justicia que el Cielo conoce. No hay versiones alternativas, no hay excepciones, no hay revisiones posteriores. Y es exactamente esa justicia —ni más ni menos— la que el Espíritu Santo trae a la tierra. No trae alivios parciales ni compromisos con el mundo: trae la justicia completa.

Tu función especial cumple aquí su propósito final: mostrarte que solo la justicia perfecta puede prevalecer sobre ti. Nada imperfecto tiene poder real. Y por eso estás a salvo de toda forma de venganza. No porque la evites, sino porque no tiene jurisdicción.

El mundo puede engañar, distorsionar, reinterpretar, pero no puede sustituir la justicia de Dios. No puede redefinir lo que es justo, porque no puede redefinir lo que eres.

Aquí aparece una afirmación decisiva: solo el amor es justo.
Y solo el amor puede percibir lo que la justicia divina no puede sino conceder. La justicia de Dios no duda ni decide: otorga. El amor es la percepción que permite aceptar ese otorgamiento sin miedo.

Por eso la instrucción final es tan simple como radical: deja que el amor decida.

No temas perder por no ser justo, porque el amor no puede privarte de lo que la justicia ya te ha dado. El miedo a perder es la última sombra del especialismo; el amor la disuelve por completo.

Mensaje central del punto:

  • Tienes derecho a todo, no a una parte.
  • La herencia es total e incondicional.
  • Esta es la única justicia del Cielo.
  • El Espíritu Santo no trae versiones parciales.
  • Solo la justicia perfecta puede prevalecer.
  • Estás a salvo de toda venganza.
  • El mundo no puede sustituir la justicia divina.
  • Solo el amor es justo.
  • El amor decide sin privar.

Claves de comprensión:

  • El derecho no se gana, se reconoce.
  • La justicia divina no negocia.
  • La herencia no puede fragmentarse.
  • Nada imperfecto tiene poder real.
  • El miedo a perder nace de la ilusión de elección.
  • El amor percibe lo que la justicia concede.
  • Confiar en el amor elimina el temor.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa dónde temes perder por “equivocarte”.
  • Detecta la idea de que podrías privarte a ti mismo.
  • Practica descansar en lo que ya te pertenece.
  • Permite que el amor decida sin supervisión.
  • Recuerda que no puedes perder lo que es tuyo por derecho.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Dónde sigo creyendo que puedo perder algo esencial?
  • ¿Confundo justicia con control?
  • ¿Desconfío de dejar que el amor decida?
  • ¿Qué cambiaría si aceptara que todo ya me fue dado?
  • ¿Puedo descansar en una justicia que no castiga?

Conclusión:

Este párrafo sella la restitución de la justicia al amor con una afirmación inapelable: nada puede serte quitado. La justicia de Dios no corrige, no ajusta ni repara: otorga plenamente.

El amor no es un riesgo ni una apuesta. Es la percepción que te permite aceptar sin miedo lo que la justicia divina ya ha establecido. Al dejar que el amor decida, descubres que nunca estuviste en peligro de perder.

Frase inspiradora: “No puedo perder lo que la justicia de Dios ya me dio.”

domingo, 8 de marzo de 2026

“Nada real puede ser amenazado”

Claves de Un Curso de Milagros: “Nada real puede ser amenazado”

Cuando Un Curso de Milagros abre con la frase:

Nada real puede ser amenazado.
Nada irreal existe.
En esto radica la paz de Dios.

Está estableciendo el fundamento completo de su visión de la realidad.
No es solo una frase inspiradora; es casi una ecuación metafísica.

Vamos a mirarla con calma.

“Nada real puede ser amenazado”

Para el Curso, lo real tiene ciertas características muy claras: es eterno, es inmutable, no depende de condiciones externas y no puede ser destruido ni alterado.

En su lenguaje, lo real pertenece al orden del amor, de la verdad y de la unidad.

Por eso afirma algo radical: si algo puede ser amenazado, perdido o destruido, no pertenece a la realidad última.

Esto no significa que nuestras experiencias no se sientan reales. Significa que lo que somos en esencia no está en peligro.

Debajo de todas las historias personales, el Curso sugiere que hay una identidad que no puede dañarse.

“Nada irreal existe”.

La segunda parte parece extraña al principio. El Curso no está diciendo que el mundo físico no aparezca. Lo que dice es que las ilusiones no tienen realidad última.

Una ilusión puede parecer muy convincente, pero su naturaleza es distinta de la verdad. Por ejemplo, una interpretación basada en miedo, una identidad construida sobre la culpa o una historia mental sobre lo que creemos ser.

Todo eso puede sentirse muy sólido, pero el Curso afirma que no tiene existencia real en el sentido profundo. Son interpretaciones sostenidas por la mente.

El conflicto surge cuando confundimos ambas cosas.

Gran parte del sufrimiento humano surge de una confusión muy simple, tratamos de defender lo que no es real y tememos perder lo que nunca podría perderse.

Por ejemplo, defendemos una imagen de nosotros mismos, protegemos identidades, luchamos por tener razón o tememos perder valor o amor. Pero si la realidad es amor y unidad, entonces nada de eso puede realmente amenazarla.

La paz aparece cuando esa confusión se disuelve.

La frase termina con algo muy importante: “En esto radica la paz de Dios.”

La paz no surge porque el mundo externo se vuelva perfecto. Surge cuando la mente deja de confundir ilusión con realidad.

Cuando eso ocurre, algo muy sencillo se vuelve evidente: lo que es real ya está a salvo y lo que parecía amenazante no era verdadero. Y la mente deja de luchar contra sombras.

Una forma sencilla de contemplar esta idea.

Puedes mirarlo como una pequeña práctica interior.

Ante una situación que parece perturbadora, pregúntate suavemente: ¿Estoy defendiendo algo real… o una interpretación que mi mente ha construido?

Esa pregunta abre un pequeño espacio. Y en ese espacio comienza el cambio de percepción que el Curso llama milagro.

¿Qué soy? Aplicando la lección 67 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros.

¿Qué soy? Aplicando la lección 67 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros.

La pregunta “¿Qué soy?” no es una pregunta ordinaria. Es una puerta.

Mientras la mente permanezca satisfecha con las respuestas del mundo, esta pregunta apenas se formula. El mundo parece tener respuestas suficientes: soy un cuerpo, una personalidad, una historia que avanza en el tiempo.

Pero cuando el corazón comienza a despertar, esas respuestas empiezan a sentirse incompletas. Algo en lo profundo sabe que lo que somos no puede limitarse a lo que cambia. Entonces la pregunta aparece con más fuerza:

¿Qué soy en verdad?

Lo que no eres.

Para descubrir lo que eres, primero debe deshacerse la confusión acerca de lo que no eres.

No eres el cuerpo que crees habitar. El cuerpo es una herramienta de percepción dentro del sueño del mundo, pero no define tu identidad.

No eres tus pensamientos cambiantes. Los pensamientos del ego aparecen y desaparecen como nubes en el cielo de la mente.

No eres tu pasado ni las historias que recuerdas. El tiempo mismo es parte del escenario donde el ego intenta afirmar una identidad separada.

Nada de lo que fluctúa puede ser tu realidad. Lo que eres debe ser algo que no cambia.

El origen revela la identidad.

El Curso ofrece una respuesta sencilla, pero profunda: El Amor te creó a semejanza de Sí Mismo.

Si el Amor es tu origen, entonces tu naturaleza no puede ser otra cosa que Amor. No un amor frágil que depende de circunstancias, sino el Amor que extiende, une y crea sin límites.

Por eso tu identidad no se encuentra en la separación, sino en la unidad. Eres una extensión viva de la Fuente que te creó. Eres pensamiento de Dios.

La ilusión de la identidad separada:

El ego intenta sustituir esta verdad con una identidad distinta. Te dice que eres un individuo separado, vulnerable y en competencia con los demás.

Para sostener esa idea, la mente fabrica un mundo donde todo parece confirmar la separación. Pero lo que el ego construye no tiene realidad duradera. Es una imagen mantenida por el miedo.

Por eso, incluso cuando el mundo parece ofrecer logros o seguridad, permanece una sensación silenciosa de incompletitud.

La mente intuye que la identidad que ha aceptado no es su verdadera casa.

Recordar lo que siempre ha sido verdad.

El propósito del Curso no es darte una identidad nueva. Es ayudarte a recordar la que nunca perdiste.

Debajo de todas las creencias del ego permanece intacta tu realidad: Eres inocente. Eres íntegro. Eres eternamente amado.

Nada de lo que parece ocurrir en el sueño del mundo puede alterar lo que Dios creó. La mente puede olvidar, pero la verdad permanece intacta.

El reconocimiento interior.

A medida que la mente aprende a perdonar y a soltar el juicio, algo comienza a revelarse. No como una idea compleja, sino como una experiencia sencilla.

Una paz que no depende del mundo. Una quietud que no necesita defensa. En esa quietud surge el reconocimiento. La pregunta “¿Qué soy?” encuentra su respuesta sin palabras elaboradas.

La mente simplemente recuerda: Soy tal como Dios me creó. Soy la extensión del Amor que me dio la vida. Soy el santo Hijo de Dios. Y en ese recuerdo, el corazón descansa.

¿Cómo puedo conocer lo que soy?

La mente que busca conocer lo que es suele formular la pregunta de esta manera: ¿Qué debo hacer para descubrir mi verdadera identidad?

Busca un método, una técnica, un camino que la conduzca hacia la verdad como si ésta se encontrara en algún lugar distante.

Pero lo primero que el Espíritu quiere recordarte es esto: Lo que eres no está lejos de ti. No necesitas alcanzarlo. No necesitas convertirte en algo diferente. Necesitas únicamente dejar de sostener las ideas que te impiden reconocerlo.

El conocimiento no se adquiere.

En el mundo estamos acostumbrados a aprender acumulando información. Aprendemos conceptos, teorías, habilidades. Pero lo que el Curso llama conocimiento no pertenece a ese tipo de aprendizaje.

El conocimiento es el reconocimiento directo de la verdad. No se alcanza estudiando más, sino retirando los velos que la ocultan. Por eso el Curso no intenta enseñarte quién eres mediante definiciones.

Te ofrece un entrenamiento mental para que la mente deje de aferrarse a sus ilusiones.

El camino es deshacer, no añadir.

El ego busca métodos complicados. Quiere técnicas especiales, experiencias extraordinarias o revelaciones espectaculares. Sin embargo, el camino que propone el Curso es extraordinariamente simple: deshacer el miedo mediante el perdón.

Cada juicio que sostienes acerca de ti mismo o de tus hermanos mantiene viva la creencia en la separación. Cada vez que eliges perdonar —es decir, ver más allá de las apariencias del ego— algo en la mente se libera. Y cuando el juicio desaparece, la verdad comienza a mostrarse por sí misma.

El entrenamiento del Libro de Ejercicios.

Para facilitar este proceso, el Curso ofrece el Libro de Ejercicios, un entrenamiento diario que ayuda a la mente a cambiar de maestro. No es un estudio intelectual. Es una práctica sencilla y constante.

Las lecciones no intentan convencerte de nada. Simplemente te invitan a experimentar otra forma de ver.

A medida que practicas, la mente se vuelve más silenciosa, más abierta, más receptiva. Y en esa quietud empieza a emerger algo profundamente familiar.

La quietud donde se recuerda la verdad.

El reconocimiento de lo que eres no ocurre en medio del ruido mental. Ocurre en la quietud.

Cuando por un instante la mente deja de defender sus juicios, aparece una sensación de paz que no depende de nada externo. Esa paz no es creada por el ejercicio. Siempre estuvo allí.

Los ejercicios solo ayudan a retirar las barreras que la ocultaban. Y en esa paz la mente comienza a reconocer lo que antes parecía imposible comprender.

El conocimiento que llega sin esfuerzo.

La mente cree que el conocimiento debe conquistarse con esfuerzo. Pero la verdad llega de otra manera. Aparece suavemente, como un recuerdo que siempre estuvo esperando ser reconocido.

Entonces la pregunta “¿Cómo puedo conocer lo que soy?” pierde su urgencia. Porque lo que eres comienza a sentirse evidente. No como una teoría espiritual, sino como una certeza tranquila que nace desde dentro:

Soy tal como Dios me creó. Soy Su extensión. Soy Amor. 

Y cuando esta certeza empieza a amanecer en la mente, ya no parece necesario buscar métodos complicados. Basta con seguir el camino sencillo que el Curso propone: perdonar, aquietarse y dejar que la verdad se revele.   

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 67

LECCIÓN 67

El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo.

1. La idea de hoy es una afirmación exacta y cabal de lo que eres. 2Por eso es por lo que eres la luz del mundo. 3Por eso es por lo que Dios te designó como el salvador del mundo. 4Por eso es por lo que el Hijo de Dios apela a ti para su salvación. 5Él se salva por razón de lo que tú eres. 6Hoy haremos todo lo posible por llegar esta verdad acerca de ti y por darnos cuenta plenamente, aunque sólo sea por un momento, de que es verdad.

2. Durante la sesión de práctica más larga pensaremos en tu reali­dad y en su naturaleza completamente inalterada e inalterable. 2Comenzaremos repitiendo esta verdad acerca de ti, y luego pasa­remos unos minutos añadiendo algunos pensamientos afines, tales como:

3La Santidad me creó santo.
4La Bondad me creó bondadoso.
5La Asistencia me creó servicial.
6La Perfección me creó perfecto.

7Cualquier atributo que esté de acuerdo con la definición que Dios tiene de Sí Mismo es apropiado. 8Hoy estamos tratando de enmendar tu definición de Dios y de reemplazarla por la Suya. 9Y también estamos tratando de recalcar el hecho de que tú formas parte de Su definición de Sí Mismo.

3. Una vez que hayas reflexionado sobre varios de estos pensa­mientos afines a la idea de hoy, trata, durante un breve intervalo preparatorio, de vaciar tu mente de todo pensamiento y de ir más allá de todas las imágenes y conceptos que tienes de ti mismo hasta llegar a la verdad en ti. 2Si el Amor te creó a semejanza de Su Propio Ser, ese Ser tiene que estar en ti. 3tiene que estar en alguna parte de tu mente donde tú lo puedas encontrar.

4. Tal vez te resulte necesario repetir la idea de hoy de vez en cuando a fin de reemplazar aquellos pensamientos que te distrai­gan. 2Puede que también descubras que aun esto no es suficiente y que necesitas seguir añadiendo otros pensamientos relaciona­dos con la verdad acerca de ti. 3Sin embargo, tal vez puedas supe­rar todo eso y, valiéndote del intervalo en el que tu mente está libre de pensamientos, quizá puedas llegar a la conciencia de una luz resplandeciente en la cual te reconoces a ti mismo tal como el Amor te creó. 4Confía en que hoy harás mucho por acercarte a esa conciencia, tanto si sientes que has tenido éxito como si no.

5. Hoy te resultará especialmente beneficioso practicar la idea del día tan a menudo como puedas. 2Necesitas oír la verdad acerca de ti tan a menudo como sea posible, debido a que tu mente está tan ocupada con falsas imágenes de sí misma. 3Sería sumamente beneficioso que te recordaras, cuatro o cinco veces por hora, o incluso más si fuese posible, que el Amor te creó a semejanza de Sí Mismo. 4Oye en esto la verdad acerca de ti.
6. Trata de darte cuenta, durante las sesiones de práctica más cor­tas, de que no es tu diminuta y solitaria voz la que te dice esto. 2Se trata de la Voz de Dios, recordándote al Padre y a tu Ser. 3Se trata de la Voz de la verdad, sustituyendo todo lo que el ego te dice acerca de ti mismo con la simple verdad acerca del Hijo de Dios. 4El Amor te creó a semejanza de Sí Mismo.

¿Qué me enseña esta lección? 

Esta lección me enseña que he sido creado en un acto de Amor, y que el Amor es la única esencia real de la que soy portador. Nada fuera del Amor tiene realidad, porque solo el Amor es inmutable y eterno.

Cuando actúo desde el ego, no creo, sino que fabrico. Aquello que fabrico pertenece al ámbito de la ilusión, pues está sujeto al cambio, al tiempo y a la pérdida. Todo lo que nace del ego es perecedero. Solo el Amor es real, porque no cambia.

Tomo conciencia de que he sido creado a semejanza de mi Creador, es decir, según el mismo Arquetipo Mental: la Extensión amorosa de Su Pensamiento. Dios no crea de manera distinta a lo que Él Es.

Si la Mente de Dios es Una y Su Mente es Amor, entonces yo soy Uno y yo soy Amor.

Mientras experimente este plano de percepción y me crea inmerso en el sueño del tiempo, mi función es manifestar ese potencial en todos y cada uno de mis actos.

Un Curso de Milagros nos enseña que Dios creó a Su Hijo mediante un acto de expansión de Su Mente. Al expandirse, la Mente Una se expresó en los Principios que el Curso reconoce como Voluntad, Amor e Inteligencia. La Creación —el Hijo— es portadora de esos Atributos Divinos.

Cada vez que el Hijo de Dios extiende estos Atributos, actúa desde la mente recta, y su acción es verdaderamente creadora, porque expresa la Unicidad. En cambio, cuando sus actos parecen afirmar la separación, la mente se vuelve errónea y, en lugar de crear la realidad, fabrica la ilusión.

Esta lección me recuerda que crear es amar y extender la Unicidad, mientras que fabricar es intentar sustituir el Amor por formas. Al elegir el Amor como principio de mis pensamientos, palabras y acciones, recuerdo quién soy y restauro en mi mente la verdad de mi origen.

Así comprendo que el Amor me creó semejante a Sí Mismo, y que todo lo que verdaderamente soy y hago solo puede reflejar ese Amor.

Propósito y sentido de la lección:


El propósito de esta lección es establecer de manera directa e inequívoca la causa de tu identidad.

Hasta ahora, el Curso ha trabajado con:

  • Identidad funcional (soy la luz).
  • Función (perdonar).
  • Efectos (paz, felicidad).
  • Continuidad (no olvidar).
  • Simplificación (una sola función).

La Lección 67 va más atrás aún: ¿Por qué eres luz, perdón, paz y felicidad? Porque el Amor te creó como Él mismo.

Esta lección no corrige conductas ni percepciones, corrige el origen.

Instrucciones prácticas:

La práctica es más profunda y más silenciosa:

• Dos sesiones largas (10–15 min).
• Repetición lenta y reflexiva de la idea.
• Disposición a soltar todas las auto-definiciones previas.

Durante el día:  Aplicar la idea cuando surjan la culpa, la vergüenza, el miedo, la sensación de no valer y los pensamientos de indignidad.

La práctica no consiste en sentirte amoroso, sino en aceptar que fuiste creado por el Amor y como el Amor.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una raíz profunda del sufrimiento psicológico: “Hay algo defectuoso en mí”.

De esta creencia surgen la culpa crónica, la autoexigencia, la vergüenza, el miedo a ser visto y la necesidad de compensar o justificarse.

Aceptar que el Amor me creó a semejanza de Sí Mismo produce efectos claros:

• Disuelve la autoacusación básica.
• Reduce la necesidad de demostración.
• Debilita la narrativa del defecto personal.
• Introduce una autoestima no defensiva.

No porque “todo esté bien”, sino porque la culpa pierde fundamento ontológico.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso, que la creación es extensión, no fabricación.

Dios no crea algo distinto de Sí. No crea opuestos. No crea carencia.

Si fuiste creado por el Amor, no puedes ser culpable, no puedes ser indigno, no puedes ser temible ni puedes estar separado en esencia.

Aquí el Curso deshace la creencia original del ego: la idea de haber sido creado imperfecto.

Relación con la progresión del Curso:

La secuencia se profundiza así:

• 61–66 → Identidad, función y efectos.
• 67 → Origen de la identidad.

El Curso pasa de: “¿qué soy y qué hago?” a: “¿por qué soy así?”

La respuesta es una sola: porque el Amor no puede crear otra cosa que Amor.

Consejos para la práctica:

• No convertir la idea en consuelo emocional superficial.
• No discutirla con la mente analítica.
• No buscar sentir algo especial.

Aplicarla especialmente cuando surjan pensamientos como:

• “No soy suficiente”.
• “Algo en mí está mal”.
• “Si supieran cómo soy…”
• “No merezco paz”.

Y repetir suavemente: “El Amor me creó a semejanza de Sí Mismo”.

Como recordatorio de origen, no como afirmación de esfuerzo.

Conclusión final:

La Lección 67 enseña que la verdad sobre ti no se corrige: se recuerda.

No necesitas purificarte para merecer el Amor.
No necesitas cambiar para ser aceptado.
No necesitas reparar un defecto inexistente.

El Curso afirma aquí una verdad radicalmente sanadora:

No eres un ser imperfecto buscando Amor. Eres Amor olvidado de Sí Mismo.

Frase inspiradora: “Cuando recuerdo de dónde vengo, dejo de dudar de lo que soy”.


Ejemplo-Guía: ¿Quiénes somos?

Hoy os propongo un ejercicio de autoconocimiento. Para ello, vamos a responder con total honestidad a la pregunta que plantea este ejemplo-guía.

Si alguien te preguntase “¿Quién eres?”, ¿Qué responderías?

Voy a improvisar algunas respuestas con la intención de que puedan serviros de referencia. No obstante, es importante que cada uno realice su propia reflexión y autoanálisis, pues nadie puede responder esta pregunta por otro.

Por ejemplo:

  • Me llamo Juan.
  • Soy alto y moreno, aunque ya tengo poco pelo y el que queda empieza a encanecer.
  • Soy funcionario y desempeño un cargo de mando intermedio en una institución pública.
  • Estoy casado y tengo tres hijos y cinco nietos.

A partir de aquí, empiezo a dudar, pues no resulta sencillo seguir definiendo quién soy. Aun así, podría añadir:

  • Soy mediador de vocación.
  • Buscador incansable de la verdad.
  • Amante de la lectura y de los temas espirituales.
  • Mi objetivo es la perfección de la conciencia.
  • Me considero un difusor.
  • Me encanta escribir.
  • Me fascinan las nuevas tecnologías.
  • Idealizo la amistad.
  • Tengo miedo a las alturas.
  • Me da miedo la enfermedad.
  • Soy celoso y posesivo.
  • Soy orgulloso y, a veces, fanático.
  • Etc.

Puedo aseguraros que, dejando a un lado los matices personales de cada uno, esta forma de responder puede considerarse una respuesta tipo, pues la gran mayoría se identifica a sí misma de manera similar. Basta con comprobarlo.

Es evidente que esta respuesta surge desde la visión del ego, que basa su identidad en el cuerpo, en los roles, en la historia personal y en las características psicológicas. El ego solo reconoce aquello que puede ver, medir o tocar, y niega cualquier otra realidad que no encaje en ese marco de percepción.

Ahora os propongo realizar el mismo ejercicio de autoanálisis, pero desde la visión del Espíritu.

¿Te atreves? Seguro que sí.

Improviso de nuevo:

  • Soy el Hijo de Dios.
  • Soy Dios, cuando dejo de ser “yo”.
  • Soy Espíritu.
  • Soy Todo y Uno.
  • Soy Voluntad.
  • Soy Amor.
  • Soy Inteligencia.
  • Soy Libre.
  • Soy Luz.
  • Soy Verdad.
  • Soy Impecable.
  • Soy Inocente.
  • Soy Perfecto.

¿Qué más añadirías? Abundante.  Pleno.  Sano.  Creador...

Este ejemplo-guía nos invita a reconocer que la identidad que hemos asumido desde el ego es limitada y falsa, mientras que la Identidad que el Espíritu nos recuerda es la que realmente somos. Al aceptar esta Identidad, recordamos que el Amor nos creó semejantes a Sí mismo, y en ese recuerdo se disuelve toda confusión sobre quiénes somos.


Reflexión: ¿Qué soy?