Vivimos en una época en la que una pequeña señal en la pantalla puede cambiar nuestro estado de ánimo. Publicamos una fotografía, compartimos una reflexión, expresamos una opinión o mostramos algo importante para nosotros y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirar cuántas personas han reaccionado. Si recibimos muchos «me gusta», sentimos satisfacción. Si apenas recibimos alguno, quizá aparezca la decepción. Incluso podemos preguntarnos: «¿Por qué esta publicación no interesa?», «¿Qué tiene la de otra persona que no tenga la mía?», «¿Será que lo que comparto no vale tanto como pensaba?». Desde Un Curso de Milagros, esta situación tan cotidiana nos ofrece una oportunidad para observar algo más profundo: ¿por qué necesitamos que los demás confirmen continuamente nuestro valor a través de su aprobación?
Desde UCDM, podemos comprender esta necesidad observando cómo funciona el ego. El ego construye una identidad que necesita ser confirmada constantemente desde fuera. Nos dice: «Eres importante si te reconocen», «Vales si destacas», «Lo que haces merece la pena si los demás lo aprueban». Y como ninguna cantidad de reconocimiento consigue satisfacer permanentemente esa necesidad, siempre acabamos necesitando algo más. Si ayer recibimos veinte «me gusta», hoy queremos cincuenta. Si conseguimos cien, empezamos a preguntarnos por qué otra persona ha recibido quinientos. El ego convierte el reconocimiento en una competición porque necesita comparar para sentirse especial.
Aquí aparece una de las enseñanzas fundamentales de Un Curso de Milagros: nuestra verdadera identidad no depende de la imagen que intentamos construir ante los demás. El especialismo del ego necesita destacar, diferenciarse y recibir confirmaciones de que somos alguien importante. Pero el Curso nos invita a recordar que nuestro valor no aumenta cuando alguien nos admira ni disminuye cuando alguien nos ignora. Podemos disfrutar del reconocimiento sin convertirlo en una medida de lo que somos. Quizá la pregunta más reveladora sea: «¿Qué creo que me falta cuando nadie reacciona a lo que publico?» Tal vez reconocimiento, afecto, importancia o la sensación de que nuestra presencia cuenta para alguien. Y ahí descubrimos que estamos pidiendo a una pantalla que nos proporcione una seguridad interior que nunca podrá garantizar.
Imaginemos que compartimos una reflexión que consideramos valiosa. Hemos dedicado tiempo a escribirla y creemos sinceramente que puede ayudar a otras personas. Pasan las horas y apenas recibe reacciones. Entonces aparece una sensación de fracaso. Pero podemos detenernos y preguntarnos: «¿Ha perdido esta reflexión su valor porque pocas personas hayan pulsado un botón?» Quizá alguien la haya leído y le haya servido sin dejar ninguna reacción. Tal vez otra persona la guarde para volver a ella más adelante. O quizá simplemente no haya llegado a quienes podrían necesitarla. El número de «me gusta» puede ofrecernos información sobre la recepción de una publicación, pero no puede decirnos todo acerca de su significado ni de su posible utilidad.
Esto puede resultar especialmente importante cuando compartimos contenidos relacionados con la espiritualidad. Podemos comenzar con una intención sincera de ayudar y, sin darnos cuenta, terminar preocupándonos más por la repercusión que por el mensaje. Quizá nos sintamos decepcionados porque una reflexión profunda recibe pocas reacciones mientras una frase sencilla consigue muchas más. Entonces conviene preguntarnos: «¿Estoy utilizando estas enseñanzas para compartir algo que considero útil o para construir una imagen de mí mismo como alguien especialmente reconocido?» No necesitamos juzgarnos por descubrir esa motivación. El ego puede intentar apropiarse incluso de nuestras actividades espirituales. Reconocerlo con honestidad es precisamente una oportunidad para corregir nuestra intención.
Desde UCDM, aquí podemos introducir una distinción muy práctica: una cosa es querer compartir y otra necesitar ser admirados por lo que compartimos. Podemos publicar una reflexión, agradecer los comentarios y alegrarnos cuando alguien nos dice que le ha ayudado. Pero también podemos aprender a aceptar que no todas nuestras aportaciones recibirán la atención que esperábamos. El reconocimiento externo puede acompañar nuestra actividad sin convertirse en la razón por la que la realizamos. Podemos preguntarnos: «Si esta publicación ayudara solamente a una persona y yo nunca llegara a saberlo, ¿seguiría teniendo sentido haberla compartido?».
También conviene observar cuánto tiempo dedicamos a comprobar las reacciones. Publicamos algo y volvemos a mirar el teléfono a los diez minutos. Después a la media hora. Más tarde revisamos quién ha reaccionado y quién no. Quizá nos sorprenda que una persona cercana no haya marcado «me gusta» y comenzamos a interpretar su silencio: «¿Estará enfadada conmigo?», «¿Ya no le interesa lo que comparto?». En ese momento, nuestra mente está dando un significado personal a algo que puede tener muchas explicaciones. Podemos preguntarnos: «¿Qué sé realmente y qué estoy imaginando a partir de la ausencia de una reacción?»
Otra dificultad aparece cuando empezamos a adaptar todo lo que publicamos para conseguir aprobación. Dejamos de compartir aquello que realmente queremos expresar y comenzamos a preguntarnos qué gustará más, qué recibirá más comentarios o qué nos dará mayor visibilidad. En ocasiones, adaptar el lenguaje para llegar mejor a los demás puede ser una decisión útil. Pero quizá convenga observar cuándo esa adaptación se convierte en una renuncia a nuestra autenticidad. ¿Estamos intentando comunicarnos mejor o estamos empezando a decir únicamente aquello que creemos que los demás quieren escuchar? Podemos aprender a presentar nuestras ideas de manera atractiva sin convertir la aprobación en nuestro único propósito.
El Curso nos invita a cambiar de maestro interior. El ego pregunta: «¿Cuántas personas me han reconocido?». La mirada del Espíritu Santo puede ayudarnos a formular otra pregunta: «¿Desde qué intención estoy compartiendo esto?» Si buscamos reconocimiento para sentirnos importantes, probablemente experimentaremos ansiedad y comparación. Si compartimos desde el deseo de ofrecer algo útil, podremos alegrarnos de la respuesta sin depender completamente de ella. No significa que tengamos que volvernos indiferentes a los resultados. Podemos observar qué publicaciones llegan mejor a los lectores y aprender de esa información. La diferencia está en no confundir los resultados con nuestra identidad.
También podemos preguntarnos: ¿Qué me ocurre cuando otra persona recibe más reconocimiento? ¿Puedo alegrarme por su éxito sin compararlo con el mío? ¿Estoy buscando compartir o destacar? ¿Necesito una respuesta externa para sentir que lo que hago tiene sentido? ¿Puedo recibir reconocimiento sin convertirlo en una necesidad? No tenemos que responder perfectamente ni conseguir desprendernos de nuestra necesidad de aprobación de un día para otro. La práctica consiste en reconocerla cada vez antes y permitirnos elegir otra manera de relacionarnos con ella.
Quizá podamos decir interiormente: «Me gusta que los demás valoren lo que comparto. Puedo disfrutar de sus comentarios y agradecer su reconocimiento. Pero no quiero convertir esa aprobación en la medida de lo que soy. Ayúdame a compartir desde el amor y no desde la necesidad de sentirme especial».
Y quizá ésa sea una de las aplicaciones más sencillas de Un Curso de Milagros en nuestra relación con las redes sociales: aprender a distinguir entre el deseo natural de compartir y la necesidad del ego de recibir confirmaciones constantes de su importancia.
Podemos publicar. Podemos disfrutar de los comentarios. Podemos aprender de las reacciones y mejorar nuestra manera de comunicarnos.
Pero no necesitamos convertir cada «me gusta» en una prueba de nuestro valor ni cada silencio en una señal de rechazo.
Porque lo que somos no aumenta cuando nos aplauden ni disminuye cuando nadie parece estar mirando.









