miércoles, 22 de octubre de 2025

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 295

LECCIÓN 295

El Espíritu Santo ve hoy a través de mí.

1. Hoy Cristo pide valerse de mis ojos para así redimir al mundo. 2Me pide este regalo para poder ofrecerme paz mental y eliminar todo terror y pesar. 3Y a medida que se me libra de éstos, los sueños que parecían envolver al mundo desaparecen. 4La redención es una. 5Al salvarme yo, el mundo se salva conmigo. 6Pues todos tenemos que ser redimidos juntos. 7El miedo se presenta en múltiples formas, pero el amor es uno.

2. Padre mío, Cristo me ha pedido un regalo, regalo éste que doy para que se me dé a mí. Ayúdame a usar los ojos de Cristo hoy, y permitir así que el Amor del Espíritu Santo bendiga todo cuanto contemple, de modo que la compasión de Su Amor pueda descender sobre mí.

¿Qué me enseña esta lección?

Esta lección me enseña que no veo verdaderamente cuando miro con los ojos del cuerpo. Los ojos del cuerpo sólo me muestran formas, distancias, diferencias y límites. Me muestran un mundo separado, compuesto por cuerpos separados, aparentemente unidos o enfrentados según sus intereses, sus deseos, sus miedos y sus historias.

Pero esa mirada no es visión. Es percepción.

La percepción del ego nace de la creencia en la separación. Por eso no puede mostrarme la verdad. Allí donde Dios creó unidad, el ego ve fragmentos. Allí donde Dios creó inocencia, el ego ve culpa. Allí donde Dios creó amor, el ego ve miedo. Y al tomar esa percepción como si fuera real, la mente queda atrapada en un mundo que parece confirmar constantemente su error.

Ver con los ojos del cuerpo me lleva a identificarme con el cuerpo. Si creo que soy una forma física, veré en mis hermanos otras formas físicas. Si creo que mi identidad depende de una imagen, juzgaré a los demás por sus imágenes. Si creo que soy vulnerable, percibiré amenazas. Si creo que estoy separado, buscaré defensa.

Así se refuerza el sistema del ego.

El ego necesita el cuerpo porque el cuerpo parece demostrar que la separación es real. Parece decirme: “aquí terminas tú y ahí empieza tu hermano”. Parece establecer fronteras, diferencias, intereses privados y necesidades particulares. Y desde esa identificación, el mundo se convierte en un escenario de miedo, pecado, culpa, castigo, conflicto, enfermedad, sacrificio y muerte.

Pero la lección nos ofrece una alternativa radical: “Hoy Cristo pide valerse de mis ojos para así redimir al mundo” (L-pII.295.1:1). Esta frase transforma por completo el propósito de mirar. Ya no miro para juzgar. Ya no miro para confirmar lo que el ego cree. Ya no miro para separar, comparar o condenar. Ofrezco mis ojos a Cristo para que Él mire a través de mí.

No se me pide que fabrique una visión espiritual por mi cuenta. Se me pide que entregue mi manera de ver.

Cuando Cristo se vale de mis ojos, la percepción errónea comienza a ser reemplazada por una percepción verdadera. El cuerpo sigue pareciendo estar ahí, el mundo sigue mostrando formas, pero el propósito de la mirada cambia. Ya no veo cuerpos como identidades separadas, sino hermanos que comparten conmigo una misma realidad en Dios. Ya no veo enemigos ni extraños, sino llamados al amor o expresiones del amor.

El Texto nos recuerda que no debemos intentar alcanzar la visión valiéndonos de los ojos, pues nuestra manera de ver fue inventada para ver en la oscuridad. Más allá de esa oscuridad, dentro de nosotros, se encuentra la visión de Cristo, cuya visión emana del amor y no del miedo. Esa es la mirada que hoy se nos invita a aceptar.

Podemos imaginar a alguien que contempla un paisaje a través de un cristal empañado. Todo aparece borroso, distorsionado y gris. Puede pensar que el mundo es así, que no hay claridad, que las formas son confusas y que nada puede verse con nitidez. Pero el problema no está en el paisaje. Está en el cristal.

Así ocurre con la percepción del ego. No nos muestra la realidad, sino una interpretación empañada por el miedo. El Espíritu Santo no necesita cambiar la realidad; sólo necesita limpiar nuestra manera de verla.

La lección dice que Cristo pide este regalo “para poder ofrecerme paz mental y eliminar todo terror y pesar” (L-pII.295.1:2). Esto significa que al entregar mi visión, soy yo quien recibe el regalo. Creía que ofrecía mis ojos para bendecir al mundo, pero descubro que, al permitir que Cristo mire a través de mí, mi mente se libera del miedo que proyectaba sobre el mundo.

Lo que doy, lo recibo.

Si miro con juicio, recibo un mundo juzgado. Si miro con miedo, recibo un mundo amenazante. Si miro con culpa, recibo un mundo culpable. Pero si permito que el Espíritu Santo mire a través de mí, lo que contemplo queda bendecido, y esa bendición regresa a mi propia mente.

La redención no es individual. La lección afirma: “La redención es una. Al salvarme yo, el mundo se salva conmigo” (L-pII.295.1:4-5). Esta enseñanza deshace la falsa idea de una salvación privada. No puedo sanar mi percepción y seguir viendo a mis hermanos como separados de mí. No puedo aceptar la inocencia para mí y negársela a ellos. No puedo recibir la visión de Cristo y conservar una lista de excepciones.

Todos tenemos que ser redimidos juntos.

Esto no significa que todos los cuerpos tengan que cambiar al mismo tiempo, ni que todas las personalidades tengan que comportarse de una manera determinada. Significa que, en mi mente, nadie puede quedar fuera del Amor si deseo recordar la verdad. Cada hermano que excluyo se convierte en un testigo de mi propia separación. Cada hermano que bendigo se convierte en un testigo de mi regreso.

El miedo se presenta en múltiples formas, pero el Amor es uno (L-pII.295.1:7). Esta frase nos ayuda a comprender la diversidad de experiencias del mundo. El miedo parece adoptar miles de rostros: enfermedad, pérdida, conflicto, culpa, ataque, inseguridad, soledad, muerte. Pero todas esas formas tienen una misma raíz: la creencia en la separación.

El Amor, en cambio, no se divide.

Ver con los ojos del Espíritu Crístico es contemplar más allá de las formas del miedo. Es reconocer inocencia donde el ego veía pecado. Es ofrecer perdón donde antes había juicio. Es descubrir salvación donde antes parecía haber conflicto. Es permitir que la dicha, la bondad, la curación, la paz, la armonía y la verdadera vida ocupen el lugar que el ego había dado a la oscuridad.

El cuerpo, entonces, deja de ser un obstáculo y se convierte en un medio. El Texto enseña que, para el Espíritu Santo, el cuerpo es únicamente un medio de comunicación. El ego separa mediante el cuerpo, pero el Espíritu Santo llega a otros a través de él. Por eso mis ojos, mis palabras, mis manos y mi presencia pueden ser utilizados de otra manera: no para afirmar la separación, sino para extender unión.

Hoy Cristo me pide un regalo.

Me pide mis ojos. Me pide mi disposición a mirar de otra manera. Me pide que deje de usar la vista para condenar al mundo que fabriqué. Me pide que permita al Amor del Espíritu Santo bendecir todo cuanto contemple.

Y al darle este regalo, descubro que se me da a mí.

Ahora que comienzo a recordarlo, puedo mirar a mis hermanos con mayor humildad. Puedo reconocer que no sé lo que son si los miro con los ojos del cuerpo. Puedo pedir que mi percepción sea corregida. Puedo dejar de hacer reales las formas del miedo. Puedo permitir que Cristo vea por mí.

Hoy el Espíritu Santo ve a través de mí.

No para mostrarme un mundo de cuerpos separados, sino para revelarme un mundo bendecido por el perdón. No para confirmar el miedo, sino para recordarme que el Amor es uno. No para reforzar la ilusión, sino para ayudarme a despertar de ella.

Y hoy estoy dispuesto a ofrecer mis ojos a Cristo para que todo cuanto contemple sea bendecido por el Amor.

Reflexión: ¿Estoy mirando hoy con los ojos del cuerpo o con la visión de Cristo? ¿Qué formas del miedo sigo considerando reales: culpa, enfermedad, conflicto, castigo o muerte? ¿Veo en mis hermanos cuerpos separados o la misma Filiación que comparto con ellos? ¿Estoy dispuesto a entregar mi manera de ver para que el Espíritu Santo mire a través de mí? ¿Podría permitir hoy que el Amor bendiga todo cuanto contemplo y reconocer que, al salvarme yo, el mundo se salva conmigo?

SENTIDO GENERAL DE LA LECCIÓN:

La lección 295 enseña que al permitir que el Espíritu Santo vea a través de nosotros, nuestra percepción se convierte en un medio de redención para todos.

Ver correctamente es sanar.

PROPÓSITO DE LA LECCIÓN:

Practicar la idea: “El Espíritu Santo ve hoy a través de mí”.

Cada repetición afloja el control del ego, disuelve el juicio y permite una percepción más amorosa y unificada.

No es cambiar lo que ves. Es cambiar quién está viendo.

ASPECTOS PSICOLÓGICOS:

Esta lección trabaja sobre el juicio automático, la interpretación constante y la tendencia a percibir amenaza.

La mente suele etiquetar, comparar y reaccionar.

Aquí se introduce una pausa. Y en esa pausa, surge otra forma de ver.

Más abierta, menos reactiva, más compasiva. No porque el mundo cambie. Sino porque dejas de filtrarlo a través del miedo.

ASPECTOS ESPIRITUALES:

El Curso enseña que la visión verdadera no es personal.

El Espíritu Santo ve sin distorsión, sin pasado, sin juicio.

Cuando permites esa visión, te alineas con una percepción que refleja la verdad.

Y esa verdad no excluye. Abraza todo.

La redención no ocurre en partes. Es una sola experiencia compartida.

INSTRUCCIONES PRÁCTICAS:

Hoy, observa cualquier situación donde surja juicio o incomodidad.

Antes de reaccionar, recuerda suavemente: “El Espíritu Santo ve esto a través de mí”.

Puedes acompañarlo con:

  • “No necesito interpretar esto”.
  • “Puedo ver esto con amor”.
  • “Permito otra visión”.

Haz pequeñas pausas.

Y deja espacio para que algo distinto aparezca.

ADVERTENCIAS IMPORTANTES:

No forzar una visión “perfecta”.
No negar lo que sientes.
No usar la lección como evasión.

Permitir el cambio de percepción.
Aplicarla con suavidad.
Confiar en el proceso.

Esto no es reemplazar una idea por otra. Es abrir la percepción.

RELACIÓN CON EL PROCESO DEL CURSO:

285 → Mi santidad define lo que experimento.
286 → No tengo que hacer nada.
287 → Sólo Dios es mi meta.
288 → Mi hermano es el camino.
289 → El pasado no tiene poder.
290 → La felicidad es lo único real.
291 → Permito ver con la visión de Cristo.
292 → El final ya está asegurado.
293 → El miedo no está aquí.
294 → No soy el cuerpo.
295 → No veo por mi cuenta.

La progresión se vuelve profundamente transparente: Reconoces tu santidad. Descansas. Te alineas. Te unes. Sueltas el pasado. Ves la felicidad. Permites otra visión. Confías en el final. Sueltas el miedo. Dejas de identificarte con el cuerpo. Y ahora… dejas de ver solo.

Y en esa entrega… todo se vuelve claro.

CONCLUSIÓN FINAL:

La Lección 295 no te pide que veas mejor. Te invita a dejar de ver por tu cuenta.

Hay una visión en ti que no juzga, no teme y no separa.

Y cuando permites que mire… todo se transforma sin esfuerzo.

FRASE INSPIRADORA: “No veo solo; el amor mira a través de mí”.


Ejemplo-Guía: Ver con los ojos del cuerpo es estar ciego.

La afirmación puede parecer dura. ¿Cómo vamos a estar ciegos si los ojos del cuerpo funcionan, si vemos formas, colores, rostros, paisajes, diferencias, movimientos y escenas? ¿Cómo llamar ceguera a lo que, para el mundo, es precisamente la capacidad de ver?

Sin embargo, Un Curso de Milagros no está hablando de una limitación física.

Está hablando de una percepción errada.

Los ojos del cuerpo pueden estar abiertos y, aun así, la mente puede no ver nada real. Puede captar formas y no reconocer contenido. Puede mirar cuerpos y no reconocer al Hijo de Dios. Puede distinguir diferencias y no percibir la Unidad. Puede ver gestos, palabras y conductas, y seguir completamente ciega al Amor que permanece más allá de toda apariencia.

Ésta es la ceguera de la percepción separada.

El cuerpo, como hemos aprendido, es neutral. No decide lo que vemos. No interpreta. No da significado. Es simplemente un instrumento, un mensajero, un medio que la mente puede usar según el maestro que haya elegido. Si la mente escucha al ego, los ojos del cuerpo servirán para confirmar diferencias, amenazas, carencias y ataques. Si la mente escucha al Espíritu Santo, esos mismos ojos serán entregados a Cristo para bendecir lo que contemplan.

Por eso la lección 295 nos ofrece una práctica tan luminosa: “El Espíritu Santo ve hoy a través de mí”. Y en ella Cristo nos pide valerse de nuestros ojos para redimir al mundo, ofrecernos paz mental y eliminar todo terror y pesar. La redención es una, porque al salvarme yo, el mundo se salva conmigo; el miedo se presenta en muchas formas, pero el amor es uno.

Qué cambio tan profundo.

No se trata de cerrar los ojos al mundo, sino de abrir la mente a otra visión.

El ego mira y juzga. Mira y compara. Mira y clasifica. Mira y acusa. Mira y convierte todo en prueba de separación. Ve cuerpos distintos y concluye que hay seres separados. Ve errores y concluye que hay culpables. Ve sufrimiento y concluye que Dios está ausente. Ve enfermedad y concluye que el cuerpo es real. Ve muerte y concluye que la vida ha sido vencida.

Pero la visión de Cristo no mira desde el miedo.

Mira desde el Amor.

El Texto nos recuerda que, al contemplar con claridad el mundo que nos rodea, descubrimos que estamos sumergidos en la demencia: vemos lo que no está ahí, oímos lo que no emite sonido, no nos comunicamos verdaderamente y, dondequiera que se posa nuestra mirada, no vemos más que nuestra mente dividida.

Ésta es una descripción muy exacta del modo de ver del ego.

No vemos el mundo tal como es. Vemos nuestro miedo proyectado. Vemos nuestras culpas disfrazadas. Vemos nuestras defensas convertidas en escenas externas. Vemos nuestros deseos de separación representados por cuerpos que parecen competir, poseer, atacar, perder y morir.

Entonces creemos estar viendo.

Pero sólo estamos proyectando.

Por eso, ver con los ojos del cuerpo es estar ciego cuando esos ojos están al servicio del ego. No porque el órgano físico sea malo, sino porque la mente ha elegido usarlo para confirmar una mentira. Ha fabricado una manera de ver que sirve para mirar en la oscuridad y, al hacerlo, se engaña.

El Curso lo expresa con claridad: “No intentes alcanzar la visión valiéndote de los ojos”, porque esa manera de ver fue inventada para ver en la oscuridad. Más allá de esa oscuridad, pero todavía dentro de nosotros, se encuentra la visión de Cristo, que contempla todo en la luz.

Aquí está la diferencia esencial.

Los ojos del cuerpo ven formas.

La visión de Cristo ve contenido.

Los ojos del cuerpo ven cuerpos.

La visión de Cristo ve inocencia.

Los ojos del cuerpo ven diferencias.

La visión de Cristo reconoce la unidad.

Los ojos del cuerpo ven historias separadas.

La visión de Cristo contempla una sola Filiación.

Si miro a mi hermano con los ojos del cuerpo, veré su personalidad, su edad, su carácter, sus errores, sus reacciones, su historia, sus gestos y sus palabras. Veré aquello que puede irritarme, decepcionarme o atraerme. Veré lo que me conviene o lo que me amenaza. Veré un cuerpo separado del mío.

Pero si permito que el Espíritu Santo vea a través de mí, mi hermano deja de ser una forma que juzgo y se convierte en una oportunidad de redención.

Ya no lo miro para condenarlo.

Lo miro para recordar.

Entonces sus errores no son pruebas de pecado, sino peticiones de amor. Sus defensas no son ataques reales, sino señales de miedo. Su cuerpo no es su identidad, sino una forma temporal dentro del sueño. Su presencia ante mí no es casual: es una invitación a reconocer la realidad que compartimos.

El Curso afirma que sólo podemos experimentar dos emociones: una la inventamos nosotros y la otra se nos dio. De esas dos maneras de ver surgen dos mundos distintos. A través de la visión de Cristo, Él contempla en nosotros al inocente Hijo de Dios, cuyo fulgor perfecto no puede ser atenuado por nuestros sueños.

Esto significa que cada mirada es una elección.

Puedo mirar desde el miedo o desde el Amor.

Puedo mirar desde el ego o desde el Espíritu Santo.

Puedo mirar para confirmar la separación o para recordar la unidad.

La práctica de esta lección no consiste en repetir que “todo es luz” mientras seguimos juzgando internamente. Consiste en detenernos justo cuando la mirada del ego se activa y pedir otra visión. Cuando vea un cuerpo que me atrae o me repele, puedo recordar: “No quiero usar mis ojos para reforzar la separación”. Cuando vea enfermedad, puedo pedir: “Ayúdame a no confundir esta apariencia con la verdad”. Cuando vea conflicto, puedo decir: “Espíritu Santo, mira esto por mí”. Cuando vea culpa, puedo recordar: “Aquí falta visión, no condena”.

Poco a poco, la mirada cambia.

No porque el mundo externo se transforme de inmediato, sino porque cambia el propósito con el que lo miro. Los ojos siguen viendo formas, pero la mente ya no se somete a ellas. Los cuerpos siguen pareciendo distintos, pero la mente empieza a reconocer que las diferencias no pueden destruir la unidad. Las escenas del sueño continúan apareciendo, pero ya no tienen el mismo poder para ocultar la luz.

La visión no niega el mundo.

Lo perdona.

Y al perdonarlo, deja de utilizarlo como prueba contra Dios.

Hoy puedo ofrecer mis ojos a Cristo. Puedo permitir que el Espíritu Santo bendiga todo cuanto contemple. Puedo dejar de mirar para juzgar y empezar a mirar para sanar. Puedo reconocer que no sé ver por mí mismo, porque cuando veo solo con el cuerpo, no veo realmente.

Hoy no quiero seguir ciego ante la luz de mis hermanos.

Hoy no quiero ver cuerpos donde Dios creó inocencia.

Hoy no quiero mirar desde el miedo y llamar realidad a mis propias sombras.

Hoy elijo que el Espíritu Santo vea a través de mí.

Y cuando Él vea, yo aprenderé a ver también.

Reflexión: "Al salvarme yo, el mundo se salva conmigo". 

No hay comentarios:

Publicar un comentario