sábado, 27 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 361-365

LECCIONES FINALES

Introducción

1. En nuestras lecciones finales utilizaremos la mínima cantidad de palabras posible. 2Tan sólo las utilizaremos al principio de nuestras prácticas, y únicamente para que nos recuerden que lo que buscamos es ir más allá de ellas. 3Dirijámonos a Aquel que nos guía en nuestro camino y que imparte seguridad a nuestros pasos. 4En Sus manos dejamos estas lecciones, y de aquí en ade­lante le entregamos también nuestras vidas. 5Pues no queremos volver a creer en el pecado, que fue lo que hizo que el mundo pareciese un lugar feo e inseguro, hostil y destructor, peligroso desde cualquier punto de vista, y traicionero más allá de cual­quier esperanza de poder tener confianza o de escapar del dolor.

2. El suyo es el único camino para hallar la paz que Dios nos ha dado. 2Su camino es el que todo el mundo tiene que recorrer al final, pues éste es el final que Dios Mismo dispuso. 3En el sueño del tiempo, este final parece ser algo muy remoto. 4Sin embargo, en verdad ya está aquí, como un amable guía que nos indica qué camino tomar. 5Marchemos juntos por el camino que la verdad nos señala. 6seamos los líderes de los muchos hermanos que andan en busca del camino, pero que no lo encuentran.

3. Consagremos nuestras mentes a este propósito, poniendo todos nuestros pensamientos al servicio de la salvación. 2La meta que se nos ha asignado es la de perdonar al mundo. 3Ésa es la función que Dios nos ha encomendado. 4lo que buscamos es el final del sueño, no como nosotros queremos que dicho final sea, sino como lo quiere Dios. 5Pues no podremos sino reconocer que todo aque­llo que perdonamos es parte de Dios Mismo. 6Y así, Su recuerdo se reinstaurará en nosotros completamente y en su totalidad.

4. Nuestra función es recordarlo a Él aquí en la tierra, tal como se nos ha dado ser Su Propia compleción en la realidad. 2No nos olvidemos, por lo tanto, de que nuestro objetivo es uno que com­partimos, pues en ese recordar es donde radica el recuerdo de Dios y lo que nos señala el camino que conduce hasta Él y hasta el Remanso de Su paz. 3¿Cómo no vamos a perdonar a nuestro her­mano, que es quien nos puede ofrecer esto? 4Él es el camino, la verdad y la vida que nos muestra el sendero. 5En él reside la sal­vación, que se nos ofrece a través del perdón que le concedemos.

5. No terminaremos este año sin el regalo que nuestro Padre le prometió a Su santo Hijo. 2Hemos sido perdonados. 3Y nos encon­tramos a salvo de toda la ira que le atribuíamos a Dios y que después descubrimos no era más que un sueño. 4Se nos ha resti­tuido la cordura, en la que comprendemos que la ira es una locura, el ataque algo demente y la venganza una mera fantasía pueril. 5Nos hemos salvado de la ira porque nos dimos cuenta de que estábamos equivocados. 6Eso es todo. 7¿Y se encolerizaría un padre con su hijo porque éste no hubiese comprendido la verdad?

6. Venimos a Dios y con honestidad le decimos que no habíamos entendido, y le pedimos que nos ayude a aprender Sus lecciones a través de la Voz del Maestro que Él Mismo nos dio. 2¿E iba Dios acaso a hacerle daño a Su Hijo? 3¿O bien se apresuraría a contes­tar de inmediato, diciendo: "Este es Mi Hijo, y todo lo que tengo le pertenece"? 4Ten por seguro que así es como responderá, pues éstas son Sus Propias Palabras para ti. 5Y nadie podrá jamás tener más que esto, pues en esas Palabras yace todo lo que existe y todo lo que jamás existirá por los siglos de los siglos, así como en la eternidad.


LECCIONES 361-365

Te entrego este instante santo.
Sé Tú Quien dirige, pues quiero simplemente seguirte, seguro de que Tu dirección me brindará paz.

1. Y si necesito una palabra de aliento, Él me la dará. 2Si necesito un pensamiento, Él me lo dará también. 3si lo que necesito es quietud y una mente receptiva y serena, ésos serán los regalos que de Él recibiré. 4Él está a cargo a petición mía. 5Y me oirá y contestará porque Él habla en Nombre de Dios mi Padre y de Su santo Hijo.

¿Qué me enseña esta lección?

Un cierre hermoso para celebrar el tramo final del camino. Ya no hacen falta más palabras, todas han sido pronunciadas. Cada peregrino ha guardado en su mente y en su corazón el mensaje recibido. Es vital que cada sílaba haya llegado hasta lo más profundo del ser. Allí ocurrirá el reencuentro, allí se vivirá ese instante sagrado en el que recordamos quiénes somos y que somos tal como nuestro Padre nos creó.

En estos últimos cinco días, solo nos queda revivir, en cada uno, la experiencia de unidad con el Universo y con todo lo creado. En cada uno, entregamos a nuestro Padre la ofrenda del instante santo. Ese es nuestro regalo, que compartimos con cada uno de nuestros hermanos y, así, también con Dios.

Este es mi instante santo del día. En él proclamo lo que soy, un Ser Espiritual. Uno contigo, hermano. Uno con mi Padre, con Cristo y con el Espíritu Santo. En este eterno presente, expando al mundo mi mente, a través de la cual emana el rayo del Amor.

Manifiesto mi condición de inocencia, mi condición de impecabilidad. Tomo consciencia de los atributos con los que mi Padre me ha dotado e invoco el Principio de la Voluntad, del Amor y de la Inteligencia, para que sean mis herramientas creadoras.

Hoy expreso mi fidelidad a la función que tengo encomendada y me entrego a la tarea de perdonar al mundo y trabajar para su salvación.

Seguiré tus pasos, Padre, y proclamaré tu Palabra.

Amén.

Reflexión: La salvación es imposible si no contempla a todos nuestros hermanos.

viernes, 26 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 360

LECCIÓN 360

Que la paz sea conmigo, el santo Hijo de Dios. Que la paz sea con mi hermano, que es uno conmigo. Y que a través nuestro, el mundo sea bendecido con paz.

1. Padre, Tu paz es lo que quiero dar, al haberla recibido de Ti. 2Yo soy Tu Hijo, eternamente como Tú me creaste, pues los Grandes Rayos permanecen en mí por siempre serenos e imperturbables. 3Quiero llegar a ellos en silencio y con certeza, pues en ninguna otra parte se puede hallar certeza. 4Que la paz sea conmigo, así como con el mundo. 5En la santidad fuimos creados y en la santidad seguimos. 6En Tu Hijo, al igual que en Ti, no hay mancha alguna de pecado. 7Y con este pensa­miento decimos felizmente “Amén”.

¿Qué me enseña esta lección?

Hemos recorrido un largo camino, desde la primera lección hasta alcanzar este punto del proceso de aprendizaje.

Nuestros inicios fueron vacilantes y llenos de expectación, pero también avanzamos con determinación y confianza en que, al término del camino, nuestra conciencia se transformaría profundamente. Abandonaríamos la idolatría del yo y entregaríamos la custodia de nuestra identidad a nuestro auténtico Ser.

Emprendimos el camino creyendo ser algo que en realidad no éramos. Con cada paso, hemos ido desprendiéndonos de capas formadas por nuestros errores, apegos y miedos, hasta llegar al punto en el que nos hallamos hoy. Ahora somos un Ser transformado, con una visión renovada y, lo más importante, plenamente conscientes de lo que realmente somos.

Estamos en este mundo, pero ya no nos sentimos parte de él. Habitamos un cuerpo físico, transitorio, con el que antes nos identificábamos, pero al que ahora hemos otorgado su verdadera función: servirnos como medio para expresar y dar testimonio de los Atributos Divinos con los que fuimos creados.

Nuestro mayor logro reside en la nueva visión que hemos adquirido. Ahora sabemos que siempre es posible contemplar las cosas de otra manera, y que la forma más elevada de verlas es desde la Unidad. Reconocemos que no estamos separados de nuestros hermanos ni de nuestro Creador, pues la separación es sólo una ilusión. Desde esta conciencia de Unidad, elegimos ver con los ojos del perdón y del amor, recordando que lo que damos a los demás, nos lo damos a nosotros mismos.

La visión de la Unidad nos ha llevado a comprender que nuestra verdadera función, aquella que nos conduce a experimentar la Paz, la Felicidad, la Alegría, la Dicha, la Abundancia, la Salud y la Vida, es perdonar y Amar. El perdón, tal como lo enseña UCDM, es el medio a través del cual deshacemos la ilusión de la separación y recordamos nuestra Unidad con todos nuestros hermanos y con Dios. Al elegir perdonar, elegimos ver con los ojos del Amor, y así permitimos que la Paz y la plenitud de Dios se hagan presentes en nuestra experiencia.

No importa lo que hagamos, lo que poseamos o la posición social que creamos tener: si no elegimos Amar, la felicidad será siempre efímera y transitoria. UCDM nos recuerda que sólo el Amor es real y que todo lo demás es ilusión. Cuando ponemos el Amor en cada pensamiento, palabra y acción, recibimos el fruto de lo que damos, pues damos únicamente a nosotros mismos. No podemos olvidar que, en verdad, sólo recibimos aquello que ofrecemos: si damos Amor, recibimos Amor; si damos juicio, recibimos juicio. Así, la verdadera felicidad y plenitud sólo se experimentan cuando elegimos Amar incondicionalmente, reconociendo la Unidad con todos y con Dios.

¡Hermano, que la Paz sea contigo!

Ejemplo-Guía: " ............................................."

En esta lección, tan solo te puedo ofrecer la invitación a que elijas por ti mismo el ejemplo-guía que deseas aportar. Alcanzado este punto, tan solo nos queda experimentar la percepción verdadera. 

¿Cómo? Tú eliges cómo, pero estoy seguro de que lo harás desde tu Presencia de Ser, esto es, expandiendo la Esencia del Amor y compartiéndola con el universo.


¡Feliz camino!

Reflexión: ¡Que la Paz sea con nosotros!

Capítulo 25. III. Percepción y elección (3ª parte).

III. Percepción y elección (3ª parte).

3. La percepción se basa en elegir, pero el conocimiento no. 2El conocimiento está regido por una sola ley porque sólo tiene un Creador. 3Pero este mundo fue construido por dos hacedores que no lo ven de la misma manera. 4Para cada uno de ellos el mundo tiene un propósito diferente, y es el medio perfecto para apoyar el objetivo para el que se percibe. 5Para aquel que desea ser espe­cial, es el marco perfecto en el que manifestar su deseo: el campo de batalla perfecto para librar sus guerras y el refugio perfecto para las ilusiones que quiere hacer reales. 6No hay ninguna ilu­sión que en su percepción no sea válida ni ninguna que no esté plenamente justificada.

En este punto se aborda la diferencia entre percepción y conocimiento, y cómo el mundo perceptual se convierte en un escenario para justificar ilusiones, especialmente el deseo de especialismo.

La enseñanza central es que la percepción implica elección, interpretación y subjetividad, mientras que el conocimiento es absoluto, regido por la unidad de su Creador. El mundo perceptual fue construido por dos “hacedores”: el ego y el Espíritu Santo. Cada uno lo ve con un propósito distinto. Para el ego, el mundo es el lugar ideal para manifestar el deseo de especialismo, conflicto y separación. En ese marco, todas las ilusiones parecen válidas y justificadas.

¿Cómo debemos entender este mensaje?

En la vida cotidiana, este punto nos invita a observar cómo usamos el mundo para justificar nuestras creencias. Si deseamos ser especiales —ya sea por sentirnos superiores o víctimas—, el mundo nos ofrecerá pruebas para sostener esa ilusión. Pero si elegimos ver con el Espíritu Santo, el mundo se convierte en un aula para el perdón y la sanación.

¿Cómo aplicar la enseñanza?

  • Cuando te sientas ofendido, pregúntate: ¿Estoy eligiendo ver desde el ego para justificar mi especialismo?
  • En momentos de conflicto, puedes elegir reinterpretar la situación como una oportunidad para recordar la unidad.

Ejemplos concretos:

  • Ejemplo real: Pedro se siente ignorado en una reunión. Cree que los demás no lo valoran. El mundo le ofrece “pruebas” de su especialismo como víctima. Pero al reflexionar, Pedro se da cuenta de que está eligiendo ver desde el ego. Decide soltar la interpretación y abrirse a una visión más amorosa.
  • Ejemplo simbólico: Una niña tiene dos lentes mágicos. Uno le muestra un mundo donde todos compiten y ella debe destacar para ser amada. El otro le muestra un mundo donde todos están conectados y el amor no depende de logros. Ella elige el segundo y su mundo cambia.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿Estoy usando el mundo para justificar mi deseo de ser especial?
  • ¿Qué tipo de “lente” estoy eligiendo para percibir mi realidad?
  • ¿Estoy dispuesto a soltar la interpretación del ego y abrirme al conocimiento?

Conclusión: Este punto revela que el mundo perceptual es un escenario moldeado por nuestras elecciones internas. Si elegimos el ego, veremos conflicto y justificación de ilusiones. Si elegimos el Espíritu Santo, veremos oportunidades para sanar. El conocimiento no necesita elección, porque ya es.

“La percepción se basa en elegir, pero el conocimiento no.”

Una invitación: Hoy, observa tus percepciones. ¿Estás eligiendo ver desde el deseo de especialismo o desde la verdad del amor?

jueves, 25 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 359

LECCIÓN 359

La respuesta de Dios es alguna forma de paz. Todo dolor sana; toda aflicción queda reemplazada por la dicha. Las puertas de la prisión se abren. Y se comprende que todo pecado no es más que un simple error.

1. Padre, hoy vamos a perdonar Tu mundo y a dejar que la creación sea Tuya. 2Hemos entendido todas las cosas erróneamente. 3Pero no hemos podido convertir a los santos Hijos de Dios en pecadores. 4Lo que Tú creaste libre de pecado ha de permanecer así por siempre jamás. 5Ésa es nuestra condición. 6Y nos regocijamos al darnos cuenta de que los erro­res que hemos cometido no tienen efectos reales sobre nosotros. 7El pecado es imposible, y en este hecho descansa el perdón sobre una base mucho más sólida que el mundo de sombras que vemos. 8Ayúdanos a perdonar, pues queremos ser redimidos. 9Ayúdanos a perdonar, pues que­remos estar en paz.

¿Qué me enseña esta lección?

Según la enseñanza central de Un Curso de Milagros, la verdadera identidad del Hijo de Dios es espíritu, eterno e inmutable, creado a imagen y semejanza de su Creador. Sin embargo, en el sueño de la separación, el Hijo de Dios olvidó su verdadera naturaleza y, usando su poder creativo, fabricó un mundo ilusorio de tiempo, espacio y cuerpos, identificándose con lo que no es real. 

En este olvido, el Hijo de Dios pasó de reconocerse como eterno y pleno, a verse a sí mismo como un ser frágil, limitado y sujeto al nacimiento y la muerte. Así, la vida se percibe como un breve intervalo entre dos nadas, y la existencia se reduce a una lucha por sobrevivir en un mundo de carencia, miedo y conflicto. Esta percepción es el resultado de la creencia en la separación y en la culpabilidad, que da lugar a la ilusión de que la vida puede estar limitada por el tiempo y el cuerpo.

Sin embargo, UCDM enseña que todo esto no es más que un sueño, una ilusión que puede ser deshecha mediante el perdón y el recuerdo de la verdad. El milagro consiste en reconocer que nada real puede ser amenazado y que nada irreal existe. En esto radica la paz de Dios.

Los capítulos de su vida lo convierten en el protagonista de una historia en la que persigue una felicidad que siempre parece escapársele. Es como si esa esquiva promesa quisiera advertirle que el camino que recorre no conduce al puerto que anhela, pues en su alforja no lleva nada capaz de saciar su hambre ni apagar su sed. Ha quedado atrapado en su naturaleza instintiva y sensorial, confiando ciegamente en un falso amigo: la percepción.

Dejó de caminar de la mano de la Vida, olvidando la protección y el amor de su Padre, y eligió unirse a un falso aliado: el ego. El ego, fundamento de la separación, basa sus valores en la creencia en el pecado, la culpa, el castigo, el sufrimiento, el sacrificio y la escasez. Así, la mente se identifica con la enfermedad, la carencia y el miedo, creyendo que estos son reales y que forman parte de su existencia.

Pero, con tales compañeros, el camino no puede estar en paz. Es imposible experimentar la alegría y la felicidad cuando, en la búsqueda de ellas, se elige atacar, juzgar y condenar a los demás, incluso hasta el extremo de justificar la muerte. ¿Cómo podría hallar paz el corazón que permanece en la ignorancia de su verdadera naturaleza, creyéndose separado, culpable y necesitado de defensa?

UCDM nos recuerda que mientras sigamos escuchando al ego y sus valores, la paz será inalcanzable. Sólo cuando elegimos de nuevo, perdonamos y recordamos nuestra inocencia y la de todos, podemos regresar a la dicha y a la plenitud que son nuestra herencia como Hijos de Dios.

Hoy, una parte del mundo celebra el nacimiento del Cristo, símbolo del Amor y del Perdón. Este día es una oportunidad perfecta para recordar lo que hemos olvidado y así recuperar nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios.

Hoy es el día en que ese Espíritu de Luz puede renacer en nosotros, para que lo alimentemos y le permitamos crecer en nuestra conciencia. Hoy es el día en que elijo, con plena voluntad, perdonar. Reconozco con certeza que aquello que llamamos pecado no fue más que un error, y todo error puede ser corregido. El perdón es el medio que nos devuelve a la paz y nos recuerda que seguimos siendo tal como Dios nos creó: inocentes, amados y eternos.


Ejemplo-Guía: "El nacimiento de Cristo"

Dejando a un lado los matices mercantilistas con los que la sociedad de consumo ha revestido la Navidad, podemos reconocer que el verdadero Espíritu de la Navidad se percibe en lo más profundo de cada corazón. Es como si existiera una conexión invisible, una unión santa que no alcanzamos a comprender con la mente, pero que nos hace vibrar de una manera especial cuando nos abrimos a la experiencia del amor y la paz que este tiempo simboliza. Al permitirnos ser sensibles al auténtico espíritu navideño, recordamos por un instante nuestra verdadera naturaleza y la unidad que compartimos con todos.

Reconozco que no puedo ser imparcial al hablar de la Navidad. Me cuento entre quienes sienten una afinidad especial por estas fechas, y comprendo profundamente a quienes, movidos por la nostalgia o el dolor, prefieren tomar distancia de celebraciones que perciben como vacías o manipuladas por la sociedad consumista.

Es cierto que el espíritu de la Navidad nos invita al recogimiento interior y a compartir con los demás nuestros deseos más puros y elevados. Sin embargo, también es un tiempo en el que las ausencias de seres queridos, o el recuerdo de relaciones que en el pasado fueron fuente de alegría y ahora son solo memorias, pueden abrir heridas que se sienten con mayor intensidad en estos días.

Desde la visión de Un Curso de Milagros, se nos recuerda que todo dolor y toda nostalgia son llamadas al perdón y a la sanación interior. La Navidad puede ser una oportunidad para mirar con honestidad nuestras emociones, abrazar con compasión nuestras pérdidas y, sobre todo, permitir que el Amor renazca en nuestro corazón. Así, más allá de las formas externas, podemos experimentar el verdadero milagro de la Navidad: el recuerdo de nuestra unión con todos y el renacimiento de la paz en nuestro interior.

Más allá de todo ello, más allá de las percepciones que enturbian nuestra visión verdadera, estamos llamados a celebrar el recuerdo de ese Espíritu que renace, una y otra vez, en la Tierra, con el único propósito de hacernos conscientes de nuestra verdadera identidad.

Todos somos Cristo, aunque lo hayamos olvidado. Todos somos Amor, aunque no seamos conscientes de ello. Todos somos uno con todo lo creado, aunque hayamos elegido la separación y la soledad.

El Espíritu de la Navidad es la invitación a recordar quiénes somos realmente, a dejar atrás las ilusiones de carencia, miedo y separación, y a permitir que la Luz del Cristo interior despierte en nosotros. Es el momento de reconocer que la unidad, el amor y la inocencia siguen intactos en nuestro interior, esperando ser recordados y compartidos.

A lo largo de estas lecciones hemos reflexionado sobre la Visión de Cristo, lo que nos ha permitido comprender la importancia de la función que se nos ha encomendado en este mundo: perdonar.

Y qué mejor día que hoy para expandir y compartir esa experiencia con el mundo. Celebrar el renacer de la Fuerza del Amor es hacer real la experiencia del perdón. Miremos el mundo que nos rodea con los ojos de Cristo y reconozcamos que, en verdad, no hay nada que perdonar. Pasemos por alto todo error, y el error dejará de tener significado. Así, permitimos que la paz y la inocencia renazcan en nosotros y en todos.

Hoy, elijamos ver con la Visión de Cristo, recordando que el perdón es el camino que nos conduce de regreso a nuestra verdadera identidad y a la experiencia del Amor que nunca nos ha abandonado.

¡Feliz Navidad! 🌠🌟🎇🎄

Reflexión: El pecado es imposible.

Capítulo 25. III. Percepción y elección (2ª parte).

III. Percepción y elección (2ª parte).

2. Las leyes de Dios no pueden gobernar directamente en un mundo regido por la percepción, pues un mundo así no pudo haber sido creado por la Mente para la cual la percepción no tiene sentido. 2Sus leyes, no obstante, se ven reflejadas por todas partes. 3No es que el mundo donde se ven reflejadas sea real en absoluto. 4Es real sólo porque Su Hijo cree que lo es, y Dios no pudo permitirse a Sí Mismo separarse completamente de lo que Su Hijo cree. 5Él no pudo unirse a la demencia de Su Hijo, pero sí pudo asegurarse de que Su cordura lo acompañase siempre, para que no se pudiese perder eternamente en la locura de su deseo.

Este fragmento profundiza en la naturaleza ilusoria del mundo perceptual y la fidelidad de Dios hacia Su Hijo, incluso en medio de su aparente separación.

Jesús, a través de este mensaje, nos enseña que el mundo que percibimos no es real desde la perspectiva divina, ya que la percepción misma es ajena a la Mente de Dios. Sin embargo, las leyes de Dios —como el amor, la paz y la unidad— se reflejan en este mundo como señales de cordura. Aunque Dios no creó este mundo ilusorio, no abandonó a Su Hijo en él. En lugar de unirse a la demencia (la creencia en la separación), Dios aseguró que Su cordura —Su Amor— acompañara siempre a Su Hijo.

En la vida diaria, este punto nos recuerda que, aunque vivamos en un mundo de apariencias, conflictos y separación, las leyes del amor siguen presentes. Podemos elegir ver reflejos de la verdad en los actos de bondad, en la belleza, en la paz interior. Dios no nos abandona en nuestra confusión. Su guía está siempre disponible.

¿Cómo aplicar esta enseñanza?

  • Cuando te sientas perdido o atrapado en el caos del mundo, recuerda que la cordura de Dios está contigo.
  • En momentos de juicio o miedo, busca los reflejos del amor: una sonrisa, una palabra amable, una pausa de silencio.

Veamos unos ejemplos concretos:

  • Ana está atravesando una crisis personal. Todo parece confuso y doloroso. Sin embargo, una amiga le ofrece apoyo incondicional. Ana reconoce que ese gesto es un reflejo de las leyes de Dios: el amor que no juzga.
  • Un niño se pierde en un bosque. Aunque el bosque es oscuro y desconocido, lleva consigo una linterna que su madre le dio. Esa luz representa la cordura de Dios: siempre presente, aunque el entorno parezca amenazante.

Unas preguntas para la reflexión:

  • ¿Dónde he visto reflejos de las leyes de Dios en mi vida cotidiana?
  • ¿Estoy dispuesto a reconocer que este mundo no es la creación de Dios, pero que Su Amor sigue presente?
  • ¿Cómo puedo abrirme más a la guía de la cordura divina en medio de mis percepciones?

Resumiendo: Este punto nos enseña que, aunque el mundo perceptual no fue creado por Dios, Su Amor nunca nos ha abandonado. La cordura divina nos acompaña siempre, como una luz que guía en medio de la ilusión. Reconocer estos reflejos es el primer paso hacia el despertar.

“Su cordura lo acompañase siempre, para que no se pudiese perder eternamente en la locura de su deseo.”

Por último, una invitación: Hoy, busca un reflejo de las leyes de Dios en tu entorno. Puede estar en una mirada, en una pausa, en un acto de amor. Y recuerda: no estás solo.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 358

LECCIÓN 358

Ninguna invocación a Dios puede dejar de ser oída o no recibir respuesta. Y de esto puedo estar seguro: Su respuesta es la única que realmente deseo.

1. Tú que recuerdas lo que realmente soy, eres el único que recuerda lo que realmente deseo. 2Hablas en Nombre de Dios, y, por lo tanto, hablas en mi nombre. 3lo que me concedes procede de Dios Mismo. 4Tu Voz, entonces, Padre mío, es mía también, y lo único que quiero es lo que Tú me ofreces, en la forma exacta en que Tú eliges que yo lo reciba. 5Permí­teme recordar todo lo que no sé, y deja que mi voz se acalle, mientras lo recuerdo. 6Y no dejes que me olvide de Tu Amor ni de Tu cuidado, antes bien, ayúdame a mantener siempre presente en mi conciencia la pro­mesa que le hiciste a Tu Hijo. 7No dejes que olvide que mi ser no es nada, pero que mi Ser lo es todo.

¿Qué me enseña esta lección? 

Llega un instante en la experiencia del Hijo de Dios en el que los regalos del mundo, con sus promesas de satisfacción y sus múltiples formas, dejan de tener atractivo. Este momento marca el principio del despertar, cuando la mente comienza a recordar que su verdadera herencia no se encuentra en lo efímero, sino en la plenitud que sólo puede hallarse en la unión con Dios. El mundo, que antes parecía ofrecer consuelo y significado, se reconoce ahora como un sueño del que se desea despertar. En ese reconocimiento, el Hijo de Dios se vuelve hacia su interior, donde la Voz del Espíritu Santo le recuerda que nada real puede ser amenazado y que nada irreal existe. Así, la paz de Dios se convierte en su único deseo, y la experiencia de la unidad con el Padre es lo único que puede colmarlo verdaderamente. La búsqueda externa cesa, y el corazón descansa en la certeza de que la plenitud reside en el recuerdo de su Fuente y en la aceptación de su verdadera Identidad como uno con Dios.

Así como el guerrero, exhausto tras incontables batallas, deja caer finalmente las armas con las que defendió su pequeño reino, sus posesiones y sus ideas de separación, llega un momento en el viaje interior en el que el ser humano se cansa de luchar. Cansado de la guerra, del dolor, de la pérdida y del sufrimiento, reconoce que nada de eso le ha traído la paz que anhelaba. Entonces, en un acto de profunda rendición, suelta la identidad de guerrero y abandona la defensa de su feudo ilusorio. Es en ese instante de entrega cuando se produce el verdadero milagro: deja de identificarse con el personaje que lucha y muere, y despierta a la conciencia de su Ser, pleno, invulnerable y eterno. Así, el guerrero se disuelve en la luz del Ser, recordando que su verdadera fortaleza reside en la unión con Dios y en la paz que sólo el Amor puede dar.

No existe un límite universal que marque el ritmo del despertar para todos por igual. Cada uno de nosotros avanza a su propio paso, siguiendo el compás interno de su proceso de aprendizaje y recuerdo. Sin embargo, lo que sí es común a todos es el destino final: todos estamos llamados a llegar al mismo puerto, pues en verdad sólo hay uno. Ese puerto es el Amor, la experiencia de la Unidad y la plenitud en Dios. Más allá de las diferencias aparentes en el camino, el propósito es el mismo para todos: regresar al Hogar, al Amor que nos creó y que nos espera, inmutable, más allá de todo límite y de toda ilusión de separación.

No importa la edad, el sexo, el color de la piel ni el idioma que hablemos. No importan nuestra posición social, nuestra apariencia ni las diferencias que parecen separarnos. En realidad, todas esas distinciones son ilusorias, pues en la verdad somos uno solo en la Mente de Dios. Más allá de las formas y de las diferencias que el mundo percibe, compartimos la misma esencia, el mismo origen y el mismo destino: el Amor que nos creó y nos une eternamente.

Cada vez que invocamos a Dios, estamos recordando quiénes somos realmente. Es esencial invocar Su Nombre y proclamar Su Palabra, porque en el mundo de la percepción, otras voces y otros “reyes” parecen ocupar el trono de nuestra mente y dirigir nuestra vida. Al volvernos hacia Dios, apartamos nuestra atención de esas voces ilusorias y permitimos que la Voz del Espíritu Santo nos recuerde nuestra verdadera identidad como Hijos de Dios, restaurando así la paz y la certeza en nuestro corazón.

Siempre aparecerá la figura del ego, representada como ese “Herodes” interior, que teme la llegada de la Luz y busca sofocar cualquier destello de inocencia o despertar espiritual. El ego, temeroso de que la profecía del Cristo en nosotros se cumpla, intenta destruir todo nacimiento de verdad y amor en nuestra mente. Sin embargo, la Luz es invulnerable y, aunque el ego intente impedirlo, el recuerdo de nuestra verdadera identidad no puede ser eliminado. Así, cada vez que el Amor renace en nosotros, el ego se estremece, pero la Voluntad de Dios es inevitable y la Luz prevalece.

Siempre aparecerán los “Sanedrines” y los falsos defensores de las leyes, aquellos que se aferran a las antiguas normas del juicio y la separación. Negarán la evidencia del Amor y se resistirán a aceptar que la Ley del Amor está por encima de la ley antigua del “ojo por ojo y diente por diente”. Prefieren mantener el conflicto y la culpa antes que reconocer que el perdón y la misericordia son la verdadera Ley que Dios ha inscrito en nuestro corazón. Sin embargo, la Verdad no puede ser negada para siempre, y la Ley del Amor acabará por prevalecer en la mente de todos.

Hoy elevo mi mente y mi corazón hacia el Cielo, e invoco a mi Padre para que permita que la Luz del Amor, el Espíritu de Cristo, renazca en cada corazón humano.

Que esa Luz sea una sola, indivisible, y que proteja e ilumine a toda la humanidad, recordándonos que somos uno en Él.

¡Que así sea!


Ejemplo-Guía: "Ser, o ser"

En la lección anterior hablábamos de la sencillez del encuentro con la verdad. Hoy, esa misma simplicidad vuelve a hacerse evidente, pues nuestra vida y nuestras experiencias nos conducirán, inevitablemente, hacia la felicidad o hacia el dolor, según la elección que realicemos y la identificación que adoptemos en nuestra mente: elegir Ser, en unión con el Espíritu, o elegir ser, desde la percepción limitada del ego. Todo depende de a quién decidamos escuchar y con qué identidad nos alineemos. Así de simple es el camino: la verdad no es compleja, y la paz está siempre disponible para quien elige recordar quién es realmente.

Es posible que hasta ahora no nos hayamos detenido a reflexionar sobre esto. El significado que atribuimos a cada una de nuestras identificaciones determina los efectos que experimentaremos.

Por ejemplo, si al despertar por la mañana y prepararnos para afrontar el día, nuestra mente se identifica con la personalidad del “ser” —el sello característico del ego—, la visión inicial que tendremos nos llevará a percibir la jornada como una sucesión de retos, miedos, preocupaciones y limitaciones. Empezaremos el día sintiéndonos agotados, incluso antes de comenzar. La sola contemplación de las situaciones a las que hemos dado el significado habitual se convierte en una pesada carga que oprime nuestra mente y nuestro corazón.

Pero siempre podemos elegir ver con la visión verdadera. Si permitimos que nuestra mente nos recuerde que somos el Hijo de Dios, dotados con los mismos poderes creadores que nuestro Padre, inocentes, impecables, invulnerables, abundantes, plenos, sanos, ilimitados y santos, la vida se transforma en una oportunidad perfecta para compartir y extender estos principios. Nuestra voluntad se alinea con la de nuestro Creador y expresamos el deseo sincero de que Su Voluntad sea también la nuestra. Así, nuestra mente se guía por el ideal del servicio y damos gracias por la Presencia de Aquel cuya función es ofrecernos la Expiación, para que nuestra conciencia despierte del sueño de la ilusión con el que se había identificado.

La visión del Ser es unificadora, nos recuerda la unidad y la plenitud, mientras que la visión del ser, identificada con el ego, es separadora y refuerza la percepción de carencia y conflicto.

Reflexión: No dejes que olvide que mi ser no es nada, pero que mi Ser lo es todo.

Capítulo 25. III. Percepción y elección (1ª parte).

III. Percepción y elección (1ª parte).

1. En la medida en que atribuyas valor a la culpabilidad, en esa misma medida percibirás un mundo en el que el ataque está justi­ficado. 2En la medida en que reconozcas que la culpabilidad no tiene sentido, en esa misma medida percibirás que el ataque no puede estar justificado. 3Esto concuerda con la ley fundamental de la percepción: ves lo que crees que está ahí, y crees que está ahí porque quieres que lo esté. 4La percepción no está regida por ninguna otra ley que ésa. 5Todo lo demás se deriva de ella, para sustentarla y darle apoyo. 6Ésta es la forma que, ajustada a este mundo, adopta la percepción de la ley más básica de Dios: que el amor crea amor y nada más que amor.

La percepción depende de nuestras creencias internas.  Si creemos en la culpabilidad como algo valioso o real, justificamos el ataque como respuesta. Pero si reconocemos que la culpabilidad no tiene sentido, el ataque pierde su justificación. Esta dinámica revela que la percepción no es objetiva, sino una proyección de lo que deseamos ver.

Las ideas principales que extraemos de este fragmento son las siguientes:

  • Culpabilidad: Creencia en el pecado o error como algo real y merecedor de castigo.
  • Percepción: No es neutra; está regida por lo que creemos y deseamos.
  • Ley de Dios: El amor crea amor; todo lo demás es ilusión.

En la vida cotidiana, esto se traduce en cómo interpretamos las acciones de los demás. Si estamos aferrados a la idea de que alguien “merece” nuestro juicio o castigo, estamos proyectando nuestra propia creencia en la culpabilidad. Pero si soltamos esa creencia, podemos ver con compasión y elegir la paz.

¿Cómo lo aplicamos en la práctica?:

  • En una discusión, en lugar de justificar el enojo por lo que “el otro hizo”, podemos preguntarnos: ¿Estoy viendo culpabilidad porque creo en ella?
  • Al observar nuestras reacciones, podemos elegir reinterpretar desde el amor y no desde el juicio.

Algunos ejemplos concretos:

  • Marta se siente traicionada por una amiga que no la invitó a su cumpleaños. Cree que su amiga “merece” su indiferencia. Al reflexionar, Marta se da cuenta de que está proyectando su propia inseguridad y creencia en la culpabilidad. Decide hablar desde el corazón y sanar la relación.
  • Un padre castiga severamente a su hijo por romper un jarrón. Cree que el castigo es necesario. Pero si ve el error como una oportunidad de enseñanza sin culpa, puede actuar con firmeza amorosa en lugar de ataque.

Preguntas para la reflexión:

  • ¿En qué situaciones tiendo a justificar el ataque por creer en la culpabilidad?
  • ¿Qué cambiaría en mi percepción si reconociera que la culpabilidad no tiene sentido?
  • ¿Estoy dispuesto a ver el mundo como un reflejo de mis creencias internas?

Resumiendo: Este punto nos invita a reconocer que la percepción no es un reflejo del mundo externo, sino de nuestras creencias internas. Al soltar la creencia en la culpabilidad, abrimos espacio para una percepción basada en el amor, donde el ataque deja de tener sentido. Esta es la forma en que el Curso nos guía hacia la paz interior.

“El amor crea amor y nada más que amor.”

Una invitación: Hoy, observa tus percepciones. ¿Están basadas en la culpabilidad o en el amor? Elige de nuevo.

martes, 23 de diciembre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 357

LECCIÓN 357

La verdad contesta toda invocación que le hacemos a Dios, respondiendo en primer lugar con milagros, y retornando luego a nosotros para ser ella misma.

1. El perdón -el reflejo de la verdad- me enseña cómo ofrecer milagros y así escapar de la prisión en la que creo vivir. 2Tu santo Hijo me es señalado, primero en mi hermano, y después en mí. 3Tu Voz me enseña con gran paciencia a oír Tu Palabra y a dar tal como recibo. 4Y conforme contemplo a Tu Hijo hoy, oigo Tu Voz indicándome la manera de llegar a Ti, tal como Tú dispusiste que ésta debía ser:

5"Contempla su impecabilidad y sé curado".

¿Qué me enseña esta lección?

Mantener la visión que nos identifica con el mundo material, donde la vía de aprendizaje se encuentra en la verdad percibida, es la fuente, la causa, que nos conduce al encuentro con un mundo donde estamos experimentando el fruto de lo sembrado, los "hijos del miedo", es decir, el castigo, el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Vivimos en un mundo que nos produce temor. Para protegernos de la necesidad, decidimos no dar, y cuanto más nos esforzamos en garantizar la continuidad de lo que poseemos, más rápido lo perdemos y ello nos produce un profundo dolor. Preferimos atacar, antes de dar lo que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir. En lo que poseemos, hemos puesto nuestra frágil seguridad, y cuando lo perdemos, se nos derrumba ese falso edificio en el que los pilares no son firmes.

Los demás son seres separados de nosotros y los juzgamos como los posibles agresores que tratan de arrebatarnos nuestras posesiones. En esa demente relación, se establecen lazos de continuo odio, los cuales se ganan un reguero de víctimas que, desde ese punto de vista, bien justifica la agresión y el odio.

Ese camino oscuro y tenebroso no nos conduce a la verdadera paz, porque la felicidad que buscamos no se encuentra en lo externo. Creer que lo externo puede darnos dicha es una ilusión, pues todo lo que percibimos fuera de nosotros es parte del sueño. La paz y la alegría no provienen del mundo, sino de la decisión de la mente de elegir el Amor en lugar del miedo. Cuando recordamos que nuestra realidad es el Espíritu y no la forma, descubrimos que nada externo puede añadir ni quitar un solo instante de la plenitud que ya somos.

El despertar de la consciencia llega cuando reconocemos la futilidad de buscar fuera lo que solo puede hallarse en la mente que elige el Amor. Entonces comprendemos que aquel a quien llamábamos agresor no es nuestro enemigo, sino nuestro hermano, pues ambos compartimos la misma identidad: el Hijo de Dios. Esta visión corrige el error fundamental de la separación y nos conduce a la práctica del perdón, que no es un acto hacia otro, sino la liberación de nuestros propios juicios. Al perdonar, deshacemos la ilusión del pecado y recordamos la inocencia que nunca se perdió.

Un día despertaremos y elegiremos el instante santo, en el que la verdad se revelará en nuestra mente. En ese momento comprenderemos que el perdón es el camino y que, al aceptar nuestra función, participamos en la salvación del mundo.


Ejemplo-Guía: "El error es la respuesta cuando invocamos al ego. La verdad es la respuesta, cuando invocamos a Dios".

La búsqueda de la verdad se vuelve confusa cuando la mente la busca en el mundo, donde rigen las leyes del ego y su sistema de pensamiento basado en la separación y la creencia en el pecado. 

En nombre de esa “verdad” ilusoria, el hombre llega a atacar a su hermano, los países se enfrentan en guerras para imponer su versión, y las religiones proclaman ser sus guardianas, iniciando conflictos que llaman santos. Todo ello surge de la misma ilusión: creer que la verdad está fuera, cuando en realidad habita en la mente que elige el Amor.

Cuando miramos con honestidad en nuestro interior, recordamos que la verdad es una: la Filiación de Dios permanece en perfecta Unidad. Esa es la única verdad. No existe otra, del mismo modo que no hay otro error que creer en la separación y en la identificación con el cuerpo, que solo sirve para percibir esa ilusión.

Puede parecer una idea simple, pero que sea simple no significa que sea fácil. Aceptar esta verdad implica para el ego —la identidad que creemos ser— el final de su existencia. Por eso la mente errada se resiste tanto a admitirla, pues percibe en ello su desaparición.

La tradición habla de la búsqueda del Santo Grial, símbolo que representa la sangre de Cristo y apunta a la verdad. Cristo —que es lo mismo que el Amor— es el Camino que nos conduce a esa verdad. Por eso la lección de hoy nos recuerda que la verdad se expresa a través de los milagros, que junto al perdón son la manifestación más pura del Amor.

Si deseamos encontrar la verdad, el camino más directo es reconocerla en cada uno de nuestros hermanos. Al verla en ellos, la aceptamos para nosotros y la conservamos, pues lo que damos es lo que recibimos.

Reflexión: El perdón es la vía directa para alcanzar la verdad.

Capítulo 25. II. El que te salva de las tinieblas (11ª parte).

 II. El que te salva de las tinieblas (11ª parte).


11.  Sois lo mismo, tal como Dios Mismo es Uno, al no estar Su Voluntad dividida. 2Y no podéis sino tener un solo propósito, puesto que Él os dio el mismo propósito a ambos. 3Su Voluntad se unifica a medida que unes tu voluntad a la de tu hermano, a fin de que se restaure tu plenitud al ofrecerle a él la suya. 4No veas en él la pecaminosidad que él ve, antes bien, hónrale para que puedas apreciarte a ti mismo así como a él. 5Se os ha otor­gado a cada uno de vosotros el poder de salvar, para que escapar de las tinieblas a la luz sea algo que podáis compartir, y para que podáis ver como uno solo lo que nunca ha estado separado ni excluido de todo el Amor de Dios, el cual Él da a todos por igual.

¿Qué nos enseña este pasaje?

Somos lo mismo, tal como Dios es Uno.
El texto afirma que, así como Dios no está dividido, nosotros tampoco lo estamos en lo esencial. Somos uno en la creación y compartimos la misma naturaleza divina.

Un solo propósito.
No podemos tener propósitos separados, porque Dios nos dio a todos el mismo propósito: extender Su amor y Su luz. Nuestra plenitud se restaura cuando unimos nuestra voluntad a la de nuestros hermanos, reconociendo que solo juntos podemos experimentar la totalidad.

Restaurar la plenitud a través de la unión.
La voluntad de Dios se unifica en nosotros cuando elegimos unirnos a nuestros hermanos, ofreciéndoles la plenitud que también deseamos para nosotros. Al honrar a los demás, nos honramos a nosotros mismos.

Ver más allá de la culpa.
El texto nos invita a no ver en nuestros hermanos la “pecaminosidad” que ellos mismos pueden ver, sino a honrarlos y reconocer su verdadera esencia. Al hacerlo, aprendemos a apreciarnos también a nosotros mismos.

El poder de salvar y compartir la luz.
A cada uno se nos ha otorgado el poder de salvar, es decir, de ayudar a otros a pasar de la oscuridad a la luz. Este proceso es compartido: solo juntos podemos ver lo que nunca ha estado separado ni excluido del Amor de Dios, que se nos da a todos por igual.

Aplicación práctica.

Recordad la unidad:
Durante el día, recordad que todos compartimos la misma esencia y el mismo propósito. Cuando surja un conflicto o una diferencia, repetid mentalmente:
“Somos uno en el Amor de Dios.”

Honrad a vuestros hermanos:
En vez de fijaros en los errores o limitaciones de los demás (o en los vuestros), elegid ver la luz y la inocencia que hay en cada uno.
“Elijo ver tu verdad, no tu error.”

Unid vuestra voluntad:
Buscad oportunidades para colaborar, apoyar y compartir con los demás, sabiendo que la plenitud solo se experimenta en la unión.

Compartid la luz:
Si alguien está pasando por un momento difícil, recordad que podéis ser un canal de luz y esperanza para esa persona. Al hacerlo, también os ilumináis a vosotros mismos.

En resumen: Este pasaje nos recuerda que la separación es solo una ilusión. Nuestra verdadera naturaleza es la unidad, y solo al unirnos y honrarnos mutuamente podemos experimentar la plenitud y el amor que Dios nos ha dado a todos por igual.

Ejercicio individual: Practicando la unidad y el propósito compartido.

Preparación:

  • Busca un momento de calma y siéntate cómodamente.
  • Respira profundo unas cuantas veces para centrarte.

Reflexión consciente:

  • Lee el pasaje 11 despacio, permitiendo que cada frase resuene en ti.
  • Reflexiona:
    • ¿Con quién sientes hoy más separación, juicio o distancia?
    • ¿En qué situaciones te olvidas de que compartes un solo propósito con los demás?

Visualización de unidad:

  • Cierra los ojos e imagina a esa persona (o grupo) con la que sientes distancia.
  • Visualízalos rodeados de la misma luz que te envuelve a ti.
  • Repite mentalmente:

“Somos uno en el Amor de Dios. Elijo ver tu verdad, no tu error.”

Afirmación de propósito compartido:

  • Recuerda que ambos (o todos) compartís el mismo propósito: extender el amor y la luz de Dios.
  • Di en voz baja o mentalmente:

“Nuestra plenitud se restaura cuando nos unimos. Honro tu esencia y la mía.”

Acción consciente:

  • Piensa en una pequeña acción que puedas realizar hoy para honrar la luz en esa persona o en los demás (puede ser un mensaje amable, un pensamiento de bendición, o simplemente dejar ir un juicio).

Cierre y gratitud:

  • Da gracias por la oportunidad de ver más allá de la separación.
  • Repite:

“Elijo compartir la luz y el amor que Dios nos da a todos por igual.”

Sugerencia para el día a día:

  • Cada vez que surja un conflicto o un pensamiento de separación, haz una pausa y repite: “Somos uno en el Amor de Dios”.
  • Recuerda que tu plenitud se restaura al unirte a los demás en el propósito de amar.