viernes, 9 de octubre de 2026

Viviendo Un Curso de Milagros: ¿Cómo aplicar UCDM cuando alguien piensa políticamente de manera opuesta a nosotros?

Hay conversaciones que comienzan tranquilamente y terminan convirtiéndose en verdaderas batallas. Basta con que alguien mencione un partido político, una decisión del Gobierno, una cuestión social o una noticia para que aparezcan las diferencias. Esto puede ocurrir durante una comida familiar, entre amigos, con compañeros de trabajo o incluso con nuestra pareja. De pronto descubrimos que una persona a la que queremos defiende ideas que nos resultan difíciles de comprender o aceptar. Entonces empezamos a pensar: «¿Cómo puede creer semejante cosa?», «No entiendo cómo puede apoyar eso», «Está completamente equivocado». Desde Un Curso de Milagros, quizá el primer paso no consista en preguntarnos cómo conseguir que esa persona cambie de opinión, sino en observar qué ocurre en nuestra propia mente cuando alguien piensa de manera diferente a nosotros.

La política puede despertar emociones muy intensas porque muchas veces relacionamos nuestras opiniones con nuestros valores, nuestra identidad y nuestra manera de entender la justicia, la libertad o la convivencia. Cuando alguien cuestiona una idea que consideramos importante, podemos sentir que está atacando algo profundamente nuestro. Entonces dejamos de escuchar sus argumentos y empezamos a defendernos. El otro hace lo mismo. Y una conversación que podría habernos ayudado a comprender perspectivas diferentes termina convirtiéndose en una competición por demostrar quién tiene razón. Aquí podemos hacernos una pregunta especialmente reveladora: «¿Estoy escuchando lo que esta persona quiere decir o estoy preparando mi respuesta para demostrarle que está equivocada?»

Desde UCDM, esta situación nos permite observar uno de los mecanismos fundamentales del ego: su necesidad de establecer diferencias que terminan convirtiéndose en separación. El ego no se conforma con reconocer que dos personas tienen opiniones distintas. Puede utilizar esa diferencia para construir identidades enfrentadas: «Nosotros somos los que comprendemos», «Ellos son los equivocados», «Nosotros defendemos lo correcto», «Ellos representan el problema». Y cuando empezamos a pensar así, dejamos de relacionarnos con una persona concreta y comenzamos a relacionarnos con la etiqueta que le hemos colocado. Ya no vemos a nuestro hermano. Vemos al representante de unas ideas que rechazamos.

Imaginemos que estamos comiendo con un familiar y surge una conversación política. Él expresa una opinión que nos indigna. Inmediatamente sentimos la necesidad de corregirlo. Elevamos el tono, buscamos argumentos, recordamos noticias y comenzamos a discutir. Quizá terminemos diciendo algo como: «Ahora entiendo por qué eres como eres». En ese instante hemos pasado de cuestionar una opinión a juzgar a una persona. Podemos preguntarnos: «¿Estoy rechazando una idea concreta o estoy convirtiendo esa idea en la totalidad de lo que creo que esta persona es?» La diferencia es importante, porque podemos discrepar profundamente de una opinión sin reducir a quien la expresa exclusivamente a ella.

Esto no significa que debamos considerar igualmente acertadas todas las opiniones. Existen afirmaciones que pueden contrastarse con hechos, argumentos que podemos cuestionar y consecuencias de determinadas propuestas que merecen examinarse seriamente. Tampoco necesitamos renunciar a nuestras convicciones para practicar el Curso. No juzgar condenatoriamente a una persona no significa dejar de discernir acerca de sus ideas o sus conductas. Podemos decir: «No estoy de acuerdo contigo y quiero explicarte por qué», sin añadir mentalmente: «Y por pensar así, eres una persona despreciable». El desacuerdo puede mantenerse. Lo que podemos empezar a cuestionar es nuestra necesidad de convertirlo en enemistad.

Otra dificultad aparece cuando sentimos que tenemos la obligación de convencer al otro. Pensamos que, si encontramos el argumento adecuado, finalmente reconocerá que tenemos razón. Y cuando eso no ocurre, nos frustramos. Repetimos los mismos razonamientos, elevamos la voz o buscamos nuevas pruebas. Podemos preguntarnos entonces: «¿Quiero compartir una reflexión o necesito que esta persona piense como yo para poder estar tranquilo?» Quizá descubramos que estamos intentando controlar algo que no nos corresponde: la manera de pensar del otro. Podemos expresar nuestras convicciones, escuchar sus respuestas y mantener nuestro desacuerdo, pero no podemos decidir por él lo que debe creer.

Aquí podemos recordar una enseñanza esencial de Un Curso de Milagros, expresada en la Lección 21: «Estoy decidido a ver las cosas de otra manera».

Esta disposición no significa que tengamos que cambiar nuestras opiniones políticas cada vez que alguien las cuestione. Significa estar dispuestos a cambiar la manera en que estamos mirando a la persona con la que discrepamos. Quizá hasta ese momento la veíamos como un adversario al que debíamos derrotar. Ahora podemos intentar reconocer que, detrás de sus ideas, sigue existiendo alguien con una historia, experiencias, temores y expectativas que quizá desconocemos.

Podemos preguntarnos: «¿Qué experiencias habrán influido en su manera de pensar?» Tal vez determinadas vivencias familiares, económicas o personales hayan contribuido a formar sus opiniones. Comprender ese contexto no significa compartir sus conclusiones ni justificar una conducta dañina. Significa introducir una posibilidad que el ego suele rechazar: escuchar para comprender, no únicamente para responder. Podemos preguntar: «¿Por qué lo ves así?», «¿Qué es lo que más te preocupa de esta situación?» o «¿En qué información te basas?». A veces descubriremos que detrás de posiciones aparentemente irreconciliables existen preocupaciones que podemos reconocer, aunque continuemos discrepando sobre cómo afrontarlas.

También necesitamos observar qué ocurre cuando la discusión termina. Quizá seguimos pensando durante horas en lo que nos dijeron. Reconstruimos la conversación, imaginamos respuestas mejores o comentamos con otras personas lo equivocado que estaba nuestro familiar. La discusión ya terminó, pero nosotros continuamos alimentándola mentalmente. Podemos preguntarnos: «¿Hay algo útil que todavía pueda hacer con este desacuerdo o estoy utilizando el recuerdo para mantener vivo mi resentimiento?» No necesitamos resolver todas nuestras diferencias para continuar queriendo a alguien. A veces podemos aceptar que existen asuntos en los que no llegaremos a un acuerdo.

Esto puede resultar especialmente importante en las relaciones familiares. Podemos querer profundamente a una persona y considerar equivocadas algunas de sus opiniones. Podemos admirar determinadas cualidades suyas y discrepar de sus planteamientos políticos. El ego prefiere las identidades absolutas: alguien es bueno o malo, está con nosotros o contra nosotros. Pero las personas no se reducen a una única dimensión. No necesitamos estar de acuerdo en todo para reconocer nuestra humanidad compartida.

Desde el Curso, esta práctica también nos invita a revisar el deseo de atacar. A veces una opinión nos indigna tanto que queremos humillar a quien la expresa. Utilizamos sarcasmos, descalificaciones o comentarios que sabemos que pueden herir. Después justificamos nuestra reacción pensando que sus ideas merecían semejante respuesta. Pero quizá podamos preguntarnos: «¿Estoy intentando aclarar una cuestión o estoy utilizando mi indignación para hacer daño?» Podemos defender una posición con firmeza, aportar argumentos y señalar errores sin convertir la conversación en un ataque personal.

También existen momentos en los que lo más adecuado puede ser detener la discusión. Si una conversación se vuelve ofensiva, repetitiva o demasiado tensa, podemos decir: «Creo que no vamos a entendernos ahora. Prefiero dejarlo aquí». Esto no significa que estemos aceptando las opiniones del otro ni renunciando a las nuestras. Significa reconocer que continuar discutiendo en ese estado probablemente no contribuirá a comprendernos. Poner un límite a una conversación no tiene por qué convertirse en un rechazo a la persona.

Una práctica cotidiana puede comenzar cuando alguien expresa una opinión política que nos molesta. Antes de responder, podemos detenernos unos segundos y preguntarnos: «¿Qué ha dicho realmente? ¿Qué estoy interpretando acerca de él por haberlo dicho? ¿Quiero comprender su postura, expresar la mía o simplemente derrotarlo en la discusión? ¿Puedo mantener mi desacuerdo sin atacarlo personalmente?» Después podemos elegir una respuesta concreta: escuchar, preguntar, aportar información contrastada, explicar nuestra posición o terminar respetuosamente la conversación. Lo importante es que nuestra reacción no quede gobernada automáticamente por el enfado.

En esos momentos podemos recordar también la Lección 34: «Podría ver paz en lugar de esto».

No necesitamos interpretar esta enseñanza como una invitación a desentendernos de los asuntos públicos. Podemos interesarnos por ellos, informarnos, participar y tomar nuestras propias decisiones. La práctica consiste en reconocer que nuestra paz interior no necesita depender de que todas las personas compartan nuestra manera de pensar.

Quizá podamos decir interiormente: «Espíritu Santo, esta persona piensa de una manera que me resulta difícil aceptar. No quiero fingir que estoy de acuerdo cuando no lo estoy. Pero tampoco quiero utilizar nuestras diferencias para condenarla. Ayúdame a escuchar sin prejuicios, a expresar mis ideas con claridad y a recordar que su verdadera identidad no puede reducirse a sus opiniones políticas».

Y quizá ésa sea una de las aplicaciones más profundas de Un Curso de Milagros cuando alguien piensa políticamente de manera opuesta a nosotros: aprender a distinguir entre el desacuerdo sobre las ideas y la condena de las personas, sin confundir el perdón con la renuncia al discernimiento.

Podemos pensar diferente. Podemos discrepar profundamente. Podemos defender nuestras convicciones.

Pero no necesitamos convertir a quien piensa de otra manera en nuestro enemigo para seguir siendo fieles a lo que creemos. 

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