Hay situaciones ante las que resulta muy difícil conservar la paz. Alguien nos acusa de algo que no hemos hecho, una persona se aprovecha de nuestra confianza, sufrimos una discriminación, vemos que alguien recibe un trato que no merece o contemplamos cómo una persona inocente sufre las consecuencias de las decisiones de otros. Entonces aparece una indignación que puede parecernos completamente justificada: «Esto no debería estar ocurriendo», «No es justo», «Alguien tiene que pagar por lo que ha hecho». Desde Un Curso de Milagros, quizá el primer paso no consista en intentar convencernos de que nada injusto ha sucedido, sino en reconocer honestamente qué estamos sintiendo y qué estamos haciendo mentalmente con aquello que consideramos injusto.
Éste es un tema especialmente delicado porque algunas enseñanzas del Curso pueden malinterpretarse. Cuando UCDM nos invita a no juzgar, a perdonar o a reconocer la inocencia de nuestros hermanos, podemos pensar que nos está pidiendo aceptar cualquier comportamiento sin cuestionarlo. Pero el perdón no significa aprobar una injusticia, negar sus consecuencias ni renunciar a protegernos. Si alguien nos roba, podemos reclamar. Si alguien nos maltrata, podemos alejarnos y buscar protección. Si sufrimos una vulneración de nuestros derechos, podemos acudir a las instancias correspondientes. El Curso no nos pide convertirnos en personas indiferentes ante el sufrimiento, sino aprender a responder sin añadir odio al problema que necesitamos afrontar.
Imaginemos que un familiar se ha aprovechado económicamente de nosotros. Hemos confiado en él y descubrimos que ha actuado de manera deshonesta. Naturalmente, sentimos indignación. Quizá necesitamos recuperar nuestro dinero, exigir explicaciones o tomar medidas para impedir que vuelva a suceder. Pero, además de esas acciones, nuestra mente puede comenzar a construir una historia: «Es una persona despreciable», «Jamás le perdonaré», «Quiero que sufra lo mismo que yo», «Hasta que no pague por lo que hizo, no estaré tranquilo». Aquí podemos empezar a observar una distinción fundamental: una cosa es reconocer una conducta injusta y otra convertir nuestra necesidad de condenar al responsable en la condición necesaria para recuperar la paz.
Desde UCDM, podemos preguntarnos: «¿Qué ha ocurrido realmente y qué estoy añadiendo mentalmente a lo ocurrido?» El hecho puede ser que alguien incumplió un acuerdo, mintió o nos perjudicó. Eso necesita ser reconocido y, cuando corresponda, corregido. Pero nuestra mente puede añadir que jamás volveremos a confiar, que nuestra vida ha quedado arruinada o que solo encontraremos satisfacción cuando la otra persona reciba un castigo. No todas esas conclusiones son hechos. Algunas son interpretaciones nacidas del miedo, la rabia o el deseo de venganza. Reconocerlo no elimina la injusticia, pero puede impedir que nuestra respuesta termine prolongando indefinidamente el sufrimiento.
Aquí aparece una pregunta especialmente importante: «¿Quiero que se corrija lo ocurrido o necesito que alguien sufra para sentir que se ha hecho justicia?» No siempre resulta fácil distinguir ambas cosas. Podemos querer que una persona asuma las consecuencias de sus actos, repare un daño o responda ante la justicia. Eso puede ser perfectamente compatible con nuestra práctica espiritual. Pero también podemos descubrir que una parte de nosotros desea algo diferente: verla humillada, derrotada o sufriendo. Y quizá convenga reconocer que ese deseo no nos está acercando a la paz.
Una de las enseñanzas centrales del Curso es distinguir entre error y culpa. El ego contempla el error como una demostración de que alguien merece condena. El Espíritu Santo nos invita a reconocer la necesidad de corrección sin convertir la culpabilidad en la identidad definitiva de una persona. Esto puede resultar especialmente difícil cuando el daño ha sido grave. Pero quizá podamos comenzar con una pregunta más sencilla: «¿Puedo reconocer que esta persona actuó mal sin reducir todo lo que es a aquello que hizo?» No necesitamos sentir simpatía por ella ni recuperar la confianza. Podemos mantener límites firmes y reconocer las consecuencias de sus actos sin alimentar la idea de que su verdadera identidad se reduce a su error.
También conviene observar cómo reaccionamos cuando la injusticia afecta a otras personas. Vemos a alguien sufrir, contemplamos una situación de abuso o conocemos acontecimientos que despiertan nuestra indignación. Podemos sentir impotencia y pensar que mantenernos en paz sería una forma de indiferencia. Pero quizá podamos preguntarnos: «¿Necesito perder mi paz para demostrar que me importa el sufrimiento de los demás?» La compasión no exige que nos llenemos de odio. Podemos ayudar, denunciar, acompañar, reclamar cambios o participar en iniciativas destinadas a corregir una situación. Y quizá podamos hacerlo con mayor claridad cuando nuestra mente no está completamente dominada por el deseo de atacar.
Desde la perspectiva de UCDM, esto nos invita a revisar el propósito de nuestras acciones. Podemos preguntarnos: «¿Estoy actuando para resolver una situación o para descargar mi rabia?» Imaginemos que necesitamos presentar una reclamación por un trato injusto. Podemos escribirla desde el enfado, utilizando expresiones ofensivas y buscando humillar a quien consideramos responsable. O podemos explicar los hechos con claridad, aportar pruebas y solicitar una solución concreta. La segunda manera no significa renunciar a nuestros derechos. Significa que estamos intentando resolver el problema sin convertir nuestra indignación en otro ataque.
Otra dificultad aparece cuando la injusticia no puede repararse completamente. Quizá alguien nunca reconozca el daño causado. Tal vez una decisión ya no pueda cambiarse o las consecuencias permanezcan durante mucho tiempo. Entonces podemos sentir que aceptar lo ocurrido sería una forma de rendición. Pero aceptar que algo ha sucedido no significa considerarlo correcto. Significa reconocer que no podemos modificar el pasado mediante nuestra resistencia mental. Podemos seguir buscando reparación cuando sea posible y, al mismo tiempo, aprender a no mantener nuestra vida emocional permanentemente encadenada a lo ocurrido.
Aquí puede ayudarnos observar cuánto tiempo seguimos discutiendo mentalmente con la persona o situación que nos perjudicó. Quizá hayan pasado meses y todavía imaginamos conversaciones, reconstruimos los hechos o buscamos nuevas pruebas de que teníamos razón. Podemos preguntarnos: «¿Hay algo que todavía pueda hacer para corregir esta situación o estoy utilizando el recuerdo para mantener vivo mi resentimiento?» Si existe una acción útil, podemos llevarla a cabo. Si no existe, quizá necesitemos empezar a entregar aquello que nuestra mente continúa intentando resolver mediante la condena.
Desde el Curso podemos pedir ayuda interiormente: «Espíritu Santo, esto me parece profundamente injusto. Estoy enfadado y siento deseos de condenar. No quiero negar lo ocurrido ni dejar de hacer lo que corresponda. Pero tampoco quiero que mi deseo de castigo decida cómo voy a vivir esta experiencia. Ayúdame a mirar con claridad y a responder sin añadir más ataque». No necesitamos sentir una paz inmediata. A veces basta con reconocer que existe una manera de responder diferente de la que nuestro enfado nos está proponiendo.
Podemos llevar esta enseñanza a una práctica cotidiana muy concreta. Cuando algo nos parezca injusto, detengámonos unos minutos y escribamos cuatro respuestas: ¿Qué ha ocurrido realmente? ¿Qué estoy sintiendo y qué pensamientos alimentan mi indignación? ¿Qué puedo hacer para protegerme, ayudar o buscar una solución? ¿Qué parte de mi resentimiento no está contribuyendo a resolver nada? Después podemos elegir una acción concreta: hablar con alguien, establecer un límite, solicitar ayuda, presentar una reclamación o decidir que necesitamos alejarnos. Lo importante es distinguir entre lo que requiere una respuesta externa y lo que necesita una corrección en nuestra manera de mirar.
Cuando volvamos a sentir indignación, podemos preguntarnos: ¿Estoy confundiendo perdonar con justificar? ¿Creo que solo podré estar en paz cuando alguien sea castigado? ¿Puedo defender mis derechos sin convertir a otra persona en mi enemigo? ¿Estoy buscando una solución o alimentando mi resentimiento? ¿Qué haría ahora si pudiera actuar con firmeza, pero sin odio?
Quizá podamos decir interiormente: «No tengo que llamar bueno a lo que considero injusto. Puedo reconocer el daño, protegerme y actuar para corregirlo. Pero no quiero utilizar lo ocurrido para justificar un odio que termine gobernando mi propia mente. Estoy dispuesto a aprender otra manera de responder».
Y quizá ésa sea una de las aplicaciones más profundas de Un Curso de Milagros ante la injusticia: comprender que perdonar no significa abandonar la búsqueda de una solución, sino dejar de creer que necesitamos condenar a alguien para poder encontrarla.
Podemos actuar con firmeza sin actuar desde el odio. Podemos defendernos sin desear destruir. Podemos buscar justicia sin convertir la venganza en nuestro propósito.
Porque elegir la paz no significa dejar de afrontar las injusticias. Significa aprender a afrontarlas sin permitir que el miedo y la condena se conviertan en nuestros únicos maestros


No hay comentarios:
Publicar un comentario