viernes, 27 de junio de 2025

Capítulo 21. IV. El miedo a mirar adentro (2ª parte).

IV. El miedo a mirar adentro (2ª parte).

3. ¿Qué pasaría si mirases en tu interior y no vieses ningún pecado? 2Esta "temible" pregunta es una que el ego nunca plan­tea. 3tú que la haces ahora estás amenazando demasiado seria­mente todo su sistema defensivo como para que él se moleste en seguir pretendiendo que es tu amigo. 4Aquellos que se han unido a sus hermanos han abandonado la creencia de que su identidad reside en el ego. 5Una relación santa es aquella en la que te unes con lo que en verdad forma parte de ti. 6Tu creencia en el pecado ha sido quebrantada, y ahora no estás totalmente reacio a mirar dentro de ti y no ver pecado alguno.

El ego tan solo puede dar lo que tiene. Y por tal razón no puede renunciar al miedo como su mejor aliado para conseguir lo que desea. Lo que más desea el ego es sobrevivir y, para asegurarse su supervivencia, necesita que nuestra mente siga creyendo en la separación y en el miedo; es decir, lo que no puede permitir es que decidamos no tener miedo y decidir entrar en la habitación prohibida, en nuestro interior, en nuestra mente, para descubrir que la luz que nos acompaña en ese acto de valentía disipa de forma inmediata la oscuridad de esa habitación, mostrándonos la inexistencia del miedo, la inexistencia de cualquier pensamiento que abrigara la idea de ser diferente, de ser especial.

El miedo a no ser alguien, a ser nada, a carecer de significado, es el mayor secreto custodiado por el ego. Es su habitación prohibida. Para evitarlo, ocupa nuestra mente con pensamientos de escasez, de necesidad, y estimula nuestros deseos de posesión para aliviar la pesada carga de no tener. Su voz se hace oír en nuestra mente diciéndonos: "Si eres valiente y decides entrar en la habitación prohibida, te ocurrirán tan solo desgracias; serás pobre si compartes lo que tienes; te engañarán si decides amar desde la libertad; te desposeerán de lo que tienes si no blindas tus tesoros en cámara de seguridad".

4. Tu liberación no es aún total: todavía es parcial e incompleta, aunque ya ha despuntado en ti. 2Al no estar completamente loco, has estado dispuesto a contemplar una gran parte de tu demen­cia y a reconocer su locura. 3Tu fe está comenzado a interiorizarse más allá de la demencia hacia la razón. 4lo que tu razón te dice ahora, el ego no lo quiere oír. 5El propósito del Espíritu Santo fue aceptado por aquella parte de tu mente que el ego no conoce 6que tú tampoco conocías. 7Sin embargo, esa parte, con la que ahora te identificas, no teme mirarse a sí misma. 8No conoce el pecado. 9¿De qué otra forma, sino, habría estado dispuesta a con­siderar el propósito del Espíritu Santo como suyo propio?

En la estrategia del ego para evitar que descubramos su preciado tesoro, podemos encontrar inscrito el sello de la propia naturaleza del ego, el error. Sí, el ego no puede tramar un plan donde el error no esté presente. Ya hemos visto cómo el ego da lo que tiene y, si el ego es fruto del error, su semilla también lo será. ¿Cuál es el error que el ego no supo ocultar en su propuesta de mostrarnos el lugar donde se encontraba la habitación en la que nunca podemos entrar?

Al mostrarnos ese lugar, al mostrarnos dónde se encuentra el causante de nuestros miedos, de nuestro pecado, nos está revelando dónde se encuentra el origen de su identidad. Nos está aportando la llave para que podamos acceder a nuestra mente y descubrir que lo que llamábamos miedo tan solo era un pensamiento erróneo, fruto de una elección equivocada. En verdad, nos está enseñando que somos libres para elegir y somos libres, igualmente, para corregir, esto es, elegir nuevamente. Por lo tanto, tenemos el inmenso poder para ser creadores cuando elegimos ver desde el amor, tal y como Dios nos ha creado.

5. Esta parte ha visto a tu hermano y lo ha reconocido perfecta­mente desde los orígenes del tiempo. 2Y no ha deseado más que unirse a él y ser libre nuevamente, como una vez lo fue. 3Ha estado esperando el nacimiento de la libertad, la aceptación de la liberación que te espera. 4Y ahora reconoces que no fue el ego el que se unió al propósito del Espíritu Santo, y, por lo tanto, que tuvo que haber sido otra cosa. 5No creas que esto es una locura, 6pues es lo que te dice la razón y se deduce perfectamente de lo que ya has aprendido.

El ego no es muy dado a invitarnos a sondear nuestro interior, sencillamente porque su identidad se refuerza cuando nos lleva a creer tan solo en lo que percibe en el mundo exterior, donde el cuerpo físico se erige en su símbolo representativo. A pesar de ello, trama una estrategia para mostrarnos la presencia del pecado y de la culpa formando parte de nuestros pensamientos, de nuestras creencias, al ser identificados como procedentes de su fiel representante, el cuerpo. De este modo, nos lleva al convencimiento de que somos un cuerpo y que este es el único causante de la creencia en el pecado. A partir de ese momento establece que la única vía para alcanzar la salvación y el perdón se encuentra en el sacrificio y el sufrimiento del cuerpo.

El plan de salvación dispuesto por Dios es el verdadero, el único que nos aportará la corrección del error. ¿Por qué? Pues, porque Dios da lo que tiene y lo que tiene es lo que Es, esto es, Amor. Tan solo el amor puede salvarnos y su poder radica en la creencia en la Unidad de la Filiación. La mente es el canal que utilizamos, bien para crear o para fabricar. Cuando elegimos desde el amor, el resultado son actos creadores que gozan de la eternidad. Cuando elegimos desde el miedo, el resultado son fabricaciones temporales, que tienen un principio y un fin.

La parte de la mente que vibra a la frecuencia del amor nos permitirá percibir correctamente el mundo externo, lo cual nos llevará a experimentar la unidad con todo lo creado. En dicha experiencia, la presencia de nuestro hermano se convierte en la vía que nos conduce hasta la salvación. 

jueves, 26 de junio de 2025

Capítulo 21. IV. El miedo a mirar adentro (1ª parte).

IV. El miedo a mirar adentro (1ª parte).

1. El Espíritu Santo jamás te enseñará que eres un pecador. 2Corregirá tus errores, pero eso no es algo que le pueda causar temor a nadie. 3Tienes un gran temor a mirar en tu interior y ver el pecado que crees que se encuentra allí. 4No tienes miedo de admitir esto. 5El ego considera muy apropiado que se asocie el miedo con el pecado, y sonríe con aprobación. 6No teme dejar que te sientas avergonzado. 7No pone en duda la creencia y la fe que tienes en el pecado. 8Sus templos no se tambalean por razón de ello. 9Tu certeza de que dentro de ti anida el pecado no hace sino dar fe de tu deseo de que esté allí para que se pueda ver. 10Sin embargo, esto tan sólo aparenta ser la fuente del temor. 

El pensamiento erróneo, para sobrevivir, debe hacer todo lo posible para evitar que descubramos la verdad. Esa situación se puede comparar con el momento en el que, encontrándonos en una habitación totalmente a oscuras, decidimos encender la luz. Mientras nos encontrábamos en la oscuridad, no podíamos evitar sentir miedo y temor, pero cuando decidimos encender la luz, todo a nuestro alrededor se hace inteligible, conocido, lo que espanta al pensamiento del miedo y nos confirma que todo ha sido fruto de nuestra imaginación.

En este punto, Jesús nos muestra la estrategia del ego para ocultar la verdad que no quiere que descubramos. Para ello utiliza una técnica muy utilizada cuando queremos evitar que alguien pueda acceder a la instancia donde guardamos celosamente nuestros secretos. El miedo se convierte, en estas situaciones, en su mejor aliado. El ego nos dice: "De todas las habitaciones que hay podrás entrar, excepto en una. Si lo haces, algo terrible te ocurrirá". De este modo, el ego se asegura de que el miedo nos impedirá acceder a la habitación prohibida donde, supuestamente, nuestra integridad correría un grave peligro.

¿Qué hay en esa habitación prohibida que tanto valor tiene para el ego?

Esa habitación hace referencia a nuestro mundo interior. El ego es el fruto de haber elegido libremente dirigir su atención en una dirección incorrecta, donde la carencia del amor lo lleva a fabricar una realidad ilusoria donde imperan las leyes de la percepción. Esa elección errónea le lleva a ver un mundo diferente al que Su Creador dispuso para él. Esa elección le lleva a la creencia en la separación y a la pérdida de su inocencia, la cual fue sustituida por la idea de pecado. Por lo tanto, el secreto que custodia en esa habitación, en su interior, en su mente, es esa falsa creencia.

2. Recuerda que el ego no está solo. 2Su dominio está circunscrito, y teme a su "enemigo" desconocido, Quien ni siquiera puede ver. 3Te pide imperiosamente que no mires dentro de ti, pues si lo haces tus ojos se posarán sobre el pecado y Dios te cegará. 4Esto es lo que crees, y, por lo tanto, no miras. 5Mas no es éste el temor secreto del ego, ni tampoco el tuyo que eres su siervo. 6El ego, vociferando destempladamente y demasiado a menudo, profiere a gritos que lo es. 7Pues bajo ese constante griterío y esas declara­ciones disparatadas, el ego no tiene ninguna certeza de que lo sea. 8Tras tu temor de mirar en tu interior por razón del pecado se oculta todavía otro temor, y uno que hace temblar al ego.

Pero la argucia del ego no se limita tan solo a mostrarnos la habitación donde no debemos entrar o, lo que es lo mismo, identificándonos el peligro que correremos si lo desobedecemos. El ego, el hijo del miedo, no puede mostrarnos un mundo ausente de miedo. Al igual que la oscuridad no puede aportarnos la visión de la luz al carecer de ella. Si nos muestra el lugar donde custodia su tesoro, esto es, el miedo, en realidad nos estaría mostrando su secreto y eso no lo permitiría nunca. Entonces, ¿qué es lo que oculta realmente en esa habitación?

miércoles, 25 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (5ª parte).

 III. Fe, creencia y visión (5ª parte).

11. ¿Crees acaso que al Espíritu Santo le preocupa eso? 2Él no te da aquello de lo que, de acuerdo con Su propósito, te quiere apartar. 3Tú crees que Él te quiere privar de algo por tu propio bien. 4Pero los términos "bien" y "privación" son opuestos, y no pueden reconciliarse de ninguna forma que tenga significado. 5Es como decir que la luna y el sol son una misma cosa porque vienen de noche y de día respectivamente, y que, por lo tanto, no pueden sino formar una unidad. 6Mas ver uno de ellos significa que el otro ya no se puede ver. 7Tampoco es posible que lo que irradia luz sea lo mismo que lo que depende de la oscuridad para poder ser visto. 8Ninguno de ellos exige el sacrificio del otro. 9Cada uno de ellos, no obstante, depende de la ausencia del otro.

La religión cristiana y sus enseñanzas están repletas de actos que engrandecen al sacrificio hasta elevarlo a la condición de santo. El lema que fundamenta tal hecho es el siguiente: Somos pecadores y hemos desobedecido a Dios. Para ganarnos su gracia y su perdón, tenemos que sacrificar nuestra naturaleza impura y pecaminosa. Pues bien, el que paga el pato en este juicio es el cuerpo, el único que nos ha podido llevar al acto de pecar. 

Uno de los pasajes más controvertidos que nos ha legado la doctrina cristiana ha sido el acto de la crucifixión en el cual Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, elige sacrificar su cuerpo y derramar su sangre para purificar a la humanidad de sus pecados. Si el Maestro ha actuado así, sin duda, su lección debe ser ejemplo para el resto de la humanidad creyente, lo que significa que, para ser un buen cristiano, hay que reconocer nuestra culpa y estar dispuesto a sacrificarnos para alcanzar la redención de nuestros pecados y la salvación eterna.

Un Curso de Milagros nos enseña que la muerte de Jesucristo en la cruz está más allá de la interpretación acuñada por el cristianismo. Nos enseña que la verdadera esencia del ser no es el cuerpo, sino el Espíritu, y para reforzar esta enseñanza se mostró en su cuerpo espiritual, dando lugar a la creencia en la resurrección.

12. El cuerpo se concibió para que sirviese de sacrificio al pecado, y así es como aún se le considera en las tinieblas. 2A la luz de la visión, no obstante, se le considera de manera muy distinta. 3Pue­des confiar en que servirá fielmente al propósito del Espíritu Santo, y puedes conferirle poder para que se vuelva un instru­mento de ayuda a fin de que los ciegos puedan ver. 4Mas cuando ellos vean, mirarán más allá de él, al igual que tú. 5la fe y a la creencia que depositaste en el cuerpo les corresponde estar más allá de él. 6Transferiste tu percepción, tu creencia y tu fe de la mente al cuerpo. 7Deja que éstas les sean devueltas ahora a aque­llo que las produjo y que todavía puede valerse de ellas para salvarse de lo que inventó.

El representante del ego es el cuerpo físico. El ego es la conciencia del mundo dual que surge tras fabricar una realidad basada en la visión de la separación. El cuerpo ha sustituido al espíritu, al igual que el miedo ha sustituido al amor. El mundo físico, el mundo sensorial y perceptivo es el mundo del sueño, donde la conciencia de unidad y del conocimiento compartido con Dios y Su Creación se manifiesta en la conciencia egoica e individualista, inspirada por el deseo de ser especial.

Por lo tanto, el cuerpo es la causa del pecado cuando se percibe desde la oscuridad, es decir, cuando nos hemos desconectado de la luz, el principio inteligible, que nos permite ser partícipes de la verdad. Siendo la causa del pecado, el cuerpo sirve a la idea de sacrificio con la intención de redimirse de la culpa que acompaña siempre al pensamiento pecador.

Sin embargo, el Espíritu Santo nos enseña a ver el cuerpo en su expresión más elevada, mostrándonos la capacidad de manifestación que posee para hacer tangible la verdad a través de la percepción verdadera. Por tal motivo, Jesús nos dice que el cuerpo debe convertirse en un instrumento de ayuda a fin de que los ciegos puedan ver. Esos ciegos son los que tienen una fe limitada por las leyes del mundo material y necesitan ver para creer.

martes, 24 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (4ª parte).

 III. Fe, creencia y visión (4ª parte).

9. Aquellos que creen en el pecado deben pensar que el Espíritu Santo exige sacrificios, pues creen que ésa es la manera de alcan­zar su objetivo. 2Hermano, el Espíritu Santo sabe que el sacrificio no aporta nada. 3Él no hace tratos. 4si intentas imponerle lími­tes, lo odiarás porque tendrás miedo de Él. 5El regalo que Él te ha hecho es mucho más valioso que cualquier otra cosa a este lado del Cielo. 6El momento en que esto se ha de reconocer está al llegar. 7Une tu conciencia a lo que ya está unido. 8La fe que depo­sitas en tu hermano puede lograrlo, 9pues Aquel que ama el mundo lo está viendo por ti, sin ninguna mancha de pecado sobre él y envuelto en una inocencia tal que contemplarlo es con­templar la belleza del Cielo.

El amor, la fuerza creadora por excelencia, actúa extendiéndose y estableciendo la conciencia de la unidad que da cohesión a todo lo creado. Es la fuerza que mora en el Cielo, donde Todo queda bajo su visión, bajo su ley. El amor no tiene límites y es eterno. Podríamos seguir describiendo las abundantes cualidades del amor y nos costaría ponerle fin a esta introducción, en la que intento poner de manifiesto algo tan sencillo como la esencia de la felicidad y de la paz. Y a pesar de su grandeza, hemos decidido prescindir de su virtud y elegir en cambio una dirección donde lo único que buscamos es satisfacer nuestro deseo de ser especial.

En el amor, en el Cielo, todos gozamos de la igualdad y semejanza con la que Dios nos creó. Nadie es especial. Ser alguien no es lo importante. Tener una identidad no es lo esencial. La verdad, lo real, lo que nos hace verdaderamente poderosos es nuestra santidad, nuestra pureza, nuestra inocencia, nuestra impecabilidad, nuestra perfección, en definitiva, nuestra divinidad.

¿Cómo podemos pensar que Dios nos castiga? ¿Cómo podemos creer que Dios nos ha abandonado? Él no necesita perdonarnos porque Él conoce a Su Hijo y lo conoce en Sí Mismo, a Su imagen y semejanza. El Hijo de Dios no puede pecar, pero puede olvidar su inocencia al cubrir su mente con el velo de ser especial a su Padre y al resto de sus hermanos. Pero este acto no puede juzgarse como un acto pecaminoso, sino como una elección de ver las cosas de otra manera, eligiendo el miedo al amor. Ha elegido el miedo porque, desde el momento en que elige ser especial, olvida su condición divina para convertirse en una personalidad, en el ego.

Si Dios no nos juzga, ni condena, no hay nada por lo que tenemos que sacrificarnos. El Espíritu Santo no nos impone como meta el castigo. Su lección es la Expiación, que significa la corrección de la percepción falsa en verdadera.

10. Tu fe en el sacrificio ha hecho que éste tenga gran poder ante tus ojos, salvo que no te das cuenta de que no puedes ver debido a él. 2Pues sólo se le puede exigir sacrificio al cuerpo, y sólo otro cuerpo podría exigirlo. 3La mente, de por sí, no podría ni exigirlo ni recibirlo. 4El cuerpo tampoco. 5La intención está en la mente, que trata de valerse del cuerpo para poner en práctica los medios del pecado en los que ella cree. 6Y así, los que valoran el pecado no pueden sino creer que la mente y el cuerpo están unidos. 7Y de este modo, el sacrificio es, invariablemente, un medio para impo­ner límites, y, por consiguiente, para odiar.

La lección del sacrificio forma parte del sistema de pensamiento del ego y se transmite como una innegable verdad de generación en generación.

Desde que se tienen conocimientos del comportamiento humano, el sacrificio ha acompañado el transcurrir evolutivo de la humanidad. Los Textos Sagrados recogen muchos episodios donde el sacrificio es una ofrenda a Dios o a los dioses, dependiendo de la cultura, y al cual se le rinde un especial culto. De esta forma, el sacrificio está muy arraigado en el inconsciente colectivo de la humanidad y forma parte de su genoma, por lo que nos resultará muy difícil deshacernos de su demente influencia.

El sacrificio se exige o se emplea como un pago para satisfacer la ira del que hemos ofendido y a veces se nos muestra con un rostro más benigno, cuando pasa a formar parte de una cualidad que, de ser desarrollada debidamente, nos aportará muchos beneficios. Por ejemplo, cuando se adopta como un factor educativo: "Hijo mío, en la vida, para llegar a ser alguien de provecho, hay que sacrificarse". Con este consejo, da la sensación de que las carencias que acompañan siempre al acto del sacrificio fuesen una fuente de riqueza y abundancia. Pienso que en ese ejemplo en particular, del que me he sentido partícipe, el sacrificio ha sustituido al término "esfuerzo", que nada tiene que ver con el acto de tener que renunciar a lo que somos: seres ilimitados.

lunes, 23 de junio de 2025

Capítulo 21. III. Fe, creencia y visión (3ª parte).

III. Fe, creencia y visión (3ª parte).

6. El Espíritu Santo puede valerse de todos los medios que tú has empleado para ir en pos del pecado. 2Pero tal como Él se vale de ellos te alejan del pecado, porque Su propósito apunta en direc­ción contraria. 3Él ve los medios que empleas, pero no el propó­sito para el que los inventaste. 4Su intención no es quitártelos, pues reconoce su valor y los ve como un medio de alcanzar lo que Él dispone para ti. 5Inventaste la percepción a fin de poder elegir entre tus hermanos e ir en busca del pecado con ellos. 6El Espíritu Santo ve la percepción como un medio de enseñarte que la visión de la relación santa es lo único que deseas ver. 7Pues entonces depositarás toda tu fe en la santidad, al desearla y creer en ella por razón de tu deseo.

Cuando unimos voluntad y deseo, el fruto es creación o fabricación. El hecho de que sea una cosa u otra depende de que gocemos de Conocimiento o de que elijamos nuestra creencia en la separación. Dicho de otro modo, cuando nuestra voluntad elige amar, nuestro deseo es unificador y nuestra dimensión es el Cielo, donde Todo forma parte de la Unidad. En cambio, cuando nuestra voluntad elige ser especial, nuestro deseo nos lleva a la división y nuestra dimensión es tridimensional, es corporal.

El ego es la consecuencia de haber utilizado nuestra voluntad con el deseo de ser especial. Pero ello no significa que nuestra identidad verdadera sea la corporal. Significa que nuestro deseo individual utiliza nuestra mente para que nos muestre imágenes individuales, las cuales son percibidas en el nivel tridimensional. Es lo que los físicos cuánticos interpretan cuando hablan del "colapso de ondas por el observador", lo que hace que la onda -energía- al ser observada se convierta en partícula -materia-.

Dentro del campo tridimensional, el Espíritu Santo nos ayuda a percibir correctamente las imágenes que nos muestra nuestra mente y lo hace a través de la rectitud, es decir, a través de la Expiación o corrección de lo ilusorio. La Expiación nos muestra la unidad que nos mantiene unidos a todo lo creado. Esta visión llevada a las relaciones especiales favorece su transformación, convirtiéndola en relaciones de santidad.

7. La fe y la creencia se unen a la visión, ya que todos los medios que una vez sirvieron para los fines del pecado se canalizan ahora hacia la santidad. 2Pues a lo que tú llamas pecado, no es más que una limitación, y odias a todo aquel que tratas de redu­cir a un cuerpo porque le temes. 3Al negarte a perdonarlo, lo con­denas al cuerpo porque tienes en gran estima los medios del pecado. 4así, depositas toda tu fe y creencia en el cuerpo. 5Pero la santidad quiere liberar tu hermano, y eliminar el odio elimi­nando el miedo, no en el nivel de los síntomas, sino de raíz.

La visión nos muestra aquello en lo que creemos y en lo que hemos depositado nuestra fe. Es por esta razón que Jesús nos dice que la fe y la creencia se unen a la visión.

La visión física nos muestra lo que llamamos nuestra realidad; le otorgamos ese poder. Sin embargo, no son los ojos físicos los que nos muestran lo que creemos ver, sino nuestra mente, donde albergamos nuestra fe. Por tal motivo, no es en el nivel de las formas donde debemos llevar a cabo la corrección, sino en el nivel mental. Cambiemos nuestras creencias y nuestra mente nos mostrará una nueva visión, una nueva comprensión. No habrá cambiado lo externo, pero sí nuestra manera de verlo y el significado que ello tenía para nuestra mente.

Cuando nuestra mente nos muestre la visión de nuestro hermano, debemos tener presente que lo que vemos no es su verdadera realidad, sino la que nosotros estamos interpretando. Esto ocurre cuando albergamos la creencia en la separación. Si en su lugar creyésemos que somos una unidad, nuestra mente no nos mostraría la visión de la separación, aunque el cuerpo de nuestro hermano continúe siendo el mismo. Es por ello que este punto termina diciéndonos que la santidad quiere liberar a nuestro hermano y eliminar el odio eliminando el miedo, no en el nivel de los síntomas, sino de raíz.

8Aquellos que quieren liberar a sus hermanos del cuerpo no tie­nen miedo. 2Pues han renunciado a los medios del pecado al ele­gir que se eliminen todas sus limitaciones. 3Puesto que desean ver a sus hermanos bajo el manto de la santidad, el poder de su creen­cia y de su fe ve más allá del cuerpo, facilitando la visión, no obstruyéndola. 4Pero antes de eso decidieron reconocer lo mucho que su fe había limitado su entendimiento del mundo, y desearon depositarla en otro lugar en caso de que se les ofreciese otro punto de vista. 5Los milagros que siguen a esta decisión nacen también de la fe. 6Pues a todos aquellos que eligen apartar su mirada del pecado se les concede la visión y se les conduce a la santidad.

Ya hemos visto cómo la causa que ha dado lugar a la identificación con el cuerpo físico y al olvido de nuestra verdadera realidad se encuentra en la creencia en que nos encontramos separados de Dios y en el deseo de ser especial, haciendo uso del libre albedrío de nuestra voluntad. El mundo que percibimos ha sido fruto del diseño basado en dichas creencias, por lo que no podemos esperar nada más, ni nada menos, que percibamos lo que nuestra mente nos muestra: dolor, sufrimiento, culpa, miedo, enfermedad y muerte.

Cambiar la orientación del deseo nos llevará a elegir hacer un uso correcto de la voluntad y utilizar nuestra mente bajo la inspiración del Amor, lo cual nos llevará a ver un mundo que responde a la conexión existente entre todo lo creado.

No se trata de negar el cuerpo y la experiencia corporal de la que estamos formando parte en la actualidad. Se trata de no aportarle la hegemonía de nuestra verdadera realidad. Saber que es temporal es reconocer su cualidad. Saber que lo que somos es eterno es reconocer, igualmente, su cualidad. Si utilizamos el término de verdad para designar lo que es eterno, no podremos negar que lo único verdadero es nuestra identidad espiritual y no la corporal. Esta visión nos ayudará a otorgar al cuerpo la función que tiene y utilizarlo para potenciar la manifestación de las fuerzas que forman parte de nuestro ser espiritual.