viernes, 11 de abril de 2025

Capítulo 19. C-i. El cuerpo incorruptible (1ª parte).

 i. El cuerpo incorruptible (1ª parte).

3. El pecado, la culpabilidad y la muerte se originaron en el ego, en clara oposición a la vida, a la inocencia y a la Voluntad de Dios Mismo. 2¿Dónde puede hallarse semejante oposición, sino en las mentes enfermizas de los desquiciados, que se han consagrado a la locura y se oponen firmemente a la paz del Cielo? 3Pero una cosa es segura: Dios, que no creó ni el pecado ni la muerte, no dispone que tú estés aprisionado por ellos. 4Pues Él no conoce ni el pecado ni sus resultados. 5Las figuras amortajadas que mar­chan en la procesión fúnebre no lo hacen en honor de su Creador, Cuya Voluntad es que vivan. 6No están acatando Su Voluntad, sino oponiéndose a ella.

En este punto, Jesús nos aporta dos aportaciones muy claras y concisas. Por un lado, nos señala que el origen del pecado, de la culpa y de la muerte se encuentra en el ego y en la creencia en la separación. Por otro lado, nos asegura que Dios no creó ni el pecado ni la muerte, liberándonos de la falsa creencia en que podemos cambiar Su Voluntad de que seamos inocentes, puros e impecables.

4. ¿Y qué es ese cuerpo vestido de negro que quieren enterrar? 2Es un cuerpo que ellos consagraron a la muerte, un símbolo de corrupción, un sacrificio al pecado, ofrecido a éste para que se cebe en él y, de este modo, siga viviendo; algo condenado, malde­cido por su hacedor y lamentado por todos los miembros de la procesión fúnebre que se identifican con él. 3Tú que crees haber sentenciado al Hijo de Dios a esto eres arrogante. 4Pero tú que quieres liberarlo no haces sino honrar la Voluntad de su Creador. 5La arrogancia del pecado, el orgullo de la culpabilidad, el sepul­cro de la separación, son todos parte de tu consagración a la muerte, lo cual aún no has reconocido. 6El brillo de culpabilidad con el que revestiste al cuerpo no haría sino destruirlo. 7Pues lo que el ego ama, lo mata por haberle obedecido. 8Pero no puede matar a lo que no le obedece.

No deberíamos sacar una conclusión a la ligera del contenido de las palabras transcritas en este punto, pues el Maestro del Amor no está juzgando condenatoriamente al símbolo del ego, el cuerpo. De hacerlo, estaría reconociendo que el cuerpo es nuestra verdadera identidad. 

Cuando nos dice que el cuerpo es un símbolo de corrupción, un sacrificio al pecado, lo que está mostrándonos es la fe que tenemos depositada en él, así como el juicio erróneo con el que lo identificamos, pues pensar que es el cuerpo el que puede pecar es no conocer su verdadera causa, la cual no es otra que el pensamiento, la creencia errónea en que podemos cambiar la Voluntad de nuestro Creador, imponiéndole nuestras leyes perecederas y efímeras. 

5. Tú tienes otra consagración que puede mantener al cuerpo incorrupto y en perfectas condiciones mientras sea útil para tu santo propósito. 2El cuerpo es tan incapaz de morir como de sen­tir. 3No hace nada. 4De por sí, no es ni corruptible ni incorruptible. 5No es nada. 6Es el resultado de una insignificante y descabellada idea de corrupción que puede ser corregida. 7Pues Dios ha con­testado a esta idea demente con una Suya, una Respuesta que no se ha alejado de Él, y que, por lo tanto, lleva al Creador a la conciencia de toda mente que haya oído Su Respuesta y la haya acep­tado.

Si, como hemos visto, el cuerpo es la materialización de un pensamiento, y el pensamiento nunca muere, podemos afirmar que el cuerpo es incapaz de morir. La muerte se manifiesta igualmente como la materialización de un pensamiento que, al hacerlo real, pasa a formar parte de nuestro sistema de pensamiento, constituyéndose como uno de sus principales pilares. 

Jesús no enseña a través de este punto que el cuerpo no hace nada, pues no es nada. Tan solo lo que es verdadero es eterno, mientras que lo temporal responde a un ciclo donde todo se inicia y tiene un final. 

jueves, 10 de abril de 2025

Capítulo 19. C. El tercer obstáculo: La atracción de la muerte.

 C. El tercer obstáculo: La atracción de la muerte.


1.  A ti y a tu hermano, en cuya relación especial el Espíritu Santo entró a formar parte, se os ha concedido liberar -y ser libera­dos- del culto a la muerte. 2Pues esto fue lo que se os ofreció, y vosotros lo aceptasteis. 3No obstante, tenéis que aprender más acerca de este extraño culto, pues encierra el tercer obstáculo que la paz debe superar. 4Nadie puede morir a menos que elija la muerte. 5Lo que parece ser el miedo a la muerte es realmente su atracción. 6La culpabilidad es asimismo algo temido y temible. 7Mas no ejerce ningún poder, excepto sobre aquellos que se sien­ten atraídos por ella y la buscan. 8Y lo mismo ocurre con la muerte. 9Concebida por el ego, su tenebrosa sombra se extiende sobre toda cosa viviente porque el ego es el "enemigo" de la vida.

La liberación del culto a la muerte nos pide que dejemos de creer en ella tal y como nos lo ha enseñado el ego. A lo largo del contenido de las enseñanzas que vamos analizando en este Curso, hemos podido conocer las claves más importantes para saber, al menos teóricamente, lo que somos y cuál es nuestra misión. Hemos visto cómo el papel de la mente juega un papel estelar, dado que, dependiendo a quién decida elegir, a quién decida servir, nuestra identidad será una u otra cosa, es decir, un cuerpo físico, si nuestra elección es el ego y su creencia en la separación, o espíritu, si nuestra elección es el Espíritu Santo, la Mente Recta.

Cuando nos encontramos identificados con el sistema de pensamiento, es inevitable que podamos dejar de creer en las leyes que rigen en su "reino", las cuales se fundamentan en la creencia en el tiempo y en el ciclo vital de nacimiento y muerte. En este mundo todo es temporal, de ahí que sea considerado ilusorio y falso, pues lo real y verdadero no cambia, es eterno.

Por lo tanto, como decíamos al inicio, dejar de creer en la muerte nos lleva a cambiar de manera de pensar, de ver las cosas. Nos lleva a cambiar de creencia en lo que somos y, con la nueva percepción, ver la realidad, esta es, que no estamos limitados por las leyes del tiempo porque el espíritu es inmortal.

2. Mas una sombra no puede matar. 2¿Qué es una sombra para los que viven? 3Basta con que la pasen de largo para que desapa­rezca. 4¿Y qué ocurre con aquellos cuya consagración no es a la vida; los "pecadores" enlutados, el lúgubre coro del ego, quienes se arrastran penosamente en dirección contraria a la vida, tirando de sus cadenas y marchando en lenta procesión en honor de su sombrío dictador, señor y amo de la muerte? 5Toca a cual­quiera de ellos con las dulces manos del perdón, y observa cómo desaparecen sus cadenas, junto con las tuyas. 6Ve cómo se des­poja del ropaje de luto con el que iba vestido a su propio funeral y óyele reírse de la muerte. 7Gracias a tu perdón puede escapar de la sentencia que el pecado quería imponerle. 8Esto no es arro­gancia. 9Es la Voluntad de Dios. 10¿Qué podría ser imposible para ti que elegiste que Su Voluntad fuese la tuya? 11¿Qué significado podría tener la muerte para ti? 12Tu dedicación no es a la muerte ni a su amo. 13Cuando aceptaste el glorioso propósito del Espíritu Santo en vez del ego, renunciaste a la muerte y la substituiste por la vida. 14Ya sabemos que ninguna idea abandona su fuente. 15la muerte es el resultado del pensamiento al que llamamos ego, tan inequívocamente como la vida es el resultado del Pensa­miento de Dios.

Para el ego, la vida, la existencia es sinónimo de presencia. El ser tiene dependencia del estar. Y su verdad está sustentada en la percepción que adquiere a través de los sentidos físicos, lo que le lleva a afirmar que aquello que no percibe no existe. Su mejor testigo para dar credibilidad a su verdad es el cuerpo, el cual se convierte en su bien más preciado, pues tiene la certeza de que es el portador de la felicidad, de la paz, del placer, así como el portador de todos sus males, el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Para el espíritu, la existencia es sinónimo de Ser y no está sujeto a ninguna limitación. Su verdad está sustentada en la visión de la unidad y en la esencia del amor. Su mayor testigo es la unicidad de las mentes, la cual se completa en la Filiación. El amor que une a todas las mentes es la fuente de donde emana la verdadera felicidad, la paz, la dicha, la vida. 

miércoles, 9 de abril de 2025

Capítulo 19. B-i. La atracción del dolor (3ª parte).

i. La atracción del dolor (3ª parte).

15.  El ego siempre proyecta sus mensajes fuera de ti, al creer que es otro y no tú el que ha de sufrir por tus mensajes de ataque y culpabilidad. 2E incluso si tú sufres, el otro ha de sufrir aún más. 3El supremo engañador reconoce que esto no es verdad, pero como "enemigo" de la paz que es, te incita a que proyectes todos tus mensajes de odio y así te liberes a ti mismo. 4para conven­certe de que esto es posible, le ordena al cuerpo a que busque dolor en el ataque contra otro, lo llame placer y te lo ofrezca como tu liberación del ataque.

Siempre se ha dicho que el mundo que percibimos, el físico, es el revés del mundo espiritual. Las leyes que rigen en el primero son el reverso de las que imperan en el segundo. Así, se consideran antagónicos el miedo y el amor, la oscuridad y la luz, la lucha y la paz, la muerte y la vida, etc. Ese antagonismo se aplica, igualmente, cuando nos referimos al cuerpo y al espíritu, lo que nos lleva a creer que el cuerpo es el agente causante del pecado y de todos nuestros males, mientras que el espíritu es negado por carecer de identidad perceptiva, con lo cual el cuerpo es considerado, desde la visión del ego, como su propio dios, su propio creador.

Esa visión demente e ignorante se encuentra arraigada en todas las religiones, las cuales han identificado al cuerpo como el causante que ha dado origen a la creencia en la separación con Dios. Sus Textos Sagrados recogen la existencia de Dios y la de su Hijo, pero el hecho de que se afirme que dicho Hijo ha sido creado a imagen y semejanza de su hacedor no ha sido suficiente para reconocerle como un ser espiritual, como su Padre, sino que se le limita a las leyes físicas, adjudicándole la identidad con el cuerpo. Dicha visión es muy pobre y nos ha condicionado en nuestro estado de conciencia. Nos invita a buscar la salvación a través de la expiación redentora del cuerpo, desestimando la causa real del error percibido, el cual se encuentra en nuestras creencias.

¿No sería más lógico corregir el error que se encuentra en nuestra creencia base que castigar el cuerpo que nos hace consciente de ello? Cuánto dolor y sufrimiento nos evitaríamos si cambiamos nuestra visión de dónde buscar el error de nuestras creencias.

16. No hagas caso de su locura, ni creas que lo imposible es ver­dad. 2No olvides que el ego ha consagrado el cuerpo al objetivo del pecado y que tiene absoluta fe de que el cuerpo puede lograrlo. 3Sus sombríos discípulos entonan incesantemente ala­banzas al cuerpo, en solemne celebración del poderío del ego. 4No hay ni uno solo que no crea que sucumbir a la atracción de la culpabilidad es la manera de escaparse del dolor. 5Ni uno solo de ellos puede dejar de identificarse a sí mismo con su propio cuerpo, sin el cual moriría, pero dentro del cual, su muerte es igualmente inevitable.

Es esencial que reflexionemos sobre el papel y la función que le tenemos encomendada al cuerpo. Es esencial que identifiquemos los diferentes niveles donde se expresa la energía. No podemos obviar que el origen de todo lo creado procede de un nivel invisible para los ojos físicos y que dicho origen es el hogar verdadero de dicha energía, lo cual no puede confundirnos llevándonos a interpretar que somos la energía en su estado más denso, el que nos permite percibir nuestros sentidos. 

La energía procede de los mundos sutiles, donde la mente la expande dando lugar a actos creadores. El pensamiento es la energía en su estado más elevado y cuando vibrar en sintonía con la fuerza del amor, dichos pensamientos son amorosos dando lugar a creaciones eternas. Cuando el pensamiento vibra en sintonía con la frencuencia donde el amor está ausente, dichos pensamientos sirven a la fuerza del deseo cuyo nivel es mas grosero dando lugar al miedo cuyas creaciones serán contrarias al orden universal del amor y por lo tanto darán lugar a creaciones ilusorias y temporales.

17.  Los discípulos del ego no se dan cuenta de que se han consa­grado a sí mismos a la muerte. 2Se les ha ofrecido la libertad pero no la han aceptado, y lo que se ofrece se tiene también que acep­tar para que sea verdaderamente dado. 3Pues el Espíritu Santo es también un medio de comunicación, que recibe los mensajes del Padre y se los ofrece al Hijo. 4Al igual que el ego, el Espíritu Santo es a la vez emisor y receptor. 5Pues lo que se envía a través de Él retorna a Él, buscándose a sí mismo en el trayecto y encontrando lo que busca. 6De igual manera, el ego encuentra la muerte que busca, y te la devuelve a ti. 

Todo el sistema de pensamiento del ego está abocado al encuentro con la muerte, pues en su reino gobiernan las leyes de la temporalidad, donde todo ciclo que se inicia con el nacimiento tiene su final con la muerte. El cuerpo, su símbolo más emblemático, es el ejemplo que testimonia a favor de esa ley. 

Sin embargo, no podemos olvidar que el cuerpo es la cristalización de la energía cuando alcanza su estado más denso, pero dicha energía procede de un nivel superior donde fluye sin límites, en estado emanativo y potencial. Es en ese nivel vibracional donde el Espíritu tiene su verdadero Hogar. Su origen es de ese Plano donde la divinidad se manifiesta en su triple aspecto: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Rendir pleitesía al ego nos lleva a consagrarnos a la muerte. Mientras que servir al Espíritu es consagrarnos a la Vida Eterna.  

martes, 8 de abril de 2025

Capítulo 19. B-i. La atracción del dolor (2ª parte).

 i. La atracción del dolor (2ª parte).

12. Es imposible tratar de obtener placer a través del cuerpo y no hallar dolor. 2Es esencial que esta relación se entienda, ya que el ego la considera la prueba del pecado. 3En realidad no es puni­tiva en absoluto. 4Pero sí es el resultado inevitable de equipararte con el cuerpo, lo cual es la invitación al dolor. 5Pues ello le abre las puertas al miedo, haciendo que se convierta en tu propósito. 6La atracción de la culpabilidad no puede sino entrar con él, y cual­quier cosa que el miedo le ordene hacer al cuerpo es, por lo tanto, dolorosa. 7Este compartirá el dolor de todas las ilusiones, y la ilusión de placer se experimentará como dolor.

En este punto queda muy bien explicada la relación de causa y efecto, lo cual nos permite comprender que su ley abarca todo proceso creador. Por lo tanto, considero esencial para nuestro crecimiento espiritual aplicar dicha ley a nuestra vida, pues de este modo, analizando la calidad de nuestras percepciones, de nuestros efectos, de los acontecimientos que vivimos y experimentamos, podemos conocer lo que hemos sembrado, o visto de otro modo, el uso que hemos dado a nuestra voluntad, pues en ella encontraremos la causa que ha dado origen a lo percibido.

Considero importante conocer la aplicación de la ley de causa y efecto, dado que nos mostramos incrédulos y nos consideramos víctimas de la mala suerte, cuando la vida nos lleva a enfrentarnos a situaciones dolorosas que consideramos injustas. En esos momentos de incredulidad no sabemos reconocer la relación existente entre lo que experimentamos y nuestras creencias. Preferimos proyectar nuestra ignorancia y culpar al mundo de lo que nos ocurre. Siempre nos resultará más fácil y cómodo, para nuestra conciencia, encontrar al causante fuera de nosotros mismos. Será nuestra pareja, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros jefes, nuestros enemigos, y cuando ya se nos ha agotado la lista de culpables, elevamos nuestra mirada al cielo y exclamamos: ¡Padre, por qué me mandas estas pruebas! ¿Qué te he hecho para merecer tu castigo?

13. ¿No es acaso esto inevitable? 2El cuerpo, a las órdenes del miedo, irá en busca de culpabilidad y servirá a su amo, cuya atracción por la culpabilidad mantiene intacta toda la ilusión de su existencia. 3En esto consiste, pues, la atracción del dolor. 4Regido por esta percepción, el cuerpo se convierte en el siervo del dolor, lo persigue con un gran sentido del deber y acata la idea de que el dolor es placer. 5Ésta es la idea que subyace a la excesiva importancia que el ego le atribuye al cuerpo. 6Y man­tiene oculta esta relación demente, si bien, se nutre de ella. 7A ti te enseña que el placer corporal es felicidad. 8Mas a sí mismo se susurra: "Es la muerte".

Si por todo lo dicho hemos alcanzado a comprender la profundidad que nos enseña la ley de causa y efecto, estaremos en condiciones de afirmar que el error siempre se encuentra en el nivel de la mente, en el nivel de las creencias, en el nivel de las causas, en el nivel de la voluntad, que se convierte en el motor que nos impulsa a crear.

La falta de esa claridad en nuestra visión nos ha llevado a identificar al agente causante en el lugar equivocado, pues lo hemos situado en el nivel físico, el cual está regido por leyes temporales y efímeras como la ilusión. En dicho nivel, el cuerpo adquiere el principal protagonismo y se le atribuye la calidad de ser el promotor de todos nuestros actos y, como consecuencia de ello, se le atribuye igualmente la capacidad para aportarnos placer o dolor.

Si llegamos a esta conclusión, estaremos obviando una cuestión esencial. El cuerpo es la elección de dirigir nuestra voluntad en una dirección que nos ha llevado a un estado de conciencia perceptiva que da lugar a la temporalidad, pues no es eterna, sino transitoria. No somos realmente lo que percibimos. Somos el observador, la mente a través de la cual tiene lugar lo percibido. No somos el sueño, somos el soñador del sueño. Por lo tanto, no podemos ver en el cuerpo al agente causante, sino que dicho agente es nuestra mente.

Bajo esta nueva perspectiva, debemos preguntarnos: ¿dónde se cuenta la fuente de la paz, del placer, de la dicha? ¿Dónde se encuentra la fuente del dolor, del sufrimiento, del miedo?

¿En el cuerpo o en la mente?

14. ¿Por qué razón es el cuerpo tan importante para ti? 2Aquello de lo que se compone ciertamente no es valioso. 3Y es igualmente cierto que no puede sentir nada. 4Te transmite las sensaciones que tú deseas. 5Pues el cuerpo, al igual que cualquier otro medio de comunicación, recibe y transmite los mensajes que se le dan. 6Pero éstos le son completamente indiferentes. 7Todos los senti­mientos con los que se revisten dichos mensajes los proporcionan el emisor y el receptor. 8Tanto el ego como el Espíritu Santo reco­nocen esto, y ambos reconocen también que aquí el emisor y el receptor son uno y lo mismo. 9El Espíritu Santo te dice esto con alegría. 10El ego te lo oculta, pues no quiere que seas consciente de ello. 11¿Quién transmitiría mensajes de odio y de ataque si entendiese que se los está enviando a sí mismo? 12¿Quién se acu­saría, se declararía culpable y se condenaría a sí mismo?

No forma parte del sistema de pensamiento del ego el hecho de que tomemos consciencia del profundo significado de la aplicación de la ley de causa y efecto. 

La ciencia, uno de los baluartes más importantes para el sistema de pensamiento egoico, ha descubierto el funcionamiento de la ley de causación. Pero su alcance lo circunscribe a los límites donde deposita su conciencia, esto es, en los límites que le marca el mundo en el que cree, en el perceptivo. La ciencia de hoy defiende su postulado de la verdad con base en su creencia en lo que es capaz de pesar y medir; dicho de otro modo, cree tan solo en lo que perciben sus sentidos físicos. Así pues, la ley de causa y efecto solo se aplica al mundo percibido, descartando la posibilidad de que la mente, en lugar del cuerpo, sea el agente causante.

Por ello, el cuerpo es tan importante para nuestro actual estado de conciencia, la cual cayó en un profundo sueño cuando eligió alimentarse por sí misma, del cual aún no ha despertado. 

lunes, 7 de abril de 2025

Capítulo 19. B-i. La atracción del dolor (1ª parte).

i. La atracción del dolor (1ª parte).

9. Tu pequeño papel consiste únicamente en entregarle al Espíritu Santo la idea del sacrificio en su totalidad 2y aceptar la paz que Él te ofrece a cambio sin imponer ningún límite que impida su exten­sión, lo cual limitaría tu conciencia de ella. 3Pues lo que Él otorga tiene que extenderse si quieres disponer de su poder ilimitado y utilizarlo para liberar al Hijo de Dios. 4No es de este poder de lo que quieres deshacerte, y, puesto que ya dispones de él, no puedes limitarlo. 5Si la paz no tiene hogar, tampoco lo tenemos ni tú ni yo. 6Y Aquel que es nuestro hogar se queda sin hogar junto con noso­tros. 7¿Es eso lo que quieres? 8¿Deseas ser un eterno vagabundo en busca de paz? 9¿Pondrías tus esperanzas de paz y felicidad en lo que no puede sino fracasar?

El amor, la esencia divina con la que hemos sido creados, cuando se extiende, nos ofrece como regalo el estado de paz. Podemos entender que cuando elegimos sembrar amor, el fruto que cosecharemos será la paz. Sabemos por las enseñanzas del Curso que causa y efecto forman una unidad, lo que significa que la una depende de la otra, es decir, no obtendremos un efecto si no existe una causa. 

Si elegimos aceptar lo expresado anteriormente como verdad, podremos concluir que, al igual que el amor es la esencia con la que hemos sido creados, la paz, su efecto, también forma parte de nuestra esencia. Lo que significa que la paz es nuestra realidad. Dicho de otro modo: "somos paz".

El ego cuestionará dicha afirmación, pues nos dirá: "Si somos paz, ¿cómo es que no la percibimos?". La respuesta a esta pregunta es una invitación a reflexionar sobre la identidad que creemos ser. Mientras que pensemos que somos aquello que percibimos, esto es, un cuerpo material, el cual es el símbolo que representa nuestra creencia en la separación, justificaremos el cuestionamiento que nos plantea el sistema de pensamiento del ego, pues dicha creencia en la separación es la causa que ha sustituido en nuestra mente el amor por el miedo y la inocencia por el pecado. De este modo, al sembrar miedo no podemos cosechar paz, sino ataque y temor.

10. Tener fe en lo eterno está siempre justificado, pues lo eterno es siempre benévolo, infinitamente paciente y totalmente amoroso. 2Te aceptará totalmente y te colmará de paz. 3Pero sólo se puede unir a lo que ya está en paz dentro de ti, lo cual es tan inmortal como lo es lo eterno. 4El cuerpo no puede proporcionarte ni paz ni desasosiego, ni alegría ni dolor. 5Es un medio, no un fin. 6De por sí no tiene ningún propósito, sino sólo el que se le atribuye. 7El cuerpo parecerá ser aquello que constituya el medio para alcanzar el objetivo que tú le asignes. 8Sólo la mente puede fijar propósitos, y sólo la mente puede discernir los medios necesarios para su logro, así como justificar su uso. 9Tanto la paz como la culpabilidad son estados mentales que se pueden alcanzar. 10esos estados son el hogar de la emoción que los suscita, que, por consiguiente, es compatible con ellos.

Habíamos dejado en el punto anterior al ego celebrando su victoria sobre el amor y la paz. Nunca admitirá que somos paz, pues ello significaría que creemos en el amor por encima del miedo, que creemos en la unidad por encima de la separación, que creemos en el espíritu por encima del cuerpo. Por lo tanto, prefiere negar la causa verdadera y elegir una causa falsa y errónea, con lo cual dará prioridad a sus percepciones, anteponiéndolas a la verdad.

Sin embargo, el sistema de pensamiento tiene una importante debilidad, la cual procede de la causa que lo ha originado. El error, lo falso, tan solo puede ofrecernos un mundo ilusorio y temporal, o lo que es lo mismo, un mundo irreal. Ese mundo se convierte en un escenario donde el dolor, el sufrimiento, la necesidad, la enfermedad se multiplican por doquier. Son frutos amargos que no sacian nuestros verdaderos apetitos. Es por ello que alcanzamos un punto de consciencia en el que nos lanzamos a la búsqueda de lo que más añoramos, la paz. Pero no sabemos dónde encontrarla, pues depositamos toda nuestra confianza en el maestro inadecuado, en el cuerpo, y no tardaremos en darnos cuenta de que la paz tan codiciada no forma parte del mundo perceptivo, sino que forma parte de nuestra esencia verdadera, la espiritual.

El renacer de la conciencia nos abre las puertas de un nuevo escenario donde, ahora sí, sabremos a quién tenemos que depositar toda nuestra fe, a qué maestro invitar a nuestra mente para que nos guíe hacia el encuentro con la paz, hacia el encuentro con nuestra verdadera identidad. El Espíritu Santo nos ofrecerá la Expiación que ha de permitirnos corregir nuestros errores mentales, lo que nos permitirá a su vez alcanzar la percepción correcta.

11. Examina, entonces, qué es lo que es compatible contigo. 2Ésta es la elección que tienes ante ti, y es una elección libre. 3Mas todo lo que radica en ella vendrá con ella, y lo que crees ser jamás puede estar separado de ella. 4El cuerpo aparenta ser el gran trai­dor de la fe. 5En él residen la desilusión y las semillas de la falta de fe, mas sólo si le pides lo que no puede dar. 6¿Puede ser tu error causa razonable para la depresión, la desilusión y el ataque de represalia contra lo que crees que te ha fallado? 7No uses tu error para justificar tu falta de fe. 8No has pecado, pero te has equivocado con respecto a lo que significa tener fe. 9Mas la corrección de tu error te dará motivos para tener fe.

Hemos dibujado los trazos de los dos escenarios en los que se puede manifestar nuestra consciencia. Ahora debemos saber que los efectos de nuestra siembra serán dulces o amargos dependiendo de nuestra elección, es decir, del uso que hagamos de nuestra voluntad. Si la empleamos para sembrar amor, cosecharemos paz y en nuestro escenario resplandecerá el sol, aportándonos luz y felicidad. Si la empleamos para sembrar miedo, cosecharemos temor y luchas, y en nuestro escenario percibiremos densas nubes que nos confundirán con su oscuridad, aportándonos dolor y sufrimiento.

Sí, desde este momento, nos hemos quedado solos para tomar el timón de nuestra nave y decidir el rumbo que vamos a tomar. Hemos habitado en la tierra próspera de miel y leche que Dios dispuso para Su Hijo, pero nuestro deseo de alimentarnos por nosotros mismos nos llevó a olvidar el hogar paradisiaco en el que nos encontrábamos. Ese proceso no se llevó a cabo a nivel físico, sino en el mental, en nuestras creencias, lo cual dio origen a que percibiésemos aquello que deseamos.

Ahora, este presente que estamos compartiendo en la eternidad se convierte en el instante santo en el que podemos recordar lo olvidado y elegir de nuevo. En esta ocasión, con la ayuda del Espíritu Santo, elegiremos lo correcto, pues seremos totalmente conscientes de lo que realmente somos.