292 → El final ya está asegurado.
293 → El miedo no está aquí.
294 → No soy el cuerpo.
295 → No veo por mi cuenta.
296 → No hablo por mi cuenta.
297 → Doy lo que quiero recibir.
298 → Acepto el amor sin miedo.
299 → Soy tal como Dios me creó.
300 → El tiempo no me define.
301 → No juzgo, y por eso soy libre.
302 → La luz reemplaza la ilusión de oscuridad.
303 → Reconozco a Cristo como mi Ser.
304 → Dejo de proyectar y veo con claridad.
305 → La paz se revela al soltar el juicio.
306 → Elijo una sola cosa.
307 → Y al elegir una sola voluntad… el conflicto desaparece.
Ejemplo-Guía: ¿Es normal tener altibajos en el proceso del despertar?
La pregunta nos resulta muy cercana. ¿Es normal tener altibajos en el proceso del despertar? ¿Es normal sentir días de claridad y, poco después, volver a caer en el miedo, la duda, el juicio o la culpa? ¿Es normal sentirnos inspirados por la enseñanza y, al mismo tiempo, descubrir que una parte de nosotros sigue aferrada al viejo sistema de pensamiento?
Sí, es normal.
Pero no porque los altibajos sean nuestra verdad, sino porque todavía estamos aprendiendo a elegir una sola meta.
El ego utiliza los altibajos para acusarnos. Nos dice: “ves, no estás avanzando”. “Sigues igual”. “No eres coherente”. “Has leído mucho, pero todavía reaccionas”. Y entonces, sobre el movimiento natural del aprendizaje, colocamos una capa añadida de culpa. Nos juzgamos por tener miedo, nos condenamos por dudar y convertimos cada caída en una prueba contra nosotros.
Ahí construimos nuestra propia cárcel.
Y entregamos las llaves al miedo.
Pero Un Curso de Milagros no nos invita a castigarnos por los altibajos, sino a comprender su causa. La lección 307 nos ofrece una clave directa: “Abrigar deseos conflictivos no puede ser mi voluntad”. Y en su oración afirma: “Padre, Tu Voluntad es la mía, y nada más lo es”; sólo la Voluntad de Dios puede hacernos felices, porque sólo Su Voluntad existe.
Aquí está el centro del asunto.
Los altibajos aparecen cuando aún queremos dos cosas a la vez.
Queremos la paz, pero también queremos tener razón. Queremos perdonar, pero también conservar el agravio. Queremos confiar en Dios, pero también controlar el resultado. Queremos despertar, pero también proteger nuestros ídolos. Queremos ver el mundo real, pero seguimos otorgando valor al mundo que fabricamos.
No es que el despertar sea inestable.
Es que nuestra decisión todavía fluctúa.
Cuando aceptamos nuestra misión de extender paz, hallamos paz, porque al manifestarla la vemos. El Texto dice que nuestra decisión determinará lo que veamos, y que lo que veamos dará testimonio de nuestra decisión.
Ésta es una enseñanza preciosa y, al mismo tiempo, muy práctica.
Si un día veo testigos de amor, unión y confianza, no es porque el mundo se haya vuelto perfecto, sino porque mi mente ha invitado otra visión. Si otro día sólo veo amenazas, injusticias, motivos de defensa o razones para desanimarme, no es porque la verdad haya desaparecido, sino porque he elegido otro guía.
Vemos los testigos de aquello que hemos invitado.
Por eso el Texto nos recuerda que, antes de mirar afuera, tenemos que mirar adentro. Allí elegimos al guía cuya visión deseamos compartir; después miramos afuera y contemplamos sus testigos. Siempre encontramos lo que buscamos, porque lo que deseamos para nosotros es lo que manifestamos y aceptamos del mundo.
Esto explica nuestros altibajos con mucha claridad.
No son castigos.
No son fracasos.
No son señales de que el Curso no funcione.
Son indicadores de que aún estamos aceptando objetivos conflictivos.
El ego quiere que nos avergoncemos de esto. El Espíritu Santo quiere que lo miremos sin miedo. Porque sólo lo que se mira con honestidad puede ser entregado. Si oculto mi conflicto, lo protejo. Si lo justifico, lo alimento. Si lo llevo a la luz, empieza a deshacerse.
Imaginemos un día cualquiera. Me levanto con buena disposición. Hago mi práctica, recuerdo la lección, siento paz. Pero más tarde alguien me responde mal, surge un imprevisto o aparece una preocupación. De pronto, lo que parecía claro se nubla. Me siento atacado. Reacciono. Juzgo. Pierdo la paz. Después llega la culpa: “otra vez he fallado”.
Éste es el momento decisivo.
Puedo usarlo para reforzar al ego o para elegir de nuevo.
Si me condeno, sigo dentro del mismo sistema de pensamiento. Si me castigo por haber perdido la paz, no estoy volviendo a la paz, sino haciendo real el error. Pero si observo lo ocurrido con mansedumbre, puedo decir: “He elegido un deseo conflictivo. Una parte de mí quería la paz, pero otra quería defenderse. No pasa nada. Ahora puedo volver a elegir”.
Eso es entrenamiento mental.
Eso es despertar.
No consiste en no caer nunca.
Consiste en no hacer de la caída una identidad.
El Texto dice que, mientras sigamos percibiendo un mundo dividido, no hemos sanado, porque sanar es ir en pos de un solo objetivo, habiendo aceptado uno solo y no deseando más que uno solo.
Éste es el verdadero criterio.
No se trata de medir el avance por emociones agradables o desagradables. Tampoco por si tenemos días altos o bajos. Se trata de observar si nuestra mente se va haciendo más honesta, más disponible, más capaz de reconocer cuándo está sirviendo al ego y cuándo está permitiendo la guía del Espíritu Santo.
El estudiante puede tener días de sombra y, aun así, estar avanzando.
Puede sentir miedo y, aun así, estar despertando.
Puede experimentar confusión y, aun así, estar acercándose a la verdad.
La clave está en no convertir esas experiencias en pruebas de culpa.
La lección 307 nos devuelve a una paz muy profunda: no hay otra voluntad que la de Dios, y nuestra voluntad es la Suya. Si parece haber conflicto, es porque hemos intentado forjar otra voluntad. Y eso, dice la lección, sólo puede hacernos sufrir.
Por tanto, cada altibajo puede convertirse en una pregunta sanadora:
¿Qué quiero realmente ahora?
¿Quiero paz o quiero tener razón?
¿Quiero ver a mi hermano inocente o quiero conservar mi juicio?
¿Quiero extender amor o quiero proyectar miedo?
¿Quiero escuchar al Espíritu Santo o seguir defendiendo mi pequeña historia?
No hace falta responder con palabras bonitas.
Hace falta responder con sinceridad.
Porque, cuando lo único que deseemos sea amor, no veremos nada más. La naturaleza contradictoria de los testigos que percibimos es simplemente el reflejo de nuestras invitaciones conflictivas.
Así se entiende el proceso del despertar.
No como una línea recta, sino como una purificación del deseo. Vamos descubriendo qué queremos todavía del ego. Vamos viendo dónde buscamos consuelo en el mundo. Vamos reconociendo qué ídolos nos parecen imprescindibles. Y, poco a poco, al comprobar que ninguno de ellos nos da paz, nuestra voluntad se simplifica.
Hasta que sólo queda una.
La de Dios.
Hoy, si tengo un altibajo, no lo usaré para condenarme. Lo usaré para mirar dentro. Hoy no haré de mi miedo una prueba contra mí. No haré de mi duda una identidad. No haré de mi caída una sentencia.
Hoy recordaré que abrigar deseos conflictivos no puede ser mi voluntad.
Y si mi mente vuelve a dividirse, volveré a elegir.
Una vez más.
Con mansedumbre.
Con honestidad.
Con la certeza de que la Voluntad de Dios y la mía son una sola, y de que en esa única Voluntad el conflicto es imposible.
Reflexión: ¿Aceptamos lo que la Voluntad de Dios dispone para nosotros?


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