domingo, 15 de febrero de 2026

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 46

LECCIÓN 46

Dios es el Amor en el que perdono.

1. Dios no perdona porque nunca ha condenado. 2primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario. 3El per­dón es la mayor necesidad de este mundo, y esto se debe a que es un mundo de ilusiones. 4Aquellos que perdonan se liberan a sí mismos de las ilusiones, mientras que los que se niegan a hacerlo se atan a ellas. 5De la misma manera en que sólo te condenas a ti mismo, de igual modo, sólo te perdonas a ti mismo.

2. Pero si bien Dios no perdona, Su Amor es, no obstante, la base del perdón. 2El miedo condena y el amor perdona. 3El perdón, pues, des-hace lo que el miedo ha producido, y lleva de nuevo a la mente a la conciencia de Dios. 4Por esta razón, al perdón puede llamársele verdaderamente salvación. 5Es el medio a través del cual desaparecen las ilusiones.

3. Los ejercicios de hoy requieren por lo menos tres sesiones de práctica de cinco minutos completos, y el mayor número posible de las más cortas. 2Como de costumbre, comienza las sesiones de práctica más largas repitiendo la idea de hoy para tus adentros. 3Cierra los ojos mientras lo haces, y dedica un minuto o dos a explorar tu mente en busca de aquellas personas a quienes no has perdonado. 4No importa en qué medida no las hayas perdonado. 5O las has perdonado completamente o no las has perdonado en absoluto.

4. Si estás haciendo los ejercicios correctamente no deberías tener ninguna dificultad en encontrar un buen número de personas a quienes no has perdonado. 2En general, se puede asumir correctamente que cualquier persona que no te caiga bien es un sujeto adecuado. 3Menciona cada una de ellas por su nombre, y di:

4[Nombre], Dios es el Amor en el que te perdono.

5. El propósito de la primera fase de las sesiones de práctica de hoy es colocarte en una posición desde la que puedes perdonarte a ti mismo. 2Después que hayas aplicado la idea a todas las personas que te hayan venido a la mente, di para tus adentros:

3Dios es el Amor en el que me perdono a mí mismo.

4Dedica luego el resto de la sesión a añadir ideas afines tales como:

5Dios es el Amor con el que me amo a mí mismo.
6Dios es el Amor en el que me alzo bendecido.

6. El modelo a seguir en cada aplicación puede variar considerablemente, pero no se debe perder de vista la idea central. 2Podrías decir, por ejemplo:

3No puedo ser culpable porque soy un Hijo de Dios.
4Ya he sido perdonado.
5El miedo no tiene cabida en una mente que Dios ama.
6No tengo necesidad de atacar porque el amor me ha perdonado.

7La sesión de práctica debe terminar, no obstante, con una repetición de la idea de hoy en su forma original.

7. Las sesiones de práctica más cortas pueden consistir ya sea en una repetición de la idea de hoy en su forma original, o en una afín, según prefieras. 2Asegúrate, no obstante, de aplicar la idea de manera más concreta si surge la necesidad. 3Esto será necesa­rio en cualquier momento del día en el que te percates de cual­quier reacción negativa hacia alguien, tanto si esa persona está presente como si no. 4En tal caso, dile silenciosamente:

5Dios es el Amor en el que te perdono.

¿Qué me enseña esta lección?

Nada es real si está fuera de Dios.Y como nada puede estar fuera de Dios, lo único real es aquello que permanece en Él.

La Unidad no es un concepto poético, es la condición misma de la Realidad. Todo lo verdadero participa de esa Unidad, porque procede de la Mente de Dios y permanece en Ella. Nosotros, como Su Hijo, compartimos Su capacidad creadora; pero nuestras creaciones sólo serán reales cuando extiendan la Unidad, cuando den testimonio del Amor y no de la separación.

El ego, en cambio, es la identificación con la creencia en la separación. Desde esa percepción fragmentada, el mundo se convierte en un escenario de ataque y defensa. El ego ataca porque teme. Teme porque cree haber atacado. Se siente culpable y proyecta esa culpa fuera. Castiga y espera castigo. Se cree pecador y busca redimirse mediante el sufrimiento.

Pero aquí el Curso introduce una corrección radical: Dios no perdona porque nunca ha condenado.

Si Dios no ve pecado en Su Hijo, sino impecabilidad, entonces el perdón verdadero no puede consistir en “pasar por alto” un pecado real, sino en reconocer que el pecado nunca tuvo realidad.

¿A quién debo perdonar?  A veces creemos que debemos perdonar a determinadas personas: aquellas que “nos hicieron daño”. Cerramos los ojos y desfilan por nuestra mente rostros, escenas, heridas.Pero la lección nos invita a un giro interior más profundo, no es al otro a quien debemos perdonar, sino a nuestra percepción.

Es mi juicio condenatorio el que me mantiene prisionero. Es mi interpretación la que convierte un error en pecado. Es mi creencia en la separación la que fabrica la ofensa.

El Curso lo expresa con claridad:

“El Hijo de Dios debe corregir que la traición que cree haber cometido sólo tuvo lugar en ilusiones, y todos sus ‘pecados’ no son sino el producto de su propia imaginación. De hecho, su realidad es eternamente inmaculada. El Hijo de Dios no necesita ser perdonado, sino despertado. En sus sueños se ha traicionado a sí mismo, a sus hermanos y a su Dios. Mas lo que tiene lugar en sueños no tiene lugar realmente” (T-17.I.1:1-5).

El perdón, por tanto, no es indulgencia moral. Es despertar del sueño.

¿Puede el ego perdonar? Aquí surge una pregunta honesta. ¿Se puede perdonar desde la visión del ego?

El Curso responde sin ambigüedad: “Nadie puede perdonar un pecado que considere real” (T-27.II.2:4).

Si creo que el daño es real en el sentido absoluto, si creo que el otro ha cometido un pecado verdadero contra mí, entonces cualquier perdón será condescendencia, superioridad o represión.

Y el Curso lo desenmascara así:

“El perdón no es piedad, la cual no hace sino tratar de perdonar lo que cree que es verdad. El verdadero perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: ‘Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado’. Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa” (T-27.II.2:6-10).

Mientras haya dolor sostenido como realidad, el perdón no ha sido completo. Porque el verdadero perdón deshace la causa del dolor: la percepción errónea.

Tal vez te estés preguntando, ¿qué corrige el perdón? La respuesta es esta: El perdón corrige la percepción de separación.

“El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas” (T-3.V.9:1-2).

No corrige el comportamiento externo primero. Corrige la mente que interpreta.

El milagro —que el Curso define como expresión natural de perdón— es precisamente ese cambio de percepción. En el Principio 21 de los Milagros se nos recuerda que al extender el perdón aceptamos el perdón de Dios. No porque Dios nos estuviera condenando, sino porque dejamos de condenarnos a nosotros mismos.

Desde la perspectiva del ego, esta enseñanza puede producir miedo: ¿Debo pasar por alto el daño? ¿Debo tolerar la injusticia? ¿Debo negar el sufrimiento?

El Curso no propone negar la experiencia perceptiva, sino reinterpretarla. El error no se corrige atacándolo ni justificándolo, sino entregándolo al Espíritu Santo para que lo reinterprete.

Perdonar no es justificar el ataque. Es reconocer que el ataque procede de una mente que sueña. Y si el otro sueña, yo también. Por eso el perdón me libera a mí tanto como a él.

Perdonar es reconocer la impecabilidad eterna del Hijo de Dios, más allá de las imágenes del sueño.Perdonar es retirar el juicio condenatorio. Perdonar es no convertir el error en identidad. Perdonar es recordar que nada real puede ser amenazado.

La culpa exige castigo. El amor corrige.

Cuando el perdón es verdadero, trae curación. Si no sana a ambos, no ha sido completo. Porque el perdón auténtico restablece la Unidad.

Y en esa Unidad, descubrimos algo profundamente liberador: Nunca fuimos expulsados. Nunca fuimos condenados. Nunca dejamos de ser tal como Dios nos creó.

Propósito y sentido de la lección

El propósito de esta lección es deshacer la creencia de que el perdón es un acto personal, moral o psicológico. Hasta ahora, el ego ha sostenido otra premisa básica: “Yo decido a quién perdono y cuándo.”

Desde esa idea, el perdón se convierte en un esfuerzo, una concesión, un sacrificio, o una forma sutil de superioridad moral.

El Curso corrige esta visión mostrando que el perdón verdadero no procede del yo individual, sino del Amor de Dios. Si Dios es la Fuente, la Fortaleza, la Luz y la Mente, también es el Amor desde el que se perdona.

Esta lección no invalida la experiencia de perdonar, sino que corrige su origen.
No se trata de aprender a perdonar mejor, sino de reconocer desde dónde perdono.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el perdón deja de ser una tarea personal y se convierte en un efecto natural de la sanación.

Instrucciones prácticas:

La práctica conserva la simplicidad radical del Curso:

  • Aplicaciones breves y frecuentes a lo largo del día.
  • Uso inmediato cuando aparezcan:
    • resentimiento,
    • irritación,
    • juicio,
    • recuerdo de una ofensa,
    • sensación de haber sido tratado injustamente.

La lección no pide analizar el pasado ni justificar el daño, ni tampoco forzar un sentimiento de amor.

La práctica consiste en recordar la Fuente del perdón y permitir que la percepción sea reinterpretada.

No se nos pide que perdonemos “desde nuestra capacidad”, sino que dejemos de perdonar solos.

Aspectos psicológicos y espirituales:

Psicológicamente, esta lección confronta una creencia muy arraigada: “Perdonar es difícil porque lo que pasó fue real.”

Desde esta creencia, el perdón se vive como pérdida, renuncia o negación del dolor. El ego intenta perdonar sin sanar, y eso genera resistencia, culpa, agotamiento emocional, perdón parcial o condicionado.

Aceptar que Dios es el Amor en el que perdono tiene un efecto psicológico inmediato: la carga emocional disminuye, el recuerdo pierde fuerza y el conflicto deja de ser personal.

No porque se niegue la experiencia, sino porque ya no se la interpreta desde la culpa.

Espiritualmente, esta lección afirma una verdad central del Curso: El perdón no es un acto humano, sino una función del Amor.

Perdonar con Dios no significa excusar el error, sino reconocer que el error no tuvo efectos reales en la verdad. El perdón verdadero no juzga, no compara ni evalúa; simplemente deshace la ilusión de ataque.

Aquí se refuerza una enseñanza clave del Texto: el Espíritu Santo no nos pide que fabriquemos perdón, sino que retiremos la creencia en la culpa.

Cuando la mente deja de atribuir realidad al daño, el perdón surge sin esfuerzo.

Relación con el Curso:

La progresión sigue siendo clara y profundamente coherente:

  • 42 → Dios es mi fortaleza
  • 43 → Dios es mi Fuente
  • 44 → Dios es la Luz en la que veo
  • 45 → Dios es la Mente con la que pienso
  • 46 → Dios es el Amor en el que perdono

Después de corregir, desde dónde me sostengo, desde dónde veo, y desde dónde pienso, el Curso llega a una consecuencia inevitable: ¿desde dónde perdono?

Aquí se desmonta otra defensa esencial del ego, la idea de que el perdón es una decisión personal basada en el mérito o la gravedad de la falta.

Consejos para la práctica:

  • No intentar “sentir amor” por quien juzgas.
  • No forzar el perdón.
  • No usar el perdón como herramienta de control o superioridad.
  • No evaluar si “ya has perdonado”.

Aplicar la idea especialmente cuando surjan pensamientos como:

  • “No debería sentir esto”.
  • “Esto no es perdonable”.
  • “Aún me duele”.
  • “No puedo perdonar”.

La lección no pide que perdones mejor, sino que entregues el perdón al Amor que no juzga.

Conclusión final:

La Lección 46 enseña que el conflicto relacional no procede de lo que el otro hizo, sino de la creencia de que yo debo perdonar desde mi propio yo.

Cuando acepto que Dios es el Amor en el que perdono, el resentimiento pierde su fundamento, el juicio se disuelve, y la memoria deja de atacar.

Aquí el Curso consolida otra verdad liberadora: No tengo que aprender a perdonar, tengo que dejar de perdonar solo.

Y cuando el perdón deja de ser personal, la paz se extiende sin esfuerzo.

Frase inspiradora: Cuando no perdono desde mi miedo, sino desde el Amor que me sostiene, el perdón ocurre y la paz se revela”.


Ejemplo-Guía: "No puedo perdonar el daño que me han causado mis padres"

Esta afirmación nace de una herida que parece muy real. Y no se trata de negarla ni de minimizarla. El Curso nunca nos pide que reprimamos el dolor, sino que lo reinterpretamos.

Después de las lecciones anteriores, ya hemos comenzado a entrenar la mente para reconocer que lo que vemos es una percepción, no la realidad última. Hoy se nos invita a dar un paso más profundo: aplicar el perdón como medio de sanar la percepción.

Ante una experiencia como esta, la primera corrección no es hacia los padres, sino hacia la mente que interpreta el pasado como una ofensa real e irreversible.

El Curso nos recuerda que el perdón es la llave de la paz:

“¿Cuán dispuesto estás a perdonar a tu hermano? ¿Hasta qué punto deseas la paz en lugar de los conflictos interminables, el sufrimiento y el dolor? Estas preguntas son en realidad la misma pregunta, aunque formuladas de manera diferente. En el perdón reside tu paz, pues en él radica el fin de la separación y del sueño de peligro y destrucción, de pecado y muerte, de locura y asesinato, así como de aflicción y pérdida. Éste es el ‘sacrificio’ que pide la salvación, y, a cambio de todo ello, gustosamente ofrece paz” (T-29.VI.1:1-5).

Fíjate bien: la pregunta no es si el otro merece ser perdonado. La pregunta es cuánto deseas la paz.

Cuando digo: “No puedo perdonar el daño que me hicieron”, estoy afirmando tres cosas desde la mente del ego:

  1. Que el daño es absolutamente real.

  2. Que el otro es culpable.

  3. Que mi identidad está determinada por lo que ocurrió.

El perdón, según el Curso, no consiste en decir: “Sí, me dañaste, pero te perdono”. Eso sería piedad, no liberación. El verdadero perdón reconoce que lo que ocurrió pertenece al ámbito del sueño, no a la realidad eterna del Hijo de Dios. Y en ese reconocimiento se produce la sanación.

Si mi mente está sana, no negará lo que percibió, pero dejará de convertirlo en identidad. No verá ataque real, sino una petición de amor. No verá culpables, sino miedo.

Nuestros padres, como nosotros, actuaron desde el nivel de conciencia que creían real. Si actuaron desde el miedo, fue porque creían en el miedo. Si proyectaron culpa o dolor, fue porque vivían identificados con la separación.

Perdonar no es justificar comportamientos. Es retirar la condena. Y al retirarla, algo se libera en nosotros.

El Curso nos invita a mirar al hermano —en este caso, a los padres— con el deseo de verlo tal como es, no como el ego lo ha interpretado. Curar es hacer íntegro. Y no podemos sanar excluyendo partes de nuestra percepción.

Cuando perdono, no sólo libero a mis padres del papel de agresores; me libero a mí del papel de víctima. El ataque pierde su poder cuando dejo de sostenerlo como realidad.

Hay una promesa profundamente conmovedora en el Curso:

“¡Imagínate cuán hermosos te parecerán todos aquellos a quienes hayas perdonado! En ninguna fantasía habrás visto nunca nada tan bello. Nada de lo que ves aquí, ya sea en sueños o despierto, puede compararse con semejante belleza. (…) Pues gracias a ella podrás ver al Hijo de Dios. Contemplarás la belleza que el Espíritu Santo adora contemplar, y por la que le da gracias al Padre. Él fue creado para ver esto por ti hasta que tú aprendas a verlo por tu cuenta. Y todas Sus enseñanzas conducen a esa visión y a dar gracias con Él” (T-17.II.1:1-9).

Esta no es una metáfora poética. Es una descripción de lo que ocurre cuando la percepción se corrige. Donde antes veías dolor, ves inocencia. Donde antes veías herida, ves ignorancia. Donde antes veías culpa, ves miedo pidiendo amor. Y en ese instante, algo se reordena dentro de ti.

¿Y si todavía duele? Si aún duele, no te condenes por ello. El dolor no es fracaso espiritual; es señal de que todavía estás interpretando desde el pasado. El perdón no se impone. Se aprende.

Cada vez que el recuerdo aparezca, puedes elegir de nuevo: ¿quiero tener razón o quiero paz?

Perdonar a los padres es, en última instancia, aceptar que tu verdadera identidad no fue dañada. El cuerpo pudo haber experimentado dolor. La personalidad pudo haber sido herida. Pero el Hijo de Dios permanece intacto. Y cuando eliges ver eso, no sólo sanas la relación con tus padres. Sanás la relación contigo mismo.

Reflexión: ¿Cómo entiendes el perdón?