Practicando Un Curso de Milagros
¿Cómo nos puede ayudar en el día a día Un Curso de Milagros?
Un Curso de Milagros puede parecernos, en
ocasiones, un libro difícil. Habla de la mente, del ego, del perdón, de la
percepción, de la ilusión, del sueño, de la separación, del Espíritu Santo, de
la Expiación, del instante santo… y utiliza muchos de estos conceptos de una
manera muy diferente a como estamos acostumbrados a entenderlos. No es extraño
que algunas personas se acerquen al Curso con entusiasmo y, después de un
tiempo, se sientan confundidas. Incluso quienes llevamos años estudiándolo
podemos encontrarnos alguna vez delante de uno de sus párrafos preguntándonos: ¿Y
esto cómo lo llevo a mi vida?
Un Curso de Milagros no pretende que nos
convirtamos en especialistas en metafísica. Tampoco pretende que memoricemos
sus conceptos ni que aprendamos a utilizar correctamente su terminología. Su
propósito es mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: ayudarnos
a cambiar nuestra manera de mirar lo que nos ocurre. Y ese cambio puede
aplicarse prácticamente a cualquier situación de nuestra vida. A una discusión
con nuestra pareja. A un problema con nuestros hijos. A una enfermedad. A una
dificultad económica. A una traición. A una pérdida. A la soledad. Al miedo al
futuro. A los recuerdos del pasado. A la culpa. A los celos. A la necesidad de
reconocimiento. Al conflicto con un compañero de trabajo. A la preocupación por
alguien que queremos.
El Curso no promete que nunca volveremos a
encontrarnos con situaciones difíciles. Lo que nos enseña es que podemos
aprender a atravesarlas de otra manera. Y esa diferencia puede cambiar
profundamente nuestra experiencia.
Imaginemos una situación muy sencilla. Alguien
nos habla de manera desagradable. Nuestra reacción habitual probablemente será
inmediata: “¿Quién se cree que es para hablarme así?” A partir de ahí comienza
toda una cadena de pensamientos. Recordamos otras ocasiones en las que esa
persona nos trató mal. Imaginamos lo que deberíamos haberle contestado. Se lo
contamos a alguien. Buscamos argumentos que demuestren que tenemos razón. Quizá
pasen horas y nuestra mente siga manteniendo aquella conversación. El hecho
ocurrió durante unos segundos. Nuestro sufrimiento puede durar todo el día.
¿Qué nos propondría Un Curso de Milagros? No nos
pediría necesariamente que dijéramos que lo ocurrido estuvo bien. Tampoco que
permitiéramos que alguien nos maltratara, ni que renunciáramos a poner límites
cuando fueran necesarios. Nos invitaría, antes que nada, a observar qué está
ocurriendo en nuestra mente. Ese pequeño cambio ya es enorme. En lugar de
preguntarnos únicamente: “¿Qué me ha hecho esa persona?”, podríamos comenzar a
preguntarnos: “¿Qué estoy haciendo yo ahora con lo que ha ocurrido?” Ahí
recuperamos algo fundamental: nuestra capacidad de elegir.
Quizá no podamos cambiar lo sucedido. Quizá
tampoco podamos cambiar a la otra persona. Pero sí podemos aprender a mirar
nuestros pensamientos y decidir si queremos seguir alimentándolos. Esta es una
de las grandes aportaciones prácticas del Curso. Nos enseña que gran parte de
nuestro sufrimiento no procede únicamente de los acontecimientos, sino de la interpretación
que hacemos de ellos. Dos personas pueden vivir una misma situación y
experimentarla de manera completamente diferente. ¿Por qué? Porque cada una la
interpreta desde su propia mente. El Curso nos invita precisamente a revisar
esas interpretaciones.
Y aquí aparece una de sus enseñanzas
fundamentales: el perdón. Pero también el perdón necesita ser comprendido de
una manera diferente. Perdonar no significa decir: “Has hecho algo terrible,
pero como yo soy una buena persona, te perdono.” Ese perdón sigue colocando al
otro como culpable y a nosotros como víctimas. El perdón que propone el Curso
comienza cuando reconocemos que quizá existe otra manera de mirar aquello que
estamos viendo.
Por eso, una de las prácticas más sencillas que
podemos incorporar a nuestra vida consiste en aprender a detenernos antes de
reaccionar. No siempre lo conseguiremos. Pero podemos intentarlo. Cuando
sintamos que algo nos altera, podríamos decir interiormente: “No sé mirar esto
en paz. Ayúdame a verlo de otra manera.” Puede parecer una frase muy sencilla.
Pero contiene una transformación profunda. Porque estamos reconociendo que
nuestra primera interpretación quizá no sea la única posible. Y estamos dejando
un pequeño espacio para otra percepción. Eso es comenzar a practicar el Curso.
No significa negar nuestras emociones. Si
sentimos miedo, sentimos miedo. Si estamos enfadados, estamos enfadados. Si
estamos tristes, estamos tristes. El Curso no nos pide que finjamos estar en
paz cuando no lo estamos. Nos invita a mirar honestamente lo que sentimos y
preguntarnos: ¿Qué pensamiento hay detrás de esta emoción? Quizá descubramos:
“Tengo miedo de que esto salga mal.” “Necesito que esta persona me valore.” “No
puedo soportar que me rechacen.” “Creo que he perdido algo que necesitaba.”
“Estoy convencido de que mi felicidad depende de que esta situación cambie.” Ahí
comienza el verdadero trabajo interior. Porque poco a poco dejamos de luchar
solamente contra las circunstancias y comenzamos a observar la mente que las
interpreta.
Pensemos, por ejemplo, en una preocupación por el
futuro. Tenemos un problema y nuestra mente comienza inmediatamente a fabricar
escenarios. ¿Y si ocurre esto? ¿Y si después sucede aquello? ¿Y si todo termina
mal? En pocos minutos podemos haber vivido mentalmente diez desgracias que
todavía no han sucedido. Nuestro cuerpo, sin embargo, reacciona como si fueran
reales. Aparece ansiedad, tensión, miedo. ¿Qué puede enseñarnos el Curso en ese
momento? A regresar al instante presente. Ahora mismo quizá no tenemos que
resolver todo el futuro. Quizá solamente necesitamos ocuparnos del siguiente
paso. Y, sobre todo, podemos aprender a no convertir nuestra imaginación en una
fábrica de sufrimiento.
Otra situación cotidiana: alguien a quien
queremos toma una decisión que no compartimos. Queremos convencerlo.
Insistimos. Nos preocupamos. Intentamos dirigir su vida. Y cuanto más se
resiste, más sufrimos. El Curso puede ayudarnos a reconocer algo incómodo pero
liberador: muchas veces confundimos amor con control. Pensamos: “Si hiciera lo
que yo creo que debe hacer, estaría mejor.” Tal vez tengamos razón. O tal vez
no. Pero nuestra paz empieza a desaparecer cuando creemos que necesitamos
controlar las decisiones de los demás para sentirnos tranquilos. Practicar el
Curso puede significar entonces aprender a decir: “Puedo amar a esta persona
sin dirigir su camino.” Eso también es perdón. Eso también es soltar. Eso
también es recuperar paz.
Podemos aplicar el mismo principio al pasado.
¿Cuántas veces repetimos mentalmente cosas que ocurrieron hace años? Lo que
hicimos. Lo que no hicimos. Lo que alguien nos hizo. Lo que deberíamos haber
dicho. Lo que habría ocurrido si hubiéramos tomado otra decisión. El
acontecimiento ya no está ocurriendo. Pero nosotros podemos continuar
viviéndolo interiormente una y otra vez. El Curso nos invita a reconocer que el
pasado solo puede seguir haciéndonos daño mientras continuemos llevándolo al
presente. Soltar el pasado no significa negar lo ocurrido. Significa dejar de
utilizarlo para castigarnos hoy. Ahí encontramos otra aplicación profundamente
práctica.
También podemos utilizar las enseñanzas del Curso
cuando sentimos culpa. La culpa suele decirnos: “Lo hiciste mal, por tanto, eres
malo.” El Curso intenta enseñarnos una distinción fundamental: podemos haber
cometido errores sin convertirnos por ello en seres culpables para siempre. Un
error puede corregirse. La culpa, en cambio, quiere castigarnos. Por eso, una
manera práctica de trabajar con nuestros errores sería preguntarnos: “¿Qué
puedo aprender de esto?” “¿Hay algo que deba reparar?” “¿Puedo actuar de otra
manera la próxima vez?” Eso es muy diferente de repetir durante años: “No
debería haberlo hecho.” El primer camino conduce a la corrección. El segundo
mantiene el sufrimiento.
Y quizá aquí podamos empezar a comprender por qué
Un Curso de Milagros puede convertirse en una herramienta extraordinariamente
práctica. No porque nos diga exactamente qué decisión debemos tomar en cada
situación. No porque resuelva mágicamente nuestros problemas. Sino porque nos
ayuda a descubrir desde qué estado mental estamos intentando resolverlos.
Porque no es lo mismo tomar una decisión desde el miedo que desde la serenidad.
No es lo mismo hablar con alguien desde el resentimiento que desde la claridad.
No es lo mismo poner un límite desde el odio que desde el respeto. No es lo
mismo afrontar una pérdida creyendo que nuestra vida ha terminado que
permitiéndonos atravesar el dolor sin perder completamente la confianza.
En el lenguaje del Curso, esa otra manera de
mirar está asociada al Espíritu Santo. Pero incluso este concepto puede hacerse
muy cercano. Podemos entenderlo, en nuestra práctica diaria, como esa parte de
nuestra mente que todavía recuerda la paz cuando nosotros la hemos olvidado. No
necesitamos tener una experiencia extraordinaria. A veces, escuchar esa guía
significa simplemente no enviar ese mensaje cuando estamos enfadados. Esperar
diez minutos antes de contestar. Reconocer que hemos exagerado. Pedir
disculpas. No entrar en una discusión innecesaria. Dejar de intentar convencer
a todo el mundo. Preguntarnos qué queremos realmente: tener razón o recuperar
la paz. Son pequeñas decisiones. Pero ahí es donde el Curso comienza a
convertirse en vida.
Por eso me gustaría que este nuevo espacio
estuviera dedicado precisamente a eso. A tomar las situaciones que cualquiera
de nosotros puede vivir y preguntarnos: ¿Cómo aplicaría aquí Un Curso de
Milagros? ¿Qué podemos hacer cuando alguien nos traiciona? ¿Cómo trabajar los
celos? ¿Cómo afrontar la enfermedad sin negar lo que sentimos? ¿Qué hacer con
el miedo a perder a alguien? ¿Cómo aplicar el perdón cuando creemos que nos han
hecho algo realmente injusto? ¿Cómo actuar cuando un familiar nos manipula?
¿Qué hacemos con la culpa? ¿Cómo afrontamos una separación? ¿Cómo trabajar la
ansiedad ante el futuro? ¿Qué significa entregar un problema al Espíritu Santo?
¿Cómo poner límites sin convertir al otro en enemigo? ¿Cómo relacionarnos con
alguien que constantemente nos provoca? ¿Cómo distinguir entre aceptar una
situación y resignarnos ante ella? ¿Cómo llevar el Curso a nuestros problemas
económicos, familiares, laborales o sentimentales?
Estas son las cuestiones que me gustaría
explorar. No desde la teoría únicamente. Desde la vida. Porque quizá ahí
encontremos una manera mucho más sencilla de acercarnos a sus enseñanzas. En
lugar de intentar comprender primero toda la metafísica del Curso para después
aplicarla, podemos comenzar muchas veces por el camino contrario: aplicarlo a
aquello que estamos viviendo y descubrir su metafísica a través de nuestra
propia experiencia.
Tal vez estemos enfadados con alguien. Ahí
tenemos nuestra lección. Tal vez tengamos miedo. Ahí tenemos nuestra lección.
Tal vez estemos preocupados por nuestros hijos. Ahí tenemos nuestra lección.
Tal vez sintamos culpa. Ahí tenemos nuestra lección. Tal vez alguien nos haya
decepcionado. Ahí tenemos nuestra lección. La vida cotidiana se convierte
entonces en nuestro verdadero aula. No necesitamos esperar circunstancias
especiales para practicar. Cada relación, cada preocupación, cada juicio y cada
conflicto nos ofrece una oportunidad para observar nuestra mente y elegir
nuevamente.
Probablemente seguiremos enfadándonos. Seguiremos
teniendo miedo algunas veces. Seguiremos juzgando. Seguiremos cayendo en viejos
patrones. No se trata de convertirnos de repente en personas permanentemente
serenas. Se trata de aprender a reconocer antes lo que está ocurriendo y
regresar cada vez más rápidamente a la paz.
Tal vez ese sea uno de los modos más sencillos de
entender el milagro del que habla el Curso. No necesariamente como un
acontecimiento extraordinario que cambia el mundo exterior. Sino como ese
instante en el que nuestra mente cambia y comenzamos a mirar de otra manera
aquello que hace apenas un momento nos parecía insoportable. El problema quizá
continúe allí. Pero nosotros ya no estamos exactamente en el mismo lugar. Y
desde esa nueva mirada pueden aparecer respuestas que antes no éramos capaces
de ver.
De eso trata esta nueva sección. De acercar el
Curso a la mesa de nuestra cocina, a nuestro trabajo, a nuestras relaciones, a
nuestras noches de preocupación, a nuestras discusiones, a nuestras pérdidas, a
nuestros miedos y a nuestras decisiones. De descubrir que sus enseñanzas no
pertenecen únicamente a las páginas de un libro. Pertenecen al instante en el
que alguien nos irrita. Al momento en que sentimos miedo. A la conversación que
estamos a punto de tener. Al recuerdo que todavía nos duele. A la decisión que
no sabemos cómo tomar.
Porque precisamente allí, en medio de nuestra vida cotidiana, podemos recordar algo muy sencillo: tal vez exista otra manera de ver esto. Y si estamos dispuestos a encontrarla, aunque sea por un instante, la práctica de Un Curso de Milagros ya ha comenzado.


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