Si Dios me da únicamente felicidad, ¿por qué no evita nuestras desgracias? Aplicando la lección 66.
En la práctica del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros, la lección que afirma que nuestra función y nuestra felicidad son una forma parte de una serie de ideas que conducen a una conclusión profunda: la felicidad no es algo que el mundo pueda otorgar o quitar, porque procede de Dios mismo.
Sin embargo, cuando el estudiante lee afirmaciones como “Dios me da únicamente felicidad”, surge una pregunta muy humana: Si Dios me da sólo felicidad, ¿por qué no evita nuestras desgracias?
Esta pregunta nace de una suposición que el Curso invita a revisar: la idea de que Dios es el autor del mundo que percibimos.
El supuesto de partida: Dios gobierna lo que ocurre en el mundo.
La mente que todavía se identifica con el mundo cree que todo lo que sucede —accidentes, enfermedad, pérdida, conflicto— forma parte del plan de Dios o, al menos, está permitido por Él.
Desde esa premisa, parece lógico preguntar: Si Dios es amor y desea mi felicidad, ¿por qué permite el dolor?
Pero Un Curso de Milagros introduce una corrección radical a este planteamiento: el mundo que vemos no es una creación divina, sino una proyección de la mente que cree haberse separado de Dios.
Por eso, el Curso afirma que Dios no creó el sufrimiento. Dios no creó el miedo. Dios no creó el mundo de conflicto que percibimos.
El dolor no es un regalo de Dios, sino el resultado de una percepción basada en la separación.
Dios no corrige el mundo: corrige la mente que lo percibe.
Aquí aparece uno de los giros más profundos del Curso.
Dios no interviene en el mundo para reorganizar los acontecimientos externos.
En cambio, ofrece una corrección interna: el cambio de percepción que el Curso llama milagro.
Esto significa que la respuesta de Dios al sufrimiento no es modificar las circunstancias, sino sanar la mente que las interpreta.
Desde esta perspectiva, la desgracia pertenece al nivel de la percepción y la felicidad pertenece al nivel de la verdad.
Y la verdad —que somos tal como Dios nos creó— nunca ha sido dañada.
El origen real del sufrimiento.
Según el Curso, el sufrimiento tiene una única causa: la creencia en la separación.
Cuando la mente cree estar separada de Dios, interpreta el mundo a través del miedo, se percibe vulnerable y busca en el mundo lo que cree haber perdido.
Pero esa pérdida nunca ocurrió en realidad.
Por eso la felicidad que Dios nos da no es un estado emocional cambiante, sino una condición inherente a nuestra verdadera naturaleza.
¿Por qué entonces parece que sufrimos?
Porque la mente tiene poder para elegir la interpretación que desea mantener.
El Curso describe este proceso como una elección entre dos maestros interiores: el ego, que interpreta el mundo desde el miedo; el Espíritu Santo, que lo reinterpreta desde el amor.
El mismo acontecimiento puede ser visto desde cualquiera de estas dos percepciones.
Por eso, la desgracia no está en lo que ocurre, sino en la interpretación que la mente adopta.
La felicidad que Dios da no depende del mundo.
La felicidad divina no es frágil ni circunstancial.
No depende del éxito o el fracaso, de la salud o la enfermedad, de la ganancia o la pérdida.
Es una paz que permanece incluso cuando las circunstancias parecen adversas.
A medida que la mente aprende a escuchar al Espíritu Santo, descubre algo sorprendente: la felicidad no estaba ausente; estaba oculta por una interpretación equivocada.
La respuesta de Dios al sufrimiento.
Dios no responde al dolor cambiando el mundo. Responde recordándonos quiénes somos.
Cada vez que la mente acepta un milagro —un cambio de percepción hacia el amor—, el sufrimiento pierde significado.
Y poco a poco se comprende la verdad que la lección intenta enseñarnos: Dios siempre ha dado únicamente felicidad.
Lo único que puede ocultarla es la creencia de que estamos separados de Él.
Cuando esa creencia se disuelve, la felicidad no necesita ser creada ni buscada.
Simplemente se reconoce como lo que siempre ha estado ahí.







