sábado, 8 de febrero de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 39

LECCIÓN 39

Mi santidad es mi salvación.

1. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Al igual que el texto para el que este libro de ejercicios fue escrito, las ideas que se usan en los ejercicios son muy simples, muy claras y están totalmente exentas de ambigüedad. 3No estamos interesados en proezas intelectuales ni en juegos de lógica. 4Estamos interesados únicamente en lo que es muy obvio, lo cual has pasado por alto en las nubes de complejidad en las que piensas que piensas.

2. Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto? 2Ésta, sin duda, no es una pregunta difícil. 3La vacilación que tal vez sientas al contestarla no se debe a la ambigüedad de la pregunta. 4Pero ¿crees acaso que la culpabilidad es el infierno? 5Si lo creyeses, verías de inmediato cuán directo y simple es el texto, y no necesitarías un libro de ejercicios en absoluto. 6Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo.

3. Hemos dicho ya que tu santidad es la salvación del mundo. 2¿Y qué hay de tu propia salvación? 3No puedes dar lo que no tienes. 4Un salvador tiene que haberse salvado. 5¿De qué otro modo, si no, podría enseñar lo que es la salvación? 6Los ejercicios de hoy van dirigidos a ti, en reconocimiento de que tu salvación es crucial para la salvación del mundo. 7A medida que apliques los ejercicios a tu mundo, el mundo entero se beneficiará.

4. Tu santidad es la respuesta a toda pregunta que jamás se haya hecho, se esté haciendo ahora o se haga en el futuro. 2Tu santidad significa el fin de la culpabilidad y, por ende, el fin del infierno. 3Tu santidad es la salvación del mundo, así como la tuya. 4¿Cómo podrías tú -a quien le pertenece tu santidad- ser excluido de ella? 5Dios no conoce lo profano. 6¿Sería posible que Él no conociese a Su Hijo?

5. Se te exhorta a que dediques cinco minutos completos a cada una de las cuatro sesiones de práctica más largas de hoy, y a que esas sesiones sean más frecuentes y de mayor duración. 2Si quieres exceder los requisitos mínimos, se recomienda que lleves a cabo más sesiones en vez de sesiones más largas, aunque sugerimos ambas cosas.

6. Empieza las sesiones de práctica como de costumbre, repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 2Luego, con los ojos cerrados  explora tu mente en busca de pensamientos que no sean amorosos en cualquiera de las formas en que puedan presentarse: desasosiego, depresión, ira, miedo, preocupación, ataque, inseguridad, etc. 3No importa en qué forma se presenten, no son amorosos  y, por lo tanto, son temibles. 4De ellos, pues, es de los que necesitas salvarte.

7. Todas las situaciones, personalidades o acontecimientos específicos que asocies con pensamientos no amorosos de cualquier clase constituyen sujetos apropiados para los ejercicios de hoy. 2Es imperativo para tu salvación que los veas de otra manera. 3Impartirles tu bendición es lo que te salvará y lo que te dará la visión.

8Lentamente, sin hacer una selección consciente y sin poner un énfasis indebido en ninguno en particular, escudriña tu mente en busca de todos aquellos pensamientos que se interponen entre tu salvación y tú. 2Aplica la idea de hoy a cada uno de ellos de esta manera:

3Mis pensamientos no amorosos acerca de _____ me mantienen en el infierno.
4Mi santidad es mi salvación.

9. Quizá estas sesiones de práctica te resulten más fáciles si las intercalas con varias sesiones cortas en las que simplemente repites muy despacio la idea de hoy varias veces en silencio. 2Te puede resultar útil asimismo incluir unos cuantos intervalos cor­tos en los que sencillamente te relajas y no pareces estar pensando en nada. 3Mantener la concentración es muy difícil al principio. 4Sin embargo, se irá haciendo cada vez más fácil a medida que tu mente se vuelva más disciplinada y menos propensa a distraerse.

10Entretanto, debes sentirte en libertad de introducir variedad en las sesiones de práctica en cualquier forma que te atraiga hacerlo. 2Mas no debes cambiar la idea en sí al variar el método de aplicación. 3Sea cual sea la forma en que elijas usarla, la idea debe expresarse de tal manera que su significado sea el hecho de que tu santidad es tu salvación. 4Finaliza cada sesión de práctica repitiendo una vez más la idea en su forma original y añadiendo:

5Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?

11. En las aplicaciones más cortas, que deben llevarse a cabo unas tres o cuatro veces por hora o incluso más si es posible, puedes hacerte a ti mismo esa pregunta o repetir la idea de hoy, pero preferiblemente ambas cosas. 2Si te asaltan tentaciones, una varia­ción especialmente útil de la idea es:

3Mi santidad es mi salvación de esto.


¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda un principio esencial: no puedo extender lo que no reconozco en mí. Lo que doy es siempre reflejo de lo que creo ser. Mientras me identifique con una imagen limitada y culpable, eso será lo que proyecte y experimente. No porque el mundo me castigue, sino porque estoy viendo desde una creencia errónea acerca de mí mismo.

Cuando en mi experiencia aparecen dolor, sufrimiento o enfermedad, el Curso no me invita a buscar culpables ni a juzgarme, sino a mirar con honestidad el sistema de pensamiento desde el que estoy interpretando. El origen del sufrimiento no está en los hechos, sino en la creencia profundamente arraigada en la culpa y en el pecado, es decir, en la idea de haber perdido mi inocencia y merecer castigo.

Desde esa creencia, la mente interpreta el dolor como inevitable y lo proyecta de múltiples formas. Pero el Curso es claro: la culpa no redime, no corrige y no sana. Solo mantiene vivo el error. Al creer en ella, compartimos miedo, justificamos el ataque y percibimos un mundo que parece confirmar esa creencia.

La salvación no consiste en corregir el mundo, sino en aceptar la corrección de la mente. “Salvar el mundo” significa permitir que mi percepción sea sanada, comenzando por mí mismo. Y la vía para ello no es el sacrificio, sino la santidad: el reconocimiento de que nunca he perdido mi pureza ni mi impecabilidad tal como Dios me creó.

Despertar del sueño de la separación implica abandonar la identificación con la culpa y permitir que la Visión del Espíritu Santo reemplace la interpretación del ego. Desde esa Visión Verdadera, ya no veo ataque ni pecado, sino una llamada al amor y a la corrección.

En la medida en que acepto mi santidad, dejo de castigarme y, con ello, dejo de ver castigo fuera. Al extender mi santidad sobre lo que percibo, estoy perdonando la creencia en el ataque y el miedo a la unidad que el ego sostiene.

Aplicar la santidad no es hacer algo nuevo, sino dejar de negar lo que ya es verdad. Y al aceptarla en mí, se vuelve natural reconocerla en mis hermanos, pues no puede haber santidad separada. Así, mi santidad se convierte en mi salvación y en la de todos.

Propósito y sentido de la lección:

La Lección 39 marca un punto de inflexión doctrinal: aquí el Curso une de forma explícita santidad, salvación y ausencia de culpa.

Desde el Texto, el infierno nunca es un lugar, sino un estado mental producido por la culpa. Por eso la lección comienza con una pregunta que parece simple, pero es radical:

“Si la culpabilidad es el infierno, ¿cuál es su opuesto?”

El propósito no es responder intelectualmente, sino exponer una incoherencia interna: si la culpa es real, entonces el infierno también lo es;
si no lo es, entonces la culpa debe ser falsa.

La lección conduce a una conclusión implícita pero inevitable: la santidad no es un ideal moral, sino el estado natural libre de culpa, y por eso es salvación.

Instrucciones prácticas:

Esta lección es notable porque no introduce una práctica compleja nueva, sino que redefine el sentido de la práctica misma.

La frase: “Nadie necesita practicar para obtener lo que ya es suyo” resume una enseñanza central del Texto: los ejercicios no crean la verdad, solo eliminan los obstáculos que impiden reconocerla.

La práctica aquí tiene un objetivo muy concreto: aplicar la idea a la experiencia personal, y reconocer que la salvación no es algo que venga después, sino algo que ya está presente como santidad.

Los ejercicios se dirigen “a ti” porque el Curso enseña que la salvación del mundo no puede preceder a la propia, sin caer en sacrificio.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta la resistencia más profunda del ego:
la inversión emocional en la culpa.

El ego no cree realmente que la culpa sea el infierno, porque la usa como: identidad, protección, justificación, falsa seguridad.

Por eso el texto dice: “La vacilación no se debe a la ambigüedad de la pregunta.”

El problema no es intelectual, sino emocional y defensivo. Aceptar que la santidad es la salvación implica renunciar a la autoimagen culpable, que el ego cree necesaria para existir.

Espiritualmente, la lección afirma un principio que atraviesa todo el Curso: No puedes dar lo que no tienes.

Esto elimina de raíz cualquier noción de sacrificio espiritual. El salvador no se salva sacrificándose, sino recordando su santidad.

Por eso: “Un salvador tiene que haberse salvado.”

La salvación no se enseña con palabras ni actos heroicos, sino con presencia libre de culpa, lo que el Texto llama el ejemplo.

Relación con el Curso:

La progresión es ahora completa:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace ilusiones.
  • 39 – Resultado: Mi santidad es mi salvación.

A partir de aquí, el Curso girará progresivamente hacia:

  • función,
  • perdón,
  • decisión,
  • y aceptación plena de la Expiación.

Consejos para la práctica:

  • No intentes sentirte “salvo”.
  • No busques señales externas de salvación.
  • No esperes resultados dramáticos.

El Curso no pide convencimiento, sino honestidad: ¿sigo creyendo que la culpa me define o me protege?

Cada vez que la culpa se cuestione, la salvación se reconoce.

Conclusión final:

La Lección 39 declara algo definitivo: La salvación no es una meta futura. No es un proceso de purificación. No es una recompensa.

Es el reconocimiento de la santidad presente.

Cuando la culpa se abandona, el infierno desaparece porque nunca fue real.
Y lo que queda no es esfuerzo, sino paz natural.

Aquí el Curso deja claro que: salvarte a ti mismo y salvar al mundo son el mismo acto, porque ambos dependen únicamente de recordar lo que eres.

Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

Retomo el ejemplo usado en la lección de ayer, ya que nos ayudará a profundizar en la idea presentada en su contenido.  

Querer ver las cosas solo con los ojos del cuerpo físico y los argumentos del ego nos lleva al juicio condenatorio y a no comprender lo que percibimos. Al identificarse completamente con los efectos, se descarta que la causa de lo ocurrido tenga relación con uno mismo. El mecanismo habitual para percibir el mundo, la proyección, permite mantener ese error al señalar culpables de las matanzas, poniéndoles nombres y apellidos.

La lección de hoy nos anima a enfocar toda nuestra atención en nuestro mundo interior, por una razón muy simple: nadie puede dar lo que no tiene. No podemos expandir nuestra santidad ni ayudar al mundo si no somos conscientes de que somos santos, de que somos Hijos de Dios. Por eso, con sinceridad y desde el corazón, os invito a explorar vuestra mente. Observa tus pensamientos e identifica aquellos que estén marcados por la ira, el odio, el rencor, el resentimiento, el dolor, el miedo, la tristeza, la culpa, la envidia, entre otros.

Puede que relaciones ese sentimiento con alguien en particular o con una situación concreta. La verdadera pregunta es: ¿el odio está en la persona que lo despierta o en tu propia mente? Vivir una experiencia de relación violenta, donde se percibe el odio, no debería nublar tu juicio al punto de justificarlo por la culpa del otro.

Cuando el odio se vuelve colectivo y no nos sentimos directamente implicados, tendemos a olvidar que, en cierta forma, todos contribuimos a que esa experiencia ocurra. El pensamiento busca afinidad en otros pensamientos, y llega un momento en que se materializa mostrándonos el rostro de nuestra propia creación, a la que negaremos ser responsables.

Es importante aplicar el antídoto del perdón a nuestras heridas personales. Si no nos perdonamos ni limpiamos nuestro odio, rencor o resentimientos, no podremos salvarnos ni ayudar a otros en su propio camino.

Ya vimos en la lección anterior el sendero que debemos recorrer para llegar a esa puerta maravillosa que nos conduce a la salvación. Entreguemos al Espíritu Santo nuestra mente, para que su Luz la guíe hacia la rectitud y nos permita ver el mundo correctamente, recordándonos que somos los únicos soñadores del sueño.

Reflexión: No se puede dar lo que no se tiene.

viernes, 7 de febrero de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 38

LECCIÓN 38

No hay nada que mi santidad no pueda hacer.

1. Tu santidad invierte todas las leyes del mundo. 2Está más allá de cualquier restricción de tiempo, espacio, distancia, así como de cualquier clase de límite. 3El poder de tu santidad es ilimitado porque te establece a ti como Hijo de Dios, en unión con la Mente de su Creador.

2. Mediante tu santidad el poder de Dios se pone de manifiesto. 2Mediante tu santidad el poder de Dios se vuelve accesible. 3Y no hay nada que el poder de Dios no pueda hacer. 4Tu santidad, por lo tanto, puede eliminar todo dolor, acabar con todo pesar y resolver todo problema. 5Puede hacer eso en conexión contigo o con cualquier otra persona. 6Tiene el mismo poder para ayudar a cualquiera porque su poder para salvar a cualquiera es el mismo.

3. Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó. 2Tú eres santo porque todas las cosas que Él creó son santas. 3todas las cosas que Él creó son santas porque tú eres santo. 4En los ejercicios de hoy vamos a aplicar el poder de tu santidad a cualquier clase de problema, dificultad o sufrimiento que te venga a la mente tanto si tiene que ver contigo como con otro. 5No haremos distinciones porque no hay distinciones.

4. En las cuatro sesiones de práctica más largas, que preferiblemente han de tener una duración de cinco minutos completos cada una, repite la idea de hoy, cierra los ojos, y luego escudriña tu mente en busca de cualquier sensación de pérdida o de cualquier clase de infelicidad tal como la percibas. 2Trata, en la medida de lo posible, de no hacer distinciones entre las situaciones que son difíciles para ti y las que son difíciles para otro. 3Identifica la situación específicamente, así como el nombre de la persona en cuestión. 4Usa el siguiente modelo al aplicar la idea de hoy:

5En esta situación con respecto a _____ en la que me veo envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.
6En esta situación con respecto a _____ en la que se ve envuelto, no hay nada que mi santidad no pueda hacer.

5. De vez en cuando puedes variar este procedimiento si así lo deseas y añadir algunos de tus propios pensamientos que vengan al caso. 2Podrías, por ejemplo, incluir pensamientos tales como:

3No hay nada que mi santidad no pueda hacer porque el poder de Dios reside en ella.

4Introduce cualquier variación que quieras, pero mantén los ejercicios centrados en el tema: "No hay nada que mi santidad no pueda hacer”. 5El propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres.

6. En las aplicaciones cortas y más frecuentes, aplica la idea en su forma original, a no ser que surja o te venga a la mente algún problema en particular que tenga que ver contigo o con otra persona2En ese caso, usa la forma más específica.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me recuerda que la santidad es mi verdadera condición, porque es la condición con la que Dios creó a Su Hijo. No es un logro ni un estado que deba alcanzar, sino un hecho que debo aceptar. Mi santidad no procede de mis acciones ni de mis méritos; procede de Dios, y por eso no puede perderse ni alterarse.

Reconocer mi santidad no me convierte en alguien especial ni me otorga un poder personal. Lo que hace es corregir la percepción que tengo de mí mismo. Al aceptar mi Identidad santa, dejo de identificarme con el ego y con sus limitaciones, y permito que la mente sea utilizada para un solo propósito: el recuerdo de la verdad.

El Curso no enseña que utilicemos la santidad para intervenir en el mundo de las formas, sino que nos muestra que la corrección ocurre en la mente. Cuando la mente acepta la santidad, el miedo, la culpa y la sensación de separación comienzan a deshacerse. Y al deshacerse en la mente, dejan de proyectarse como enfermedad, conflicto o dolor en la percepción.

A diferencia del ego, que ve intereses separados y amenazas constantes, la conciencia de la santidad permite reconocer la misma verdad en todos los hermanos. Desde esa visión, el juicio pierde sentido y con él se disuelven las bases del miedo y de la culpa. No porque el mundo cambie, sino porque la interpretación ha sido corregida.

La santidad es la expresión de la Unidad. No actúa como una fuerza que combate la oscuridad, sino como la luz que la hace innecesaria. Donde la santidad es aceptada, el error no puede sostenerse.

El Curso nos llama Maestros de Dios, no porque enseñemos desde el cuerpo o desde el esfuerzo personal, sino porque hemos aceptado aprender primero. Enseñamos únicamente lo que aceptamos para nosotros mismos. Cuando ponemos la mente al servicio del Espíritu Santo, la enseñanza se vuelve silenciosa y natural: es el testimonio de la paz.

La identificación con el cuerpo limita la conciencia a la percepción y refuerza la creencia en la supervivencia como meta principal. Desde ahí, la vida se experimenta como lucha, competencia y defensa. Este es el sistema de pensamiento del ego, que busca poseer, proteger y acumular, y que nunca encuentra descanso porque la carencia nunca se satisface.

La santidad, en cambio, no busca sobrevivir, sino recordar la Vida. No conoce escasez ni pérdida porque no se apoya en lo temporal. Mientras la supervivencia pertenece al tiempo y al miedo, la santidad es eterna y no está sujeta a las leyes del mundo.

Cada vez que acepto mi santidad, permito que ocurra un milagro. El milagro no cambia el mundo; deshace el error en la mente que daba lugar al sufrimiento. Cuando el error se corrige, el dolor deja de tener causa, y con ello se desvanece su efecto.

Dios conoce a Su Hijo como completamente inocente, incapaz de sufrir y pleno de dicha. El sufrimiento, la culpa y la tristeza no son verdades, sino interpretaciones erróneas que niegan la creación tal como es. Aprender a ver al Hijo de Dios como Dios lo ve —en mí y en mis hermanos— es aceptar la Expiación.

Esta lección me enseña, en definitiva, que no hay nada que mi santidad no pueda hacer, porque al aceptarla dejo de interferir en la corrección que ya ha sido dada. Y en ese reconocimiento, la paz se restablece como mi estado natural.

Cuán lejos están estas palabras de la realidad que percibimos. El mundo, ante la experiencia del sufrimiento, llega a pensar que Dios es cruel con Su Hijo.

UCDM nos revela sobre este particular:

“El mundo que ves es el sistema ilusorio de aquellos a quienes la culpabilidad ha enloquecido. Contempla detenidamente este mundo y te darás cuenta de que así es. Pues este mundo es el símbolo del castigo, y todas las leyes que parecen regirlo son las leyes de la muerte. Los niños vienen al mundo con dolor y a través del dolor. Su crecimiento va acompañado de sufrimiento y muy pronto aprenden lo que son las penas, la separación y la muerte. Sus mentes parecen estar atrapadas en sus cerebros, y sus fuerzas parecen decaer cuando sus cuerpos se lastiman. Parecen amar, sin embargo, abandonan y son abandonados. Parecen perder aquello que aman, la cual es quizá la más descabellada de todas las creencias. Y sus cuerpos se marchitan, exhalan el último suspiro, se les da sepultura y dejan de existir. Ni uno solo de ellos ha podido dejar de creer que Dios es cruel” (T-13.In.2:2-11).

“Si éste fuese el mundo real, Dios sería ciertamente cruel. Pues ningún Padre podría someter a Sus hijos a eso como pago por la salvación y al mismo tiempo ser amoroso. El amor no mata para salvar. Si lo hiciese, el ataque sería la salvación, y ésta es la interpretación del ego, no la de Dios. Sólo el mundo de la culpabilidad podría exigir eso, pues sólo los que se sienten culpables podrían concebirlo. El "pecado" de Adán no habría podido afectar a nadie, si él no hubiese creído que fue el Padre Quien le expulsó del paraíso. Pues a raíz de esa creencia se perdió el conocimiento del Padre, ya que sólo los que no le comprenden podían haber creído tal cosa” (T-13.In.3:1-7).

Cuánto dolor cargamos debido a nuestro sistema de creencias. Creo que es urgente acelerar el despertar de la conciencia, aunque este siempre debe darse dentro de uno mismo. Por más que queramos despertar a otros, debemos respetar su libre albedrío. Lo esencial es encender la llama de nuestra propia cerilla y mantenerla viva, para que quienes busquen encender la suya encuentren un lugar donde hacerlo.

Entonces, ¿cómo debemos actuar frente al sufrimiento del mundo? Es una pregunta que muchos nos hacemos al pensar en ayudar a los demás.

Quiero recurrir una vez más al Curso para extraer información que nos ayudará a dar respuesta a la cuestión planteada. En el Capítulo 16, punto I, nos habla del significado de la "verdadera empatía":

“Sentir empatía no significa que debas unirte al sufrimiento, pues el sufrimiento es precisamente lo que debes negarte a comprender. Unirse al sufrimiento de otro es la interpretación que el ego hace de la empatía, de la cual siempre se vale para entablar relaciones especiales en las que el sufrimiento se comparte. La capacidad de sentir empatía le es muy útil al Espíritu Santo, siempre que permitas que Él la use a Su manera. La manera en que Él la usa es muy diferente. Él no comprende el sufrimiento, y Su deseo es que enseñes que no es comprensible. Cuando se relaciona a través de ti, Él no se relaciona con otro ego a través del tuyo. No se une en el dolor, pues comprende que curar el dolor no se logra con intentos ilusorios de unirte a él y de aliviarlo compartiendo el desvarío” (T-16.I.1:1-7).

“La prueba más clara de que la empatía, tal como el ego la usa, es destructiva, reside en el hecho de que sólo se aplica a un determinado tipo de problemas y a ciertos individuos. Él mismo los selecciona y se une a ellos. Pero nunca se une a nada, excepto para fortalecerse a sí mismo. Al haberse identificado con lo que cree entender, el ego se ve a sí mismo y procura expandirse compartiendo lo que es como él. No dejes que esta maniobra te engañe, El ego siempre utiliza la empatía para debilitar, y debilitar es atacar. Tú no sabes lo que es la empatía. Pero de esto puedes estar seguro: sólo con que te sentases calmadamente y permitieses que el Espíritu Santo se relacionase a través de ti, sentirías empatía por la fortaleza, y, de este modo, tu fortaleza aumentaría, y no tu debilidad” (T-16.I.2:1-7).

Propósito y sentido de la lección:

Esta lección no introduce poder personal, sino que corrige radicalmente el concepto de poder.

En el Texto, el poder del ego siempre es descrito como: limitado, competitivo, dependiente del sacrificio, basado en la pérdida de otro.

Por eso la lección comienza con una afirmación fuerte y desestabilizadora: “Tu santidad invierte todas las leyes del mundo.”

Las “leyes del mundo” a las que se refiere el Curso son las leyes del ego:  tiempo, espacio, esfuerzo, mérito, causalidad lineal. La santidad no opera dentro de ese sistema, porque procede de la Mente de Dios.

El propósito central de la lección es desplazar la causa del cambio: del esfuerzo personal, a la identidad recordada. No se trata de “hacer más”, sino de reconocer lo que ya es.

Instrucciones prácticas:

El Curso insiste en que el entrenamiento mental debe aplicarse allí donde el ego cree que hay diferencia.

Por eso esta lección pide explícitamente: aplicar la idea a problemas propios y ajenos, usar nombres, no distinguir entre “lo mío” y “lo del otro”.

Esto se alinea con el principio del Texto: “No hay problemas privados.”

La forma de la práctica no busca resolver problemas concretos, sino deshacer la creencia de que el problema tiene una causa real.

La frase clave: “no hay nada que mi santidad no pueda hacer” no es una afirmación mágica, sino una corrección ontológica: la santidad no actúa sobre los problemas, sino que los deja sin fundamento.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta directamente la creencia de impotencia.

El ego se define por: vulnerabilidad, dependencia, miedo a perder, creencia en fuerzas externas.

La santidad, tal como la presenta el Curso, no es una cualidad moral, sino la ausencia total de culpa. Y donde no hay culpa, no hay impotencia.

Cuando la lección dice:

“el propósito de los ejercicios de hoy es comenzar a inculcarte la sensación de que tienes dominio sobre todas las cosas por ser quien eres” no está reforzando el yo, sino desmantelando la autoimagen de víctima.

Espiritualmente, esta lección afirma algo clave del Texto: la santidad es compartida, no individual

Por eso dice: “Si tú eres santo, también lo es todo lo que Dios creó.”

No hay jerarquía de santidad. No hay grados de poder. No hay diferencias reales.

La santidad no es algo que tienes, sino lo que eres junto con todo lo creado.

Por eso: “no haremos distinciones porque no hay distinciones.”

Relación con el Curso:

La progresión es muy clara:

  • 35 – Identidad: Soy santo.
  • 36 – Percepción: Mi santidad envuelve.
  • 37 – Extensión: Mi santidad bendice.
  • 38 – Poder: Mi santidad deshace.

Esta lección prepara directamente:

  • 39Mi santidad es mi salvación.
  • 61–66Mi función y mi felicidad son una.

Consejos para la práctica:

  • No usar la idea para controlar resultados.
  • No medir si “funciona”.
  • No seleccionar problemas “razonables”.

El Curso no pide creer en el poder, sino retirar la fe en la limitación.

Conclusión final:

La Lección 38 enseña que la santidad no es pasiva. Pero tampoco es acción del ego. Es presencia que deshace la ilusión.

No hay nada que la santidad tenga que hacer, porque no hay nada real que oponerse a ella.

Aquí el Curso da un paso decisivo: el poder que salva no se aprende,
se recuerda.

Ejemplo-Guía: "Sobre los atentados y las guerras"

No he creído necesario ponerles “nombre y apellidos” a los atentados. Lo importante aquí es reflexionar sobre sus efectos, es decir, sobre el dolor que provocan como consecuencia de un ataque o de una guerra.  

Desde la perspectiva del ego, nuestra reacción ante estos hechos puede abarcar un amplio rango de matices, desde la condena hasta el deseo de venganza. En realidad, el matiz importa poco, ya que todos parten del mismo error: mirarlo desde la separación. Con esa mirada, jamás encontraremos el sentido profundo de la experiencia; si estamos atrapados en emociones cargadas de ira y sufrimiento, no podremos ver la única realidad. No es el efecto lo que debemos sanar, sino la causa, y para ello debemos mirar hacia nuestro interior y descubrir dónde habitan en nosotros la ira, el odio y el miedo, esos mismos sentimientos que llevaron a otros a provocar esa experiencia.  

Desde la visión del Espíritu, la única respuesta posible ante estos hechos es ponerlos en manos del Espíritu Santo.  

“El secreto de la salvación no es sino éste: que eres tú el que se está haciendo todo esto a sí mismo. No importa cuál sea la forma del ataque, eso sigue siendo verdad. No importa quién desempeñe el papel de enemigo y quién el de agresor, eso sigue siendo verdad. No importa cuál parezca ser la causa de cualquier dolor o sufrimiento que sientas, eso sigue siendo verdad. Pues no reaccionarías en absoluto ante las figuras de un sueño si supieses que eres tú el que lo está soñando. No importa cuán odiosas y cuán depravadas sean, no podrían tener efectos sobre ti a no ser que no te dieses cuenta de que se trata tan sólo de tu propio sueño” (T-27.VIII.10:1-6).

“Basta con que aprendas esta lección para que te libres de todo sufrimiento, no importa la forma en que éste se manifieste. El Espíritu Santo repetirá esta lección inclusiva de liberación hasta que la aprendas, independientemente de la forma de sufrimiento que te esté ocasionando dolor. Esta simple verdad será Su respuesta, sea cual sea el dolor que lleves ante Él. Pues esta respuesta elimina la causa de cualquier forma de pesar o dolor. La forma no afecta Su respuesta en absoluto, pues Él quiere mostrarte la única causa de todo sufrimiento, no importa cuál sea su forma. Y comprenderás que los milagros reflejan esta simple afirmación: "Yo mismo fabriqué esto, y es esto lo que quiero deshacer" (T-27.VIII.11:1-6).

“Lleva, pues, toda forma de sufrimiento ante Aquel que sabe que cada una de ellas es como las demás. Él no ve diferencias donde no las hay, y te enseñará cuál es la causa de todas ellas. Ninguna tiene una causa diferente de las demás, y todas se deshacen fácilmente con una sola lección que realmente se haya aprendido. La salvación es un secreto que sólo tú has ocultado de ti mismo. Así lo proclama el universo. Pero haces caso omiso de sus testigos porque de lo que ellos dan testimonio es algo que prefieres no saber. Parecen mantenerla oculta de ti. Sin embargo, no necesitas sino darte cuenta de que fuiste tú quien eligió no escuchar ni ver” (T-27.VIII.12:1-9).

“¡Qué diferente te parecerá el mundo cuando reconozcas esto! Cuando le perdones al mundo tu culpabilidad, te liberarás de ella. Su inocencia no exige que tú seas culpable, ni tu inocencia se basa en sus pecados. Esto es obvio, y es un secreto que no le has ocultado a nadie salvo a ti mismo. Y es esto lo que te ha mantenido separado del mundo y lo que ha mantenido a tu hermano separado de ti. Ahora sólo necesitas reconocer que los dos sois o inocentes o culpables. Lo que es imposible es que seáis diferentes el uno del otro; o que seáis ambas cosas. Este es el único secreto que aún te queda por aprender. Mas no será un secreto que has sanado” (T.27.VIII.13:1-9).

A lo largo de esta lección hemos comentado que la santidad nos coloca más allá del espacio y el tiempo. Vivir la santidad en medio del sufrimiento y el dolor se convierte en una oportunidad para adelantar el final de los tiempos. La santidad se manifiesta en el perdón, la única puerta que nos lleva a la salvación.

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el "sacrificio" que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Reflexión: Soy el Santo Hijo de Dios y mi Santidad me hace un Ser Ilimitado.

Capítulo 18. IV. La pequeña dosis de buena voluntad (1ª parte).

IV. La pequeña dosis de buena voluntad (1ª parte).

1. El instante santo es el resultado de tu decisión de ser santo. 2Es la respuesta. 3Desearlo y estar dispuesto a que llegue precede su llegada. 4Preparas tu mente para él en la medida en que recono­ces que lo deseas por encima de todas las cosas. 5No es necesario que hagas nada más; de hecho, es necesario que comprendas que no puedes hacer nada más. 6No te empeñes en darle al Espíritu Santo lo que Él no te pide, o, de lo contrario, creerás que el ego forma parte de Él y confundirás a uno con otro. 7El Espíritu Santo pide muy poco. 8Él es Quien aporta la grandeza y el poder. 9Él se une a ti para hacer que el instante santo sobrepase con mucho tu entendimiento. 10Darte cuenta de lo poco que tienes que hacer es lo que le permite a Él dar tanto.

Este punto refuerza dos de los principios que considero más importantes dentro de la enseñanza que nos aporta Un Curso de Milagros. Por un lado, la elección. ¿Por qué es importante esta idea? Sencillamente, porque detrás de ese pensamiento se encuentra el Principio más elevado que hemos heredado de nuestro Creador: la voluntad. 

Si utilizamos la voluntad en la dirección opuesta a la de nuestro Creador, obtendremos una visión diferente a la que compartimos cuando ambas voluntades son una. La consecuencia de elegir ver de manera diferente a la de Dios nos lleva a percibir ilusoriamente y a olvidar nuestra verdadera identidad.

Cuando decidimos hacer la Voluntad de Dios, cuando elegimos ver desde Su Mente, estamos creando la realidad, lo verdadero y eterno. Como bien nos dice este apartado, el instante santo es el resultado de nuestra decisión de ser santos. Es la respuesta de dicha elección.

El otro principio al que me refería más arriba es el amor. La cualidad del amor es expansión. El amor siempre da y no pide nada a cambio, pues el amor es compleción, es totalidad, es abundancia, es plenitud, es infinito. El instante santo es el resultado de elegir amar, y no es necesario que hagamos nada más. El regalo que obtenemos por nuestra pequeña dosis de buena voluntad es la respuesta del Espíritu Santo, o lo que es lo mismo, la Expiación de todos nuestros errores y la visión Crística de la Unidad.

2. No confíes en tus buenas intenciones, 2pues tener buenas intenciones no es suficiente. 3Pero confía implícitamente en tu buena voluntad, independientemente de lo que pueda presen­tarse. 4Concéntrate sólo en ella y no dejes que el hecho de que esté rodeada de sombras te perturbe. 5Esa es la razón por la que viniste. 6Si hubieses podido venir sin ellas no tendrías necesidad del instante santo. 7No vengas a él con arrogancia, dando por sentado que tienes que alcanzar de antemano el estado que sólo su llegada produce. 8El milagro del instante santo reside en que estés dispuesto a dejarlo ser lo que es. 9Y en esa muestra de buena voluntad reside también tu aceptación de ti mismo tal como Dios dispuso que fueses.

La voluntad puede servir al error y lo hace cuando decide no amar, o puede servir a la verdad cuando su visión es la unidad. Cuando este punto nos dice que no confiemos en nuestras buenas intenciones, nos está advirtiendo que la voluntad debe dirigir al deseo, pues si es el deseo el que dirige a nuestra voluntad, nos seducirá para que sirvamos al ego y será entonces cuando todas nuestras buenas intenciones quedarán "en agua de borrajas".

Cuando es nuestra voluntad la que gobierna y dirige al deseo, entonces nuestra elección será firme y aceptada íntegramente, lo que nos permitirá lograr nuestra meta.

3. La humildad jamás te pedirá que te conformes con la peque­ñez. 2Pero sí requiere que no te conformes con nada que no sea la grandeza que no procede de ti. 3La dificultad que tienes con el instante santo procede de tu arraigada convicción de que no eres digno de él. 4¿Y qué es eso, sino la decisión de ser lo que tú quisie­ras hacer de ti mismo? 5Dios no creó Su morada indigna de Él. 6si crees que Él no puede entrar allí donde desea estar, debes estar oponiéndote a Su Voluntad. 7No es necesario que la fuerza de tu buena voluntad proceda de ti, sino únicamente de Su Voluntad.

El ego es un experto en manipular el pensamiento de modo que nos lleva a dudar de nuestra santidad utilizando argumentos y argucias propias de su sistema de pensamiento. 

Las tentaciones procedentes de la naturaleza instintiva que gobierna: la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza, nos las presenta nuestra mente, invitando a nuestra naturaleza santa a dudar de ella. Ello nos lleva a confundir la humildad con la soberbia; la generosidad con la avaricia; la castidad con la lujuria; la paciencia con la ira; la templanza con la gula; la caridad con la envidia y la diligencia con la pereza.

¿Acaso Dios no es poderoso? ¿Acaso no hemos sido creados a Su imagen y semejanza? Entonces, ¿por qué dudas de tu grandeza?

4. El instante santo no procede únicamente de tu pequeña dosis de buena voluntad. 2Es siempre el resultado de combinar tu buena voluntad con el poder ilimitado de la Voluntad de Dios. 3Te equivocabas cuando pensabas que era necesario que te preparases para Él. 4Es imposible hacer arrogantes preparativos para la santi­dad sin creer que es a ti a quien le corresponde establecer las condiciones de la paz. 5Dios las ha establecido ya. 6Dichas condi­ciones no dependen de tu buena voluntad para ser lo que son. 7Tu buena voluntad es necesaria sólo para poder enseñarte lo que son. 8Si sostienes que no eres digno de aprender esto, estarás interfi­riendo en la lección al creer que tienes que hacer que el alumno sea diferente. 9Tú no lo creaste ni tampoco puedes cambiarlo. 10¿Cómo ibas a obrar primero un milagro por tu cuenta, y luego esperar a que se haga uno por ti?

Así es, por mucho que nos cueste creerlo. Yo me encuentro entre los que movilizan su voluntad y sus deseos para elegir el camino que ha de llevarme a la salvación, que ha de permitirme sentir una persona buena, mejor que aquellos a los que juzgo malas personas, lo que me lleva a erigirme como su salvador, como su guía. Mis pasos me han llevado a formar parte de grupos de estudios que se proclaman seguidores de unas enseñanzas que les exigen hacer las cosas de una manera determinada para ser aceptados como parte del grupo. Tras esos muchos gestos, en ocasiones ritualísticos, se evidencia lo esencial: la ausencia de autoconocimiento.

Cuando se alcanza ese estado de consciencia en el que sabemos lo que realmente somos, nuestra ignorancia, la venda que cubre nuestros ojos, se cae, permitiéndonos ver nuestra desnudez, nuestra esencia, nuestra naturaleza espiritual, nuestra divinidad. En ese instante, nuestra voluntad no es otra que hacer la Voluntad de nuestro Padre. Ninguna otra verdad puede sustituir a esta verdad. 

jueves, 6 de febrero de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 37

LECCIÓN 37

Mi santidad bendice al mundo.

1. Esta idea contiene los primeros destellos de tu verdadera función en el mundo, o en otras palabras, la razón por la que estás aquí. 2Tu propósito es ver el mundo a través de tu propia santi­dad. 3De este modo, tú y el mundo sois bendecidos juntos. 4Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada; todo el mundo se beneficia a través de tu santa visión. 5Tu santa visión significa el fin del sacrificio porque les ofrece a todos su justo merecido. 6él tiene derecho a todo, ya que ése es su sagrado derecho como Hijo de Dios.

2. No hay ninguna otra manera de poder eliminar la idea de sacrificio del pensamiento del mundo. 2Cualquier otra manera de ver inevitablemente exige el que algo o alguien pague. 3Como resultado de ello, el que percibe sale perdiendo. 4Y no tiene ni idea de por qué está perdiendo. 5Su plenitud, sin embargo, le es restaurada a su conciencia a través de tu visión. 6Tu santidad le bendice al no exigir nada de él. 7Los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada.

3. Tu santidad es la salvación del mundo. 2Te permite enseñarle al mundo que es uno contigo, sin predicarle ni decirle nada, sino simplemente mediante tu sereno reconocimiento de que en tu santidad todas las cosas son bendecidas junto contigo.

4. Hoy debes dar comienzo a las cuatro sesiones de práctica más largas -las cuales han de tener una duración de tres a cinco minutos cada una- repitiendo la idea de hoy, a lo cual ha de seguir un minuto más o menos en el que debes mirar a tu alrededor a medida que aplicas la idea a cualquier cosa que veas:

2Mi santidad bendice esta silla.
3Mi santidad bendice esa ventana.
4Mi santidad bendice este cuerpo.

5Luego cierra los ojos y aplica la idea a cualquier persona que te venga a la mente, usando su nombre y diciendo:

6Mi santidad te bendice, [nombre].

5. Puedes continuar la sesión de práctica con los ojos cerrados, o bien abrirlos de nuevo y aplicar la idea a tu mundo exterior si así lo deseas; puedes alternar entre aplicar la idea a cualquier cosa que veas a tu alrededor o a aquellas personas que aparezcan en tus pensamientos, o bien puedes usar cualquier combinación que prefieras de estas dos clases de aplicación. 2La sesión de práctica debe concluir con una repetición de la idea con los ojos cerrados, seguida inmediatamente por otra repetición con los ojos abiertos.

6. Los ejercicios más cortos consisten en repetir la idea tan a menudo como puedas. 2Resulta particularmente útil aplicarla en silencio a todas las personas con las que te encuentres, usando su nombre al hacerlo. 3Es esencial que uses la idea si alguien parece causar una reacción adversa en ti. 4Ofrécele la bendición de tu santidad de inmediato, para que así puedas aprender a conservarla en tu conciencia.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que, al aceptar la verdad de lo que soy, mi percepción se transforma de manera natural. No es una acción que deba forzar, sino una consecuencia inevitable del reconocimiento del Ser. Al recordar mi santidad, comienzo a reconocer la misma santidad en todos aquellos que percibo.

Bendecir no es un acto ritual ni una intención añadida desde la mente personal. En Un Curso de Milagros, bendecir es reconocer la verdad. Es ver más allá de las apariencias y aceptar que no hay intereses separados ni identidades aisladas. Bendecir es afirmar, sin palabras, la unidad que compartimos.

Cuando bendigo, no doy algo que no tenga; simplemente extiendo lo que ya soy. Al reconocer la santidad en otro, estoy reconociendo la mía propia, pues no pueden estar separadas. Esta es la base de la hermandad: no una relación especial, sino el recuerdo compartido de una misma Identidad.

La bendición es, por tanto, la expresión del conocimiento verdadero. No nace del esfuerzo, sino de la certeza interior de que solo hay un Yo. Desde esa certeza, el juicio pierde sentido y la percepción se suaviza. El mundo deja de ser un lugar de conflicto y se convierte en el escenario donde la santidad se reconoce a sí misma.

Así, esta lección me enseña que mi santidad no es privada ni personal. Al aceptarla, bendice todo lo que veo. Y al bendecirlo, recuerdo quién soy.

UCDM, en el Capítulo 14, titulado "Las Enseñanzas en favor de la verdad", nos enseña lo siguiente:

“Sí, en verdad eres bendito. Mas en este mundo no te das cuenta de ello. No obstante, tienes los medios para aprender que lo eres y verlo claramente. El Espíritu Santo usa la lógica con tanta facilidad y eficacia como lo hace el ego, salvo que Sus conclusiones no son dementes. Éstas toman una dirección diametralmente opuesta y apuntan tan claramente hacia el Cielo como el ego apunta hacia las tinieblas y la muerte. Hemos examinado gran parte de la lógica del ego y hemos visto sus conclusiones lógicas. Y habiéndolas visto, nos hemos dado cuenta de que tales conclusiones no se pueden ver excepto en ilusiones, pues sólo ahí parece verse claramente su aparente claridad. Démosles la espalda ahora y sigamos la simple lógica que el Espíritu Santo utiliza para enseñar las sencillas conclusiones que hablan en favor de la verdad y sólo de la verdad” (T-14.In.1:1-8).

“Si eres bendito y no lo sabes, necesitas aprender que ciertamente lo eres. El conocimiento no es algo que se pueda enseñar, pero sus condiciones se tienen que adquirir, pues eso fue lo que desechaste. Puedes aprender a bendecir, pero no puedes dar lo que no tienes. Por lo tanto, si ofreces una bendición, primero te tiene que haber llegado a ti. Y tienes también que haberla aceptado como tuya, pues, de lo contrario, ¿cómo podrías darla? Por eso es por lo que los milagros dan testimonio de que eres bendito. Si perdonas completamente es porque has abandonado la culpabilidad, al haber aceptado la Expiación y haberte dado cuenta de que eres inocente. ¿Cómo ibas a percatarte de lo que se ha hecho por ti, sin tú saberlo, a menos que hicieses lo que no podrías sino hacer si se hubiese hecho por ti?” (T-14.I.1:1-8).

No podemos extender lo que no reconocemos en nosotros mismos. No bendecimos al mundo desde un esfuerzo personal, sino desde el recuerdo de nuestra unión con Dios. Al aceptar esa unión, recibimos el reconocimiento de nuestra propia santidad, que no es algo que ganemos, sino algo que compartimos con Dios como Su Hijo.

Somos benditos porque Dios comparte Su Bendición con toda la Filiación. En este reconocimiento, cualquier pensamiento amoroso que surge en la mente de uno de nuestros hermanos bendice a todos, pues las mentes no están separadas. Al aceptar esa bendición, surge de manera natural el deseo de extenderla, no como obligación, sino como gratitud.

No es necesario conocer personalmente a aquellos a quienes bendecimos. La bendición no opera a través del cuerpo ni de la cercanía física, sino en la mente, donde la Filiación es una sola. El amor no necesita intermediarios para extenderse.

Bendecir es simplemente reconocer lo que ya es verdad. Es la expresión de la santidad aceptada, no creada. Y la santidad no es otra cosa que el recuerdo de nuestra Identidad tal como Dios la creó. Cuando recordamos nuestra Esencia, dejamos de ver carencia y reconocemos la plenitud que somos.

Al bendecir, no damos algo que se pierde; conservamos en nuestra mente lo que reconocemos como real. Así permanecemos en la conciencia de unidad y en la certeza de que nuestra verdadera abundancia es inseparable de la Mente de Dios.

¿Acaso ves alguna debilidad en el acto de bendecir a tu hermano? En respuesta a esta cuestión, UCDM no indica:

"No tengas miedo de bendecir, pues Aquel que te bendice ama al mundo y no deja nada en él que pueda ser motivo de miedo. Pero si te niegas a dar tu bendición, el mundo te parecerá ciertamente temible, pues le habrás negado su paz y su consuelo, y lo habrás condenado a la muerte" (T-27.V.4:5-6).

Propósito y sentido de la lección

Cuando la Lección 37 habla de “los primeros destellos de tu verdadera función”, está enlazando directamente con una enseñanza central del Texto:  el Hijo de Dios no fue creado sin función, y su función no es corregir el mundo, sino recordar la verdad y extenderla.

En el Texto se afirma repetidamente que: la percepción precede a la acción, y que el mundo es el resultado de una interpretación.

Por eso, cuando la lección define el propósito como: “ver el mundo a través de tu propia santidad”

está aplicando la enseñanza del Texto según la cual la causa siempre está en la mente y el efecto en la percepción. La función no es “bendecir activamente”, sino ver sin culpa, porque en el Curso la culpa es siempre la causa del ataque, el sacrificio y la separación.

La bendición del mundo no es una misión añadida al yo, sino la consecuencia inevitable de aceptar la Expiación para uno mismo, tema central del Texto.

Instrucciones prácticas:

El nivel de detalle de esta lección no es casual. En el Texto se explica que la mente necesita entrenamiento perceptivo sistemático para deshacer hábitos profundamente arraigados.

La aplicación a:

  • objetos,
  • cuerpos,
  • personas concretas,
  • y especialmente a quienes provocan reacción adversa,

refleja exactamente lo que el Texto enseña sobre el perdón:  no se perdona lo abstracto, sino lo específico, allí donde la culpa parece real.

El uso del nombre propio no es psicológico, sino doctrinal: el Curso enseña que no hay diferencias reales entre los Hijos de Dios, y por eso aplicar la santidad a uno por nombre es una forma de corregir la percepción de separación.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección se apoya en una tesis central del Curso: el sistema de pensamiento del ego está basado íntegramente en el sacrificio.

El Texto define el sacrificio como la creencia de que:

  • alguien debe perder para que otro gane,
  • algo debe ser pagado,
  • la culpa es real y exige compensación.

Por eso la lección insiste: “Nadie pierde; a nadie se le despoja de nada.”

Desde el punto de vista psicológico, esto desmonta la raíz del miedo:
la expectativa inconsciente de castigo.

Cuando la lección afirma que: “los que se consideran a sí mismos completos no exigen nada” está aplicando literalmente la enseñanza del Texto según la cual la exigencia siempre procede de la culpa, y la plenitud percibida elimina automáticamente la necesidad de ataque o defensa.

Espiritualmente, la afirmación: “Tu santidad es la salvación del mundo” solo puede entenderse a la luz del principio fundamental del Curso: una sola Mente, una sola Filiación, una sola Voluntad.

El Texto deja claro que el mundo no se salva como entidad independiente, sino que desaparece como interpretación falsa cuando la mente se corrige. Por eso la santidad salva no por intervención, sino por reconocimiento.

La frase: “sin predicarle ni decirle nada” conecta directamente con la enseñanza del Texto de que el ejemplo es el único maestro, y que la verdad no necesita defensa ni explicación, solo ser reconocida.

Relación con el Curso:

La Lección 37 anticipa varias afirmaciones posteriores del Texto y del Libro de Ejercicios:

  • “Perdonar es mi función”
  • “Mi función y mi felicidad son una”
  • “La salvación del mundo depende de mí”

Pero lo hace todavía en un lenguaje suave, perceptivo, no moral. Aquí la función no se vive como responsabilidad pesada, sino como resultado natural de ver sin culpa.

También conecta directamente con el capítulo del Texto sobre la relación santa, donde se enseña que la sanación ocurre cuando uno no exige nada del otro.

Consejos para la práctica:

El Curso insiste en que:

  • no se debe forzar la experiencia,
  • no se debe evaluar el progreso,
  • no se debe buscar resultados visibles.

Esta lección sigue exactamente esa pedagogía: la bendición no se mide, se practica.

El énfasis en usar la idea cuando surge reacción adversa es coherente con el Texto, que enseña que toda perturbación es una oportunidad de perdón.

Conclusión final:

La Lección 37 es el primer momento en el Libro de Ejercicios donde la identidad corregida comienza a manifestarse como función consciente en el mundo.

No se trata de hacer algo por los demás, sino de no exigir nada de ellos.
No se trata de cambiar el mundo, sino de retirar la culpa de la percepción.

Desde la perspectiva del Curso, esta lección enseña que: la santidad no se posee, se extiende, y al extenderse, deshace el mundo del sacrificio.

Aquí empieza a vislumbrarse una idea clave que el Curso desarrollará plenamente: salvar y ser salvo son el mismo acto.

Ejemplo-Guía: "Todos los políticos son unos ladrones y unos mentirosos".

¿Estaríamos dispuestos a bendecir a los políticos que consideramos ladrones y mentirosos?  

Para muchos, esta pregunta puede sonar a broma de mal gusto y llevarlos a pensar que quien la plantea no está en sus cabales. Sus argumentos son fuertes, pues cuentan con pruebas más que claras que les dan la razón. “El que la hace, la paga” es una idea compartida por ese grupo que prefiere proyectar en el comportamiento ajeno su propio mundo interior.  

Y pensarán: ¡Vaya!, esa afirmación es la gota que colma el vaso de la paciencia. Después de ser víctimas de las injusticias de los políticos, también tenemos que aceptar que nuestra crítica nos obliga a reconocer que somos tan culpables como ellos.  

No pretendo acusar a nadie. Hacerlo sería adoptar la visión de la mente dual, que nos hace creer en la separación entre los seres. Yo practico la visión de la unidad y, por decisión propia, elijo ver a mis hermanos como partes de una misma Unidad que conforma la Filiación. Respeto todos los comportamientos, así como no condeno mis propios actos. Soy plenamente consciente de que cada uno de nosotros está en una etapa distinta dentro del proceso de conciencia, pero en esencia, todos somos perfectos Hijos de Dios.

Esa visión me hace ver el juego de la mente dual, que nos impulsa a proyectar en el mundo exterior el contenido de nuestros pensamientos. Estos, a su vez, encuentran su misma frecuencia vibratoria en los espejos que representan nuestros hermanos, quienes, con su forma de actuar, nos ayudan a reconocer la calidad de nuestros propios pensamientos y sentimientos.

Como bien expresa UCDM: “O bien vemos la carne, o bien reconocemos el espíritu. En esto no hay términos medios. Si uno de ellos es real, el otro no puede sino ser falso, pues lo que es real niega a su opuesto. La visión no ofrece otra opción que ésta. Lo que decidimos al respecto determina todo lo que vemos y creemos real, así como todo lo que consideramos que es verdad. De esta elección depende todo nuestro mundo, pues mediante ella establecemos en nuestro propio sistema de creencias lo que somos: carne o espíritu. Si elegimos ser carne, jamás podremos escaparnos del cuerpo al verlo como nuestra realidad, pues nuestra decisión reflejará que eso es lo que queremos. Pero si elegimos el espíritu, el Cielo mismo se inclinará para tocar nuestros ojos y bendecir nuestra santa visión a fin de que no veamos más el mundo de la carne, salvo para sanar, consolar y bendecir” (T-31.VI.1:1-8).

Cuando condenamos a los políticos que consideramos culpables, en realidad estamos proyectando nuestra propia condena y, más aún, reforzando la creencia de que solo somos materia y de que existe separación. En cambio, si decidimos bendecirlos, lo que hacemos es reconocer nuestra gratitud hacia ellos por servirnos de espejo, permitiéndonos ver reflejadas nuestras propias proyecciones.

Reflexión: ¿Mi manera de amar al mundo, es exigente?