lunes, 21 de julio de 2025

Capítulo 21. VII. La última pregunta que queda por contestar (5ª parte).

VII. La última pregunta que queda por contestar (5ª parte).

11. El contenido de todas esas preguntas es el mismo. 2Pues cada una de ellas te pregunta si estás dispuesto a intercambiar el mundo del pecado por lo que el Espíritu Santo ve, puesto que es esto lo que el mundo del pecado niega. 3Los que ven el pecado, por lo tanto, están viendo la negación del mundo real. 4Sin embargo, la última pregunta suma a tu anhelo de querer ver el mundo real el deseo de permanencia, de tal forma que ese deseo se convierta en el único que tengas. 5Si contestas esta última pregunta con un "sí", añades sinceridad a las decisiones que ya has tomado con respecto a las demás. 6Pues sólo entonces habrás renunciado a la opción de poder cambiar de parecer nueva­mente. 7Cuando eso deje de interesarte, las Otras preguntas quedarán perfectamente contestadas.

Afirmar conscientemente que nuestro único deseo es ser lo que realmente somos es la confirmación de que estamos en comunión con Dios y con la Filiación.  Sin la visión de la unidad crística es imposible alcanzar ese estado de comunión.  Su reconocimiento nos hace conscientes del estado de inocencia e impecabilidad del ser.  La visión de la unidad requiere que sea una conquista interior, lo que significa que nuestra voluntad se pone al servicio del amor y renuncia al deseo de ser especial.

Al no ver el pecado en nuestra mente, tampoco lo proyectaremos hacia el exterior, lo que hará innecesario emitir juicio alguno.  El mundo exterior deja de ser una amenaza donde percibimos nuestras debilidades internas.  Ahora nuestra mente tiene el poder consciente para crear desde la visión holística de la unidad.  Todo forma parte del Todo.

12. ¿Por qué crees que no estás seguro de que las otras preguntas hayan sido contestadas? 2¿Sería acaso necesario plantearlas con tanta frecuencia si ya se hubiesen contestado? 3Hasta que no se haya tomado la decisión final, la respuesta será a la vez un "sí" y un "no". 4Pues has contestado sin darte cuenta de que "sí' tiene que significar "que no has dicho no". 5Nadie decide en con­tra de su propia felicidad, pero puede hacerlo si no se da cuenta de que eso es lo que está haciendo. 6si él ve su felicidad como algo que cambia constantemente, es decir, ahora es esto, luego otra cosa, y más tarde una sombra elusiva que no está vinculada a nada, no podrá sino decidir en contra de ella.

Este punto viene a reforzar la idea que ya hemos analizado anteriormente.  El sistema de pensamiento del ego gobierna nuestras respuestas ante lo que percibimos externamente y cree que es el cuerpo quien tiene el poder para tomar las decisiones, de ahí que lo convierta en el causante de nuestra naturaleza pecaminosa.  Ese error es la causa que nos lleva a ser inconscientes en la toma de nuestras decisiones.  La mente adquiere un segundo plano y, al proyectar en el exterior su contenido, lo hace fuera de nuestra conciencia, la cual se lo atribuye a los efectos percibidos por el cuerpo.

Cuando se produce un cambio en el sistema de pensamiento, bajo la guía del Espíritu Santo y la Expiación, la mente pasa a ocupar el papel estelar y el cuerpo deja de tener el protagonismo atribuido por el ego. Cuando decidimos elegir de manera consciente, la visión del mundo perceptivo cambia. Ya no se le atribuye al cuerpo el poder regente; ahora ese poder lo ejerce la mente y, si a su poder le unimos nuestra voluntad, adquirimos la facultad para crear de acuerdo a las Leyes Divinas, esto es, en base a la fuerza del Amor.

13. La felicidad elusiva, la que cambia de forma según el tiempo o el lugar, es una ilusión que no significa nada. 2La felicidad tiene que ser constante porque se alcanza mediante el abandono del deseo de lo que no es constante: 3La dicha no se puede percibir excepto a través de una visión constante. 4Y la visión constante sólo se les concede aquellos que desean la constancia. 5El poder del deseo del Hijo de Dios sigue siendo la prueba de que todo aquel que se considera a sí mismo impotente está equivocado. 6Desea lo que quieres, y eso será lo que contemplarás y creerás que es real. 7No hay un solo pensamiento que esté desprovisto del poder de liberar o de matar. 8Ni ninguno que pueda abando­nar la mente del pensador, dejar de tener efectos sobre él.

Acabo de leer un libro titulado "Deja de ser tú", escrito por el Dr. Joe Dispenza, que está inspirado en la misma línea de pensamiento recogida en este apartado de la enseñanza de Un Curso de Milagros.  Os lo recomiendo.  El autor ofrece una guía para transformar nuestra vida mediante el cambio consciente de nuestra mente y nuestros hábitos.  Se centra en cómo las creencias, los pensamientos y las emociones moldean la realidad que experimentamos, y propone herramientas prácticas para reprogramar el subconsciente y alcanzar un estado más elevado de bienestar.  Aprovecha sus amplios conocimientos del comportamiento del cerebro físico y nos aporta información sobre los últimos avances en física cuántica, para mostrarnos los efectos que ejerce el uso de nuestra mente y el inmenso poder de esta para transformar aquellos aspectos de nuestra naturaleza que nos impiden ser dueños y señores del estado de ser que nos lleva a ser felices y a vivir en paz.

viernes, 18 de julio de 2025

Capítulo 21. VII. La última pregunta que queda por contestar (4ª parte).

 VII. La última pregunta que queda por contestar (4ª parte).


8. Considera detenidamente qué respuesta vas a dar a esa última pregunta que todavía no has contestado. 2deja que la razón te diga que debe ser contestada, y que su contestación reside en las otras tres. 3Te resultará evidente entonces que cuando observes los efectos del pecado en cualquiera de sus formas, lo único que nece­sitarás hacer es simplemente preguntarte a ti mismo lo siguiente: 

4¿Es esto lo que quiero ver? 5¿Es esto lo que deseo?

Si elegimos ver el pecado, estamos decidiendo creer en la separación con la Fuente de donde emana nuestra existencia verdadera, y estamos sustituyendo el Amor por el miedo, la felicidad por la desdicha y el sufrimiento.

Considero que la enseñanza que se extrae de este punto es muy importante, pues nos ofrece la oportunidad de que comprendamos que somos los únicos responsables de aquello que percibimos en el exterior, pues lo que vemos es lo que deseamos ver y lo ha creado nuestra mente. Reconocer esto significa que tenemos en nuestras manos la llave para abrir la puerta que nos conduce a la salvación. No hay un mundo fuera de nosotros. Ese mundo es la proyección de nuestros deseos, de nuestra elección. Practiquemos verlo de otra manera y esta vez, elijamos desde el amor y no desde el miedo.

9. Ésta es tu única decisión, la base de lo que ocurre. No tiene nada que ver con la manera en que ocurre, pero sí con el por qué. 3Pues sobre esto tienes control. 4si eliges ver un mundo donde no tienes enemigos y donde no eres impotente, se te proveerán los medios para que lo veas.

Esta mañana, mientras reflexionaba sobre una experiencia pasada en la que me sentí muy implicado emocionalmente, me di cuenta de que su recuerdo me mostraba cómo me atacaba a mí mismo. Era el resentimiento, la ira y, en definitiva, la falta de amor los que proyectaban pensamientos no perdonados. Estos pensamientos justifican nuestras acciones en un intento de corregir nuestra culpa inconsciente a través del juicio externo. 

Me di cuenta de que para sanar verdaderamente, era necesario enfrentar esas emociones encubiertas, confrontarlas y, finalmente, liberarlas. No se trataba solo de entender por qué sentía lo que sentía, sino de permitirme a mí mismo experimentar esos sentimientos sin juicios, y luego dejarlos ir con amor y compasión. Solo así podría perdonar, no solo a los demás, sino también a mí mismo, y encontrar la paz que tanto anhelaba. 

Como bien recoge este punto, damos mucha importancia a la manera en que ocurren las cosas y nos decimos a nosotros mismos que tenemos que corregir fuera lo que estamos juzgando como incorrecto e injusto, cuando en realidad estamos obviando que lo que acontece fuera es lo que queremos ver, pues forma parte de lo que deseamos. 

En lo que acontecía, olvidé que era yo quien tenía el control para decidir cómo responder. Al elegir el juicio condenatorio, también estaba delatando mi propia autocondena. Reconocí a mi enemigo interior proyectándose en el comportamiento del otro y me resultaba más cómodo erigirme como un "salvador" que reconocer mi responsabilidad eligiendo ver lo que estaba viendo.

10. ¿Por qué es tan importante esta última pregunta? 2La razón te dirá por qué. 3Es igual a las otras tres, salvo en lo que respecta al tiempo. 4Las otras son decisiones que puedes tomar, volverte atrás y luego volverlas a tomar. 5Pero la verdad es constante e implica un estado en el que las vacilaciones son imposibles. 6Puedes desear un mundo en el que tú gobiernas y no uno que te gobierna a ti, y luego cambiar de parecer. 7Puedes desear inter­cambiar tu impotencia por poder, y luego perder ese deseo cuando un ligero destello de pecado te atrae. 8Y puedes desear ver un mundo incapaz de pecar, y, sin embargo, permitir que un "enemigo" te tiente a usar los ojos del cuerpo y a cambiar de parecer.

Me veo identificado con lo recogido en este punto. He comprendido que la enseñanza teórica del Curso no basta para mantener el control de la mente. El Libro de Ejercicios complementa y fortalece el contenido del Texto del Curso. La práctica de cada una de las lecciones nos permite ejercitar nuestra mente y prepararla para recibir la Expiación o, lo que es lo mismo, para corregir nuestros errores mentales y nuestras falsas creencias.

En el viaje para adquirir más dominio mental, experimentamos altibajos que poco a poco pulen los pensamientos abocados a satisfacer los hábitos adquiridos bajo el dominio del sistema de pensamiento del ego. Si no desistimos en el propósito de cumplir el plan de salvación que Dios ha dispuesto para nosotros, si nuestra visión egoica es sustituida por la visión crística, llegará un momento, un instante santo, en el que desecharemos el miedo y acogeremos el amor. Ese presente, ese instante, tomaremos el control de nuestras decisiones y contestaremos afirmativamente a la pregunta: "Sí, quiero ver un mundo feliz y en paz".

jueves, 17 de julio de 2025

Capítulo 21. VII. La última pregunta que queda por contestar (3ª parte).

VII. La última pregunta que queda por contestar (3ª parte).


5. El odio, no obstante, tiene que tener un blanco. 2No se puede tener fe en el pecado sin un enemigo. 3¿Quién, que crea en el pecado, podría atreverse a creer que no tiene enemigos? 4¿Podría admitir que nadie lo hizo sentirse impotente? 5La razón seguramente le diría que dejase de buscar lo que no puede ser hallado. 6Sin embargo, tiene primero que estar dispuesto a percibir un mundo donde no hay enemigos. 7No es necesario que entienda cómo sería posible que él pudiese ver un mundo así. 8Ni siquiera debería tratar de entenderlo. 9Pues si pone su atención en lo que no puede entender, no hará sino agudizar su sensación de impo­tencia y dejar que el pecado le diga que su enemigo debe ser él mismo. 10Pero deja que se haga a sí mismo las siguientes pregun­tas con respecto a las cuales tiene que tomar una decisión, para que esto se lleve a cabo por él:

11¿Deseo un mundo en el que gobierno yo en lugar de uno que me gobierna a mí?

12¿Deseo un mundo en el que soy poderoso en lugar de uno en el que soy impotente?

13¿Deseo un mundo en el que no tengo enemigos y no puedo pecar?

14¿Y deseo ver aquello que negué porque es la verdad? 

El impotente desea el poder, pero reconocer su verdadero significado le produce miedo, pues en su victimismo encuentra las razones que busca para afianzar su sistema de pensamiento, o lo que es lo mismo, para confirmar su identidad como un cuerpo.

Si eligiera reconocer el verdadero significado del poder, el que ofrece la inocencia y la indefensión, tendría que renunciar a la creencia en la separación, pues tanto la pureza de la inocencia como la fortaleza de la indefensión son entendidas por el ego como debilidad y no está dispuesto a mostrar su impotencia como una debilidad, sino como una muestra de que Dios lo ha abandonado y se está vengando de él castigándolo con vivencias de dolor, sufrimiento y muerte.

Sí, el ego desea un mundo en el que pueda gobernar y sentirse poderoso. Igualmente, desea un mundo en el que no tenga que luchar y en el que no sea seducido por la tentación del pecado. Pero no está dispuesto a hacer concesiones a la hora de reconocer que la verdad que ha negado es la única verdad, pues ello significaría su inexistencia, su fin.

6. Tal vez ya hayas contestado las tres primeras preguntas, pero todavía no has contestado la última. 2Pues ésta aún parece temi­ble y distinta de las demás. 3Mas la razón te aseguraría que todas ellas son la misma. 4Dijimos que en este año se haría hincapié en la igualdad de las cosas que son iguales. 5Esta última pregunta, que es en verdad la última acerca de la cual tienes que tomar una decisión, todavía parece encerrar una amenaza para ti que las otras ya no poseen. 6Y esta diferencia imaginaria da testimonio de tu creencia de que a lo mejor la verdad es el enemigo con el que aún te puedes encontrar. 7En esto parece residir, pues, la última esperanza de encontrar pecado y de no aceptar el poder.

En verdad, el ego no cree en la última pregunta, no cree que la creencia en la separación sea falsa y por tal motivo tampoco puede reconocer que la verdad que ha negado sea la única verdad. Todo lo contrario, para el ego, la verdad se convierte en su enemigo, por la razón que ya hemos expuesto más arriba. Ese reconocimiento significaría su inexistencia. Por lo tanto, su deseo de ser especial, al cual debe su identidad, le inspirará que el pecado es necesario para justificar su existencia. Con lo cual, al elegir el pecado, está apostando por la impotencia, por el ataque, por el odio y por la sinrazón.

7. No olvides que la elección entre el pecado y la verdad, o la impotencia y el poder, es la elección entre atacar y curar. 2Pues la curación emana del poder, y el ataque, de la impotencia. 3Es imposible que quieras curar a quien atacas. 4Y el que deseas que sane tiene que ser aquel que decidiste que estuviese salvo del ataque. 5¿Y qué otra cosa podría ser esta decisión, sino la elección entre verle a través de los ojos del cuerpo, o bien permitir que te sea revelado a través de la visión? 6La manera en que esta deci­sión da lugar a sus efectos no es tu problema. 7Pero tú decides lo que quieres ver. 8Éste es un curso acerca de causas, no de efectos.

En este punto, Jesús nos comparte uno de los pilares centrales de la enseñanza del Curso, que todos los estudiantes debemos tener muy presente a la hora de entender sus mensajes. Nos dice que este Curso es acerca de causas, no de efectos.

Desde el sistema de pensamiento del ego, es lógico que le demos más importancia al hacer que al ser, o lo que es lo mismo, al cuerpo que a la mente. Tanto es así que le otorga al cuerpo la autoría de todas nuestras acciones, las correctas y las incorrectas, lo que lo convierte en el único regente de nuestro reino.

Sin embargo, pensar de esta manera es la diferencia entre el pecado y la verdad, o la impotencia y el poder. Como dice Jesús, es la elección entre atacar y curar.

Recupero una cita del Texto del Curso que nos habla del "hacer": 

"Hacer algo siempre involucra al cuerpo. Y si reconoces que no tienes que hacer nada, habrás dejado de otorgarle valor al cuerpo en tu mente. He aquí la puerta abierta que te ahorra siglos de esfuerzos, pues a través de ella puedes escaparte de inmediato, liberándote así del tiempo. Ésta es la forma en que el pecado deja de ser atractivo en este mismo momento. Pues con ello se niega el tiempo, y, así, el pasado y el futuro desaparecen. El que no tiene que hacer nada no tiene necesidad de tiempo. No hacer nada es descansar, y crear un lugar dentro de ti donde la actividad del cuerpo cesa de exigir tu atención. A ese lugar llega el Espíritu Santo, y ahí mora. Él permanecerá ahí cuando tú te olvides y las actividades del cuerpo vuelvan a abarrotar tu mente consciente" (T.17.VII.7:1-9). 

miércoles, 16 de julio de 2025

Capítulo 21. VII. La última pregunta que queda por contestar (2ª parte).

VII. La última pregunta que queda por contestar (2ª parte).

3. Los siniestros dan la impresión de estar frenéticos, de ser voci­ferantes y fuertes. 2Mas no saben quién es su "enemigo", sino sólo que lo odian. 3El odio los ha congregado, pero ellos no se han unido entre sí. 4Pues si lo hubieran hecho no serían capaces de abrigar odio. 5El ejército de los impotentes se desbanda en presencia de la fortaleza. 6Los que son fuertes son incapaces de traicionar porque no tienen necesidad de tener sueños de poder ni de exteriorizarlos. 7¿De qué manera puede actuar un ejército en sueños? 8De cualquier manera. 9Podría vérsele atacando a cual­quiera con cualquier cosa. 10Los sueños son completamente irra­cionales. 11En ellos, una flor se puede convertir en una lanza envenenada, un niño en un gigante y un ratón puede rugir como un león. 12con la misma facilidad el amor puede trocarse en odio. 13Esto no es un ejército, sino una casa de locos. 14Lo que parece ser un ataque concertado no es más que un pandemó­nium.

Los siniestros a los que alude Jesús en este punto son los que responden a estados mentales demenciales, faltos del ejercicio de la razón e ignorantes de que se atacan a sí mismos en un total desconocimiento de quienes son.

Los siniestros no responden a la razón, sino a la sinrazón. Su conciencia, al permanecer sumida en el sueño, le lleva a percibir un mundo ilusorio al que considera real. Su mente es poseída por el deseo de ser especial y establece como verdad los estímulos que le aportan los sentidos corporales. De este modo llega a creer que su identidad es corporal, al situar la mente en los límites de lo sensorial.

Los siniestros sienten un profundo odio hacia sí mismos, pues prefieren la culpa al perdón para así seguir justificando su identidad pecadora, la misma que los mantiene prisioneros de la falsa creencia en ser merecedores del castigo divino, como respuesta a su naturaleza pecadora.

4. El ejército de los impotentes es en verdad débil. 2No tiene armas ni enemigo. 3Puede ciertamente invadir el mundo y buscar un enemigo. 4Pero jamás podrá encontrar lo que no existe. 5Puede ciertamente soñar que encontró un enemigo, pero éste cambia incluso mientras lo está atacando, de modo que corre de inme­diato a buscarse otro, y nunca consigue cantar victoria. 6Y a medida que corre se vuelve contra sí mismo, pensando que tuvo un pequeño atisbo del gran enemigo que siempre elude su ata­que asesino convirtiéndose en alguna otra cosa. 7¡Cuán traicionero parece ser ese enemigo, que cambia tanto que ni siquiera es posible reconocerlo!

El sistema de pensamiento que identifica lo ilusorio, lo temporal, como lo real, como la verdad, dificilmente podrá reconocer que las bases de sus creencias son erróneas. Una mente sin razón es una mente ciega y demente.

Sabemos que el error original, a lo que se ha llamado "pecado original", es la creencia en la separación. Esa creencia se fundamenta en la idea de ser especial, en el deseo que nos lleva a la individualidad. El deseo de ser especial se convierte en el enemigo oculto que lleva a la mente pecadora a odiarse a sí misma y a proyectar ese pensamiento de odio hacia el mundo exterior, hacia el mundo de la percepción, donde encuentra a su mejor víctima para redimir la culpa que siente interiormente. Es entonces cuando identifica al cuerpo como la diana hacia la cual dispara todos los dardos.

El ego se alimenta del odio y ese odio es la carta de presentación que ofrece en su relación con el mundo. El deseo de ser especial le lleva a establecer relaciones especiales, las cuales estarán basadas en la búsqueda de redención de la culpa que siente. De este modo, el otro se convierte en su víctima preferida, sobre la cual proyectará sus pensamientos de condena y salvación. Juzgando el pecado en el otro, cree liberarse de su propia naturaleza pecaminosa. Busca al enemigo fuera de sí mismo, cuando en realidad ese enemigo lo lleva en su interior, en el deseo de ser especial. 

martes, 15 de julio de 2025

Capítulo 21. VII. La última pregunta que queda por contestar (1ª parte).

VII. La última pregunta que queda por contestar (1ª parte).


1. ¿No te das cuenta de que todo tu sufrimiento procede de la extraña creencia de que eres impotente? 2Ser impotente es el pre­cio del pecado. 3La impotencia es la condición que impone el pecado, el requisito que exige para que se pueda creer en él. 4Sólo los impotentes podrían creer en el pecado. 5La enormidad no tiene atractivo, excepto para los insignificantes. 6sólo los que primero creen ser insignificantes podrían sentirse atraídos por ella. 7Traicionar al Hijo de Dios es la defensa de los que no se identifican con él. 8Y tú, o estás de su parte o contra él, o lo amas lo atacas, o proteges su unidad o lo consideras fragmentado y destruido como consecuencia de tu ataque.

La impotencia es una de las mayores frustraciones con las que se identifica el ego, pues el desconocimiento de la verdad refleja la negación del verdadero Ser. 

El ego piensa que es la verdad y que tiene el poder de aportar significado a las cosas. Sin embargo, ese poder que cree tener no le evita sentirse impotente para dirigir su vida hacia la paz y la felicidad.

El ego es impotente, pues niega la fuente de donde emana el verdadero poder, el cual procede únicamente de la Fuente verdadera de donde fluye el Poder Creador.

El ego es impotente porque basa su identidad en la creencia en el pecado, en la creencia en la separación, y todo su sistema de pensamiento es débil ante la debilidad de dichas creencias, pues le lleva a creer que su vida está permanentemente amenazada por aquel a quien cree haber engañado y a quien atribuye el deseo de vengarse de su debilidad.

El verdadero poder reside en lo que realmente somos, Hijos de Dios, creados a Su imagen y semejanza. El poder forma parte de la Voluntad, del Amor y de la Inteligencia Divina. El poder se basa en la creencia en la unidad y se expresa a través de la inocencia y la impecabilidad.

2. Nadie cree que el Hijo de Dios sea impotente. 2Y aquellos que se ven a sí mismos como impotentes deben creer que no son el Hijo de Dios. 3¿Qué podrían ser, entonces, sino su enemigo? 4¿Y qué podrían hacer sino envidiarle su poder, y, como consecuencia de su envidia, volverse temerosos de dicho poder? 5Éstos son los siniestros, los silenciosos y atemorizados, los que se encuentran solos e incomunicados, y los que, temerosos de que el poder del Hijo de Dios los aniquile de un golpe, levantan su impotencia contra él. 6Se unen al ejército de los impotentes, para librar su guerra de venganza, amargura y rencor contra él, a fin de que él se vuelva uno con ellos. 7Y puesto que no saben que son uno con él, no saben a quién odian. 8Son en verdad un ejército lamentable, cada uno de ellos tan capaz de atacar a su hermano o volverse contra sí mismo, como de recordar que una vez todos creyeron tener una causa común.

Hemos dicho en el punto anterior que el poder forma parte de la voluntad. Es el principio creador por excelencia. Sin ese poder no existiría la creación. Es el impulso motor que crea realidad o ilusión.

Cuando el poder se alía al amor, estamos creando eternidad. Cuando el poder se alía al deseo de ser especial, estamos fabricando ilusión y temporalidad. El uso del poder al servicio del amor nos hace conscientes como seres creadores. El uso del poder al servicio del deseo nos hace adoradores de dioses que nos muestran un mundo en el que nos sentiremos víctimas de leyes caprichosas y dementes que nos llevará a percibirnos como seres impotentes.

El poder al servicio del amor nos reafirma en la creencia de que somos Hijos de Dios, eternos, inocentes e impecables. El poder al servicio del deseo especial nos reafirma en la creencia de que somos hijos del hombre, temporales, pecadores y culpables. 

lunes, 14 de julio de 2025

Capítulo 21. VI. La razón en contraposición a la locura (5ª parte).

VI. La razón en contraposición a la locura (5ª parte).

9. Tú eres el salvador de tu hermano. 2Él es el tuyo. 3A la razón le es muy grato hablar de esto. 4El Amor le infundió amor a este plan benevolente. 5lo que el Amor planea es semejante a Sí Mismo en esto: al estar unido a ti, Él desea que aprendas lo que debes ser. 6Y dado que tú eres uno con Él, se te tiene que haber encomendado que des lo que Él ha dado, y todavía sigue dando. 7Dedica aunque sólo sea un instante a la grata aceptación de lo que se te ha encomendado darle a tu hermano, y reconoce con él lo que se os ha dado a ambos. 8Dar no es más bendito que recibir, 9pero tampoco es menos.

Cuando nuestra conciencia alcanza la visión crística, la razón formará parte de nuestra mente y la verdad nos acompañará en cada pensamiento. La visión crística es la visión de lo que somos realmente: Hijos del Amor unidos en la santidad de la Filiación.

Aceptaremos desde nuestra naturaleza amorosa el Plan de Salvación que Dios dispuso para Su Hijo. Este Plan contempla un pacto de amor que cohesiona la Unidad de la Filiación. Cada partícula del Ser de Dios se encuentra extendida en Su Hijo. Cuando esa unidad se manifiesta, el amor se expande dando lugar a creaciones eternas.

10.  Al Hijo de Dios se le bendice siempre cual uno solo. 2a medida que su gratitud llega hasta ti que le bendijiste, la razón te dirá que es imposible que tú estés excluido de la bendición. 3La gratitud que él te ofrece te recuerda las gracias que tu Padre te da por haberlo completado a Él. 4la razón te dice que sólo así pue­des entender lo que tú debes ser. 5Tu Padre está tan cerca de ti como tu hermano. 6Sin embargo, ¿qué podría estar más cerca de ti que tu propio Ser?

La compleción de Dios es el propósito que nos une a Su Fuente, pues cualquier pensamiento que no forme parte de dicha compleción no gozará del poder de crear eternidad.

El pensamiento que nos ha llevado a la creencia en la separación no procede de la Fuente de Dios, no forma parte de su compleción. Ese pensamiento está vacío de amor, por lo que sus efectos no serán eternos, o lo que es lo mismo, sus efectos no serán reales ni verdaderos; luego no serán nada. El mundo que percibimos tiene su origen en ese tipo de pensamiento, por lo que ha dado lugar a efectos contrarios al orden universal de Dios.

11. El poder que ejerces sobre el Hijo de Dios no supone una ame­naza para su realidad. 2Por el contrario, sólo da testimonio de ella. 3si él ya es libre, ¿dónde podría radicar su libertad sino en él mismo? 4¿Y quién podría encadenarle, sino él a sí mismo cuando se niega la libertad? 5De Dios nadie se burla, ni tampoco puede Su Hijo ser aprisionado, salvo por su propio deseo. 6por su propio deseo es también como se libera. 7En eso radica su fuerza, no su debilidad. 8Él está a merced de sí mismo. 9Y cuando elige ser mise­ricordioso, en ese momento se libera. 10Mas cuando elige conde­narse a sí mismo, se convierte en un prisionero, que encadenado, espera su propio perdón para poderse liberar. 

El poder que ejercemos sobre nuestro hermano está basado en el amor, en la curación, en la salvación. El reconocimiento de su verdadero ser lo libera de la oscuridad y de la locura.

Jesús pone fin a este apartado, recordándonos dónde se encuentra nuestra fortaleza y dónde se encuentra nuestra debilidad. Nos muestra el poder del deseo como el impulso que nos lleva a crear o a fabricar. El deseo de ser especial nos abre las puertas al mundo del pecado, de la culpa, de la ira y de la muerte. El deseo de amar incondicionalmente, el deseo de unidad, nos conduce al Cielo, donde la inocencia, la santidad, el amor y la verdadera vida serán nuestra realidad, nuestro verdadero hogar. 

viernes, 11 de julio de 2025

Capítulo 21. VI. La razón en contraposición a la locura (4ª parte).

VI. La razón en contraposición a la locura (4ª parte) .

7. Ni tu hermano ni tú podéis ser atacados por separado. 2Ni tampoco puede ninguno de vosotros aceptar un milagro sin que el otro no sea igualmente bendecido por él y curado del dolor. 3La razón, al igual que el amor, desea tranquilizarte, y no es su intención infundirte temor. 4El poder de curar al Hijo de Dios se te concede a ti porque él no puede sino ser uno contigo. 5Tú eres responsable de cómo él se ve a sí mismo. 6Y la razón te dice que se te ha concedido poder transformar su mente por completo -la cual es una contigo- en sólo un instante. 7Y cualquier instante sirve para llevar a cabo una completa corrección de todos sus errores y restituirle su plenitud. 8El instante en que elijas ser curado, en ese mismo instante se verá que se ha salvado comple­tamente junto contigo. 9Se te ha dado la razón para que entiendas que esto es así. 10Pues la razón, que es tan benévola como la fina­lidad para la que se emplea, te aleja constantemente de la locura y te conduce hacia el objetivo de la verdad. 11Y ahí te desharás de la carga que supone negar la verdad. 12¡Y ésa es la carga que es terrible, no la verdad!

Para el ego, aceptar la razón le llevaría a un estado de lucidez, lo que pondría fin a su existencia dado que esta radica en el pensamiento demente de que es especial y de que el Hijo de Dios está separado de Su Creador.

Esta creencia errónea responde, como ya hemos visto, al deseo de ser especial y se comparte al formar parte del pensamiento. La idea no abandona su fuente, lo que la convierte en la causa que da origen al especialismo del cuerpo. El error forma parte del pensamiento, de la mente, por lo que no afecta tan sólo a un cuerpo, sino a todas las mentes que comparten la misma idea. Es por ello que Jesús nos dice en este punto que "ni tu hermano ni tú podéis ser atacados por separado". Pero la buena noticia debemos festejarla, dado que Jesús continúa diciéndonos: "Ni tampoco puede ninguno de vosotros aceptar un milagro sin que el otro no sea igualmente bendecido por él y curado del dolor".

Podemos creer que estamos separados al percibir los cuerpos separados; sin embargo, el hecho de compartir esa visión no nos lleva al reconocimiento de que estamos compartiendo las mentes.

La razón y el amor nos llevarán a utilizar la visión de la unidad de las mentes para reconocer que tenemos el poder de curar a los demás, en la medida en que nos curamos a nosotros mismos. Esa curación se aplica a la mente, sanando las falsas creencias que nos llevan a la percepción errónea.

8En el hecho de que tú y tu hermano estáis unidos reside vues­tra salvación: el regalo del Cielo, no el del miedo. 2¿Consideras acaso que el Cielo es una carga para ti? 3En la locura lo es. 4Sin embargo, lo que la locura ve tiene que ser disipado por la razón. 5La razón te asegura que el Cielo es lo que quieres y lo único que quieres. 6Escucha a Aquel que te habla con raciocinio y que pone tu razón en armonía con la Suya. 7Resuélvete a dejar que la razón, sea el medio por el que Él te indique cómo dejar atrás la demen­cia. 8No te ocultes tras la demencia para escapar de la razón. 9Lo que la locura encubriría, el Espíritu Santo lo pone al descubierto para que todo el mundo lo contemple con júbilo.

Cuando leo estas líneas, este mensaje, me pregunto cómo es posible que no decidamos transformar nuestras creencias y poner fin a la demencia, a la sinrazón. No es difícil llegar a esa conclusión cuando se nos muestran los efectos causados por la mente demente. Sin embargo, no dejo de comprender que nuestra resistencia a abandonar el sistema de pensamiento del ego basado en el deseo de ser especial debe tener un profundo arraigo en nuestra actual conciencia.

Los estudios científicos llevados a cabo en el funcionamiento del cerebro nos revelan que nuestro comportamiento está gobernado por nuestros hábitos, de tal modo que funciones muy específicas del organismo son inconscientes y autónomas. Estas respuestas se han originado a base de repetir una y otra vez los mismos hábitos.

Esta cuestión, que a priori nos puede llevar al pesimismo, no lo es, dado que, si conocemos el modo de cómo crear un hábito para que se convierta en un acto autónomo, podremos elegir cambiar los viejos comportamientos por nuevos y modificar nuestra realidad.

En este sentido, si nuestras respuestas automatizadas nos llevan a comportamientos que no nos aportan paz y felicidad, lo que tenemos que cambiar es la fuente original del pensamiento erróneo y sustituirlo por el correcto. Crear ese nuevo pensamiento y sentir la emoción de que es bueno para nuestra conciencia, unido al agradecimiento por visualizarlo como una realidad hecha, nos permitirá gozar de dicha realidad en los mismos términos que los hemos creado, desde la paz y la felicidad.