II. El temor a sanar (10ª parte).
10. Tu función no es corregir. 2La función de corregir le corresponde a Uno que conoce la justicia, no la culpabilidad. 3Si asumes el papel de corrector, ya no puedes llevar a cabo la función de perdonar. 4Nadie puede perdonar hasta que aprende que corregir es tan solo perdonar, nunca acusar. 5Por tu cuenta, no podrás percatarte de que son lo mismo, y de que, por lo tanto, no es a ti a quien corresponde corregir. 6ldentidad y función son una misma cosa, y mediante tu función te conoces a ti mismo. 7De modo que si confundes tu función con la función de Otro, es que estás confundido con respecto a ti mismo y con respecto a quién eres. 8¿Qué es la separación sino un deseo de arrebatarle a Dios Su función y negar que sea Suya? 9Mas si no es Su función, tampoco es la tuya, pues no puedes por menos que perder aquello de lo que te apoderas.
Este punto corrige una de las grandes tentaciones del ego espiritual: creer que nuestra función es corregir a los demás.
El Curso empieza diciendo con mucha claridad: “Tu función no es corregir.” Esta frase puede incomodar, porque solemos pensar que si vemos un error, debemos señalarlo; si alguien se equivoca, debemos corregirlo; si alguien actúa desde la culpa, debemos hacerle ver su culpa. Pero el Curso nos dice que esa función no nos corresponde a nosotros, porque corregir verdaderamente exige conocer la justicia, no la culpabilidad.
El ego corrige acusando.
El Espíritu Santo corrige perdonando.
Ahí está toda la diferencia.
Cuando asumimos el papel de correctores, dejamos de cumplir nuestra función real: perdonar. Porque el ego nunca corrige desde la inocencia. Corrige desde la superioridad, desde la impaciencia, desde el juicio o desde la necesidad de tener razón. Su corrección siempre lleva escondida una acusación: “Yo veo tu error, yo sé lo que debes cambiar, yo sé dónde estás equivocado”.
Pero la verdadera corrección no aumenta la culpa. La deshace. Y por eso sólo puede proceder de Aquel que conoce la justicia verdadera.
Mensaje central del punto:
- Tu función no es corregir, sino perdonar.
- La verdadera corrección pertenece al Espíritu Santo, que conoce la justicia y no la culpabilidad.
- Cuando intentas corregir desde el ego, pierdes la función de perdonar.
- Corregir, en sentido verdadero, es perdonar.
- Nunca es acusar.
- Por tu cuenta no puedes reconocer plenamente que corrección y perdón son lo mismo.
- Identidad y función son una sola cosa.
- Te conoces a ti mismo mediante la función que aceptas.
- Si confundes tu función con la del Espíritu Santo, te confundes acerca de quién eres.
- La separación nació del deseo de arrebatarle a Dios Su función.
- Aquello de lo que intentas apoderarte, lo pierdes.
Claves de comprensión:
- El ego quiere corregir porque quiere controlar.
- Quiere corregir al hermano para mantenerlo bajo juicio.
- Quiere corregir errores sin soltar la culpa.
- Pero una corrección que acusa no corrige: confirma la separación.
- La función del Espíritu Santo es corregir la percepción falsa.
- Nuestra función es aceptar esa corrección mediante el perdón.
- Perdonar no significa aprobar errores, sino dejar de hacerlos reales como pecado.
- Cuando quiero corregir por mi cuenta, me coloco en el lugar del Espíritu Santo.
- Entonces olvido mi verdadera función.
- Y si olvido mi función, olvido mi identidad.
- Porque en el Curso, saber quién soy y saber para qué estoy aquí son inseparables.
- La separación consiste precisamente en creer que puedo tomar para mí una función que pertenece a Dios.
- Pero al intentar apropiarme de ella, pierdo su verdadero significado.
Aplicación práctica en la vida cotidiana:
Observa cuándo aparece en ti el impulso de corregir:
- “Este hermano necesita que yo le haga ver su error”.
- “Yo tengo que decirle la verdad”.
- “Si no lo corrijo, seguirá equivocado”.
- “Mi función es hacerle entender”.
- “Yo sé lo que debería hacer”.
- “Necesito demostrarle que está confundido”.
- “Si no intervengo, no cambiará”.
Entonces pregúntate:
→ “¿Estoy queriendo corregir o estoy dispuesto a perdonar?”
→ “¿Mi corrección nace del amor o de la acusación?”
→ “¿Quiero liberar a mi hermano o demostrar que tengo razón?”
→ “¿Estoy usurpando la función del Espíritu Santo?”
→ “¿Estoy confundiendo mi identidad con el papel de juez o salvador?”
→ “¿Puedo entregar esta situación a Aquel que sabe corregir sin culpar?”
Este punto no significa que nunca debamos hablar, orientar, poner límites o aclarar algo en el nivel práctico. Podemos hacerlo. Pero el propósito interior debe cambiar. No es lo mismo hablar desde el juicio que hablar desde la paz. No es lo mismo señalar un hecho desde la claridad que condenar una identidad. No es lo mismo corregir una conducta que atacar al Hijo de Dios.
La pregunta no es sólo: “¿Debo decir algo?”
La pregunta es: “¿Desde qué mente quiero decirlo?”
Si hablo desde el ego, mi corrección acusará.
Preguntas para la reflexión personal:
- ¿En qué relaciones siento que mi función es corregir al otro?
- ¿Estoy intentando cambiar a mi hermano antes de perdonarlo?
- ¿Uso la corrección como una forma de acusación?
- ¿Me siento superior cuando creo ver el error del otro?
- ¿Puedo aceptar que corregir verdaderamente es perdonar?
- ¿Qué identidad adopto cuando quiero ser el corrector?
- ¿Estoy dispuesto a dejar que el Espíritu Santo haga Su función?
- ¿Puedo limitarme a cumplir la mía: perdonar?
Conclusión:
Tu función no es corregir.
Esta enseñanza libera a la mente de una carga enorme. No tienes que arreglar a tu hermano. No tienes que convencerlo, reformarlo, señalarle cada error ni asumir el papel de juez de su proceso. Esa función no te corresponde.
Tu función es perdonar.
Y perdonar no es pasividad ni indiferencia. Es permitir que el Espíritu Santo corrija primero tu percepción, para que cualquier palabra, silencio, límite o acción que surja no proceda de la culpa, sino del amor.
Cuando intentas corregir por tu cuenta, te confundes con respecto a quién eres. Te conviertes en juez, salvador personal, acusador o maestro del ego. Pero cuando aceptas tu verdadera función, recuerdas tu identidad. Porque identidad y función son una misma cosa.
La separación fue el intento de arrebatarle a Dios Su función. Fue el deseo de decidir por cuenta propia qué es la verdad, qué es la justicia, quién es culpable y quién necesita corrección. Pero aquello de lo que intentamos apropiarnos se pierde, porque sólo conserva su verdad cuando permanece en manos de Dios.
El Espíritu Santo corrige.
Tú perdonas.
Y al perdonar, permites que Su corrección se realice en ti.
Frase inspiradora: “No asumiré la función de corregir; permitiré que el Espíritu Santo corrija mi percepción mientras yo cumplo mi única función: perdonar.”

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