martes, 15 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 258

LECCIÓN 258

Que recuerde que Dios es mi objetivo.

1. Lo único que necesitamos hacer es entrenar nuestras mentes a pasar por alto todos los objetivos triviales e insensatos, y a recor­dar que Dios es nuestro objetivo. 2Su recuerdo se encuentra oculto en nuestras mentes, eclipsado tan sólo por nuestras absurdas e insignificantes metas, que no nos deparan nada y que ni siquiera existen. 3¿Vamos acaso a continuar permitiendo que la gracia de Dios siga brillando inadvertida, mientras nosotros preferimos ir en pos de los juguetes y las baratijas del mundo? 4Dios es nuestro único objetivo, nuestro único Amor. 5No tenemos otro propósito que recordarle.

2. No tenemos otro objetivo que seguir el camino que conduce a Ti. 2Ése es nuestro único objetivo. 3¿Qué podríamos desear sino recordarte? 4¿Qué otra cosa podemos buscar sino nuestra Identidad?

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 258 de Un Curso de Milagros, «Que recuerde que Dios es mi objetivo», me enseña que la práctica constante del recuerdo divino es el medio para despertar a la verdad de lo que soy. Esta lección subraya la importancia de entrenar la mente para que abandone los antiguos hábitos del ego y se alinee con la Voluntad de Dios. Recordar a Dios es recordar nuestra Identidad y vivir en la paz que procede de la certeza de nuestra unión con Él.

La repetición es una técnica que favorece el proceso de aprendizaje. Un Curso de Milagros es, en esencia, un curso de entrenamiento mental. A través de sus lecciones, se nos invita a recordar de manera constante las nuevas ideas y creencias que nos conducen a la verdad. En este sentido, la repetición fortalece aquellas enseñanzas que nos reconectan con nuestra auténtica realidad. Como afirma el Curso: «Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios» (L-pI.rIV.In.5:3).

Este entrenamiento permite romper la dinámica de los viejos hábitos que han condicionado nuestra vida. Al integrar estas nuevas percepciones, la mente se libera progresivamente del miedo y de la ilusión de la separación. Así, aprendemos a sustituir el pensamiento del ego por el pensamiento del Espíritu Santo, orientando nuestra conciencia hacia la paz y la unidad.

No debemos ceder a la tentación que nos tenderá la arcaica creencia en la culpa cuando observemos que hemos recaído en antiguos errores. El ego intentará convencernos de nuestra debilidad y de nuestra supuesta naturaleza pecaminosa, invitándonos a aceptar el castigo como medio de redención. Sin embargo, el Curso nos recuerda que «es el pecado y no el error el que exige castigo» (T-19.II.3:7), mientras que el Espíritu Santo nos ofrece la Expiación como corrección amorosa. En lugar de castigarnos, debemos elegir el perdón y la comprensión.

Recordar a Dios nos invita a vivir el Pensamiento Divino en cada instante presente. Es hacer del ahora un Instante Santo, donde el pasado y el futuro pierden su poder. En ese estado de gracia, la mente se aquieta y experimenta la paz eterna. Como enseña el Curso: «En la quietud recibo hoy la Palabra de Dios» (L-pI.125).

Llegará un día en que no será necesario recordar esta idea de forma constante, pues Dios ocupará la totalidad de nuestra mente. Entonces, más allá de todo concepto, viviremos en la certeza de Su Presencia. Hoy reafirmo mi propósito con humildad y devoción: recordar a Dios en cada pensamiento, palabra y acción. En ese recuerdo hallo la verdad, la paz y la plenitud. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 258 enseña que:

  • La mente tiende a dispersarse en objetivos sin valor real.
  • El recuerdo de Dios ya está presente en ti.
  • Las distracciones lo ocultan, pero no lo eliminan.
  • Elegir lo esencial simplifica la mente.
  • Dios es el único objetivo que realmente satisface.

No es renuncia. Es reordenación de prioridades internas.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que recuerde que Dios es mi objetivo”.

Cada repetición redirige la atención, debilita las distracciones, fortalece la claridad y alinea la mente con lo esencial.

No es esfuerzo mental, es reorientación suave y constante.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS

Esta lección trabaja sobre la dispersión de la atención y la búsqueda en lo superficial.

Cuando sigues objetivos triviales, aumenta la ansiedad, aparece insatisfacción, se refuerza la sensación de vacío y la mente se fragmenta.

Cuando recuerdas lo esencial, la mente se simplifica, disminuye la urgencia, aparece estabilidad y surge una sensación de sentido.

No porque cambie el mundo, sino porque cambia tu foco.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que Dios ya está en tu mente, que no hay distancia real, que el olvido es temporal y que el recuerdo es inevitable.

Y revela algo muy bello: No estás lejos de Dios, sólo estás distraído.

Y cada vez que recuerdas, te acercas en experiencia, aunque nunca te hayas alejado en verdad.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa en qué ocupas tu mente.
  • Detecta objetivos pequeños, preocupaciones o distracciones.

Y entonces, “que recuerde que Dios es mi objetivo”.

Puedes acompañarlo con:

  • “Esto no es lo que realmente quiero”.
  • “Quiero recordar lo esencial”.

Y suavemente volver. Una y otra vez.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No rechazar el mundo con rigidez.
No juzgar tus distracciones.
No intentar eliminar todo de golpe.

Reconocer sin culpa.
Volver con suavidad.
Practicar con constancia, no con presión.

El cambio no es brusco, es una reorientación progresiva.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión aquí se afina aún más:

  • 256 → Unifico mi objetivo.
  • 257 → Recuerdo mi propósito.
  • 258 → Recuerdo cuál es ese propósito.

Ahora ya no hay ambigüedad: Dios es el objetivo.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 258 es profundamente clarificadora:

No necesitas hacer más cosas.
No necesitas buscar más respuestas.
No necesitas resolver todo.

Sólo necesitas dejar de distraerte con lo que no importa y recordar, una y otra vez, qué es lo que realmente quieres.

Y cuando eso se vuelve claro, la mente se aquieta, la búsqueda se simplifica y la paz aparece. Porque finalmente eliges lo único que siempre ha tenido valor.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de perseguir lo trivial, recuerdo que sólo Dios es lo que realmente busco”.


Ejemplo-Guía: ¿Qué efectos tendrá en nuestra vida recordar que Dios es nuestro objetivo?

Sabrás de lo que te hablo cuando comparta contigo que, en el mundo del sueño, el olvido es muy sutil, tanto, que parece haberle ganado la partida a la capacidad de recordar. Nos movemos entre distracciones, preocupaciones y deseos efímeros que desvían nuestra atención de lo esencial, haciéndonos creer que la verdad se encuentra fuera de nosotros.

Sin embargo, recordar a Dios como nuestro único objetivo supone un giro trascendental en nuestra vida. Este acto no implica añadir algo nuevo a nuestra existencia, sino rescatar del olvido aquello que siempre ha estado presente en nuestra mente. Recordar es despertar, y despertar es reconocer nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios.

Sabes, al igual que yo, que para andar un camino es preciso manifestar la firme voluntad de recorrerlo. Muchas podrán ser las vicisitudes que encontremos en esa aventura, pero si nuestro objetivo es difuso, si carecemos de la fortaleza que nace de una decisión clara, es muy posible que abandonemos a mitad del trayecto. En cambio, cuando Dios se convierte en nuestra meta, cada paso adquiere sentido y dirección.

Sabes también que la repetición favorece el hábito, y que el hábito forja el carácter. Este, a su vez, se traduce en vivencias y experiencias que moldean nuestra percepción. De este modo, al recordar a Dios de manera constante, transformamos nuestra manera de ver el mundo. Lo que antes nos perturbaba pierde su poder, y lo que antes temíamos se disuelve en la serenidad de la fe.

Tal vez estés cansado de andar los tortuosos caminos por los que te ha conducido el ego. Sabes que puedes elegir cambiar de rumbo y dejar a un lado al guía equivocado. Esta elección no requiere esfuerzo, sino disposición. Basta con decidir ver las cosas de otra manera para que la luz sustituya a la oscuridad.

Sabes, estoy seguro de ello, que no podrás fracasar en tu nueva elección. Y sabes, igualmente, que para alcanzar el éxito debes convertirla en tu única opción. Recordar a Dios como tu objetivo es elegir la paz en lugar del conflicto, el amor en lugar del miedo y la verdad en lugar de la ilusión.

Los efectos de esta elección se reflejarán en todos los ámbitos de tu vida. Tu mente se liberará de la culpa, tu corazón se abrirá al perdón y tu espíritu descansará en la certeza de la unidad. La ansiedad dará paso a la confianza, la incertidumbre a la claridad y el sufrimiento a la dicha.

Sí, lo sabes. Sabes que elegir recordar a Dios como tu único objetivo te llevará a dejar de desear el mundo ilusorio. Tus ojos contemplarán la realidad con una mirada nueva, inocente y libre. Nada te atará. Nada te atemorizará. Nada te privará.

Y en ese recuerdo, hallarás la paz de Dios, que siempre ha sido tu herencia eterna.


Reflexión: ¿Qué nos impide recordar?

¿Cómo aplicar UCDM cuando tenemos un jefe difícil?

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo aplicar UCDM cuando tenemos un jefe difícil?

Tener un jefe difícil puede convertir el trabajo en una fuente constante de tensión. Puede ser una persona autoritaria, imprevisible, crítica, controladora, poco empática, exigente en exceso o incapaz de reconocer el esfuerzo de los demás. A veces no hace falta que ocurra nada especialmente grave; basta con saber que tendremos que verlo para sentir cómo nuestro cuerpo se tensa y nuestra mente empieza a prepararse: “A ver con qué viene hoy”, “Seguro que vuelve a criticarme”, “Nunca hago nada bien para él”, “No lo soporto”. Y cuando esto se repite cada día, el problema ya no ocupa solo las horas de trabajo. Nos lo llevamos a casa, seguimos pensando en lo que dijo, imaginamos lo que deberíamos haber contestado y empezamos a temer incluso el día siguiente. Desde Un Curso de Milagros, el primer paso no consiste en decirnos que nuestro jefe “no es difícil” ni en obligarnos a sentir amor por alguien que nos produce rechazo. Consiste en observar con honestidad qué está ocurriendo en nuestra mente cada vez que nos relacionamos con él.

Supongamos que nuestro jefe hace una crítica delante de otros compañeros. Quizá lo haga de una manera poco respetuosa. El hecho puede ser real y podemos reconocerlo. Pero después la mente añade toda una historia: “Quiere humillarme”, “Me tiene manía”, “Nunca me valora”, “Quiere que me vaya”, “Soy un inútil”. Aquí podemos aplicar una de las prácticas más sencillas del Curso: separar el hecho de la interpretación. ¿Qué ha ocurrido realmente? ¿Qué estoy añadiendo yo? Esto no significa que nuestra interpretación sea necesariamente equivocada, pero sí nos ayuda a reconocer que la mente suele ir mucho más lejos que los hechos. Quizá hubo una crítica inadecuada, pero de ahí hemos pasado en segundos a imaginar que nuestra carrera profesional está amenazada o que no valemos para nuestro trabajo.

Una pregunta útil puede ser: “¿Qué estoy sintiendo que este jefe pone en peligro?” Tal vez nuestra seguridad económica. Quizá nuestra autoestima. Puede que necesitemos sentirnos reconocidos y su falta de valoración nos duela profundamente. Tal vez nos recuerde a otras figuras de autoridad ante las que nos sentíamos pequeños o incapaces. A veces un jefe difícil no activa únicamente el problema actual; toca heridas antiguas relacionadas con la crítica, el miedo a equivocarnos o la necesidad de aprobación. Reconocerlo puede ayudarnos a comprender por qué reaccionamos con tanta intensidad.

Desde UCDM, también podemos observar cuánto poder hemos entregado a esa persona. Si un comentario suyo determina todo nuestro día, si su aprobación decide cuánto valemos y si su mal humor se convierte automáticamente en nuestro mal humor, quizá hemos colocado demasiada paz en sus manos. Podemos preguntarnos: “¿Estoy permitiendo que la manera en que esta persona me trate decida completamente cómo voy a sentirme conmigo mismo?” El Curso no nos pide negar el impacto de las relaciones, pero sí recordar que nuestra identidad no puede quedar finalmente definida por la opinión de alguien.

Esto puede resultar especialmente difícil cuando dependemos económicamente del trabajo. No es lo mismo decir “no me importa lo que piense” cuando podemos marcharnos mañana que cuando necesitamos ese salario. Por eso la práctica del Curso no consiste en adoptar una falsa indiferencia. Podemos reconocer: “Necesito este trabajo y me preocupa perderlo.” Pero después podemos intentar no convertir ese miedo en una catástrofe continua. Quizá pensemos: “Si mi jefe está descontento, me despedirán; si me despiden, no encontraré nada; si no encuentro nada, mi vida se vendrá abajo.” En pocos segundos hemos recorrido meses imaginarios. Podemos volver al presente y preguntarnos: “¿Qué está ocurriendo realmente hoy?”

Tal vez hoy solo haya una conversación difícil. O una crítica. O una tarea urgente. Podemos ocuparnos de eso. Si existe un problema real con nuestro rendimiento, podemos revisarlo. Si necesitamos mejorar algo, hacerlo. Si consideramos que la crítica es injusta, podemos pedir una conversación. Pero no necesitamos resolver mentalmente toda nuestra vida profesional en un solo día.

También puede ayudarnos distinguir entre corregir y atacar. A veces un jefe difícil nos habla de una manera que consideramos injusta y sentimos un fuerte impulso de responder en el mismo tono. “Pues ahora va a saber lo que pienso.” Pero si respondemos desde el ataque, quizá terminemos agravando el conflicto. Podemos utilizar una pausa interior: “No quiero que mi enfado decida por mí lo que voy a decir.” Después podemos responder con firmeza sin necesidad de humillar. “Entiendo la crítica, pero prefiero que este tipo de comentarios los hablemos en privado.” “Puedo revisar este trabajo, pero necesito que me concrete qué espera de mí.” “Quiero resolverlo, pero no me ayuda que me hable de esa manera.” La firmeza no contradice el Curso. Podemos poner límites sin convertir la conversación en una batalla.

Ésta es una idea importante porque aplicar UCDM en el trabajo no significa convertirnos en empleados pasivos que aceptan cualquier cosa. Si existe acoso, humillación, discriminación o una conducta laboral grave, podemos documentarla, pedir ayuda, acudir a recursos humanos, representación laboral o buscar asesoramiento profesional. La práctica espiritual no sustituye las acciones necesarias. La pregunta sigue siendo: ¿desde qué estado mental quiero actuar? Podemos defender nuestros derechos sin alimentar continuamente el deseo de destruir al otro.

Otra dificultad frecuente es pasar horas hablando del jefe con nuestros compañeros. A veces compartir lo ocurrido puede ayudarnos, pero también puede convertirse en un círculo continuo de quejas. Cada conversación añade nuevos motivos para enfadarnos. Uno recuerda algo, otro añade otra historia, y al final salimos más alterados que antes. Podemos preguntarnos: “¿Esta conversación me ayuda a resolver algo o solo está reforzando mi resentimiento?” No necesitamos fingir que todo está bien, pero quizá podamos limitar el tiempo que dedicamos a alimentar mentalmente aquello que ya nos hace sufrir.

También podemos observar qué imagen hemos construido de esa persona. “Es un tirano.” “Es un narcisista.” “Es una mala persona.” Tal vez su comportamiento sea realmente muy difícil, pero cuando reducimos a alguien por completo a una etiqueta dejamos de ver cualquier otra posibilidad. Desde UCDM podemos intentar separar nuevamente conducta e identidad. Podemos pensar: “Esta persona está actuando de una manera que me resulta muy difícil” en lugar de “esta persona es únicamente eso”. El pequeño cambio no justifica la conducta, pero suaviza nuestra condena.

Podemos incluso considerar que detrás de una forma autoritaria de dirigir puede haber miedo, inseguridad, necesidad de control o presión. No necesitamos conocer su historia ni convertirnos en terapeutas de nuestro jefe. Basta con recordar que quien ataca muchas veces está defendiendo algo. Esto puede ayudarnos a pasar de una visión completamente enemiga a una más amplia: “No me gusta cómo actúa, pero quizá también está reaccionando desde sus propios miedos.” Esa percepción puede reducir parte de nuestra carga emocional.

Otra pregunta práctica puede ser: “¿Qué depende de mí y qué no depende de mí?” No depende de nosotros que nuestro jefe sea más amable, que reconozca nuestro esfuerzo o que cambie su personalidad. Sí puede depender de nosotros cómo organizamos nuestro trabajo, cómo comunicamos los problemas, qué límites establecemos, qué documentación guardamos, cómo buscamos apoyo y si consideramos necesario empezar a buscar otra opción profesional. Cuando separamos ambas cosas, dejamos de gastar tanta energía intentando cambiar mentalmente a quien no podemos controlar.

A veces la aplicación más sana del Curso no consiste en aprender a soportar mejor un ambiente tóxico, sino en reconocer que necesitamos cambiar de trabajo. UCDM no nos pide permanecer donde sufrimos para demostrar que sabemos perdonar. Podemos marcharnos sin odio. Podemos buscar otra oportunidad sin convertir a nuestro jefe en la causa absoluta de nuestra vida. Podemos decir: “Este entorno no me hace bien y quiero buscar otra cosa.” Eso puede ser una decisión clara y responsable.

También puede ocurrir lo contrario: quizá no podamos marcharnos todavía. En ese caso podemos convertir cada encuentro en una práctica concreta. Antes de entrar en una reunión podemos detenernos y decir interiormente: “Ayúdame a no anticipar el ataque. Ayúdame a escuchar lo que realmente se diga. Ayúdame a responder desde la claridad.” Si el jefe vuelve a actuar de manera difícil, podremos practicar en ese momento. No necesitamos conseguir una serenidad perfecta. Basta con reducir un poco el automatismo.

Cuando aparezca una crítica, podemos preguntarnos: “¿Hay algo útil aquí que pueda aprender?” Quizá la forma sea desagradable, pero parte del contenido sea cierto. Si es así, podemos utilizarlo. El ego suele rechazar toda la crítica porque viene de alguien a quien no soportamos. Pero quizá podamos separar el mensaje del mensajero. “No me gusta cómo me lo ha dicho, pero hay algo que puedo mejorar.” Esto nos devuelve capacidad de elección.

Si la crítica es claramente injusta, también podemos reconocerlo sin necesidad de entrar en una lucha mental interminable. “No estoy de acuerdo.” Podemos pedir datos, explicar nuestra posición o dejar constancia. Pero después quizá no necesitemos seguir ensayando la discusión durante toda la noche. Podemos decir: “Ya hice lo que podía hacer. No quiero continuar la reunión dentro de mi cabeza.”

Otra situación frecuente aparece cuando vemos que el jefe trata mejor a otros compañeros. Podemos sentir injusticia, celos o falta de reconocimiento. “A él sí le felicita.” “A mí nunca.” Podemos observar cuánto depende nuestra autoestima de esa comparación. Una pregunta útil puede ser: “¿Necesito que mi jefe reconozca mi valor para que mi trabajo tenga valor?” Claro que el reconocimiento es agradable y puede ser importante profesionalmente, pero una cosa es desearlo y otra convertirlo en la única prueba de nuestra valía.

Podemos aprender también a darnos nosotros una evaluación más equilibrada. ¿Estoy haciendo bien mi trabajo? ¿Qué puedo mejorar? ¿Qué capacidades tengo? ¿Qué errores puedo corregir? Esa mirada puede ser más útil que vivir pendientes del gesto del jefe cada mañana.

Cuando sintamos que la situación nos supera, podemos utilizar algunas preguntas: ¿Qué ha ocurrido realmente? ¿Qué estoy interpretando? ¿Qué siento que está en peligro? ¿Estoy reaccionando al presente o también a antiguas heridas con la autoridad? ¿Hay algo concreto que pueda hacer? ¿Necesito poner un límite? ¿Estoy intentando resolver o vengarme? ¿Puedo dejar de medir mi valor por la aprobación de esta persona? ¿Hay algo que deba aprender de la situación? ¿Necesito empezar a considerar otro camino profesional?

No tenemos que convertirnos en personas que nunca se irritan con su jefe. Habrá días en que saldremos enfadados. Tal vez reaccionemos mal alguna vez. Podemos corregir y volver a practicar. La meta no es soportarlo todo con una sonrisa espiritual. Es aprender a no entregar toda nuestra mente al conflicto.

Quizá antes de entrar al trabajo podamos decirnos: “No puedo decidir cómo se comportará esta persona hoy, pero sí puedo pedir ayuda para decidir cómo quiero responder. No necesito convertirla en mi enemigo para protegerme. Puedo actuar con claridad, poner límites, aprender lo que tenga que aprender y conservar mi dignidad sin alimentar continuamente el ataque.”

Y quizá ésa sea una de las formas más prácticas de aplicar Un Curso de Milagros cuando tenemos un jefe difícil: comprender que no siempre podemos elegir con quién trabajamos ni cómo nos tratarán, pero sí podemos ir aprendiendo a no permitir que la conducta de otra persona se convierta automáticamente en la dueña de nuestra paz, de nuestro valor y de nuestra manera de responder.

¿Y si recordar a Dios no significara pensar constantemente en Él… sino aprender a reconocer cuándo algo pequeño ha ocupado en tu mente el lugar de lo único que realmente deseas? Aplicando la Lección 258.

¿Y si recordar a Dios no significara pensar constantemente en Él… sino aprender a reconocer cuándo algo pequeño ha ocupado en tu mente el lugar de lo único que realmente deseas? Aplicando la Lección 258.

La Lección 258 continúa de forma muy natural el movimiento iniciado en las anteriores: primero elegimos un objetivo, después decidimos no olvidar nuestro propósito y ahora se nos invita a recordar conscientemente cuál es ese objetivo: 👉 “Que recuerde que Dios es mi objetivo.” La lección reconoce que el recuerdo de Dios ya se encuentra en nuestra mente, pero queda temporalmente eclipsado por innumerables metas a las que concedemos una importancia que no poseen. No se nos pide despreciar el mundo ni abandonar nuestras responsabilidades, sino aprender a distinguir entre aquello que utilizamos y aquello a lo que otorgamos el poder de darnos felicidad, seguridad o identidad. Dios continúa siendo nuestro único objetivo porque recordar a Dios es recordar también quiénes somos.

🌿 No estoy lejos de Dios; muchas veces estoy simplemente distraído.

Podemos imaginar que el problema espiritual consiste en haber recorrido una enorme distancia que ahora debemos desandar para regresar a Dios. Pero la Lección 258 propone una imagen mucho más sencilla: el recuerdo permanece dentro de nosotros y lo único que ocurre es que nuestra atención está ocupada en otra cosa. Nos preocupamos por una conversación, deseamos que alguien actúe de determinada manera, pensamos continuamente en un problema, perseguimos reconocimiento, seguridad o resultados y, durante ese tiempo, esas metas parecen convertirse en lo más importante. No porque sean necesariamente malas, sino porque les hemos otorgado una función que no pueden cumplir. Podemos ocuparnos de nuestro trabajo sin convertirlo en nuestra identidad, cuidar el cuerpo sin pensar que nuestra existencia termina en él, disfrutar una relación sin exigirle que garantice nuestra plenitud y resolver un problema sin convertirlo en el centro absoluto de nuestra mente. La distracción aparece cuando una forma temporal ocupa el lugar de aquello que verdaderamente buscamos.

👉 Muchas veces no he perdido mi camino; simplemente he permitido que algo pequeño parezca durante un tiempo más importante que mi verdadero destino.

Los objetivos triviales no siempre parecen triviales.

La lección habla de metas insignificantes, pero debemos comprenderlo con cuidado. Algunas de las cosas que ocupan nuestra mente pueden ser humanamente importantes: la salud, la familia, la economía, una decisión difícil o el bienestar de alguien que amamos. El problema no está en atenderlas, sino en creer que nuestra salvación depende de que adopten determinada forma. Una preocupación se convierte en un objetivo cuando pensamos: necesito que esto se resuelva exactamente así para poder estar en paz. Una relación se convierte en un ídolo cuando pensamos: necesito que esta persona me quiera de determinada manera para sentirme completo. Incluso una práctica espiritual puede transformarse en una meta del ego si pensamos que tenemos que alcanzar un estado especial para ser dignos. Recordar a Dios no nos obliga a abandonar las formas; nos ayuda a colocarlas nuevamente en su lugar.

👉 Algo se vuelve trivial espiritualmente cuando le pido que me dé aquello que sólo el recuerdo de mi verdadera Identidad puede ofrecerme.

🕊️ Recordar es volver una y otra vez, no permanecer concentrado perfectamente.

Quizá pensemos que para practicar esta lección deberíamos mantener a Dios en nuestra conciencia durante todo el día sin interrupción. Si fuera así, probablemente comenzaríamos a juzgarnos a los pocos minutos. La mente se distraerá. Pensaremos en nuestras obligaciones, nos preocuparemos, reaccionaremos y durante algunos momentos olvidaremos completamente nuestra intención. Pero el entrenamiento consiste precisamente en regresar. Cada vez que descubro que me he perdido en una preocupación puedo decir: esto ha ocupado mi atención, pero no es mi objetivo. Cada vez que me sorprendo buscando desesperadamente una respuesta fuera puedo recordar: quiero volver a lo esencial. La repetición no es un castigo por haber olvidado, sino una manera de crear una nueva dirección mental. Poco a poco, recordar deja de ser un esfuerzo y empieza a convertirse en una inclinación natural de la mente.

👉 No necesito recordar a Dios sin interrupción; necesito aprender a volver a Él sin culpa cada vez que descubra que me he distraído.

🌞 Recordar a Dios significa recordar qué estoy buscando detrás de todo lo que deseo.

Puede parecer que durante el día perseguimos muchos objetivos diferentes, pero si miramos más profundamente descubriremos que detrás de casi todos ellos buscamos estados interiores: queremos sentir seguridad, paz, amor, libertad, reconocimiento o plenitud. El ego nos dice que esos estados llegarán cuando determinadas formas cambien. La lección nos invita a invertir el proceso: aquello que verdaderamente busco no está contenido en la forma. Puedo desear que una situación mejore, pero no necesito convertir esa mejora en la condición de mi paz. Puedo querer que alguien me comprenda, pero puedo recordar que mi valor no nace de su comprensión. Puedo trabajar por una meta concreta sin depositar en ella la responsabilidad de decirme quién soy. Cuando identificamos lo que realmente estamos buscando, la multitud de deseos empieza a simplificarse.

👉 Detrás de muchas cosas que creo querer se encuentra un único anhelo: recordar la paz, el Amor y la plenitud que proceden de Dios.

🤍 La mente se fragmenta cuando todo parece urgente.

Una de las características del ego es transformar casi cualquier asunto en algo urgente. Necesitas resolver esto ahora, responder ya, conseguir aquello cuanto antes, anticipar lo que podría ocurrir. Así la atención va saltando de una preocupación a otra y terminamos agotados, aunque no hayamos resuelto nada esencial. La Lección 258 nos propone una pausa. Antes de seguir corriendo detrás del siguiente pensamiento podemos preguntarnos: ¿esto necesita realmente toda mi mente? Quizá exista algo concreto que hacer; entonces lo hacemos. Pero después podemos dejarlo. No necesitamos transportar mentalmente todos nuestros problemas durante todo el día para demostrar que somos responsables. Recordar a Dios no elimina nuestras responsabilidades; nos ayuda a abordarlas sin convertirlas en sustitutos de nuestra paz.

👉 Cuando recuerdo lo esencial, las circunstancias no desaparecen, pero dejan de competir entre sí por ocupar el centro de mi mente.

🌿 Recordar a Dios también transforma la manera en que miro a mis hermanos.

No puedo recordar plenamente a Dios mientras convierto a uno de Sus Hijos en enemigo. Si Dios es Amor y mi hermano comparte conmigo Su misma Fuente, entonces cada juicio que mantengo se convierte en una pequeña nube que oculta aquello que quiero recordar. Esto no significa aprobar comportamientos dañinos ni renunciar a establecer límites. Significa reconocer que el perdón sigue siendo el medio por el que regresamos a nuestro objetivo. Cuando alguien me irrita, quizá pueda preguntarme: ¿quiero utilizar esta situación para alejarme de mi propósito o para recordarlo? Puedo actuar con claridad y, al mismo tiempo, negarme a convertir el resentimiento en mi meta. Puedo protegerme sin hacer del odio mi guía. Cada hermano puede convertirse así en un recordatorio viviente de la dirección que he elegido.

👉 Si Dios es mi objetivo, cada relación puede convertirse en un lugar donde recuerde el Amor en lugar de utilizarla para justificar la separación.

🧘‍♀️ Aplicación práctica.

Al comenzar el día puedes detenerte unos instantes y recordar: 👉 “Que recuerde que Dios es mi objetivo.” Después observa qué cosas parecen competir inmediatamente por ocupar tu atención. No tienes que rechazarlas. Simplemente reconoce: tengo que atender esto, pero no es mi objetivo último. Durante el día, cuando aparezca una preocupación insistente, pregúntate: ¿hay algo práctico que pueda hacer ahora? Si lo hay, hazlo. Si no lo hay, no necesitas continuar alimentándola. Cuando una meta te produzca ansiedad, puedes decir: esto puede ser algo que deseo, pero no quiero convertirlo en la fuente de mi paz. Cuando surja un conflicto con alguien: ¿estoy utilizando este encuentro para recordar mi propósito o para olvidarlo? Y si descubres que has pasado horas completamente distraído, no conviertas ese descubrimiento en culpa. Simplemente vuelve. Puedes utilizar dos frases muy sencillas: esto no es lo que realmente quiero. Quiero recordar lo esencial.

👉 La práctica de hoy consiste en retirar suavemente mi atención de aquello que la dispersa y devolverla, una y otra vez, a lo único que realmente quiero recordar.

🌟 Comprensión esencial.

La Lección 256 nos invitaba a elegir a Dios como nuestro único objetivo y la 257 nos pedía no olvidar nuestro propósito. La 258 afina todavía más el aprendizaje: ahora entrenamos conscientemente la memoria para que ese objetivo vaya ocupando el centro de nuestra vida. No se trata de repetir el nombre de Dios mecánicamente ni de convertirnos en personas incapaces de interesarse por los asuntos del mundo. Se trata de vivirlos desde una jerarquía distinta. Las formas pueden ser importantes, pero no son eternas. Las circunstancias pueden requerir atención, pero no contienen nuestra Identidad. Nuestros proyectos pueden tener valor, pero ninguno de ellos puede sustituir el recuerdo de lo que somos. Cuando esto empieza a asentarse, la mente se vuelve más sencilla. Ya no tenemos que encontrar salvación en cada resultado. Podemos utilizar cada resultado para recordar.

👉 Recordar que Dios es mi objetivo no me aparta de la vida; me enseña a vivir cada cosa sin confundirla con aquello que verdaderamente estoy buscando.

🌟 Frase central: “Cuando dejo de convertir mis preocupaciones y deseos en el centro de mi vida, descubro que Dios nunca estuvo lejos: Su recuerdo permanecía detrás de todo aquello con lo que había distraído mi mente.”

🕊️ Cierre contemplativo.

Padre, hoy quiero recordar.

Sé que mi mente se distraerá. Habrá cosas que me preocupen, deseos que parezcan urgentes y situaciones que reclamen mi atención. No quiero rechazarlas ni utilizar esta enseñanza para escapar de mis responsabilidades. Quiero simplemente recordar el lugar que les corresponde.

Cuando algo pequeño parezca convertirse en todo mi mundo, recuérdame mi objetivo. Cuando piense que determinada forma es imprescindible para poder estar en paz, ayúdame a mirar más profundamente y descubrir qué estoy buscando realmente. Cuando una preocupación ocupe mi mente durante demasiado tiempo, enséñame a hacer lo que corresponda y después dejarla descansar.

No quiero juzgar mis distracciones. Quiero utilizarlas como llamadas a recordar.

Cada vez que olvide, volveré. Cada vez que el miedo ocupe el centro, volveré. Cada vez que crea que mi felicidad depende exclusivamente de algo externo, volveré.

Padre, que recordarte no sea para mí una obligación, sino un regreso. Que poco a poco aprenda a reconocerte en la paz que aparece cuando dejo de exigir, en el perdón que libera mis relaciones, en la quietud que existe cuando ya no necesito controlarlo todo y en el Amor que permanece detrás de cada forma.

Hoy no necesito buscarte. Necesito dejar de mirar continuamente hacia otro lugar. Y quizá descubra que detrás de todas mis distracciones Tu recuerdo nunca dejó de esperarme.

“Padre, hoy quiero recordar que Tú eres mi único objetivo. Ayúdame a atender con responsabilidad las cosas del mundo sin convertirlas en sustitutos de Tu paz. Cuando mi mente se disperse, que pueda volver con suavidad; cuando olvide, que el olvido se convierta en una invitación a recordar. Que cada pensamiento, cada encuentro y cada decisión me acerquen en experiencia al reconocimiento de una verdad que nunca cambió: sigo siendo Tu Hijo y nunca me aparté de Tu Amor.”

Capítulo 27. V. El ejemplo de la curación (1ª parte)

V. El ejemplo de la curación (1ª parte).

1. La única manera de curarse es curando. 2El milagro se extiende sin tu ayuda, pero tú eres esencial para que pueda dar comienzo. 3Acepta el milagro de curación y se extenderá por razón de lo que es. 4Su naturaleza es extenderse desde el instante en que nace. 5Y nace en el instante en que se ofrece y se recibe. 6Nadie puede pedirle a otro que sane. 7Pero puede permitirse a sí mismo ser sanado, y así ofrecerle al otro lo que él ha recibido. 8¿Quién podría ofrecer a otro lo que él mismo no tiene? 9¿Y quién podría compartir lo que se niega a sí mismo? 10El Espíritu Santo te habla a ti, 11no a otra persona. 12Y al tú escucharle, Su Voz se extiende porque has aceptado lo que Él dice.

Este punto expresa una de las leyes más hermosas del Curso: la curación no se posee para uno solo; se recibe compartiéndola.

La frase inicial es muy directa: “La única manera de curarse es curando.” Esto no significa que primero tengamos que convertirnos en sanadores especiales para luego ayudar a otros. Significa que la curación nunca es privada. No se puede recibir sólo para uno mismo, guardarla, aislarla o convertirla en un bien personal. En el mismo instante en que la aceptas, comienza a extenderse. Y precisamente porque se extiende, tú quedas curado.

El milagro no depende de tu esfuerzo personal para expandirse. Su propia naturaleza es extenderse. Lo que sí necesita es tu consentimiento inicial. Tú no produces el milagro, pero sí puedes aceptarlo. Y al aceptarlo, te conviertes en el punto de partida de su manifestación en tu experiencia.

Por eso el Curso dice que eres esencial para que pueda dar comienzo. No porque el poder del milagro dependa de ti, sino porque tu disposición a recibirlo abre la puerta en tu conciencia para que se extienda. El milagro nace cuando se ofrece y se recibe. No hay primero un dar separado y después un recibir separado. En el milagro, dar y recibir son simultáneos.

Mensaje central del punto:

  • La curación sólo puede recibirse compartiéndola.
  • La única manera de curarse es curando.
  • El milagro se extiende por su propia naturaleza.
  • No necesitas empujarlo para que se expanda.
  • Pero sí eres esencial para aceptarlo y permitir que comience en ti.
  • El milagro nace cuando se ofrece y se recibe al mismo tiempo.
  • Nadie puede exigir a otro que sane.
  • Cada uno debe permitirse a sí mismo ser sanado.
  • Sólo lo que uno acepta para sí puede ofrecerlo de verdad a otro.
  • No se puede compartir lo que uno se niega a recibir.
  • El Espíritu Santo te habla a ti directamente.
  • Cuando lo escuchas, Su Voz se extiende a través de ti.

Claves de comprensión:

  • La curación no es individual en el sentido egoico.
  • No es una experiencia privada ni una adquisición personal.
  • El milagro no se conserva reteniéndolo, sino extendiéndolo.
  • Dar y recibir no son actos separados.
  • Cuando acepto la paz, la ofrezco.
  • Cuando permito el perdón en mí, lo comparto.
  • Cuando dejo de defender la culpa, libero también a mi hermano.
  • Nadie puede sanar a otro en el sentido de imponerle la curación.
  • No se puede obligar a nadie a abrirse al milagro.
  • Pero sí se puede aceptar la curación para uno mismo, y eso se convierte en una oferta silenciosa y poderosa para el otro.
  • La verdadera ayuda no consiste en presionar, corregir o convencer.
  • Consiste en recibir de verdad.
  • El Espíritu Santo no habla primero “al otro” para que cambie y entonces yo esté en paz.
  • Te habla a ti. Te invita a ti. Te corrige a ti.
  • Y cuando escuchas, esa escucha se convierte en bendición compartida.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

Observa cuándo piensas:

  • “Yo estaría bien si el otro cambiara.”
  • “Primero tiene que sanar él.”
  • “No puedo ofrecer paz porque ahora mismo yo no la tengo.”
  • “Quisiera ayudar, pero sigo aferrado a mi propio conflicto.”
  • “¿Cómo voy a dar amor si aún no me siento curado?”
  • “Necesito que el otro entienda para que esta situación mejore.”

Entonces pregúntate:

→ “¿Estoy esperando que otro sane antes de permitirme recibir la curación?”
→ “¿Estoy intentando ofrecer algo que todavía no acepto para mí?”
→ “¿Puedo permitirme ser sanado ahora?”
→ “¿Qué paz, qué perdón o qué comprensión me estoy negando a recibir?”
→ “¿Estoy escuchando la Voz del Espíritu Santo en mí o sigo esperando que hable sólo al otro?”
→ “¿Puedo confiar en que, si acepto el milagro, éste se extenderá por lo que es?”

Este punto es muy práctico en las relaciones. Muchas veces creemos que sanar significa lograr que el otro cambie, comprenda, se disculpe o reaccione de otra manera. Pero el Curso nos lleva al origen: la curación empieza cuando yo acepto ser sanado. No como acto egoísta, sino porque sólo así puedo ofrecer algo real.

Si quiero ofrecer paz, tengo que aceptar la paz.
Si quiero ofrecer perdón, tengo que aceptar el perdón.
Si quiero ofrecer consuelo, tengo que dejarme consolar.
Si quiero ser un ejemplo de curación, tengo que permitir que el milagro empiece en mí.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Estoy esperando que otro sane antes que yo?
  • ¿Quiero compartir una paz que todavía no he aceptado?
  • ¿Qué me estoy negando a recibir que luego echo en falta en mis relaciones?
  • ¿Intento que otros cambien para no permitirme ser sanado?
  • ¿Escucho al Espíritu Santo en mí, o sigo pendiente de lo que deberían escuchar los demás?
  • ¿Estoy dispuesto a aceptar el milagro ahora, sin condiciones?
  • ¿Qué podría ofrecer naturalmente a mis hermanos si dejara de negármelo a mí mismo?
  • ¿Puedo aceptar que la curación nace en el instante en que se ofrece y se recibe?

Conclusión:

La curación comienza en la aceptación y se consuma en la extensión.

No puedo curarme aislándome.
No puedo recibir el milagro y guardarlo sólo para mí.
No puedo ofrecer al hermano una paz que me niego a aceptar.

La ley del milagro es simple: lo que recibo verdaderamente, lo comparto; y al compartirlo, lo confirmo en mí.

Por eso la única manera de curarse es curando. No porque yo deba hacer un esfuerzo por sanar a otros, sino porque la curación verdadera deshace toda frontera entre dar y recibir. Si la acepto, se extiende. Si se extiende, me demuestra que era real. Si la retengo, todavía no la he comprendido.

Nadie puede obligar a otro a sanar.
Pero cada uno puede dejarse sanar.
Y esa aceptación se vuelve testimonio viviente para todos.

El Espíritu Santo te habla a ti.
No espera primero a que hable el otro.
No condiciona Su ayuda a cambios externos.
Te habla ahora.
Y si tú escuchas, Su Voz se extiende a través de tu escucha.

Ahí nace el ejemplo de la curación.
No en imponer. No en convencer. No en corregir al otro. Sino en aceptar para ti mismo el milagro que luego, por su propia naturaleza, bendecirá también a los demás.

Frase inspiradora: “Me permitiré ser sanado, pues sólo lo que recibo del Espíritu Santo puedo ofrecer verdaderamente a mi hermano.”

lunes, 14 de septiembre de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 257

LECCIÓN 257

Que no me olvide de mi propósito.

1. Si me olvido de mi objetivo, no podré sino estar confundido e inseguro acerca de quién soy, y así, mis acciones no podrán sino ser conflictivas. 2Nadie puede estar al servicio de objetivos con­tradictorios y servirlos bien. 3Tampoco puede desenvolverse sin que se abata sobre él una profunda angustia y depresión. 4Resol­vamos hoy, por lo tanto, recordar lo que queremos realmente, para así unificar nuestros pensamientos y acciones de manera que tengan sentido y para llevar a cabo únicamente lo que Dios quiere que hagamos este día.

2. Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salva­ción. 2No permitas que nos olvidemos hoy de que no tenemos otra volun­tad que la Tuya. 3Y así, nuestro propósito tiene asimismo que ser el Tuyo si queremos alcanzar la paz que Tú has dispuesto para nosotros.

¿Qué me enseña esta lección?

La Lección 257 de Un Curso de Milagros, «Que no me olvide de mi propósito», me enseña que la claridad espiritual se alcanza cuando mantengo mi mente alineada con la verdad de lo que soy. Esta lección me invita a conservar la “luz permanentemente encendida”, recordando en todo momento que mi única función es perdonar y despertar del sueño de la separación. Al aceptar este propósito, experimento la paz que nace de la certeza de mi unión con Dios.

Nuestra conciencia se ha iluminado con la verdad de nuestra esencia divina y se propone servir fielmente al Espíritu. Sin embargo, este compromiso requiere una firme voluntad, pues los antiguos hábitos adquiridos al servicio del ego intentan recuperar su influencia. La propia lección nos recuerda: «Nadie puede estar al servicio de objetivos contradictorios, y servirlo bien». Debemos elegir entre el miedo y el amor, entre la ilusión y la verdad, entre la separación y la unidad.

No obstante, es importante no sentirnos culpables si, en nuestro deseo de servir al Espíritu, recaemos en los errores del ego. La culpa reclama castigo, y el castigo refuerza la creencia en el pecado. Por ello, el Curso nos enseña que el error no debe castigarse, sino corregirse. Cuando tomamos conciencia de una equivocación, debemos ponerla en manos del Espíritu Santo y pedir la Expiación. Él deshará el error y restaurará la paz en nuestra mente. Como pregunta el Curso: «¿Qué otra cosa sino el pecado podría ser la fuente de la culpabilidad y exigir castigo y sufrimiento?» (L-pII.259.1:4). La Expiación deshace esa creencia al mostrarnos que el pecado no es real y que sólo el error necesita corrección.

No tengo otro propósito que el de perdonar. Perdonar es limpiar la mente de la falsa creencia en el pecado y reconocer la inocencia eterna del Hijo de Dios. En la medida en que me perdono a mí mismo, me capacito para perdonar a los demás. El perdón transforma la percepción y nos conduce a la visión verdadera. Como enseña el Curso: «El perdón es la llave de la felicidad» (L-pI.121).

A través del perdón, comprendemos que no hay nada que perdonar en realidad, pues la creencia en el pecado es una ilusión. La visión de Cristo nos revela la inocencia que siempre ha permanecido intacta. En esta comprensión se disuelven el miedo y la culpa, y la mente descansa en la certeza del Amor.

La oración de la propia lección resume este propósito con claridad: «Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salvación». Por eso, recordar mi propósito es recordar el medio que Dios me ofrece para regresar a la paz.

Hoy mantengo la luz permanentemente encendida. Permanezco vigilante y fiel a mi propósito, escuchando la Voz del Espíritu Santo y recordando la verdad de mi Ser. No tengo otra función que la de perdonar y amar. En esta elección encuentro la paz, la libertad y la salvación.

Amén.


SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 257 enseña que:

  • El conflicto surge de objetivos contradictorios.
  • La confusión es resultado de olvidar el propósito.
  • Recordar lo que realmente quieres unifica la mente.
  • El propósito verdadero es compartido con Dios.
  • El perdón es el medio para mantener esa dirección.

No es esfuerzo adicional. Es alineación interna.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “Que no me olvide de mi propósito”.

Cada repetición centra la mente, reduce la dispersión, elimina contradicciones internas y fortalece la coherencia.

No es disciplina rígida, es recordatorio constante.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre la ambivalencia interna y la falta de dirección.

Cuando olvidas tu propósito, te dispersas, dudas de tus decisiones, te contradices y aparecen ansiedad y frustración.

Cuando lo recuerdas, se reduce el conflicto interno, aumenta la claridad, se alinean pensamiento y acción, aparece una sensación de orden.

No porque todo sea perfecto, sino porque dejas de dividirte.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, esta lección afirma que tu voluntad es una con la de Dios, el propósito no es personal, es compartido, el perdón es el camino constante y la paz es el resultado inevitable.

Y revela algo muy profundo: No necesitas encontrar tu propósito, necesitas dejar de olvidarlo.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy:

  • Observa momentos de confusión o duda.
  • Detecta decisiones contradictorias.

Y entonces: “Que no me olvide de mi propósito”.

Puedes acompañarlo con:

  • “¿Qué quiero realmente aquí?”
  • “¿Estoy eligiendo paz o conflicto?”

Y volver suavemente a la dirección.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No usar la idea como autoexigencia rígida.
No juzgarte por olvidar.
No intentar controlar cada pensamiento.

Recordar con suavidad, no con presión.
Permitir errores sin perder dirección.
Volver una y otra vez al propósito.

El olvido no es fracaso, es parte del proceso de recordar.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La progresión se vuelve muy coherente:

  • 254 → Escucho la verdad.
  • 255 → Elijo la paz.
  • 256 → Unifico mi objetivo.
  • 257 → Lo recuerdo constantemente.

Ahora no se trata de aprender más, sino de mantener lo aprendido presente.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 257 es profundamente estabilizadora:

No necesitas resolver cada situación.
No necesitas entender todo.
No necesitas hacerlo perfecto.

Sólo necesitas recordar lo que quieres realmente.

Y cuando lo haces, incluso por un instante, la mente se ordena, el conflicto disminuye y la dirección vuelve.

Porque en el fondo, siempre ha sido simple: quieres paz, quieres verdad, quieres recordar. Y eso, ya está en ti.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando recuerdo mi propósito, mi mente se unifica y el camino se vuelve claro”.


Ejemplo-Guía: “¿Por qué nos olvidamos...?”

Sin ánimo de frivolizar sobre un tema tan trascendente, me pregunto por qué el recuerdo de Dios, en el momento de nuestra creación, no nos fue incorporado de “serie”, es decir, por qué no recordamos automáticamente nuestra verdadera identidad.

Cuando analizamos aquellas funciones que el cuerpo realiza de manera autónoma, como respirar, o aquellas otras que se manifiestan a través de una necesidad, como alimentarse o beber, podemos observar una constante que garantiza su funcionamiento. Sin embargo, también descubrimos que dichas funciones pueden ser alteradas por la voluntad. Podemos dejar de respirar de manera voluntaria o abstenernos de alimentarnos. En ambos casos, se produce una elección.

Esa es la clave. Esa es la respuesta a la cuestión que hemos planteado: olvidamos lo que realmente somos porque lo hemos elegido. El olvido no es un accidente ni una carencia impuesta, sino una decisión de la mente.

Estaríamos en un error interpretativo si pensáramos que la capacidad de recordar no nos ha sido incorporada de “serie”. Del mismo modo que ocurre con las funciones automatizadas del cuerpo, podemos alterar esa capacidad. Es decir, podemos elegir olvidar. Esta elección dio lugar a la creencia en la separación, fundamento del sistema de pensamiento del ego.

Un Curso de Milagros nos enseña que la comunicación directa con Dios se interrumpió cuando inventamos otra voz. Al decidir olvidar la Voz de Dios, se hizo necesaria una respuesta amorosa a ese aparente extravío. Entonces, Dios nos dio otra Voz que hablara por Él: el Espíritu Santo. A través de Él, el conocimiento permanece intacto en nuestra mente, esperando ser recordado.

Es por ello que el Curso nos revela que el Espíritu Santo nos insta tanto a recordar como a olvidar: a recordar lo que somos y a olvidar lo que no somos. Recordar nuestra identidad divina implica olvidar la ilusión del ego. En este sentido, se nos dice: «Cuando despiertas al amor, estás simplemente olvidando lo que no eres, lo cual te capacita para recordar lo que sí eres» (T-7.IV.7:11-12).

Surge entonces una cuestión fundamental: ¿es posible olvidarse del ego? La respuesta es afirmativa. Podemos olvidarnos totalmente del ego en el momento en que así lo elijamos, pues el ego es una creencia completamente inverosímil. Nadie puede seguir sosteniendo una creencia que ha reconocido como falsa.

El Capítulo 10 del Texto, en su apartado II titulado "La decisión de olvidar", arroja luz sobre este proceso. En él se nos enseña: «La disociación no es otra cosa que la decisión de olvidar» (T-10.II.1:2).

El miedo surge porque hemos olvidado la verdad y hemos sustituido el conocimiento por una conciencia de sueños. Sin embargo, al aceptar nuevamente aquello de lo que nos disociamos, el temor desaparece.

Renunciar a esta disociación trae consigo mucho más que la ausencia de miedo. En esa decisión radican la dicha, la paz y la gloria de la creación. El Espíritu Santo custodia en nuestra mente el recuerdo de Dios y de nuestra verdadera identidad, aguardando únicamente nuestra disposición para aceptarlo. Tal como nos enseña el Curso: «Dios se encuentra en tu memoria… No permitas que nada en este mundo demore el que recuerdes a Dios» (T-10.II.2:4,6).

Recordar es simplemente restituir en la mente lo que siempre ha estado en ella. No somos los autores de la verdad; tan sólo la aceptamos nuevamente. Este acto de aceptación constituye el puente que nos conduce del mundo de la percepción al conocimiento eterno: «Recordar es simplemente restituir en tu mente lo que ya se encuentra allí» (T-10.II.3:1).

La lección de hoy nos invita a comprender que el olvido fue una elección, y que recordar también lo es. Al elegir recordar a Dios, recordamos nuestra verdadera identidad como Su Hijo. En ese recuerdo se disuelven las ilusiones del ego y se restaura la paz que siempre nos ha pertenecido.

Hoy elijo recordar.
Hoy elijo olvidar la ilusión.
Hoy elijo reconocer que Dios es mi único objetivo y mi verdadera realidad.

En ese acto de memoria divina, recupero la certeza de que jamás he dejado de ser Uno con Él.


Reflexión: El acto volitivo de recordar lo que realmente somos.