martes, 17 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 48

LECCIÓN 48

No hay nada que temer.

1. La idea de hoy afirma simplemente un hecho. 2No es un hecho para los que creen en ilusiones, más las ilusiones no son hechos. 3En realidad no hay nada que temer. 4Esto es algo muy fácil de reconocer. 5Pero a los que quieren que las ilusiones sean verdad les es muy difícil reconocerlo.

2. Las sesiones de práctica de hoy serán muy cortas, muy simples y muy frecuentes. 2Repite sencillamente la idea tan a menudo como puedas. 3Puedes hacerlo con los ojos abiertos en cualquier momento o situación. 4Recomendamos enérgicamente, no obstante  que siempre que puedas cierres los ojos durante aproximadamente un minuto y repitas la idea lentamente para tus adentros varias veces. 5Es especialmente importante también que la uses de inmediato si observas que algo perturba tu paz mental.

3. La presencia del miedo es señal inequívoca de que estás confiando en tu propia fortaleza. 2La conciencia de que no hay nada que temer indica que en algún lugar de tu mente, aunque no necesariamente en un lugar que puedas reconocer, has recordado a Dios y has dejado que Su fortaleza ocupe el lugar de tu debilidad3En el instante en que estés dispuesto a hacer eso, ciertamente no habrá nada que temer.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección nos lleva directamente al corazón del miedo. Y lo hace sin rodeos: el miedo no procede del mundo, ni de las circunstancias, ni de los demás. Procede de la creencia en la separación de Dios.

En el sistema de pensamiento del ego, nos percibimos como seres aislados, vulnerables, expuestos a un universo incierto. Desde esa percepción, el miedo parece lógico. Si estoy solo, si soy un cuerpo frágil en un mundo impredecible, entonces debo defenderme. Debo anticiparme. Debo protegerme.

Pero la lección desmantela esa baseno estamos solos ni lo hemos estado jamás.

Somos una extensión de la Mente de Dios. No puede existir creación separada de su Fuente. Nada creado puede desconectarse de aquello que le dio origen. Pensar que estamos solos es como imaginar que un rayo de sol puede separarse del sol.

Si realmente supiéramos —no como concepto, sino como certeza— que Dios nos acompaña en todo momento, ¿cómo podríamos temer?

El miedo implica una sospecha, que estamos desprotegidos, que el Amor nos ha abandonado, que la Vida puede volverse contra nosotros. En el fondo, es creer que Dios puede ser injusto, vengativo o indiferente.

Pero eso es proyectar sobre Dios las características del ego.

Creemos que hemos transgredido Sus leyes. Creemos que hemos pecado. Creemos que merecemos castigo.

Y desde esa creencia fabricamos la imagen de un Dios que expulsa, condena y castiga. Así nace el mito del “Este del Edén”, la idea de que fuimos desterrados de la abundancia y arrojados a la escasez.

Sin embargo, el Curso es claro: Dios no castiga porque no percibe pecado. La separación nunca ocurrió en la realidad. El miedo es el efecto de haber creído en una ilusión.

Cuando nos identificamos con el ego, nos percibimos como individuos compitiendo en un mundo hostil. Los demás dejan de ser hermanos y se convierten en amenazas potenciales.

El ego vive en vigilancia constante. Ataca para no ser atacado. Se defiende incluso antes de que exista peligro. Ese estado continuo de alerta es lo que experimentamos como ansiedad, inseguridad o temor difuso. El ego se siente solo, y esa soledad le aterra. Pero la soledad es imposible en la Unidad.

La lección nos invita a una toma de conciencia profunda: el miedo pertenece al sueño.

Cuando despertamos —aunque sea por un instante— comprendemos que jamás estuvimos separados. Que la pesadilla de abandono fue solo eso, una pesadilla.

La consciencia de Unidad no es una idea reconfortante; es una experiencia transformadora. En ella, la escasez se disuelve en abundancia. La culpa se disuelve en inocencia. El ataque pierde sentido  el miedo es sustituido por Amor.

No se trata de negar que el miedo se experimente, sino de reconocer que no tiene fundamento real.

Mientras creemos que nuestra fortaleza depende de recursos externos —dinero, relaciones, reconocimiento, poder— seguiremos vulnerables.

Pero cuando reconocemos que nuestra fortaleza está en nuestra unión con Dios, descubrimos algo radical: no hay nada que defender.

La mente que sabe que es una con el Padre descansa. No necesita atacar. No necesita proteger una identidad frágil. Esa mente vive desde la confianza.

Esta lección no es solo contemplativa; es profundamente práctica. Cada vez que el miedo aparezca, podemos preguntarnos: ¿Qué estoy creyendo ahora acerca de mí? ¿Estoy actuando como si estuviera solo? ¿He olvidado que formo parte de la Mente de Dios?

El miedo no se vence luchando contra él, sino recordando la verdad que lo deshace.

La lección 48 nos conduce a una certeza sencilla pero revolucionaria: Nada puede amenazar la realidad. Nada irreal existe.

Cuando esta comprensión empieza a asentarse, el miedo pierde su raíz. Y el Amor —que siempre estuvo ahí— ocupa naturalmente su lugar.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que el miedo tiene una causa real.
Hasta aquí, el Curso ha ido retirando, una a una, las falsas fuentes de sostén del ego: la fortaleza personal, la mente privada, el control, el juicio y el perdón entendido como esfuerzo humano.

Ahora llega a una conclusión inevitable: si Dios es la Fuente, la Fortaleza, la Luz, la Mente y el Amor, entonces el miedo carece de fundamento.

Esta lección no intenta convencer a la mente de que “no debería tener miedo”, sino que corrige la premisa que lo sostiene. El miedo no es una reacción razonable ante algo real, sino el efecto de haber creído en la separación.

Decir “no hay nada que temer” no es una afirmación optimista, sino una afirmación ontológica: no hay nada fuera de Dios, y Dios no contiene miedo.

Instrucciones prácticas:

La práctica conserva la sencillez radical del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes a lo largo del día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • ansiedad,
    • preocupación,
    • anticipación negativa,
    • sensación de amenaza,
    • inquietud sin causa clara.

La lección no pide analizar el origen del miedo, ni combatirlo, ni justificarlo.

La práctica consiste simplemente en reconocer que el miedo no tiene objeto real y permitir que la mente se aquiete en esa certeza.

No se nos pide que seamos valientes, sino que dejemos de otorgar realidad a lo que no la tiene.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente arraigada: “Si siento miedo, debe haber una razón.”

Desde esta creencia, la mente busca causas, escenarios y explicaciones que refuercen el temor. El ego necesita justificar el miedo para sostener su identidad vulnerable.

Aceptar que no hay nada que temer produce un efecto psicológico inmediato: el miedo pierde urgencia, la mente deja de buscar amenazas, y aparece una sensación de alivio.

No porque las sensaciones desaparezcan de inmediato, sino porque ya no se les concede autoridad.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: El miedo no es una respuesta, es un error de pensamiento.

El miedo surge cuando la mente cree que puede estar separada de su Fuente. Pero si la separación nunca ocurrió, el miedo no puede tener causa real.

Aquí se consolida una enseñanza esencial del Texto: el miedo no se vence, se deshace al reconocer su irrealidad.

Cuando la mente deja de interpretar la percepción como amenaza, el miedo se disuelve sin esfuerzo, porque no tiene dónde sostenerse.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y perfectamente coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono
  • 47 → Dios es la fortaleza en la que confío
  • 48 → No hay nada que temer

Después de corregir desde dónde me sostengo, desde dónde veo, desde dónde pienso, desde dónde perdono, desde dónde confío, el Curso llega a una consecuencia natural: el miedo no puede existir.

Aquí se desmantela una de las columnas centrales del ego: la creencia en un mundo peligroso.

Consejos para la práctica:

  • No intentar eliminar el miedo.
  • No discutir con él.
  • No buscar causas externas.
  • No usar la idea como negación forzada.

Aplicar la idea especialmente cuando surjan pensamientos como:

  • “Algo malo puede pasar”.
  • “No estoy a salvo”.
  • “Y si pierdo…”.
  • “No sé qué va a ocurrir”.

La lección no pide control emocional, pide confianza en la ausencia de peligro real.

Conclusión final:

La Lección 48 enseña que el miedo no procede de lo que ocurre, sino de haber olvidado Quién nos sostiene.

Cuando acepto que no hay nada que temer, la mente deja de anticipar, el cuerpo se relaja, y la paz comienza a ser natural.

Aquí el Curso consolida una verdad profundamente liberadora: El miedo no es una señal de peligro, es una señal de que he olvidado la verdad.

Y al recordar la verdad, el miedo se desvanece sin lucha.

Frase inspiradora: “Cuando recuerdo que nada está fuera de Dios, descubro que nunca hubo nada que temer”.


Ejemplo-Guía: ¿cómo vencer nuestros miedos?

La pregunta no está formulada al azar. Decimos “nuestros” miedos porque el miedo parece íntimo, personal, casi intransferible. Lo que a uno le paraliza, a otro le resulta insignificante. Esto ya nos da una pista esencial, el miedo no es una realidad objetiva, sino una interpretación nacida de la conciencia individualizada.

El miedo surge de la creencia en la separación. Antes de que esa creencia pareciera instalarse en la mente, el miedo no existía:

“Antes de la separación la mente era invulnerable al miedo, ya que el miedo no existía” (T-2.III.2:2).

Por tanto, su origen no está en los acontecimientos del mundo ni en las circunstancias externas, sino en un pensamiento equivocado acerca de lo que somos. Cada vez que la mente sirve a la idea de que estamos separados de Dios, fabrica automáticamente la textura del miedo.

El Curso es claro:

“Tanto la separación como el miedo son creaciones falsas que tienen que deshacerse…” (T-2.III.2:3-4).

¿Qué hacemos cuando tenemos miedo? Cuando sentimos miedo, estamos otorgando poder a algo externo. Le estamos diciendo, consciente o inconscientemente: “Tú puedes dañarme”.

Pero ¿qué es lo que realmente valoramos cuando tememos perder algo? El miedo revela dónde hemos puesto nuestro tesoro. Si tememos la pérdida económica, el rechazo, la enfermedad o el fracaso, es porque hemos otorgado a esas cosas el poder de definir nuestra seguridad y nuestra identidad.

El Curso nos recuerda que el error no está en la situación, sino en la mente que la interpreta.

Pensemos en el ejemplo del Sr. M. No es su trabajo lo que le aprisiona; es su creencia en la pérdida. No es la empresa la que le roba la paz; es su identificación con la escasez. Vive atrapado entre el deseo de cambio y el miedo a perder seguridad económica. Esa división interior genera conflicto. Y el conflicto es siempre expresión de miedo.

“Sólo tu mente puede producir miedo. Hace eso cada vez que está en conflicto con respecto a lo que quiere…” (T-2.VI.6:6-7).

El problema no está en el empleo. Está en la mente dividida.

El ego intenta vencer el miedo luchando contra él en el nivel de los efectos: cambiando circunstancias, acumulando más seguridad, controlando más variables. Pero esa estrategia confirma su realidad. Cuanto más lo combate, más lo refuerza.

El Curso insiste en que la corrección debe hacerse en el nivel de la causa:

“Cambiar de mentalidad, no de comportamiento… La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio” (T-2.VI.3:4-7).

No se trata de modificar primero la forma externa, sino de sanar la percepción.

El Curso nos ofrece una secuencia extraordinariamente clara:

“Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
El miedo procede de una falta de amor.
El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
El amor perfecto es la Expiación” (T-2.VI.7:1-8).

Este esquema es radicalmente simple:

  1. Admito que estoy sintiendo miedo.

  2. Reconozco que, en ese instante, he decidido no amar.

  3. Acepto que el remedio no es control, ni defensa, ni ataque, sino volver al Amor.

Eso es permitir que el Espíritu Santo reinterprete la situación.

El miedo no se vence; se deshace. No es un enemigo real; es una ausencia de Amor.

El Curso lo resume de manera luminosa:

“El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.
Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.
Cree esto y serás libre” (T-1.VI.5:4-10).

Aquí está la clave: el miedo no tiene sustancia propia. Es una fabricación de la mente dividida. Cuando la mente acepta la Expiación —es decir, acepta que la separación nunca ocurrió— el miedo pierde fundamento.

Entonces, ¿cómo “vencer” nuestros miedos? No luchando contra ellos. No intentando dominarlos. No negándolos. Sino reconociendo que son señales de que hemos olvidado quiénes somos.

Cada vez que el miedo aparezca, podemos decir internamente:

  • He elegido interpretar desde la separación.

  • Esto es una falta de amor.

  • Puedo elegir de nuevo.

Y en esa elección, volvemos a la Unidad.

La lección 48 no nos invita a ser valientes en el sentido humano, sino a ser conscientes. El verdadero valor nace cuando recordamos que nunca hemos estado separados de Dios.

En esa memoria, el miedo simplemente no tiene dónde sostenerse. 

Reflexión: Si tengo miedo, no estoy pensando con la Mente de Dios.

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (13ª parte).

VII. La roca de la salvación (13ª parte).

13. Recuerda que toda tentación no es más que esto: la creencia descabellada de que la locura de Dios te devolvería la cordura y te daría lo que quisieses, y de que o tú o Dios tenéis que perder frente a la locura porque vuestros objetivos son irreconciliables. 2La muerte exige vida, pero la vida no cuesta nada. 3Nadie tiene que sufrir para que la Voluntad de Dios se haga. 4La salvación es Su Voluntad porque tú la compartes con Él. 5No es sólo para ti, sino para el Ser que es el Hijo de Dios. 6Éste no puede perder, pues si pudiese, ello supondría una pérdida para su Padre, y para Él la pérdida es imposible. 7Y esto es cuerdo porque es la verdad.    

Este párrafo redefine toda tentación sin excepción. No la presenta como deseo, debilidad moral o atracción hacia el placer, sino como una única creencia absurda, repetida en múltiples formas: la idea de que la locura de Dios podría salvarte.

La tentación se reduce así a una premisa falsa: creer que lo que niega a Dios puede restaurarte.

Según esta lógica, la cordura solo podría alcanzarse a costa de Dios, o bien Dios tendría que perder para que tú ganes. La tentación siempre plantea un conflicto irreconciliable entre tú y Dios, como si vuestros objetivos fueran opuestos.

Este es el núcleo del engaño: o tú o Dios tenéis que perder.

El Curso desmantela esta idea mostrando su absurdo lógico. Si Dios pudiera perder, no sería Dios. Si tú pudieras ganar a costa de Dios, no serías Su Hijo. La tentación siempre implica una visión de la realidad basada en la pérdida, y por tanto, en la locura.

El texto introduce entonces una afirmación fundamental: La muerte exige vida, pero la vida no cuesta nada.

Aquí se establece una distinción radical entre dos sistemas: la muerte exige sacrificio, la vida no exige nada.

La Voluntad de Dios no necesita sufrimiento, pago ni renuncia. Nadie tiene que sufrir para que Su Voluntad se cumpla, porque Su Voluntad ya es.

La salvación no es una concesión divina, sino una Voluntad compartida. No es solo para el “yo” individual, sino para el Ser del Hijo de Dios, que es uno con todos. Y ese Ser no puede perder, porque una pérdida del Hijo sería una pérdida del Padre, lo cual es imposible.

El párrafo culmina afirmando que esta conclusión no es mística ni emocional, sino perfectamente cuerda, porque es verdadera. La verdad no exige sacrificio, y la cordura no puede surgir del conflicto.

Mensaje central del punto:

  • Toda tentación es una sola creencia falsa.
  • La tentación propone que Dios esté loco.
  • Presenta un conflicto entre Dios y Su Hijo.
  • Sugiere que alguien debe perder.
  • La muerte exige sacrificio; la vida no.
  • Nadie tiene que sufrir para que se cumpla la Voluntad de Dios.
  • El Hijo de Dios no puede perder.
  • Esto es cuerdo porque es verdad.

Claves de comprensión:

  • La tentación no tiene múltiples formas reales.
  • Siempre propone ganancia a costa de Dios.
  • El sacrificio es señal inequívoca de ilusión.
  • La Voluntad de Dios no compite con nada.
  • La salvación es compartida, no individual.
  • La imposibilidad de la pérdida define la verdad.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Ante cualquier tentación, pregúntate: “¿Estoy creyendo que alguien debe perder?”
  • Observa cuándo aparece la idea de sacrificio necesario.
  • Recuerda que la vida no exige pago alguno.
  • Practica rechazar cualquier pensamiento que enfrente tu bien al de Dios.
  • Descansa en la idea de que la salvación no tiene costo.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué tentaciones sigo interpretando como inevitables?
  • ¿Dónde creo que el bien tiene un costo?
  • ¿Qué sacrificios sigo justificando?
  • ¿Puedo aceptar que la vida no exige nada?
  • ¿Estoy dispuesto a soltar la idea de conflicto con Dios?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo revela que la tentación no es poderosa, solo repetitiva. Siempre propone lo mismo: que la locura puede salvarte y que Dios debe perder para que tú ganes. Al reconocer esta estructura, la tentación pierde todo su atractivo, porque se ve como lo que es: una contradicción imposible.

La verdad no compite, no exige, no sacrifica. La salvación es la Voluntad compartida de Dios y Su Hijo, y por eso la pérdida es imposible.

Esto es cuerdo. Porque es verdad.

Frase inspiradora:

“La vida no cuesta nada.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier tentación, repite con suavidad:

“Nada tiene que perder para que yo sea salvo.”

Y permite que la cordura se reafirme sola.

lunes, 16 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 47

LECCIÓN 47

Dios es la fortaleza en la que confío.

1. Si sólo confías en tus propias fuerzas, tienes todas las razones del mundo para sentirte aprensivo, ansioso y atemorizado. 2¿Qué puedes predecir o controlar? 3¿Qué hay en ti con lo que puedas contar? 4¿Qué te podría capacitar para ser consciente de todas las facetas de un problema, y de resolverlos de tal manera que de ello sólo resultase lo bueno? 5¿Qué hay en ti que te permita poder reconocer la solución correcta, y garantizar su consecución?

2. Por ti mismo no puedes hacer ninguna de esas cosas. 2Creer que puedes es poner tu confianza en algo que no es digno de ella, y justificar el miedo, la ansiedad, la depresión, la ira y el pesar. 3¿Quién puede depositar su fe en la debilidad y sentirse seguro? 4Por otra parte, ¿quién puede depositar su fe en la fortaleza y sentirse débil?

3. Dios es tu seguridad en toda circunstancia. 2Su Voz habla por Él en toda situación y en todos los aspectos de cada situación, diciéndote exactamente qué es lo que tienes que hacer para invocar Su fortaleza y Su protección. 3En esto no hay excepciones porque en Dios no hay excepciones. 4Y la Voz que habla por Él piensa como Él.

4. Hoy trataremos de llegar más allá de tu debilidad hasta la Fuente de la verdadera fortaleza. 2Son necesarias hoy cuatro sesiones de práctica de cinco minutos cada una, aunque se te exhorta a que hagas más y a que les dediques más tiempo. 3Cierra los ojos y comienza como de costumbre repitiendo la idea de hoy. 4Luego dedica un minuto o dos a buscar situaciones en tu vida que hayas revestido de temor, y desecha cada una de ellas diciéndote a ti mismo:

5Dios es la fortaleza en la que confío.

5. Trata ahora de deslizarte más allá de todas las preocupaciones relacionadas con tu propia sensación de insuficiencia. 2Es obvio que cualquier situación que te causa inquietud está asociada con sentimientos de insuficiencia, pues, de lo contrario, creerías que puedes lidiar con la situación con éxito. 3Confiando en ti mismo no es la manera de adquirir confianza. 4Mas la fortaleza de Dios en ti tiene éxito en todo.

6. Reconocer tu propia debilidad es un paso necesario para la corrección de tus errores, pero no es suficiente para darte la confianza que necesitas, y a la que tienes derecho. 2Debes adquirir asimismo la conciencia de que confiar en tu verdadera fortaleza está plenamente justificado en relación con todo y en toda cir­cunstancia.

7. En la última fase de cada sesión de práctica, trata de llegar muy hondo dentro de tu mente a un lugar de verdadera seguridad. 2Reconocerás que has llegado cuando sientas una profunda sensación de paz, por muy breve que sea. 3Despréndete de todas las trivialidades que bullen y burbujean en la superficie de tu mente, y sumérgete por debajo de ellas hasta llegar al Reino de los Cielos. 4Hay un lugar en ti donde hay perfecta paz. 5Hay un lugar en ti en el que nada es imposible. 6Hay un lugar en ti donde mora la fortaleza de Dios.

8. Repite la idea frecuentemente en el transcurso del día. 2Úsala como respuesta a cualquier cosa que te perturbe. 3Recuerda que tienes derecho a la paz porque estás depositando tu confianza en la fortaleza de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección nos confronta con una idea radical: la verdadera fortaleza no está fuera de nosotros.

La personalidad identificada con el ego vive en permanente estado de búsqueda. Cuando se siente débil, confundida o amenazada, corre hacia el exterior: personas, recursos, reconocimientos, seguridades materiales. Busca apoyos, validaciones, soluciones visibles.

Pero ese movimiento tiene una raíz muy clara: la creencia en la separación.

El ego parte de una premisa falsa: “Estoy solo y soy insuficiente”. Desde ahí, toda su estrategia consiste en compensar esa supuesta carencia. Si me siento débil, necesito que otro me sostenga. Si me siento inseguro, necesito acumular. Si me siento vacío, necesito poseer. Y así nace el “dios de la posesión”.

El ego confunde fortaleza con control. Confunde seguridad con acumulación. Confunde poder con dominio. Desde su lógica, tener es ser. Y dar es perder.

Por eso atesora, protege, compite y teme. Porque si su identidad depende de lo que posee —bienes, relaciones, prestigio, poder— entonces cualquier amenaza externa pone en peligro su existencia misma.

Sin embargo, esta búsqueda jamás conduce a la paz. El mundo de la forma es inestable por naturaleza. Todo cambia. Todo se pierde. Todo es temporal.

El ego deposita su confianza en lo efímero y luego se sorprende cuando esa base se desmorona. Y ahí vuelve a empezar el ciclo: más búsqueda, más posesión, más miedo.

La lección nos invita a cambiar completamente de dirección. La fortaleza que buscamos no se encuentra en el exterior porque no es algo que tengamos que adquirir, sino algo que tenemos que recordar.

Nuestra verdadera identidad no es el yo frágil que necesita defenderse. Somos Espíritu. Somos extensión de la Mente de Dios. Nuestra Fuente no es limitada ni vulnerable.

Cuando establecemos comunión con nuestra naturaleza divina —cuando dejamos de identificarnos con el personaje que cree estar solo— descubrimos que el poder que buscábamos siempre estuvo en nosotros.

No es el poder de controlar. Es el poder de permanecer en paz.

No es el poder de imponerse. Es el poder de no ser afectado por la ilusión.

No es el poder de poseer. Es el poder de extender.

El ego se siente escaso. El Espíritu es plenitud.

El ego teme perder. El Espíritu sabe que nada real puede perderse.

El ego busca apoyo fuera. El Espíritu descansa en la Unidad.

Cuando dejamos de buscar fuera lo que sólo puede encontrarse dentro, algo se aquieta. La ansiedad disminuye. La dependencia emocional se suaviza. La necesidad de aprobación pierde fuerza.

Descubrimos que la verdadera confianza nace de sabernos sostenidos por Algo mayor que el mundo de las formas.

Esta lección nos conduce a una reflexión esencial: ¿En qué estoy depositando mi confianza?

Si mi confianza está en las personas, sufriré cuando cambien.
Si está en el dinero, temeré perderlo.
Si está en mi cuerpo, temeré su deterioro.

Pero si mi confianza está en Dios, en la Unidad, en la naturaleza eterna de mi Ser, entonces nada externo puede arrebatarme la paz.

Y esa es la verdadera fortaleza. No la que impresiona.  No la que domina. No la que acumula. Sino la que descansa.

Hoy se nos invita a dejar de buscar salvadores externos y a reconocer que el poder que anhelamos es inherente a lo que somos. Cuando recordamos eso, el mundo deja de ser un campo de batalla y se convierte en un aula. Y la fortaleza ya no es algo que perseguimos. Es lo que somos.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que la confianza puede depositarse en algo externo o personal: el cuerpo, las capacidades individuales, las circunstancias, las personas o el futuro.

Hasta ahora, el ego se ha sostenido sobre otra premisa básica: “Estoy seguro si controlo, si me defiendo, si anticipo, si me esfuerzo.”

Desde esa idea surge la ansiedad, la vigilancia constante y la sensación de vulnerabilidad. El Curso corrige esta creencia afirmando que la verdadera fortaleza no es algo que el yo deba construir, sino algo que ya está dado en Dios.

Esta lección no niega la experiencia de confiar, sino que corrige su fundamento. No se trata de aprender a confiar mejor, sino de reconocer en qué estoy confiando realmente.

Cuando acepto que Dios es la fortaleza en la que confío, la confianza deja de ser una estrategia mental y se convierte en reposo interior.

Instrucciones prácticas:

La práctica mantiene la sencillez característica del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes durante el día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • miedo,
    • inseguridad,
    • sensación de debilidad,
    • necesidad de protegerse,
    • preocupación por el futuro.

La lección no pide analizar las causas del miedo ni demostrar valentía.

La práctica consiste en recordar la Fuente de la fortaleza y permitir que la mente deje de apoyarse en defensas ilusorias.

No se nos pide que seamos fuertes, sino que dejemos de buscar fortaleza donde no existe.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente arraigada: “Debo ser fuerte por mí mismo.”

Desde esta creencia surge el agotamiento emocional, la hipervigilancia y el miedo a fallar. El ego confunde fortaleza con resistencia y control, y por eso vive en tensión permanente.

Aceptar que Dios es la fortaleza en la que confío produce un efecto psicológico inmediato:

  • Disminuye la presión interna.
  • Se relaja la necesidad de control.
  • Aparece una sensación de sostén.

No porque desaparezcan los desafíos, sino porque ya no se viven como amenazas personales.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: La fortaleza no pertenece al yo separado, sino a la Fuente.

Confiar en Dios no significa delegar responsabilidades externas, sino retirar la fe puesta en el ego. La verdadera fortaleza no defiende, no ataca y no se justifica; simplemente es.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: la debilidad es una ilusión nacida de la creencia en la separación. Al recordar nuestra unión con Dios, la debilidad pierde todo fundamento.

Cuando la mente deja de identificarse con su fragilidad imaginada, la fortaleza se revela como algo natural.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono
  • 47 → Dios es la fortaleza en la que confío

Después de corregir desde dónde me sostengo, desde dónde veo, desde dónde pienso, desde dónde perdono, el Curso consolida ahora desde dónde confío.

Aquí se deshace otra defensa esencial del ego: la creencia de que la seguridad depende del esfuerzo personal.

Consejos para la práctica:

  • No intentar “sentirse fuerte”.
  • No negar el miedo.
  • No usar la idea como afirmación defensiva.
  • No evaluar si la confianza “funciona”.

Aplicar la idea especialmente cuando aparezcan pensamientos como:

  • “No puedo con esto”,
  • “Tengo que protegerme”,
  • “Y si sale mal…”,
  • “No soy suficiente”.

La lección no pide valentía, pide rendición de la falsa autosuficiencia.

Conclusión final:

La Lección 47 enseña que la inseguridad no proviene de lo que ocurre, sino de haber puesto la confianza en una fuente equivocada.

Cuando acepto que Dios es la fortaleza en la que confío, el miedo pierde su base, la tensión se disuelve, y la mente descansa.

Aquí el Curso consolida otra verdad profundamente liberadora: No necesito protegerme, porque no soy el origen de mi propia fortaleza.

Y en ese reconocimiento, la confianza deja de ser un acto mental y se convierte en un estado natural.

Frase inspiradora: “Cuando dejo de sostenerme solo, la fortaleza que siempre estuvo ahí se hace evidente”.


Ejemplo-Guía: ¿Cómo podemos resolver nuestros problemas?

La pregunta parte, inevitablemente, de la conciencia de ego. Y esto no es un error; es simplemente el punto desde el que creemos estar. Para el ego, un “problema” es algo externo que debe corregirse en el nivel donde fue percibido.

Si el conflicto es de relación, intenta cambiar al otro.
Si el problema es económico, intenta modificar las circunstancias.
Si el problema es emocional, intenta controlar los efectos.

Pero el ego siempre trabaja sobre los síntomas, nunca sobre la causa. Y por eso sus soluciones son temporales, parciales o directamente generadoras de nuevos conflictos.

El Curso nos recuerda con claridad que nuestra percepción está profundamente equivocada:

“No sabes cuál es el significado de nada de lo que percibes. Ni uno solo de los pensamientos que albergas es completamente verdadero… Reconoce esto, pero no lo aceptes, pues el entendimiento es tu herencia” (T-11.VIII.3:1-6).

Este reconocimiento es el punto de partida. No entendemos lo que creemos entender. No vemos donde creemos ver. Y mientras intentemos resolver desde esa base, perpetuaremos el error.

¿Dónde está realmente el problema? Todo problema, según las enseñanzas del Curso, tiene una única raíz: la creencia en la separación.

La dificultad no está en la situación externa, sino en el pensamiento que la interpreta. El conflicto nace en la mente y es allí donde debe deshacerse.

Por eso no se trata de poner la solución en manos del ego —que defiende la separación— sino en manos del Espíritu Santo, que corrige desde la Unidad.

El Espíritu Santo responde a cada problema específico mientras aún creemos en problemas específicos. Pero Su respuesta es siempre la misma en esencia: deshacer el error en la mente.

¿Cómo sabemos que una solución proviene del Espíritu? El Curso nos da un criterio inequívoco:

Aquello que resuelva será siempre una solución en la que nadie pierde. Y esto tiene que ser verdad porque Él no le exige sacrificios a nadie. Cualquier solución que le exija a alguien la más mínima pérdida, no habrá resuelto el problema” (T-25.IX.3:1-3).

Esta es la piedra angular: si alguien pierde, no es una verdadera solución.

El ego siempre plantea escenarios de ganadores y perdedores. Divide, compara, calcula cuánto conserva uno y cuánto cede el otro:

“El ego… ve la solución a cualquier problema como un estado en el que se ha decidido quién ha de ganar y quién ha de perder” (T-25.IX.4:4-5).

Desde esa lógica, incluso cuando “ganamos”, el conflicto continúa latente.

En cambio, el Espíritu Santo jamás puede considerar la injusticia como solución:

“Es imposible que el Espíritu Santo pueda ver cualquier clase de injusticia como la solución” (T-25.IX.3:4).

Y añade el Curso:

“Ver la inocencia hace que el castigo sea imposible y la justicia inevitable… Él no ve pérdidas de ninguna clase” (T-25.IX.4:1-3).

La justicia del mundo se basa en compensaciones y castigos. La justicia del Espíritu se basa en la inocencia.

“La forma en que el Espíritu Santo resuelve todo problema es la manera de solventarlo… El principio según el cual la justicia significa que nadie puede perder es crucial para el objetivo de este curso” (T-25.IX.5:1-3).

El problema se repite mientras no sea resuelto en su causa. Y la causa es siempre una percepción errónea acerca de quién somos y quién es nuestro hermano.

El ego responde con venganza. Pero el Curso lo afirma sin ambigüedad: “Ningún problema se puede resolver mediante la venganza” (T-25.IX.4:7).

Entonces… ¿cómo resolvemos nuestros problemas?

  1. Reconociendo que no entendemos la situación.

  2. Retirando nuestra interpretación egoica.

  3. Entregando la percepción al Espíritu Santo.

  4. Aceptando una solución donde nadie pierda.

Resolver un problema no es cambiar el mundo exterior, sino permitir que se corrija la percepción interna.

Cuando la mente deja de ver ataque, deja de necesitar defensa. Cuando deja de ver pérdida, deja de luchar. Cuando deja de ver culpa, deja de castigar. Y entonces, el problema desaparece porque nunca estuvo donde creíamos.

En definitiva, no resolvemos problemas combatiéndolos, sino deshaciendo el pensamiento que los fabricó. Y esa es la verdadera fortaleza que esta lección nos enseña.

Reflexión: ¿Crees que para que una situación de conflicto de relación se solucione, alguien tiene que perder o ganar?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (12ª parte).

VII. La roca de la salvación (12ª parte).

12. La salvación es el renacimiento de la idea de que nadie tiene que perder para que otro gane. 2todo el mundo tiene que ganar, si es que uno solo ha de ganar. 3Con esto queda restaurada la cordura. 4sobre esta única roca de verdad la fe puede descansar con perfecta confianza y en perfecta paz en la eterna cordura de Dios. 5La razón queda satisfecha, pues con esto todas las creen­cias dementes pueden ser corregidas. 6si esto es verdad, el pecado no puede sino ser imposible. 7Ésta es la roca sobre la que descansa la salvación, el punto estratégico desde el que el Espí­ritu Santo le confiere significado y dirección al plan en el que tu función especial tiene un papel que jugar. 8Pues aquí tu función especial se vuelve íntegra porque comparte la función de la tota­lidad. 

Este párrafo define con absoluta precisión qué es la salvación, desmontando cualquier interpretación sacrificial, moral o competitiva. La salvación no es rescate, premio ni excepción: es el renacimiento de una idea. No algo nuevo, sino algo recordado.

Esa idea es radical y simple: nadie tiene que perder para que otro gane.

Aquí se corrige de raíz la lógica del mundo. La ganancia deja de estar asociada al sacrificio, y la pérdida queda revelada como una premisa falsa. La salvación ocurre cuando esta idea vuelve a ocupar el lugar que le corresponde en la mente.

El texto va aún más lejos: todo el mundo tiene que ganar, si es que uno solo ha de ganar.

Esto excluye toda posibilidad de salvación parcial, individual o selectiva. Si la ganancia no es total, no es real. La salvación es necesariamente inclusiva, o no es salvación en absoluto.

A partir de esta idea, se afirma algo decisivo: Con esto queda restaurada la cordura.

La cordura no se restaura mediante corrección conductual ni esfuerzo moral, sino cuando se abandona la creencia en la pérdida. La locura consistía precisamente en creer que el sacrificio era necesario.

Sobre esta idea —y solo sobre ella— la fe puede descansar. No luchar, no buscar, no defenderse. La roca de la salvación es descrita como la eterna cordura de Dios, lo que indica que esta verdad no es negociable ni provisional.

El texto afirma que la razón queda satisfecha. Esto es clave: la salvación no contradice la razón, sino que la libera de premisas dementes. Cuando esta idea se acepta, todas las creencias basadas en sacrificio, culpa y castigo pueden ser corregidas sin conflicto.

De ahí se deduce una consecuencia inevitable: si esto es verdad, el pecado no puede sino ser imposible.

El pecado no se combate; se vuelve lógicamente imposible cuando se elimina la necesidad de pérdida.

El párrafo culmina integrando todo el capítulo: esta idea es la roca, el punto estratégico del plan del Espíritu Santo, y el lugar donde la función especial recupera su verdadera naturaleza.

Aquí se produce la integración final: la función especial deja de ser “especial” en sentido exclusivo y se vuelve íntegra, porque comparte la función de la totalidad. Ya no sirve a la separación, sino a la inclusión.

Mensaje central del punto.

  • La salvación es el renacimiento de una idea.
  • Nadie tiene que perder para que otro gane.
  • Si uno gana, todos ganan.
  • Esta idea restaura la cordura.
  • Sobre ella la fe puede descansar en paz.
  • La razón queda satisfecha.
  • El pecado se vuelve imposible.
  • La función especial se integra en la totalidad.

Claves de comprensión:

  • La salvación no es un evento, sino un cambio de premisa.
  • La pérdida es incompatible con la verdad.
  • La inclusión total es el criterio de realidad.
  • La fe descansa cuando no hay amenaza.
  • La razón no es enemiga de la verdad, sino su aliada.
  • La función especial solo es verdadera cuando sirve al todo.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Observa cuándo interpretas una situación como ganancia/pérdida.
  • Practica recordar que la ganancia real no excluye.
  • Deja de medir el progreso en términos de sacrificio.
  • Permite que la paz sea el criterio de verdad.
  • Reconoce que tu función beneficia a todos o no es real.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué áreas sigo creyendo que alguien debe perder?
  • ¿Qué sacrificios sigo justificando?
  • ¿Puedo concebir una ganancia que incluya a todos?
  • ¿Descansa mi fe o sigue defendiéndose?
  • ¿Sirve mi función al todo o a una identidad separada?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo establece el fundamento definitivo de la salvación. Todo el capítulo converge aquí. Cuando se abandona la creencia en la pérdida, la cordura se restaura, la razón descansa, el pecado se vuelve imposible y la función especial se integra en la totalidad.

La salvación no es un logro individual, sino el recuerdo compartido de que la ganancia real no excluye a nadie. Sobre esta roca, la paz es inevitable.

Frase inspiradora:

“Cuando uno gana, todos ganan.”

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier situación de conflicto o comparación, repite lentamente:

“Nadie tiene que perder para que yo gane.”

Y deja que esa idea haga el trabajo de la salvación.