domingo, 15 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 46

LECCIÓN 46

Dios es el Amor en el que perdono.

1. Dios no perdona porque nunca ha condenado. 2primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. 3El per­dón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. 4Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. 5De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo.

2. Pero si bien Dios no perdona, Su Amor es, no obstante, la base del perdón. 2El miedo condena y el amor perdona. 3El perdón, pues, des-hace lo que el miedo ha producido, y lleva de nuevo a la mente a la conciencia de Dios. 4Por esta razón, al perdón puede llamársele verdaderamente salvación. 5Es el medio a través del cual desaparecen las ilusiones.

3. Los ejercicios de hoy requieren por lo menos tres sesiones de práctica de cinco minutos completos, y el mayor número posible de las más cortas. 2Como de costumbre, comienza las sesiones de práctica más largas repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 3Cierra los ojos mientras lo haces, y dedica un minuto o dos a explorar tu mente en busca de aquellas personas a quienes no has perdonado. 4No importa en qué medida no las hayas perdonado. 5O las has perdonado completamente o no las has perdonado en absoluto.

4. Si estás haciendo los ejercicios correctamente no deberías tener ninguna dificultad en encontrar un buen número de personas a quienes no has perdonado. 2En general, se puede asumir correctamente que cualquier persona que no te caiga bien es un sujeto adecuado. 3Menciona cada una de ellas por su nombre, y di:

4[Nombre], Dios es el Amor en el que te perdono.

5. El propósito de la primera fase de las sesiones de práctica de hoy es colocarte en una posición desde la que puedes perdonarte a ti mismo. 2Después que hayas aplicado la idea a todas las personas que te hayan venido a la mente, di para tus adentros:

3Dios es el Amor en el que me perdono a mí mismo.

4Dedica luego el resto de la sesión a añadir ideas afines tales como:

5Dios es el Amor con el que me amo a mí mismo.
6Dios es el Amor en el que me alzo bendecido.

6. El modelo a seguir en cada aplicación puede variar considerablemente, pero no se debe perder de vista la idea central. 2Podrías decir, por ejemplo:

3No puedo ser culpable porque soy un Hijo de Dios.
4Ya he sido perdonado.
5El miedo no tiene cabida en una mente que Dios ama.
6No tengo necesidad de atacar porque el amor me ha perdonado.

7La sesión de práctica debe terminar, no obstante, con una repetición de la idea de hoy en su forma original.

7. Las sesiones de práctica más cortas pueden consistir ya sea en una repetición de la idea de hoy en su forma original, o en una afín, según prefieras. 2Asegúrate, no obstante, de aplicar la idea de manera más concreta si surge la necesidad. 3Esto será necesa­rio en cualquier momento del día en el que te percates de cual­quier reacción negativa hacia alguien, tanto si esa persona está presente como si no. 4En tal caso, dile silenciosamente:

5Dios es el Amor en el que te perdono.

¿Qué me enseña esta lección?

Nada es real si está fuera de Dios.Y como nada puede estar fuera de Dios, lo único real es aquello que permanece en Él.

La Unidad no es un concepto poético, es la condición misma de la Realidad. Todo lo verdadero participa de esa Unidad, porque procede de la Mente de Dios y permanece en Ella. Nosotros, como Su Hijo, compartimos Su capacidad creadora; pero nuestras creaciones sólo serán reales cuando extiendan la Unidad, cuando den testimonio del Amor y no de la separación.

El ego, en cambio, es la identificación con la creencia en la separación. Desde esa percepción fragmentada, el mundo se convierte en un escenario de ataque y defensa. El ego ataca porque teme. Teme porque cree haber atacado. Se siente culpable y proyecta esa culpa fuera. Castiga y espera castigo. Se cree pecador y busca redimirse mediante el sufrimiento.

Pero aquí el Curso introduce una corrección radical: Dios no perdona porque nunca ha condenado.

Si Dios no ve pecado en Su Hijo, sino impecabilidad, entonces el perdón verdadero no puede consistir en “pasar por alto” un pecado real, sino en reconocer que el pecado nunca tuvo realidad.

¿A quién debo perdonar?  A veces creemos que debemos perdonar a determinadas personas: aquellas que “nos hicieron daño”. Cerramos los ojos y desfilan por nuestra mente rostros, escenas, heridas.Pero la lección nos invita a un giro interior más profundo, no es al otro a quien debemos perdonar, sino a nuestra percepción.

Es mi juicio condenatorio el que me mantiene prisionero. Es mi interpretación la que convierte un error en pecado. Es mi creencia en la separación la que fabrica la ofensa.

El Curso lo expresa con claridad:

“El Hijo de Dios debe corregir que la traición que cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus ‘pecados’ no son sino el producto de su propia imaginación. De hecho, su realidad es eternamente inmaculada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar realmente” (T-17.I.1:1-5).

El perdón, por tanto, no es indulgencia moral. Es despertar del sueño.

¿Puede el ego perdonar? Aquí surge una pregunta honesta. ¿Se puede perdonar desde la visión del ego?

El Curso responde sin ambigüedad: “Nadie puede perdonar un pecado que considere real” (T-27.II.2:4).

Si creo que el daño es real en el sentido absoluto, si creo que el otro ha cometido un pecado verdadero contra mí, entonces cualquier perdón será condescendencia, superioridad o represión.

Y el Curso lo desenmascara así:

“El perdón no es piedad, la cual no hace sino tratar de perdonar lo que cree que es verdad. El verdadero perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: ‘Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado’. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa” (T-27.II.2:6-10).

Mientras haya dolor sostenido como realidad, el perdón no ha sido completo. Porque el verdadero perdón deshace la causa del dolor: la percepción errónea.

Tal vez te estés preguntando, ¿qué corrige el perdón? La respuesta es esta: El perdón corrige la percepción de separación.

“El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas” (T-3.V.9:1-2).

No corrige el comportamiento externo primero. Corrige la mente que interpreta.

El milagro —que el Curso define como expresión natural de perdón— es precisamente ese cambio de percepción. En el Principio 21 de los Milagros se nos recuerda que al extender el perdón aceptamos el perdón de Dios. No porque Dios nos estuviera condenando, sino porque dejamos de condenarnos a nosotros mismos.

Desde la perspectiva del ego, esta enseñanza puede producir miedo: ¿Debo pasar por alto el daño? ¿Debo tolerar la injusticia? ¿Debo negar el sufrimiento?

El Curso no propone negar la experiencia perceptiva, sino reinterpretarla. El error no se corrige atacándolo ni justificándolo, sino entregándolo al Espíritu Santo para que lo reinterprete.

Perdonar no es justificar el ataque. Es reconocer que el ataque procede de una mente que sueña. Y si el otro sueña, yo también. Por eso el perdón me libera a mí tanto como a él.

Perdonar es reconocer la impecabilidad eterna del Hijo de Dios, más allá de las imágenes del sueño.Perdonar es retirar el juicio condenatorio. Perdonar es no convertir el error en identidad. Perdonar es recordar que nada real puede ser amenazado.

La culpa exige castigo. El amor corrige.

Cuando el perdón es verdadero, trae curación. Si no sana a ambos, no ha sido completo. Porque el perdón auténtico restablece la Unidad.

Y en esa Unidad, descubrimos algo profundamente liberador: Nunca fuimos expulsados. Nunca fuimos condenados. Nunca dejamos de ser tal como Dios nos creó.

Propósito y sentido de la lección

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que el perdón es un acto personal, moral o psicológico. Hasta ahora, el ego ha sostenido otra premisa básica: “Yo decido a quién perdono y cuándo.”

Desde esa idea, el perdón se convierte en un esfuerzo, una concesión, un sacrificio, o una forma sutil de superioridad moral.

El Curso corrige esta visión mostrando que el perdón verdadero no procede del yo individual, sino del Amor de Dios. Si Dios es la Fuente, la Fortaleza, la Luz y la Mente, también es el Amor desde el que se perdona.

Esta lección no invalida la experiencia de perdonar, sino que corrige su origen.
No se trata de aprender a perdonar mejor, sino de reconocer desde dónde perdono.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el perdón deja de ser una tarea personal y se convierte en un efecto natural de la sanación.

Instrucciones prácticas:

La práctica conserva la simplicidad radical del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes a lo largo del día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • resentimiento,
    • irritación,
    • juicio,
    • recuerdo de una ofensa,
    • sensación de haber sido tratado injustamente.

La lección no pide analizar el pasado ni justificar el daño, ni tampoco forzar un sentimiento de amor.

La práctica consiste en recordar la Fuente del perdón y permitir que la percepción sea reinterpretada.

No se nos pide que perdonemos “desde nuestra capacidad”, sino que dejemos de perdonar solos.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia muy arraigada: “Perdonar es difícil porque lo que pasó fue real.”

Desde esta creencia, el perdón se vive como pérdida, renuncia o negación del dolor. El ego intenta perdonar sin sanar, y eso genera resistencia, culpa, agotamiento emocional, perdón parcial o condicionado.

Aceptar que Dios es el Amor en el que perdono tiene un efecto psicológico inmediato: la carga emocional disminuye, el recuerdo pierde fuerza y el conflicto deja de ser personal.

No porque se niegue la experiencia, sino porque ya no se la interpreta desde la culpa.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: El perdón no es un acto humano, sino una función del Amor.

Perdonar con Dios no significa excusar el error, sino reconocer que el error no tuvo efectos reales en la verdad. El perdón verdadero no juzga, no compara ni evalúa; simplemente deshace la ilusión de ataque.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: el Espíritu Santo no nos pide que fabriquemos perdón, sino que retiremos la creencia en la culpa.

Cuando la mente deja de atribuir realidad al daño, el perdón surge sin esfuerzo.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y profundamente coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono

Después de corregir, desde dónde me sostengo, desde dónde veo, y desde dónde pienso, el Curso llega a una consecuencia inevitable: ¿desde dónde perdono?

Aquí se desmonta otra defensa esencial del ego, la idea de que el perdón es una decisión personal basada en el mérito o la gravedad de la falta.

Consejos para la práctica:

  • No intentar “sentir amor” por quien juzgas.
  • No forzar el perdón.
  • No usar el perdón como herramienta de control o superioridad.
  • No evaluar si “ya has perdonado”.

Aplicar la idea especialmente cuando surjan pensamientos como:

  • “No debería sentir esto”.
  • “Esto no es perdonable”.
  • “Aún me duele”.
  • “No puedo perdonar”.

La lección no pide que perdones mejor, sino que entregues el perdón al Amor que no juzga.

Conclusión final:

La Lección 46 enseña que el conflicto relacional no procede de lo que el otro hizo, sino de la creencia de que yo debo perdonar desde mi propio yo.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el resentimiento pierde su fundamento, el juicio se disuelve, y la memoria deja de atacar.

Aquí el Curso consolida otra verdad liberadora: No tengo que aprender a perdonar, tengo que dejar de perdonar solo.

Y cuando el perdón deja de ser personal, la paz se extiende sin esfuerzo.

Frase inspiradora: Cuando no perdono desde mi miedo, sino desde el Amor que me sostiene, el perdón ocurre y la paz se revela”.


Ejemplo-Guía: "No puedo perdonar el daño que me han causado mis padres"

Esta afirmación nace de una herida que parece muy real. Y no se trata de negarla ni de minimizarla. El Curso nunca nos pide que reprimamos el dolor, sino que lo reinterpretamos.

Después de las lecciones anteriores, ya hemos comenzado a entrenar la mente para reconocer que lo que vemos es una percepción, no la realidad última. Hoy se nos invita a dar un paso más profundo: aplicar el perdón como medio de sanar la percepción.

Ante una experiencia como esta, la primera corrección no es hacia los padres, sino hacia la mente que interpreta el pasado como una ofensa real e irreversible.

El Curso nos recuerda que el perdón es la llave de la paz:

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el ‘sacrificio’ que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Fíjate bien: la pregunta no es si el otro merece ser perdonado. La pregunta es cuánto deseas la paz.

Cuando digo: “No puedo perdonar el daño que me hicieron”, estoy afirmando tres cosas desde la mente del ego:

  1. Que el daño es absolutamente real.

  2. Que el otro es culpable.

  3. Que mi identidad está determinada por lo que ocurrió.

El perdón, según el Curso, no consiste en decir: “Sí, me dañaste, pero te perdono”. Eso sería piedad, no liberación. El verdadero perdón reconoce que lo que ocurrió pertenece al ámbito del sueño, no a la realidad eterna del Hijo de Dios. Y en ese reconocimiento se produce la sanación.

Si mi mente está sana, no negará lo que percibió, pero dejará de convertirlo en identidad. No verá ataque real, sino una petición de amor. No verá culpables, sino miedo.

Nuestros padres, como nosotros, actuaron desde el nivel de conciencia que creían real. Si actuaron desde el miedo, fue porque creían en el miedo. Si proyectaron culpa o dolor, fue porque vivían identificados con la separación.

Perdonar no es justificar comportamientos. Es retirar la condena. Y al retirarla, algo se libera en nosotros.

El Curso nos invita a mirar al hermano —en este caso, a los padres— con el deseo de verlo tal como es, no como el ego lo ha interpretado. Curar es hacer íntegro. Y no podemos sanar excluyendo partes de nuestra percepción.

Cuando perdono, no sólo libero a mis padres del papel de agresores; me libero a mí del papel de víctima. El ataque pierde su poder cuando dejo de sostenerlo como realidad.

Hay una promesa profundamente conmovedora en el Curso:

“¡Imagínate cuán hermosos te parecerán todos aquellos a quienes hayas perdonado! En ninguna fantasía habrás visto nunca nada tan bello. Nada de lo que ves aquí, ya sea en sueños o despierto, puede compararse con semejante belleza. (…) Pues gracias a ella podrás ver al Hijo de Dios. Contemplarás la belleza que el Espíritu Santo adora contemplar, y por la que le da gracias al Padre. Él fue creado para ver esto por ti hasta que tú aprendas a verlo por tu cuenta. Y todas Sus enseñanzas conducen a esa visión y a dar gracias con Él” (T-17.II.1:1-9).

Esta no es una metáfora poética. Es una descripción de lo que ocurre cuando la percepción se corrige. Donde antes veías dolor, ves inocencia. Donde antes veías herida, ves ignorancia. Donde antes veías culpa, ves miedo pidiendo amor. Y en ese instante, algo se reordena dentro de ti.

¿Y si todavía duele? Si aún duele, no te condenes por ello. El dolor no es fracaso espiritual; es señal de que todavía estás interpretando desde el pasado. El perdón no se impone. Se aprende.

Cada vez que el recuerdo aparezca, puedes elegir de nuevo: ¿quiero tener razón o quiero paz?

Perdonar a los padres es, en última instancia, aceptar que tu verdadera identidad no fue dañada. El cuerpo pudo haber experimentado dolor. La personalidad pudo haber sido herida. Pero el Hijo de Dios permanece intacto. Y cuando eliges ver eso, no sólo sanas la relación con tus padres. Sanás la relación contigo mismo.

Reflexión: ¿Cómo entiendes el perdón?

sábado, 14 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 45

LECCIÓN 45

Dios es la Mente con la que pienso.

1. La idea de hoy es la llave que te dará acceso a tus pensamientos reales, 2los cuales no tienen nada que ver con lo que piensas que piensas, de la misma manera en que nada de lo que piensas que ves guarda relación alguna con la visión. 3No existe ninguna relación entre lo que es real y lo que tú piensas que es real. 4Ni uno solo de los que según tú son tus pensamientos reales se parece en modo alguno a tus pensamientos reales. 5Nada de lo que piensas que ves guarda semejanza alguna con lo que la visión te mostrará.

2. Piensas con la Mente de Dios. 2Por lo tanto, compartes tus pensamientos con Él, de la misma forma en que Él comparte los Suyos contigo. 3Son los mismos pensamientos porque los piensa la misma Mente. 4Compartir es hacer de manera semejante o hacer lo mismo. 5Los pensamientos que piensas con la Mente de Dios no abandonan tu mente porque los pensamientos no abandonan su fuente. 6Por consiguiente, tus pensamientos están en la Mente de Dios, al igual que tú. 7Están en tu mente también, donde Él está. 8Tal como tú eres parte de Su Mente, así también tus pensamientos son parte de Su Mente.

3. ¿Dónde están, pues, tus pensamientos reales? 2Hoy intentaremos llegar a ellos. 3Tendremos que buscarlos en tu mente porque ahí es donde se encuentran. 4Aún tienen que estar ahí, ya que no pueden haber abandonado su fuente. 5Lo que la Mente de Dios ha pensado es eterno, al ser parte de la creación.

4. Nuestras tres sesiones de práctica de hoy, de cinco minutos cada una, seguirán el mismo modelo general que usamos al aplicar la idea de ayer. 2Intentaremos abandonar lo irreal y buscar lo real. 3Negaremos el mundo en favor de la verdad. 4No permitiremos que los pensamientos del mundo nos detengan. 5No dejaremos que las creencias del mundo nos digan que lo que Dios quiere que hagamos es imposible. 6En lugar de ello, trataremos de reconocer que sólo aquello que Dios quiere que hagamos es posible.

5. Trataremos asimismo de comprender que sólo lo que Dios quiere que hagamos es lo que nosotros queremos hacer. 2Y tam­bién trataremos de recordar que no podemos fracasar al hacer lo que Él quiere que hagamos. 3Tenemos hoy todas las razones del mundo para sentirnos seguros de que vamos a triunfar, 4pues ésa es la Voluntad de Dios.

6. Comienza los ejercicios de hoy repitiendo la idea para tus adentros  al mismo tiempo que cierras los ojos. 2Luego dedica unos cuantos minutos a pensar en ideas afines que procedan de ti, mientras mantienes la idea presente en tu mente. 3Una vez que hayas añadido cuatro o cinco de tus pensamientos a la idea, repite ésta otra vez mientras te dices a ti mismo suavemente:

4Mis pensamientos reales están en mi mente.
5Me gustaría encontrarlos.

6Trata luego de ir más allá de todos los pensamientos irreales que cubren la verdad en tu mente y de llegar a lo eterno.

7. Debajo de todos los pensamientos insensatos e ideas descabelladas con las que has abarrotado tu mente, se encuentran los pensamientos que pensaste con Dios en el principio. 2Están ahí en tu mente, ahora mismo, completamente inalterados. 3Siempre estarán en tu mente, tal como siempre lo han estado. 4Todo lo que has pensado desde entonces cambiará, pero los cimientos sobre los que eso descansa son absolutamente inmutables.

8. Hacia esos cimientos es adonde los ejercicios de hoy apuntan. 2Ahí es donde tu mente está unida a la Mente de Dios. 3Ahí es donde tus pensamientos son uno con los Suyos. 4Para este tipo de práctica sólo se necesita una cosa: que tu actitud hacia ella sea la misma que tendrías ante un altar consagrado en el Cielo a Dios el Padre y a Dios el Hijo. 5Pues tal es el lugar al que estás intentando llegar. 6Probablemente no puedes darte cuenta todavía de cuán alto estás intentando elevarte. 7Sin embargo, aun con el poco entendimiento que has adquirido hasta la fecha, deberías ser capaz de recordarte a ti mismo que esto no es un juego fútil, sino un ejercicio de santidad y un intento de alcanzar el Reino de los Cielos.

9. En las sesiones de práctica cortas de hoy, trata de recordar cuán importante es para ti comprender la santidad de la mente que piensa con Dios. 2Mientras repites la idea a lo largo del día, dedica uno o dos minutos a apreciar la santidad de tu mente. 3Deja a un lado, aunque sea brevemente, todos los pensamientos que son indignos de Aquel de Quien eres anfitrión. 4Y dale gracias por los pensamientos que Él está pensando contigo.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda algo radicalmente simple y, al mismo tiempo, profundamente transformador: No estoy separado de Dios. Nunca lo he estado.

Somos Hijos de Dios, creados por extensión, no por fragmentación. Dios no nos hizo aparte de Él, sino que se extendió a Sí Mismo. Eso significa que compartimos Su naturaleza. No somos una copia inferior. No somos una criatura defectuosa intentando volver a casa. Somos tal como Él nos creó.

La separación no es un hecho. Es una creencia.

Un Curso de Milagros explica que Dios crea extendiendo. Extender es compartir lo que se es sin pérdida. Es expansión de plenitud. El problema no fue que dejáramos de ser creativos. El problema fue que usamos esa capacidad para proyectar en lugar de extender.

La proyección nace cuando creo que hay carencia en mí. Y desde esa supuesta carencia intento fabricar algo que la supla.

El Curso describe ese error en una secuencia muy clara:

  1. Creo que mi mente puede cambiar lo que Dios creó.

  2. Creo que lo perfecto puede volverse imperfecto.

  3. Creo que puedo distorsionar mi propia identidad.

  4. Creo que puedo ser mi propio creador.

Y ahí nace el sueño.

No dejamos de ser Hijos de Dios. Solo comenzamos a creer que éramos algo distinto.

La analogía humana ayuda a entenderlo. Un hijo hereda la capacidad creadora de sus padres. Puede olvidar su origen, rebelarse, distanciarse, construir su propia identidad… pero jamás puede separarse de su fuente biológica.

Con Dios ocurre algo similar, aunque infinitamente más profundo: podemos imaginar separación, pero no producirla.

La Filiación sigue siendo una.

Tal vez te estés preguntando, ¿Por qué vivimos entonces en miedo?

Porque cuando creemos que somos un yo separado, frágil y temporal, inevitablemente aparece el miedo.

Si soy un cuerpo, puedo enfermar.
Si soy una identidad individual, puedo perder.
Si soy autónomo respecto a Dios, estoy solo.

Pero si soy extensión de la Mente de Dios, nada real puede amenazarme.

La lección nos invita a reconocer que el mundo que vemos es el resultado de esa creencia en la separación. No es que el mundo sea “malo”; es que es el efecto de una interpretación equivocada.

¿Cómo se recupera la conciencia de unidad?

No se trata de “convertirse” en algo nuevo. Se trata de desaprender lo falso. Recuperar la conciencia de unidad implica cuestionar la creencia de carencia, reconocer que no soy un cuerpo limitado, entregar al Espíritu Santo cada pensamiento de separación y elegir ver de otra manera.

La mente necesita entrenamiento. Cada vez que elijo interpretar desde la individualidad aislada, refuerzo el sueño. Cada vez que elijo recordar que compartimos una sola Mente, debilito la ilusión.

Un ejemplo de cómo opera la mente separada.

Imaginemos una situación cotidiana:

Alguien me critica.
Desde la conciencia de separación pienso: “Me ha atacado. Tengo que defenderme.”

Surge el resentimiento. Surge el juicio. Surge la sensación de amenaza.

Pero ¿qué ha ocurrido realmente? He creído que esa persona es un “otro” separado de mí y que su acción puede disminuir mi valor.

Desde la conciencia de unidad, la interpretación cambia. Lo que veo es una mente que se siente separada y que pide amor, aunque lo exprese como ataque. Ya no necesito defender una identidad frágil. No soy el yo vulnerable que el ego defiende. Soy tal como Dios me creó.

Esta lección nos invita a recordar que no hay vacuidad en nosotros; no hay defecto en nuestra esencia; no hay pérdida real. Lo único que puede ocurrir es que olvidemos quiénes somos. Y el olvido no cambia la realidad.

Cada vez que aparezca un pensamiento de miedo, de culpa o de insuficiencia, podemos detenernos y preguntar: ¿Estoy creyendo que soy algo distinto de lo que Dios creó?

Y entonces recordar que no soy un creador separado. Soy extensión del Amor. Formo parte de la Filiación. Mi mente y la Mente de Dios no están divididas.

La lección no nos pide fabricar una experiencia mística. Nos pide algo más sencillo y más desafiante: Elegir de nuevo. Elegir recordar.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de la Lección 45 es deshacer la creencia en una mente privada. Hasta ahora, el ego se ha sostenido sobre una premisa básica: “yo pienso por mí mismo”. Desde esa idea surgen el juicio, la preocupación, la duda y el conflicto.

El Curso enseña que esta premisa es falsa. Si Dios es la Fuente, la Fortaleza y la Luz, entonces también es la Mente. No existe una mente separada capaz de pensar en verdad fuera de Él.

Esta lección no invalida la experiencia de pensar, sino que corrige su origen. No se trata de dejar de pensar, sino de reconocer desde dónde pienso.

Cuando acepto que Dios es la Mente con la que pienso, el pensamiento deja de ser un esfuerzo personal y se convierte en un acto de recepción.

Instrucciones prácticas:

La práctica de esta lección mantiene la simplicidad radical del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes a lo largo del día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • pensamientos de juicio,
    • preocupación,
    • confusión,
    • diálogo mental compulsivo,
    • necesidad de decidir “por mi cuenta”.

La lección no pide analizar los pensamientos ni corregirlos activamente. La práctica consiste en recordar la Fuente del pensamiento y permitir que la mente se aquiete.

No se nos pide que pensemos “mejor”, sino que dejemos de pensar solos.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia profundamente arraigada: “Mi mente es mía y debo controlarla.”

Desde esta creencia surge el agotamiento mental, la rumiación constante y el miedo a equivocarse. El ego vive en tensión porque se sabe incapaz de pensar con claridad, pero insiste en hacerlo solo.

Aceptar que Dios es la Mente con la que pienso produce un efecto psicológico inmediato: la mente se relaja, el diálogo interno pierde urgencia y aparece un espacio de silencio. No porque los pensamientos desaparezcan, sino porque ya no se les otorga autoridad absoluta.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: No hay pensamientos privados en la verdad.

Pensar con Dios no significa recibir mensajes especiales, sino permitir que el pensamiento sea guiado, no fabricado. El pensamiento verdadero no es ruidoso ni compulsivo; es tranquilo, simple y unificador.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: el Espíritu Santo no añade pensamientos nuevos, sino que corrige la creencia de que pensamos separados.

Cuando la mente deja de atribuirse autoría, el pensamiento recupera su función original: extender la verdad, no fabricar interpretaciones.


Relación con el Curso:

La progresión es impecable y profundamente coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso

Después de corregir desde dónde me sostengo,y desde dónde veo, el Curso llega al núcleo: desde dónde pienso.

Aquí se desmonta la última defensa del ego: la creencia en una mente autónoma.

Consejos para la práctica;

  • No intentar “escuchar pensamientos divinos”.
  • No rechazar ni analizar los pensamientos que surjan.
  • No evaluar si la mente se aquieta o no.

Aplicar la idea especialmente cuando aparezcan pensamientos como:

  • “Tengo que decidir esto ya”.

  • “No sé qué pensar”.

  • “Mi mente no para”.

  • “Estoy confundido”.

La lección no pide control mental, sino entrega del control.

Conclusión final:

La Lección 45 enseña que el conflicto mental no procede del contenido de los pensamientos, sino de la falsa creencia de que yo soy su autor.

Cuando acepto que Dios es la Mente con la que pienso:

  • El juicio pierde fuerza.

  • la preocupación se suaviza.

  • La mente descansa.

Aquí el Curso consolida una verdad liberadora: no tengo que dejar de pensar, tengo que dejar de pensar solo.

Y en ese abandono de la autoría, la paz comienza a ser pensada en mí.

Frase inspiradora:

“Cuando dejo de pensar por mi cuenta, la Mente de Dios piensa en mí y la paz se vuelve natural”.


Ejemplo-Guía: ¿Por qué no puedo controlar mis pensamientos oscuros?

Si los pensamientos reales —los que compartimos con la Mente de Dios— pudieran ser oscuros, entonces estaríamos afirmando que en Dios hay oscuridad. Y eso sería perpetuar el error fundamental de la mente dual: creer que la Fuente de la Luz contiene tinieblas.

Pero Dios no piensa en términos de miedo, culpa o separación. Por lo tanto, esos pensamientos no pueden ser reales.

Los pensamientos oscuros no proceden de nuestra verdadera Identidad. Proceden de la mente que ha elegido identificarse con el sueño de la separación.

Un Curso de Milagros distingue entre:

  • Pensamientos reales: los que compartimos con Dios. Eternos, amorosos, creativos.

  • Pensamientos ilusorios: los que surgen de la creencia en la separación.

La mente identificada con el mundo físico cree que puede generar pensamientos oscuros. Y lo cree porque así lo desea. La visión sigue al deseo. Si deseo ver separación, veré conflicto. Si deseo ver carencia, experimentaré necesidad.

En el mundo de la ilusión opera la ley de causa y efecto: vivo aquello en lo que mi mente cree. No porque sea verdad, sino porque lo he elegido como interpretación.

El Curso utiliza la metáfora del sueño profundo de Adán. La separación es como un sueño del que aún no hemos despertado plenamente. Mientras soñamos, las pesadillas parecen reales. Pero su realidad depende exclusivamente de que sigamos dormidos.

El miedo nace de la creencia de que hemos usurpado el poder de Dios, de que hemos logrado separarnos y convertirnos en creadores autónomos. Pero eso nunca ocurrió. Y ahí está la clave de la liberación: si el error nunca ocurrió en realidad, puede deshacerse sin lucha.

¿Qué hacer cuando aparecen pensamientos oscuros?

Aquí viene lo práctico. Cuando decidimos ver de otra manera, los viejos pensamientos no desaparecen de inmediato. Se han convertido en hábitos. Reclaman atención. Intentan mantener su hegemonía.

¿Qué hacer entonces? No luchar contra ellos. No analizarlos en exceso. No condenarnos por tenerlos.

Luchar es otorgarles realidad. Condenarlos es reforzar la culpa. Temerlos es creer en su poder.

La propuesta del Curso es mucho más simple y poderosa: Observarlos sin juicio y dejarlos ir. Un pensamiento sin deseo que lo alimente se desvanece. 

Cuando vemos una película, sabemos que es ficción. Podemos emocionarnos, incluso llorar, pero en el fondo sabemos que no es real. El problema no es que aparezcan pensamientos ilusorios. El problema es olvidar que estamos viendo una película. Si recordamos que es una proyección, recuperamos la libertad de elegir cómo responder.

La lección 45 nos lleva a un punto esencial: No soy víctima de mis pensamientos. Soy quien decide a cuáles dar valor.

Cuando surge un pensamiento oscuro, puedo reconocerlo. No juzgarlo. No identificarme con él. No alimentarlo con deseo y sustituirlo por un pensamiento verdadero.

Por ejemplo: Si aparece un pensamiento de miedo, puedo recordar que soy tal como Dios me creó y que nada real puede ser amenazado.

Si surge un pensamiento de culpa, puedo recordar que el error no tuvo efectos reales y que mi inocencia permanece intacta”.

La mente que antes proyectaba puede volver a extender. La capacidad creativa no se ha perdido. Solo fue mal utilizada. Ahora puede ponerse al servicio del Espíritu.

Cada vez que elegimos no prestar atención al pensamiento ilusorio, debilitamos el sueño.
Cada vez que elegimos un pensamiento real, reforzamos el recuerdo de nuestra divinidad.

No se trata de forzar una pureza mental imposible. Se trata de elegir de nuevo, una y otra vez.

Y en esa práctica humilde y constante, el miedo pierde fuerza, la oscuridad se desvanece y la Luz —que nunca se apagó— se vuelve evidente.

La elección siempre está en nuestra mente.
Y la paz también.

Reflexión: ¿Qué pensamientos compartes con Dios?

viernes, 13 de febrero de 2026

¿Somos la luz que ilumina el mundo? Reflexión desde la Lección 44

¿Somos la luz que ilumina el mundo?  Reflexión desde la Lección 44

En la Lección 44 leemos una afirmación poderosa: “Somos la luz del mundo.”

Una estudiante plantea una idea muy interesante: ¿Podría entenderse esto en el sentido de que no hay nada realmente “ahí fuera”, y que todo lo que vemos existe porque lo iluminamos con nuestra mente? ¿Hay mundo si no hay nadie que lo observe? ¿Somos nosotros quienes lo hacemos aparecer al ponerle luz?

La pregunta es profunda. Y merece una respuesta cuidadosa.

Un Curso de Milagros afirma algo muy claro: La percepción no es pasiva. El mundo que vemos depende del sistema de pensamiento que elegimos.

El Curso dice que el mundo es efecto, no causa. Es decir, lo que vemos no es independiente de la mente.

Pero aquí debemos matizar algo importante. No está diciendo que tu mente individual crea físicamente el planeta, que el mundo desaparece si no lo miras, ni que todo es una proyección privada tuya.

Eso sería una interpretación psicológica o filosófica, no la enseñanza del Curso.

El Curso habla de una mente única que cree estar fragmentada. El mundo surge de una creencia colectiva en la separación.

No es “mi mente personal” iluminando cosas aisladas. Es la mente que se cree separada, generando una experiencia perceptiva compartida.

¿Qué significa entonces “somos la luz del mundo”?

Aquí está la clave. La luz no significa que “hacemos existir” el mundo físico. Significa que damos significado a lo que percibimos.

Sin la mente, el mundo sería percepción sin interpretación. Pero el sufrimiento no viene de los objetos, viene del significado que les atribuimos.

Cuando el Curso dice que somos la luz del mundo, está diciendo que somos la fuente del significado; que somos quienes elegimos ver desde el miedo o desde el amor, y que somos quienes iluminamos la experiencia con un sistema de pensamiento u otro.

No iluminamos la materia. Iluminamos el sentido.

El ejemplo filosófico clásico —si un árbol cae y nadie lo oye, ¿hace ruido?— es interesante, pero el Curso no se centra en eso.

La pregunta más alineada con UCDM sería: Si un hecho ocurre, ¿tiene significado sin una mente que lo interprete?

Desde el Curso, el mundo como forma puede seguir su curso, pero el dolor, el miedo o el conflicto no están en el árbol, están en la interpretación.

Ahí es donde entra la “luz”.

¿Existe el mundo “ahí fuera”?

Desde el punto de vista absoluto del Curso, el mundo es una proyección de la creencia en la separación. No es creación de Dios. No es realidad eterna.

Pero mientras creemos en él, lo experimentamos como real.

Por eso el Curso no nos pide negar el mundo, sino reinterpretarlo.

La luz no crea la forma, transforma la percepción.

Este matiz es esencial. La luz de la que habla la Lección 44 no crea montañas, árboles o cuerpos. Cambia la forma de verlos.

Desde el ego, vemos amenaza, vemos pérdida, vemos ataque, vemos carencia.

Desde la luz, vemos oportunidad de perdón, vemos inocencia más allá de la conducta, vemos una petición de amor, vemos unidad detrás de la apariencia.

El mundo no desaparece. Cambia la experiencia.

Entonces, ¿tiene sentido lo que plantea la estudiante?

Sí… pero con precisión. Tiene sentido en cuanto a que el mundo no tiene significado por sí mismo, somos nosotros quienes lo iluminamos con interpretación, y la experiencia depende de la mente.

Pero no en el sentido de que la mente individual cree físicamente el universo, nada existe si no lo observamos, y que el mundo sea una ilusión privada personal.

El Curso habla de un sueño colectivo nacido de una mente que se creyó separada.

Podemos concluir diciendo que “Somos la luz del mundo” no significa que fabriquemos objetos. Significa que, sin la mente, no hay significado. Que, sin significado, no hay experiencia emocional. Y que el significado siempre es elegido.

La luz no hace que el mundo exista. Hace que el mundo sea interpretado de una u otra manera.

Y ahí está el poder transformador de la lección: No cambiar el mundo.  Cambiar la manera de verlo.