¿Qué me enseña esta lección?
La Lección 256 de Un Curso de Milagros, «Dios es mi único objetivo hoy» (L-pII.256), me enseña a recordar quién soy y cuál es el propósito de mi existencia. Me invita a dirigir mi mente hacia la verdad eterna y a reconocer que nada en este mundo puede ofrecerme la plenitud que anhela mi alma.
Hoy puedo proclamar, libremente, que soy una extensión de Dios, Su Hijo amado, creado en la eternidad. Esta afirmación, que en otro tiempo habría podido ser considerada una herejía, simboliza el despertar de la conciencia a su origen divino. No implica arrogancia ni separación, sino el reconocimiento de que somos una extensión del Amor de Dios, creados a Su semejanza. Como enseña el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94; L-pI.110).
Tomar conciencia de que estamos viviendo en un sueño nos permite expresar lo que verdaderamente somos. Esta comprensión nos otorga la certeza de que llegará el despertar definitivo, en el que nos reconoceremos en la plenitud de nuestra verdadera naturaleza.
Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo. Con ello, expreso mi voluntad de ser uno con todo lo creado. Declaro que mi único propósito es amar por encima de todas las cosas y cumplir la función que se me ha encomendado: perdonar allí donde antes percibí el pecado. Como afirma la lección: «La única manera de llegar a Dios aquí es mediante el perdón» (L-pII.256.1:1).
Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo; hoy sustituyo la culpa por el perdón, el miedo por el amor y el castigo por la Expiación. Sustituyo el sufrimiento por la dicha, la tristeza por la alegría y la desesperanza por la felicidad. Sustituyo la muerte por la vida, recordando que lo eterno no puede perecer.
Al orientar mi mente hacia Dios, abandono las ilusiones del ego y me acerco a la verdad que siempre ha habitado en mí. Esta lección me enseña que la paz no se alcanza mediante la búsqueda de metas mundanas, sino mediante la entrega a la Voluntad divina. En esa entrega descubro la libertad y la certeza de que «Nada real puede ser amenazado. Nada irreal existe» (T-In.2:2-3).
Hoy proclamo que Dios es mi único objetivo; hoy sustituyo mi falsa identidad, el cuerpo, por mi verdadero Ser, el Espíritu. Hoy retorno a mi Hogar, el Cielo, y dejo atrás el mundo del apego y de la ilusión. Como recuerda la propia lección: «Dios es nuestro objetivo, y el perdón, el medio por el que nuestras mentes por fin regresan a Él» (L-pII.256.1:9).
En esta elección encuentro la paz.
En esta certeza encuentro la verdad.
Y en este recuerdo, reconozco que soy eternamente uno con Dios (L-pI.124).
SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:
La lección 256 enseña que:
- Dios es el único objetivo real.
- El perdón es el único medio para recordarlo.
- El conflicto surge de valorar el pecado.
- El mundo es una percepción que puede reinterpretarse.
- El perdón transforma la experiencia completamente.
No es complejidad espiritual. Es alineación total.
PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:
Practicar la idea: “Dios es mi único objetivo hoy”.
Cada repetición centra la mente, reduce la dispersión, debilita los objetivos del ego y fortalece la dirección interna.
No es renuncia forzada, es claridad de propósito.
ASPECTOS PSICOLÓGICOS:
Esta lección trabaja sobre la dispersión mental y la multiplicidad de objetivos.
Cuando tienes muchos objetivos aparece ansiedad, surge confusión, se pierde dirección y aumenta la insatisfacción.
Cuando hay un solo objetivo, la mente se simplifica, se reduce el conflicto interno, aumenta la claridad y aparece coherencia.
No porque “hagas más”, sino porque dejas de dividirte.
ASPECTOS ESPIRITUALES:
Espiritualmente, esta lección afirma que Dios no está lejos, la separación es una ilusión, el perdón restaura la conciencia de unidad y el camino ya está dado.
Y revela algo profundamente tranquilizador: No tienes que encontrar a Dios, sólo dejar de valorarlo que no es verdad.
El perdón no crea el camino… lo despeja.
INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:
Hoy:
- Observa cualquier meta, preocupación o conflicto.
- Reconoce la dispersión de la mente.
Y entonces, “Dios es mi único objetivo hoy”.
Después, ante cualquier situación:
- “¿Estoy eligiendo el perdón aquí?”
- “¿Estoy viendo desde el juicio o desde la verdad?”
No necesitas resolver nada más, sólo volver al objetivo.
ADVERTENCIAS IMPORTANTES:
❌ No interpretar esto como rechazo del mundo.
❌ No usar la idea para evitar responsabilidades.
❌ No convertirlo en rigidez espiritual.
✔ Usar el objetivo como orientación interna.
✔ Integrar el perdón en lo cotidiano.
✔ Permitir que la práctica sea natural.
El Curso no te pide abandonar el mundo, te enseña a verlo de otra manera.
RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:
La progresión se vuelve completamente coherente:
- 252 → Sé lo que soy.
- 253 → Reconozco mi poder.
- 254 → Escucho la verdad.
- 255 → Elijo la paz.
- 256 → Me enfoco completamente.
Ahora ya no hay dispersión. Sólo dirección.
CONCLUSIÓN FINAL:
La Lección 256 es profundamente liberadora:
No necesitas múltiples caminos.
No necesitas resolver mil cosas.
No necesitas buscar respuestas complejas.
Sólo necesitas recordar tu objetivo. Y permitir que el perdón te guíe hacia él.
Y cuando esto se simplifica en tu mente, todo se vuelve más claro
todo se vuelve más ligero. Porque dejas de dividirte y comienzas a caminar en una sola dirección.
FRASE INSPIRADORA: “Cuando mi objetivo es uno, mi mente descansa y el camino se vuelve claro”.
Ejemplo-Guía: “Soy Dios en formación”
Sí, es una manera de expresarlo. Podría haber prescindido del término “formación”, pues, en verdad, soy el Hijo de Dios; por lo tanto, no puedo ser diferente del Ser que me ha creado. Sin embargo, esta expresión adquiere sentido dentro del sueño, ya que facilita la comprensión del sistema de pensamiento del ego. Nos ayuda a reconocer que estamos inmersos en un proceso de aprendizaje cuyo único propósito es recordar nuestra verdadera identidad.
El uso de la palabra “formación” resulta adecuado en el mundo de la percepción, pues simboliza el camino que recorremos hacia el despertar. La única enseñanza que necesitamos adquirir es aquella que nos conduce a reconocer que somos Hijos de Dios y que somos uno con toda la Creación. Como afirma el Curso: «Soy tal como Dios me creó» (L-pI.94; L-pI.110).
Cuando nuestro objetivo nos lleva a creer en un mundo diferente al de Dios, hacemos real la ilusión. Nada puede existir en realidad si está fuera de la Mente divina. Todo lo que se encuentra en ella es eterno e inmutable; esa es la señal de lo verdadero. Por ello, el mundo fabricado por la mente separada y al que se le ha otorgado realidad no es más que una ilusión pasajera, sujeta a las leyes del tiempo y del cambio.
Las experiencias extraídas del mundo de la percepción nos muestran que todo en el plano físico está sometido a la transformación. El sistema de pensamiento del ego acepta que nada permanece en su estado original. Dichos populares como «No hay mal que por cien años dure» o «Siempre que llovió, escampó» reflejan esta transitoriedad. Sin embargo, seguimos otorgando realidad a lo vivido, especialmente a las experiencias dolorosas, al aferrarnos al pasado. Olvidamos que lo que ha pasado ya no existe y que sólo el presente puede ser usado por el Espíritu Santo para sanar nuestra percepción.
Si nuestro propósito es Dios, el tiempo deja de tener el significado que el ego le había dado. Vivimos entonces orientados hacia el instante presente, una dimensión que nos permite vislumbrar la eternidad. Cuando dirigimos nuestra mente hacia Él, nuestra visión trasciende la apariencia del cuerpo y reconoce la poderosa fuerza del Espíritu. Más allá del pecado, vemos la inocencia; más allá de la culpa, la impecabilidad; más allá de la ilusión, la verdad.
Si nuestro propósito es Dios, elegimos el perdón como práctica constante. Elegimos vivir en un estado de paz permanente y extender la esencia con la que hemos sido creados: la fuerza del Amor. Este es el propósito que la Lección 257 nos invita a recordar: «Que no me olvide de mi propósito» (L-pII.257).
La lección nos recuerda que, si olvidamos nuestro objetivo, no podremos sino sentirnos confundidos acerca de quiénes somos. Por eso nos invita a recordar lo que realmente queremos, para unificar nuestros pensamientos y nuestras acciones en una misma dirección (L-pII.257.1:1-4).
Proclamar que somos “Dios en formación” no implica arrogancia, sino la aceptación de nuestra naturaleza divina en proceso de reconocimiento. No estamos convirtiéndonos en lo que no somos; estamos recordando lo que siempre hemos sido.
El medio elegido para este regreso es el perdón. Así lo expresa la oración de la lección: «Padre, el perdón es el medio que Tú has elegido para nuestra salvación» (L-pII.257.2:1). Por medio del perdón dejamos de sostener objetivos contradictorios y permitimos que nuestra voluntad recuerde que no está separada de la Voluntad de Dios.
Hoy recuerdo cuál es mi propósito.
Hoy elijo el perdón como camino de regreso.
Hoy acepto que soy Su Hijo y que, en Su Amor, permanezco eternamente.
Reflexión: ¿Cómo perdonas?

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