¿Qué me enseña esta lección?
La Lección 235 de Un Curso de Milagros, «Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve» (L-pII.235), me enseña que la salvación es un acto de Amor divino que descansa en la inocencia eterna del Hijo de Dios. Esta lección nos invita a aceptar la misericordia del Padre y a liberarnos de la creencia en el pecado y en la culpa, comprendiendo que ambas son ilusiones nacidas del error de la separación.
La creencia en el pecado y su consecuencia, la culpa, nos condiciona profundamente y nos hace partícipes de una visión errónea: la necesidad de perpetuar la idea de que cada vez que damos contraemos o generamos una deuda. Bajo este sistema de pensamiento, cada acto queda inscrito en un imaginario libro del “Debe y del Haber”. Sin embargo, el Curso nos recuerda una verdad fundamental: «Dar y recibir son en verdad lo mismo» (L-pI.108). En la realidad del Amor, no existe pérdida ni deuda, pues todo lo que se da se recibe simultáneamente.
Si observamos nuestro entorno, advertiremos que el propio sistema social refleja esta creencia arraigada y defendida por el ego. Cuando damos, esperamos recibir; y cuando recibimos, nos sentimos obligados a devolver. Incluso en gestos sencillos, como aceptar un regalo, surge la sensación de estar en deuda. Detrás de esta reacción se oculta la huella de la culpabilidad. Su origen radica en la creencia de que estamos separados unos de otros. No en vano, el llamado “pecado original” simboliza el tránsito ilusorio de la unidad hacia la separación.
Cada vez que nos relacionamos con nuestros hermanos, proyectamos sobre ellos nuestra propia sensación de culpa. Así, vemos en ellos el reflejo del pecado que creemos portar. Este mecanismo nos lleva a pensar que al dar estamos perdiendo algo, lo que refuerza la exigencia de compensación. No obstante, el Curso enseña que nuestras percepciones son proyecciones de la mente: «La proyección da lugar a la percepción» (T-13.V.3:5). Reconocer este principio nos permite deshacer la ilusión y restaurar la visión del Amor.
La creencia en la “deuda” ha dado lugar, en diversas tradiciones, a la idea de la reencarnación como medio de compensación. Sin embargo, desde la perspectiva del Curso, la salvación no consiste en pagar culpas, sino en aceptar la Expiación, que corrige el error sin castigo. Dios, en Su infinita misericordia, no exige reparación alguna, pues Su Hijo jamás ha pecado. Como afirma el Curso: «Tú estás, por lo tanto, a salvo, ya que el Hijo de Dios es inocente» (T-13.I.11:7).
Es hora de liberar nuestra conciencia de esta falsa creencia y de aceptar la misericordia que nuestro Padre nos dispensa, pues en ella reside nuestra salvación. Es hora de dar sin reclamar deuda alguna, reconociendo que al dar a los demás nos damos a nosotros mismos. Esta es la visión de la Unidad, basada en el Amor y no en el miedo.
Si hemos aceptado que Dios es nuestro Creador y que nos ha creado a Su Imagen y Semejanza, ¿cómo podríamos ver culpabilidad en nosotros? Hacerlo implicaría atribuírsela también a Él. Hoy acepto la verdad con gratitud: «No hay culpabilidad o pecado en mí, puesto que no los hay en Ti» (L-pII.235.2:3). En la misericordia de Dios encuentro mi redención, y en Su Amor eterno reconozco mi perfecta inocencia. Amén.
La lección 235 enseña que:
• La salvación ya ha sido dispuesta por Dios.
• El sufrimiento puede reinterpretarse.
• La Voluntad de Dios es felicidad.
• El Amor de Dios protege eternamente.
• La inocencia permanece intacta.
No es esfuerzo. Es aceptación.
PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:
Practicar la idea: “Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve”.
Y especialmente aplicar:
👉 “La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto”.
Cada vez que surge malestar.
Cada repetición disuelve el miedo, cambia la interpretación, fortalece la confianza y abre la paz
ASPECTOS PSICOLÓGICOS:
Esta lección transforma la relación con el dolor.
Normalmente, la mente reacciona, interpreta negativamente y se identifica con el sufrimiento.
Cuando se practica, disminuye la reactividad, aumenta la resiliencia, se reduce la ansiedad y aparece una sensación de protección interna.
Es una reeducación profunda de la percepción.
ASPECTOS ESPIRITUALES:
Espiritualmente, la lección afirma:
• Dios ya ha dispuesto la salvación del Hijo.
• La inocencia es inalterable.
• El Amor de Dios es envolvente.
• La Voluntad divina es perfecta.
Esto elimina completamente la idea de incertidumbre espiritual.
No estás intentando salvarte. Estás aceptando que ya lo estás.
INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:
Hoy:
- Observa cualquier situación que te perturbe.
- Di con firmeza interior: “La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto”.
- Permite que la percepción cambie.
- Recuerda que Dios quiere tu felicidad.
- Descansa en la idea de estar a salvo.
No necesitas entender cómo ocurre. Solo permitirlo.
❌ No negar emociones reales.
❌ No usar la frase como evasión.
❌ No forzar el cambio de percepción.
✔ Practicar con sinceridad.
✔ Permitir que la idea actúe.
✔ Confiar en el proceso.
La transformación aquí es natural, no impuesta.
RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:
La progresión continúa:
- 233: Entrega.
- 234: No hubo separación.
- 235: La salvación ya está garantizada
Esto lleva a un punto muy profundo: ya no hay esfuerzo por “llegar”, solo aceptación de lo que ya es.
CONCLUSIÓN FINAL:
La lección 235 es profundamente liberadora. Deshace la idea de que la vida es incierta o peligrosa en su esencia.
Nos recuerda que hay una Voluntad que ya ha dispuesto todo para nuestro bien.
Que no estamos a merced del caos. Que no estamos solos. Y que, más allá de toda apariencia… ya estamos a salvo.
✨ FRASE INSPIRADORA: “No necesito salvarme; solo necesito aceptar que ya he sido salvado”.
Ejemplo-Guía: “Si la Voluntad de Dios es que seamos felices, ¿por qué sufrimos?”
Si la Voluntad de Dios es que seamos felices, ¿por qué sufrimos? Esta pregunta ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos y resuena con especial profundidad en el corazón de quienes estudian Un Curso de Milagros. La respuesta no se encuentra en Dios, sino en la interpretación que hacemos de nuestra experiencia y en el uso que ejercemos de nuestra libertad.
En la vivencia del “sueño” que creo estar experimentando, he hecho real el papel de ser padre. La conciencia adquirida en esta experiencia me ha permitido comprender mejor la razón por la cual la Voluntad de Dios es que seamos felices. Puedo afirmar que, en conciencia de ego, mi felicidad parece depender de la felicidad de mi hijo. Sin embargo, esta afirmación revela algo más profundo: el reconocimiento de que soy el soñador del sueño y de que poseo la libre elección de decidir qué experiencia deseo vivir.
Más allá de esta reflexión, comprendo que mi felicidad no depende de la felicidad de mi hijo. La verdadera felicidad es un estado que acompaña al reconocimiento de la verdad. Tener la certeza de que somos seres espirituales, en plena comunión con nuestro Creador, nos conduce inevitablemente a la paz. Tal como enseña el Curso: «La Voluntad de Dios para mí es perfecta felicidad» (L-pI.101).
Mi voluntad es que mi hijo sea feliz, pero también recuerdo que yo he desempeñado el papel de hijo. A pesar de la guía amorosa y desinteresada de mi padre, no siempre he seguido sus orientaciones. En numerosas ocasiones elegí por mí mismo, y esa libre elección me llevó a experimentar dolor y sufrimiento. Comprendí entonces que, de haber seguido su guía, habría evitado dichas experiencias. Esta analogía nos ayuda a entender la relación entre Dios y Su Hijo.
Este ejemplo nos invita a reflexionar sobre el libre albedrío. Si Dios interviniera en nuestras decisiones erróneas, dejaríamos de ser verdaderamente libres. Él puede orientar y señalar el camino, pero no puede recorrerlo por nosotros. Desde esta visión, el error se convierte en una oportunidad para elegir de nuevo. Sin embargo, cuando creemos haber fallado, permitimos que la culpa se instale en nuestra mente, privándonos de la felicidad que nos corresponde por derecho divino.
El Amor es el camino, y Dios nos transmite Su Pensamiento desde la Fuente de la que emana la esencia del Amor. Todos somos Hijos del Amor. Cuando esta esencia queda oculta por el miedo, somos testigos de comportamientos que parecen dementes. Ante ellos, el ego nos incita a condenar. Pero el Espíritu Santo nos invita a perdonar. Como enseña el Curso: «El perdón es la llave de la felicidad» (L-pI.121).
Preguntémonos: ¿cómo nos gustaría ser tratados si en algún momento actuamos desde el miedo? Todo acto que tiene su causa en el miedo sólo puede ser salvado mediante una nueva elección cuya causa sea el Amor. El perdón sustituye al juicio y restablece la paz en la mente.
No obstante, aplicar estas enseñanzas en el mundo requiere un paso previo: perdonarnos a nosotros mismos. No podemos dar lo que no tenemos. No podemos liberar a otros si nos condenamos. La transformación comienza en nuestro interior, reconociendo que Dios, en Su infinita misericordia, dispone que seamos salvados.
La Lección 235 nos recuerda que el sufrimiento no es la Voluntad de Dios, sino el resultado de nuestras elecciones erróneas. Sin embargo, siempre tenemos la oportunidad de elegir de nuevo. Al aceptar el Amor como nuestra guía, recordamos que la felicidad es nuestro estado natural.
«Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve» (L-pII.235). Dios no desea nuestro sufrimiento, sino nuestra salvación. Y en ese reconocimiento hallamos la paz que siempre nos ha pertenecido.
Reflexión: ¿La felicidad se puede imponer?







