sábado, 14 de marzo de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 73

LECCIÓN 73

Mi voluntad es que haya luz.


1. Hoy vamos a examinar la voluntad que compartes con Dios. 2Dicha voluntad no es lo mismo que los vanos deseos del ego, de los cuales emanan las tinieblas y la nada. 3La voluntad que com­partes con Dios encierra dentro de sí todo el poder de la creación. 4Los vanos deseos del ego no se pueden compartir y, por lo tanto, no tienen poder alguno. 5Sus deseos no son infructuosos en el sentido de que pueden dar lugar a un mundo de ilusiones en el cual puedes llegar a creer ciegamente. 6Desde el punto de vista de la creación, no obstante, son ciertamente infructuosos, pues no dan lugar a nada que sea real.

2. Los vanos deseos y los resentimientos son socios o co-fabrican­tes del mundo tal como lo ves. 2Los deseos del ego dieron lugar al mundo, y la necesidad del ego de abrigar resentimientos -los cuales son indispensables para sustentar este mundo- lo pue­blan de figuras que parecen atacarte y hacer que tus juicios estén "justificados". 3Estas figuras se convierten en los intermediarios que el ego emplea en el tráfico de resentimientos. 4Se interponen entre tu conciencia y la realidad de tus hermanos. 5Al contemplar dichas figuras, no puedes conocer a tus hermanos ni a tu Ser.

3. Pierdes conciencia de tu voluntad en esta extraña transacción en la que la culpabilidad se trueca una y otra vez, y los resenti­mientos aumentan con cada intercambio. 2¿Cómo iba a haber podido crear la Voluntad que el Hijo de Dios comparte con su Padre semejante mundo? 3¿Acaso creó Dios desastres para Su Hijo? 4La creación es la Voluntad conjunta de Ambos. 5¿Cómo iba Dios a crear un mundo que pudiese destruirlo a Él?

4. Hoy trataremos una vez más de ponernos en contacto con el mundo que está acorde con tu voluntad. 2La luz está en él porque no se opone a la Voluntad de Dios. 3No es el Cielo, pero la luz del Cielo resplandece sobre él. 4Las tinieblas han desaparecido, al igual que los vanos deseos del ego. 5Sin embargo, la luz que res­plandece sobre dicho mundo es un reflejo de tu voluntad. 6Por lo tanto, es dentro de ti donde la buscaremos.

5. Tu imagen del mundo tan sólo puede reflejar lo que está dentro de ti. 2Ni la fuente de la luz ni la de la oscuridad pueden encon­trarse fuera de ti. 3Tus resentimientos nublan tu mente, y, como consecuencia de ello, contemplas un mundo tenebroso. 4El perdón despeja las tinieblas, reafirma tu voluntad y te permite contem­plar un mundo de luz. 5Hemos subrayado repetidas veces que es fácil salvar la barrera de los resentimientos, y que ésta no puede interponerse entre tu salvación y tú. 6La razón es muy simple. 7¿Quieres realmente estar en el infierno? 8¿Quieres realmente gemir, sufrir y morir?

6. Olvídate de los argumentos del ego que tratan de probar que todo eso es realmente el Cielo. 2Tú bien sabes que no lo es. 3Eso no puede ser lo que tú deseas para ti mismo. 4Hay un punto más allá del cual las ilusiones no pueden pasar. 5El sufrimiento no es felicidad, y la felicidad es lo que realmente deseas. 6Eso es lo que en verdad es tu voluntad. 7Y por ende, la salvación es asimismo tu voluntad. 8Tú quieres tener éxito en lo que nos proponemos hacer hoy. 9Así que lo emprendemos con tu bendición y grata conformidad.

7. Tendremos éxito hoy si recuerdas que lo que quieres para ti es la salvación. 2Quieres aceptar el plan de Dios porque eres parte integrante de él. 3No tienes ninguna voluntad que realmente se pueda oponer a ese plan, ni tampoco es ése tu deseo. 4La salva­ción es para ti. 5Por encima de todo, quieres tener la libertad de recordar quién eres realmente. 6Hoy es el ego el que se encuentra impotente ante tu voluntad. 7Tu voluntad es libre, y nada puede prevalecer contra ella.

8Abordaremos los ejercicios de hoy, por lo tanto, con entusiasmo y confianza, seguros de que encontraremos lo que es tu voluntad encontrar y de que recordaremos lo que es tu voluntad recordar. 2Ningún deseo vano puede detenernos ni engañarnos con ilusio­nes de fuerza. 3Deja que hoy se haga tu voluntad, y pon fin de una vez por todas a la absurda creencia de que prefieres el infierno al Cielo.

9. Comenzaremos nuestras sesiones de práctica más largas reco­nociendo que el plan de Dios para la salvación, y sólo el Suyo, es el que está en completo acuerdo con tu voluntad. 2No es el propó­sito de un poder extraño que se te impone en contra de tu volun­tad. 3Es el único propósito aquí con el que tú y tu Padre estáis perfectamente de acuerdo. 4Triunfarás hoy: la hora señalada para la emancipación del Hijo de Dios del infierno y de todos los deseos vanos. 5Su voluntad queda ahora reinstaurada en su con­ciencia. 6Él está dispuesto hoy mismo a contemplar la luz que mora en él y a salvarse.

10. Después que te hayas recordado esto a ti mismo y hayas resuel­to mantener tu voluntad claramente en tu mente, repite para tus adentros estas palabras con templada determinación y tranquila certeza:

2Mi voluntad es que haya luz.
3Quiero contemplar la luz que refleja la Voluntad de Dios y la mía.

4Deja entonces que tu voluntad se afirme a sí misma, unida al poder de Dios y en unión con tu Ser. 5Pon el resto de la sesión de práctica bajo Su dirección. 6Únete a Ellos que te señalan el camino.

11. En las sesiones de práctica más cortas, declara nuevamente lo que realmente deseas. 2Di:

3Mi voluntad es que haya luz. 4La oscuridad no es mi voluntad.

5Debes repetir esto varias veces por hora. 6Es de suma importan­cia, no obstante, que apliques esta idea de inmediato si te sientes tentado de abrigar cualquier clase de resentimiento. 7Esto te ayu­dará a desprenderte de todos ellos en lugar de seguir abrigándo­los y ocultándolos en la oscuridad.

¿Qué me enseña esta lección? 

Esta lección me enseña que mi máximo anhelo es hacer la Voluntad del Padre. Al reconocerlo, expreso un estado de conciencia en el que recuerdo que soy Hijo de la Luz, una extensión viva de Dios. Reconozco en mí esa Esencia Divina y, desde ese reconocimiento, me pongo conscientemente a Su servicio.

Mi única voluntad es que haya luz, que el principio inteligible gobierne el sueño que estamos soñando y lo ilumine, disipando las sombras del mundo oscuro e ilusorio que hemos fabricado.

Expresar la luz es manifestar la Unidad, el Amor y la percepción verdadera. Expresar la luz es llevar el perdón allí donde antes había resentimiento y miedo. Es permitir que la corrección sustituya al error.

Hoy expreso mi voluntad de que haya luz.
Hoy expreso mi voluntad de compartir la luz con mis hermanos.

Si hemos sido creados por Dios, podemos afirmar que somos Hijos de Su Voluntad. Y si esto es así, ¿cómo podríamos actuar en contra de Ella? Actuar de ese modo sería negar lo que realmente somos, y esa negación es precisamente el fundamento del ego.

Un Curso de Milagros nos dice al respecto: “Crees que hacer lo opuesto a la Voluntad de Dios va a ser más beneficioso para ti. Crees también que es posible hacer lo opuesto a la Voluntad de Dios. Por lo tanto, crees que tienes ante ti una elección imposible, la cual es a la vez temible y deseable” (T-7.X.4:3-5).

Y también nos recuerda: “Cuando hayamos aprendido que nuestra voluntad es la de Dios, nuestra voluntad no dispondrá estar sin Él, tal como Su Voluntad no dispone estar sin nosotros. Esto es libertad y esto es dicha. Si nos negamos esto a nosotros mismos, le estaremos negando a Dios Su Reino, pues para eso fue para lo que Él nos creó” (T-8.II.6:4-6).

Jesús nos dice a través del Texto: “Tu voluntad es tan libre como la mía, y ni siquiera Dios Mismo se opondría a ella. Yo no puedo disponer lo que Dios no dispone. Puedo ofrecerte mi fuerza para hacer que la tuya sea invencible, pero no puedo oponerme a tu decisión sin rivalizar con ella y, consecuentemente, sin violar lo que la Voluntad de Dios ha dispuesto para ti” (T-8.IV.5:12-14).

Jesús unió su voluntad a la del Creador, y esa unión le permitió recordar al Espíritu y a Su verdadero propósito. Él no puede realizar esa elección por nosotros, pero sí puede deshacer todas las percepciones falsas de nuestra mente si se las ofrecemos. Dicho de otro modo, no puede elegir por nosotros, pero sí puede ayudarnos a elegir correctamente.

Esta lección me recuerda, con absoluta claridad, que mi voluntad es que haya luz, y que al elegirla, descanso en la Voluntad de Dios, que siempre ha sido también la mía.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es restaurar el concepto de voluntad, profundamente distorsionado por el ego.

Hasta ahora, el Curso ha mostrado que el resentimiento es una elección (68–72), que el plan del ego fracasa (71) y que el perdón es la única vía coherente.

Ahora introduce un giro esencial: La salvación no requiere esfuerzo, sino voluntad alineada.

El ego presenta la voluntad como conflicto, imposición, control y lucha de intereses.

El Curso la redefine como unidad con la Voluntad de Dios.

Instrucciones prácticas:

La práctica es directa y afirmativa:

• Repetir la idea durante el día.
• Usarla cuando 
aparezca confusión, surja tentación de juzgar, la mente quiera cerrarse y parezca que la oscuridad domina.

No se pide que fuerces una visión positiva. Se pide que declares qué deseas ver.

La práctica consiste en una afirmación de disponibilidad, no en un acto de fuerza.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente esta lección confronta una creencia muy común: “No tengo poder real para cambiar cómo veo”.

Psicológicamente, la mente se vive como pasiva frente a emociones automáticas, pensamientos intrusivos e interpretaciones heredadas.

Aceptar que mi voluntad es que haya luz produce efectos claros, ya que, devuelve  la sensación de agencia sin culpa, reduce la impotencia aprendida, introduce claridad intencional y suaviza la reactividad automática. No porque controles la mente, sino porque recuerdas que puedes elegir abrirla.

Espiritualmente, esta lección afirma: la Voluntad de Dios no es externa ni autoritaria. Es la misma Voluntad que vive en ti.

Cuando eliges la luz no desafías a Dios, no te sometes y te alineas.

Aquí el Curso disuelve una falsa dicotomía: mi voluntad vs. la Voluntad de Dios y la sustituye por una sola realidad compartida.

Relación con la progresión del Curso:

La secuencia muestra ahora un cambio interno profundo:

• 68–72 → Deshacer el resentimiento y el plan falso.
• 73 → Afirmar la voluntad alineada con la luz.

Después de soltar lo que bloquea la paz, el Curso enseña cómo permitir activamente que la luz sea.

Esta lección abre el bloque donde la visión comienza a consolidarse.

Consejos para la práctica:

• No usar la idea como mantra defensivo.
• No esperar que la oscuridad “luche”.
• No medir resultados inmediatos.

Aplicarla cuando surjan pensamientos como:

• “No puedo evitar ver esto así.”
• “Esto me supera.”
• “No tengo claridad.”
• “No puedo cambiar mi reacción.”

Y repetir suavemente: “Mi voluntad es que haya luz.”

Como acto de consentimiento, no de imposición.

Conclusión final:

La Lección 73 enseña que la luz aparece cuando dejas de resistirte a ella.

No necesitas crear claridad. No necesitas vencer la oscuridad. No necesitas entenderlo todo. Sólo necesitas querer ver.

El Curso afirma aquí una verdad profundamente empoderadora: La luz no llega porque lucho, sino porque dejo de decir que no.

Frase inspiradora: “Cuando mi voluntad se alinea con la verdad, la luz no tiene obstáculos.”

Ejemplo-Guía: Si mi voluntad es hacer la Voluntad de Dios, ¿por qué estoy triste?

Tal vez convenga comenzar planteándonos una cuestión fundamental: ¿no estaremos confundiendo la voluntad con el deseo?

La voluntad es el principio primigenio del Creador. La Creación es un acto de Su Voluntad, y Su Obra es la Filiación a la que todos pertenecemos. Por ello, la voluntad, al igual que la verdad, está libre de ilusiones.

El mundo que hemos inventado, que hemos fabricado, no responde a la voluntad, sino al deseo. Y aunque la voluntad reside en cada uno de nosotros —pues Dios la depositó en nuestra mente— permanece dormida. Dios mismo mantiene viva nuestra voluntad al extenderla desde Su Mente a la nuestra mientras el tiempo parece transcurrir. El milagro es precisamente un reflejo de esta unión de voluntades entre el Padre y el Hijo.

Al elegir el deseo como fuerza impulsora, lo que hicimos fue fabricar un mundo ilusorio que aprisionó nuestra voluntad. De este modo, la mente quedó “contagiada” por la falsa creencia en la separación y en el pecado.

Recordemos lo que nos enseña Un Curso de Milagros: “Ante esta deprimente situación, el Espíritu Santo te recuerda dulcemente que estás triste porque no estás llevando a cabo tu función de co-creador con Dios, y, por lo tanto, te estás privando a ti mismo de felicidad. Esto no es algo que Dios haya decidido, sino que fuiste tú quien lo decidió así.

Si tu mente pudiese estar en desacuerdo con la de Dios, lo que tu voluntad dispusiese no tendría sentido. Sin embargo, puesto que la Voluntad de Dios es inalterable, no es posible ningún conflicto de voluntades.

Ésta es la enseñanza perfectamente congruente del Espíritu Santo. La creación, no la separación, es tu voluntad porque es también la Voluntad de Dios, y nada que se oponga a ella tiene sentido en absoluto.

Al ser una obra perfecta, la Filiación sólo puede obrar con perfección, extendiendo la dicha en la que fue creada e identificándose con su Creador y Sus creaciones, sabiendo que son uno y lo mismo”
 (T-7.VI.13:1-7).

Aquí encontramos las claves para comprender por qué, aun deseando hacer la Voluntad del Padre, nos encontramos con el rostro amargo de la tristeza.

La pregunta que debemos hacernos es clara: ¿aquello que deseo me conduce a experimentar la separación?

Si la respuesta es afirmativa, podemos estar seguros de que el deseo está usurpando el lugar de la voluntad, y de que estamos fabricando un mundo ilusorio e irreal.

Si la respuesta es negativa, entonces nuestros deseos están alineados con la Voluntad del Padre, y lo que percibimos refleja esa coherencia. En ese caso, recordamos que somos un ser espiritual y reconocemos con claridad nuestra función: perdonar y amar.

Y entonces surge una evidencia incuestionable: ¿podría estar triste quien es una fuente de Amor?  Es imposible.

Reflexión: Tu voluntad, ¿te conduce hacia la luz o hacia la oscuridad?

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros. Parte V: Una escena de aula: cuando el hambre no está en el cuerpo.

El hambre del ego — La búsqueda de plenitud según Un Curso de Milagros.

Parte V:  Una escena de aula: cuando el hambre no está en el cuerpo.

(Un diálogo inspirado en las enseñanzas de Un Curso de Milagros)

La sala es sencilla y tranquila. Un pequeño grupo de estudiantes se ha reunido para compartir sus experiencias con las enseñanzas de Un Curso de Milagros. Sobre la mesa hay cuadernos, una copia del Texto del Curso y algunas tazas de té.

Durante unos instantes nadie habla. Finalmente, Marta rompe el silencio.

—Hay algo que me gustaría compartir —dice con cierta timidez—. Cuando tengo un día difícil, lo primero que hago al llegar a casa es abrir la nevera. No siempre tengo hambre… pero comer algo me calma.

Mira al resto del grupo.

—El problema es que después me siento culpable.

Andrés asiente lentamente.

—A mí me pasa algo parecido —responde—. Intento controlarlo. Hago dietas, me pongo reglas… pero tarde o temprano termino rompiéndolas. Y entonces la culpa es todavía peor.

Lucía interviene desde el otro lado de la mesa.

—En mi caso no es tanto la comida. Cuando siento ese vacío, empiezo a buscar distracciones. Veo series, miro el móvil, compro cosas que no necesito… cualquier cosa que me mantenga ocupada.

Hace una pausa.

—Es como si no quisiera quedarme a solas con ese sentimiento.

Las palabras quedan flotando en el aire.

El grupo permanece en silencio unos segundos, como si todos reconocieran algo familiar en lo que acaba de decir.

Entonces Carlos formula la pregunta que parece estar en la mente de todos.

—Si el problema no es realmente la comida ni las distracciones… ¿qué es lo que estamos intentando evitar?

En ese momento interviene Daniel, uno de los estudiantes más veteranos del grupo. No habla con autoridad ni con superioridad; su tono es tranquilo, como quien simplemente comparte algo que ha aprendido en su propio proceso.

En Un Curso de Milagros se diría que Daniel está actuando como un Maestro de Dios, alguien que ha empezado a mirar su mente con honestidad y ahora puede recordar suavemente a otros lo que el Curso enseña.

—En realidad —dice con calma—, no estamos buscando comida, entretenimiento ni distracción.

Los demás lo miran.

—Estamos intentando escapar de una sensación de culpa que no comprendemos plenamente.

El grupo guarda silencio.

Daniel continúa.

—El ego nos dice que hemos hecho algo terrible al separarnos de Dios. Esa creencia genera una culpa profunda. Y para no mirarla directamente, la mente fabrica problemas externos.

Hace un pequeño gesto con la mano, señalando el mundo cotidiano que todos conocen.

—Entonces pensamos que el problema es la comida, el trabajo, las relaciones o la ansiedad. Pero el problema nunca estuvo realmente en el mundo.

Abre el libro del Curso que está sobre la mesa y lee una frase en voz baja: “Las ideas no abandonan su fuente.” (T-26.VII.4:7)

Marta levanta la mirada.

—Entonces… ¿Debería intentar controlar mi comportamiento o no?

Daniel sonríe con suavidad.

—Controlar el comportamiento puede ser útil en algunos niveles prácticos. Pero no resuelve la causa del problema.

—¿Y cuál es la causa? —pregunta Andrés.

—La creencia en la culpa.

Andrés frunce ligeramente el ceño.

—¿Y cómo se deshace esa culpa?

Daniel vuelve a mirar el libro del Curso. Sus dedos recorren lentamente una página y luego lee en voz alta una frase muy conocida: “El Hijo de Dios es inocente.” (T-31.V.2:1)

Lucía respira profundamente.

—Entonces cuando busco distracciones… en realidad estoy intentando no mirar esa culpa.

—Exactamente —responde Daniel—. El mundo entero parece diseñado para mantener nuestra atención fuera de la mente.

Vuelve a cerrar el libro con suavidad.

—Pero el Curso nos invita a hacer justo lo contrario: mirar dentro sin miedo.

El grupo permanece en silencio otra vez.

Pero ahora el silencio es distinto. No es un silencio incómodo, sino un espacio donde algo empieza a comprenderse.

Finalmente, Daniel añade una última reflexión:

—No necesitamos condenar nuestros comportamientos ni luchar contra ellos. Podemos utilizarlos como señales.

—¿Señales de qué? —pregunta Marta.

—De lo que está ocurriendo en nuestra mente.

Hace una pequeña pausa y luego continúa:

—Cada vez que aparezca un impulso compulsivo, podemos preguntarnos con honestidad: ¿Qué estoy intentando evitar mirar ahora?

Después podemos recordar algo muy simple: —No soy culpable. —La separación nunca ocurrió. —Sigo siendo tal como Dios me creó.

Nadie añade nada más.

Sin embargo, todos perciben que algo ha cambiado.

Los problemas externos siguen ahí, pero ahora se miran desde otro lugar.

Y ese cambio de percepción es precisamente lo que Un Curso de Milagros llama un milagro.

viernes, 13 de marzo de 2026

¿Qué es la salvación, Padre? Aplicando la lección 72.

¿Qué es la salvación, Padre? Aplicando la lección 72.

Hay una pregunta que, en cierto momento del camino espiritual, surge con una sinceridad que no nace del intelecto, sino del corazón:

“¿Qué es la salvación, Padre? No lo sé. Dímelo, para que lo pueda entender.”

Esta pregunta marca un instante muy especial en el aprendizaje del Curso. No es una pregunta teórica ni una curiosidad espiritual. Es el momento en que la mente reconoce con humildad que todo lo que creía saber acerca de la salvación quizá estaba equivocado.

Durante mucho tiempo hemos creído entender lo que significa salvarnos. Pensábamos que la salvación consistía en cambiar las circunstancias del mundo, en evitar el sufrimiento, en obtener aquello que deseábamos o en escapar de aquello que temíamos.

Sin embargo, al observar con honestidad nuestra experiencia, descubrimos algo sorprendente: ninguna de esas cosas ha traído la paz duradera que buscábamos.

Las ideas que aprendimos sobre la salvación.

Desde pequeños aprendimos a buscar la salvación en muchas formas externas.

Pensamos que nos salvaríamos si encontrábamos a la persona adecuada, si alcanzábamos seguridad económica, si los demás nos comprendían, si las circunstancias se volvían favorables o si el mundo finalmente nos trataba con justicia.

De esta manera, la salvación parecía depender siempre de algo que estaba fuera de nosotros.

Si las cosas cambiaban, estaríamos en paz. Si las personas actuaran de otra manera, seríamos felices. Si el mundo fuera distinto, podríamos descansar.

Pero este modo de buscar nos ha conducido muchas veces a una sensación de frustración. Porque cada vez que algo parecía acercarnos a la paz, poco tiempo después descubríamos que esa paz era frágil y pasajera. ¿Te resuena?

El instante de humildad.

La pregunta de la lección surge precisamente cuando la mente empieza a reconocer esto.

En lugar de seguir intentando resolver el problema con sus propias ideas, la mente da un paso hacia la humildad. Reconoce algo muy simple y muy profundo: “No lo sé.”

Este reconocimiento no es una derrota. Es una apertura. Porque mientras la mente cree saber lo que es la salvación, seguirá buscando en los mismos lugares donde siempre la ha buscado.

Pero cuando reconoce que no sabe, algo nuevo se vuelve posible.

Escuchar en lugar de buscar.

El Curso propone un cambio muy sutil pero radical.

En lugar de seguir buscando la salvación según nuestras propias ideas, se nos invita a preguntar y escuchar.

Preguntar no desde la exigencia, sino desde la disposición a aprender.

Cuando decimos: “¿Qué es la salvación, Padre? No lo sé.”

Estamos soltando momentáneamente todas las definiciones que habíamos construido.

Estamos permitiendo que la respuesta provenga de una fuente más profunda que nuestra mente condicionada.

La respuesta que surge en la quietud.

La respuesta a esta pregunta no suele llegar como una explicación complicada ni como una teoría espiritual.

A menudo se manifiesta como algo mucho más sencillo: una experiencia de paz.

Una paz que no depende de que el mundo cambie. Una paz que no exige que los demás actúen de determinada manera. Una paz que no necesita defenderse.

Poco a poco la mente empieza a comprender que la salvación no consiste en transformar el mundo exterior.

Consiste en despertar de la creencia de que estamos separados del Amor que nos creó.

Aceptar en lugar de atacar.

La lección nos recuerda que nuestros resentimientos son intentos de imponer nuestro propio plan de salvación.

Cada resentimiento afirma en silencio: “Si esto fuera diferente, yo estaría en paz.”

Pero el plan de Dios es distinto. No nos pide cambiar el mundo para encontrar la paz.

Nos invita a soltar el ataque y aceptar la verdad de lo que somos.

La salvación como recuerdo.

Cuando la mente se aquieta lo suficiente para escuchar, empieza a comprender que la salvación no es algo que tengamos que fabricar.

No es una meta lejana ni una recompensa futura.

La salvación es el recuerdo de nuestra verdadera naturaleza. Es reconocer que la luz que buscamos nunca estuvo fuera de nosotros.

Siempre estuvo en nuestro interior, esperando a ser reconocida.

Una pregunta que abre el camino.

Por eso esta sencilla oración de la lección tiene un poder tan profundo: “¿Qué es la salvación, Padre? No lo sé. Dímelo, para que lo pueda entender.”

Cada vez que la repetimos con sinceridad, dejamos de confiar únicamente en las interpretaciones del ego y abrimos la puerta a una comprensión más profunda.

No necesitamos saber de inmediato cuál es la respuesta. Basta con mantener viva la pregunta y estar dispuestos a escuchar.

Porque cuando la mente deja de defender sus propias ideas, algo nuevo puede revelarse.

Y en esa revelación comienza a aparecer una certeza tranquila: la salvación no es algo que debamos buscar fuera. Es algo que estamos llamados a recordar. 

Y ahora te invito a detenerte un instante y llevar esta pregunta a tu interior:

Si hoy le preguntas a Dios: “¿Qué es la salvación?”, ¿qué respuesta o comprensión aparece en tu corazón? ❤️

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 72

LECCIÓN 72

Abrigar resentimientos es un ataque contra el plan de Dios para la salvación.

1. Aunque hemos reconocido que el plan del ego para la salvación es el opuesto al de Dios, aún no hemos puesto de relieve que es también un ataque directo contra Su plan y un intento deliberado de destruirlo. 2En dicho ataque se le adjudican a Dios aquellos atributos que de hecho le corresponden al ego, mientras que el ego parece asumir los de Dios.

2. El deseo fundamental del ego es suplantar a Dios. 2De hecho, el ego es la encarnación física de ese deseo. 3Pues es este deseo lo que parece encerrar a la mente en un cuerpo, manteniéndola sola y separada e incapaz de llegar a otras mentes, excepto a través del mismo cuerpo que fue hecho con el propósito de aprisionarla. 4Poner límites en la comunicación no es la mejor manera de expandirla. 5No obstante, el ego quiere hacerte creer que lo es.

3. Aunque el intento de mantener las limitaciones que un cuerpo impone es obvio aquí, tal vez no sea tan evidente por qué razón abrigar resentimientos constituye un ataque contra el plan de Dios para la salvación. 2Examinemos, pues, cuáles son las cosas contra las que tienes la tendencia a abrigar resentimientos. 3¿Acaso no están siempre asociadas con algo que un cuerpo hace? 4Una persona dice algo que no te gusta. 5O bien hace algo que te desagrada. 6Dicha persona "delata" sus pensamientos hostiles con su comportamiento.

4. En este caso no estás tratando con lo que la persona es. 2Por el contrario, en lo único que te fijas es en lo que esa persona hace en el cuerpo. 3Y no sólo no la estás ayudando a librarse de las limita­ciones de su cuerpo, sino que estás tratando activamente de atarla al cuerpo, al confundirla con éste y juzgar que ella y su cuerpo son una misma cosa. 4De este modo se ataca a Dios; pues si Su Hijo no es más que un cuerpo, eso es lo que Él debe ser también. 5Es inconcebible que un creador pueda ser radicalmente distinto de su creación.

5. Si Dios fuese un cuerpo, ¿cuál sería Su plan para la salvación? 2¿Qué otra cosa podría ser sino la muerte? 3al tratar de presen­tarse a Sí Mismo como el Autor de la vida y no de la muerte, resultaría ser un mentiroso y un impostor, lleno de falsas promesas, que ofrece ilusiones en vez de la verdad. 4La aparente reali­dad del cuerpo hace que esta perspectiva de Dios parezca con­vincente. 5De hecho, si el cuerpo fuese real, sería imposible no llegar a esta conclusión. 6Cada resentimiento que abrigas reitera que el cuerpo es real. 7Cada resentimiento que abrigas pasa por alto completamente lo que tu hermano es. 8Refuerza tu creencia de que él es un cuerpo y lo condena por ello. 9Y afirma que su salvación tiene que ser la muerte, al proyectar este ataque sobre Dios y hacerlo responsable de ello.

6. A esta arena cuidadosamente preparada, donde animales fero­ces acechan a sus presas y la clemencia no puede hacer acto de presencia, el ego viene a salvarte. 2Dios te hizo un cuerpo. 3Muy bien. 4Aceptemos esto y alegrémonos. 5En cuanto que cuerpo, no te prives de nada de lo que el cuerpo te ofrece. 6Apodérate de lo poco que puedas. 7Dios no te dio nada. 8El cuerpo es tu único salvador. 9Representa la muerte de Dios y tu salvación.

7. Ésta es la creencia universal del mundo que ves. 2Hay quienes odian al cuerpo y tratan de lastimarlo y humillarlo. 3Otros lo veneran y tratan de glorificarlo y exaltarlo. 4Pero mientras tu cuerpo siga siendo el centro del concepto que tienes de ti mismo, estarás atacando el plan de Dios para la salvación y abrigando resentimientos contra Él y contra Su creación, a fin de no oír la Voz de la verdad y acogerla como Amiga. 5El que has elegido como tu salvador ocupa Su lugar. 6Él es tu amigo; Dios, tu enemigo.

8. Hoy trataremos de poner fin a estos ataques absurdos contra la salvación, 2en lugar de ello, trataremos de darle la bienvenida. 3Tu percepción invertida ha sido la ruina de tu paz. 4Te has visto a ti mismo como que estás dentro de un cuerpo y a la verdad como algo que se encuentra fuera de ti, vedada de tu conciencia debido a las limitaciones del cuerpo. 5Ahora vamos a tratar de ver esto de otra manera.

9. La luz de la verdad está en nosotros, allí donde Dios la puso. 2El cuerpo es lo que está fuera de nosotros, y no es lo que nos concierne. 3Estar sin un cuerpo es estar en nuestro estado natural. 4Reconocer la luz de la verdad en nosotros es reconocernos a nosotros mismos tal como somos. 5Ver que nuestro Ser es algo separado del cuerpo es poner fin al ataque contra el plan de Dios para la salvación y, en lugar de ello, aceptarlo. 6dondequiera que Su plan se acepta, ya se ha consumado.

10. Nuestro objetivo para las sesiones de práctica más largas de hoy, es hacernos más conscientes de que el plan de Dios para la salvación ya se ha consumado en nosotros. 2Para lograr este obje­tivo tenemos que reemplazar el ataque por la aceptación. 3Mien­tras sigamos atacando, no podremos entender cuál es el plan de Dios para nosotros. 4Estaremos, por lo tanto, atacando lo que no reconocemos. 5Vamos a tratar ahora de suspender todo juicio y de preguntarle a Dios cuál es Su plan para nosotros:

6¿Qué es la salvación, Padre? 7No lo sé. 8Dímelo, para que lo pueda entender.

9Luego aguardaremos quedamente Su respuesta. 10Hemos ata­cado el plan de Dios para la salvación sin habernos detenido a escuchar en qué consistía. 11Hemos expresado nuestros resenti­mientos con gritos tan ensordecedores, que no hemos escuchado Su VOZ. 12Hemos utilizado nuestros resentimientos para cubrirnos los ojos y para taparnos los oídos.

11. Ahora queremos ver, oír y aprender. 2"¿Qué es la salvación, Padre?" 3Pregunta y se te contestará. 4Busca y hallarás. 5Ya no le estamos preguntando al ego qué es la salvación ni dónde encon­trarla. 6Se lo estamos preguntando a la verdad. 7Ten por seguro, entonces, que la respuesta será verdad, en virtud de Aquél a Quien se lo estás preguntando.

12. Cada vez que sientas que tu confianza flaquea y que tu espe­ranza de triunfo titubea y se extingue, repite tu pregunta y tu petición, recordando que le estás preguntando al infinito Crea­dor de lo infinito, Quien te creó a semejanza de Sí Mismo:

2¿Qué es la salvación, Padre? 3No lo sé. 4Dímelo, para que lo pueda entender.

5Él te contestará. 6Resuélvete a escuchar.

13. Hoy sólo será necesario una o quizás dos sesiones de práctica cortas por hora, ya que serán un poco más largas que de costum­bre. 2Los ejercicios deben comenzar con lo siguiente:

3Abrigar resentimientos es un ataque contra el plan de Dios para la salvación. 4Permíteme aceptarlo en lugar de ata­carlo. 5¿Qué es la salvación, Padre?

6Luego espera en silencio un minuto más o menos, preferible­mente con los ojos cerrados, y aguarda Su respuesta.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que abrigar resentimientos es algo sutil, pero profundamente revelador, pues indica que estoy viendo la vida desde la conciencia del ego. Allí donde hay resentimiento, no hay amor; hay dolor y miedo, culpa y autocastigo, sensación de separación. En ese estado, actúo dormido, necesitado de luz.

La creencia en la separación es la causa de todo resentimiento. Desde ella, de manera inconsciente, busco un culpable al que atribuir la transgresión que he llamado “pecado”. Y ese culpable ha sido el cuerpo. Al cuerpo —fabricación del ego— lo he juzgado y condenado como el origen del error.

En la percepción externa de mí mismo he trasladado al cuerpo el poder que Dios otorgó a Su Hijo, confiriéndole una autoridad que no le corresponde. De este modo, he confundido mi identidad con el cuerpo y he olvidado que soy mente y espíritu.

Creer que el cuerpo es culpable del “pecado” me ha llevado a castigarlo cada vez que me recuerda la culpa que albergo en la mente. Para el ego, el cuerpo es el instrumento del error. Sin embargo, esta es una creencia falsa, pues el cuerpo no actúa por sí mismo: responde únicamente a las instrucciones de la mente.

Inspirado por el resentimiento, he llegado a pensar que, si el cuerpo me escandaliza, debe ser castigado para redimir el supuesto pecado. Pero esta forma de pensar no hace sino perpetuar el error, pues el ataque nunca puede ser un medio de salvación.

Esta lección me invita a liberarme de ese pensamiento ilusorio, ya que solo así puedo ser verdaderamente receptivo al Plan de Salvación que Dios me ofrece. Ese Plan no es otro que amar y perdonar.

Cuando entrego mis errores al Espíritu Santo y acepto la Expiación, dejo de atacar y permito que la corrección tenga lugar en mi mente. Entonces puedo oír la Voz de Aquel que habla en Nombre del Padre y recordar que el resentimiento es siempre un ataque contra mí mismo y contra el plan de Dios.

Hoy comprendo que abrigar resentimientos no me protege, sino que me aleja de la paz. Al renunciar a ellos, no pierdo nada, y lo gano todo: la luz, la inocencia y el recuerdo de lo que verdaderamente soy.

Propósito y sentido de la lección:

El propósito de esta lección es mostrar con total claridad que el resentimiento no es un problema emocional aislado, sino una elección estratégica contra la paz.

Después de ver que el resentimiento no pertenece al Amor (68), oculta la luz (69), carece de justificación (70), y se opone al único plan que funciona (71), el Curso da un paso decisivo: El resentimiento no es neutro: es una negación activa del plan de Dios.

Esta lección no dramatiza el resentimiento; lo ubica.

Instrucciones prácticas:

La práctica es directa y honesta:

• Detectar cada resentimiento cuando aparece.
• Reconocer su efecto, no su contenido.
• Elegir de nuevo sin culpa.

Durante el día: Aplicar la idea cuando aparezca irritación persistente, la mente quiera “defenderse”, se refuerce la historia de agravio y sientas que la paz se aleja.

La práctica no consiste en reprimir, sino en no aliarte con lo que sabes que no conduce a la paz.

Aspectos psicológicos y espirituales:

En el terreno psicológico, esta lección confronta una creencia muy arraigada: “Puedo estar resentido y aun así avanzar espiritualmente.”

Psicológicamente, el resentimiento divide la mente, crea conflicto interno, sabotea la coherencia y mantiene la sensación de lucha.

Aceptar que abrigar resentimientos es un ataque contra el plan de Dios produce efectos claros, reduce la ambivalencia interna, aclara decisiones emocionales, desactiva la autotraición sutil y fortalece la motivación hacia la paz. No desde la culpa, sino desde la claridad de elección.

Espiritualmente, esta lección afirma: la salvación es una elección presente, no un logro futuro.

Cada resentimiento es una decisión por la separación. Cada perdón es una decisión por la unidad.

El Curso deja aquí algo muy claro: no hay resentimiento “pequeño” ni inofensivo” a nivel mental, porque todo resentimiento afirma que el plan de Dios no basta.

Relación con la progresión del Curso:

Las lecciones 68–72 forman un bloque compacto:

• 68 → El Amor no abriga resentimientos.
• 69 → El resentimiento oculta la luz.
• 70 → El resentimiento es injustificado.
• 71 → Sólo el plan de Dios funciona.
• 72 → El resentimiento ataca ese plan.

Aquí el Curso cierra completamente el tema del resentimiento y deja preparada la mente para el perdón como única respuesta coherente.

Consejos para la práctica:

• No usar la idea para castigarte.
• No convertirla en amenaza espiritual.
• No dramatizar el error.

Aplicarla cuando surjan pensamientos como:

• “Sólo esta vez tengo razón.”
• “Esto no lo puedo soltar.”
• “Aquí sí es distinto.”
• “Necesito defenderme.”

Y repetir suavemente: “Abrigar resentimientos es un ataque contra el plan de Dios para la salvación.” Como recordatorio de elección, no como condena.

Conclusión final:

La Lección 72 enseña que la paz no se pierde por accidente, sino por elección. Pero del mismo modo, la paz se recupera en el instante en que eliges de nuevo.

El Curso ofrece aquí una corrección profundamente empoderadora: No estoy atrapado en el resentimiento. Estoy a un solo instante de elegir la paz.

Frase inspiradora: “Cuando dejo de defender el resentimiento, el plan que sí funciona vuelve a guiarme.”


Ejemplo-Guía: ¿Qué es la salvación?

En la lección anterior tuve ocasión de introducir una afirmación que conviene recuperar ahora, pues nos ayudará a encuadrar el trabajo práctico de este ejemplo-guía:

“Siempre vemos a los demás como creemos que son, pero nunca como son en realidad.”

La razón de ello, tal como nos enseña esta lección, es la identificación con el cuerpo, que nos lleva a creer que ese “ropaje” constituye nuestra verdadera realidad.

Cuando miramos a uno de nuestros hermanos y lo que vemos es únicamente su cuerpo, y nuestra mente lo juzga a partir de lo que percibe a través de ese envoltorio, estamos estableciendo la creencia de que la comunicación con él solo es posible en ese nivel. ¿Y qué implica esto?

En primer lugar, que estamos otorgando realidad a un vehículo cuya función es reforzar la percepción de separación. Como consecuencia de esta percepción, surgen pensamientos de ataque, pues el ego nos convence de que la mejor defensa para preservar nuestra integridad es atacar. Ese ataque nace del miedo y genera, inevitablemente, aquello que después experimentamos como efecto.

Si atacamos, seremos atacados. Esta es la dinámica de la ley de causa y efecto.

Hoy no vamos a centrarnos en identificar a las personas o circunstancias a las que hemos cedido el poder de decidir sobre nuestra salvación. Tampoco vamos a buscarlas en sus ropajes físicos. Ese trabajo ya se realizó en el ejercicio de la lección anterior, donde pusimos nombre y apellidos al supuesto causante de nuestra infelicidad. Esa identificación fue posible precisamente porque mirábamos desde el cuerpo.

Hoy vamos a ir un paso más allá. Hoy buscamos la verdad. Y buscar la verdad es buscar dónde se encuentra realmente la salvación.

Pero, como ocurre con cualquier búsqueda, para encontrar algo debemos saber qué es aquello que estamos buscando. De ahí surge una pregunta esencial:

¿Qué es la salvación?

Tal vez creas saberlo.
¿Lo has leído en algún texto sagrado?
¿Lo has buscado en un diccionario?
¿Te lo ha transmitido algún maestro, algún guía o algún gurú?

Permíteme señalar algo importante: si la respuesta llega únicamente desde fuera, como una idea o una creencia intelectual, no será la respuesta completa. Podrá ser válida en ese nivel, pero ese nivel —como ya hemos visto— es el nivel del ego.

Entonces, ¿dónde debemos buscar?

La lección es clara: pregúntale a Dios.
Y preguntar a Dios es lo mismo que preguntarte a ti mismo, en lo más profundo de tu mente, pues —como nos recuerda Emilio Carrillo en su obra titulada "Dios"— Dios es Yo, y Yo soy Dios cuando ceso de ser yo.

¿Y cómo sabrás que la respuesta ha llegado?

No lo sabrás por conceptos ni por palabras. Solo lo sabrás cuando lo experimentes.

Dios no es una teoría, ni una filosofía, ni un conocimiento acumulado. Dios Es. Y la salvación no se entiende: se vive.

Ese es el reconocimiento al que nos conduce esta lección.


Reflexión: Mi creencia en lo que soy me salvará o me condenará. ¿Qué soy?