martes, 10 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 41

LECCIÓN 41

Dios va conmigo dondequiera que yo voy.

1. Con el tiempo, la idea de hoy desvanecerá por completo la sensación de soledad y abandono que experimentan todos los que se consideran separados. 2La depresión es una consecuencia inevitable de la separación, 3como también lo son la ansiedad, las preocupaciones, una profunda sensación de desamparo, la infelicidad, el sufrimiento y el intenso miedo a perder.

2. Los que se consideran separados han inventado muchos "remedios" para lo que, según ellos, son "los males del mundo": 2Pero la única cosa que no han hecho es cuestionar la realidad del problema. 3Los efectos de éste, no obstante, no se pueden sanar porque el problema no es real. 4La idea de hoy tiene el poder de acabar con todo este desatino para siempre. 5Pues eso es lo que es, un desatino, por muy serias y trágicas que parezcan ser sus manifestaciones.

3. En lo profundo de tu interior yace todo lo que es perfecto, presto a irradiar a través de ti sobre el mundo. 2Ello sanará todo pesar y dolor, todo temor y toda sensación de pérdida porque curará a la mente que pensaba que todas esas cosas eran reales y que sufría debido a la lealtad que les tenía.

4. Jamás se te puede privar de tu perfecta santidad porque su Fuente va contigo dondequiera que tú vas. 2Jamás puedes sufrir porque la Fuente de toda dicha va contigo dondequiera que tú vas. 3Jamás puedes estar solo porque la Fuente de toda vida va contigo dondequiera que tú vas. 4Nada puede destruir tu paz mental porque Dios va contigo dondequiera que tú vas.

5. Comprendemos que no creas nada de esto. 2¿Cómo ibas a creerlo cuando la verdad se halla oculta en lo profundo de tu interior, bajo una pesada nube de pensamientos dementes, densos y turbios que representan, no obstante, todo lo que ves? 3Hoy intentaremos por primera vez atravesar esa oscura y pesada nube y llegar a la luz que se encuentra más allá.

6. Hoy tendremos una sola sesión de práctica larga. 2Por la mañana, a ser posible tan pronto como te levantes, siéntate en silencio de tres a cinco minutos con los ojos cerrados. 3Al comienzo de la sesión de práctica repite la idea de hoy muy lentamente. 4No trates de pensar en nada en particular. 5Trata, en cambio, de experimentar la sensación de que estás sumergiéndote en tu interior, más allá de todos los pensamientos vanos del mundo. 6Trata de llegar hasta lo más profundo de tu mente, man­teniéndola despejada de cualquier pensamiento que pudiese distraerte.

7. De vez en cuando puedes repetir la idea de hoy si observas que eso te ayuda. 2Pero sobre todo, trata de sumergirte tan profundamente como puedas en tu interior, lejos del mundo y de todos sus pensamientos disparatados. 3Estás tratando de llegar más allá de todo ello. 4Estás tratando de dejar atrás las apariencias y de aproximarte a la realidad.

8. Es perfectamente posible llegar a Dios. 2De hecho, es muy fácil, ya que es la cosa más natural del mundo. 3Podría decirse incluso que es lo único que es natural en el mundo. 4El camino quedará despejado, si realmente crees que ello es posible. 5Este ejercicio puede producir resultados asombrosos incluso la primera vez que se intenta, y tarde o temprano acaba por tener éxito. 6A medida que avancemos ofreceremos más detalles acerca de este tipo de práctica. 7No obstante, nunca fracasa del todo, y es posible tener éxito inmediatamente.

9. Usa la idea frecuentemente a lo largo del día, repitiéndola muy despacio, preferiblemente con los ojos cerrados. 2Piensa en lo que estás diciendo, en el significado de las palabras. 3Concéntrate en la santidad que esas palabras te atribuyen, en la compañía indefectible de la que gozas, en la completa protección que te rodea.

10. Puedes ciertamente permitirte el lujo de reírte de los pensamientos de miedo, recordando que Dios va contigo dondequiera que tú vas.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta expresión encierra en sí misma la confirmación del reconocimiento de nuestra verdadera identidad. Se trata de ser conscientes de que somos Hijos de Dios, y de sentir que lo somos, al tener la certeza de que nuestro Padre nos acompaña allí donde vayamos. No puede ser de otra manera, pues El Creador y lo Creado forman una misma Unidad en Esencia. Es en Dios donde tenemos nuestro Ser.

Cuando afirmamos que "Dios nos acompaña", estamos compartiendo, extendiendo, la máxima verdad de la que somos portadores. Por lo tanto, cuando lo que expresamos, proyectamos y creamos lleva el sello de la Unidad, lo que realmente estamos haciendo es una extensión de la Mente que compartimos con Dios.

Cuando permanecemos dormidos, inconscientes de la verdadera realidad, cuando permanecemos en conciencia de ego, nos sentimos separados de esa verdad y damos poder a la ilusión que percibimos por los sentidos físicos. En este estado, somos prisioneros de nuestras acciones y reacciones, de la causa y el efecto; nos identificamos con el dolor, el sufrimiento, la culpa y el miedo, la enfermedad y la muerte.

Esta expresión representa el primer paso hacia la verdadera liberación.

No he podido evitar sorprenderme al leer nuevamente esta lección, pues resume de manera maravillosa la idea que compartía con vosotros en la reflexión de la lección de ayer. Tener la certeza de que somos parte de Dios, con lo cual estamos permanentemente en su Presencia, es sin duda una revelación maravillosa que nos llena de gozo y alegría. Como el "hijo pródigo", nuestro Padre siempre permanece aguardando nuestro retorno, pues para Él, en verdad, nunca nos habíamos ido, aunque nosotros tuviésemos la percepción de haberlo hecho.

La respuesta de nuestro Padre, respetando nuestro libre albedrío, ha sido siempre confiar en nuestro regreso. Consciente de nuestra decisión, de ese pensamiento pasajero que nos mantiene atados al error de la separación, nuestro Padre no tan sólo ha tenido plena confianza en su Hijo, sino que, además, puso a su disposición al Espíritu Santo, el mediador entre la comunicación superior y la inferior, el que mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia su Hijo.

Al igual que le ocurrió a ese "hijo pródigo", que dilapidó toda su herencia viviendo como un libertino, nuestro transitar por el mundo físico nos lleva a prestar atención a un mundo ilusorio y temporal, en el cual hemos olvidado nuestra verdadera identidad.

Ese mundo no puede ofrecernos lo que no tiene, es decir, no puede ofrecernos los alimentos que satisfacen el apetito del alma: amor, inocencia, impecabilidad, gratitud, abundancia, misericordia, justicia, paz, alegría, felicidad...

Si profundizamos en el mensaje de la parábola del "hijo pródigo", descubriremos un gesto en el protagonista que es imprescindible para que se produzca el despertar de la conciencia que ha de llevarnos a iniciar el viaje de vuelta hasta nuestro Padre. Me estoy refiriendo a las siguientes palabras:

"Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".

Son las palabras que nos harán despertar. Se trata de palabras de arrepentimiento, aunque exentas de culpabilidad. Debemos entenderlas como una toma de consciencia de que habíamos agotado el canal de aprendizaje elegido, el cual nos ha llevado a entender que siempre hemos sido un humilde jornalero de nuestro Padre. Junto a Él, jamás nos faltará el alimento, pues su Esencia, el Amor, es el verdadero y eterno alimento.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 41 aborda directamente una de las raíces más profundas del sistema de pensamiento del ego: la creencia en la soledad.
Si la Lección 40 afirmaba la bendición inherente del Hijo de Dios, la 41 introduce su consecuencia inevitable: la imposibilidad real del abandono.

Aquí el Curso da un paso decisivo: no solo soy bendito, nunca estoy solo.

La afirmación “Dios va conmigo dondequiera que yo voy” no describe una protección externa ni una compañía simbólica, sino una condición ontológica: no existe ningún lugar, estado mental o circunstancia fuera de Dios.

Instrucciones prácticas:

La estructura práctica es deliberadamente sencilla y reiterativa:

  • Uso muy frecuente de la idea.
  • Aplicación inmediata ante cualquier sensación de:
    • soledad,
    • abandono,
    • tristeza,
    • desamparo.

El Curso insiste en ojos cerrados → ojos abiertos, como en lecciones anteriores:

  • primero se afirma la verdad internamente,
  • luego se permite que impregne la percepción.

La instrucción “permite que la paz te envuelva” es clave: no se pide generar paz, sino no interferir con ella.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicos

Esta lección confronta directamente:

  • el sentimiento de abandono,
  • la sensación de estar “solo ante la vida”,
  • la idea de que nadie comprende,
  • la raíz de la depresión.

El Curso es categórico: la depresión no es real, ni tiene justificación alguna.

No porque el dolor humano sea negado, sino porque su causa percibida es falsa.

La depresión surge de una premisa errónea: “estoy solo”.

Espiritualmente, esta lección afirma que la separación nunca ocurrió, que Dios no abandona Su creación y que la Presencia no depende del estado emocional.

Dios no “acompaña” al Hijo: es imposible que no esté con Él.

Por eso la lección no propone consuelo, sino corrección de la causa.

Relación con el Curso:

La secuencia es impecable:

  • 35 → identidad santa
  • 36 → santidad que envuelve
  • 37 → santidad que bendice
  • 38 → santidad como poder
  • 39 → santidad como salvación
  • 40 → santidad como bendición recibida
  • 41 → santidad como Presencia constante

Aquí el Curso elimina el último bastión del ego: la idea de que el Hijo de Dios pueda estar solo.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea como auto-consuelo emocional.
  • No esperar sentir algo especial.
  • Usarla precisamente cuando no se siente nada.
  • Aplicarla cuando el ego diga “estás solo”, “nadie te acompaña”, “tienes que arreglártelas por tu cuenta”.

La lección no pide fe, sino disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 41 establece una verdad fundamental del Curso: La soledad es imposible.

No porque el mundo sea amable, sino porque Dios nunca ha dejado a Su Hijo.

Esta lección no elimina los problemas, los deja sin fundamento.

No promete compañía futura, afirma una Presencia eterna.

Aquí el Curso entrena una confianza silenciosa y radical: allí donde creía estar solo, Dios ya estaba. Y esa certeza basta para que la paz regrese.

Frase inspiradora: “No busco bendiciones en el mundo, las reconozco en mí, porque soy bendecido como Hijo de Dios”.


Ejemplo-Guía: ¿Dónde se encuentra la felicidad?

Desde pequeños, nos enseñan que debemos responder a los estímulos externos. Ante el llanto propio de un bebé hambriento, la madre sacia su apetito dándole de mamar y, con ello, el llanto se traduce en placidez. ¿Qué ha aprendido el bebé?

Vamos creciendo en este entorno, ciertamente, condicionado, pues si bien una madre no deja de amamantar a su hijo cuando éste requiere alimentarse, sí puede elegir entre satisfacer o no las demandas que su hijo le hará, siguiendo el patrón de aprendizaje adquirido. De este modo, los adultos responderemos con agrado o desagrado a dichas peticiones. Puede ser un simple gesto, una mueca desaprobatoria, unas palabras de reproches o una acción de castigo, que en ocasiones alcanza niveles no justificados.

Todos hemos cursado en esa "escuela" de la vida. Aprendemos a sonreír cuando queremos agradar y aprendemos a ser indiferentes cuando queremos hacer ver a los demás que no nos interesa lo que nos proponen. También aprendemos a llorar cuando nos sentimos frustrados y no conseguimos ver realizados nuestros deseos.

El mensaje profundo que debemos sacar de todas estas cuestiones es que aprendemos a buscar, fuera de nosotros mismos, aquello que deseamos. Tendríamos que remontarnos al origen del primer deseo, el cual se convierte en la causa original que propició la visión del mundo que percibimos. Ese pensamiento-deseo fue la individualidad, el deseo de ser especial, el cual nos llevó a la creencia en la separación.

El mundo de la separación, el mundo material, nos ofrece cosas temporales, pues está sujeto a las leyes del espacio-tiempo. Se trata de un mundo proyectado, inventado, y la identificación con él nos ha llevado a adoptar un envoltorio físico, el cuerpo, al cual le hemos dotado con la credibilidad de nuestra única identidad y realidad.

Es necesario que comprendamos que la eterna felicidad no podemos confundirla con los momentos pasajeros de placer que nos facilita el mundo físico. ¿Conoces algún placer que sea permanente? Seguro que te habrás dado cuenta de que el ser humano, cuando desea intensamente algo, cuando lo consigue, al poco tiempo deja de interesarse por él. Es más, en muchas ocasiones, cuando se sacia de ello, lo llega a aborrecer. ¿Cómo es posible que deseemos algo con tanta intensidad y al poco tiempo lo estemos desechando?

Tal vez te encuentres entre los que han dilapidado su herencia. Entre tus alforjas de viaje, tan solo te acompaña el recuerdo de lo vivido y de esos recuerdos se desprende un aroma que nos sabe a sabiduría. Tus pies se sienten cansados de tanto caminar y tu alma añora el encuentro con la paz que no has logrado encontrar en ninguno de los paisajes por los que has pasado. Pero no pienses que te encuentras perdido, jamás lo has estado. Si escudriñas tu mente, tal vez te sorprenda descubrir que el tiempo tiene una dimensión diferente. Tienes la impresión de que en unos minutos eres capaz de colapsar toda una vida. Esa vida se presenta ante tu visión, extractada, permitiéndote ver con nitidez que esa travesía ha tocado a su fin y que ahora una nueva visión te permite percibir la magnitud eterna del presente. Y ese presente es toda tu existencia, no tan solo la pasada, sino la existencia potencial que asumes con plena consciencia de ser.

Ya no sentirás la necesidad de viajar. Tu último viaje te ha llevado a tu único destino posible, tu interior. En ese encuentro, te fundes en un amoroso abrazo con tu Padre, el cual, presto, pedirá a sus sirvientes:

"Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado".

¿Acaso imaginas una felicidad más grande?

Reflexión: Si Dios va conmigo, dondequiera que voy, ¿por qué siento infelicidad?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (8ª parte).

VII. La roca de la salvación (8ª parte).

8. Sería ciertamente una locura poner la salvación en manos de los dementes. 2Pero puesto que Dios no está loco, ha designado a Uno tan cuerdo como Él para que le presente un mundo de mayor cordura a todo aquel que eligió la demencia como su sal­vación. 3A Él le es dado elegir la forma más apropiada para ayu­dar al demente: una que no ataque el mundo que éste ve, sino que se adentre en él calladamente y le muestre que está loco. 4El Espíritu Santo no hace sino señalarle otra alternativa, otro modo de contemplar lo que antes veía, que él reconoce como el mundo en el que vive, el cual creía entender.


Este párrafo aclara quién tiene realmente la función de salvar y, sobre todo, quién no. El Curso afirma sin ambigüedad que sería una locura confiar la salvación a una mente que se cree demente. Esto descarta definitivamente la idea de que el ego, el juicio personal o el esfuerzo humano puedan conducir a la verdad.

Dado que Dios no está loco, no ha delegado la salvación en la confusión, sino que ha designado a Uno tan cuerdo como Él: el Espíritu Santo. Su función es presentar un mundo de mayor cordura precisamente a quienes han elegido la demencia como sustituto de la salvación.

La genialidad del método del Espíritu Santo reside en su no-ataque. No contradice frontalmente el mundo que el demente ve, ni lo ridiculiza, ni lo niega. Se adentra silenciosamente en él, utilizando sus propios símbolos y referencias, y desde ahí muestra suavemente que el sistema entero es insensato.

El Espíritu Santo no fuerza una nueva visión ni destruye la antigua. Simplemente señala una alternativa: otro modo de contemplar exactamente lo mismo. Esa nueva mirada se ofrece dentro del mundo que el individuo reconoce como propio, el mundo que creía entender. Así, la corrección no se vive como amenaza, sino como reconocimiento.

Mensaje central del punto:

  • La salvación no puede estar en manos de la locura.
  • Dios ha designado al Espíritu Santo como mediador cuerdo.
  • El Espíritu Santo presenta un mundo de mayor cordura.
  • No ataca el mundo percibido por el demente.
  • Entra en él silenciosamente.
  • Muestra la locura sin juicio ni confrontación.
  • Ofrece otra manera de ver lo mismo.

Claves de comprensión:

  • La salvación no es auto-dirigida desde el ego.
  • El Espíritu Santo no destruye símbolos; los reinterpreta.
  • El no-ataque es condición imprescindible para que la corrección sea aceptada.
  • La nueva percepción no sustituye el mundo; lo resignifica.
  • El reconocimiento precede a la comprensión total.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Abandona la idea de “arreglarte” por tu cuenta.
  • Permite que una interpretación más amable sustituya al juicio.
  • Observa cuándo te resistes porque sientes que tu mundo es atacado.
  • Practica aceptar otra mirada sin exigir pruebas inmediatas.
  • Recuerda: no se te pide abandonar lo que ves, sino verlo de otra manera.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿En qué áreas sigo confiando la salvación a mi propio juicio?
  • ¿Cuándo percibo la corrección como ataque?
  • ¿Puedo aceptar una alternativa sin defender mi visión actual?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que alguien cuerdo elija la forma?
  • ¿Qué cambiaría si permitiera otra manera de ver lo mismo?

Conclusión / síntesis:

Este párrafo confirma que la salvación no es un logro personal, sino una reorientación guiada. Dios no deja la curación en manos de la confusión. El Espíritu Santo actúa como traductor entre dos sistemas de pensamiento, entrando en el mundo del error sin atacarlo y mostrando, desde dentro, que hay otra forma de verlo.

La locura no se corrige con confrontación, sino con una alternativa que se reconoce como más amable, más coherente y más verdadera.

Frase inspiradora:

“La salvación no me exige abandonar mi mundo, sino mirarlo con otra mente.”

Invitación práctica:

Hoy, cuando sientas confusión o resistencia, repite:

“Espíritu Santo, muéstrame otra manera de ver esto.”

Y permite que la corrección llegue sin esfuerzo.

lunes, 9 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 40

LECCIÓN 40

Soy bendito por ser un Hijo de Dios.

1. Comenzamos hoy a afirmar algunas de las bienaventuranzas a las que tienes derecho por ser quien eres. 2Hoy no se requieren largas sesiones de práctica, sino muchas cortas y frecuentes. 3Lo ideal sería una cada diez minutos, y se te exhorta a que trates de mantener este horario y a adherirte a él siempre que puedas. 4Si te olvidas, trata de nuevo. 5Si hay largas interrupciones, trata de nuevo. 6Siempre que te acuerdes, trata de nuevo.

2. No es preciso que cierres los ojos durante los ejercicios, aunque probablemente te resultará beneficioso hacerlo. 2Mas puede que durante el día te encuentres en situaciones en las que no puedas cerrar los ojos. 3No obstante, no dejes de hacer la sesión por eso. 4Puedes practicar muy bien en cualquier circunstancia, si realmente deseas hacerlo.

3. Los ejercicios de hoy no requieren ningún esfuerzo ni mucho tiempo. 2Repite la idea de hoy y luego añade varios de los atributos que asocias con ser un Hijo de Dios, aplicándotelos a ti mismo. 3Una sesión de práctica, por ejemplo, podría consistir en lo siguiente:

4Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
5Soy feliz y estoy en paz; soy amoroso y estoy contento.

6Otra podría ser, por ejemplo:

7Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
8Estoy calmado y sereno; me siento seguro y confiado.

9Si sólo dispones de un momento, basta con que simplemente te digas a ti mismo que eres bendito por ser un Hijo de Dios.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, mientras me identifique con el sistema de valores del ego, permanezco dormido a la verdad de lo que soy. El ego se sostiene mediante hábitos mentales aprendidos que refuerzan respuestas automáticas. Estos hábitos se han formado a partir de la experiencia en el mundo de la percepción y se basan en la creencia en la división, la competencia, la posesión, el sacrificio y el miedo.

Desde esa identificación, dar se interpreta como perder. El servicio se vive como desgaste y no como extensión natural del amor. Las relaciones quedan condicionadas por recuerdos de heridas pasadas, que se convierten en obstáculos para experimentar el amor sin reservas. Así, la libertad de expresar la verdad del Ser queda velada por capas de creencias que limitan la percepción.

El Curso no propone luchar contra esas capas, sino despertar de la identificación con ellas. Ese despertar comienza cuando acepto que soy bendito, no como un logro personal, sino como un hecho que procede de mi creación. Ser bendito es mi condición natural por ser el Hijo de Dios.

La lección utiliza el término bendito para señalar un estado que no pertenece al ego. Bendito no significa débil ni ingenuo; no es azar ni placer pasajero. Bendito es reconocer la inocencia, la dicha y la plenitud que no dependen de circunstancias externas. Estos estados no pueden ser producidos por el ego, porque no proceden del mundo, sino de la Identidad que comparto con mi Fuente.

Esta lección es especialmente sencilla porque no me pide que cambie nada, sino que recuerde lo que ya soy. Su práctica consiste en permitir que ese recuerdo se haga presente una y otra vez a lo largo del día. No se trata de convencerme ni de repetirme una idea para fabricar un estado, sino de dejar que la verdad sustituya a la creencia falsa.

La repetición no crea la verdad; la mantiene disponible en la conciencia. Del mismo modo que los hábitos del ego se reforzaron por repetición, esta práctica utiliza el mismo mecanismo para deshacerlos, pero sin esfuerzo ni imposición. El valor real de la lección no está en la técnica, sino en la elección previa: haber decidido ver de otra manera.

Al aceptar que soy bendito por ser el Hijo de Dios, dejo de buscar valor, felicidad o seguridad en el mundo. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Me gustaría compartir una reflexión nacida de una experiencia que, aunque muchos podamos comprender intelectualmente, en mi caso se reveló hace unos días con una profundidad distinta, en lo que reconocí claramente como un instante santo.

La reflexión es sencilla: ¿Qué podría aportarnos mayor dicha que la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Esta verdad había estado presente en mi entendimiento durante mucho tiempo. La conocía, la aceptaba conceptualmente, pero hasta ese momento no la había experimentado de forma plena. Ese día dejó de ser una idea y se convirtió en una vivencia interior.

Cuando esa certeza se hace presente, no es una emoción intensa lo que surge, sino una profunda calma. Es como si el peso que sostenía la mente se disolviera. Allí donde antes quedaban restos de miedo o inquietud, apareció una serenidad suave y estable. No hubo necesidad de explicaciones ni de esfuerzo alguno.

La dicha que acompaña a ese reconocimiento no procede de nada externo. Nace de saber, sin dudas, que nada en nuestra experiencia está fuera de Dios, que no hay circunstancias abandonadas a la casualidad ni espacios donde el Amor no esté presente.

En ese instante, no se gana nada nuevo, ni se alcanza algo extraordinario. Simplemente se recuerda lo que siempre ha sido verdad. Y ese recuerdo basta para que la mente descanse.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 40 introduce explícitamente el lenguaje de bienaventuranza, término cargado de sentido en el Texto del Curso. No se refiere a recompensas futuras ni a estados especiales, sino a condiciones inherentes al Hijo de Dios.

La frase clave: “por el mero hecho de ser quien eres” sitúa la bendición antes de toda conducta, pensamiento o logro. Esta lección consolida lo afirmado en la 39: si la santidad es tu salvación, entonces la bendición no puede ser algo que se gane, sino algo que se reconoce.

Aquí el Curso empieza a sustituir la lógica de la culpa por la lógica del merecimiento natural, no basado en obras, sino en identidad.

Instrucciones prácticas:

A diferencia de las lecciones inmediatamente anteriores, esta no enfatiza sesiones largas, sino: aplicaciones breves, muy frecuentes, en cualquier contexto.

Esto es coherente con su contenido: la bendición no requiere introspección profunda, sino recordatorio constante.

La instrucción de cerrar los ojos y luego abrirlos tiene un sentido claro en el Curso: primero se afirma la verdad internamente, y luego se extiende a la percepción.

Además, la lección introduce un cambio importante: “no se te pide que resuelvas el problema”.

Esto refuerza la enseñanza central del Texto: los problemas no se resuelven; se disuelven cuando se corrige la causa.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la creencia profundamente arraigada de que:

  • hay que merecer la paz,
  • hay que corregirse para ser bendecido,
  • hay que entender para estar en paz.

La afirmación: Soy bendecido como Hijo de Dios” actúa como antídoto directo contra la autoacusación.

Además, la instrucción de aceptar que “no es un problema” no es negación, sino desidentificación. El ego define al yo a través de los problemas; esta lección enseña a no tomarlos como propios.

Espiritualmente, esta lección se apoya en un principio central del Texto: Dios no crea sin bendecir.

Ser Hijo de Dios implica estar bendecido ahora, no después de un proceso de purificación. La bendición no depende del tiempo, porque la creación no ocurrió en el tiempo.

La referencia explícita al Espíritu Santo refuerza el carácter no personal de la corrección: “El Espíritu Santo se encargará de ello sin esfuerzo alguno de tu parte”.

Esto afirma que la salvación no es una empresa humana, sino una aceptación.

Relación con el Curso:

La progresión doctrinal continúa con total coherencia:

  • 35: Identidad santa.
  • 36: Santidad que envuelve.
  • 37: Santidad que bendice.
  • 38: Santidad como poder.
  • 39: Santidad como salvación.
  • 40: Santidad como bendición recibida.

Aquí el Curso equilibra la expansión anterior: después de bendecir, sanar y salvar, ahora se afirma el derecho a recibir.

Esto previene una lectura sacrificial o heroica de la función espiritual.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para “sentirse mejor”.
  • No forzar la sensación de bendición.
  • Aplicarla especialmente cuando el ego declare que “hay un problema”.

El Curso no pide comprensión, solo disponibilidad.

Conclusión final:

La Lección 40 sella una verdad esencial del Curso: No estás intentando convertirte en algo mejor, sino recordar que ya estás bendecido.

La bendición no elimina problemas porque nunca los toma como reales.
No exige esfuerzo porque no compite con nada.

Aquí el Curso comienza a entrenar una confianza radical: en la identidad, en la guía, y en la ausencia de culpa como estado natural.


Ejemplo-Guía: ¿A qué le tienes miedo?

Este ejemplo nos invita a situarnos en el origen de nuestras emociones, allí donde parecen surgir la escasez, la culpa, el dolor y la infelicidad. Desde la enseñanza del Curso, el miedo no procede de las circunstancias ni del mundo, sino de haber olvidado a Dios y, con ello, haber olvidado quiénes somos.

El miedo es el fundamento del sistema de pensamiento del ego. No es una fuerza real ni una creación verdadera, sino el resultado de una creencia: la creencia en la separación. Cuando la mente aceptó la idea de verse a sí misma como independiente de su Fuente, pareció surgir una forma distinta de experiencia. No se perdió el Conocimiento, pero se dejó de reconocer, y fue sustituido por la percepción.

Así, la comunicación directa —el Conocimiento— fue reemplazada por una interpretación fragmentada de la realidad. La unidad dio paso a la multiplicidad, no como un hecho real, sino como una manera de ver. Desde ese momento, la mente comenzó a interpretar desde la diferencia, y el miedo apareció como consecuencia inevitable de creerse separado.

Desde entonces, la conciencia parece velada. No porque la verdad haya desaparecido, sino porque la atención se ha desplazado. El miedo no cubre la verdad; simplemente la oculta a la percepción mientras la mente elige escuchar al ego.

Esta lección nos invita a reconocer que el miedo no tiene causa real ni poder propio. Al observarlo sin juzgar y al recordar su origen ilusorio, abrimos el espacio para que sea reinterpretado. Y en esa reinterpretación, la mente comienza a recordar que nunca dejó de estar en Dios, aunque haya creído lo contrario.

Ahí es donde el miedo empieza a perder sentido.

En el mundo que la mente ha inventado y donde el ego parece gobernar, el miedo se convierte en la moneda de cambio. Este sistema se mantiene mientras el soñador no reconoce que él no es víctima del sueño, sino quien lo está interpretando. Cuando esta toma de conciencia comienza, no se trata de fabricar un sueño mejor desde el ego, sino de cuestionar el valor que se le ha dado al sueño mismo.

Tal como hemos aprendido en lecciones anteriores, la mente es la causa y la experiencia perceptiva es el efecto. No porque la mente cree acontecimientos concretos, sino porque les da significado. Al reconocer esto, empezamos a asumir la responsabilidad de cómo interpretamos lo que vivimos.

Responder con honestidad a la pregunta del ejemplo-guía —¿a qué le tengo miedo?— nos ayuda a observar el contenido de nuestra mente sin juzgarlo. La forma que adopte el miedo es irrelevante: puede expresarse como temor a un insecto, a una enfermedad o a cualquier pérdida imaginable. La causa es siempre la misma: la creencia en la separación.

El miedo no procede del objeto al que parece dirigirse, sino de la identificación con el cuerpo y con sus aparentes limitaciones. Mientras me crea un ser vulnerable, sujeto al tiempo y al espacio, el miedo parecerá razonable e inevitable.

Muchos estudios coinciden en señalar que el miedo más profundo y extendido es el miedo a la muerte. Desde la perspectiva del Curso, esto tiene una explicación clara: el ego necesita creer en la muerte para sostener su propia existencia. Si la muerte no fuera real, la identidad basada en el cuerpo tampoco lo sería, y con ello el ego quedaría sin fundamento.

Por eso, el ego defiende la realidad del miedo y de la muerte con tanta insistencia. Sin embargo, el Curso nos invita a recordar que la muerte no es la verdad, sino una creencia dentro del sueño. Al cuestionarla, no negamos la experiencia humana, sino que dejamos de otorgarle poder sobre nuestra identidad real.

Así, esta lección no nos pide que dejemos de sentir miedo por la fuerza, sino que reconozcamos su origen ilusorio. Y en ese reconocimiento, el miedo comienza a perder sentido, abriendo paso al recuerdo de lo que siempre hemos sido.

Reflexión: ¿Qué puede aportarnos más felicidad que tener la certeza de que somos el Hijo de Dios?

Capítulo 25. VII. La roca de la salvación (7ª parte).

VII. La roca de la salvación (7ª parte).

7. Tu función especial es aquella forma en particular que a ti te parece más significativa y sensata para demostrar el hecho de que Dios no es demente. 2El contenido es el mismo. 3La forma se adapta a tus necesidades particulares, y al tiempo y lugar concre­tos en los que crees encontrarte, y donde puedes ser liberado de dichos conceptos, así como de todo lo que crees que te limita. 4El Hijo de Dios no puede estar limitado por el tiempo, por el espa­cio ni por ninguna cosa que la Voluntad de Dios no haya dis­puesto. 5No obstante, si se cree que lo que Su Voluntad dispone es una locura, entonces la forma de cordura que la hace más aceptable para los que son dementes requiere una decisión espe­cial. 6Esta decisión no la pueden tomar los que son dementes, cuyo problema es que sus decisiones no son libres, ni las toman guiados por la razón a la luz del sentido común.

Este párrafo redefine por completo el significado de la función especial, liberándola de cualquier connotación de superioridad, misión personal o destino exclusivo. La función especial no tiene que ver con lo que haces, sino con lo que demuestras, que Dios no es demente.

El Curso establece una distinción esencial entre contenido y forma.
El contenido es único, universal e invariable: la cordura de Dios y la realidad del Amor.
La forma, en cambio, es flexible, adaptativa y profundamente personal.

Cada uno recibe una forma que le resulta significativa y sensata dentro de su propio marco perceptivo, porque es ahí —en el tiempo, el lugar y las limitaciones aparentes— donde cree estar y donde necesita ser liberado. La función especial utiliza exactamente esos mismos elementos (tiempo, espacio, circunstancias, historia personal) como puente hacia la liberación, no como prueba de limitación.

El texto afirma con claridad que el Hijo de Dios no puede estar limitado por nada que la Voluntad de Dios no haya dispuesto. Sin embargo, cuando se cree que la Voluntad de Dios es locura, la cordura debe presentarse de una forma especialmente aceptable para una mente que se cree demente.

Aquí aparece una idea clave: la decisión especial.

Esta decisión no consiste en elegir contenidos distintos, sino en aceptar una forma de cordura que todavía pueda ser recibida por una mente que no se reconoce cuerda. Los que se consideran dementes no pueden tomar esta decisión por sí mismos, porque sus elecciones no son verdaderamente libres ni están guiadas por la razón. Por eso, la función especial no se elige desde el ego, sino que se acepta como una mediación amorosa del Espíritu Santo.

Mensaje central del punto:

  • La función especial demuestra que Dios no es demente.
  • El contenido de la función es siempre el mismo.
  • La forma es personal y se adapta a tiempo, lugar y necesidades.
  • La función libera de las aparentes limitaciones.
  • El Hijo de Dios no está limitado por tiempo ni espacio.
  • La cordura debe presentarse de forma aceptable para una mente que se cree demente.
  • Esta aceptación requiere una decisión especial que no puede surgir del ego.

Claves de comprensión:

  • La función especial no define quién eres; refleja lo que ya eres.
  • No hay jerarquías de funciones, solo diversidad de formas.
  • La adaptación de la forma es un acto de misericordia, no de concesión a la ilusión.
  • La verdadera decisión no la toma la mente confundida, sino la voluntad que se abre a ser guiada.
  • La función especial es un puente, no un destino.

Aplicación práctica en la vida cotidiana:

  • Deja de comparar tu función con la de otros.
  • Observa qué formas de expresar la cordura te resultan naturales y significativas.
  • Confía en que tu contexto actual es el aula perfecta para la liberación.
  • Permite que el Espíritu Santo utilice lo que crees que te limita.
  • Practica aceptar la guía en lugar de diseñar tu misión.

Preguntas para la reflexión personal:

  • ¿Qué forma adopta para mí demostrar que Dios no es demente?
  • ¿En qué situaciones cotidianas se me invita a expresar cordura?
  • ¿Confundo mi función con una identidad personal?
  • ¿Puedo aceptar que mi contexto actual no es un obstáculo, sino el medio?
  • ¿Estoy dispuesto a dejar que la guía decida la forma?

Conclusión:

Este párrafo restituye la función especial a su verdadero lugar: no como una misión separada, sino como una adaptación amorosa de la verdad a una mente que aún necesita símbolos. La verdad no cambia; cambia la forma en que se presenta.

La función especial no la inventas tú. La recibes cuando estás dispuesto a aceptar una forma de cordura que aún puedes entender. Así, lo que parecía una limitación se convierte en el medio exacto de liberación.

Frase inspiradora:

“Mi función especial es la forma que adopta la cordura para llegar a mí”.

Invitación práctica:

Hoy, ante cualquier situación ordinaria, repite:

“Espíritu Santo, muéstrame la forma en que aquí puedo demostrar la cordura”.

Y permite que la función se exprese sin esfuerzo.

domingo, 8 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 39

LECCIÓN 39

Mi santidad es mi salvación.

1. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Al igual que el texto para el que este libro de ejercicios fue escrito, las ideas que se usan en los ejercicios son muy simples, muy claras y están totalmente exentas de ambigüedad. 3No estamos interesados en proezas intelectuales ni en juegos de lógica. 4Estamos interesados únicamente en lo que es muy obvio, lo cual has pasado por alto en las nubes de complejidad en las que piensas que piensas.

2. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Ésta, sin duda, no es una pregunta difícil. 3La vacilación que tal vez sientas al contestarla no se debe a la ambigüedad de la pregunta. 4Pero ¿crees acaso que la culpabilidad es el infierno? 5Si lo creyeses, verías de inmediato cuán directo y simple es el texto, y no necesitarías un libro de ejercicios en absoluto. 6Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo.

3. Hemos dicho ya que tu santidad es la salvación del mundo. 2¿Y qué hay de tu propia salvación? 3No puedes dar lo que no tienes. 4Un salvador tiene que haberse salvado. 5¿De qué otro modo, si no, podría enseñar lo que es la salvación? 6Los ejercicios de hoy van dirigidos a ti, en reconocimiento de que tu salvación es crucial para la salvación del mundo. 7A medida que apliques los ejercicios a tu mundo, el mundo entero se beneficiará.

4. Tu santidad es la respuesta a toda pregunta que jamás se haya hecho, se esté haciendo ahora o se haga en el futuro. 2Tu santidad significa el fin de la culpabilidad y, por ende, el fin del infierno. 3Tu santidad es la salvación del mundo, así como la tuya. 4¿Cómo podrías tú -a quien le pertenece tu santidad- ser excluido de ella? 5Dios no conoce lo profano. 6¿Sería posible que Él no conociese a Su Hijo?

5. Se te exhorta a que dediques cinco minutos completos a cada una de las cuatro sesiones de práctica más largas de hoy, y a que esas sesiones sean más frecuentes y de mayor duración. 2Si quieres exceder los requisitos mínimos, se recomienda que lleves a cabo más sesiones en vez de sesiones más largas, aunque sugerimos ambas cosas.

6. Empieza las sesiones de práctica como de costumbre, repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 2Luego, con los ojos cerrados  explora tu mente en busca de pensamientos que no sean amorosos en cualquiera de las formas en que puedan presentarse: desasosiego, depresión, ira, miedo, preocupación, ataque, inseguridad, etc. 3No importa en qué forma se presenten, no son amorosos  y, por lo tanto, son temibles. 4De ellos, pues, es de los que necesitas salvarte.

7. Todas las situaciones, personalidades o acontecimientos específicos que asocies con pensamientos no amorosos de cualquier clase constituyen sujetos apropiados para los ejercicios de hoy. 2Es imperativo para tu salvación que los veas de otra manera. 3Impartirles tu bendición es lo que te salvará y lo que te dará la visión.

8Lentamente, sin hacer una selección consciente y sin poner un énfasis indebido en ninguno en particular, escudriña tu mente en busca de todos aquellos pensamientos que se interponen entre tu salvación y tú. 2Aplica la idea de hoy a cada uno de ellos de esta manera:

3Mis pensamientos no amorosos acerca de _____ me mantienen en el infierno.
4Mi santidad es mi salvación.

9. Quizá estas sesiones de práctica te resulten más fáciles si las intercalas con varias sesiones cortas en las que simplemente repites muy despacio la idea de hoy varias veces en silencio. 2Te puede resultar útil asimismo incluir unos cuantos intervalos cor­tos en los que sencillamente te relajas y no pareces estar pensando en nada. 3Mantener la concentración es muy difícil al principio. 4Sin embargo, se irá haciendo cada vez más fácil a medida que tu mente se vuelva más disciplinada y menos propensa a distraerse.

10Entretanto, debes sentirte en libertad de introducir variedad en las sesiones de práctica en cualquier forma que te atraiga hacerlo. 2Mas no debes cambiar la idea en sí al variar el método de aplicación. 3Sea cual sea la forma en que elijas usarla, la idea debe expresarse de tal manera que su significado sea el hecho de que tu santidad es tu salvación. 4Finaliza cada sesión de práctica repitiendo una vez más la idea en su forma original y añadiendo:

5Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?

11. En las aplicaciones más cortas, que deben llevarse a cabo unas tres o cuatro veces por hora o incluso más si es posible, puedes hacerte a ti mismo esa pregunta o repetir la idea de hoy, pero preferiblemente ambas cosas. 2Si te asaltan tentaciones, una varia­ción especialmente útil de la idea es:

3Mi santidad es mi salvación de esto.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda un principio esencial: no puedo extender lo que no reconozco en mí. Lo que doy es siempre reflejo de lo que creo ser. Mientras me identifique con una imagen limitada y culpable, eso será lo que proyecte y experimente. No porque el mundo me castigue, sino porque estoy viendo desde una creencia errónea acerca de mí mismo.

Cuando en mi experiencia aparecen dolor, sufrimiento o enfermedad, el Curso no me invita a buscar culpables ni a juzgarme, sino a mirar con honestidad el sistema de pensamiento desde el que estoy interpretando. El origen del sufrimiento no está en los hechos, sino en la creencia profundamente arraigada en la culpa y en el pecado, es decir, en la idea de haber perdido mi inocencia y merecer castigo.

Desde esa creencia, la mente interpreta el dolor como inevitable y lo proyecta de múltiples formas. Pero el Curso es claro: la culpa no redime, no corrige y no sana. Solo mantiene vivo el error. Al creer en ella, compartimos miedo, justificamos el ataque y percibimos un mundo que parece confirmar esa creencia.

La salvación no consiste en corregir el mundo, sino en aceptar la corrección de la mente. “Salvar el mundo” significa permitir que mi percepción sea sanada, comenzando por mí mismo. Y la vía para ello no es el sacrificio, sino la santidad: el reconocimiento de que nunca he perdido mi pureza ni mi impecabilidad tal como Dios me creó.

Despertar del sueño de la separación implica abandonar la identificación con la culpa y permitir que la Visión del Espíritu Santo reemplace la interpretación del ego. Desde esa Visión Verdadera, ya no veo ataque ni pecado, sino una llamada al amor y a la corrección.

En la medida en que acepto mi santidad, dejo de castigarme y, con ello, dejo de ver castigo fuera. Al extender mi santidad sobre lo que percibo, estoy perdonando la creencia en el ataque y el miedo a la unidad que el ego sostiene.

Aplicar la santidad no es hacer algo nuevo, sino dejar de negar lo que ya es verdad. Y al aceptarla en mí, se vuelve natural reconocerla en mis hermanos, pues no puede haber santidad separada. Así, mi santidad se convierte en mi salvación y en la de todos.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 39 marca un punto de inflexión doctrinal: aquí el Curso une de forma explícita santidad, salvación y ausencia de culpa.

Desde el Texto, el infierno nunca es un lugar, sino un estado mental producido por la culpa. Por eso la lección comienza con una pregunta que parece simple, pero es radical:

“Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?”

El propósito no es responder intelectualmente, sino exponer una incoherencia interna: si la culpa es real, entonces el infierno también lo es; si no lo es, entonces la culpa debe ser falsa.

La lección conduce a una conclusión implícita pero inevitable: la santidad no es un ideal moral, sino el estado natural libre de culpa, y por eso es salvación.

Instrucciones prácticas:

Esta lección es notable porque no introduce una práctica compleja nueva, sino que redefine el sentido de la práctica misma.

La frase: “Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo” resume una enseñanza central del Texto: los ejercicios no crean la verdad, solo eliminan los obstáculos que impiden reconocerla.

La práctica aquí tiene un objetivo muy concreto: aplicar la idea a la experiencia personal, y reconocer que la salvación no es algo que venga después, sino algo que ya está presente como santidad.

Los ejercicios se dirigen “a ti” porque el Curso enseña que la salvación del mundo no puede preceder a la propia, sin caer en sacrificio.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la resistencia más profunda del ego: la inversión emocional en la culpa.

El ego no cree realmente que la culpa sea el infierno, porque la usa como: identidad, protección, justificación, falsa seguridad.

Por eso el texto dice: “La vacilación no se debe a la ambigüedad de la pregunta.”

El problema no es intelectual, sino emocional y defensivo. Aceptar que la santidad es la salvación implica renunciar a la autoimagen culpable, que el ego cree necesaria para existir.

Espiritualmente, la lección afirma un principio que atraviesa todo el Curso: No puedes dar lo que no tienes.

Esto elimina de raíz cualquier noción de sacrificio espiritual. El salvador no se salva sacrificándose, sino recordando su santidad.

Por eso: “Un salvador tiene que haberse salvado”.

La salvación no se enseña con palabras ni actos heroicos, sino con presencia libre de culpa, lo que el Texto llama el ejemplo.

Relación con el Curso:

La progresión es ahora completa:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace ilusiones.
  • 39 – Resultado: Mi santidad es mi salvación.

A partir de aquí, el Curso girará progresivamente hacia función, perdón, decisión, y aceptación plena de la Expiación.

Consejos para la práctica:

  • No intentes sentirte “salvo”.
  • No busques señales externas de salvación.
  • No esperes resultados dramáticos.

El Curso no pide convencimiento, sino honestidad: ¿sigo creyendo que la culpa me define o me protege?

Cada vez que la culpa se cuestione, la salvación se reconoce.

Conclusión final:

La Lección 39 declara algo definitivo: La salvación no es una meta futura. No es un proceso de purificación. No es una recompensa. Es el reconocimiento de la santidad presente.

Cuando la culpa se abandona, el infierno desaparece porque nunca fue real. Y lo que queda no es esfuerzo, sino paz natural.

Aquí el Curso deja claro que: salvarte a ti mismo y salvar al mundo son el mismo acto, porque ambos dependen únicamente de recordar lo que eres.


Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

Retomo el ejemplo usado en la lección de ayer, ya que nos ayudará a profundizar en la idea presentada en su contenido.  

Querer ver las cosas solo con los ojos del cuerpo físico y los argumentos del ego nos lleva al juicio condenatorio y a no comprender lo que percibimos. Al identificarse completamente con los efectos, se descarta que la causa de lo ocurrido tenga relación con uno mismo. El mecanismo habitual para percibir el mundo, la proyección, permite mantener ese error al señalar culpables de las matanzas, poniéndoles nombres y apellidos.

La lección de hoy nos anima a enfocar toda nuestra atención en nuestro mundo interior, por una razón muy simple: nadie puede dar lo que no tiene. No podemos expandir nuestra santidad ni ayudar al mundo si no somos conscientes de que somos santos, de que somos Hijos de Dios. Por eso, con sinceridad y desde el corazón, os invito a explorar vuestra mente. Observa tus pensamientos e identifica aquellos que estén marcados por la ira, el odio, el rencor, el resentimiento, el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa, la envidia, entre otros.

Puede que relaciones ese sentimiento con alguien en particular o con una situación concreta. La verdadera pregunta es: ¿el odio está en la persona que lo despierta o en tu propia mente? Vivir una experiencia de relación violenta, donde se percibe el odio, no debería nublar tu juicio al punto de justificarlo por la culpa del otro.

Cuando el odio se vuelve colectivo y no nos sentimos directamente implicados, tendemos a olvidar que, en cierta forma, todos contribuimos a que esa experiencia ocurra. El pensamiento busca afinidad en otros pensamientos, y llega un momento en que se materializa mostrándonos el rostro de nuestra propia creación, a la que negaremos ser responsables.

Es importante aplicar el antídoto del perdón a nuestras heridas personales. Si no nos perdonamos ni limpiamos nuestro odio, rencor o resentimientos, no podremos salvarnos ni ayudar a otros en su propio camino.

Ya vimos en la lección anterior el sendero que debemos recorrer para llegar a esa puerta maravillosa que nos conduce a la salvación. Entreguemos al Espíritu Santo nuestra mente, para que su Luz la guíe hacia la rectitud y nos permita ver el mundo correctamente, recordándonos que somos los únicos soñadores del sueño.

Reflexión: No se puede dar lo que no se tiene.