2. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Ésta, sin duda, no es una pregunta difícil. 3La vacilación que tal vez sientas al contestarla no se debe a la ambigüedad de la pregunta. 4Pero ¿crees acaso que la culpabilidad es el infierno? 5Si lo creyeses, verías de inmediato cuán directo y simple es el texto, y no necesitarías un libro de ejercicios en absoluto. 6Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo.¿Qué me enseña esta lección?
Esta lección me recuerda un principio esencial: no puedo extender lo que no reconozco en mí. Lo que doy es siempre reflejo de lo que creo ser. Mientras me identifique con una imagen limitada y culpable, eso será lo que proyecte y experimente. No porque el mundo me castigue, sino porque estoy viendo desde una creencia errónea acerca de mí mismo.
Cuando en mi experiencia aparecen dolor, sufrimiento o enfermedad, el Curso no me invita a buscar culpables ni a juzgarme, sino a mirar con honestidad el sistema de pensamiento desde el que estoy interpretando. El origen del sufrimiento no está en los hechos, sino en la creencia profundamente arraigada en la culpa y en el pecado, es decir, en la idea de haber perdido mi inocencia y merecer castigo.
Desde esa creencia, la mente interpreta el dolor como inevitable y lo proyecta de múltiples formas. Pero el Curso es claro: la culpa no redime, no corrige y no sana. Solo mantiene vivo el error. Al creer en ella, compartimos miedo, justificamos el ataque y percibimos un mundo que parece confirmar esa creencia.
La salvación no consiste en corregir el mundo, sino en aceptar la corrección de la mente. “Salvar el mundo” significa permitir que mi percepción sea sanada, comenzando por mí mismo. Y la vía para ello no es el sacrificio, sino la santidad: el reconocimiento de que nunca he perdido mi pureza ni mi impecabilidad tal como Dios me creó.
Despertar del sueño de la separación implica abandonar la identificación con la culpa y permitir que la Visión del Espíritu Santo reemplace la interpretación del ego. Desde esa Visión Verdadera, ya no veo ataque ni pecado, sino una llamada al amor y a la corrección.
En la medida en que acepto mi santidad, dejo de castigarme y, con ello, dejo de ver castigo fuera. Al extender mi santidad sobre lo que percibo, estoy perdonando la creencia en el ataque y el miedo a la unidad que el ego sostiene.
Aplicar la santidad no es hacer algo nuevo, sino dejar de negar lo que ya es verdad. Y al aceptarla en mí, se vuelve natural reconocerla en mis hermanos, pues no puede haber santidad separada. Así, mi santidad se convierte en mi salvación y en la de todos.
Propósito y sentido de la lección:
La Lección 39 marca un punto de inflexión doctrinal: aquí el Curso une de forma explícita santidad, salvación y ausencia de culpa.Desde el Texto, el infierno nunca es un lugar, sino un estado mental producido por la culpa. Por eso la lección comienza con una pregunta que parece simple, pero es radical:
“Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?”
El propósito no es responder intelectualmente, sino exponer una incoherencia interna: si la culpa es real, entonces el infierno también lo es;
si no lo es, entonces la culpa debe ser falsa.
La lección conduce a una conclusión implícita pero inevitable: la santidad no es un ideal moral, sino el estado natural libre de culpa, y por eso es salvación.
Instrucciones prácticas:
Esta lección es notable porque no introduce una práctica compleja nueva, sino que redefine el sentido de la práctica misma.
La frase: “Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo” resume una enseñanza central del Texto: los ejercicios no crean la verdad, solo eliminan los obstáculos que impiden reconocerla.
La práctica aquí tiene un objetivo muy concreto: aplicar la idea a la experiencia personal, y reconocer que la salvación no es algo que venga después, sino algo que ya está presente como santidad.
Los ejercicios se dirigen “a ti” porque el Curso enseña que la salvación del mundo no puede preceder a la propia, sin caer en sacrificio.
Aspectos psicológicos y espirituales:
Psicológicamente, esta lección confronta la resistencia más profunda del ego:
la inversión emocional en la culpa.
El ego no cree realmente que la culpa sea el infierno, porque la usa como: identidad, protección, justificación, falsa seguridad.
Por eso el texto dice: “La vacilación no se debe a la ambigüedad de la pregunta.”
El problema no es intelectual, sino emocional y defensivo. Aceptar que la santidad es la salvación implica renunciar a la autoimagen culpable, que el ego cree necesaria para existir.
Espiritualmente, la lección afirma un principio que atraviesa todo el Curso: No puedes dar lo que no tienes.
Esto elimina de raíz cualquier noción de sacrificio espiritual. El salvador no se salva sacrificándose, sino recordando su santidad.
Por eso: “Un salvador tiene que haberse salvado.”
La salvación no se enseña con palabras ni actos heroicos, sino con presencia libre de culpa, lo que el Texto llama el ejemplo.
Relación con el Curso:
La progresión es ahora completa:
- 35 – Identidad: Soy santo.
- 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
- 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
- 38 – Poder: Mi santidad deshace ilusiones.
- 39 – Resultado: Mi santidad es mi salvación.
A partir de aquí, el Curso girará progresivamente hacia:
- función,
- perdón,
- decisión,
- y aceptación plena de la Expiación.
Consejos para la práctica:
- No intentes sentirte “salvo”.
- No busques señales externas de salvación.
- No esperes resultados dramáticos.
El Curso no pide convencimiento, sino honestidad: ¿sigo creyendo que la culpa me define o me protege?
Cada vez que la culpa se cuestione, la salvación se reconoce.
Conclusión final:
La Lección 39 declara algo definitivo: La salvación no es una meta futura. No es un proceso de purificación. No es una recompensa.
Es el reconocimiento de la santidad presente.
Cuando la culpa se abandona, el infierno desaparece porque nunca fue real.
Y lo que queda no es esfuerzo, sino paz natural.
Aquí el Curso deja claro que: salvarte a ti mismo y salvar al mundo son el mismo acto, porque ambos dependen únicamente de recordar lo que eres.
Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"
Retomo el ejemplo usado en la lección de ayer, ya que nos ayudará a profundizar en la idea presentada en su contenido.
Querer ver las cosas solo con los ojos del cuerpo físico y los argumentos del ego nos lleva al juicio condenatorio y a no comprender lo que percibimos. Al identificarse completamente con los efectos, se descarta que la causa de lo ocurrido tenga relación con uno mismo. El mecanismo habitual para percibir el mundo, la proyección, permite mantener ese error al señalar culpables de las matanzas, poniéndoles nombres y apellidos.
La lección de hoy nos anima a enfocar toda nuestra atención en nuestro mundo interior, por una razón muy simple: nadie puede dar lo que no tiene. No podemos expandir nuestra santidad ni ayudar al mundo si no somos conscientes de que somos santos, de que somos Hijos de Dios. Por eso, con sinceridad y desde el corazón, os invito a explorar vuestra mente. Observa tus pensamientos e identifica aquellos que estén marcados por la ira, el odio, el rencor, el resentimiento, el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa, la envidia, entre otros.Puede que relaciones ese sentimiento con alguien en particular o con una situación concreta. La verdadera pregunta es: ¿el odio está en la persona que lo despierta o en tu propia mente? Vivir una experiencia de relación violenta, donde se percibe el odio, no debería nublar tu juicio al punto de justificarlo por la culpa del otro.
Cuando el odio se vuelve colectivo y no nos sentimos directamente implicados, tendemos a olvidar que, en cierta forma, todos contribuimos a que esa experiencia ocurra. El pensamiento busca afinidad en otros pensamientos, y llega un momento en que se materializa mostrándonos el rostro de nuestra propia creación, a la que negaremos ser responsables.
Es importante aplicar el antídoto del perdón a nuestras heridas personales. Si no nos perdonamos ni limpiamos nuestro odio, rencor o resentimientos, no podremos salvarnos ni ayudar a otros en su propio camino.
Ya vimos en la lección anterior el sendero que debemos recorrer para llegar a esa puerta maravillosa que nos conduce a la salvación. Entreguemos al Espíritu Santo nuestra mente, para que su Luz la guíe hacia la rectitud y nos permita ver el mundo correctamente, recordándonos que somos los únicos soñadores del sueño.
Reflexión: No se puede dar lo que no se tiene.









