sábado, 26 de abril de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 116

LECCIÓN 116 

Para los repasos de mañana y noche:

 

1. (101) La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.

2La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.
3Lo único que me puede hacer sufrir es la creencia de que hay otra voluntad aparte de la Suya.

2. (102) Comparto con Dios Su Voluntad de que yo sea feliz.

2Comparto lo que la Voluntad de mi Padre dispone para mí, Su Hijo.
3Lo que Él me ha dado es lo único que quiero.
4Lo que Él me ha dado es lo único que existe.

 3. A la hora en punto:

2La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.

3Media hora más tarde:

4Comparto con Dios Su Voluntad de que yo sea feliz.

¿Qué me enseña esta lección?

1. (101) La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.

El repaso de esta lección me enseña que la dicha no es un objetivo lejano ni una recompensa futura, sino la condición natural que Dios dispuso para Su Hijo. No he sido creado para sufrir, ni para expiar culpas, sino para vivir en la plenitud del Amor.

Cuán equivocados estamos cuando creemos ser herederos del pecado. Desde esa idea, construimos todo un sistema de pensamiento basado en el castigo, el sacrificio y el dolor como supuestas vías de redención. Llegamos incluso a pensar que el sufrimiento nos acerca a Dios, cuando en realidad nos mantiene atrapados en la ilusión. El Curso lo corrige con firmeza: «Dios no quiere que sufras» (T-7.X.5:1).

Todas esas creencias deben ser Expiadas, pues sostienen el error de que nos hemos separado de nuestro Creador. Pero la separación nunca ocurrió en verdad. Por ello, la corrección no exige sacrificio, sino aceptación: aceptar que seguimos siendo tal como Dios nos creó, inocentes y completos.

La Voluntad de Dios para Su creación es la felicidad. No una felicidad condicionada o efímera, sino una paz profunda, constante e inmutable. Cuando acepto esta verdad, dejo de buscar fuera lo que ya es mío y abandono el peso de la culpa que me mantenía prisionero.

Entonces surge una pregunta esencial: ¿qué necesito para ser feliz? Desde esta lección, la respuesta se simplifica radicalmente: no necesito añadir nada, sino dejar de creer en lo que me aleja de la felicidad. No necesito conquistar la paz, sino permitir que emerja al soltar el miedo.

Hoy elijo dejar atrás la idea de que el dolor tiene valor.
Hoy acepto que la felicidad es mi herencia natural.
Hoy reconozco que la Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad, y descanso en esa certeza. Amén.


2. (102) Comparto con Dios Su Voluntad de que yo sea feliz.

El repaso de esta lección me enseña que la felicidad no es una elección opuesta a la voluntad divina, sino su misma expresión en mí. No hay conflicto entre lo que Dios quiere y lo que verdaderamente anhelo. Si deseo la paz, la dicha y la libertad, estoy eligiendo con Él.

Entonces, puedo mirar con honestidad: ¿encuentro realmente satisfacción en el dolor? ¿Hay felicidad en el sufrimiento? ¿Puede el castigo traerme libertad, o el sacrificio otorgarme paz? Estas preguntas revelan la incoherencia del sistema de pensamiento del ego, que ha intentado convencerme de que el sufrimiento tiene valor. Pero en el fondo sé que no es así.

Dar significado a la culpa o sostener el miedo sólo perpetúa la ilusión de separación. El Curso lo afirma con claridad: «No hay más amor que el de Dios, y todo miedo es ilusión» (L-pI.127.1:1). Si el miedo no es real, tampoco lo son los caminos que propone para alcanzar la salvación.

Compartir con Dios Su Voluntad significa aceptar que fui creado para ser feliz. No como una meta futura, sino como una condición presente que reconozco al soltar las creencias que la niegan. La felicidad no se fabrica; se recuerda.

Surge entonces la pregunta clave: ¿qué me impide ser feliz? No es el mundo, ni los demás, ni las circunstancias. Es la decisión de seguir creyendo en pensamientos que no están en armonía con la verdad: la culpa, el juicio, el miedo. Al soltarlos, la felicidad emerge de forma natural.

Hoy elijo alinear mi voluntad con la de Dios.
Hoy dejo de otorgar valor al sufrimiento.
Hoy acepto que mi felicidad es Su Voluntad y, por tanto, también es la mía. Amén.

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN

El sentido profundo de esta lección es la alineación total de la voluntad.

En el Tercer Repaso, el Curso ya no busca convencer a la mente, sino asentarla en lo aprendido.

La felicidad deja de ser una meta espiritual y se reconoce como estado natural cuando no hay oposición interna.

PROPÓSITO Y SENTIDO DEL REPASO:

El propósito de la Lección 116 es:

  • Estabilizar la confianza en la Voluntad de Dios.
  • Disolver los últimos restos de sospecha hacia la felicidad.
  • Retirar la idea de sacrificio espiritual.
  • Permitir una vivencia más continua de paz.
  • Preparar la mente para una práctica más integrada.

Este repaso no introduce análisis: introduce presencia.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Psicológicamente, esta lección produce:

  • Reducción del conflicto interno: Desaparece la lucha entre deber y deseo.
  • Disolución de la culpa asociada al bienestar: Ser feliz deja de sentirse peligroso.
  • Estabilización del estado emocional: La felicidad deja de percibirse como frágil.
  • Descanso cognitivo: La mente deja de debatir consigo misma.

Clave psicológica: La mente sana no se opone a su propio bien.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

Espiritualmente, la lección afirma que:

  • Dios no quiere nada que te dañe.
  • La Voluntad divina es amorosa y segura.
  • La felicidad es una señal de alineación, no de egoísmo.
  • Compartir la Voluntad de Dios es recordar la Unidad.

Aceptar esta idea es aceptar la confianza plena.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Durante el día:

  • A la hora en punto: “La voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad.” Reconoce la dirección.
  • Media hora más tarde: “Comparto con Dios Su Voluntad de que yo sea feliz.” Acepta la coincidencia de voluntades.

No intentes producir felicidad.
Permite que la resistencia se disuelva.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No confundir felicidad con euforia.
No exigir estados emocionales elevados.
No usar la idea para negar emociones humanas.

Usarla como orientación suave.
Permitir que actúe con el tiempo.
Confiar en el proceso.
Recordar que la felicidad es segura.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

La Lección 116 continua con la siguiente secuencia:

  • 111–115 → integración de identidad, función y visión
  • 116 vivir desde la Voluntad compartida
  • 117–120 → profundización en la confianza vivida

Aquí el Curso pasa de aprender la verdad a habitarla.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 116 afirma una verdad sencilla y poderosa:

Nunca ha habido conflicto entre Dios y tú. Solo hubo confusión.

Cuando esa confusión se disuelve, la felicidad deja de ser sospechosa y se vuelve natural.

FRASE INSPIRADORA: “Cuando dejo de oponerme a la felicidad, descubro que siempre fue la Voluntad de Dios para mí.”

viernes, 25 de abril de 2025

Capítulo 19. D-i. El descorrimiento del velo (5ª parte).

 i. El descorrimiento del velo (5ª parte).

17. Ten fe en tu hermano, pues la fe, la esperanza y la misericordia son tuyas para que las des. 2A las manos que dan, se les da el regalo. 3Contempla a tu hermano, y ve en él el regalo de Dios que quieres recibir. 4Ya es casi la Pascua, la temporada de la resurrec­ción. 5Concedámonos la redención unos a otros y compartámosla, para podernos levantar unidos en la resurrección, y no separados en la muerte. 6Contempla el regalo de libertad que le di al Espíritu Santo para ti. 7Y liberaos juntos, al ofrecerle al Espíritu Santo ese mismo regalo. 8Y al dárselo, recibidlo de Él a cambio de lo que le disteis. 9Él nos conduce a ti y a mí para que nos podamos encon­trar aquí, en este sagrado lugar, y juntos tomar la misma decisión.

Tener fe en nuestro hermano es una invitación a ver la verdad de su identidad, la realidad que expresa su presencia en nuestra existencia. Esa verdad es la que nos lleva a creer en la semejanza en la que hemos sido creados y que nos une a Dios y a Su creación. Tener fe en nuestro hermano es conocer quiénes somos y quién es él; lo que significa que reconocemos nuestra igualdad, nuestra unidad. Si no tenemos fe en nuestro hermano, seguiremos atacándolo y crucificándolo para que redima sus culpas. Le daremos muerte creyendo que de este modo estamos poniendo fin a aquello que pone en peligro nuestra verdad, dado que en lo más profundo de nuestro ser reconocemos que él representa la vía de nuestra salvación, pues se convierte en la diana hacia la cual debemos dirigir nuestro amor, nuestro perdón. Sin su existencia no tendríamos el espejo a través del cual poder mirarnos y reconocer lo que somos.

Sí, nuestro hermano es el regalo que nos permitirá expandir nuestra naturaleza divina, nuestro amor.

18. Libera a tu hermano aquí, tal como yo te liberé a ti. 2Hazle el mismo regalo, y contémplalo sin ninguna clase de condena. 3Considéralo tan inocente como yo te considero a ti, y pasa por alto los pecados que él cree ver en sí mismo. 4Ofrécele en este huerto de aparente agonía y muerte su libertad y completa emancipación del pecado. 5De esta manera, allanaremos juntos el camino que conduce a la resurrección del Hijo de Dios y le per­mitiremos elevarse de nuevo al feliz recuerdo de su Padre, Quien no conoce el pecado ni la muerte, sino sólo la vida eterna.

Cuando experimentamos una pesadilla, ¿no agradecemos que nos despierten y que calmen nuestra ansiedad? ¿No agradeceremos que alguien encienda la luz y que nos libere de la oscuridad en la que nos sentíamos prisioneros? ¿No agradeceremos que alguien nos abrace y seque las lágrimas de nuestros ojos? ¿No agradeceremos que alguien susurre a nuestros oídos palabras de amor que nos liberen del miedo?

Entonces, ¿por qué razón no nos convertimos en ese "alguien" y nos convertimos en el agente que despierta a todos cuantos se encuentran sumidos en el delirante sueño?

Lo primero es darnos cuenta de que somos los soñadores de ese sueño y que ello nos otorga el poder para elegir seguir teniéndolos o, en cambio, cambiar su calidad. El hecho de reconocernos como los autores de nuestros sueños nos permite conocer su ilusoria realidad, lo que nos permitirá dejar de tenerles miedo.

Reconocer que todo sueño de condena puede ser sustituido por el sueño del perdón es el mejor regalo que nos podemos hacer a nosotros mismos y a los demás.

19. Juntos desapareceremos en la Presencia que se encuentra detrás del velo, no para perdernos sino para encontrarnos a no­sotros mismos; no para que se nos vea, sino para que se nos conozca. 2al gozar de conocimiento, no quedará nada sin hacer en el plan de salvación que Dios estableció. 3Éste es el propósito de la jornada, sin el cual ésta no tendría sentido. 4He aquí la paz de Dios, que Él te dio para siempre. 5He aquí el descanso y la quietud que buscas, la razón de la jornada desde su comienzo. 6El Cielo es el regalo que le debes a tu hermano, la deuda de gratitud que le ofreces al Hijo de Dios como muestra de agradeci­miento por lo que él es y por aquello para lo que su Padre lo creó.

El reconocimiento mutuo de lo que somos allanará el camino que nos ha de llevar de retorno a nuestro verdadero hogar, el Cielo, donde reina la consciencia de unidad.

La ignorancia de lo que somos al habernos identificado con la falsa e ilusoria realidad del cuerpo ha cegado nuestra visión y nos impide ver y percibir nuestra verdadera esencia espiritual.

Este punto nos recuerda que hemos sido creados para que gocemos del conocimiento. La importancia del conocimiento de uno mismo es esencial para afrontar y alcanzar la salvación. Es la ignorancia de lo que somos lo que ha propiciado que nuestra mente esté al servicio del sistema de pensamiento del ego e identificada con un envoltorio temporal.

El conocimiento es la llave que nos llevará a liberarnos de la crucifixión y a alcanzar la resurrección que nos permitirá recordar nuestra verdadera identidad.

El conocimiento es el propósito de nuestra jornada y en él se encuentra la paz de Dios.

20. Piensa detenidamente cómo vas a considerar al dador de este regalo, pues tal como lo consideres a él, así mismo te parecerá el regalo. 2Según lo consideres, ya sea como el portador de la culpa­bilidad o como el de la salvación, así verás y recibirás su ofrenda. 3Los crucificados infligen dolor porque están llenos de dolor. 4Pero los redimidos ofrecen alegría porque han sido curados del dolor. 5Todo el mundo da tal como recibe, pero primero tiene que elegir qué es lo que quiere recibir. 6Y reconocerá lo que ha elegido por lo que dé y por lo que reciba. 7Y no hay nada en el infierno o en el Cielo que pueda interferir en su decisión.

Todos deseamos tener sueños felices. Todos deseamos que alguien nos libere del terror que nos embarga cuando experimentamos una pesadilla. Todos queremos gozar de paz y de felicidad. Todos queremos disfrutar de abundancia y todos deseamos ser amados.

Sin embargo, olvidamos que recibimos aquello que damos y que damos aquello que tenemos. Esa es la ley que rige el universo y que nos permite conocernos, pues en la medida en que tenemos pesadillas, es señal de que creemos en el miedo. En la medida en que no gozamos de paz y de felicidad, es señal de que no estamos en conflicto y de que no perdonamos. En la medida en que no disfrutamos de la abundancia y no somos amados, es señal de que nos creemos escasos y no nos amamos.

Sustituye la crucifixión por la resurrección y ello será la señal de que has sustituido el miedo por el amor y la ignorancia por el conocimiento.

21. Has llegado hasta este punto porque elegiste emprender la jor­nada. 2Y nadie emprende nada que crea es insensato. 3Aquello en lo que tenías fe sigue siendo fiel, y te cuida con fe tan tierna y, al mismo tiempo, tan poderosa, que te elevará muy por encima del velo, y pondrá al Hijo de Dios a salvo dentro de la segura protec­ción de su Padre. 4He aquí el propósito que le confiere a este mundo y a la larga jornada a través de él, el único significado que pueden tener. 5Aparte de esto, no tienen sentido. 6Tú y tu her­mano os alzáis juntos, todavía sin la convicción de que el mundo y la jornada tienen un propósito. 7Mas os es dado poder ver este propósito en vuestro santo Amigo y reconocerlo como propio.

Así es y así será. El Espíritu Santo, nuestro Amigo, representa la Mente Recta, la cual nos permitirá alcanzar la percepción verdadera y con ello el reconocimiento de lo que realmente somos.

De su mano abandonaremos las viejas creencias en la separación y, en su lugar, festejaremos, junto a nuestros hermanos, el triunfo de la unidad, el triunfo del perdón y del amor.

Si nos encontramos festejando el triunfo de la paz y de la felicidad, es señal de que lo hemos elegido así; es señal de que nos hemos dado cuenta de nuestro error al elegir creer en el pecado y en el miedo, lo que nos ha llevado a tomar una nueva elección: la de caminar junto a nuestros hermanos la senda que nos conduce a la salvación. Hemos depositado nuestra fe en él y nos hemos reconocido en su mente, que es nuestra propia mente.

Hoy festejamos jubilosos el reconocimiento de lo que somos: Hijos de Dios.

jueves, 24 de abril de 2025

Capítulo 19. D-i. El descorrimiento del velo (4ª parte).

i. El descorrimiento del velo (4ª parte).

14. Contempla a tu Amigo, al Cristo que está a tu lado. 2¡Qué santo y hermoso es! 3Pensaste que había pecado porque arrojaste so­bre Él el velo del pecado para ocultar Su hermosura. 4A pesar de ello, Él te sigue extendiendo el perdón para que compartas con Él Su santidad. 5Este "enemigo", este "extraño" te sigue ofreciendo la salvación por ser Su Amigo. 6Los "enemigos" de Cristo, los adoradores del pecado, no saben a Quién atacan.

El "velo del pecado" es la expresión que utiliza Jesús para referirse a la creencia en la separación, la causa que ha dado lugar al demencial sistema de pensamiento del ego. Empleando un tono de humor, podemos decir que nuestra libre elección "cabreó" mucho a nuestro Hacedor, el cual, en respuesta a nuestra desobediencia, nos condenó a abandonar el Paraíso Terrenal y a ganarnos el sustento de cada día con el sudor de nuestro trabajo.

Por lo tanto, el velo del pecado se convierte en el pensamiento que debemos corregir y no purgar. Verlo como un error nos ofrece la oportunidad de rectificación, mientras que verlo como un pecado nos lleva directamente a la culpa y a la redención a través del castigo y el dolor.

No podemos separarnos de nuestra "Fuente". No podemos separarnos de nuestro Creador, pero sí podemos crearnos un velo que nos impida ver la verdad y en su lugar percibir las sombras que se reflejan en ese velo. Esa sombra nos llevará a percibir al otro como a nuestro enemigo y no como a nuestro salvador. Su percepción nos recordará nuestro pecado y lo condenaremos con la intención de limpiar nuestra propia culpa.

15. Éste es tu hermano, que ha sido crucificado por el pecado y que aguarda para ser liberado del dolor. 2¿No le concederías tu perdón, cuando él es el único que te lo puede conceder a ti? 3cambio de su redención, él te dará la tuya, tan indudablemente como que Dios creó cada cosa viviente y la ama. 4te la dará de verdad, pues será ofrecida así como recibida. 5No hay gracia del Cielo que no puedas ofrecerle a tu hermano, y recibir de tu santí­simo Amigo. 6No permitas que te la niegue, pues al recibirla se la ofreces a él. 7Y él recibirá de ti lo que tú recibiste de él. 8La reden­ción se te ha concedido para que se la des a tu hermano, y para que de esta manera la recibas. 9Liberas al que perdonas, y partici­pas de lo que das. 10Perdona los pecados que tu hermano cree haber cometido, así como toda la culpabilidad que crees ver en él.

Jesús nos ofrece la verdadera vía de la redención, el único modo de corregir el error que creemos haber cometido y que hemos interpretado como pecado. No se trata de corregir fuera de nosotros lo que vemos dentro, juzgándolo y condenándolo en un intento vano de redimir la culpa que sentimos por reconocernos como pecadores. No se trata de castigarnos y desgarrar nuestra piel a latigazos para limpiar nuestros pecados y saldar la deuda que creemos tener con Dios. Se trata de cambiar nuestra falsa creencia que nos lleva a vernos exiliados de nuestro hogar para vagar por las tierras áridas y yermas de la necesidad. 

Tan solo liberándonos del miedo, del odio, del rencor, podremos liberar al mundo del acto de crucifixión al que lo sometemos. ¿Qué nos impide perdonarnos y perdonar? Tan solo nuestra ignorancia y nuestros miedos. Demos aquello que forma parte de nuestra verdadera realidad; demos amor y ese amor nos conducirá hasta nuestro destino, que no es otro que la salvación y la paz. Demos perdón y contagiaremos al mundo con la función que Dios nos ha encomendado.

16. Éste es el santo lugar de resurrección, al que venimos de nuevo y al que retornaremos hasta que la redención se haya consumado y recibido. 2Antes de condenar a tu hermano, recuerda quién es él. 3Y da gracias a Dios de que sea santo y de que se le haya dado el regalo de la santidad para ti. 4Únete a él con alegría, y elimina todo vestigio de culpabilidad de su perturbada y torturada mente. 5Ayúdale a levantar la pesada carga de pecado que echaste sobre sus hombros y que él aceptó como propia, y arrójala lejos de él sonriendo felizmente. 6No la oprimas contra su frente como si fuese una corona de espinas, ni lo claves a ella, dejándolo irre­dento y sin esperanzas.

La unidad que nos hace uno con nuestros hermanos es la que nos hace iguales cuando pensamos y cuando hacemos uso de la mente. Podemos utilizar esa semejanza para ver en el otro la esencia verdadera con la que Dios nos ha creado, el amor, y cuando así lo hacemos, estaremos reforzando la compleción de la Filiación, o, en cambio, podemos utilizar esa igualdad para reforzar nuestros miedos, proyectándolos sobre los demás y combatiéndolos en un ataque al otro en un intento de ponerle fin al pecado que forma parte de nuestra propia creencia. 

La proyección se convierte en una liberación de aquellos pensamientos que nos oprimen y que nos hacen sentir impuros y vulnerables, razón por la cual decidimos ver en los demás nuestra propia oscuridad, la cual es bien aceptada por el otro, pues comparte esa misma visión interiormente. De este modo, el combate está garantizado y se perpetuará, pues en verdad esa contienda no alcanza su final con la victoria, sino con el perdón, que es el único antídoto que pondrá fin a esos males. 

miércoles, 23 de abril de 2025

Capítulo 19. D-i. El descorrimiento del velo (3ª parte).

 i. El descorrimiento del velo (3ª parte).

12. Este hermano que está a tu lado todavía te sigue pareciendo un extraño. 2No lo conoces, y la interpretación que haces de él es temible. 3lo sigues atacando, para mantener a salvo lo que tú crees ser. 4Sin embargo, en sus manos está tu salvación. 5Ves su locura, que detestas porque la compartes con él. 6toda la piedad y el perdón que la curaría dan paso al miedo. 7Hermano, necesi­tas perdonar a tu hermano, pues juntos compartiréis la locura o el Cielo. 8Y juntos alzaréis la mirada con fe o no la alzaréis en absoluto.

Nacer en este mundo gobernado por las leyes del ego nos hace prisioneros de sus creencias, lo que sin duda despertará en nosotros un profundo y aterrador miedo. Desde que nacemos somos carentes, tenemos necesidades que, si no son satisfechas, nos impedirán sobrevivir. Esas necesidades, en primer término, son físicas, pero realmente son la manifestación tangible de necesidades mucho más profundas de las que aún no somos conscientes, como las emocionales. Desde muy temprano, aprendemos a demandar atención que satisfaga nuestro apetito emocional. Demandamos amor, muestras de cariño y nos vamos convirtiendo en afanados expertos en el arte de manipular el mundo que nos rodea para asegurarnos de que nuestra propia seguridad está garantizada.

El mundo que percibimos no nos muestra la verdad, sino todo lo contrario. Nuestras percepciones no nos permiten ver un mundo unido, sino que se nos enseña que el mundo está regido por leyes donde la regla principal es la separación, la división. Aprendemos a escudriñar con nuestra mente todo cuanto percibimos y llegamos a la conclusión de que la diferencia rige en todas las criaturas de la tierra, por lo que damos fe de que la unidad no es el patrón verdadero.

El otro no es igual que nosotros, pero esa creencia nos traiciona, pues pronto nos descubriremos en el acto de proyectar nuestros miedos sobre ellos, en un intento de desprendernos de ellos, lo que nos llevará a atacarlos con la intención de protegernos de los miedos que hemos percibido en ellos, los mismos que hemos visto en nosotros. Esta mecánica debería hacernos conscientes de que nuestros pensamientos, nuestras mentes nos unen. Pero preferimos ser fieles a nuestra fe y negar dicha posibilidad, no sea que reconocerlo suponga el fin de nuestros días.

13. A tu lado se encuentra uno que te ofrece el cáliz de la Expia­ción, pues el Espíritu Santo está en él. 2¿Preferirías guardarle ren­cor por sus pecados o aceptar el regalo que te hace? 3¿Es este portador de salvación tu amigo o tu enemigo? 4Decide cuál de esas dos cosas es, sin olvidar que lo que has de recibir de él depen­derá de lo que elijas. 5Él tiene el poder de perdonar tus pecados, tal como tú tienes el de perdonar los suyos. 6Ninguno de vosotros puede conferirse ese poder a sí mismo. 7Vuestro salvador, no obs­tante, se encuentra al lado de cada uno de vosotros. 8Deja que él sea lo que es, y no trates de hacer del amor tu enemigo.

Cuando se caiga la venda que nos impide ver al otro como a nuestro hermano, con el cual nos mantenemos unidos a través de la mente, reconoceremos que nuestro ser es igual al de él, tanto para lo bueno como para lo malo, es decir, tanto para amar como para sentir miedo. Nuestras propias necesidades son iguales a las de él. Nuestros miedos son iguales a los suyos. Compartir la unidad de la mente nos hace iguales. Si creemos en la separación, esa creencia será igualmente compartida y nos veremos como enemigos. En cambio, si creemos en la igualdad que nos une, no podremos menos que aceptar que el amor que buscamos, que la felicidad que añoramos, también es el amor y la felicidad que el otro busca y añora.

Si compartimos los mismos pensamientos, ¿no sería más fácil para todos satisfacernosla mutuamente, en vez de atacarnos para privar al otro de lo que tiene?

El Espíritu Santo se encuentra en nuestros hermanos tal y como se encuentra en nuestra mente. Es por ello que la Expiación se encuentra en ellos, al igual que en nosotros. Sabiendo esto, ¿vamos a negarle la Expiación? ¿Vamos a negarle nuestro perdón? Si lo hacemos, estaremos negando que la Expiación, el amor y el perdón se encuentren en nosotros mismos, lo que nos condenará a seguir buscándolo allí donde no se encuentra. 

martes, 22 de abril de 2025

Capítulo 19. D-i. El descorrimiento del velo (2ª parte).

i. El descorrimiento del velo (2ª parte).

10No es posible tampoco enfrentarse a esto demasiado pronto. 2Éste es el lugar al que todo el mundo tiene que llegar cuando esté listo. 3Una vez que ha encontrado a su hermano está listo. 4Sin embargo, llegar simplemente hasta ahí no es suficiente. 5Pues una jornada desprovista de propósito sigue siendo algo absurdo, e incluso cuando ha concluido no parece haber tenido sentido. 6¿Cómo podrías saber que ha finalizado a menos que te dieses cuenta de que su propósito se ha consumado? 7Ahí, con el final de la jornada ante ti, es cuando ves su propósito. 8Y es ahí donde eliges hacerle frente al obstáculo o seguir vagando sin rumbo, sólo para tener que regresar y elegir de nuevo.

Jesús, en su línea de aportarnos las "señales" adecuadas para que reconozcamos el camino que debemos recorrer para alcanzar nuestro destino, que no es otro que la salvación, nos comparte en este punto dos pistas interesantes.

Por un lado nos dice que no es posible "enfrentarse a esto" demasiado pronto. Con ello debemos entender que dicho enfrentamiento se refiere a la decisión de emprender el camino hacia la salvación en el momento adecuado. Cuando decidimos llevar a cabo cualquier aventura que suponga un reto desconocido hasta ahora, afrontarla sin habernos equipado convenientemente para ello puede suponer el fracaso de la misma e incluso puede poner en peligro nuestra integridad física. En el terreno espiritual, que no es más que una expresión del uso de nuestra mente, debemos tener la precaución de saber si estamos preparados para afrontar el reto que hemos decidido afrontar, esto es, deshacer nuestras viejas creencias y sustituirlas por una nueva visión. Conozco muchos casos, entre los que se encuentran los vividos personalmente, en el que la falta de fe profunda en lo que estábamos emprendiendo nos llevó a fracasar en nuestro intento de cambiar las cosas, de corregir los errores, lo que vino a complicar aún más las cosas al despertar el sentimiento de la culpa por no haber dado la talla.

¿Cómo saber cuándo estamos preparados? La respuesta a esta pregunta es la segunda pista que nos ofrece Jesús en este punto. Lo sabremos cuando hayamos encontrado a nuestro hermano, con el cual emprender la aventura. Esa aventura no es otra que andar el camino que nos conducirá a la salvación, lo que significa una invitación a perdonarnos y a perdonar. Lo sabrás cuando el otro, tu hermano, te esté ofreciendo el regalo de perdonarle y de perdonarte. A partir de ahí, ya podemos emprender el camino que nos conducirá a nuestro destino.

11. Hacerle frente al temor a Dios requiere cierta preparación. 2Sólo los cuerdos pueden mirar de frente a la absoluta demencia y a la locura delirante con piedad y compasión, pero sin miedo. 3Pues sólo les podría parecer temible si la comparten, y tú la com­partes mientras no contemples a tu hermano con perfecta fe, con perfecto amor y con perfecta ternura. 4Mientras no lo perdones completamente, tú sigues sin ser perdonado. 5Tienes miedo de Dios porque tienes miedo de tu hermano. 6Temes a los que no perdonas. 7Y nadie alcanza el amor con el miedo a su lado.

El origen del miedo es la consecuencia de elegir ver por nosotros mismos, desligados de la visión del amor, lo que nos llevó a ver imágenes separadas a las que le otorgamos la condición de tener vida propia separada de su fuente. El miedo es la percepción de un mundo donde rigen las leyes de la separación, de la temporalidad, de lo ilusorio e irreal. Por lo tanto, el miedo es el pensamiento erróneo que nos ha llevado a identificarnos con el cuerpo físico y, al reconocerlo como la causa de nuestro pecado, es odiado y al mismo tiempo temido, pues su presencia nos recuerda nuestra transgresión a la Voluntad de Dios. Dicho de otro modo, el cuerpo despierta en nosotros el sentimiento de temor a Dios y de temor a nuestro hermano, donde proyectamos la percepción de nuestra falsa identidad corporal.

Cuando las enseñanzas del Curso de Milagros identifican a nuestros hermanos como la única vía para alcanzar la salvación, lo que nos están haciendo es mostrarnos la creencia que debemos Expiar, esto es, corregir, la de creer que estamos separados de la Filiación y de Dios. El perdón es la expresión de amor que debemos aplicarnos para llevar a cabo la Expiación del error referido. Perdonarnos no es otra cosa que elegir tener el sueño feliz en el que el amor sustituye al miedo. 

lunes, 21 de abril de 2025

Capítulo 19. D-i. El descorrimiento del velo (1ª parte).

 i. El descorrimiento del velo (1ª parte).

8. No olvides que tú y tu hermano habéis llegado hasta aquí jun­tos. 2ciertamente no fue el ego el que os guió. 3Ningún obstá­culo a la paz se puede superar con su ayuda. 4El ego no revela sus secretos, ni te pide que los examines y los transciendas. 5No quiere que veas su debilidad, ni que te des cuenta de que no tiene poder alguno para mantenerte alejado de la verdad. 6El Guía que os condujo hasta aquí aún está con vosotros, y cuando alcéis la mirada estaréis listos para mirar cara a cara al terror sin temor alguno. 7Pero primero, alza la mirada y mira a tu hermano con inocencia nacida del completo perdón de sus ilusiones, y a través de los ojos de la fe que no las ve.

Si tenemos depositada nuestra fe, nuestras creencias, en el sistema de pensamiento del ego, la identificación con el cuerpo nos impedirá deshacernos de todos nuestros errores, los cuales se basan, principalmente, en la creencia ciega de que somos aquello que percibimos y que nos encontramos separados del resto de la creación. Recordemos que los pensamientos siguen a su fuente y, si nuestra mente sirve al miedo, esos pensamientos serán de miedo, dando lugar a la visión de un mundo demente, donde no podremos reencontrarnos con la paz.

Pero el hecho de que nos encontremos caminando juntos en busca de la verdad nos indica que hemos tomado una nueva elección, la cual nos lleva a utilizar nuestra voluntad en el único propósito de recorrer, unidos, el camino que ha de llevarnos a la salvación. Esa nueva fe, esa nueva creencia, nos permitirá elevar nuestra mirada y ver a nuestros hermanos con la inocencia nacida del perdón.

9. Nadie puede enfrentarse al temor a Dios sin experimentar te­rror, a menos que haya aceptado la Expiación y haya aprendido que las ilusiones no son reales. 2Nadie puede enfrentarse a este obstáculo solo, pues no habría podido llegar a este punto si su hermano no le hubiese acompañado. 3Y nadie se atrevería a enfrentarse a dicho temor sin haber perdonado a su hermano de todo corazón. 4Quédate ahí un rato, pero sin temblar. 5Ya estás listo. 6Unámonos en un instante santo, aquí, en este lugar al que el propósito que se te señaló en un instante santo te ha condu­cido. 7Y unámonos con la fe de que Aquel que nos condujo a todos juntos hasta aquí también te ofrecerá la inocencia que nece­sitas, y de que la aceptarás por mi amor y por el Suyo.

Fue nuestra elección equivocada la que nos llevó a la creencia en el pecado y en la separación de nuestro Creador y de Su Creación, la Filiación. Nos identificamos con el mundo que nos mostró nuestros deseos individualistas y a partir de ahí creímos ser lo que la percepción nos mostraba. Ello nos llevó a poner nuestra fe en el nivel perceptivo y a aceptar como verdadero tan solo aquello que pudiéramos percibir a través de nuestros sentidos físicos. El mundo que nos muestran nuestros ojos físicos es un mundo de perdición, en el que para alimentarnos tenemos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente. Es un mundo de escasez y necesidades, de dolor y sufrimiento. El mundo que percibimos se interpreta como el símbolo del temor a Dios, pues lo que nos muestra nos recuerda las consecuencias de nuestro pecado.

Hoy sabemos que todo forma parte de un sueño, de una pesadilla, de la que aún no hemos despertado. Hoy sabemos que estamos soñando, que lo que creemos real es fruto de la ilusión y que somos los soñadores de ese sueño y, como tal, tenemos el poder para elegir cambiar la calidad del sueño, es decir, podemos elegir sustituir el miedo por el amor y de este modo tener sueños felices.

Hoy, si así lo elegimos, podemos recordar el pacto de amor que nos une a toda la Filiación y conmemorar en el presente, en el ahora, el instante santo que nos ofrece la oportunidad para Expiar el error que nos ha mantenido prisionero de la ilusión. En este instante santo, yo te reconozco como mi hermano en Cristo y como mi acompañante para, juntos, andar el camino que nos llevará a las puertas de la salvación.