Viviendo Un Curso de Milagros
Hay ocasiones en las que queremos perdonar, de verdad lo queremos, pero no podemos. Lo intentamos, lo pensamos, incluso comprendemos intelectualmente que mantener el resentimiento nos hace daño, pero cada vez que recordamos a esa persona, vuelve la misma emoción: rabia, tristeza, decepción, impotencia. Entonces aparece una segunda dificultad añadida: además de no poder perdonar, empezamos a sentirnos mal por no conseguirlo. Y si somos estudiantes de Un Curso de Milagros, quizá incluso pensemos: “Después de todo lo que he leído, después de tantas lecciones, ¿cómo es posible que siga sintiéndome así?” Éste es un punto muy importante, porque el perdón no puede convertirse en una nueva forma de exigencia espiritual. No tendría ningún sentido utilizar una enseñanza destinada a liberarnos para empezar a castigarnos por no aplicarla perfectamente.
Cuando no conseguimos perdonar a alguien, el primer paso no es obligarnos a hacerlo. Es reconocer con sinceridad que todavía no estamos preparados. Podemos decirnos: “Ahora mismo sigo enfadado. Sigo sintiendo dolor. No puedo mirar a esta persona sin recordar lo que hizo.” Eso no significa que hayamos fracasado. Significa simplemente que estamos viendo dónde se encuentra nuestra mente en este momento. Y ése es siempre un buen lugar para comenzar. Muchas veces tenemos una idea equivocada acerca del perdón. Pensamos que perdonar debería producir una especie de cambio inmediato: hoy siento resentimiento, mañana decido perdonar y, de repente, desaparece todo. Pero no siempre ocurre así. Hay heridas pequeñas que soltamos con facilidad y otras que parecen haberse quedado profundamente instaladas en nosotros. Cuando el daño ha sido importante, cuando ha existido traición, abandono, humillación o una injusticia que nos ha marcado durante años, quizá necesitemos ir recorriendo el camino poco a poco.
El Curso no nos pide que forcemos sentimientos que todavía no tenemos. Nos pide algo mucho más humilde: estar dispuestos a que nuestra manera de ver pueda cambiar. Y esa disposición no es lo mismo que conseguir el perdón completo. Podemos estar todavía enfadados y, al mismo tiempo, empezar a decir: “No quiero seguir viendo esto exactamente de la misma manera para siempre.” Ese pequeño paso tiene un enorme valor. Imaginemos que alguien nos traicionó hace años. Desde entonces cada vez que pensamos en esa persona sentimos rabia. Hemos intentado perdonar muchas veces, pero el resentimiento vuelve. Quizá incluso nos hemos repetido frases como: “Tengo que perdonarlo”, “El Curso dice que debo verlo inocente”, “No debería sentir esto”. Pero cuanto más intentamos obligarnos, más frustrados nos sentimos. Tal vez convenga cambiar completamente el enfoque. En lugar de preguntarnos: “¿Por qué no consigo perdonarlo?”, podríamos preguntarnos: “¿Qué sigo creyendo acerca de lo ocurrido?”
Quizá descubramos algo como: “Creo que me quitó algo que necesitaba”, “Creo que me humilló y todavía necesito recuperar mi dignidad”, “Creo que no estaré en paz mientras no reconozca lo que hizo”, “Creo que si lo perdono estaré diciendo que no fue tan grave”, “Creo que si dejo de estar enfadado esa persona habrá ganado”. Ahí empieza a mostrarse el verdadero conflicto. No es simplemente que no queramos perdonar. Muchas veces creemos que el resentimiento nos protege. Pensamos que mantener vivo el enfado evita que volvamos a ser heridos. Creemos que recordar constantemente lo ocurrido nos mantiene alerta. Pensamos que si soltamos nuestra condena nos volveremos vulnerables. Pero conviene preguntarnos: ¿realmente me está protegiendo este resentimiento o simplemente me está manteniendo unido a aquello que quiero dejar atrás?
Ésta puede ser una pregunta incómoda. Tal vez descubramos que llevamos años diciendo que no queremos saber nada de esa persona y, sin embargo, pensamos en ella casi todos los días. Cada vez que recordamos lo sucedido volvemos a mantenerla presente en nuestra mente. En cierto modo, el resentimiento continúa creando una relación. Puede que la relación externa haya terminado, pero la relación mental continúa. Y aquí el perdón empieza a adquirir un significado diferente. Ya no se trata tanto de hacer algo “por el otro”. Se trata de comenzar a liberar nuestra propia mente. Podemos decirnos: “No sé todavía cómo perdonar a esta persona, pero empiezo a reconocer que no quiero continuar llevándola conmigo de esta manera.” Eso ya es una forma de buena voluntad.
Un Curso de Milagros insiste muchas veces en que no necesitamos realizar solos la corrección. Nuestra tarea no consiste en fabricar una percepción espiritual perfecta. Nuestra tarea consiste en reconocer que nuestra percepción actual no nos está dando paz y estar dispuestos a entregarla. Podemos decir interiormente: “No sé ver esto de otra manera. Sigo creyendo que esta persona es culpable de mi dolor. No puedo cambiar lo que siento ahora mismo, pero estoy dispuesto a que se me enseñe otra manera de mirar.” Esta actitud es muy distinta de decir: “Tengo que perdonar.” Cuando decimos “tengo que perdonar”, muchas veces estamos intentando imponernos un resultado. Cuando decimos “estoy dispuesto a aprender otra manera de verlo”, estamos abriendo una puerta. Y el Curso trabaja precisamente con esa pequeña apertura.
También puede ayudarnos observar qué esperamos que ocurra antes de poder perdonar. Tal vez estemos esperando una disculpa. Quizá queremos que la persona reconozca el daño. Puede que deseemos una reparación. O queremos que, de alguna manera, la vida le muestre lo que nos hizo. Podemos preguntarnos entonces: “¿He puesto mi paz como condición de algo que otra persona tiene que hacer?” Si la respuesta es sí, hemos entregado las llaves de nuestra paz. Porque quizá esa persona nunca se disculpe. Quizá nunca reconozca nada. Tal vez incluso piense que actuó correctamente. ¿Significa eso que tendremos que continuar sufriendo mientras esa persona no cambie? El perdón empieza a decirnos: no.
Podemos recuperar nuestra paz aunque el otro no cambie. Pero eso no significa que tengamos que reconciliarnos externamente. Ésta es una distinción fundamental. Podemos perdonar y no recuperar una amistad. Podemos perdonar y mantener distancia. Podemos perdonar y no volver a confiar de la misma manera. Podemos incluso perdonar y seguir considerando necesario un límite, una denuncia o una reclamación. El perdón no determina automáticamente qué debemos hacer con una relación. Cambia, ante todo, desde qué mente hacemos lo que hacemos. Puedo alejarme desde el odio o puedo alejarme desde la claridad. Puedo poner un límite pensando “eres una persona horrible” o puedo ponerlo pensando “esta relación no me hace bien y necesito proteger este espacio sin convertirte en mi enemigo”. Externamente quizá la decisión sea exactamente la misma. Interiormente es completamente diferente.
Otro obstáculo muy frecuente aparece cuando pensamos: “Si perdono, estoy diciendo que lo ocurrido no importa.” Pero el perdón no borra necesariamente las consecuencias de los actos. Si alguien ha hecho daño, puede ser necesario reparar. Si alguien nos ha engañado, podemos aprender de ello. Si una conducta fue destructiva, podemos reconocerla. El perdón no nos pide negar los hechos. Nos invita a dejar de utilizar esos hechos para mantener una condena interior permanente. Porque existe una diferencia entre decir: “Esta persona hizo algo que considero muy dañino” y decir: “Esta persona es únicamente aquello que hizo.” El ego convierte los errores en identidades: “El mentiroso”, “El traidor”, “El egoísta”, “El que me arruinó la vida”. El perdón empieza a cuestionar esas etiquetas. No necesariamente porque vayamos a pensar de repente que esa persona es maravillosa, sino porque empezamos a reconocer que ningún ser puede reducirse completamente a uno de sus errores.
Y aquí podemos llevar la enseñanza también hacia nosotros mismos, porque muchas veces no conseguimos perdonar a otros porque tampoco sabemos perdonarnos. Si creemos profundamente que nuestros propios errores nos convierten en culpables, aplicaremos la misma lógica a los demás. Pensaremos: “Si yo hago algo malo, soy malo. Si tú haces algo malo, eres malo.” El Curso propone otra manera de entender el error. Un error necesita corrección. La culpa pide castigo. Ésta es una diferencia enorme. Podemos reconocer que una persona actuó equivocadamente sin necesitar mantenerla condenada mentalmente para siempre, del mismo modo que podemos reconocer nuestros propios errores sin convertirlos en la definición de lo que somos.
Ahora bien, ¿qué hacemos cuando el resentimiento aparece de nuevo? Porque aparecerá. Quizá hoy hayamos comprendido todo esto y mañana volvamos a sentir rabia. En ese momento no tenemos que pensar: “He retrocedido.” Podemos tratarlo como una nueva oportunidad de práctica. “Ahí está otra vez.” Simplemente observarlo. “Estoy recordando aquella conversación.” “Estoy imaginando nuevamente lo que debería haber dicho.” “Estoy deseando que esa persona se arrepienta.” “Estoy intentando demostrar mentalmente que yo tenía razón.” No hace falta discutir con esos pensamientos. Podemos simplemente reconocerlos y decir: “Esto sigue haciéndome daño. No quiero alimentarlo ahora.”
Quizá al principio podamos soltarlo durante cinco minutos y después vuelva. Lo soltamos otra vez. Éste puede ser el verdadero entrenamiento. No necesitamos conseguir que el resentimiento desaparezca de una vez. Podemos empezar por dejar de alimentarlo continuamente. Poco a poco, nuestra relación con el recuerdo empieza a cambiar. Antes aparecía un pensamiento y permanecíamos dentro de él durante una hora. Más adelante lo reconocemos después de veinte minutos. Después de cinco. Con el tiempo quizá aparezca y podamos decir casi inmediatamente: “No quiero entrar ahí otra vez.” Eso también es perdonar. No siempre existe un momento espectacular. A veces el perdón ocurre silenciosamente, casi sin darnos cuenta. Un día recordamos a la persona y descubrimos que ya no sentimos la misma intensidad. Otro día alguien menciona su nombre y nuestra mente no comienza inmediatamente a reconstruir toda la historia. Otro día comprendemos que llevábamos semanas sin pensar en lo ocurrido. Y entonces quizá descubramos algo hermoso: no hemos olvidado, pero ya no estamos presos del recuerdo.
También hay momentos en que no podemos dar ni siquiera ese paso. La herida está demasiado viva. En esos casos podemos reducir todavía más nuestra petición. No decir: “Quiero perdonar”, sino: “Quiero querer perdonar.” Puede parecer poca cosa, pero no lo es. Quizá una parte de nosotros todavía quiere mantener el resentimiento, mientras otra empieza a cansarse de sufrir. Podemos comenzar desde ahí. “Todavía no quiero soltar del todo esta historia, pero quisiera llegar a querer soltarla.” Eso es honestidad. Y el trabajo interior necesita honestidad, no perfección.
Otra práctica útil consiste en separar mentalmente a la persona de aquello que hizo. Podemos decir: “No apruebo su conducta. No necesito volver a confiar en ella. Pero quizá no conozco todo lo que ocurre en su mente, sus miedos, su historia, sus heridas, sus confusiones.” Esto no pretende justificar. Pretende introducir humanidad. Porque cuando estamos muy resentidos tendemos a convertir al otro en una figura casi completamente oscura. Solo recordamos aquello que nos hizo. Ver algo más no significa negar el daño. Significa comenzar a permitir que nuestra percepción sea menos absoluta. Y ahí el Espíritu Santo puede empezar a enseñarnos. Tal vez no nos lleve inmediatamente a amar a esa persona. Quizá nos lleve simplemente de odio a neutralidad. Y eso ya puede ser un milagro. Después, con el tiempo, quizá aparezca comprensión. Y quizá algún día incluso compasión. Pero no tenemos que fabricar ninguna de esas etapas. Podemos permitir que lleguen cuando nuestra mente esté preparada.
Lo importante es no convertir el perdón en una obligación violenta contra nosotros mismos. Si hoy todavía duele, podemos reconocerlo. Si hoy todavía estamos enfadados, podemos observarlo. Si hoy todavía creemos que no podemos perdonar, podemos empezar simplemente diciendo: “No quiero permanecer para siempre en este lugar.” Quizá ésta sea una de las formas más sencillas y profundas de comenzar.
Cuando no conseguimos perdonar, podemos preguntarnos: ¿Qué sigo creyendo que perdería si perdonara? ¿Qué estoy esperando que haga la otra persona para que yo pueda estar en paz? ¿Estoy utilizando el resentimiento para protegerme? ¿Mi enfado está cambiando lo ocurrido o solo está manteniéndolo vivo dentro de mí? ¿Podría estar dispuesto, aunque solo fuera un poco, a contemplar otra manera de ver esta situación? No necesitamos responderlo todo hoy. El perdón no es un examen. No hay una fecha límite. Es un proceso de deshacer una manera de mirar. Y muchas veces comienza mucho antes de que podamos sentir amor por la persona que nos hizo daño. Comienza cuando dejamos de justificar nuestro propio sufrimiento como algo que debemos conservar para siempre.
Quizá podamos cerrar la práctica con una frase sencilla: “Todavía no sé cómo perdonarte. Todavía hay dolor en mí cuando recuerdo lo ocurrido. No voy a fingir que estoy en paz cuando no lo estoy. Pero tampoco quiero seguir utilizando este recuerdo para herirme una y otra vez. Estoy dispuesto a que se me enseñe otra manera de verlo.” Eso puede ser suficiente por hoy. Mañana quizá podamos dar otro pequeño paso. Y otro después. Hasta que un día comprendamos que perdonar no fue obligarnos a sentir algo que no sentíamos. Fue dejar de aferrarnos, poco a poco, a aquello que nos impedía sentir paz.


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